La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.

Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.

Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.

También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.

N/A: capitulo un poco largo, espero que les guste

Renovada tras el baño, aunque un poco cansada, se metió en la cama y permaneció allí tumbada entre las suaves y frescas sábanas de lino. Se quedó adormilada mientras las doncellas sacaban la bañera y apenas fue consciente de que salían de la habitación de puntillas. Cuando despertó, acababa de anochecer y su madre estaba encendiendo la lámpara de la mesita de noche, lo que hizo que Isabella parpadeara.

-Mamá -la llamó con voz somnolienta, aturdida por el sueño. Al recordar el anterior encuentro con James espabilo de repente-. ¿Estás bien? ¿Te ha...?

-No me apetece discutir el tema -contestó René en voz baja mientras la luz de la lámpara delineaba suavemente su perfil. Su semblante era una máscara de inexpresividad aunque la tensión le había provocado unas cuantas arrugas en la frente-. Sí, estoy bastante bien, cariño.

Isabella asintió de modo imperceptible, sonrojada, y deprimida, muy consciente del profundo sentimiento de vergüenza, que la embargaba. Al sentarse, sintió la espalda tan rígida como si tuviese un atizador por columna vertebral. A pesar del agarrotamiento de los músculos que llevaba días sin usar, se sentía mucho mejor y su estómago rugía de hambre por primera vez en dos días. Salió de la cama y se acercó al tocador para coger un cepillo con el que ade centarse un poco el cabello.

-Mamá -comenzó con incertidumbre-. Necesito un cambio de aires. Tal vez vuelva al saloncito de los Marsden y ordene que me lleven allí una bandeja con la cena.

René pareció escucharla a medias.

-Sí -le contestó con actitud ausente- me parece una idea es tupenda. ¿Quieres que te acompañe?

-No, gracias... Me siento muy bien y no está muy lejos. Iré yo sola. Probablemente quieras un poco de intimidad después de... - Isabella hizo una incómoda pausa antes de soltar el cepillo-. Volveré dentro de un rato.

Con un susurro casi inaudible, su madre se sentó junto al fuego y Isabella se dio cuenta de que la aliviaba la posibilidad de que darse a solas. Tras recogerse el pelo en una larga trenza que dejó caer por encima del hombro/salió de la habitación y cerró la puerta sin hacer ruido.

Cuando salió al pasillo, llegó hasta ella el quedo murmullo de los invitados que disfrutaban del bufé en el salón de la planta baja. Por encima de las carcajadas y de las conversaciones, se escuchaba la música: un cuarteto de cuerda con un acompañamiento de piano. Se detuvo para escuchar y la sorpresa la dejó paralizada al descubrir que era la misma melodía, triste pero hermosa, que escuchara du rante el sueño: Cerró los ojos y prestó más atención a la música al tiempo que la tristeza le provocaba un extraño nudo en la gargan ta. La melodía la llenaba con esa clase de anhelo que no debería ha berse permitido sentir.

«Dios mío -pensó-, la enfermedad me está convirtiendo en una sensiblera... Tengo que recuperar un poco la compostura.»

Abrió los ojos, comenzó a caminar de nuevo, y a punto estuvo de chocar de bruces con alguien que venía en la dirección opuesta.

El corazón pareció agrandarse en su pecho cuando, al alzar la mirada, se encontró con Edward Masen vestido con esa combinación tan elegante de blanco y negro, y cuyos labios acababan de curvarse en una lenta sonrisa. Su voz ronca hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.

-¿Dónde cree que va?

Así que había venido buscarla a pesar de la elegante multitud con la que debería estar relacionándose en la planta baja. Consciente de que la súbita debilidad que sentía en las rodillas tenían muy poco que ver con su enfermedad, Isabella comenzó a juguetear con el extremo de su trenza, presa de los nervios.

-A cenar al saloncito de la familia.

Tras darse la vuelta, Edward la tomó del codo y la guió por el pasillo, aminorando el paso para mantenerse junto a ella.

-No le apetece en absoluto cenar en el saloncito -informó él.

-Vaya. ¿No me apetece?

Él asintió con la cabeza para corroborar su afirmación.

-Tengo una sorpresa para usted. Venga, no está muy lejos -Mientras lo acompañaba de buena gana, Edward la miró de arriba a abajo con actitud analítica-. Su equilibrio ha mejorado bastante desde esta tarde. ¿Cómo se encuentra?

-Mucho mejor -contestó Isabella, que se sonrojó cuándo su estómago rugió de forma audible-. Y un poco hambrienta, a decir verdad.

Edward sonrió y la condujo hacia una puerta ligeramente entreabierta. Entró tras ella en la estancia y Isabella descubrió que estaban en una pequeña y encantadora habitación de paredes recubiertas con paneles de palisandro, de las que colgaban varios tapices, y cuyos muebles estaban revestidos con terciopelo color ámbar. No obstante, la característica más sobresaliente de la estancia era la ventana que se abría en la pared interior y que daba al salón situado dos plantas más abajo. El lugar estaba oculto por completo a los ojos de los invitados que se encontraban en la planta baja, pero la música llegaba hasta allí a través de la ventana, abierta de par en par. Los atónitos ojos de Isabella se desplazaron hasta una mesita en la que se había dispuesto la cena, si bien las fuentes estaban cubiertas por unas tapaderas de plata.

-Me ha costado un dolor de cabeza decidir qué podía despertar su apetito -confesó Edward. Así que le dije al personal de la cocina que pusiera un poco de todo.

Abrumada e incapaz de recordar otra ocasión en la que un hombre hubiese llegado a semejantes extremos para que ella se distrajera, Isabella descubrió que, de pronto, le resultaba muy difícil decir algo. Tragó saliva y recorrió la habitación con la mirada para evitar encontrarse con los ojos de Edward.

-Todo esto es encantador. Yo... yo no sabía que existía esta habitación.

-Poca gente lo sabe. La condesa suele sentarse aquí en ocasiones, cuando se encuentra demasiado débil para bajar. -Edward se acercó a ella y deslizó sus largos dedos bajo la barbilla de Isabella, obli gándola de ese modo a que lo mirara a los ojos-. ¿Cenará conmigo?

El pulso le latía con tal rapidez que estaba segura de que él podría sentirlo bajo los dedos.

-No tengo carabina -contestó con un hilo de voz.

Edward sonrió ante la respuesta y apartó la mano de su barbilla.

-No podría estar más segura. No tengo intención alguna de se ducirla cuando es obvio que está demasiado débil para defenderse.

-Eso es muy caballeroso por su parte.

-La seduciré cuando se encuentre mejor.

Reprimiendo una sonrisa, Isabella alzó una ceja y le dijo: -Parece muy seguro de sí mismo. ¿No debería haber dicho que va a intentar seducirme?

-Nunca des por adelantado el fracaso, eso es lo que mi padre suele decirme. -Apoyó uno de sus fuertes brazos en su espalda y la condujo a una silla-. ¿Le apetece un poco de vino?

-No debería-contestó ella, apesadumbrada, al tiempo que se hundía en una de las mullidas sillas-. Es muy posible que se me suba a la cabeza.

Edward sirvió una copa y se la ofreció, sonriendo con esa expresión traviesa y tentadora que el mismo Lucifer se esforzaría por emular.

-Vamos -murmuró él-. Yo la cuidaré en caso de que acabe un poco achispada.

Mientras daba un sorbo a la excelente y suave cosecha, Isabella le lanzó una mirada irónica.

-Me pregunto con qué frecuencia la ruina de una dama co mienza con esa misma promesa...

-Aún no he sido el causante de la ruina de ninguna dama-contestó tiempo que apartaba las tapaderas de los platos y las de jaba a un lado-. Por lo general, suelo perseguirlas una vez que ya están arruinadas.

-¿Ha habido muchas damas arruinadas en su pasado? -pre guntó Isabella, incapaz de contenerse.

-Unas cuantas -replicó él, mirándola directamente a los ojos con una expresión que no era ni contrita ni jactanciosa:- Aunque en los últimos tiempos, todas mis energías se han visto absorbido por un pasatiempo muy diferente.

-¿Cuál?,

-La supervisión del desarrollo de una locomotora en la que tanto Jasper como yo hemos invertido dinero.

-¿En serio? -preguntó Isabella, cuyo interés acababa de despertarse, tras la confesión-. Nunca me he subido a un tren ¿Cómo es?

Edward sonrió y su rostro adquirió una expresión infantil a causa del entusiasmo que apenas lograba contener.

-Rápido. Emocionante. La velocidad media de un tren de pasajeros es de unos ochenta kilómetros por hora, pero Consolididated está diseñando un modelo expreso de seis cilindros combinados que debería alcanzar los ciento diez.

-¿Ciento diez kilómetros por hora? -repitió ella, incapaz de imaginar que se pudiera viajar a semejante velocidad-. ¿Y no resultará incómodo para los pasajeros?

La pregunta provocó una sonrisa en Edward.

-Una vez que el tren alcanza una velocidad constante, se nota el movimiento.

-¿Cómo es el interior de un vagón de pasajeros?

-No muy lujoso -admitió Edward, sirviéndose un poco mas de vino en su copa-. Sólo recomendaría viajar en un vagón privado; especialmente a alguien como usted.

-¿A alguien como yo? -repitió ella con una sonrisa amonestadora-. Si está dando a entender que soy una consentida, le aseguro que está muy equivocado.

-Pues alguien debería encargarse de que lo fuera.

La cálida mirada del hombre se deslizó por las arreboladas mejillas de Isabella y descendió por su esbelto torso antes de volver a clavarse en sus ojos. Al hablar hubo cierta nota en su voz consiguió dejarla sin aliento:

-No le vendría mal que la mimaran un poco.

Isabella inspiró con fuerza con el fin de recuperar el ritmo normal de su respiración. Deseó con desesperación que él no la to cara, que mantuviera su promesa de no seducida. Porque si no la cumplía... Que, Dios la ayudara, no estaba segura de poder resis tirse.

-¿Consolidated es el nombre de su compañía? -le preguntó con voz temblorosa, intentando recuperar el hilo de la conversación.

Edward asintió con la cabeza.

-Es el socio inglés de Fundiciones Shaw.

-¿La empresa que pertenece al prometido de lady Jane, el se ñor Brandon?

-Exacto. Brandon está ayudándonos a adaptamos al sistema de producción americano, cuyo método de fabricación de locomotoras es mucho más efectivo que el británico.

-Siempre he oído que los motores fabricados en Gran Bretaña son los mejores del mundo -observó Isabella.

-Eso es discutible. Sin embargo, incluso si así fuera, están poco estandarizados. No hay dos locomotoras construidas en Gran Bretaña que sean exactamente iguales, lo que frena en gran medida a producción y hace que las reparaciones sean complicadas. En cam bio, si siguiéramos el ejemplo americano y fabricáramos las piezas a partir de un mismo molde, con calibres y modelos regularizados, podríamos construir un motor en cuestión de semanas en lugar de meses y llevará cabo las reparaciones en un abrir y cerrar de ojos, - mientras conversaban, Isabella se dedicó a contemplar a Edward con creciente fascinación, ya que jamás había escuchado a un hombre hablar acerca de su profesión de ese modo. Según su experiencia, el trabajo no era un tema del que los hombres estuvieran dispuestos a hablar, más aún si se tenía en cuenta que el mero con cepto de «trabajar» para ganarse la vida era la marca distintiva de las clases bajas. Si un caballero perteneciente a la clase alta se veía obligado a trabajar, trataba de ser discreto en lo que a su profesión, se refería y fingía dedicar la mayor parte de su tiempo a actividades ludicas. Sin embargo, Edward Masen no hacía esfuerzo alguno por ocultar la satisfacción que le proporcionaba su trabajo... Y, por al guna razón, Isabella encontraba esta peculiaridad atractiva, por extraño que pareciera.

A petición suya, Edward ofreció una explicación más extensa de sus negocios y le habló de las transacciones en las que había estado inmerso para comprar una fundición, anteriormente en manos de compañía del ferrocarril y que estaba siendo remodelada con el fin de adaptarse al sistema de producción americano. Dos de de los nueve edificios que se alzaban en las más de dos hectáreas que ocupaba la fábrica ya habían sido transformados en una fundición donde producirían pernos, pistones, varillas y válvulas según un moldes previamente fabricado. Todos estos elementos, junto con algunas partes que ya habían sido importadas de la Fundición Eric Brandon, ubicadas en Nueva York, se utilizarían para fabricar motores de cuatro y seis cilindros que se venderían en toda Europa.

-¿Con qué frecuencia visita la fundición?- preguntó Isabella antes de dar un bocado a un trozo de faisán cubierto por una cremosa salsa de berros.

-Cuando estoy en la ciudad, todos los días. -Edward contempló el contenido de su copa de vino con el ceño ligeramente fruncido-. Ya llevo demasiado tiempo fuera; tendré que regresar a Londres pronto para comprobar los progresos.

A Isabella debería haberle alegrado la idea de que él abandonara Hampshire en poco tiempo. Edward Masen era una distracción que no podía permitirse y le resultaría más, fácil concentrar sus atenciones en lord Black una vez que Edward abandonara la propiedad. Sin embargo, la noticia la dejó bastante deprimida y se dio cuenta de lo mucho que disfrutaba de la compañía del hombre y de lo solitario que parecería Stony Cross Park cuando él se marchara.

-¿Volverá antes de que la fiesta concluya?-le preguntó, aparentemente concentrada en desmenuzar con el cuchillo un trozo de faisán.

-Depende.

-¿De qué?

Su voz fue muy suave.

-De si tengo los motivos suficientes para regresar.

Isabella no lo miró. En cambio, se hundió en un incomodo silencio y se volvió hacia, la ventana, a través de la cual les llegaban la exuberante melodía de Rosamunde de Schubert, sin ver nada en realidad.

En el postre, se escuchó un ligero toque en la puerta antes de que un sirviente entrara a retirar los platos. Manteniendo el rostro apar tado de Edward, A la postre, se escuchó un ligero toque en la puerta antes de que un sirviente entrara a retirar los platos. Manteniendo el rostro apar tado de Edward, Isabella se preguntó si las noticias de que habían cenado a solas tardarían mucho en extenderse por las dependencias de la servidumbre. No obstante, en cuanto el criado se marchó, Edward la tranquilizó, como si acabara de leerle el pensamiento:

-No dirá ni una palabra a nadie. Jasper lo recomendó por su capacidad para mantener la boca cerrada en lo referente a los asuntos confidenciales; Isabella le dedicó una mirada angustiada.

-Entonces... ¿El conde sabe que usted y yo...? ¡Estoy segura de que no debe de haberle gustado!

-He hecho muchas cosas que el conde no ha aprobado -re plicó él con voz pausada-. Del mismo modo que yo no aprue bo algunas de sus decisiones. No obstante, y con el fin de mante ner nuestra beneficiosa amistad, no solemos enfrentamos. -Se puso de pie, apoyó las manos sobre la mesa y se inclinó hacia de lante, de modo que su sombra cayó sobre Isabella -. ¿Le apete ce jugar una partida de ajedrez? Hice que subieran un tablero... por si acaso.

Isabella asintió. Mientras contemplaba sus cálidos ojos ne gros, cayó en la cuenta de que, tal vez, ésa fuera la primera noche de toda su vida adulta en la que se sentía plenamente feliz estando don de estaba. Con ese hombre. Sentía una curiosidad enorme sobre él, una necesidad acuciante de descubrir los pensamientos y sentimientos ocultos bajo su fachada exterior.

-¿Dónde aprendió a jugar al ajedrez? -le preguntó, tras ob servar los movimientos de las manos de Edward mientras éste colocaba las piezas sobre el tablero para comenzar la partida.

-Me enseñó mi padre.

-¿Su padre? -preguntó perpleja.

Los labios del hombre se alzaron levemente con una sonrisa so carrona.

-¿Es que un carnicero no puede jugar al ajedrez?

-Por supuesto, yo... - Isabella sintió que la cubría un pro fundo rubor. Se sentía abochornada por su falta de tacto-. Lo siento.

La sonrisa de Edward se mantuvo en su lugar mientras la observaba.

-Parece tener una impresión equivocada con respecto a mi familia. Los Masen pertenecen a la clase media. Tanto mis hermanos como mis hermanas asistieron al colegio, al igual que yo. Mi padre ha dado trabajo a mis hermanos, que también viven sobre la tienda y por las noches, suelen jugar al ajedrez.

Más relajada al no percibir censura alguna en su voz, Isabella cogió un peón y lo giró entre los dedos.

-¿Por qué no eligió trabajar junto a su padre, como han hecho sus hermanos?

-Fui un muchacho bastante problemático en mi juventud -admitió con una sonrisa-. Cada vez que mi padre me ordenaba que hiciera algo, yo siempre me esforzaba por hacer lo contrario.

-¿y qué hacía él? -preguntó Isabella con un brillo travieso en los ojos.

-En un principio trató de mostrarse paciente conmigo. Cuando vio que eso no funcionaba, aplicó el método opuesto. -Edward hizo una mueca ante el recuerdo y su sonrisa se tornó triste- Créame, no le gustaría mucho que la vapuleara un carnicero; sus brazos suelen ser tan gruesos como el tronco de un árbol.

-Puedo imaginármelo -murmuró ella, mirando de soslayo la amplitud de sus hombros al tiempo que recordaba la musculosa dureza de sus brazos-. Su familia debe de estar muy orgullosa de su éxito.

-Es posible -contestó él, encogiéndose de hombros en un gesto evasivo-. Por desgracia, parece ser que mi ambición ha servido para que nos distanciemos. Mis padres no permiten que les compre una casa en el West End; y tampoco entienden que quisiera vivir allí. Así como tampoco creen que el mundo de las inversiones sea un trabajo adecuado. Serían mucho más felices si me dedicara a algo más... tangible.

Isabella lo estudió con atención, consciente de lo que él había dejado en el tintero durante la breve explicación. Siempre había sabido que Edward Masen no pertenecía al las esferas en las que se solía moverse. Sin embargo, hasta ese momento no se le había ocurrido que también estuviese fuera de lugar en el mundo que había dejado atrás. No podía evitar preguntarse si se sentiría solo en al guna ocasión o si estaría demasiado ocupado para darse cuenta.

-Se me ocurren pocas cosas que sean más tangibles que una lo comotora de cinco toneladas -puntualizó ella, en respuesta a su último comentario.

Edward dejó escapar una carcajada y alargó el brazo en busca del peón que Isabella tenía en la mano. No obstante, ella fue incapaz de soltar la pieza de marfil y sus dedos se enlazaron durante un ins tante mientras sus miradas hacían lo mismo, cediendo a la intimi dad del momento. Isabella se quedó atónita al percibir la calidez que ascendió desde su mano hasta el hombro para extenderse al ins tante por todo su cuerpo. Era algo semejante a estar ebria por la luz del sol; el calor la inundaba en una corriente continua de sensaciones y, junto con el placer, llegó la repentina y alarmante presión tras los párpados que anunciaba la llegada de las lágrimas.

Aturdida, Isabella retiró la mano con brusquedad y el peón cayó y rebotó sobre el suelo.

-Lo siento -se disculpó con una trémula carcajada, asustada de repente por lo que podría suceder si seguía a solas con él duran te más tiempo. Se alejó de la mesa tras ponerse en pie con torpeza-. A-acabo de darme cuenta de que estoy muy cansada... El vino parece haberme afectado, después de todo. Debería regresar a mi ha bitación. Creo que todavía tiene mucho tiempo para alternar con los invitados, de modo que su noche no será un completo, desastre. Gracias por la cena, por la música y...

- Isabella. -Edward se movió hasta llegar a su lado con ele gancia y rapidez, y colocó las manos en su cintura. Bajó la mirada y la estudió con el ceño fruncido por la curiosidad-. No tendrás miedo de mí, ¿verdad? -murmuró.

Ella negó con la cabeza, sin pronunciar una sola palabra. -Entonces, ¿por qué ese repentino empeño en marcharte?

Podía haber contestado de mil formas diferentes, no obstante, en ese momento, fue incapaz de demostrar sutileza, ingenio o agi lidad verbal alguna. Lo único que pudo hacer fue contestar con la misma falta de tacto de un mazazo.

-No… no quiero esto.

-¿Esto?

-No voy a convertirme en su amante. -Dudó por un instante antes de seguir hablando- Puedo aspirar a mucho más.

Edward meditó la franca respuesta con cuidado, sin apartar las manos de su cintura para poder sostenerla.

-¿Quieres decir que puedes encontrar a alguien con quien casarte? -preguntó por fin- ¿o que tienes la intención de convertirte en la, amante de un aristócrata?

-Da igual, ¿no es cierto? -murmuró Isabella, apartándose del apoyo de sus manos-. En ninguno de los dos escenarios aparece usted.

Si bien se negó a mirarlo a los ojos, sintió que su mirada la atravesaba y se estremeció al sentir que esa resplandeciente calidez que la invadiera poco antes la abandonaba.

-La llevaré de vuelta a su habitación -dijo Edward sin mostrar emoción alguna, antes de acompañarla a la puerta.

Se los dije en el anterior hahaha acá estoy de regreso *_* había pensado primero en poner todo en un solo capitulo, pero luego me pareció muy largo y lo dividí de esta manera, hehehe mi parte favorita x supuesto ha sido esta! :D Edward es tan mono, miren lo que ha hecho por nuestra chica testaruda, El tan bello le prepara algo especial y la muy mensa siempre termina diciéndole algo feo… mmm pero presiento que más temprano que tarde se dará cuenta de que tal vez si quiere ser la amante de Edward ¿será demasiado tarde cuando lo acepte? ¿Edward cambiara de opinión? Vamos ya han pasado dos años y el pobre chico realmente se esta esforzando hahahaha xfavor los tomatazos a Bella, a mí no.

Como les dije en el cap anterior este asunto de no tener internet me limita un poco, pues ando en un centro de navegación público para subirles el cap, por lo que les digo que no sé cuando actualice el siguiente solo espero poder hacerlo antes de que la semana termine ;)

Gracias nuevamente por agregar esta humilde adaptación a sus alertas, favoritos y dejar review el simple hecho de que lean y les guste tanto como a mí me hace feliz.

ammm… ¿review?

XoXO