La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.

Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.

Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.

También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.

Gracias por los reviews, me han dado mucha risa y me hacen muy feliz hehehehe, pido disculpas por la cantidad de errores espero que cuando esté terminada la suba corregida

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Durante las dos semanas que duró su luna de miel, Isabella descubrió que no era ni de lejos tan mundana como ella misma se consideraba. Con una mezcla de candidez y arrogancia británica, siempre había pensado que Londres era el centro de la cultura y el conocimiento, de modo que París fue toda una revelación. La ciu dad era asombrosamente moderna y, en comparación, Londres parecía una prima desaliñada recién llegada del campo. Aun así, a pesar de todos sus avances intelectuales y sociales, las calles de París tenían un aspecto casi medieval: oscuras, estrechas y sinuosas en su recorrido por los diferentes distritos de la ciudad, plagados de edi ficios hábilmente construidos. Esa mezcla de estilos arquitectóni cos, que variaba de las agujas góticas de las antiguas iglesias a la sólida majestuosidad del Arco del Triunfo, era un asalto delicioso y caótico para los sentidos.

Su hotel, el Coeurde Paris, estaba situado en la margen izquier da del Sena, entre la deslumbrante variedad de tiendas de la calle de Montparnasse y los puestos cubiertos de Saint-Germain-des-Pres, donde se podía encontrar un apabullante surtido de telas, encajes, perfumes y cuadros. El Coeur de Paris era un palacio en el que las suites habían sido diseñadas para el disfrute de los placeres sensuales. El baño, por ejemplo -o la salte de bain, como lo llamaban los franceses-, estaba decorado con suelos de mármol rosado, sus pa redes se adornaban con un alicatado italiano y disponía de un canapé dorado de estilo rococó donde el cliente podía descansar tras el enorme esfuerzo que suponía bañarse. No había una, sino dos bañeras de porcelana, cada una de ellas con su propio calentador y su tanque de agua fría. Justo encima de las bañeras, el techo estaba decorado con un paisaje al fresco de forma oval, diseñado para entretener al bañista mientras éste, o ésta, se relajaba. A Isabella, educada bajo la noción británica de que el baño era una cuestión de higiene que debía llevarse a cabo con rapidez y eficacia, le gustó idea de que el acto de tomar un baño fuese interpretado como un entretenimiento decadente.

Para su deleite, también descubrió que un hombre y una mujer podían compartir la mesa en un restaurante público sin necesidad de tener que solicitar un salón privado. Jamás había probado unos manjares tan deliciosos: pollo hervido a fuego lento con cebolletas en salsa de vino tinto; pato confitado y asado con tal maestría que, bajo la crujiente y aceitosa piel, la carne estaba tierna como la mantequilla; cabracho bañado con una espesa salsa de trufa... Y, por supuesto, los postres: gruesas porciones de bizcocho bañado en licor y cubierto de merengue; pudines con capas de nueces y frutas glaseadas... A medida que Edward observaba las dificultades que Isabella tenía cada noche para elegir el postre, tuvo que asegurarle con toda seriedad que los generales con experiencia en el campo de batalla resolvían sus estrategias sin necesidad de reflexionar tan como lo hacía ella a la hora de decidirse entre la tarta de pera o el suflé de vainilla.

Una noche, Edward la llevó a un ballet en el que las bailarinas iban indecorosamente escasas de ropa y, a la siguiente, a una representación teatral: una comedia plagada de bromas obscenas que no precisaban traducción alguna. También asistieron a los bailes y fiestas organizados por los amigos de Simón, Algunos de ellos eran ciudadanos franceses, pero otros eran turistas y emigrantes procedentes de Gran Bretaña, Estados Unidos e Italia. Unos cuantos eran accionistas o miembros del consejo de dirección, de ciertas empresas de las que Simón formaba parte, y otros habían participado en los negocios navieros y ferroviarios de su marido.

-¿Cómo es que conoces a tanta gente? - le había preguntado Isabella, desconcertada al observar que lo saludaban varios des conocidos en la primera de las fiestas a las que asistieron.

Edward rió en respuesta y se burló con sutileza al decirle que cualquiera creería que no sabía que había todo un mundo más allá de la aristocracia inglesa. Y, a decir verdad, Isabella no lo sabía. Hasta esos momentos, jamás se le había ocurrido mirar más allá de los estrechos confines de esa rancia sociedad. Esos hombres, al igual que sucedía con Edward, eran la elite en términos económicos: par ticipaban activamente en la acumulación de enormes fortunas y muchos de ellos eran dueños de ciudades enteras, construidas alrededor de las fábricas en constante estado de expansión. Poseían minas, plantaciones, molinos, almacenes, tiendas y fábricas; y, según parecía, sus intereses no se centraban en un solo país. Mientras sus esposas se dedicaban a comprar y a lucir vestidos diseñados por las modistas parisinas, los hombres se sentaban en las cafeterías o en los salones privados y se enzarzaban en interminables discusiones políticas o de negocios. Muchos de ellos fumaban tabaco enrollado en unos pequeños cilindros de papel llamados «cigarrillos», una moda que había comenzado entre los soldados egipcios y que no había tardado mucho en extenderse por todo el continente. Durante la cena, hablaban de cosas que Isabella jamás había escuchado an tes, acontecimientos de los que nunca había oído hablar y que, con toda seguridad, no habían sido recogidos en los periódicos.

Isabella pudo comprobar que cuando su marido hablaba, el resto de los asistentes lo escuchaba con mucha atención y buscaba el consejo en una gran variedad de asuntos. Tal vez Edward tuviese poca importancia a los ojos de la aristocracia británica, pero estaba claro que poseía una considerable influencia fuera de ella. Fue en esos momentos cuando entendió por qué lord Jasper lo tenía en tan alta estima. A decir verdad, Edward era un hombre poderoso por derecho propio. Al ver el respeto que inspiraba en otros hom bres y al ser consciente de la actitud coqueta que provocaba en las mujeres Isabella comenzó a ver a su marido bajo una nueva luz. Comenzó a desarrollar una actitud posesiva hacia él-hacía Simón, ni más ni menos!- y se descubrió víctima de unos apabullantes celos cada vez que una mujer se sentaba junto a él durante la cena e intentaba monopolizar su atención, o cuando otra dama de claraba en abierto flirteo que Edward estaba obligado a bailar un vals con ella.

Durante el primer baile al que asistieron, Isabella mantuvo una conversación con un grupo de jóvenes casadas en uno de ellos salones; una de ellas era la esposa de un fabricante de armas norteamericano y las otras dos eran francesas y estaban casadas con sendos marchantes de arte. Isabella, que se vio obligada a responder como pudo a la curiosidad de las mujeres acerca de Edward y se las arregló para disimular lo poco que aún sabía de su marido, respiró aliviada al ver que el objeto de la conversación iba a buscarla para sacarla a bailar. Vestido de forma impecable con un traje de etiqueta negro, Edward saludó a las ruborizadas y sonrientes jóvenes con elegante formalidad antes de dirigirse a su esposa. Sus miradas se enlazaron al tiempo que una deliciosa melodía comenzaba a sonar en el salón de baile. Isabella reconoció la música: un vals muy de moda en Londres que era tan dulce y cautivador que las floreros habían estado de acuerdo en declarar una tortura el hecho de tener que permanecer sentadas mientras la orquesta lo tocaba.

Edward extendió el brazo y ella lo tomó al tiempo que recordaba las innumerables ocasiones en las que había despreciado sus invitaciones en el pasado. Al darse cuenta de que Edward, a la postre, se había salido con la suya, Isabella sonrió.

-¿Siempre consigues lo que quieres?-le preguntó.

-En ocasiones tardo un poco más de lo que me gustaría - le contestó.

Cuando llegaron al salón de baile, colocó la mano en la espalda de su esposa y la guió hacia el torbellino de parejas que ya giraban en la estancia.

Los, nervios la asaltaron con un súbito aguijonazo, como si estuviese a punto de compartir algo mucho más importante que un simple baile.

-Éste es mi vals favorito -le dijo a su esposo mientras se colocaba entre sus brazos.

-Lo sé. Por eso se lo he pedido ah orquesta.

- ¿Cómo lo sabías?- preguntó ella con una incrédula carcajada-. Supongo que una de las hermanas Cullen te lo ha dicho.

Simón negó con la cabeza mientras sus dedos, enfundados en el guante, se curvaban alrededor de los de ella.

-He observado tu rostro en más de una ocasión mientras lo to caban. Siempre parecías estar a punto de salir volando de la silla.

Los labios de Isabella se abrieron por la sorpresa. Clavó la mirada en su marido con evidente desconcierto. ¿Cómo podía ha ber percibido algo tan sutil? Ella siempre se había mostrado desdeñosa con él y, aun así, Simón había notado su reacción a una pieza de música concreta y lo había recordado. Aquella circunstancia hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas y se vio obligada a apartar la mirada de inmediato, mientras luchaba por controlar la desconcertante oleada de emociones.

Edward la condujo hacia las parejas en plena danza y la sostuvo con sus fuertes brazos, guiándola con la firme presión de su mano en la cintura. Era tan fácil seguirlo, dejar que su cuerpo se fundiera con el ritmo que marcaba mientras su vestido se arrastraba por el brillante suelo y flotaba alrededor de sus piernas... La encantadora melodía pareció penetrar por todos los poros de su piel y disol ver el nudo que sentía en la garganta, provocándole un irrefrenable placer.

Edward, por su parte, se deleitaba con la sensación de triunfo que le provocaba tener a Isabella entre sus brazos en la pista de baile. Por fin, después de dos años de persecución, disfrutaba de su larga mente anhelado vals con ella. Y lo que era aún más satisfactorio: tras el baile, seguiría siendo suya... La llevaría al hotel, la desvestiría y le ¡haría el amor hasta el amanecer.

El cuerpo de su esposa se mostraba complaciente entre sus brazos y tenía apoyada la mano sobre su hombro. Pocas mujeres se habían dejado guiar con esa facilidad, como si supiera de antemano la dirección que iba a tomar antes de que él mismo lo hubiese decidido. El resultado era una armonía física tal que les permitía moverse por el salón con la misma rapidez que un pájaro en pleno vuelo.

No le había causado sorpresa alguna observar la reacción de sus amistades al conocer a su flamante esposa: las felicitaciones, las disimuladas miradas de deseo que dedicaran a Isabella y los maliciosos susurros de algunos que aseguraban no envidiar la tarea de tener que cargar con el peso de una esposa tan bella. En los últimos días, la belleza de Isabella había aumentado, si es que eso era posible. La tensión había abandonado su rostro tras unas cuantas noches de sueño profundo. En la cama se mostraba cariñosa e, incluso, juguetona; la noche anterior, sin ir más lejos, se había colocado sobre él con la misma agilidad de una gata escurridiza para depositar un reguero de besos sobre su pecho y sus hombros. No se habría imaginado algo así de una mujer como ella; no después de haber conocido a unas cuantas mujeres hermosas en el pasado que tenían por costumbre yacer pasivamente a la espera de que las adoraran. Isabella, por el contrario, lo había torturado y acariciado hasta que ya no pudo soportado más y tuvo que girar en la cama con ella entre los brazos, riendo, protestando y alegando que todavía no había acabado con él.

-Yo acabaré contigo -había bromeado con un gruñido antes de penetrada y conseguir que su esposa comenzara a gemir de placer.

Edward no era tan iluso como para esperar que su matrimonio disfrutara de una armonía eterna: ambos eran demasiado independientes y poseían un carácter fuerte, por lo que el choque acabaría llegando tarde o temprano. Tras haber renunciado a la oportunidad de casarse con un noble, Isabella había cerrado las puertas al estilo de vida con el que siempre había soñado y, en su lugar, tendría que acostumbrarse a una existencia muy distinta. Con la excepción de Jasper y de un par de amigos más, procedentes de buena cuna, Simón apenas tenía relación alguna con la aristocracia. Su mundo consistía principalmente en empresarios como él, poco refinados y felices de concentrar todos sus esfuerzos en la tarea de hacer dinero. Esa multitud de empresarios industriales no podía ser más distinta de la clase educada con la que Isabella siempre se había relacionado. Hablaban demasiado alto, sus reuniones eran demasiado frecuentes y extensas y no sentían respeto alguno ni por la tradición ni por los buenos modales. Edward no tenía muy claro si Isabella sería capaz de adaptarse a semejantes personas, pero parecía, estar dispuesta a intentado. Él lo entendía y apreciaba sus esfuerzos mucho más de lo que ella podría imaginarse.

Era consciente de que escenas como tas que Isabella había soportado dos noches atrás habrían dejado reducida a un manojo de lágrimas a cualquier otra jovencita que hubiese llevado una vida protegida, sin embargo, ella lo había soportado con bastante aplo mo. Dicha noche, habían asistido a una velada organizada por un acaudalado arquitecto francés y su esposa, un acontecimiento bas tante caótico en el que el vino corría a raudales y había demasiados invitados; el resultado de todo ello era un ambiente de bullicioso desenfreno. Tras dejar a Isabella sentada a una mesa en compañía de algunas amistades durante unos minutos, Edward había regresado una vez finalizada su conversación privada con el anfitrión para descubrir que su azorada esposa había sido arrinconada por dos hombres que estaban jugándose a las cartas el privilegio de beber champán en uno de sus zapatos.

Si bien el juego no tenía otro propósito que el de pasar un rato divertido, resultaba más que obvio que gran parte de la diversión de la que ambos rivales disfrutaban procedía del bochorno de Isabella. No había nada más placentero para aquellos de carácter cínico que un asalto al pudor de otra persona, especialmente si la víctima era una joven inocente. Aunque Isabella había intentado llevado lo mejor posible, la insolente apuesta la había incomoda do y la sonrisa que se dibujaba en sus labios era del todo falsa. Tras levantarse de la silla, había recorrido la estancia con la mirada, en busca de un posible refugio.

Obligado a mantener una fachada amigable y ligeramente abu rrida, Edward llegó hasta la mesa, deslizó la mano por la rígida espalda de Isabella en un gesto reconfortante y acarició con el pul gar la piel que quedaba expuesta sobre el borde posterior de su corpiño. Al instante, pudo sentir cómo ella se relajaba un tanto y el rubor que había cubierto su rostro ya empezaba a disiparse cuando alzó la mirada hacia él.

-Se están jugando a las cartas quién beberá champán en mi za pato- le había explicado sin aliento-. Yo no lo he sugerido y no se quién...

-Bueno, es un problema de fácil solución -la interrumpió él, sin darle la mayor importancia. Se había dado cuenta de que co menzaba a formarse una multitud a su alrededor que estaba ansio sa por saber si se pondría furioso debido a las audaces propuestas que los dos hombres habían hecho a su esposa. Con suavidad, aunque sin darle la oportunidad de oponerse, obligó a Isabella a volver a su asiento-. Siéntate, cariño.

-Pero no quiero... -había protestado ella, incómoda, antes de soltar un jadeo de sorpresa al ver que Edward se ponía en cuclillas frente a ella. Tras introducir ambas manos bajo el dobladillo de su falda, le quitó los zapatos de satén adornados con perlas-. ¡Edward! -exclamó con los ojos como platos por la sorpresa.

Edward se puso entonces en pie y ofreció un zapato a cada uno de los contendientes con una floritura.

-Pueden quedarse con los zapatos, caballeros, siempre y cuando sean muy conscientes de que su dueña me pertenece. –Y tras alzar en brazos a su descalza esposa, la sacó de la habitación entre las carcajadas y los aplausos de la multitud. De camino al exterior, pasaron junto al camarero al que se le había encargado la tarea de buscar la botella de champán-. Nos la llevaremos -le dijo Edward al atónito camarero, quien le tendió la helada botella a Isabella.

Edward había trasladado a su esposa al carruaje mientras ella sostenía la botella con una mano y le rodeaba el cuello con el brazo libre.

-Vas a costarme una fortuna en calzado -le dijo él.

Los ojos de Isabella brillaron de contento.

-Tengo unos cuantos zapatos más en el hotel-le informó con alegría-. ¿Estás planeando beber champán en uno de ellos?

-No, amor mío. Pienso beberlo directamente de ti.

Ella le había lanzado una mirada perpleja y, cuando por fin comprendió sus palabras, enterró el rostro en el hombro de su esposo mientras su oreja adquiría un profundo rubor escarlata.

Al recordar el episodio y las deliciosas horas que lo siguieron, Edward bajó la mirada hacia la mujer que tenía entre los brazos.

La brillante luz de las ocho lámparas de araña del salón se reflejaba en sus ojos y les arrancaba diminutos destellos que los hacían parecer ríos de chocolate en los que Edward podía fácilmente perderse. Su esposa lo miraba con una intensidad que no había demostrado antes, como si anhelara algo que jamás podría conseguir. Semejante mirada lo inquietó y despertó en él la necesitad de satisfacerla de cualquier manera posible. En ese momento, le habría dado cualquier cosa que pidiera sin pensárselo dos veces.

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No había duda de que acababan de convertirse en un riesgo para las restantes parejas, dado que la habitación se había difumina do en una especie de bruma imaginaria y a Edward le importaba un comino la dirección en la que avanzaban. Bailaron hasta que la gen te comenzó a hacer secos comentarios acerca de lo inapropiado que era para una pareja casada mostrara semejante despliegue de exclusividad en un baile y que no tardarían mucho en cansarse el uno del otro tras la luna de miel. Edward se limitó a sonreír al escucharlos y se inclinó para susurrarle a su esposa al oído:

-¿Te arrepientes ahora de no haber bailado antes conmigo? -No -respondió ella también en un susurro

- Si no hubiera supuesto un desafío para ti, habrías perdido el interés.

Dejando escapar una suave carcajada, Edward le rodeó la cintura con un brazo y la condujo a un lado del salón.

-Eso no ocurrirá jamás. Todo lo que haces o dices me interesa.

-¿En serio? -preguntó ella con tono escéptico-. ¿Y qué hay de la afirmación de lord Whitlock, que me tachaba de egoísta y su perficial?

Cuando ella lo miró a la cara, Edward apoyó una mano sobre la pared, cerca de la cabeza de Isabella, y se inclinó hacia delante en un gesto protector. Su voz fue suave como la seda.

-Él no te conoce.

-¿Y tú sí?

-Sí. Yo sí te conozco. -Alargó un dedo y le acarició un mechón de pelo húmedo que se había adherido a su cuello-. Te proteges con mucho celo. No te gusta depender de nadie. Eres ambiciosa, de carácter fuerte y decidida a la hora de mostrar tus opiniones. Por no mencionar tu testarudez. Pero nunca egoísta: Y ninguna persona con tu inteligencia podría ser tachada jamás de superficial. -Dejó que su dedo vagara hacia los sedosos mechones que caían tras su ore ja. Sus ojos se iluminaron con un brillo travieso al añadir-. También eres deliciosamente fácil de seducir.

Con una carcajada de indignación, Isabella alzó un puño como si quisiera golpearlo.

-Solo para ti.

Riendo entre dientes. Edward atrapó su puño entre los dedos y depositó un reguero de besos sobre los nudillos.

-Ahora que eres mi esposa, Jasper sabe muy bien que no debe pronunciar ni una sola objeción más sobre ti ni sobre nuestro matrimonio. Si así lo hiciera, pondría punto y final a nuestra amistad sin pensármelo.

-¡Vaya! Pero yo nunca he pretendido que eso sucediera, yo…-Lo contempló, confusa de pronto-. ¿Harías eso por mí?

Edward recorrió con el dedo un mechón dorado que resaltaba entre su cabello castaño claro.

-Haría cualquier cosa por ti.

Su juramento era sincero. Edward no era un hombre dado a las medias tintas. A cambio de su entrega, él le daba su lealtad y su apoyo incondicionales.

Una vez concluida la conversación, Isabella mantuvo un silencio inexplicable durante un buen rato, lo que hizo pensar a Edward que tal vez estuviera cansada. Sin embargo, cuando regresaron a sus habitaciones en el Coeur de Paris un poco más tarde, su esposa se entregó a él con renovado ardor, en un intento de expresarle con su cuerpo lo que no era capaz de decir con palabras.

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Hola! Estoy de vuelta, esta actualizacion se me complico con la vuelta a la universidad además que me quede sin internet ufff quiero morirme hahhaha, ammm espero que la luna de miel este yendo como se la imaginaban, Edward es una cosita muy tierna *O* mañana espero subir el otro cap :D ¿quieren? Cada vez más cerca del final… pero quedan unas cosas por resolver!

Déjenme decirle que cada una de ustedes me ha hecho reír muchísimo con sus comentarios hahahah, muchas de ustedes que han comentado desde el inicio han ido adivinando hahah me quitan el elemento sorpresa, quisiera nombrarlas a todas pero ando en un cyber espero que cuando tenga internet hacerlo y responder vuestros reviews.

Gracias por leer, gracias por las alertas, favoritos y comentarios es muy genial recibirlos hehehe :D

Un abrazo grande…Hasta mañana, si no hay algún inconveniente… roguemos que no

¿Review?

XoXo