La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.

Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.

Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.

También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.

Gracias por los reviews, me han dado mucha risa y me hacen muy feliz hehehehe, pido disculpas por la cantidad de errores espero que cuando esté terminada la suba corregida

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Poco después de que Edward y Isabella regresaran a Inglate rra, se vieron obligados a enfrentarse con la inevitable interacción de dos familias que no podrían haber sido más diferentes. La ma dre de Edward, Elizabeth, quiso que fueran a cenar para que todos pudieran conocerse, ya que no había sido posible hacerla antes de la boda. A pesar de que Edward le había advertido a Isabella lo que debía esperar y ella, a su vez, se había esforzado por preparar a su madre y a su hermano, sospechaba que el encuentro 'traería, como mucho, resultados variopintos.

A Dios gracias, Seth se había reconciliado felizmente con el he cho de que Edward Masen fuese su cuñado. Como se había convertido en un chico alto y delgaducho en los pasados meses, le sacaba varios cen tímetros a Isabella cuando, se dispuso a abrazarla en el salón de su casa. Su cabello castaño dorado se había aclarado de forma conside rable gracias a todo el tiempo que había pasado al aire libre y sus ojos azules destacaban, brillantes y sonrientes, en su rostro bronceado.

-No podía creer lo que veían mis ojos cuando leí la carta de mamá en la que me contaba que ibas a casarte con Edward Masen -le dijo-. Después de todas las cosas que has dicho sobre él estos dos últimos años...

-Seth -lo reprendió Bella-. ¡No te atrevas a repetir nada de eso!

Sin parar de reír, Seth mantuvo un brazo alrededor de su hermana y le tendió la otra mano a Edward.

-Felicidades, señor. -Mientras se estrechaban las manos, dijo con picardía-. En realidad, no me ha sorprendido ni lo más mínimo. Mi hermana se ha quejado de usted tanto y durante tanto tiempo que sabía que debía de sentir algo fuerte por usted.

La cálida mirada de Edward se posó sobre su esposa, que había fruncido el ceño.

-No puedo imaginarme de qué podía quejarse... -dijo con descaro.

-Creo que dijo... –comenzó Seth y, acto seguido, compuso una mueca exagerada cuando Bella le dio un codazo en costillas-. De acuerdo, no diré nada -dijo al tiempo que alzaba las manos a la defensiva sin dejar de reír, mientras se apartaba de ella-. Me limitaba a mantener una conversación educada con mi recién estrenado cuñado.

-En las «conversaciones educadas» se habla sobre el tiempo, o se pregunta acerca de la salud de alguien -le informó Isabella -. En absoluto se discute acerca de ciertas revelaciones potencialmente embarazosas que una hermana haya hecho en confidencia.

Deslizando un brazo alrededor de la cintura de Isabella, Edward la apretó contra su pecho y bajó la cabeza para susurrarle al oído -Puedo hacerme una ligera idea de lo que dijiste. Después de todo, te mostrabas muy dispuesta a decírmelo cara a cara.

Al escuchar la nota de diversión en su voz, Isabella se relajó contra él.

Como nunca había visto a su hermana relacionarse de forma tan cómoda con un hombre y tras haber observado los cambios que se habían producido en ella, Seth sonrió.

-Diría que el matrimonio te sienta muy bien, Isabella.

Justo entonces, René entró en la habitación y se apresuró a llegar al lado de su hija con un grito de alegría.

-Cariño, ¡te he echado tanto de menos! -La abrazó con fuerza y se giró hacia Edward con una brillante sonrisa-. Querido señor Masen, bienvenido a casa. ¿Le ha gustado París?

-Mucho, más de lo que puedo expresar con palabras -replicó Edward con calidez al tiempo que se inclinaba a besarla en la mejilla que le ofrecía. No miró a Isabella cuando añadió-. Disfruté especialmente del champán.

-Vaya, no me cabe duda -respondió René-. Estoy segura de que cualquiera que... Isabella, querida, ¿qué estás haciendo?

-Sólo quiero abrir la ventana -dijo Isabella con voz estrangulada; su rostro había adquirido el color de las remolachas al escuchar el comentario de Edward y recordar la noche que él había utilizado una copa de champán para un uso especialmente creativo-. Hace un calor espantoso aquí dentro...

¿Por qué demonios están cerradas las ventanas en esta época del año? -Sin mirar a nadie a la cara, forcejeó con el pestillo hasta que Seth fue a ayudarla.

Mientras Edward y René conversaban, Seth abrió la ventana y esbozó una sonrisa al ver que Isabella colocaba el rostro de modo que la brisa refrescara sus sonrojadas mejillas.

-Debe de haber sido toda una luna de miel -murmuró con una sonrisa pícara.

-¡Se supone que tú no debes saber nada acerca de esas cosas!-susurró Isabella.

Seth emitió un resoplido.

-Tengo catorce años, Isabella, no cuatro. -Inclinó la cabeza hacia la de su hermana-. De modo que... ¿por qué te casaste con el señor Masen? Mamá dice que es porque te colocó en una posición comprometida, pero conociéndote como te conozco, sé que eso no es todo. Una cosa es segura: no dejarías que nadie te comprometiera a menos que quisieras. -El brillo de diversión se esfumó de sus ojos y le preguntó de forma más seria-: ¿Ha sido por su dinero? He visto las cuentas de los gastos de la casa... Es obvio que no teníamos ni dos chelines.

-No fue sólo por el dinero. - Isabella podía presumir de haber sido siempre franca con su hermano, pero le resultaba difícil admitir la verdad, incluso ante sí misma-. Me puse enferma en Stony Cross y el señor Masen se mostró inesperadamente amable conmigo. Y cuando comencé a mostrarme menos grosera con él, descubrí que él y yo tenemos una especie de... Bueno, de afinidad...

-¿Intelectual o física? -La sonrisa de Seth regresó, cuando el muchacho leyó la respuesta en sus ojos-. ¿Ambas? Eso está bien. Dime, ¿estás ena...?

-¿Qué andáis cuchicheando? -preguntó René con una carcajada, al tiempo que les hacía un gesto para que se apartasen de la ventana.

-Le estaba suplicando a mi hermana que no intimidara con la mirada a su flamante marido -replicó Seth, y Isabella puso los ojos en blanco.

-Gracias -le dijo Edward con seriedad-. Como podrás imaginar, hace falta una enorme fortaleza para lidiar con una esposa semejante, pero hasta ahora he conseguido... -Se detuvo con una sonrisa al contemplar la mirada amenazadora de Isabella -. Me acabo de dar cuenta de que tu hermano y yo deberíamos compartir nuestras confidencias masculinas fuera; entretanto, puedes contarle a tu madre todo sobre París. Seth, ¿te gustaría dar una vuelta en mi faetón?

Su hermano no necesitó más estímulos.

-Espere que coja mi sombrero y mi abrigo y...

-No te molestes en ponerte el sombrero -le advirtió Edward de forma lacónica-. No serías capaz de mantenerlo sobre la cabeza durante más de un minuto.

-Señor Masen -gritó Isabella tras ellos-, si hiere o mata a mi hermano, se quedará sin cenar.

Edward gritó algo incomprensible por encima del hombro y ambos desaparecieron por la puerta del vestíbulo.

-Los faetones son demasiado ligeros y rápidos, y vuelcan con demasiada facilidad -dijo René, que fruncía el ceño por la preocupación-. Espero que el señor Masen sea un conductor avezado.

-En exceso -comentó Isabella con una sonrisa tranquilizadora-. Nos trajo hasta aquí desde el hotel a un paso tan tranquilo, que me hizo pensar que íbamos en un pesado y antiguo carruaje familiar. Seth no podría estar en mejores manos, te lo prometo.

Durante la hora siguiente, las dos mujeres permanecieron sentadas en el saloncito y compartieron una tetera mientras discutían todo lo que había ocurrido durante los últimos quince días. Tal y como Isabella esperaba, René no hizo ninguna pregunta sobre los aspectos más íntimos de la luna de miel, absteniéndose de entrometerse en la intimidad de la pareja. De cualquier forma, estaba demasiado interesada en las descripciones de los muchos extranjeros que había conocido Isabella y de las fiestas a las que había asistido. La vida de los ricos empresarios industriales le era desconocida; de modo que prestó toda su atención mientras su hija se esforzaba por describírselos.

-Cada vez hay más gente de esa que llega a Inglaterra -señaló René- para emparejar sus fortunas con títulos.

-Como los Cullen- dijo Isabella.

-Sí. Parece que con cada temporada, nos vemos invadidos por un número creciente de americanos... y Dios sabe que ya es bastante difícil atrapar a un noble. Es obvio que no necesitamos más competencia. Me alegrará muchísimo que todo este frenesí empresarial se asiente por fin y las cosas vuelvan a ser tal y como eran antes.

Isabella sonrió a regañadientes mientras se preguntaba cómo podría explicarle a su madre que, según todo lo que había visto y oído, el proceso de la expansión industrial tan sólo acababa de empezar... y que las cosas jamás volverían a ser como habían sido. Isabella apenas había empezado a comprender la transformación que los ferrocarriles, los barcos de hélice y las fábricas mecanizadas llevarían a cabo en Inglaterra y en el resto del mundo. Aquéllos eran los temas que Edward y sus conocidos habían discutido durante las cenas, en lugar de los temas habituales de las clases superiores, como la caza y las fiestas campestres.

-Dime, ¿te llevas bien con el señor Masen? -preguntó René-. Desde luego, parece que así es.

-Oh, claro que sí. Sin embargo, diría que el señor Masen no se parece a ninguno de los hombres que tú o yo hayamos conocido jamás. Los caballeros a los que estamos acostumbradas... Bueno, sus mentes no funcionan como la suya. Él.. él es un progresista...

-¡Ave María Purísima! -exclamó René con cierto desagrado-. ¿Te refieres al imbito político?

-No... - Isabella hizo una pausa y compuso una mueca cómica que reflejaba que ni siquiera sabía a qué partido estaba afiliado su marido-. En realidad, después de escuchar alguno de sus puntos de vista, no me cabe duda de que es un Whig, o incluso un liberal...

-¡Qué Dios nos ampare! Tal vez dentro de algún tiempo puedas persuadirle de que tome otra dirección.

Aquello hizo que Isabella se echara a reír.

-Lo dudo mucho. Pero ése no ,es realmente el problema, porque... Mamá, en realidad, estoy empezando a creer que, algún día las opiniones de esos empresarios y mercantilistas pesarán más que las de la nobleza. Tan sólo su influencia financiera...

- Isabella -la interrumpió René con suavidad-, creo que es algo maravilloso que desees apoyar a tu marido. Sin embargo un hombre que se dedica al comercio jamás llegará a ser tan influyente como un aristócrata. No en Inglaterra, desde luego.

De pronto, su conversación se vio interrumpida por la repentina entrada de Seth en el salón. Estaba despeinado y con los abiertos como platos.

-¿Seth? -exclamó Isabella con preocupación antes de ponerse en pie de un salto-. ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está el señor Masen?

-Paseando a los caballos alrededor de la plaza para tranquilizarlos.

-Meneó la cabeza y dijo casi sin aliento-. Ese hombre es un lunático. Hemos estado a punto de volcar al menos tres veces; casi atropellamos a media docena de personas y me he sacudido tanto que tengo la parte inferior del cuerpo negra y azul. Si hubiera tenido aliento, habría empezado a rezar, porque estaba claro que nos íbamos a morir. Masen tiene los caballos más alevosos que he visto en toda mi vida y suelta unos juramentos tan ofensivos que tan sólo uno de ellos habría bastado para que me expulsaran de la escuela...

-Seth -comenzó Isabella a modo de disculpa, abrumada ante la idea de que Edward hubiese tratado a su hermano de un modo tan siento tan...

-¡Sin duda ha sido la mejor tarde de toda mi vida! -continuó Isabella lleno de júbilo,-. Le supliqué a Masen que saliéramos mañana a dar otra vuelta, y dijo que lo haría si tenía tiempo... Dios, ¡ese hombre es todo un fenómeno, Isabella! "Voy a por un poco de agua... Tengo una capa de un centímetro de polvo adherida a la garganta.

-Salió corriendo con una carcajada adolescente mientras su madre y su hermana lo observaban 'sin pestañear y con la boca abierta.

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Esa misma noche, algo más tarde, Edward llevó a Isabella, a Seth y a su madre al domicilio que había sobre la carnicería, donde sus padres seguían viviendo. Éste consistía en tres habitaciones principales y una escalera estrecha que conducía al ático de la tercera planta; el lugar era pequeño, aunque estaba bien acondicionado.

Aun así, Isabella podía leer la perpleja desaprobación en el rostro de su madre, ya que René no podía comprender por qué los Masen no querían vivir en una bonita casa en la ciudad o, incluso, en una adosada. Cuanto más se empeñaba Isabella en explicarle que los Masen no sentían vergüenza alguna de su profesión y que no deseaban escapar del estigma que suponía pertenecer a la clase trabajadora, más confusa se sentía René. Molesta por la sospecha de que su madre se estaba mostrando deliberadamente obtusa, Isabella había abandonado todo intento de discutir sobre la familia de Edward y se había puesto de acuerdo en secreto con Seth para evitar que Isabella dijera algo desdeñoso delante de ellos.

-Lo intentaré -le había dicho Seth sin mucha convicción-. Pero ya sabes que mamá nunca se ha llevado muy bien con la gente que es diferente a nosotros.

Ante lo cual, Isabella suspiró con exasperación.

-Dios no quiera que pasemos una noche con gente que no sea exactamente igual que nosotros. Podríamos aprender algo malo. O peor aún, podríamos incluso divertimos... ¡Qué vergüenza!

Una sonrisa extraña apareció en los labios de su hermano. -No seas demasiado dura con ella, Isabella. No hace mucho que tú mostrabas el mismo desdén por los de los peldaños inferiores.

-¡De eso nada! Yo... - Isabella había hecho una pausa frunciendo el ceño con ferocidad para, después, soltar un suspiro-. Tienes razón, yo también era así, aunque ahora no sé por qué. Trabajar no es nada deshonroso, ¿verdad? Desde luego, a mí me parece mucho más admirable que holgazanear.

Seth no pudo dejar de sonreír.

-Has cambiado -fue su único comentario. A lo que Isabella replicó sin ganas:

-Puede que eso no sea tan malo.

En esos momentos, mientras ascendían por las estrechas escaleras que llevaban desde la carnicería a las habitaciones privadas de los Masen, Isabella era consciente del sutil comedimiento en los modales de Edward, la única señal de la inseguridad que sentía. Era obvio que estaba preocupado acerca de cómo «se llevarían», tal y como lo había expresado Seth, ella y su familia. Decidida a que la noche fuera un éxito, Isabella esgrimió una sonrisa decidida que ni siquiera se tambaleó cuando escuchó la conmoción en la residencia Masen: una cacofonía de gritos de adultos, chillidos infantiles y golpes que hacía pensar que estuvieran tumbando muebles.

-¡Madre bendita! -exclamó René-. Eso parece... parece...

-¿Una reyerta? -apuntó Edward tratando de servir de ayuda-. Podría serio. En mi familia no siempre es fácil distinguir una conversación de salón de una pelea en el cuadrilátero.

Cuando entraron en la habitación principal, Isabella trató de identificar la multitud de rostros: estaba la hermana mayor de Edward, Kate, madre de media docena de niños que se movían como los toros de Pamplona a través del pequeño circuito de habitaciones; también estaban el marido de Kate, los padres de Edward, tres hermanos pequeños y una hermana menor llamada Irina, cuya sombría serenidad resultaba extrañamente discordante en todo aquel tumulto.

Por lo que Edward le había contado, sentía un cariño especial por Irina, que era bastante distinta a sus alborotadores parientes, tímida y aficionada a la lectura.

Los niños se arremolinaron alrededor de Edward que demostró poseer una sorprendente facilidad para tratar con ellos; los lanzó con pericia al aire y consiguió inspeccionar simultáneamente la nueva caída de un diente y aplicar un pañuelo a una nariz mocosa. Los primeros minutos del recibimiento fueron algo confusos, con distintas rondas de presentaciones a gritos, los niños corriendo de un lado para otro y los alaridos indignados de un gato que estaba aposentado junto a la chimenea y que acababa de ser mordido por un perrito curioso. Isabella tenía esperanzas de que las cosas se calmaran después de aquello pero, a decir verdad, la algarabía general continuó toda la noche. De vez en cuando, echaba un vistazo a la rígida sonrisa de su madre, a la relajada diversión de Seth y a la cómica exasperación que sufría Edward cuando todos sus esfuerzos por tranquilizar aquel manicomio obtenían escasos resultados.

El padre de Edward, Antoni, era un hombre enorme e imponente, con unos rasgos que, sin esfuerzo alguno, habrían bastado para intimidar a la austeridad en persona. De forma ocasional, sus ojos se suavizaban con una sonrisa que no era tan carismática como la de Edward, pero que poseía su propio y sereno encanto. Isabella se las apañó para mantener una conversación amistosa con él, ya que estaba sentada a su lado durante la cena. Por desgracia parecía que las dos madres no se comunicaban muy bien. La causa no parecía ser tanto el desagrado como una completa incapacidad de relacionarse la una con la otra. Sus vidas, el cúmulo de experiencias que las había creado y había dado forma a sus puntos de vista, no podrían haber sido más distintos.

La cena consistió en gruesos filetes de ternera bien cocinados, acompañados por pudin y una mínima cantidad de verduras. Isabella suprimió un melancólico suspiro cuando recordó los platos que había disfrutado en Francia y comenzó a cortar con diligencia el enorme trozo de ternera.

No mucho después, Irina la interpeló con un comentario amistoso.

- Isabella, tiene que contarnos más cosas sobre París. Mi madre y yo nos disponemos a realizar por primera vez un recorrido por el continente dentro de poco.

-Qué maravilla -exclamó Isabella -. ¿Cuándo partirán?

-Dentro de una semana, en realidad. Estaremos fuera durante al menos un mes y medio; empezaremos por Calais y terminaremos en Roma...

La conversación sobre el viaje continuó hasta que la cena hubo concluido y una doncella de la cocina se acercó con el fin de quitar los platos mientras la familia se retiraba al salón, donde tomarían el té y las pastas.

Para deleite de los niños, Seth se sentó con ellos en el suelo cerca de la chimenea y se dispuso a jugar a los palillos y a ayudarles a controlar al perrito. Isabella se sentó cerca para observar sus payasadas mientras conversaba con la hermana mayor de Edward. No se le pasó por alto que Edward había desaparecido con su madre quien, según suponía, tendría muchas preguntas que hacerle a su hijo mayor acerca de su precipitada boda y del estado de su matrimonio.

-¡Por todos los diablos! -exclamó Seth-. El perrito ha dejado un charco en la chimenea.

-Por favor, que alguien busque a la doncella y se lo diga- dijo Kate, mientras los niños lloraban de la risa ante los malos modales del animal.

Ya que Isabella era la que se había sentado más cerca de la puerta, se levanto al instante. Al entrar en la habitación contigua descubrió que la doncella de la cocina aún seguía retirando, los restos de la cena. Después de que Isabella le informara acerca del pequeño incidente, la muchacha se dirigió rápidamente al salón con un puñado de trapos. Isabella la habría seguido, pero escuchó el murmullo de una conversación procedente de la cocina y se detuvo un momento cuando oyó la voz baja y desaprobadora de Elizabeth.

-¿... y ella te ama, Edward?

Isabella se quedó helada donde estaba, escuchando atentamente la respuesta de Edward.

-La gente se casa por otras razones, además de ésa.

-Entonces no te ama -escuchó decir a Elizabeth sin más-. No puedo decir que me sorprenda. Las mujeres como ésa jamás...

-Ten cuidado -murmuró Edward-. Estás hablando de mi esposa.

-Será un bonito adorno para tu brazo -continuó Elizabeth cuando te muevas entre los de la clase alta. Pero ¿se habría casado contigo si no tuvieras dinero? ¿Se quedará contigo en los malos tiempos? Ojalá te hubieras fijado más en las chicas con las que traté de emparejarte. Esa Tanya, o Charlotte..., chicas buenas y fuertes que serían una verdadera ayuda como pareja...

Isabella no pudo soportarlo más. Controlando su expresión, se escabulló de nuevo hacia el ruido y la luz del salón.

«Bueno, eso es lo que ocurre por espiar», se dijo a si misma de mala gana al tiempo que se preguntaba si la opinión de Elizabeth sobre ella podría caer más bajo. Las críticas dolían pero tenía que reconocer que no había ninguna razón de peso para que le cayera bien a la madre de Edward, ni a su familia. De hecho, Isabella comprendió que, al ponderar todos los beneficios que traería consigo el matrimonio con Edward, jamás se le había ocurrido preguntarse qué podría darle ella a cambio.

Preocupada, se preguntó si debería contarle algo a Edward sobre lo que había oído y decidió de inmediato no hacerlo. Sacar el tema a colación sólo lo obligaría a decir algo para tranquilizarla o, tal vez, disculparse en nombre de su madre, y ninguna de las dos cosas era necesaria. Sabía que le llevaría tiempo demostrarles su valía a Edward y a su familia... y, quizá, también a ella misma.

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Mucho más tarde, esa misma noche, cuando Isabella y Edward estaban de regreso en el Rutledge, Edward la tomó por los hombros y la miró con una ligera sonrisa.

-Gracias -dijo.

-¿Por qué?

-Por mostrarte tan agradable con mi familia. -La apartó un poco y apretó los labios contra su coronilla-. Y por haber pasado por alto que son tan diferentes a ti.

Isabella se ruborizó de placer ante sus halagos y, de repente, se sintió mucho mejor.

-Me lo he pasado bien esta noche - mintió, y Edward esbozó una sonrisa.

-Yo no diría tanto...

-Bueno, puede que hubiera un momento o dos, cuando tu padre se puso a hablar sobre las entrañas de los animales..., o cuando tu hermana comentó lo que el bebé había hecho durante el baño... Pero, en conjunto, han sido muy... muy...

-¿Ruidosos? -sugirió Edward, con los ojos brillantes a causa de la diversión.

-Iba a decir «buenos».

Edward deslizó la mano por su espalda, masajeando las zonas tensas que había bajo sus omóplatos.

-Estás llevando todo este asunto de ser la esposa de un plebeyo bastante bien, considerando las circunstancias.

-En realidad, no es tan malo -musitó Isabella. Deslizó con suavidad y cierto coqueteo una mano sobre la parte delantera del cuerpo de su marido y le dedicó una mirada provocadora-. Puedo pasarlo por alto con bastante facilidad gracias a esta... impresionante... y bien dotada...

-¿Cuenta bancaria?

Isabella sonrió e introdujo los dedos en la cinturilla de su pantalón.

-No me refería a la cuenta bancaria -susurró justo antes de que la boca de Edward se uniera a la suya.

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Al día siguiente, Isabella estaba impaciente por reunirse con Rosalie y Alice, cuya suite estaba en la misma ala del Rutledge que la suya. Sin dejar de gritar y reír mientras se abrazaban, las tres causaron un enorme alboroto hasta que la señora Cullen envió a una doncella para decides que se callaran.

-Quiero ver a Angy -se quejó Isabella al tiempo que entrelazaba su brazo con el de Alice mientras se dirigían al recibidor de la suite-. ¿Cómo se encuentra?

-Se metió en un lío espantoso hace quince días por tratar de ver a su padre -replicó Alice con un suspiro-. Su situación ha empeorado y ahora se encuentra postrado en cama. Lo malo es que a Angy la pillaron escapándose de la casa y ahora su tía Victoria y el resto de la familia la mantienen encerrada.

-¿Durante cuánto tiempo?

-Indefinidamente -fue la descorazonadora respuesta;

-Dios, qué gente más odiosa -murmuró Isabella -. Ojalá pudiera ir a rescatada.

-¿No sería de lo más divertido? -susurró Alice, que se sintió al instante fascinada con la idea-. Deberíamos raptada. Llevaremos una escalera y la colocaremos bajo su ventana, y...

-...su tía Victoria nos echaría a los perros - dijo Rosalie a modo de advertencia-. Tienen dos mastines enormes que se pasean por la propiedad de noche.

-Les arrojaremos algo de carne con un somnífero -replicó Alice-. Y mientras duermen...

-Vamos, deja ya esos planes descabellados- exclamó Rosalie-. Quiero oído todo acerca de la luna de miel.

Dos pares de ojos Claros examinaron a Isabella con un interés muy poco adecuado para dos jóvenes virginales.

-¿y bien? -Preguntó Rosalie-. ¿Cómo es? ¿Es tan doloroso como dicen?

-Desembucha, Bella -la urgió Alice-. Recuerda que prometimos contárnoslo todo.

Isabella sonrió porque estaba disfrutando bastante de tener conocimientos sobre algo que aún resultaba tan misterioso para ellas.

-Bueno, en ciertos momentos resultó bastante incómodo -admitió-. Pero Edward fue muy amable y... atento... y, si bien no tengo ninguna experiencia previa con la que compararlo, no puedo creer que ningún hombre pueda llegar a ser un amante tan maravilloso.

-¿Qué quieres decir? -preguntó Rosalie.

Un cálido sonrojo tiñó las mejillas de Isabella. Con vacilación, buscó las palabras que explicaran algo que, de pronto, le resultaba imposible de describir. Se podían relatar los detalles técnicos del asunto, pero eso apenas dejaba entrever la ternura de una experiencia tan íntima.

-Las relaciones íntimas son algo que va mucho más allá de lo que jamás podríais imaginar... Al principio, te quieres morir de la vergüenza, pero después hay momentos en los que la sensación es tan maravillosa que te olvidas de todo y lo único que importa es estar cerca de él.

Se produjo un breve silencio mientras las hermanas meditaban sus palabras.

-¿Cuánto dura? -inquirió Alice.

El sonrojo de Isabella se hizo más evidente.

-En algunas ocasiones, sólo unos minutos... y en otras, unas cuantas horas.

-¿Unas cuantas horas?- repitieron ambas a la vez con una mirada atónita. Rosalie frunció la nariz con desagrado.

-¡Dios Santo! Eso suena horrible.

Isabella se echó a reír al ver su expresión.

-No es horrible en absoluto. En realidad, es estupendo.

Alice meneó la cabeza.

-Ya descubriré la manera de lograr que mi marido termine rápidamente. Hay cosas mucho mejores que hacer que pasar horas en la cama haciendo «eso».

Isabella sonrió de oreja a oreja.

-Ya que hablamos del misterioso caballero que un día será tú esposo... Debemos comenzar con los planes de estrategia para nuestra siguiente campaña. La temporada no empezará hasta enero, lo que nos deja varios meses para prepararnos.

-Rosalie y yo necesitamos un patrocinador aristócrata - dijo Alice con un suspiro-. Por no mencionar varias lecciones de etiqueta. Y, por desgracia, Bella, puesto que te has casado con un plebeyo, no tienes ninguna influencia social y estamos como al principio. -A regañadientes, añadió-: No he pretendido ofenderte, querida.

-No me has ofendido -replicó Isabella con suavidad-. De cualquier forma, Edward tiene algunos amigos entre la nobleza... Lord Jasper, para más señas.

-¡Oh, no! -dijo Alice con firmeza-. No quiero tener nada que ver con él.

-¿Por qué no?

Alice arqueó las cejas como si le sorprendiera tener que explicarlo.

-¿Porque es el hombre más insufrible que he conocido?

-Pero Jasper está muy bien situado -la engatusó Isabella -. Y es el mejor amigo de Edward. Yo tampoco lo tengo en gran estima, pero podría ser un aliado muy útil. Se dice que el título de Jasper es el más antiguo de Inglaterra. La sangre no puede ser más azul que la suya.

-Y lo sabe muy bien-dijo Alice con acritud-. A pesar de toda su cháchara populista, no es difícil darse cuenta de que en el fondo, le encanta ser un par del reino con un montón de sirvientes a los que poder mangonear.

-Me pregunto por qué Jasper no se ha casado todavía -mutó Rosalie-. A pesar de sus defectos, hay que admitir que sería un trofeo del tamaño de una ballena.

-Me sentiré encantada cuando alguien le clave arpón- murmuró Alice, con lo que consiguió que las otras dos se echaran a reír.

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Si bien la «buena sociedad» se había ausentado de Londres durante los meses más cálidos del verano, la vida en la ciudad no estaba paralizada por completo. Hasta que el Parlamento suspendiera su actividad el 12 de agosto, fecha que coincidía con la apertura de la veda del urogallo, la presencia ocasional de aristócratas aún se requería durante las sesiones vespertinas. Mientras los hombres asistían al Parlamento o se reunían en los clubes, sus esposas iban de compras, visitaban a sus amistades y escribían cartas. Por las noches, asistían a cenas, veladas y bailes que, por lo general, se prolongaban hasta las dos o las tres de la madrugada. Tal era la agenda de un aristócrata o incluso la de aquellos que tenían profesiones que se consideraban aristocráticas, como los clérigos, los oficiales de la marina o los médicos.

Para disgusto de Isabella, pronto se hizo evidente que su marido, a pesar de su riqueza y su innegable éxito, no se dedicaba ni remotamente a una profesión aristocrática. En consecuencia, a veces se veían excluidos de los acontecimientos de la clase alta en los que ella deseaba participar. Tan sólo cuando un noble se encontraba económicamente en deuda con Edward o si era un buen amigo de lord Jasper, invitaba a los Masen a su hogar. Isabella recibió muy pocas visitas de las jóvenes damas casadas que en otra época habían sido sus amigas y, aunque jamás le volvían la espalda cuando era ella la que hacía las visitas, tampoco la alentaban a que regresara. Las fronteras marcadas por la clase y la posición social eran imposibles de atravesar. Incluso la esposa de un vizconde que se había arruinado debido a los hábitos de juego y las maneras despilfarradoras de su marido y que, por consiguiente, vivía en una residencia destartalada con tan sólo dos sirvientes para atenderla, parecía determinada a conservar su superioridad sobre Isabella. Después de todo, su marido, a pesar de sus imperfecciones, era un noble; y Edward Masen era un despreciable empresario.

Echando humo tras el frío recibimiento de la esposa del vizconde, Isabella fue a ver a Rosalie y a Alice con el fin de despotricar acerca del montón de desaires y desconsideraciones que había sufrido. Ambas le mostraron sus simpatías y rieron al escuchar sus apasionadas quejas.

-¡Tendríais que haber visto su salón! - dijo Isabella, que se paseaba de un lado a otro por delante de las hermanas, sentadas en el canapé de la sala de visitas-. Todo estaba lleno de polvo y las tapicerías estaban deshilachadas, había manchas de vino por toda la alfombra y lo único que esa, mujer hacía era arrugar la nariz y mirarme con lástima por haberme casado por debajo de mis posibilidades. «Por debajo de mis posibilidades», dijo, cuando todo el mundo sabe que su marido no es más que un estúpido embrutecido por el alcohol que se gasta cada chelín en la mesa de dados... Puede que sea un vizconde, pero no es digno ni de lamerle a Simón la suela la de los zapatos, y os juro que me las vi y me las deseé para no decirle a ella eso mismo.

-¿y por qué te contuviste? -preguntó Rosalie con indiferencia-. Yo le habría dicho exactamente lo que pensaba sobre su estúpido esnobismo.

-Porque no se consigue nada tratando de discutir con gente así. - Isabella frunció el ceño-. Aunque Edward evitara que una docena de personas murieran ahogadas, jamás sería contemplado con la misma admiración que cualquier viejo noble gordo que se quedara sentado y sin mover un dedo para ayudar.

Alice alzó las cejas ligeramente.

-¿Te arrepientes de no haberte casado con un aristócrata?

-No -dijo Isabella al instante y agachó la cabeza como si de pronto, se sintiera avergonzada-. Pero supongo... supongo que hay momentos en los que no puedo evitar desear que Edward fuese un noble.

Rosalie la miró con un poco de preocupación.

-Si pudieras volver atrás y cambiar las cosas, ¿elegirías a lord Black en lugar de al señor Masen?

-Dios Santo, no. -Con un suspiro, Isabella se dejo caer sobre un taburete de costura y la posición hizo que se hincharan a su alrededor las faldas de su vestido de seda verde estampada con flores diminutas-. No me arrepiento de mi elección, pero me duele no poder asistir al baile de los Wymark. O a la velada que tiene lugar en Gilbreath House. O a cualquiera de los acontecimientos a los que asiste la gente de la alta sociedad. En cambio, el señor Masen y yo asistimos en la mayoría de las ocasiones a fiestas que una clase de persona muy diferente.

-¿Qué tipo de personas? -preguntó Alice.

Como Isabella vacilaba, Rosalie respondió con una voz cargada de sarcasmo.

-Diría que Isabella se refiere a los advenedizos, a toda esa gente que tiene nuevas fortunas, valores de la clase baja y modales vulgares. En otras palabras, gente como nosotras.

-No -dijo Isabella al instante, y ambas hermanas se echaron a reír.

-Sí -dijo Rosalie con dulzura-. Te has casado con alguien de nuestro mundo, querida, y no perteneces a él más de lo que nosotras perteneceríamos a la nobleza si consiguiéramos atrapar a un marido con título. A decir verdad, no podría importarme menos no mezclarme con los Wymark o con los Gilbreath, que son mortalmente aburridos e intolerablemente engreídos.

Isabella la observó con un ceño meditabundo al darse cuenta de pronto de que su situación le proporcionaba una nueva ventaja.

-Jamás me había cuestionado si eran o no aburridos -murmuró-. Supongo que siempre he querido ascender hasta el peldaño más alto sin ni siquiera pararme a pensar si me gustaría la vista que se observa desde allí. Pero ahora la cuestión carece de importancia, por supuesto. Y debo encontrar una forma de adaptarme a una vida distinta a la que me había imaginado -Reposó los codos sobre las rodillas, apoyó la barbilla en las manos y añadió a regañadientes- Sabré que lo he conseguido cuando ya no me duela ser desairada por la esposa de cara agria de algún vizconde.

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De forma irónica, los Masen fueron invitados esa misma semana al baile que ofrecía- lord Vulturi, quien estaba secretamente en deuda con Edward por los consejos que le había dado acerca de cómo reestructurar el menguante equilibrio familiar de inversiones y activos .Era un acontecimiento al que asistiría un gran número de personas y Isabella no podía evitar sentirse emocionada. Ataviada con un vestido de baile color amarillo limón y con el cabello peinado en bucles sujetos por un cordoncillo de seda amarillo, entró al salón del brazo de Edward. La sala, flanqueada por columnas de mármol blancas, estaba bañada con el parpadeante resplandor de ocho arañas, y el aire estaba perfumado con la fragancia de los enormes arreglos de rosas y peonías. Tras aceptar una copa de champán helado, Isabella se mezcló de buena gana con amigos y conocidos, gozando de la serena elegancia de la reunión. Ésa era la gente a la que siempre había comprendido y tratado de emular: civilizada, de modales correctos y versados en música, arte y literatura. Esos caballeros jamás soñarían con discutir sobre política o negocios delante de una dama, y todos ellos preferirían recibir un tiro antes de mencionar el coste de las cosas o especular de manera abierta sobre si alguien más merecía la pena.

Bailó a menudo, con Edward y con otros hombres, riendo, charlando de manera relajada y descartando con habilidad los cumplidos que le llovían. A mitad de la noche, contempló a Edward desde el otro lado de la sala mientras él conversaba con amigos y experimentó la súbita urgencia de acercarse a él. Una vez que se hubo librado de un par de jóvenes persistentes, se dirigió al borde del salón de baile, donde el espacio tras las columnas proporcionaba un oscuro pasillo. Entre las columnas, había canapés y pequeños corros de sillas que proveían un espacio para que los invitados se relajaran y charlaran. Pasó tras un grupo de viudas y después por detrás de un grupo de desconsoladas floreros que le provocó una sonrisa de empatía. Cuando caminaba tras un par de mujeres, no obstante, escuchó algunas palabras que hicieron que se detuviera, oculta tras el escudo de una exuberante maceta de palmas.

-...no sé por qué los han invitado esta noche -decía con furia una de ellas. Isabella reconoció la voz como la de una de sus antiguas amigas, en aquel momento lady Jessica, que había hablado con ella tan sólo unos minutos antes con escasa simpatía-. Menuda presumida es, con ese vulgar diamante en su dedo y su maleducado marido... ¡Y ni el menor rastro de vergüenza!

-No le durará mucho la presunción -fue la respuesta de su amiga-. Todavía no se ha dado cuenta de que únicamente los invitan a los hogares de aquellos que están económicamente en deuda con él. O aquellos que son amigos de Jasper, por supuesto.

-Jasper es un aliado importante -admitió lady Jessica-. Pero su aprobación sólo puede ayudarles hasta cierto punto. El caso es que deberían tener el suficiente buen gusto como para no presentarse en lugares a los que no pertenecen. Se casó con un plebeyo y, por tanto, debería mezclarse con los plebeyos. No obstante, supongo que se cree demasiado buena para ellos...

Disgustada y hundida, Isabella se apartó sin ser vista de las mujeres que hablaban y se dirigió a uno de los rincones de la sala.

«Realmente debería abandonar esta costumbre de escuchar a escondidas», pensó con ironía al recordar la noche que había escuchado los comentarios de Elizabeth Masen acerca de ella. «Al parecer, lo único que oigo son cosas poco halagüeñas sobre mí misma.»

No le sorprendió que hubiera rumores sobre Edward y ella... Lo que la había dejado atónita había sido la crueldad del tono de las mujeres. Le resultaba imposible imaginar el motivo de semejante antipatía..., salvo, quizá, que fuese la envidia. Isabella había conseguido un marido apuesto, viril y rico, mientras que lady Jessica se había casado con un noble que por lo menos era treinta años mayor que ella y que poseía el carisma de una maceta.

No era de extrañar que lady Jessica y sus contemporáneas estuvieran decididas a mantener la única superioridad que poseían: ser miembros de la aristocracia.

Isabella recordó el comentario de René: «Un hombre que se dedica al comercio jamás llegará a ser tan influyente como un aristócrata...» Sin embargo, a ella le parecía que la aristocracia tenía miedo del creciente poder de los empresarios industriales como Edward. Muy pocos se mostrarían tan inteligentes como lord Jasper y comprenderían que debían hacer algo más que aferrarse a los antiguos privilegios de los terratenientes para mantener su poder.

Sorteando un par de columnas, Isabella echó un vistazo a la multitud distinguida que llenaba la estancia..., tan arrogante, tan embebida en sus maneras tradicionales de pensar y de comportarse..., tan decidida a ignorar que el mundo que la rodeaba había comenzado a cambiar. Aun así, encontraba su compañía infinitamente más reconfortante que la tosca y, a menudo, inmadura conducta de los amigos empresarios de Edward. De cualquier forma, ya no los miraba con asombro o anhelo. De hecho... Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un caballero que se acercó a ella con dos copas de champán helado. Era corpulento, se estaba quedando calvo y los pliegues de su cuello sobresalían por encima de la corbata de seda. Isabella gimió para sus adentros al reconocerlo lord Newton, el marido de la señora que la había criticado antes con tanto resentimiento. Por la manera en que su ávida mirada se deslizó sobre sus pechos cubiertos con pálido satén, parecía no compartir el deseo de su esposa de que Isabella se hubiera abstenido de asistir al baile.

Mike Newton, cuya inclinación por las relaciones extramaritales era bien conocida, se había acercado a Isabella un año antes para dejar caer de forma inconfundible que estaba más que dispuesto a ayudarla con su problema económico a cambio de su compañía. El hecho de que ella lo hubiese rechazado no habla desalentado su interés, al parecer. Así corno tampoco las noticias de su matrimonio. Para los aristócratas como Mike, el matrimonio no suponía un impedimento para una aventura... Si acaso, era un aliciente. «Jamás te acuestes con una soltera» era un dicho común entre, los nobles y las aventuras amorosas un privilegio del que los caballeros y las damas casados disfrutaban a menudo. Nada resultaba tan atractivo para un par del reino como la joven esposa de otro hombre.

-Señora Masen -dijo Mike con jovialidad, al tiempo que le tendía una copa de champán que ella aceptó con una fría sonrisa de agradecimiento-. Esta noche está tan hermosa corno una rosa de verano.

-Gracias, milord -respondió Isabella con modestia. -¿A qué debemos atribuir este obvio resplandor de felicidad, querida mía?

-A mi reciente matrimonio, señor.- Mike se echó a reír entre dientes.

-Sí, recuerdo muy bien los primeros días de matrimonio. Disfrute del placer mientras dure, porque es demasiado efímero.

-Para algunos, tal vez. Para otros puede durar, toda una vida.

-Qué deliciosamente ingenua es usted, querida mía. -Le dedicó una sonrisa burlona antes de volver a bajar la mirada hada sus pechos-. Sin embargo, no le arruinaré semejantes ideas románticas, ya que desaparecerán a su debido tiempo.

-Lo dudo mucho -dijo Isabella, lo cual hizo que el hombre soltara una carcajada.

-¿Ha demostrado Masen ser un marido satisfactorio, entonces?

-En todos los aspectos -le aseguró.

-Venga, seré su confidente y encontraremos algún rincón apropiado para hablar. Conozco muchos.

-No me cabe duda -replicó Isabella con ligereza-, pero no tengo ninguna necesidad de confidencias, milord.

-Insisto en robarle algo de su tiempo durante un momento. -Mike colocó una de sus manos en la parte baja de la espalda de Isabella -. No será tan estúpida corno para montar un alboroto, ¿no es cierto?

A sabiendas de que la única defensa era tomarse a la ligera su persistencia, Isabella sonrió y le dio la espalda, sorbiendo su champán con estudiada despreocupación.

-No me atrevería a ir a ningún sitio con usted, milord. Me temo que mi marido posee un temperamento bastante celoso.

Dio un pequeño respingo cuando escuchó la voz de Edward detrás de ella.

-Con buenos motivos, al parecer.

Aunque había hablado en voz baja, había una nota mordaz en su tono que alarma Isabella. Lo contempló en silencio rogándole, suplicándole, que no hiciera una escena. Lord Newton era irritante, pero inofensivo, y Edward los convertiría en el objeto de todas las burlas si reaccionaba de forma exagerada ante aquella situación.

-Masen- murmuró el corpulento aristócrata con una sonrisa y sin la más mínima vergüenza-. Es usted un hombre afortunado al poseer un premio tan delicioso.

-Sí, así es. -La verde mirada de Edward era, a todas luces, amenazadora-. Y si usted vuelve a acercarse a ella de nuevo...

-Cariño -lo interrumpió Isabella con una sonrisa caprichosa-. Adoro ese carácter primitivo tuyo, pero dejémoslo para después del baile.

Edward no respondió, pero no apartó la mirada de Mike hasta que su postura amenazadora llamó la atención de la gente que se encontraba en las proximidades.

-Manténgase lejos de mi esposa -dijo con suavidad, logrando que el otro hombre palideciera.

-Buenas noches mi lord -dijo Isabella, que se bebió el resto de su copa y le dedicó al hombre una radiante y falsa sonrisa-. Gracias por el champán.

-Un placer, señora Masen -fue la malhumorada respuesta de Mike, que se retiró con toda rapidez.

Sonrojada por la vergüenza, Isabella evitó las miradas curiosas de los demás invitados y abandonó el salón con Edward pisándole los talones. Se abrió camino hasta un balcón, dejó la copa y permitió que la suave brisa refrescara sus ardientes mejillas.

-¿Qué te ha dicho? -preguntó Edward bruscamente, de pie delante de ella.

-Nada importante.

-Te estaba haciendo una proposición... Todo el mundo se ha dado cuenta de eso.

-Para él no significa nada, ni para nadie más aquí. Así es como son todos; sabes muy bien que esas cosas nunca se toman en serio. Para ellos, la fidelidad es un... un prejuicio de la clase media. Y si un hombre se acerca a la esposa de otro, como ha hecho lord Newton, nadie le da la menor importancia...

-Pues tiene una importancia enorme cuando es a mi esposa a la que se acercan.

-Si reaccionas de una manera tan beligerante nos convertirás en un hazmerreír... y, además, eso no demostraría fe alguna en mi fidelidad.

-Tú misma has dicho que los de tu clase ni siquiera creen en la fidelidad.

-No son los de mi clase -le espetó Isabella, que había perdido los nervios-. ¡No desde que me casé contigo, al menos! Ya no sé cuál es mi lugar... No está con esa gente, pero con la tuya tampoco.

Su expresión no se alteró, pero ella pudo darse cuenta de que lo había herido. Súbitamente contrita, suspiró y se frotó la frente.

-Edward, no pretendía decir...

-No pasa nada -dijo con sequedad.-. Volvamos dentro.

-Pero quiero explicarte...

-No tienes que explicar nada.

-Edward... -Dio un leve respingo y cerró la boca cuando la llevó de nuevo al salón de baile, deseando de todo corazón poder borrar sus impulsivas palabras.

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Hola, apenas ha regresado la luz en mi casa por eso no actualice ayer en la noche, como había dicho les traje un capitulo bastante largo haber si lo compenso, lo que nos deja solo 3 capítulos para el final, aquí pudimos ver las relaciones Swan/Masen que no van nada bien, hehehehe a mi me cae muy bien Seth es muy relajado y amistoso… Parece que la pareja ha tenido su primera pelea de casados… Bella como siempre metiendo la pata hasta el fondo -.- buehh vernos como termina eso :D

Estoy de regreso a mi ciudad por motivo de las votaciones :D por lo cual a pesar de que tengo mucho que estudiar tratare de contestar vuestros reviews

Gracias por Leer, por las alertas, los favoritos y sus asombrosos reviews de veras me hacen muy feliz.

Un abrazo enorme a todas y nos leemos prontito!

¿Review?

XoXo