La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.

Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.

Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.

También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.

Tal y como había prometido, Edward se comportó como un ma rido generoso y pagó por una extravagante cantidad de vestidos y complementos franceses que serían enviados a Londres una vez que estuvieran acabados. Cuando una tarde llevó a Isabella a una joyería y le dijo que pidiera lo que se le antojara, ésta sólo atinó a menear la cabeza, incapaz de decidirse entre el despliegue de dia mantes, zafiros y esmeraldas expuestos sobre un lecho de terciopelo negro. Tras años de llevar joyas falsas y vestidos a los que había dado varias veces la vuelta, le costaba bastante deshacerse de los hábitos ahorrativos.

-¿No hay nada que te guste? -la animó Edward al tiempo que levantaba un collar de diamantes blancos y amarillos, engarzados a modo de guirnalda de florecillas. Lo sostuvo contra su garganta desnuda, admirando el brillo de los diamantes contra su piel inma culada- ¿Qué te parece éste?

-Tenemos los pendientes a juego, madame -se apresuró a co mentar el joyero-, y un brazalete que sería el complemento perfecto para esa pieza.

-Es precioso -replicó Isabella -. Lo que pasa es que... Bue no, me parece extraño entrar en una tienda y comprar un collar con la misma despreocupación con la que se compra una caja de caramelos.

Un poco sorprendido por su timidez, Edward la miró con detenimiento mientras el joyero se retiraba con discreción a la trastieenda. Con mucho cuidado, Edward devolvió el collar a su cuna de terciopelo y tomó a su esposa de la mano para acariciarle el dorso de los dedos con el pulgar.

-¿Qué te pasa, cariño? Hay más joyeros, si lo que ves aquí no es de tu agrado.

-No, no es eso. Supongo que estoy tan acostumbrada a no comprar cosas que ahora me resulta difícil aceptar el hecho de que puedo hacerlo.

-Estoy más que seguro de que no te costará mucho solventar ese problema -replicó Edward con sequedad-. Entretanto, estoy harto de verte con esas joyas falsas. Si no eres capaz de elegir algo, deja que yo lo haga por ti. -Procedió a elegir dos pares de pendientes de diamantes, el collar que antes había sostenido, un brazalete, dos largas hileras de perlas y un anillo con un diamante de cinco quilates en forma de pera.

Desconcertada por semejante despliegue de extravagancia, Isabella protestó con vehemencia hasta que Edward se echó a reír y le dijo que cuanto más protestara, más pensaba comprar. Eso hizo que cerrara la boca de inmediato y observara con ojos desorbitados cómo compraba las joyas, que acabaron depositadas en un cofre de caoba forrado de terciopelo y con una pequeña asa en la tapa. Todo excepto el anillo, ya que Edward lo deslizó en su dedo para comprobar que le quedaba demasiado grande, antes de devolvérselo al joyero.

-¿Qué pasa con mi anillo? -preguntó Isabella, que aferraba el cofre de caoba con ambas manos mientras se marchaban de la, tienda-. ¿Vamos a dejarlo ahí?

Divertido, Edward arqueó una ceja y miró a Isabella de soslayo.

-Va a ajustar el anillo y luego lo enviará al hotel.

-¿Y si se pierde?

-¿Y qué ha pasado con tus protestas? En la tienda te comportabas como si no lo quisieras.

-Claro, pero resulta que ahora es mío -replico preocupada, lo que provocó que Simón se deshiciera en carcajadas.

Para su alivio, el anillo fue entregado en el hotel sin más contra tiempos aquella misma tarde, dentro de una cajita forrada de ter ciopelo. Mientras Simón le daba una moneda al hombre que lo había llevado, Isabella salió del baño a toda prisa, se secó y se puso un camisón blanco. Tras cerrar la puerta, Edward se dio la vuelta y se encontró a su esposa justo detrás de él, con el rostro iluminado por la misma anticipación que sentiría un niño la mañana de Navidad. No pudo evitar sonreír ante su expresión, ya que se daba cuenta de que todos sus esfuerzos por comportarse como una dama se desva necían arrastrados por el entusiasmo. El anillo resplandeció entre destellos cuando Simón lo sacó de la caja. Acto seguido, cogió la mano de Isabella y deslizó el anillo en el dedo anular, junto al sencillo aro de oro que le pusiera el día de su boda.

Admiraron juntos cómo quedaba el anillo en su mano, hasta que ella le arrojó los brazos al cuello con una exclamación de rego cijo. Antes de que Simón pudiera reaccionar, su esposa se separó de él y comenzó a bailar descalza.

-Es tan bonito... ¡Mira cómo brilla! Edward, deberías marchar te... Sé muy bien que ahora mismo parezco una mercenaria. Pero no importa, porque lo soy, y será mejor que lo sepas; ¡Dios mío, ado ro este anillo!

Disfrutando de su dicha, Edward atrapó el esbelto cuerpo feme nino y lo apresó contra el suyo.

-No voy a irme -le dijo-. Es mi oportunidad para recolec tar los beneficios de tu gratitud.

Entusiasmada, Isabella lo obligó a bajar la cabeza y unió sus labios a los de él.

-Y eso es lo que vas a hacer. -Le dio otro ardiente beso en los labios-. Ahora mismo.

Edward se rió entre dientes al reconocer un asalto en toda regla.

-Sin duda debería decirte que verte feliz es un pago más que suficiente. Claro que, si insistes...

-Pues sí, ¡insisto! -Se apartó de él y se acercó a la cama, don de se encaramó y se tiró de espaldas sobre la colcha con un gesto dramático que la dejó totalmente expuesta. Edward la siguió al dor mitorio, hechizado por sus payasadas. Tenía delante a una Isabella a la cual nunca había visto, una Isabella risueña y fascinantemente caprichosa. Cuando se acercó a la cama, ella levantó la cabeza y lo animó-: Soy toda tuya. Ya puedes empezar a reclamar tu recompensa.

Con destreza, se desembarazó de la chaqueta y de la corbata, más que dispuesto a complacerla. Isabella se incorporó un poco para observarlo. El cabello le caía en una sedosa cascada sobre los hombros y bajo la fina tela del camisón se adivinaba la separación entre sus muslos.

-Edward..., deberías saber que me acostaría contigo aunque no tuviera este anillo.

-Eres muy amable -replicó sin prestarle mucha atención, al tiempo que se despojaba de los pantalones-. A los maridos siempre nos agrada saber que nos valoran más allá de nuestros méritos económicos

La mirada de Isabella se deslizó por el esbelto cuerpo de su esposo.

-De todos tus méritos, Edward, el económico es, probablemente, el más insignificante.

-¿Probablemente? -Se acercó al borde de la cama y levantó uno de los pies descalzos de Isabella para depositar un beso en la parte interna-. ¿No querrás decir «sin duda»?

Isabella se recostó de nuevo, jadeando por la cálida caricia de su lengua, y el movimiento provocó que el camisón se le deslizara hasta los muslos.

-Oh, sí..., sin duda. Por supuesto que no hay dudas...

El cuerpo de Isabella seguía húmedo y relajado por el baño que acababa de tomar, y exudaba un límpido olor a jabón que se mezclaba con la embriagadora fragancia del aceite de rosas. Excitado por la visión de su piel fragante y sonrosada, Edward trazó un camino de besos hasta el tobillo, que luego continuó hacia la rodilla. Al principio, ella reía y se retorcía bajo las caricias de su boca, pero cuando Edward pasó a la otra pierna, se quedó quieta y su res piración se convirtió en una sucesión de lentos jadeos. Edward se arrodilló entre los muslos separados de su esposa, fue levantando el camisón y depositando besos sobre la piel que iba quedando ex puesta hasta que alcanzó el lugar oculto por sus brillantes rizos. Tras dejar que su barbilla rozara apenas aquella suavidad, continuó su camino ascendente, haciendo caso omiso del débil sonido de protesta que emitió ella. Intoxicado por la textura aterciopelada de su piel, le besó la cintura y cada una de las marcas que señalaban las costillas, antes de proseguir su camino hacia el lugar donde latía el corazón.

Isabella emitió una súplica entre gemidos y le aferró la mano para intentar que la tocara entre los muslos. Edward se resistió con una risa grave y le sujetó ambas muñecas por encima de la cabeza antes de besarla en la boca. Pudo percibir la sorpresa de ella al sen tirse atrapada, así como la respuesta que vino a continuación: los ojos de su esposa se cerraron y notó cómo su aliento le acariciaba la mejilla a un ritmo más rápido. Mantuvo bien sujetas las muñecas con una sola mano y comenzó a deslizar la otra a lo largo de su cuer po para trazar círculos alrededor de los pezones. Su propio cuerpo estaba duro y enfebrecido por la excitación; sentía los músculos ten sos por la necesidad que lo consumía. A pesar de toda la experien cia que poseía en lo referente al sexo, nunca había experimentado un ensimismamiento tan profundo, jamás se había desligado del resto del mundo de una forma tan completa con el fin de ocuparse tan sólo de Isabella... Su placer aumentaba el de él... Esas reaccio nes estremecidas intensificaban su propio deseo. Isabella abrió la boca bajo la de él para darle una trémula bienvenida y de su garganta comenzaron a escapar gemidos de placer a medida que el beso se volvía más impetuoso, más profundo. La acarició entre las piernas, y la húmeda suavidad que encontró allí lo inflamó aún más. Arqueó el cuerpo hacia él y alzó las caderas contra su mano sin dejar de re torcer las muñecas, aún bien sujetas. Cada movimiento le decía a gritos que la poseyera, que la llenara, y el cuerpo de Edward se en dureció hasta un punto increíble al tiempo que un ansia primitiva se apoderaba de él.

Despacio, la penetró con un dedo, lo que provocó que ella gi miera contra su boca. Al notar cómo su carne lo acomodaba, intro dujo otro dedo y comenzó a acariciarla hasta que el deseo se apo deró de ella. Tan pronto como se apartó de su boca, Isabella le rogó:

-Edward, por favor... Por favor, te necesito... -Su cuerpo se es tremeció cuando él retiró los dedos-. No, Edward...

-Tranquila... -La sujetó por las rodillas y la cambió de posición en la cama-. No pasa nada -susurró-. Me ocuparé de ti… Déjame amarte así...

Movió las caderas de Isabella hasta el borde del colchón y luego, le dio la vuelta hasta que sus pálidas nalgas quedaron boca arriba. Permaneció de pie junto a la cama, entre los muslos de su esposa, y dejó que la punta de la verga se deslizara con facilidad dentro de la resbaladiza entrada de su cuerpo. Tras aferrarla por las caderas con fuerza, la penetró con una larga embestida y no se detuvo hasta que su miembro estuvo completamente dentro de ella. Una bocanada de calor le abrasó el cuerpo, como si se hubiera colocado delante de un horno abierto, y la lujuria endureció su entrepierna hasta un punto doloroso, casi demasiado para soportarlo. Comenzó a respirar con bruscos jadeos y luchó por controlar la intensidad de su deseo antes de que se le escapara por completo de entre las manos. Isabella yacía, inmóvil, sobre el colchón, y sólo movía las manos de forma compulsiva para aferrarse a la colcha. Asustado por, la posibilidad de estar haciéndole daño, Edward consiguió reprimir de alguna manera el ansia salvaje que sentía el tiempo suficiente para inclinarse sobre ella y murmurar con voz ronca:

-Cariño..., ¿te estoy haciendo daño? -La posición hizo que la penetrara más profundamente, lo que le arrancó un gemido a Isabella -. Dímelo y pararé.

Ella tardó bastante en responder, como si le hubiera llevado varios segundos comprender la pregunta, pero cuando respondió, tenía la voz ronca por el placer.

-No, no pares.

Edward permaneció inclinado sobre ella y comenzó a moverse con embestidas profundas y lentas que hicieron que los músculos interiores de Isabella se contrajeran con avidez alrededor de su rígido miembro. Colocó las manos sobre las de ella y las envolvió con los dedos..., una posición que la sometía por completo, pero que no por ello la forzaba a supeditarse al ritmo que él impusiera. Por el contrario, Edward se movía según las demandas del cuerpo feme nino, impulsando las caderas en respuesta a los moviendo de los músculos internos de su esposa... Cada vez que ella se cerraba de forma inconsciente en torno a él, Edward empujaba más y utilizaba su sexo para acariciar las profundidades de su esposa. Isabella se hallaba al borde de una culminación arrolladora y, no obstante, le resultaba imposible alcanzarla, de modo que comenzó a respirar con largos jadeos e impulsó las nalgas hacia atrás para presionar con Fuerza contra la entrepierna de su marido.

-Edward...

Él extendió una mano bajo su cuerpo y encontró con facilidad el lugar por el que estaba unido a ella y el tierno botón que había por encima. Con la yema del dedo, extendió la cálida humedad de su cuerpo sobre la hinchada protuberancia y comenzó a acariciarla con movimientos lentos y circulares, probando diferentes ritmos hasta que dio con uno que la hizo gritar al tiempo que apretaba los músculos alrededor de su miembro. Isabella, que había arquea do la espalda sumida en el éxtasis, gemía mientras él seguía pene trándola sin descanso al compás de sus espasmos. Los exuberantes movimientos de su esposa, que se retorcía y lo apresaba a la vez, aca baron por colmar el vaso de sus sobreexcitados sentidos... Gimió al alcanzar su propio clímax y se hundió en ella mientras la liberación lo atravesaba como una llamarada incontrolable.

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El peor momento de la luna de miel de la pareja tuvo lugar la mañana en que Isabella le comentó con jovialidad a Edward que estaba de acuerdo con ese viejo refrán que decía que el matrimonio era el más alto grado de amistad. Su intención no había sido otra que la de agradarlo, pero Edward había reaccionado con ani mosidad desconcertante. Al reconocer la famosa cita de Samuel Richardson, había comentado con sequedad que esperaba que sus gustos literarios mejoraran, para así ahorrarle el tener que escuchar esa filosofía barata. Dolida, ella había guardado un gélido silencio, incapaz de comprender cómo podía haberle ofendido tanto su co mentario.

Edward se mantuvo alejado de ella toda la mañana y también parte de la tarde, pero fue a buscarla al salón de juegos, donde Isabella jugaba a las cartas con otras jóvenes casadas. Sé acercó al respaldo de la silla que ocupaba su esposa y dejó que las yemas de los dedos se posaran sobre la curva de su hombro. Isabella sintió el roce de los dedos a través del tirante de seda del vestido y la sensación tuvo un efecto curioso sobre sus terminaciones nerviosas. Por un instante, se sintió tentada de prolongar la actitud resentida y apartarle la mano. Sin embargo, se dijo que no le costaría nada mostrarle un mínimo de tolerancia. Esbozó una sonrisa y alzó la cabeza para mirar a su marido por encima del hombro.

-Buenas tardes, señor Masen -murmuró, dirigiéndose a él con la formalidad que la mayoría de los matrimonios utilizaba en público-. Espero que haya disfrutado de su paseo. -Cediendo a un gesto travieso, le mostró sus cartas-. Mire la mano con la que tengo que jugar. ¿Me puede dar algún consejo útil?

Él deslizó las manos por los costados de la silla e inclinó la cabeza para murmurarle al oído:

-Sí, termina rápido la partida.

Consciente de las miradas curiosas de las demás mujeres, Isabella mantuvo una expresión imperturbable, incluso cuando noto que el rubor comenzaba a teñirle el cuello.

-¿Por qué? -preguntó, con la boca de Edward aún pegada a su oído.

-Porque voy a hacerte el amor dentro de cinco minutos exactamente -le susurró-. Ya sea aquí..., en nuestra habitación..., o en las escaleras. Así que si quieres un poco de privacidad, te sugiero que pierdas esta partida deprisa.

«No se atrevería», pensó Isabella, a quien se le había desbocado el corazón por la alarma. Claro que, conociendo a Edward, siempre existía la posibilidad...

Con ese pensamiento en mente, Isabella soltó una carta con dedos temblorosos. La siguiente jugadora se tomó un agónico y extenso lapso de tiempo para elegir una de sus cartas, y la siguiente se detuvo para intercambiar un par de comentarios jocosos con su propio marido, que acababa, de acercarse a la mesa. Consciente de que una fina capa de sudor comenzaba a cubrirle el pecho y la fren te, Isabella pensó varias formas de dar por terminado el juego. La voz de la razón acudió en su auxilio al caer en la cuenta de que, sin importar lo audaz que fuese Edward, no se atrevería a asaltar a su mujer en las escaleras del hotel. No obstante, la voz de la razón se desvaneció cuando él consulto su reloj de modo deliberado.

-Te quedan tres minutos -murmuró con voz queda junto a su oído.

Sin saber muy bien cómo, y presa de la agitación, Isabella fue consciente de que su cuerpo respondía a la ronca promesa que en cerraba la voz de Edward cuando sintió que entre sus muslos se des pertaba una vergonzosa sensación palpitante. Juntó las piernas con fuerza y aguardó con forzada compostura a que le llegara el turno, a pesar de que su corazón latía desbocado. Las jugadoras conversa ban con indolencia, se abanicaban y pedían a los camareros que les sirvieran más limonada. Cuando por fin le llegó el turno, arrojó la carta de más valor y tomó otra. Para su alivio, la nueva carta carecía de valor, por lo que arrojó las cartas que le quedaban sobre la mesa.

-Me temo que estoy fuera -dijo, aunque tuvo que esforzarse para disimular la inestabilidad de su voz-. Ha sido una partida de lo más agradable... Se lo agradezco, pero ahora debo marcharme...

-Quédese a jugada siguiente ronda -sugirió una de las da mas, petición a la que el resto se sumó.

-Sí, quédese.

-Al menos, tómese una copa de vino mientras terminamos esta mano...

-Se lo agradezco, pero... - Isabella se puso en pie y emitió un gemido casi inaudible cuando sintió la mano de Edward sobre su espalda. Sus pezones se endurecieron bajo el vestido-. Me temo que estoy exhausta tras el baile de la noche pasada -improvisó-. Debo descansar un poco antes de asistir al teatro esta noche.

Seguida por un coro de despedidas y por varias miradas signifi cativas, Isabella trató de abandonar el salón con aire digno. Tan pronto como llegaron a las serpenteantes escaleras que conducían a los pisos superiores, Isabella dejó escapar un suspiro de alivio y le dirigió a su marido una mirada reprobatoria.

-Si lo que querías era avergonzarme, lo has hecho muy bien... ¿Qué estás haciendo? - El vestido se le había aflojado a la altura de los hombros y cayó en la cuenta, desconcertada y sorprendida, de que Edward le había desabrochado varios botones-. Edward -si seó-, ¡no te atrevas!¡No, para ya! -Trató de alejarse de él, pero la alcanzó sin problemas.

-Te queda un minuto.

-No seas tonto -le dijo sin más-. De ningún modo podre mos llegar a la habitación en menos de un minuto y tú no... -. Dejó la frase a la mitad, soltó un pequeño chillido al notar que Edward le desabrochaba otro botón y se giró para apartar las traviesas manos de su marido. No obstante, en cuanto lo miró a los ojos se dio cuenta, por difícil de creer que fuera, de que estaba más que dispuesto a cumplir su amenaza-. Edward, ni se te ocurra.

-Sí. -Sus ojos reflejaban cierta diversión felina y en su rostro se adivinaba una expresión que Isabella había llegado a conocer muy bien.

La mujer se recogió las faldas y se dio la vuelta para comenzar al, correr escaleras arriba, jadeando entre ataques de carcajadas provo cados por el pánico.

-¡Eres imposible! No te acerques a mí... Eres... ¡Señor, si alguien nos ve de esta manera, nunca te lo perdonaré!

Edward la siguió con aparente tranquilidad; pero, por supuesto, él no tenía que luchar contra una maraña de faldas y ropa interior que lo retrasaran. Isabella alcanzó el descansillo y giró hacia el siguiente tramo; le dolían las rodillas mientras las piernas continuaban su desesperado ascenso, peldaño tras peldaño. El peso de sus faldas le resultaba insoportable y tenía los pulmones a punto de estallar. Maldito fuera por hacerle aquello... y maldita ella por esas risillas que no dejaban de salir de su propia garganta.

-Treinta segundos -lo escuchó decir a sus espaldas, y, justo en ese instante, alcanzó el segundo piso con un resoplido.

Quedaban tres larguísimos pasillos antes de llegar a su habitación... y, desde luego, nada de tiempo. Se agarró la parte delantera del vestido y miro a uno y otro lado de los pasillos que se abrían a partir del descansillo de las escaleras. Corrió hasta la primera puer ta que encontró, que resultó ser un pequeño armario sin luz. De pronto, se vio envuelta por el olor del lino almidonado, y los dis tintos estantes repletos de sábanas y toallas planchadas resultaban visibles tan sólo por la luz que provenía del pasillo.

-Entra -murmuró Edward, que la empujó hacia el cuarto y cerró la puerta.

Al instante, Isabella quedó engullida por la oscuridad. La risa bullía en su pecho al tiempo que intentaba apartar sin mucho éxito las manos que la buscaban. De repente, tuvo la sensación de que su marido tenía más manos que un pulpo, ya que le desabrochaba la ropa y se la quitaba con más rapidez de la que ella era capaz de em plear para contrarrestar sus movimientos.

- ¿Qué pasa si nos hemos quedado encerrados? -preguntó cuando el vestido cayó al suelo.

-Derribaré la puerta -replicó Edward, que tiraba de las cintas de sus calzones-. Después.

-Si nos sorprende una de las doncellas, nos echarán del hotel.

-Las doncellas han visto peores cosas, puedes creerme. -Edward pisó el vestido cuando le bajó los calzones hasta los tobillos.

Ella emitió unas cuantas protestas más, ninguna de ellas con ver dadero entusiasmo, hasta que Edward metió una mano entre sus muslos y encontró la evidencia de su excitación, tras lo cual toda objeción dejó de tener sentido. Isabella abrió la boca para besar lo, devolviéndole con ansias la fuerte y acariciante presión de sus la bios. La aterciopelada entrada de su cuerpo se acomodó con facili dad al tamaño de su marido, y no pudo reprimir un gemido cuando notó los dedos de Edward allí abajo, separándola de modo que los envites de sus caderas rozaran el sensible botón de su sexo.

Forcejearon para acercarse más el uno al otro, flexionando sus cuerpos, derritiéndose sin remedio, y cada beso era una invasión ex ploradora que la excitaba más y más. El corsé le apretaba demasia do, pero la constricción le provocó una inesperada oleada de placer, como si toda su capacidad de sentir se hubiera trasladado a la parte inferior de su cuerpo y hubiera quedado atrapada entre todos aque llos tejidos inflamados por el deseo. Isabella hundió los dedos en las ropas de Edward cuando sintió que el anhelo estaba a punto de convertirse en locura. Edward la penetró con embestidas profun das y un ritmo constante, hasta que el clímax los recorrió a ambos como una, descarga; sus pulmones se llenaron con el límpido olor del lino planchado y sus extremidades enlazadas se tensaron como si se negaran a dejar escapar la sensación que se extendía entre ellas.

-Maldita sea -murmuró Edward pocos minutos después, cuando recuperó el aliento.

-¿Qué pasa? -susurró Isabella, cuya cabeza descansaba sobre la solapa, del abrigo de él.

-A partir de ahora, el olor de la ropa almidonada me provoca rá una erección.

-Pues es problema tuyo -replicó ella con una lánguida sonrisa, pero jadeó con fuerza al sentir que el cuerpo de Edward, que aún seguía dentro de ella, volvía a endurecerse.

-y tuyo también -le dijo justo antes de atrapar su boca en la oscuridad

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Holisss lo prometido es deuda y creo que con esto cerramos la luna de miel! Si que destilaron miel estos tortolitos *_* ¿Qué pasara ahora que están de vuelta? Les dé una pista…. Quedan asuntos pendientes! No se olviden de James D:

Gracias por leer, gracias x agregar esta Adaptación-perdonen los errores- a sus alertas y favoritos y gracias por los increíbles comentarios que dejan sobre esta pareja, todas vosotras pertenecen a mi equipo de historias de época y desde ya les digo que apenas termine esta les tengo otra igual de *O*¨que esta ;)

Nos leemos en el transcurso de semana lo prometo, así tenga que ir otra vez al cyber ;)

XoXo

¿Review?