La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.

Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.

Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.

También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.

Cuando Isabella volvió a reunirse con los invitados a la ma ñana siguiente, descubrió que su encuentro fortuito con la víbora le había granjeado muchas simpatías por parte de todos, incluido lord Black, circunstancia que la animó bastante. Haciendo gala de una gran sensibilidad y preocupación, Black se sentó con ella en la te rraza trasera a últimas horas de la mañana para disfrutar de un tar dío desayuno al aire libre. Insistió en sostenerle el plato en la mesa del bufé mientras ella seleccionaba varios manjares y se aseguró de que un criado le llenara el vaso de agua tan pronto como estuvie se vacío. También insistió en hacer lo mismo con lady Leah Cleawather, que se había sentado con ellos a la mesa.

Recordando lo que las floreros comentaran acerca de lady Leah, Isabella evaluó a su competidora. Black parecía más que interesado en la muchacha, que era de carácter tranquilo, si bien un poco distante. Su delgadez resultaba elegante, dado que encajaba en el estilo que se había impuesto poco tiempo atrás. Y las afirmaciones de Alice resultaron ser ciertas: la boca de lady Leah parecía un monedero cerrado y sus labios no dejaban de curvarse en forma de «o» cada vez que Jacob les contaba algún pe queño detalle relacionado con la horticultura.

-Qué horrible ha debido de ser para usted -comentó lady Leah, dirigiéndose a Isabella tras escuchar los detalles de la mordedura de víbora-. Es un milagro que no haya muerto. -A pesar de la expresión angelical, el gélido brillo que A Isabella distinguió en sus pálidos ojos azules le indicó que la muchacha no lo habría lamentado en absoluto si ése hubiera sido el resultado.

-Ya me encuentro bastante mejor -le contestó antes de girarse para sonreír a Jacob-. Y más que preparada para dar otro paseo por el bosque.

-Yo no haría tantos esfuerzos si fuese usted, señorita Swan -aconsejó lady Leah, en una muestra de exquisita preocupación-. Aún no parece estar del todo recuperada. De cualquier modo, estoy segura de que la palidez de su rostro desaparecerá dentro de un par de días.

Isabella no dejó de sonreír, poco dispuesta a demostrar que el comentario la había molestado..., aunque se sentía de lo más tentada a hacer una observación sobre la mancha que lady Leah tenía en la frente.

-Perdónenme -murmuró lady Leah al tiempo que se levantaba de la silla-. Veo que hay fresas maduras. Volveré enseguida.

-Tómese su tiempo -le contestó Isabella con voz notaremos su ausencia.

Juntos, Isabella y Jacob observaron cómo lady Leah se acercaba con paso grácil a la mesa del bufé, donde, por casualidad, se encontraba el señor Sam Uley, que también estaba llenando su plato. Demostrando sus buenos modales, Sam se apartó de la enorme fuente de fresas y sostuvo el plato de la muchacha mientras ésta cogía el cucharón para servirse unas cuantas. Entre ellos sólo parecía haber una amistad cordial..., pero Isabella recordaba la historia que Alice le había contado el día anterior. Y, en ese momento, se le ocurrió: la solución, perfecta para eliminar a lady Leah de la competición. Antes de poder reflexionar acerca de las consecuencias, de las implicaciones morales o de cualquier otra idea que la obligara a rechazar la repentina inspiración, se inclinó hacia lord Kendall.

-A ambos se les da muy bien ocultar la verdadera naturaleza de su relación ¿no es cierto? -murmuró al tiempo que lanzaba una furtiva mirada en dirección a lady Leah y Sam-. Pero, claro, a ninguno les convendría que se hiciera notorio... -Hizo una, pausa y clavó la mirada en el perplejo lord Black, fingiendo un pequeño azoramiento-. ¡Vaya! Lo siento. Supuse que ya lo habría oído...

De pronto, Jacob frunció el ceño.

-¿Qué tendría que haber oído? -preguntó al tiempo que contemplaba a la pareja con recelo.

-Bueno, no es que yo sea muy dada a los cotilleos..., pero me ha dicho una fuente de lo más fiable que el día de la fiesta en el estanque, durante la merienda, lady Leah y el señor Uley fueron descubiertos en una situación terriblemente comprometida. Ambos estaban bajo un árbol y... - Isabella se detuvo y compuso una estudiada expresión de embarazo-. No debería haber dicho nada. Es posible que sólo sea un malentendido. Nunca se sabe, ¿verdad?

Acto seguido, se concentró en beber unos sorbos de té al tiempo que estudiaba a lord Black por encima del borde de la taza. Le resultó muy fácil interpretar la expresión del hombre: no quería creer que lady Leah hubiese sido descubierta en una situación semejante. La mera idea era suficiente para dejarlo horrorizado. No obstante, ya que era un caballero de pies a cabeza, Jacob se mostraría reacio a investigar el asunto.

Jamás se atrevería a preguntar a lady Leah si era cierto que se había visto comprometida por Sam, Al contrario, guardaría silencio e intentaría hacer caso omiso de las sospechas... Y la duda quedaría en el aire hasta que acabara por infectarse.

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- Isabella, no de-deberías haberlo hecho -murmuró Angy esa misma tarde, cuando su amiga les contó la conversación que había mantenido con Kendall.

Las cuatro estaban sentadas en la habitación de Angy, que tenía la cara cubierta, con una espesa capa de crema blanca que supuestamente, eliminaba las pecas. Mirando con detenimiento a Isabella desde debajo del ungüento blanqueador, Angy intentó continuar, si bien quedó patente que su capacidad dialéctica -que, para empezar, no era muy grande- había quedado eclipsada por la desaprobación.

-Fue una estrategia, brillante -declaró Rosalie al tiempo que cogía una lima de uñas del tocador junto al que estaba sentada. No había quedado muy claro si aprobaba o no el recurso utilizado por Isabella, pero era obvio que apoyaría a su amiga hasta el final-. Isabella no mintió exactamente, ¿no te das cuenta? Se limitó a repetir un rumor que había llegado a sus oídos y dejó bien claro que sólo era eso, un rumor. Lo que Jacob haga con la información depende de él.

-Pero Bella no le dijo que sabía con certeza que el rumor era infundado -argumentó Angy.

Rosalie se concentró en limar una de sus uñas hasta darle la forma perfecta.

-De todos modos, no mintió.

A la defensiva y sintiéndose culpable, Isabella miró a Alice.

-Bueno, ¿y tú qué opinas?

La más joven de las hermanas Cullen, que se entretenía, pasándose sin cesar la pelota de rounders de una mano a la otra, contempló a Isabella con expresión astuta mientras le contestaba:

-Creo que, en ocasiones, ocultar información es lo mismo que mentir. Has elegido un camino resbaladizo, querida. Ten cuidado a partir de ahora.

Rosalie frunció el ceño, contrariada.

-Venga, deja de hablar como una pitonisa de tres al cuarto, Alice. Una vez que Isabella consiga lo que quiere, no importará el modo en que lo hizo. Lo importante son los resultados. Y tú, Angy, nada de sutilezas éticas.

Estuviste de acuerdo en ayudarnos a manejar a lord Black de modo que acabara en una situación comprometida... ¿Eso es mejor que un rumor infundado?

-Todas prometimos no hacer daño a nadie -replicó Angy con gran dignidad, al tiempo que cogía una toallita para limpiarse la crema de la cara.

-Lady Leah no ha sufrido daño alguno -insistió Rosalie-, No está enamorada de él. Es obvio que quiere a Jacob por la única razón de que es uno de los solteros que ha llegado a finales de la temporada sin comprometerse y ella no está casada. ¡Por todos los cielos, Angy, tienes que endurecerte! ¿Acaso lady Leah se encuentra en una situación peor? Míranos, cuatro floreros que no han conseguido más recompensa por los esfuerzos que han realizado hasta ahora que unas cuantas pecas y un mordisco de víbora... y la humillación de haber enseñado nuestros pololos a lord Whitlock.

Isabella, que hasta entonces había permanecido sentada en el borde del colchón, se dejó caer hacia atrás para quedar tendida en el centro de la cama y contempló el dosel de rayas que había sobre su cabeza, embargada por el sentimiento de culpa. Cómo desearía poder parecerse a Rosalie, firme defensora de que el fin justifica los medios. Se prometió que en el futuro se comportaría de modo honorable.

Sin embargo..., tal y como Rosalie había señalado, lord Black podía creer el rumor o descartarlo, según le apeteciera. Era un hombre adulto, capaz de tomar una decisión por sí mismo. Lo único que ella había hecho era sembrar las semillas... y ahora dependía de Jacob preocuparse por verlas crecer o dejar que murieran.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo

Por la noche, Isabella se puso un vestido color rosa intenso, confeccionado con numerosas capas de gasa de seda transparente que flotaban a su alrededor. La cintura quedaba ceñida con un lazo de seda adornado con una enorme rosa blanca. Al caminar, la seda emitía un agradable susurro y Isabella ahuecó las capas superiores, sintiéndose como una princesa.

Demasiado impaciente como para esperar a René, que estaba tardando siglos en vestirse, abandonó la habitación antes de tiempo con la esperanza de reunirse con sus amigas. Si la fortuna la acompañaba, podría encontrarse con lord Kendall y pensar en alguna excusa para escabullirse con él durante un instante.

Sin forzar demasiado el tobillo, caminó a lo largo del pasillo que conducía hasta la majestuosa escalinata. Siguiendo un impulso, se detuvo en el saloncito de los Marsden, cuya puerta estaba ligeramente entreabierta, y entró con cautela. La estancia estaba a oscuras, pero la luz del pasillo fue suficiente para iluminar los bordes del tablero de ajedrez situado en el rincón. Atraída por el tablero, vio con un destello de placer que habían vuelto a colocar las piezas de su partida con Edward Masen. ¿Por qué se habría molestado en disponer las piezas como si siguieran jugando? ¿Acaso él esperaba un movimiento por su parte?

«No toques nada», se dijo a sí misma..., pero la tentación era demasiado fuerte como para resistirse. Entornó los ojos con un gesto de concentración y estudió la situación desde una nueva perspectiva. El caballo de Edward estaba en el lugar perfecto para capturar a su dama, lo que significaba que ella tenía dos opciones: mover la dama o defenderla. De repente, descubrió el modo perfecto de proteger a amenazada pieza: movió una torre hacia delante para capturar al caballo de Edward y así lograr que la pieza abandonara el tablero de forma definitiva.

Dejó al caballo en el borde del tablero con una sonrisa satisfecha y abandonó la habitación.

Tras bajar la gran escalinata, atravesó el vestíbulo de entrada y se encaminó por un pasillo hacia una serie de estancias destinadas al uso de los invitados. La alfombra que pisaba amortiguaba cua1quier sonido, pero, de repente, notó una presencia a su espalda. La alertó el escalofrío que sintió en la parte de los hombros y la espalda que no estaba cubierta por el vestido. Echó un vistazo por encima del hombro y descubrió a lord James tras ella, quien, a pesar de su corpulencia, hacía gala de un sorprendente sigilo. El hombre cerró sus rechonchos dedos alrededor del cinturón de su vestido y Isabella se vio obligada a detenerse ante el riesgo de que el delicado tejido se rasgara.

El hecho de que James la acosara en un lugar donde podrían ser descubiertos con facilidad era una muestra de la arrogancia del hombre. Con un jadeo indignado, se giró para enfrentarlo. Al instante, se encontró con la visión de ese corpulento torso embutido en el estrecho traje de etiqueta, al tiempo que el aceitoso olor de su cabello impregnado de perfume asaltaba sus fosas nasales.

-Encantadora criatura -musitó él. Su aliento apestaba a brandy-. Ya veo que se recupera sin problemas. Tal vez debiéramos proseguir la conversación que manteníamos ayer en el mismo punto donde su madre me interrumpió de un modo tan placentero.

-Es usted repugnante... -comenzó Isabella, movida por la furia, aunque James detuvo su torrente de insultos sujetándola con fuerza por el mentón.

-Le contaré todo a Jacob- la amenazó, al tiempo que acercaba sus gruesos labios a la boca de Isabella -..; con los adornos suficientes como para asegurarme de que os contemple, a ti y a tu familia, con la más absoluta repulsión. -Su voluminoso cuerpo la presionó contra la pared hasta dejada casi sin respiración-. A menos -continuó, mientras su apestoso aliento caía de lleno sobre el rostro de Isabella que decidas complacerme del mismo modo que lo hace tu madre.

-En ese caso, ya puede, ir a contárselo todo a Jacob- contestó Isabella, echando chispas por los ojos-. Dígaselo todo Y acabemos de una vez. Prefiero morirme de hambre en la calle antes que «complacer» a un cerdo repugnante como usted.

James la contempló con furia e incredulidad.

-Lo lamentarás -le dijo mientras en sus labios se acumulaba la saliva.

Ella le dedicó una sonrisa fría y desdeñosa.

-No lo creo.

Antes de que James la soltara, Isabella captó un movimiento por el rabillo del ojo. Al girar la cabeza, vio que alguien se acercaba a ellos: un hombre que se movía con el mismo sigilo que una pantera al acecho. Lo más probable sería que pensara que los había atrapado a James y a ella en un amoroso abrazo.

-Suélteme -siseó al tiempo que le daba un fuerte empujón en la prominente barriga.

James dio un paso atrás, permitiendo de ese modo que ella pudiera respirar por fin, y le dedicó una mirada que encerraba una malévola promesa antes de alejarse en dirección contraria al hombre que se acercaba.

Mortificada, Isabella vio de repente el rostro de Edward Masen ante ella y sintió las manos del hombre sobre sus hombros. Edward observaba a James mientras éste se alejaba con rapidez y sus ojos tenían una mirada dura, casi asesina, que le heló la sangre en las venas. Un momento después, bajó la vista y la contempló con tanta intensidad que Isabella volvió a quedarse sin respiración. Hasta ese instante, nunca había visto a Edward Masen de otro modo que no fuese haciendo gala de su característica indiferencia. Sin importar la gravedad de los insultos que ella le arrojara, la grosería con que lo tratara o los desaires que le hiciera, él siempre reaccionaba, con un irónico y predecible autocontrol. No obstante, parecía que por fin había logrado despertar la ira del hombre. Tenía todo el aspecto de estar a punto de estrangularla.

-¿Me estaba siguiendo? -le preguntó con fingida tranquilidad al tiempo que se preguntaba cómo se las habría arreglado para aparecer en ese preciso momento.

-La vi atravesar el vestíbulo de entrada- explicó él- y a James tras usted. La seguí porque quería descubrir lo que se traen entre manos.

La mirada de Isabella se tornó desafiante.

-¿Y qué ha descubierto?

-No lo sé -fue su suave, pero no por ello menos peligrosa respuesta-. Dime, Isabella, ¿a esto te referías cuando me dijiste que podías aspirar a mucho más? ¿A ofrecer tus servicios a ese cerdo seboso a cambio de las lamentables recompensas que te ofrece? Nunca me habría imaginado que pudieses ser tan estúpida.

-¡Eres un maldito hipócrita! -susurró Isabella, presa de la furia-. Estás enfadado conmigo porque soy su amante y no la tuya; bueno, pues dime una cosa: ¿por qué te importa tanto a quién venda mi cuerpo?

-Porque no lo deseas -le explicó Edward con los dientes apretados-. Y a Black tampoco. Me deseas a mí.

Isabella no supo entender la hirviente maraña de emociones que surgió en su interior, ni por qué ese enfrentamiento estaba comenzando a provocarle una extraña y terrible euforia. Tenía deseos de golpearlo, arrojarse sobre él y espoleado hasta que los últimos fragmentos de autocontrol quedasen reducidos a polvo.

- Déjeme adivinar. ¿Estás dispuesto a ofrecerme una versión mucho más lucrativa del supuesto arreglo que tengo con James? -Dejó escapar una desdeñosa carcajada mientras observaba la respuesta a su pregunta en el rostro de Edward-. La respuesta es no. No. Así que déjame en paz de una vez y para siempre...

Se detuvo al escuchar las voces de gente que se acercaba por el pasillo. Furiosa y desesperada, se dio la vuelta y descubrió, una puerta por la que podía escabullirse y evitar de ese modo ser vista a solas con Edward. Tras agarrarla por un brazo, él la hizo, pasar a la habitación más cercana y cerró la puerta sin perder un instante.

Isabella se apartó bruscamente de Edward y recorrió el lugar con la mirada hasta descubrir la silueta de un piano y de los atriles de las partituras. Él alargó un brazo y evitó que uno de los atriles cayera al suelo, tras haber sido empujado por el giro de sus faldas.

-Si puedes soportar ser la amante de James –murmuró Edward, retornando la conversación mientras Isabella se internaba en la sala de música-, Dios sabe que no tendrás problemas siendo la mía. Podrías decir que no te sientes atraída por mí, pero ambos sabemos que estarías mintiendo. Pon un precio, Isabella. La suma, que quieras. ¿Quieres una casa a tu nombre? ¿Un velero? No tienes más que decido. Vamos a poner fin a este asunto; ya estoy cansado de esperarte.

-¡Qué romántico! -exclamó Isabella con una trémula carcajada-. ¡Dios mío! De algún modo, su proposición carece de sutileza, señor Masen. Y está muy equivocado si cree que mi única opción es convertirme en la amante de alguien. Puedo conseguir que lord Kendall se case conmigo.

Los ojos de Edward adquirieron un color tan oscuro como el de la obsidiana.

-El matrimonio con él será un infierno para ti. Jacob nunca te amará. Jamás llegará a conocerte siquiera.

-No estoy interesada en el amor -contestó ella, angustiada por sus palabras-. Lo único que quiero... -Hizo una pausa al sentir que un dolor repentino, acompañado de una frialdad insoportable, le atravesaba el pecho. Lo miró a los ojos y lo intentó de nuevo-. Sólo quiero...

En ese momento, se escuchó un ruido en la puerta. Alguien giró el picaporte. Sobresaltada, Isabella se dio cuenta de que estaban a punto de entrar y de que, en ese caso, toda opción de casarse con Black se desvanecería, arrastrada como un puñado de polvo que se llevara el viento.

Reaccionando por instinto, aferró a Edward por el brazo y lo arrastró hasta un recoveco situado junto a una de las ventanas y cubierto por unas cortinas que colgaban de una barra de bronce. Lo único que había en el hueco era un sofá con tapicería de terciopelo situado junto a la ventana, sobre el que habían dejado unos cuantos libros al descuido. Isabella corrió la cortina de un tirón y se lanzó a los brazos de Edward para taparle la boca con la palma de la mano justo en el momento en que alguien (o más de un alguien) entraba en la habitación. Distinguió unas cuantas voces masculinas acompañadas de unos sonidos metálicos y cierto estrépito que la dejaron bastante confusa hasta que escuchó el punteo de unas cuerdas de violín desafinadas.

«¡Dios mío!»

Los miembros de la orquesta acababan de llegar a la sala de música para afinar sus instrumentos antes del comienzo del baile. Según parecía, su reputación estaba a punto de verse arruinada frente a una orquesta completa.

Un ligero resplandor penetraba en la alcoba por encima del borde de la cortina y alumbraba un tanto sus rostros; lo suficiente para poder distinguir la diabólica sonrisa que acababa de iluminar los ojos de Edward. Una sola palabra o un simple sonido en semejantes circunstancias y estaría arruinada. Presionó la mano con más fuerza sobre la boca de Edward; los ojos de ambos estaban separados por escasos centímetros y, con una sola mirada, le dejó bien claro que si no guardaba silencio, lo asesinaría.

Las voces de los músicos se mezclaron con el sonido de los instrumentos que afinaban; mantuvieron las notas hasta que todas se unieron en armonía y cualquier disonancia estuvo bajo control. Con la duda de si serían descubiertos o no, Isabella no apartaba la vista de las cortinas, deseando con fervor que permanecieran cerradas. Sintió el aliento de Hunt sobre el borde de su mano y se dio cuenta de que el hombre había tensado la mandíbula. Lo miró de soslayo y vio que ese brillo malicioso de sus ojos había desaparecido para dar paso a una mirada que era, de lejos, mucho más alarmante. Su corazón comenzó a latir con tanta fuerza que resultaba doloroso y, paralizada, observó con los ojos abiertos de par en par cómo el hombre alzaba su mano libre muy despacio. Ella aún le tapaba la boca con los dedos, pero Edward empezó a separarlos con delicadeza, uno por uno y comenzando por el meñique, mientras su aliento le acariciaba el borde de la mano con bocanadas cada vez más rápidas. Isabella sacudió la cabeza en una tensa negativa y se alejó, al tiempo que él le rodeaba la cintura con un brazo.

Estaba atrapada por completo..., incapaz de impedir que Edward Masen hiciese con ella lo que se le antojara.

En cuanto apartó el último dedo de sus labios, Edward la obligó a bajar la mano y la sostuvo por la nuca. Ella se aferró a las mangas de la chaqueta y arqueó el cuerpo hacia atrás, pero no sirvió de nada puesto que él aumentó la presión de la mano que tenía sobre su nuca. No le estaba haciendo daño y, sin embargo, había conseguido que le resultara imposible moverse o forcejear. Conforme la boca de Edward descendía sobre la suya, Isabella jadeó sin emitir sonido alguno, separó los labios y su mente se quedó en blanco.

Los labios del hombre acariciaron los suyos, con suavidad pero también con firmeza, tratando de arrancarle una respuesta. Al instante, Isabella se vio consumida por un fuego que ardía por todo su cuerpo y que la dejó indefensa ante un tipo de anhelo que no había sentido en toda su vida. El recuerdo del único beso que habían compartido no era nada comparado con lo que estaba experimentando..., tal vez porque Edward ya no era un extraño para ella. Lo deseaba con tal desesperación que la asustaba. Él se alejó de su boca con suavidad y sus labios se detuvieron brevemente en la barbilla antes de ascender hacia la mejilla, dejando un rastro de fuego por el camino, para regresar a su boca con más insistencia. Isabella sintió la punta de la lengua de Edward contra la suya y el suave roce fue tan inesperado que hubiese retrocedido de inmediato de no ser porque él la tenía sujeta.

La elegante cacofonía de los músicos tintineó en sus oídos, recordándole la inminente posibilidad de ser descubierta. Presa de continuos temblores, se obligó a relajarse entre los brazos del hombre. Durante unos minutos, le permitiría que hiciera lo que quisiera con ella, cualquier cosa, a fin de que no traicionase su presencia tras las cortinas. Edward saboreó de nuevo el interior de su boca, sometiéndola a las suaves caricias de su lengua. Para Isabella, una exploración tan íntima resultaba de lo más escandalosa, más aún si tenía en cuenta las innombrables sensaciones que asaltaban las partes más vulnerables de su cuerpo. Se vio invadida por una deliciosa laxitud que la obligó a buscar apoyo en Edward y a rodearle el cuello con los brazos, tras lo cual hundió los dedos en su cabello y se deleitó con el tacto sedoso de los gruesos mechones.

La tímida exploración de sus manos consiguió que la respiración de Edward se acelerara, como si sus caricias lo hubieran afectado profundamente. Después de colocar la palma de la mano sobre una de sus mejillas, él la acarició con las yemas de los dedos y la instó a echar la cabeza hacia atrás lo suficiente para poder mordisquearle los labios, primero el superior, del que tiró con suavidad, y después el inferior, tras lo que la deleitó con el cálido roce de su lengua. Incapaz de detenerse, Isabella utilizó la mano que tenía en su nuca para tirar de él e instarlo que regresara a sus labios con la misma voracidad que antes. Cuando la obedeció y sus labios se cerraron sobre los de ella en otro profundo beso, estuvo a punto de dejar escapar un gemido. No obstante, antes de que el sonido abandonara su garganta, se alejó de la boca de Edward y enterró el rostro sobre su hombro.

El pecho del hombre subía y bajaba con rapidez bajo su mejilla y la ardiente caricia de su aliento le rozaba el pelo. Edward aferró los abundantes rizos de Isabella, sujetos con horquillas en la parte posterior de la cabeza, y tiró de ella hacia atrás para así tener acceso a su cuello. La ardiente huella de sus labios comenzó en el diminuto hueco que había justo tras la oreja derecha, donde un buen número de terminaciones nerviosas despertaron bajo las caricias de su lengua mientras ésta trazaba el recorrido de una delicada vena. Al mismo tiempo, deslizó los dedos por encima de su hombro y trazó con el pulgar la línea de la clavícula mientras recorría la zona con la palma. Acarició con la nariz uno de los lados de la garganta de Isabella y descubrió un lugar que la hizo estremecerse; allí permaneció hasta que la joven sintió que un nuevo gemido pugnaba por abandonar sus labios, humedecidos a causa de los besos.

Con un frenético empujón, Isabella consiguió que Edward se apartara durante tres segundos, tras los cuales él volvió a atrapar sus labios con otro beso hambriento. En ese momento, la palma de su mano rozó la seda que cubría uno de sus pechos, una vez, y otra, y otra. Con cada caricia, el calor que desprendía su mano se introducía más y más a través de la delgada tela. Isabella sintió un cosquilleo sobre el pezón y, de inmediato, su entorno se adivinó bajo la seda; Edward lo acarició con suavidad con el dorso de los dedos, endureciéndolo aún más. La creciente presión de sus labios hizo que se inclinara hacia atrás en una postura de clara rendición que la dejaba del todo expuesta, no sólo a los lánguidos roces de su lengua, a sino también a las hábiles caricias de su mano. Se suponía que nada de eso debía estar pasando, y sin embargo, todas sus terminaciones nerviosas vibraban de placer y su cuerpo se estremecía por la pasión.

En esos momentos ardientes y silenciosos, Edward consiguió que se olvidara de todo: perdió la noción del tiempo, del espacio e incluso, olvidó su propio nombre. Lo único que sabía era que necesitaba sentido más cerca, más adentro, más fuerte... Necesitaba sentir su piel desnuda y que su boca le recorriera el cuerpo. Cerró las manos sobre la tela de su camisa, aferrando con una necesidad rayana en la desesperación el almidonado lino blanco, y tiró de ella hasta sacarla de debajo de la cinturilla de los pantalones, de modo que la piel quedara expuesta a sus caricias. Él pareció comprender que carecía de la experiencia necesaria para controlar sus acciones a ese nivel de deseo, por lo que cambió la naturaleza de sus besos, que se tornaron relajantes, al tiempo que comenzaba a masajearle la espalda para tranquilizarla. Sin embargo, los efectos no fueron los esperados; sino todo lo contrario. Isabella profundizó los besos y comenzó a moverse inquieta contra su cuerpo, siguiendo el ritmo de su deseo.

A la postre, Edward decidió apartar sus labios de los de Isabella e inmovilizarla con un abrazo posesivo, tras lo cual enterró el rostro en la azorada curva de su hombro. Ella encontró un extraño alivio en su feroz abrazo, puesto que los fuertes músculos de sus brazos ayudaron a contener los violentos temblores que la recorrían. Permanecieron así durante lo que les pareció una eternidad, hasta que Isabella se dio cuenta, sumida en una especie de bruma, de que la habitación estaba vacía. Los músicos habían puesto punto y final a su ensayo y se habían marchado poco antes. Edward alzó la cabeza y separó un poco las cortinas. Al ver que la sala de música estaba vacía una vez más, devolvió su atención a Isabella y, con la yema del pulgar, le apartó un mechón de brillante cabello que había caído sobre su oreja.

-Se han marchado -le, dijo en un ronco susurro.

Demasiado aturdida para pensar con coherencia, ella lo miró sin pronunciar palabra. Entretanto, los dedos de Edward le recorrían los ardientes contornos de las mejillas y se deslizaban sobre los labios, hinchados por sus besos. Con algo que se asemejaba a la desesperación, Isabella sintió la vertiginosa respuesta de su cuerpo, que no había sido aplacado, y su pulso volvió a la carga con renovado vigor mientras una nueva oleada de escalofríos le recorría la piel. Era el momento de apartarse de él antes de que alguien la echara en falta. Para su mortificación, permaneció donde estaba, dejando que su cuerpo absorbiera las distintas sensaciones que le provocaban las caricias de Edward. En ese instante, él deslizó una mano hasta la parte trasera de su vestido y Isabella sintió que sus dedos trabajaban con eficacia mientras se inclinaba para besarla de nuevo. En esa ocasión no pudo contener los gemidos; ni los pequeños sollozos que escaparon de su garganta; ni el suspiro de placer que exhaló cuando el estrecho corpiño de su vestido fue aflojado. El corte del escote le había impedido usar un corsé con copas, por lo que había tenido que recurrir al modelo que dejaba el pecho al descubierto bajo la enagua.

Sin dejar de besada, Edward la arrastró con él hasta el asiento de la ventana. La colocó sobre su regazo, donde sus dedos acabaron de bajar el corpiño suelto, y emitió un gemido de placer al descubrir la plenitud de sus pechos. Asustada de pronto al darse cuenta de las libertades que le estaba permitiendo, Isabella empujó, sin fuerzas su muñeca. La respuesta de Edward consistió en alzarla un poco más y en presionar sus labios sobre el valle de sus senos, allí donde su corazón latía a un ritmo fuerte y constante. Sus brazos la sujetaron por la espalda y la mantuvieron arqueada mientras sus labios se deslizaban un poco más abajo, hasta llegar a la curva de un pecho que procedieron a investigar. En cuanto Isabella sintió la caricia de su enfebrecido aliento sobre el pezón, dejó de forceje y permaneció inmóvil, apretando los puños sobre los hombros de Edward. Él tomo el pezón en su boca y comenzó a acariciarlo con la lengua hasta que estuvo húmedo y endurecido; fue entonces cuando Isabella sintió que la sangre hervía a fuego lento y se espesaba en sus venas. Sin dejar de acariciada con la mano, Edward comenzó a murmurar incoherencias con el fin de tranquilizarla y colocó la mano sobre su pecho, extendiendo con el pulgar la humedad que su lengua había dejado sobre el pezón y haciendo que su piel brillara bajo la luz. Isabella susurró algo ininteligible y rodeó el fuerte cuello de Edward con los brazos. Fue incapaz de contener un gemido cuando él cerró los labios alrededor del otro pezón y tironeó de él con suavidad.

En ese instante, una nueva urgencia se apoderó de ella; una sensación que arrancó temblorosos gemidos de su pecho e hizo que su cuerpo se tensara rítmicamente entre los brazos de Edward. Al parecer, él también sufría la misma necesidad: Isabella percibía los violentos latidos de su corazón y su laboriosa respiración. No obstante, parecía ser capaz de controlar su pasión mucho mejor que ella, ya que las caricias de sus manos y su boca no dejaron de ser suaves y pausadas. Ella se agitó bajo las numerosas capas de seda de su vestido y le hundió los dedos en la manga de la chaqueta y en el chaleco.

Demasiada ropa. Había demasiada ropa por todos lados y la necesidad de sentir esa piel desnuda sobre ella estaba a punto de arrebatarle la razón.

-Tranquila, cariño -susurró él sobre su mejilla-. Relájate. No, déjame que te abrace...

Sin embargo, Isabella no era incapaz de conseguir que su cuerpo la obedeciera; no podía detener los movimientos de sus caderas y le resultaba imposible contener las temblorosas súplicas que escapaban de sus labios, enrojecidos por los besos.

Edward continuó murmurando con suavidad sin dejar de abrazarla, depositando pequeños besos sobre su rostro y masajeándole con delicadeza el cuello, allí donde el pulso latía enloquecido. Isabella fue consciente de que él le colocaba la ropa y la ponía de pie con cuidado, como si fuera una muñeca, para abrocharle el vestido. En un momento dado, incluso se permitió soltar una leve carcajada, como si sus propias acciones le resultaran graciosas.

Más tarde, llegaría a la conclusión de que él parecía tan abrumado como ella; no obstante, en esos momentos, presa del malestar que le provocaba el deseo frustrado, no fue capaz de desenmarañar sus enredados pensamientos. A medida que el deseo abandonaba su cuerpo, iba dejando una repulsiva sensación de bochorno.

Forcejeando para abandonar su regazo, Isabella se puso en pie con las piernas temblorosas y le dio la espalda. Sólo fue capaz de pronunciar dos palabras para romper el tenso silencio. Sin volverse a mirarlo, dijo con voz áspera:

-Nunca más.

Tras apartar las cortinas, salió de la sala de música tan rápido como pudo y huyo por el pasillo.

¿Hola? Hay alguien por aca? Hehehehe disculpen la tardanza hehehe acá esta el capi tarde pero seguro! Ando muy contenta :D aprobé mi semestre con buenas notas *_*

Okey hablando de lo fundamental…. No se a quien matar primero si a Edward por creer que Bella es amante de James, o a Bella por no decirle la verda u.u las cosas comienzan a calentarse y los muros de Bella fueron derrumbados olímpicamente por la seducción de Edward, este es otro de mis capis favoritos, que espero habrais podido disfrutar.

Ahora díganme ¿Qué creen que pase? ¿Parece que Bella niega dejarse vencer… y parece que Edward ya lleva mucho tiempo insistiendo. Hahaha nos leemos en el próximo

XoXo

¿Review?