La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.
Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.
Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.
También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.
¡Sorpresa! (*_*)/
Una mañana, tres días después de la mordedura de la víbora, Isabella se sintió por fin con la presencia de ánimo suficiente como para salir de la cama. Para su inmenso alivio, la mayoría de los invitados se había marchado con el fin de asistir a una fiesta que se celebraba en una propiedad colindante, de modo que Stony Cross Park había quedado en paz y bastante vacía. Tras haberlo consultado con el ama de llaves, René trasladó a Isabella a un sa lón privado de la planta superior, con vistas a los jardines. Era una estancia encantadora, con las paredes cubiertas por un papel de es tampados florales en color azul y repletas de alegres retratos de niños y animales. Según el ama de llaves, ese salón estaba reservado para el uso exclusivo de los Marsden, pero el propio lord Whitlock ha bía sugerido la estancia en beneficio de la comodidad de Isabella.
Después de colocar una manta de viaje sobre las rodillas de su hija, René depositó una infusión de presera en la mesa que ha bía junto a ella.
-Debes beberte esto -dijo con firmeza en respuesta a la mue ca de desagrado de Isabella -. Es por tu propio bien.
-No hace falta que te quedes en la habitación para cuidar de mi, mamá-contestó-. Estaré encantada de quedarme aquí des cansando mientras vas a dar un paseo o charlas con alguna de tus amistades.
-¿Estás segura? -preguntó René.
-Totalmente. - Isabella cogió la taza con la infusión y le dió un sorbo-. Incluso me estoy tomando la medicina, ¿ves? Vete, mamá, y no te preocupes más por mí.
-Muy bien -accedió René a regañadientes-. Pero sólo un ratito. El ama de llaves me dijo que utilizaras esa campanilla qué hay sobre la mesa si necesitas a algún criado. Y no olvides beberte la infusión.
-Lo haré -prometió Isabella, esforzándose por componer una enorme sonrisa que mantuvo hasta que René abandonó la habitación; en cuanto su madre desapareció, se inclinó por encima del borde del canapé y vertió con sumo cuidado el contenido la taza por la ventana abierta.
Con un suspiro de satisfacción, Isabella se hizo un ovillo en uno de los extremos del canapé. De vez en cuando, el ruido que hacía la servidumbre rompía el plácido silencio: el estrépito de los platos, el murmullo de la voz del ama de llaves, el sonido de una escoba que limpiaba la alfombra del pasillo... Apoyó un brazo en el alféizar y se inclinó hacia un rayo de sol, dejando que su brillo le bañara el rostro. Cerró los ojos y escuchó el zumbido de las abejas mientras se desplazaban, perezosamente, entre el despliegue de flores de las hortensias rosas y los delicados ramilletes de los arvejos que adornaban los parterres. A pesar de que aún se encontraba demasiado débil, resultaba muy placentero sentarse a disfrutar del cálido letargo, medio adormilada como un gato.
Se estaba sumiendo en el sueño cuando escuchó un sonido proveniente de la puerta. No fue más que un ligero golpecito, como si el visitante se resistiera a interrumpir su sueño con un golpe más fuerte. Deslumbrada como estaba por la luz del sol, Isabella parpadeó repetidamente y se quedó donde estaba, con las piernas dobladas bajo el cuerpo. Las motitas de luz fueron desaparecí poco a poco de su campo de visión, y, cuando por fin lo hicieron, encontró con la vista clavada en la oscura y esbelta figura de Edward. Descansaba parte de su peso en una de las jambas de la puerta, con un hombro apoyado contra ésta en una elegante, aunque inconsciente, postura. Tenía la cabeza inclinada y la observaba con una expresión indescifrable.
El pulso de Isabella se desbocó. Como era habitual, Edward vestía de forma impecable, pero el atuendo formal no ocultaba de ninguna de las maneras la masculinidad que parecía emanar de él. Isabella recordó la dureza de sus brazos y su pecho mientras la llevaba en brazos, el tacto de esas manos sobre su cuerpo... ¡Señor, jamás sería capaz de mirarlo sin acordarse!
-Tiene el aspecto de una mariposa que acabara de colarse des de el jardín -le dijo él con suavidad.
Debía de estar burlándose de ella, pensó Isabella, que se daba perfecta cuenta de la palidez enfermiza que mostraba. Consciente de su apariencia, se llevó una mano al cabello y se apartó unos cuantos mechones desordenados.
-¿Qué hace aquí? -preguntó-. ¿No debería estar en la fies ta de la propiedad vecina?
No había pretendido sonar tan brusca y desagradable, pero su habitual facilidad con las palabras parecía haberla abandonado. Mientras lo contemplaba, no podía dejar de recordar el modo en que él le había frotado el pecho con las manos. El recuerdo hizo que un acalorado rubor, provocado por la vergüenza, le cubriera la piel. Edward replicó con un tono melifluo igual de ácido.
-Tengo asuntos de negocios que tratar con uno de mis gerentes, que tiene que llegar desde Londres esta mañana. A diferencia de esos caballeros con medias de seda cuyos linajes tanto admira, yo tengo más cosas en las que pensar además de decidir el mejor lugar donde extender la manta para la merienda campestre. -Se apar to del marco de la puerta y se aventuró al interior de la habitación sin dejar de estudiarla: de un modo exhaustivo-. ¿Todavía se sien te débil? Pronto se sentirá mejor. ¿Cómo está su tobillo? Leván tese las faldas... Creo que debería echarle otro vistazo.
Isabella lo observó con alarma durante una fracción de se gundo, pero luego comenzó a reír cuando se percató del brillo de sus ojos. La audacia del comentario había mitigado su vergüenza y había hecho que se relajara.
-Eso es muy amable -respondió, cortante-. Pero no hay ne cesidad alguna. Mi tobillo está mucho mejor, gracias.
Edward sonrió mientras se acercaba a ella.
-Debo decirle que mi oferta está motivada por el más puro de los altruismos. No hubiera recibido placer ilícito alguno con la visión de su pierna. Bueno, tal vez un pequeño estremecimiento, pero lo hubiera ocultado sin dificultad.
Con una sola mano, agarró una de las sillas por el respaldo y la llevó sin esfuerzo junto al canapé, tras lo que se sentó cerca de ella Isabella se quedó impresionada por la facilidad con la que había levantado el pesado mueble de caoba labrada, como si fuera una pluma. Lanzó una rápida mirada al vano de la puerta. Mientras esta permaneciera abierta, era aceptable que se sentara con Edward en el saloncito. Además, su madre volvería para comprobar cómo seguía. No obstante, antes de que eso sucediera, Isabella decidió sacar el tema de las botas.
-Señor Masen -comenzó con cautela-, hay algo que debo preguntarle...
-¿Sí?
Sus ojos eran, sin duda alguna, su rasgo más atractivo, pensó Isabella distraída. Vibrantes y llenos de vida, le hacían preguntarse por qué la gente solía preferir los ojos azules a los verdes. Ninguna tonalidad de azul podría jamás transmitir la inteligencia que bullía en las brillantes profundidades de los ojos de Edward Masen.
Por más que lo intentaba, no se le ocurría una manera sutil de formularle la pregunta. Tras una lucha silenciosa con varias frases al final optó por la franqueza.
-¿Los botines son cosa suya?
Su expresión no reveló nada.
-¿Botines? Me temo que no la entiendo, señorita Swan. ¿Habla con metáforas o nos referimos a calzado de verdad?
-Botas altas -dijo Isabella, que lo miró con manifiesta sospecha-. Ayer, alguien dejó un par de botas nuevas en mi habitación.
-Por más que me deleite discutir cualquier parte de su vestuario, señorita Swan, me temo que no tengo nada que ver con un par de botas. No obstante, me alivia saber que haya encontrado la forma de adquirir unas. A menos por supuesto, que deseé seguir mostrándose como un bufé andante para la fauna salvaje de Hampshire.
Isabella lo observó durante largo rato. A pesar de que lo hubiera negado, algo se escondía bajo la máscara de indiferencia..., un brillo juguetón en sus ojos...
-Entonces ¿niega haberme regalado las botas?
-Lo niego de modo total y absoluto.
-Pero, me pregunto... Si alguien deseara regalarle un par de botas a una dama sin que ésta lo supiera ¿cómo podría averiguar la me dida exacta de sus pies?
-Una tarea de lo más sencilla... -explicó-. Me imagino que la persona con recursos se limitaría a pedirle a una doncella que copiara la silueta de las suelas de unos zapatos de la dama en cuestión. Después, podría llevar el patrón al zapatero más cercano, a quien obligaría a abandonar el trabajo que estuviera haciendo para que, de este modo, pudiera confeccionar las botas de inmediato.
-Demasiadas molestias para esa persona -musitó Isabella.
La mirada de Edward se encendió de repente con un brillo tra vieso.
-Sería mucho menos problemático que verse obligado a cargar con una mujer herida y subirla tres tramos de escaleras cada vez que saliera a pasear con sus zapatos de baile.
Isabella se dio cuenta de que Edward nunca admitiría que le ha bía regalado las botas, cosa que no sólo le permitiría conservarlas, sino que aseguraba también que jamás pudiera agradecérselo. Y ella sabía que había sido el responsable: lo llevaba escrito en la cara.
-Señor Masen -dijo con gran formalidad-, me gustaría... Me gustaría... -Se detuvo, incapaz de encontrar las palabras, y lo con templó impotente.
Apiadándose de ella, Edward se puso en pie, cruzó la habitación y levantó un pequeño tablero de juego circular. Tenía poco más de medio metro de diámetro y estaba fabricado con un ingenioso mecanismo que permitía jugar tanto a las damas como al ajedrez.
-¿Juega? -preguntó de pasada al tiempo que colocaba el ta blero delante de ella.
-¿A las damas? Sí, de vez en cuando...
-No, no me refería a las damas, sino al ajedrez.
Isabella negó con la cabeza y volvió a arrellanarse contra el canapé.
-No, nunca e Jugado. Y, aunque no quiero parecer poco cooperadora según me siento en estos momentos, no tengo ganas de probar algo tan difícil como...
-Pues ha llegado el momento de que aprenda -sentenció Edward que se acercó a una estantería empotrada para coger una caja de madera tallada-. Se dice que nunca se llega a conocer a alguien hasta haber jugado una partida de ajedrez.
Isabella lo observó con cautela, nerviosa ante la idea de estar a solas con él... y, a la vez, seducida sin remedio por su deliberada ternura. Daba la impresión de que estuviera tratando de obligarla a confiar en él. Sus modales traslucían cierta delicadeza que parecía contradecir por completo al cínico disoluto por el que ella siempre lo había tomado.
-¿De verdad lo cree? -preguntó ella.
-Por supuesto que no.- Edward llevó la caja hasta la mesa, donde la abrió para revelar un juego de piezas de ónice y marfil, labradas con todo lujo de detalles. Le dedicó una mirada cierto es que no se puede conocer realmente a un hombre hasta que se le ha prestado dinero. Y nunca se puede conocer a una mujer hasta que se ha dormido en su cama.
Lo dijo con toda deliberación, desde luego, con el fin de escandalizarla. Y había tenido éxito, a pesar de que Isabella hizo cuanto pudo para ocultarlo.
-Señor Masen -le dijo; respondiendo a sus ojos risueños con un ceño fruncido- si continúa haciendo comentarios groseros, me veré obligada a pedirle que se vaya de la sala.
-Perdóneme. -La inmediata disculpa no la engañó en ningún momento-. Es que no puedo dejar pasar ninguna oportunidad de hacer que se ruborice. Nunca conocí a una mujer que lo hiciera con tanta frecuencia como usted.
El rubor que había comenzado en su garganta se extendió hasta la raíz del cabello.
-Yo nunca me ruborizo. Tan sólo cuando usted está cerca, y.. -Se detuvo de golpe y lo miró con un ceño tan indignado que lo hizo reír a carcajadas.
-Me comportaré -le dijo-. No me pida que me vaya.
Lo miro, indecisa, y se pasó una mano temblorosa por la frente. Aquella muestra de debilidad física lo hizo hablar con un tono todavía más amable.
-Está bien -murmuró-. Deje que me quede, Isabella.
Parpadeando, respondió con un inestable cabeceo y volvió a hundirse en los cojines del canapé mientras Edward acomodaba las piezas con gestos meticulosos. La forma en que tocaba las piezas era sorprendentemente ligera y hábil, sobre todo si se consideraba el tamaño de sus manos. Manos rudas cuando así lo quería, pensó ella..., bronceadas y masculinas, con apenas un poco de vello oscuro en el dorso.
Al estar medio inclinado sobre ella, Isabella se percató del in trigante aroma que emanaba de él, mezcla de un ligero toque de al midón y jabón de afeitar, que se superponía a la fragancia de la piel masculina limpia... Y también percibía algo más esquivo, un olor dulzón en su aliento, como si acabara de comer peras o, tal vez, una rodaja de piña. Al levantar la vista para mirarlo, se dio cuenta de que con muy poco esfuerzo, Edward podría haberse inclinado y besarla. Ese pensamiento consiguió que se estremeciera. En realidad, deseaba sentir la boca del hombre sobre la suya, inhalar ese efímero roque de dulzura de su aliento. Deseaba que volviera a abrazarla.
Al darse cuenta de ese hecho, abrió los ojos de par en par. La sú bita inmovilidad de Isabella quedó patente para Edward al instante. El hombre desvió su atención desde el tablero de ajedrez hasta su rostro, y lo que quiera que viese en su expresión hizo que contu viera el aliento; Ninguno de los dos se movió. Lo único que Isabella pudo hacer fue esperar en silencio, hundiendo los dedos en el tapizado del canapé, mientras se preguntaba cuál sería el siguiente paso de Edward.
Él rompió la tensión con un largo suspiro, tras el que habló con una voz ligeramente ronca.
-No… Todavía no está lo bastante recuperada.
Le costaba trabajo escuchar las palabras debido al ensordecedor latido de su corazón.
-¿ Có-cómo ha dicho? -preguntó ella con voz débil.
Aparentemente incapaz de contenerse, Edward apartó un pequeño mechón rizado de sus sienes. El roce de la yema de su dedo hizo que la sedosa piel de Isabella ardiera y se erizara a su paso.
-Sé lo que está pensando y créame, me resulta de lo más tentador. Pero todavía se encuentra demasiado débil... y mi autocontrol hoy es bastante escaso.
-Si con eso insinúa que yo...
-Nunca malgasto el tiempo con insinuaciones -murmuró al tiempo que regresaba a la metódica colocación de las piezas de ajedrez-. Es obvio que desea que la bese y cuando llegue el momento adecuado, estaré encantado de complacerla. Pero todavía no.
-Señor Masen, es usted el mayor...
-Sí, lo sé -replicó con una sonrisa-. También puede ahorrarse el esfuerzo de arrojarme epítetos a la cara, puesto que ya los he escuchado todos.
Se sentó en la silla y le colocó una pieza de ajedrez en la mano. El ónice labrado resultaba pesado y frío, aunque la lisa superficie se calentó poco a poco al tacto.
-No hay epíteto alguno que desee arrojarle a la cara -le dijo Isabella -. Con uno o dos objetos afilados bastaría.
Una risa profunda retumbó en el pecho de Edward, que acarició el dorso de los dedos de ella con el pulgar antes de retirar la mano. Isabella sintió la ligera aspereza de un callo, y la sensación no pareció muy diferente del lametón de un gato. Asombrada por la respuesta que él le provocaba, bajó la vista hasta la pieza que tenía en la mano.
-Es la dama: la pieza más poderosa del tablero. Puede desplazarse en cualquier dirección y cuantas casillas quiera.
No había ninguna sugerencia manifiesta en sus palabras, pero cuando hablaba tan bajo, como en aquel momento, la tonalidad ronca de su voz conseguía hacerle un nudo en el estómago.
-¿Más poderosa que el rey? -preguntó.
-Sí. El rey sólo se puede mover una casilla por turno. Sin embargo, el reyes la pieza más importante.
-¿Por qué es más importante que la reina si, no es más poderosa?
-Porque una vez que es capturado, el juego llega a su fin. - le quitó la pieza que le había dado y la cambió por un peón. Los dedos de Edward rozaron los suyos y se demoraron en una breve pero inequívoca caricia. A pesar de que Isabella sabía que debía poner freno a semejantes y escandalosas familiaridades, se encontró su mida en una especie de estupor al tiempo que sus nudillos palide cían al apretar la pieza de marfil con demasiada fuerza. Cuando prosiguió con la explicación, el tono de Edward sonó grave y atercio pelado-. Esa pieza es un peón, que se mueve una casilla por turno. No puede desplazarse hacia atrás ni en diagonal, a menos, en este ultimo caso, que se coma a otra pieza. Por regla general, los princi piantes se inclinan por utilizar mucho los peones al comienzo del juego, puesto que de esa forma controlan una gran superficie del ta blero. Sin embargo, la estrategia que da mejores resultados es la de utilizar con sabiduría el resto de las piezas...
A medida que Edward continuaba la explicación acerca de cada plaza y su utilidad, las iba apretando contra su palma. Isabella quedó seducida por los hipnóticos roces de esas manos y con la sensibilidad a flor de piel. Sus defensas habituales parecían haber que dado hechas añicos. Algo le había sucedido a ella misma, o a Edward, o tal vez a los dos, algo que les permitía deleitarse con la compañía del otro con una desenvoltura, de la que no habían disfrutado con anterioridad. No quería invitarlo a que se acercara más, ya que no pudría resultar nada bueno de ese impulso, pero se sentía incapaz de no disfrutar de su cercanía.
Edward la persuadió para que jugara y esperó con paciencia a que considerara cada movimiento posible; también se prestaba a ofrecerle consejo cuando ella se lo pedía. Sus modales eran tan encantadores y la distraían con tanta efectividad que para Isabella no tenía importancia alguna quién pudiera ganar. Casi. Cuando des plazó una pieza hasta una posición en la que no sólo atacaba una de las piezas de el, sino dos a la vez, Edward le dirigió una sonrisa de aprobación.
-A eso se le llama «doble amenaza». Tal como supuse, tiene un instinto nato para el ajedrez.
-Ahora no le queda otra opción que la de retirarse -anunció Isabella exultante.
-Todavía no. -Movió otra de sus piezas hacia un área dife rente del tablero y amenazó de inmediato a su reina.
Desconcertada por esa estrategia, Isabella cayó en la cuenta de que acababa de obligarla a retroceder.
-Eso no es justo -protestó, ante lo que él emitió una risa ahogada.
Isabella enlazó los dedos y apoyó la barbilla sobre las manos mientras procedía a estudiar el tablero. Pasó un minuto completo durante el cual meditó diversos movimientos, pero ninguno le parecía acertado.
-No sé qué hacer -admitió por fin.
Cuando levantó la vista, advirtió que Edward la estaba observando de una forma extraña: su mirada era cariñosa y, a la vez, destilaba preocupación. Esa mirada la desconcertó, y tuvo que tragar saliva para hacer desaparecer un nudo de espesa dulzura que, igual que la miel, ahogaba su garganta.
-La he fatigado -murmuró Edward.
-No, me encuentro bien...
-Retornaremos la partida más tarde. Verá con mayor claridad su siguiente movimiento una vez que haya descansado.
-No quiero dejado ahora -dijo ella, que se sentía molesta por su negativa-. Además, ninguno de los dos recordará la disposición de las piezas.
-Yo me acordaré. -Edward hizo caso omiso de sus protestas, se puso en pie y apartó la mesa hasta dejarla fuera de su alcance-. Tiene que dormir una siesta. ¿Necesita la asistencia de alguien para regresar al piso superior o...?
-Señor Masen, de ninguna de las maneras pienso regresar a mi habitación -dijo con obstinación-. Estoy más que cansada de estar allí. De hecho, preferiría dormir en el pasillo antes que...
-Muy bien -musitó Edward con una sonrisa antes de volver a sentarse-. Cálmese. Nada más lejos de mi intención que obligarla a hacer algo que no desea. -Enlazó los dedos, se reclinó en una postura engañosamente informal y entrecerró los ojos para mirada-. Mañana, los invitados regresarán a la mansión con renovadas fuerzas -señaló-. Supongo que retornará la persecución de Jacob enseguida, ¿no es así?
-Probablemente -admitió Isabella, que se cubrió la boca cuando un insistente bostezo se propuso estirar sus labios.
-No lo desea-recalcó Edward en voz baja.
-Por supuesto que sí.- Isabella se detuvo, soñolienta, y medio apoyó la cabeza en el brazo doblado-. Y, aunque se ha mos trado de lo más gentil conmigo, señor Masen..., me temo que no pue do permitir que eso cambie mis planes.
Edward la contempló con la misma mirada relajada y absorta que le había dedicado al tablero de ajedrez.
-Tampoco yo vaya cambiar mis planes, cariño.
Si Isabella no hubiera estado tan cansada, se habría opuesto al tratamiento afectuoso. En cambio, se limitó a considerar sus palabras a través de la bruma del sueño. Sus planes...
-Que no son otros que evitar que atrape a lord Black-dijo.
-Son un poco más ambiciosos -replicó, con la diversión bai lando en la comisura de los labios.
-¿A qué se refiere?
-No estoy dispuesto a desvelar mi estrategia. Es evidente que necesito de cualquier ventaja de la que disponga. El siguiente movimiento es suyo, señorita Swan. Pero no olvide que la estaré vigilando.
Isabella era consciente de que la advertencia debería haberla alarmado. Sin embargo; abrumada como estaba por una debilidad extrema, cerró los ojos por unos segundos. La balsámica humedad que había tras sus párpados alivió la sensación de picor que anunciaba la urgente necesidad de dormir. Abrió los ojos con gran re ticencia y la imagen de Edward se desdibujó delante de ella. Era una pena que tuvieran que ser adversarios, pensó con cansancio. No fue consciente de que había pronunciado las palabras en voz alta hasta que él replicó con tono amable.
-Nunca he sido su adversario.
- ¿Somos amigos, en ese caso? -murmuró con escepticismo al tiempo que sucumbía a la tentación de cerrar los ojos una vez más. En esa ocasión, el sueño la acogió en su abrazo con tanta rapidez que apenas pudo percatarse de que, Edward la había cubierto hasta los tobillos con la manta de viaje.
-No, cariño -susurró-. No soy tu amigo...
Bueno! Bueno! ¿les gusto mi sorpresa? ¿ a que actualice rapido? :D
Ya sabemos en el cap anterior no paso mucho x eso les he traido este cap*_* x cierto acertaron en sus teorías? Al final si fue Edward quien le regalo los boties? Hahahaha parece que alguien quería besar al señor Masen hahahahah :D
Un abrazo a todas! Nos leemos prontito…De nuevo gracias por seguir agregando esta historia a sus alertas y favoritos :D Sus Reviews me hacen muy feliz!
¿Merezco review?
XoXo
