La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.

Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.

Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.

También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.

Apenas habían pasado dos minutos cuando apareció el grupo que Simón predijera poco antes y que estaba integrado por el médico, lord Whitlock, la señora Swan y Rosalie Cullen. Con los hombros reclinados contra la pared, Edward los observó con actitud escrutadora. Personalmente, encontraba muy divertida la obvia antipatía que existía entre Whitlock y la señorita Cullen, cuya evidente y recíproca animosidad dejaba claro que había habido algo mas palabras entre ellos.

El médico era un anciano de aspecto respetable, que llevaba casi tres décadas atendiendo a Whitlock ya sus parientes, los Marscherh. Tras clavar en Edward esos penetrantes ojos, hundidos en un rostro arrugado por la edad, el anciano preguntó con imperturbable tranquilidad:

-Señor Masen, me han informado de que usted ayudó a la joven a llegar a su habitación. ¿Es eso cierto?

De manera concisa, Edward comenzó a describir al médico los síntomas y el estado Isabella, si bien omitió que había sido él y no Alice, quien había descubierto las evidencias de la mordedura en el tobillo de la joven. La señora Swan lo escuchaba con el rostro pálido por la angustia. Sin dejar de fruncir el ceño, lord Whitlock se inclinó para murmurar algo al oído de ésta, que asintió y le dio las gracias de modo distraído. Edward supuso que Jasper acababa de prometer a la mujer que su hija disfrutaría de los mejores cuida dos hasta su completa recuperación.

-Es evidente que no podré confirmar la opinión del señor Masen hasta haber examinado a la joven -recalcó el médico-. No obstante, sería aconsejable que comenzaran a hervir un poco de presera, en previsión de que la enfermedad haya sido ocasionada por una mordedura de víbora...

-Ya ha bebido un poco -lo interrumpió Edward-. Ordené que hicieran una infusión hace un cuarto de hora.

El doctor lo miró con esa expresión vejatoria reservada a aque llos que se aventuraban a anunciar un diagnóstico sin haber obtenido la titulación en medicina.

-Esa planta es un narcótico muy efectivo, señor Masen, y po tencialmente peligroso en el caso de que el paciente no sufra de una mordedura de serpiente venenosa. Debería haber esperado a contar con la opinión de un médico antes de administrarla.

-Los síntomas de una mordedura de víbora son inconfundi bles-replicó Edward con impaciencia, deseando que el hombre dejara de demorarse en el pasillo y fuese de inmediato a hacer su tra bajo-. Además, quería aliviar las molestias de la señorita Swan lo antes posible.

Las abundantes y canosas cejas del anciano a punto estuvieron de ocultar sus ojos.

-Está muy seguro de su propio juicio -fue su irritado comen tario.

-Sí -contestó Edward sin parpadear.

De súbito, el conde intentó sofocar sin éxito una carcajada, an tes de colocar una mano sobre el hombro del médico.

-Me temo, señor, que nos veremos obligados a permanecer aquí fuera de modo indefinido si trata de convencer a mi amigo de que ha hecho algo de modo incorrecto. «Intransigente» es el adje tivo más suave que se le podría aplicar al señor Masen. Le aseguro que sería mucho mejor que concentrara todos sus esfuerzos en el cuidado de la señorita Swan.

-Tal vez -contestó el doctor de mal humor-. Aunque se diría que mi presencia resulta innecesaria a la luz del avezado diagnóstico del señor Masen.-Y con ese comentario sarcástico, el anciano entró en la habitación, seguido de la señora Swan y Rosalie Cullen.

Una vez a solas en el pasillo con Whitlock, Edward puso los ojos en blanco.

-Viejo cabrón amargado... -murmuró-. ¿Es que no podías haber traído a alguien más decrépito, Jasper? Dudo mucho que vea u oiga lo suficiente para ser capaz de emitir su propio diagnostico, maldita sea.

El conde alzó una de sus negras cejas mientras observaba a Edward con un risueño aire de superioridad.

-Es el mejor médico de todo Hampshire. Acompáñame a la planta baja, Edward. Vamos a tomarnos unas copas de brandy.

Edward miró de soslayo a la puerta de la habitación que permanecía cerrada.

-Luego.

Jasper respondió con un tono de voz despreocupado y demasiado edulcorado.

-¡Vaya! Perdóname. Está claro que prefieres esperar al médico junto a la puerta, como un perro vagabundo que aguardara las sobras de la cocina. Estaré en mi despacho... Sé un buen chico y corre a comunicarme las noticias en cuanto sepas algo.

Edward lo miró con frío desdén, obviamente molesto, antes de apartarse de la pared.

-Está bien -gruñó-, Voy contigo.

El conde asintió con la cabeza para mostrar su satisfacción. -El doctor me dará su informe en cuanto acabe de examinar a la señorita Swan.

Simón iba sumido en sombrías reflexiones, mientras acompañaba a Whitlock en dirección a la escalinata, sobre su comportamiento de hacía unos minutos. Dejarse arrastrar por las emociones en lugar de seguir los dictados de la razón era una experiencia nueva para él y no le gustaba en absoluto. De todos modos, no parecía tener mucha importancia que le gustara o no. En cuanto se dio cuenta de que Isabella estaba enferma, tuvo la impresión de que el pecho se le quedaba vacío, como si le hubieran arrancado el corazón. Ni siquiera se había cuestionado el hecho de que haría cualquier cosa para mantenerla sana y salva, Y, en esos momentos en los que ella había luchado para seguir respirando mientras lo miraba con el dolor y el miedo reflejado en los ojos, habría hecho cualquier cosa por ella. Cualquier cosa.

Que Dios lo ayudara si Isabella descubría alguna vez el po der que tenía sobre él... Un poder que amenazaba de forma peli grosa tanto su orgullo como su autocontrol. Quería poseerla en cuerpo y alma, de cualquier forma imaginable que la intimidad pu siera a su disposición. La profundidad de la pasión que la muchacha despertaba en él lo asombraba; una pasión que no dejaba de crecer. Ninguno de sus allegados lo entendería, y menos aún Whitlock. El conde acostumbraba mantener sus emociones y deseos ba jo un férreo control, y no dudaba en demostrar su desprecio por todos aquellos que hacían el tonto en aras del amor.

Y no podía decirse que lo que sentía fuera amor... Edward no iría tan lejos como para admitir semejante afirmación. No obstante, iba mucho más allá del mero deseo físico, Y exigía, como mínimo, una posesión absoluta.

Obligándose a ocultar esas emociones bajo una máscara inex presiva, Edward siguió a Jasper al interior de su estudio.

Era una estancia pequeña y austera, con las paredes cubiertas de paneles de brillante madera de roble y cuya única ornamenta ción consistía en una extensa vidriera. Con sus ángulos rectos y su mobiliario de estilo serio, el lugar no resultaba precisamente aco gedor. Sin embargo, era una estancia muy masculina, donde se po día fumar, beber y hablar sin tapujos. Edward aceptó la copa de brandy que le ofreció Jasper, se sentó en una de las incómo das sillas colocadas frente al escritorio y se bebió el licor de un solo trago. Acto seguido, alargó la copa e inclinó la cabeza para dar las gracias sin necesidad de hablar en cuanto su amigo volvió a llenarla.

Antes de que Jasper se lanzara a una innecesaria diatriba acer ca de Isabella, Edward decidió distraerlo con otro tema:

-No pareces llevarte muy bien con la señorita Cullen -dijo, sin darle mayor importancia.

Como estrategia de distracción, la referencia a la señorita Cullen fue de lo más efectiva. Jasper respondió con un hosco gruñido.

-Esa mocosa malcriada se ha atrevido a sugerir que yo soy el culpable del accidente de la señorita Swan -dijo al tiempo que se servía otra copa de brandy.

Edward alzó las cejas.

-¿y cómo es posible que tú seas el culpable?

-La señorita Cullen parece creer que, como anfitrión, es responsabilidad mía asegurarme de que mi propiedad no esté «invadida por una plaga de víboras venenosas»; ésas fueron sus palabras exactas.

-¿y qué le respondiste?

-Me limité a señalarle a la señorita Cullen que los invitados que deciden permanecer vestidos cuando se aventuran de puertas afuera no suelen acabar con una mordedura de víbora. .

Edward no pudo evitar sonreír ante el comentario.

-Sólo está preocupada por su amiga.

Jasper asintió con aspecto malhumorado.

-No puede afrontar la pérdida de una de ellas, ya que indudablemente, su número es bastante escaso.

Edward contempló las profundidades de su copa sin dejar de sonreír.

-Vaya nochecita más difícil has tenido... -escuchó que Jasper le decía, recurriendo al sarcasmo-. Primero, te ves obligado a llevar el joven y núbil cuerpo de la señorita Swan todo el largo camino hasta su habitación... Y; después, tienes que examinar su pierna herida. Una experiencia de lo más desagradable para ti, sin duda.

La sonrisa de Edward se esfumó.

-Yo no he dicho que le examinara la pierna.

El conde lo observó con una mirada perspicaz.

-No hacía falta. Te conozco lo bastante bien como para asumir que no has desaprovechado semejante oportunidad.

-Admito que le he echado un vistazo a su tobillo. Y también que le corté los lazos del corsé cuando se hizo evidente que no podía día respirar. -La mirada de Edward retó al conde a que hiciera alguna objeción al respecto.

-Un muchacho muy servicial-murmuró Jasper. Edward resopló.

-Aunque te resulte difícil de creer, el sufrimiento de una mujer no me provoca ningún tipo de lascivia.

Jasper se reclinó en su silla y le lanzó una mirada fría e inquisitiva que consiguió que a Edward se le erizara el vello de la nuca.

-Espero que no seas tan imbécil como para enamorarte de una criatura como ésa. Ya conoces mi opinión sobre la señorita Swan...

-Sí, la has puesto de manifiesto en varias ocasiones.

-Y, además -continuó el conde- me desagradaría mucho ver que uno de los pocos hombres con sentido común que conozco acaba convertido en uno de esos imbéciles que van por ahí balbuceando y arrojando sus sensibleras emociones a los cuatro vientos.

-No estoy enamorado.

-Pues estás... algo -insistió Jasper-. Desde que te conozco, jamás te había visto hacer un despliegue sentimental como el que has hecho delante de la puerta de su habitación.

-Lo único que he desplegado ha sido un poco de compasión por otro ser humano.

El conde lanzó un resoplido.

-Bajo cuyos calzones estás deseando meterte.

La franca exactitud de la observación provocó una recalcitran te sonrisa en Edward.

-Lo deseaba hace dos años -admitió-. Ahora se ha conver tido en una especie de necesidad vital.

Jasper dejó escapar un gruñido y se frotó el estrecho puente de la nariz con dos dedos.

-No hay cosa que odie más que ver a un amigo encaminarse directo al desastre. Tu debilidad, Edward, reside en esa incapacidad para rechazar cualquier desafío. Incluso cuando el desafío no está a tu altura.

-Me gustan los desafíos. -Edward hizo girar el brandy en su copa-. Pero eso no tiene nada que ver con mi interés por ella.

-¡Santo Dios! -murmuró el conde-. Bébete el brandy o deja de jugar con él. Vas a marear al licor con tantas vueltas.

Edward le dedicó una mirada alegre, si bien un tanto misteriosa.

-Y ¿cómo, exactamente, se «marea» una copa de brandy? No, me lo digas; mi rústico cerebro no sería capaz de entender el con cepto. - De modo obediente, tomó un sorbo y dejó la copa a un lado-. Y, ahora, ¿de qué estábamos hablando? ¡Ah, sí! De mi debi lidad. Antes de que sigamos discutiendo el asunto, quiero que ad mitas que, en algún momento de tu vida, has prestado más atención al deseo que al sentido común. Porque, de no ser así, no tiene ningún sentido seguir hablando contigo de este tema.

-Por, supuesto que lo he hecho. Cualquier hombre que tenga más de doce años lo ha hecho. Sin embargo, la razón de tener un intelecto superior, no es otra que la de prevenir que caigamos en semejantes errores repetidamente...

-Bueno, pues ahí se encuentra la raíz de mi problema - concluyó Edward de modo razonable-. No me preocupa en absoluto esa cuestión sobre el intelecto superior. Hasta ahora, me las he apañado muy bien con mi intelecto inferior.

La mandíbula del conde adquirió una expresión pétrea.

-Existe una razón por la que la señorita Swan y sus carnívoras amistades no se han casado, Edward. Son problemáticas. Si los acontecimientos de esta tarde no te lo han dejado claro, es que no hay esperanza alguna para ti.

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Tal y como Edward había anticipado, Isabella sufrió un malestar constante durante los días siguientes. Había acabado familiarizándose, por desgracia, con el sabor de la infusión de presera que, según prescripción del doctor, debía tomar el primer día a intervalos de cuatro horas, y a partir de entonces, cada seis. Si bien era cierto que la infusión ayudaba a que los síntomas provocados por el veneno de la víbora remitieran, seguía sin poder dormir bien y era incapaz de concentrarse en cualquier actividad más de dos minutos, a pesar de que deseaba entretenerse con algo que aliviara su aburrimiento.

Sus amigas hicieron todo lo posible por alegrarla y distraerla por lo cual Isabella estaba más que agradecida. Angy se sentaba junto a ella en la cama y le leía pasajes de una espeluznante novela que había sacado a hurtadillas de la biblioteca. Alice y Rosalie le traían los últimos cotilleos y la hacían reír con sus traviesas imitaciones de los distintos invitados. A petición suya, le informaban puntualmente de los progresos en la carrera por ganar las atenciones de lord Black. En particular, había una muchacha alta, delgada y de cabello rubio, Lady Leah Cleawather, que parecía haber atraído el interés del aristócrata.

-En mi opinión, es de lo más frígida -dijo Alice con fran queza-. Tiene una forma de fruncir la boca que me recuerda a uno de esos monederos en los que hay que tirar de un lazo para cerrarlos, por no mencionar esa horrible costumbre de reírse como una estúpida mientras se tapa la boca con la mano, como si fuera impropio de una dama ser vista riendo en público.

-Debe de tener los dientes torcidos -aventuró Rosalie, esperanzada.

-Creo que es bastante aburrida-prosiguió Alice-. No puedo imaginarme de qué hablará con Jacob, pero éste parece de lo más interesado.

-Alice -interrumpió Rosalie- estamos hablando de un hombre que cree que la mayor diversión es la contemplación de las plantas. Su umbral del aburrimiento es, obviamente, inalcanzable.

-Después de la fiesta de hoy en el lago, se celebró una merien da campestre -informó Alice a Isabella - y, por un increíble y satisfactorio momento, creí haber pillado a lady Leah en una situación comprometida con uno de los invitados. Desapareció du rante unos minutos junto a un caballero que no era lord Black. -¿y quién era? -preguntó Isabella.

-El señor Sam Uley, un vecino perteneciente a la aristocracia rural. Ya sabes, ese tipo de hombre que es la sal de la tierra, que posee unas cuantas hectáreas de tierras más que decentes y un puñado de sirvientes y que pretende que una esposa le dé ocho o nueve hijos, le remiende los puños de las camisas y le haga pudín de sangre de cerdo en la época de la matanza...

-Alice -la interrumpió Rosalie al ver que el rostro de Isabella había adquirido cierto tono verdoso-, intenta ser un poco menos repugnante, ¿quieres? -Sonrió a Isabella a modo de disculpa-. Lo siento, querida. Pero debes admitir que los ingleses es táis dispuestos a comer ciertas cosas que harían a un americano huir de la mesa chillando de horror.

-A lo que iba -continuó Alice con exagerada paciencia-, lady Leah desapareció después de haber sido vista en la com pañía del. Señor Uley y, como era natural, fui a buscarlos con la esperanza de poder ver algo que la desacreditara y así conseguir que Lord Jacob perdiera todo interés en ella. Ya te puedes imaginar mi satisfacción en cuanto los descubrí debajo de un árbol con las cabezas muy juntas.

- ¿Se estaban besando? -inquirió Isabella.

-No, maldita sea. Sam estaba ayudando a lady Leah, a devolver al nido a un pequeño petirrojo que se había caído.

- ¡Vaya! - Isabella hundió los hombros antes de añadir malhumorada-: Qué tierno por su parte.

Sabía que su abatimiento se debía, en cierta medida, a los efectos del veneno de la serpiente, por no mencionar su desagradable antídoto. No obstante, el hecho de conocer la causa de su falta de ánimo no ayudaba en absoluto a que éste mejorara.

Al ver que Isabella parecía decaída, Rosalie cogió un cepillo cuyo mango de plata estaba bastante deslustrado.

-Olvídate de lady Leah y de lord Jacob por ahora- le ordenó-. Déjame que te trence el cabello; te sentirás mucho mejor cuando lo tengas apartado de la cara.

- ¿Dónde está mi espejo? -preguntó Isabella, que se inclinó hacia delante para que Rosalie pudiera sentarse tras ella.

-No lo he encontrado -fue la tranquila respuesta de Rosalie. Isabella no había pasado por alto la conveniente desaparición del espejo. Sabía que la enfermedad había hecho estragos en su físico: su cabello había perdido el brillo y su piel carecía del saludable color que solía tener. Además, las constantes náuseas le impedían comer, por lo que sus brazos tenían un aspecto mucho más delgado de lo normal mientras descansaban lánguidamente sobre el cubrecama.

Esa misma noche, tumbada en el lecho a causa de sus malestares, el sonido de la música y de la danza llegó flotando hasta ella a través de la ventana de su habitación, procedente del salón de baile de la planta baja. Al imaginarse a lady Leah bailando un vals en brazos de lord Jacob, se movió inquieta entre las sábanas y llegó a la triste conclusión de que sus oportunidades de contraer matrimonio habían desaparecido.

-Odio las víboras -gruñó mientras observaba a su madre, la cual estaba ordenando los objetos colocados sobre la mesita de noche: cucharillas pegajosas por la medicina, frascos, pañuelos, un cepillo para el pelo y unas cuantas horquillas-. Odio estar enferma y odio pasear por el bosque y, sobre todo, ¡odio jugar al rounders en pololos!

-¿Qué acabas de decir, queridita? -preguntó René, que es taba a punto de colocar unos cuantos vasos vacíos sobre una bandeja.

Isabella negó con la cabeza, afectada por una repentina tris teza.

-Yo... nada, mamá. He estado pensando... Quiero regresar a Londres en un par de días, cuando esté mejor para viajar. No tiene sentido quedamos más tiempo aquí. Lady Leah ya es prácti camente lady Black y no tengo ni los ánimos ni el aspecto nece sarios para atraer la atención de cualquier otro. Además...

-Yo no perdería las esperanzas todavía -comentó René, que soltó la bandeja antes de inclinarse sobre su hija para acariciarle la frente en un gesto tierno y maternal-. Aún no se ha anunciado compromiso alguno y lord Black ha preguntado por ti con mucha frecuencia. Además, no olvides el enorme ramo de campanillas azules que te envió. Las recogió él mismo, según me dijo.

Exhausta, Isabella echó un vistazo al rincón donde habían colocado el enorme arreglo floral cuyo intenso perfume flotaba en el aire.

-Mamá, he estado a punto de pedírtelo en varias ocasiones... ¿Podrías llevártelo de aquí? Es precioso y el gesto es encantador... Pero el olor...

-¡Vaya! No lo había pensado -dijo René de inmediato. Se dirigió sin pérdida de tiempo hacia el ramo y cogió el jarrón con las flores azules de tallos curvos antes de encaminarse a la puerta-. Lo dejaré en el recibidor y le diré a una doncella que se las lleve... -Su voz se perdió a medida que se alejaba, entregada a su tarea.

Isabella comenzó a juguetear con el débil metal ondulado de una horquilla que había caído sobre la cama y frunció el ceño. El ramo de Kendall había sido uno entre muchos otros, en realidad. Las noticias de su enfermedad le habían granjeado un buen núme ro de muestras de simpatía por parte de los invitados que se aloja ban en Stony Cross Park. Incluso lord Whitlock le había enviado un ramo de rosas del invernadero en su nombre y en el de los Marsden.

La proliferación de jarrones de flores había conferido a la habitación un aspecto un tanto fúnebre. Curiosamente, no había llegado ni un solo regalo de parte de Edward Masen... Ni una nota, ni unas flores. Tras su solícito comportamiento dos noches atrás, Isabella había esperado algo por su parte. Alguna pequeña muestra de preocupación... Sin embargo, resolvió que, tal vez, Edward había llegado a la conclusión de que era una criatura problemática y absurda que no merecía ser objeto de sus atenciones en lo sucesivo. Si eso era cierto, se alegraría sobremanera de no volver a soportar sus groserías.

No obstante, en lugar de alegrarse, se le llenaron los ojos de lágrimas y sintió una extraña presión en la garganta. No acababa el entender sus propias reacciones. Como tampoco era capaz de identificar la emoción que subyacía bajo toda esa enorme desesperanza. Parecía estar poseída por un indescriptible y extraño anhelo... al que ojalá pudiera ponerle nombre. Ojalá...

-Bueno, esto sí que es extraño -dijo René, que parecía muy asombrada al regresar a la habitación-. Acabo de enconar esto justo detrás de la puerta. Alguien las ha dejado ahí, pero no lo acompaña ninguna nota. Y, por su aspecto, son nuevas, a estrenar ¿Crees que las ha dejado alguna de tus amigas? Ha debido de ser una de ellas. Un regalo tan excéntrico sólo se le puede ocurrir a una de esas chicas americanas.

Cuando levantó la cabeza de la almohada, Isabella descubrió un par de objetos en su regazo que observó con total desconcierto. Se trataba de un par de botines atados con un alegre lazo rojo. La piel era suave como la mantequilla y estaba teñida con un elegante color bronce. Los habían lustrado hasta hacerlos brillar como cristal. Con el tacón de piel bajo y las suelas cosidas con diminutas puntadas, eran unas botas para darles uso, pero sin dejar de lado la elegancia. Estaban adornadas con un delicado bordado de hojas que cubrían toda la parte delantera. Mientras las contemplaba, Isabella sintió que la risa comenzaba a burbujear en su interior.

-Debe de ser un regalo de las Cullen-dijo... aunque sabía que no era cierto.

Las botas eran un regalo de Edward Masen, quien sabía de buena tinta que un caballero jamás debía regalar una prenda de vestir a una dama. Isabella era consciente de que debería devolverlas de inmediato, y así lo pensó al tiempo que las sujetaba con fuerza. Sólo Edward podía conseguir regalarle algo tan práctico y, a la vez, tan inaceptablemente personal.

Con una sonrisa en los labios, desató el lazo rojo y alzó uno de los botines. Era muy ligero y supo, con tan sólo echarle un vistazo, que le quedarían perfectos. ¿Cómo se las habría arreglado Edward para saber el número que ella calzaba y dónde los habría conseguido? Deslizó el dedo a lo largo de las diminutas y exquisitas puntadas que unían la suela a la brillante piel broncínea de la parte superior.

-Son muy bonitos -comentó René-. Demasiado bonitos para caminar por el campo embarrado.

Isabella alzó una de las botas hasta su nariz y respiró el olor limpio y agreste de las botas recién lustradas. Pasó la yema de un dedo por el suave borde superior y la alejó un tanto para apreciarla a distancia, como si fuera una valiosa escultura.

-Ya he dado bastantes paseos por el campo -replicó con una sonrisa-. Estos botines me vendrán de perlas para caminar por los caminos de gravilla en los jardines.

Rene, que la miraba con cariño, alargó el brazo para acari ciarle el pelo.

-Nunca habría pensado que un nuevo par de botas te anima ría tanto; pero me alegro muchísimo. ¿Llamo para que suban una bandeja con un poco de sopa y unas tostadas, querida? Tienes que intentar comer algo antes de la próxima infusión.

Isabella hizo una mueca de asco.

-Sí, me apetece un poco de sopa.

René asintió con satisfacción y alargó un brazo para apartar los botines.

-Te Quitaré esto de encima y los dejaré en el armario...

-Todavía no -murmuró Isabella, sujetando uno de ellos con gesto posesivo.

René sonrió mientras se acercaba al cordón para llamar a la servidumbre.

Mientras Isabella se recostaba y seguía acariciando la sedosa piel con las yemas de los dedos, sintió que la presión que le agobiaba el pecho se aliviaba un poco. Sin duda era la señal de que los efec tos del veneno se desvanecían..., pero eso no explicaba porque de pronto se sentía aliviada y tranquila.

Tendría que darle las gracias a Edward, por supuesto y decirle que su obsequio no era apropiado. Y si reconocía que el quien le había regalado las botas, no tendría más remedio que devolvérselas. Un libro de poesía, una caja de caramelos o un ramito de flores hubiese sido algo muchísimo más apropiado. Pero ningún otro regalo habría sido tan enternecedor como ése.

Isabella no se separó de las botas en toda la noche, a pesar la advertencia de su madre de que traía mala suerte dejar los zapatos sobre la cama. Cuando finalmente cedió al sueño, con la música de la orquesta aún flotando a través de la ventana, consintió dejarlas sobre la mesita de noche. Y, al despertar por la mañana, la visión de los botines la hizo sonreír.

Holiss estoy de vuelta, a que os ha sorprendido el cap pasado con lo de la mordedura de serpiente, lo se yo también estaba O.o hahaha pero eso lo hizo más emocionante, sin contar que ahora sin duda algo está pasando en las cabecitas de estos dos testarudos… y bien ¿Quién creen ustedes que les regalo los botines a Bella? Será Edward como ella cree?

Ya mero subo el cap que sigue ;) un abrazo a todas.

Gracias por leer, por las alertas, Favoritos y por los lindos Reviews que se molestan en dejarme D me da mucho gusto leerlos, pues me animan a continuar con la adaptación.