La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.

Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.

Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.

También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.

Edward permaneció en la sala de música al menos durante media hora más después de que Isabella huyera de allí, luchando por poner freno a su arrolladora pasión y esperando a que el fuego que incendiaba su sangre se enfriara. Se colocó la ropa y se pasó una mano por el cabello al tiempo que meditaba, malhumorado, cuál debía ser su siguiente movimiento.

- Isabella -musitó, más preocupado y confuso de lo que había estado jamás.

El hecho de que una mujer lo hubiera dejado reducido a ese estado resultaba de lo más indignante. Él, cuya capacidad como, ¡negociador habilidoso y disciplinado era bien conocida, había hecho la oferta más torpe que se pudiera imaginar y había sido rechazado de plano. Y lo tenía bien merecido. Nunca debería haber intentado que ella pusiera un precio antes de haber admitido siquiera que lo deseaba. Pero la sospecha de que podía estar acostándose con James -¡con James, de entre todos los hombres que podía elegir!- había estado a punto de volverlo loco de celos y sus acostumbradas habilidades lo habían abandonado.

Al recordar lo que había sentido al besarla, al acariciar por fin esa piel cálida y sedosa, Edward se daba cuenta de que la sangre amenazaba con hervir de nuevo en sus venas. Dada la experiencia que tenía con las mujeres, había supuesto que conocía todas y cada una de las sensaciones físicas imaginables. No obstante, este reciente encuentro le había hecho tomar conciencia, de un modo bastante drástico, de que acostarse con Isabella sería una cuestión totalmente distinta. La experiencia no sólo involucraría a su cuerpo, sino también a sus emociones..., unas emociones tan alarmantes que todavía no se sentía con fuerzas para examinarlas de cerca.

La atracción entre ellos se había convertido en algo peligroso; no tanto para él como para ella. Y estaba muy claro que tenía que analizar la situación desde cierta perspectiva. Sin embargo, en ese momento, su mente no funcionaba con claridad.

Abandonó la sala de música al tiempo que murmuraba una maldición y se enderezaba el nudo de la corbata de seda negra. La tensión se había apoderado de sus músculos, de modo que su forma de caminar no resultaba tan fluida como era habitual y, de camino al salón de baile, se sentía como un depredador de temperamento volátil. La idea de asistir a otra velada social lo sacaba de quicio. Nunca se había mostrado muy tolerante con ese tipo de fiestas que se alargaban durante varios días; no era un hombre que disfrutara con horas de conversación insustancial ni con diversiones ociosas. De no ser por la presencia de Isabella en Stony Cross, se habría marchado bastantes días atrás.

Ensimismado, entró al salón de baile y estudió a la multitud brevemente.

Localizó a Isabella de inmediato, sentada en una silla dispuesta en un rincón, con lord Black a su lado. No había duda de que Jacob estaba enamorado de ella; la expresión embelesada con que la contemplaba convertía la cuestión en un secreto a voces. Isabella parecía apagada e inquieta, y evitaba la mirada de admiración del aristócrata. No participaba en la conversación y permanecía sentada con las manos apretadas sobre el regazo.

Edward la contempló con los ojos entornados. Por irónico que fuese, el comportamiento inseguro y apocado de Isabella en aquellos momentos había conseguido que la atracción que Jacob sentía por ella echara por fin raíces. Sería una desagradable sorpresa para él que ella consiguiera ponerle el lazo al cuello y descubriera, poco después, que su esposa no era la tímida jovencita ingenua que aparentaba ser. Era una mujer de carácter apasionado, una criatura decididamente ambiciosa que necesitaba una pareja que poseyera su misma fuerza. Jacob jamás sería capaz de manejarla. Era un hombre demasiado caballeroso para Isabella; demasiado moderado; demasiado inteligente en el sentido, equivocado. Ella jamás lo respetaría, así como tampoco encontraría satisfacción alguna en sus virtudes. Acabaría odiándolo por las mismas razones que debería haberlo admirado..., y Jacob se echaría a temblar al ser testigo de esas cualidades de Isabella que Edward sí habría sabido valorar.

Se obligó a apartar la mirada de la pareja y se encaminó al otro lado de la estancia, donde Whitlock conversaba con unos amigos. El conde se dio la vuelta para preguntarle en un murmullo:

-¿Te diviertes?

-No mucho. -Edward se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y volvió a echar un vistazo al salón con evidente impaciencia-. Llevo demasiado tiempo en Hampshire; necesito regresar a Londres para ver lo que ocurre en la fundición.

-¿Y qué pasa con la señorita Swan? -preguntó Whitlock en voz baja. Edward reflexionó un instante antes de contestar.

-Creo -respondió lentamente- que vaya esperar a ver en qué acaba su persecución de Jacob. -Clavó la mirada en el conde y alzó una ceja en un gesto inquisitivo.

Jasper respondió con una breve inclinación de cabeza

-¿Cuándo te marcharás?

-Por la mañana temprano. -Simón fue incapaz de contener un largo y tenso suspiro.

El conde de Whitlock sonrió con mordacidad.

-La situación se aclarará por sí sola- dijo en actitud prosaica-. Vete a Londres y vuelve cuando tengas la cabeza despejada.

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Isabella no podía librarse de la melancolía que llevaba adherida como si fuese un manto de hielo. No había pegado ojo y apenas era capaz de comer un bocado del espléndido desayuno que le habían servido en el comedor. Al verla, lord Black había creído que su pálido semblante y su silencio no eran más que los efectos residuales de su enfermedad, de modo que la había tratado con toda simpatía y comprensión, irritándola hasta hacerla desear librarse de él a empujones. Sus amigas también parecían compartir esa molesta amabilidad y, por primera vez, sus alegres bromas no le hacían ninguna gracia. Intentó recordar el momento preciso en que su humor se había tornado tan agrio, y comprendió que su cambio de humor había tenido lugar cuando lady Jane señaló que Edward Masen se había marchado de Stony Cross.

-El señor Masen ha ido a Londres por negocios -le había dicho lady Jane con voz alegre-. Nunca suele quedarse mucho en este tipo de fiestas; lo extraño es que haya tardado tanto en marcharse. Está claro que no da tiempo a que le caiga el polvo encima, no señor.

Hubo alguien que preguntó por los motivos de la precipitada marcha del señor Masen, a lo que lady Jane contestó con una sonrisa y un movimiento de cabeza:

-Bueno, Masen suele ir y venir a su antojo, como un gato callejero. Siempre se marcha de repente, puesto que no parecen gustarle mucho las despedidas de ningún tipo.

Edward se había marchado sin decirle una sola palabra, y como resultado, ella se sentía nerviosa y abandonada. Los recuerdos, de la noche anterior -¡una noche horrorosa!- se empeñaban en permanecer en su memoria de forma persistente. Tras lo sucedido en la sala de música, el desconcierto se había apoderado de ella y su incapacidad para pensar en otra cosa que no fuese en

Edward la había mantenido ajena a cualquier otra cuestión.

No había querido alzar la mirada para evitar encontrarse con él inesperadamente y había pasado toda la noche rezando para que no se acercara. Por fortuna, Edward había mantenido las distancias mientras que lord Black, en cambio, no se había apartado de su lado. El aristócrata había pasado el resto de la velada hablando de temas que a ella no le interesaban en absoluto y que tampoco comprendía. Sin embargo, había animado al hombre con murmullos insípidos y medias, sonrisas, al mismo tiempo que pensaba de forma distraída que debería sentirse extasiada por las atenciones que le profesaba. En lugar de sentirse feliz lo único que había deseado era que la dejara sola.

Su reservada actitud durante el desayuno pareció despertar aún más el interés de lord Black. Rosalie, que pensaba que esa fachada de docilidad no era más que una actuación, se acercó para susurrarle en secreto al oído:

-Buen trabajo, Isabella. Lo tienes comiendo de tu mano. No tardó mucho en levantarse de la mesa del desayuno con el pretexto de que necesitaba descansar y se dedicó a vagar por la mansión hasta que llegó al salón azul. El tablero de ajedrez ejercía una extraña atracción sobre ella, por lo que se acercó muy despacio al tiempo que se preguntaba si alguna doncella habría colocado las piezas en la caja o si alguien habría interferido en la partida. No, estaba todo tal y como ella lo había dejado..., salvo por un pequeño cambio. Edward Masen había movido un peón en una jugada defensiva, lo que le daba la oportunidad de mejorar su propia defensa o realizar un movimiento agresivo contra su dama. Desde luego, él no era el tipo de jugada que habría esperado de él. Por el contrario había creído que Edward intentaría una estrategia algo más ambiciosa. Más beligerante. Tras estudiar el tablero, se afanó por comprender la estrategia del hombre. ¿Habría movido la pieza motivado por la indecisión o en un descuido? ¿O había algún motivo oculto que ella no era capaz de descubrir?

Alargó la mano para coger una de las piezas, pero, tras dudar se alejó del tablero. Sólo era un juego, se recordó. Estaba dando a cada movimiento mucha más importancia de la que tenía, como si hubiera un fabuloso premio en juego. No obstante, reconsideró su decisión con cuidado antes de volver a mover. Adelantó la reina, capturó el peón de Edward y le produjo un estremecimiento de placer escuchar el tintineo de las piezas al chocar, marfil contra ónice. Mantuvo al peón encerrado en el puño, como si tratara de evaluar su peso antes de dejarlo con mucho cuidado junto al tablero.

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A medida que la semana avanzaba, Isabella dedujo que el único momento placentero que ésta le había deparado, si bien fugaz y solitario, fue aquel que había pasado junto al tablero de ajedrez. Nunca se había sentido de ese modo con anterioridad: no estaba feliz, ni triste, ni tampoco se preocupada por su futuro. Podría decirse que estaba sumida en una especie de entumecimiento en el que sus sentidos y sus emociones parecía haberse sucumbido al letargo, hasta tal punto que comenzó a pensar que tal vez nunca volviera a interesarse por nada. La sensación de alejamiento era tal que en ocasiones creía estar fuera de sí misma, observándose como si no fuera más que una muñeca mecánica que se movía rígidamente día tras día.

Lord Black la acompañaba cada vez con más frecuencia; bailaban juntos, se sentaban juntos en las veladas musicales y paseaban por el jardín, seguidos a una distancia prudente por René. Jacob era un hombre agradable, respetuoso y poseía un encanto sosegado. De hecho, era tan tolerante que Isabella comenzaba a plantearse la posibilidad de que una vez que las floreros y ella hubieran llevado a cabo la trampa para atraparlo, Jacob se arrepintiera terriblemente de verse obligado, a casarse con una muchacha a la que había comprometido sin ser consciente de ello. A la postre, acabaría por acostumbrarse y, siendo como era un hombre filosófico, encontraría el modo de aceptar la situación.

En cuanto a James, estaba claro que René se las estaba ingeniando para mantenerlo apartado de Isabella. Más aún, su madre lo había convencido para que no le contara su secreto a lord Black, si bien no había explicado a su hija todos los detalles del acuerdo. Preocupada por los efectos que la tensión constante podría provocar en su madre, Isabella sugirió la posibilidad de que abandonaran Stony Cross Park. Sin embargo, René no quiso escuchar ni una palabra al respecto.

-Yo me encargo de James -había replicado de forma categórica-. Tú sigue con lord Black. Todo el mundo sabe que está enamorado de ti.

Si tan sólo pudiera olvidar los recuerdos de aquel recoveco tras las cortinas en la sala de música... Los sueños acerca de ese instante eran tan reales que acababa despertando atormentada por la pasión, con las sábanas enrolladas entre las piernas y la piel enfebrecida. Los recuerdos de Edward Masen la perseguían: su olor, su calidez y esos besos tan provocadores..., la dureza de su cuerpo bajo, la elegancia del traje de etiqueta negro.

A pesar de la promesa que habían hecho las floreros de contarse todo lo referente a sus aventuras románticas, Isabella no se veía capaz de sincerarse con ninguna de ellas. Lo que había sucedido con Edward era demasiado íntimo y personal. No era algo que pudiese ser diseccionado por un grupo de amigas entusiastas que sabían tanto de los hombres como ella misma..., es decir, nada. No le cabía duda de que si hubiera tratado de explicarles la experiencia, no lo habrían entendido. No había palabras que describieran aquella intimidad que robaba el alma y que venía seguida de una confusión devastadora.

En el nombre de Dios, ¿cómo podía sentir algo así por un hombre al que siempre había despreciado? Durante dos años, había temido encontrárselo en los acontecimientos sociales; lo había considerado como la compañía más desagradable que pudiera imaginar y en esos momentos... en esos momentos...

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Un buen día, Isabella dejó a un lado esos indeseables razonamientos y se retiró al salón de los Marsden con la esperanza de distraer su agitada mente con un poco de lectura. Llevaba bajo el brazo un grueso tomo en el que rezaba, con letras doradas: Real Sociedad de Horticultura. Descubrimientos y conclusiones de los informes presentados por nuestros ilustres miembros en el año 1843. El libro era tan pesado como un yunque y ella, malhumorada, no dejaba de preguntarse cómo alguien era capaz de encontrar tanto que decir sobre las plantas. Había dejado el libro en una mesita y estaba a punto de sentarse en el canapé cuando vislumbró por el rabillo del ojo algo en el tablero de ajedrez que llamó su atención. ¿Era su imaginación o...?

Con los ojos entrecerrados por la curiosidad, se acercó al tablero y estudió con atención la posición de las piezas, que habían permanecido inmóviles durante toda una semana. Sí..., había algo distinto. Ella había utilizado su reina para capturar uno de los peones de Simón. No obstante, alguien había quitado su reina del tablero y la había dejado a un lado de éste.

«Ha vuelto», pensó con un repentino fogonazo de emoción tan intenso que le recorrió el cuerpo de la cabeza a los pies. Estaba segura de que Edward Masen era el único que había tocado el tablero. Estaba allí, en Stony Cross.

Su rostro adquirió la palidez del papel, salvo en las mejillas, que se colorearon de un rosa intenso. A sabiendas de que su reacción era del todo desproporcionada, se esforzó por recuperar la calma. El regreso de Edward no significaba nada; ella no quería tener nada que ver con él, no podía conseguirlo de ningún modo y, desde luego, debía evitarlo a toda costa.

Cerró los ojos y respiró en profundidad, intentando controlar los latidos de su corazón, si bien el errático órgano se empeñaba en mantener el ritmo.

Cuando por fin consiguió recuperar la compostura, observó el tablero e intentó comprender su último movimiento. ¿Cómo había conseguido Edward capturar a su dama? Recordó con rapidez la anterior disposición de las piezas. Y, entonces, se dio cuenta: había usado el peón como cebo para que adelantara a la reina, de modo que quedase en el lugar perfecto para poder capturarla con su torre y, con la dama fuera del tablero, su rey estaba en peligro y...

Le había dado jaque.

La había engañado con un humilde peón y ahora estaba en apuros. Con una carcajada de incredulidad, Isabella dio la espalda al tablero y comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación. Tenía la cabeza llena de estrategias de defensa y, finalmente, se decidió por una que él no esperaría. Obedeciendo a su instinto, se dio la vuelta y regresó al tablero al tiempo que sonreía y se preguntaba cuál sería la reacción de Edward al descubrir su contraataque. No obstante, en cuanto su mano se cernió sobre el tablero, el flujo de cálida excitación la abandonó al instante y su rostro se tornó pétreo. ¿Qué estaba haciendo? Alargar la partida y mantener esa frágil vía de comunicación con él era del todo inútil No... Era peligroso.

La elección entre la seguridad y el desastre estaba más que clara.

La mano de Isabella tembló cuando comenzó a coger las piezas, una tras otra, y las guardó de forma ordenada en su caja, abandonando de ese modo la partida.

-Abandono -dijo en voz alta, sintiendo un nudo en la garganta-. Abandono.

Tragó saliva para hacer desaparecer el nudo que esa palabra parecía haber provocado. No podía permitirse el lujo de ser tan estúpida como para desear algo... a alguien... que no era en absoluto adecuado para ella. Cuando la caja de las piezas estuvo cerrada, se alejó de la mesa caminando de espaldas y la contempló durante un instante. Tenía la sensación de estar marchitándose por dentro, de que la invadía un repentino cansancio, pero todo estaba decidido.

Esa noche. Su ambiguo cortejo con lord Black tendría que resolverse esa misma noche. La fiesta estaba a punto de terminar y, con Edward Masen de vuelta, no podía arriesgarse a que una nueva complicación con él lo arruinara todo. Enderezó los hombros marchó dispuesta a hablar con Rosalie.

Juntas tramarían un plan. La noche no acabaría sin que se anunciara su compromiso con lord Black.

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-El truco está en medir bien el tiempo -dijo Rosalie, cuyos ojos castaños brillaban por la diversión.

Sin duda alguna, ningún oficial había dirigido jamás una campaña militar con más determinación de la que demostraba Rosalie Cullen en ese momento. Las cuatro floreros estaban sentadas en la terraza con otros tantos vasos de limonada fría y representaban la viva estampa de la indolencia, cuando, en realidad, tramaban con sumo cuidado los acontecimientos que la tarde iba a deparar.

-Sugeriré que demos un agradable paseo por los jardines antes de la cena para despertar el apetito -le dijo Rosalie a Isabella -, y tanto Alice como Angy accederán; también llevaremos a nuestra madre y a la tía Florence, ya cualquier persona con la que estemos hablando en ese momento. Así, con suerte, para cuando lleguemos al otro lado del huerto de los perales, te atraparemos en flagrante delito con lord Jacob.

- ¿Qué significa flagrante delito? -preguntó Alice-. Suena ilegal

-No lo sé con certeza -admitió Rosalie-. Lo leí en una novela... Pero estoy segura de que es algo que comprometería a cualquier chica.

Isabella respondió con una risa apática, deseando que la situación despertara en ella una pizca de entusiasmo que sentían las Cullen. Apenas una noche antes, no habría cabido en sí de gozo. No obstante, en aquel momento todo le parecía mal. La idea de recibir, al fin, la tan ansiada proposición de matrimonio por parte de un aristócrata no le provocaba ni la más mínima emoción. Ninguna sensación de nerviosismo ni alivio, ni nada que pudiera considerarse positivo de ninguna de las maneras. Más bien parecía un deber desagradable que tenía que cumplir. Sin embargo, ocultó recelos mientras las hermanas Cullen tramaban y hacían cálculos con la misma habilidad que un avezado conspirador.

A pesar de todo, Angy, cuyas dotes de observación sobrepasaban con mucho las de todas ellas, pareció percibir las verdaderas emociones que Isabella ocultaba tras su máscara.

-¿Es esto lo que qui-quieres, Isabella? -le preguntó en voz baja y con una mirada preocupada-. No tienes por qué hacerlo, ya lo sabes. Encontraremos a otro pretendiente si no deseas a Jacob.

-No queda tiempo para encontrar a otro -musitó Isabella en respuesta-. No, debe ser Jacob, y tiene que ser esta noche, antes de que...

-¿Antes? -repitió Angy, que ladeó la cabeza al mirar a Isabella con ligera perplejidad. El sol iluminaba las pecas que salpicaban su rostro y las hacía brillar como polvo de oro sobre su piel aterciopelada-. ¿Antes de qué?

Como Isabella permaneció callada Angy bajó la cabeza y pasó un dedo por el borde de su vaso, recogiendo las hebras de pulpa endulzada que se habían quedado adheridas al filo. Las hermanas Cullen seguían con su animada charla y debatían acerca de la posibilidad de utilizar el huerto de los perales como escenario para organizar la emboscada a Jacob. Justo cuando Isabella creía que Angy dejaría pasar el asunto, la muchacha murmuró en voz baja:

-¿Sabías que el señor Masen regresó a Stony Cross anoche, Isabella?

-¿Cómo lo sabes?

-Alguien se lo contó a mi tía.

Al enfrentar la intuitiva mirada de Angy, Isabella no pudo evitar compadecerse de aquella pobre, persona que había cometido el error de subestimar a Angela.

-No, no lo sabía- musitó,

Al tiempo que inclinaba un poco el vaso de limonada, Angy fijó la vista en el fondo del líquido azucarado.

-Me pregunto por qué nunca aprovechó la oportunidad de darte un beso cuando tú misma se lo ofreciste -dijo despacio-. sobre todo, teniendo en cuenta todo el interés que mos-mostró por ti en el pasado...

Sus miradas se encontraron y Isabella sintió que se ruboriza ba. Le imploró con los ojos a Angy que no añadiera nada más, a lo que ésta respondió con un asentimiento de cabeza. La comprensión se reflejó al instante en el rostro de la muchacha.

- Isabella -dijo con lentitud-, ¿te molestaría mucho si no fuera con las demás para pillarte con lord Jacob esta noche? Habrá gen-gente de sobra para actuar de testigo, Si duda, Rosalie llevará una multitud de testigos inesperados. Mi presencia no se-sería necesaria.

-Claro que no me molestaría -respondió con una sonrisa, tras lo cual preguntó con una sonrisa tímida-: ¿Prejuicios mora les, Angy?

-No, nada de eso, no soy hipócrita, Estoy más que dispuesta a admitir mi culpa como colaboradora... y apa-aparezca o no esta noche en el jardín, formo parte del grupo. Lo que pasa es que -se detuvo y continuó en tono más bajo no creo que tú quie-quie res a lord Black. Al menos, no como hombre, ni por lo que es en realidad. Y ahora que te conozco un poco mejor, no... no creo que el matrimonio con él te haga feliz.

-Pues lo hará -replicó Isabella y alzó tanto la voz que cap to la atención de las Cullen. Éstas dejaron de hablar y la miraron con curiosidad-. Nadie podría acercarse tanto a mi ideal de hom bre como lord Black.

-Es perfecto para ti -la apoyó Rosalie con firmeza-. Espero que no intentes sembrar dudas, Angy... Ya es demasiado tarde para eso. Y desde luego que no vamos a tirar por la borda un plan tan perfectamente trazado como éste justo ahora, cuando estamos a punto de alcanzar la meta.

Angy sacudió la cabeza al instante y pareció encogerse en la silla.

-No, no... No intentaba…. -Su voz se convirtió en un mur mullo, tras lo cual le lanzó a Isabella una mirada de disculpa.

-Por supuesto que no intentaba hacer eso -dijo Isabella en su defensa, que, acto seguido, compuso una sonrisa temeraria-. Repasemos una vez más el plan, Rosalie.

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Acá estoy! See matemos en definitiva a Bella! Les doy permiso! Pronto subiré el que sigue, que si les digo un secreto estará muy genial, Edward está de regreso… y que tal si los planes de Bella no salen como ella los planea exactamente…

Perdonen la demora, estaba fuera de mi ciudad u.u pero ya regrese! Chicas quedan pocos capis T.T heheheh nos leemos en el próximo…

Gracias por las alertas, favoritos y por los reviews! Son muy lindas *_*

XoXo

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