La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.

Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.

Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.

También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.

Isabella no le había preguntado a Edward cómo se habían tomado Elizabeth y Kate Masen la noticia de que iban a estar acompañadas por dos nuevos viajeros y la verdad era que tampoco ardía en deseos de escuchar la respuesta. Lo único que le importaba era el hecho de que René se encontraría bien lejos de Londres y de cualquier recuerdo de lord James. Isabella esperaba que para cuando su madre volviese, lo hiciera como una mujer nueva, en paz consigo misma y lista para comenzar a rehacer su vida. El viaje incluso podría depararle alguna alegría a Seth, que estaba impaciente por visitar algunos de los lugares sobre los que había estudiado en el colegio.

Dado que faltaba menos de una semana para su partida, Isabella se lanzó a la tarea de preparar el equipaje que iban a necesitar su madre y su hermano, tratando de anticipar lo que requeriría un viaje de seis semanas. Sin ocultar la diversión que le producía ver la cantidad de provisiones que Isabella había comprado para ellos, Edward comentó que cualquiera creería que su familia iba a atravesar regiones inexploradas y salvajes, en lugar de alojarse en una serie de pensiones y hoteles.

-En ocasiones, viajar por el extranjero puede resultar algo incómodo -replicó Isabella, que estaba muy ocupada metiendo cajas de té y galletas en un bolso de piel. Una pila de cajas y paquetes se amontonaba junto a la cama, lugar que había elegido para clasificar los artículos en montones organizados. Entre otras cosas, había reunido remedios medicinales, un par de almohadones y toallas extra, una caja con material de lectura y paquetes de comida. Sostuvo en alto un frasco de cristal de comida en conserva y lo examinó con ojo crítico-. Y la comida es muy diferente en el continente...

-Sí -convino Edward con seriedad-. A diferencia de la nuestra, sabe a algo.

-Y el tiempo es impredecible.

-¿Cielos azules y luz del sol? Dios mío, seguro que querrán evitarlo a toda costa.

Isabella respondió a sus burlas con una mirada inquisitiva.

-Seguro que tienes mejores cosas que hacer que mirar cómo abro cajas.

-No cuando lo haces en el dormitorio.

Isabella se incorporó y cruzó los brazos por delante del pecho antes de dirigirle una mirada de coqueto desafío.

-Me temo que deberá controlar sus instintos básicos, señor Masen. Tal vez no se haya dado cuenta, pero la luna de miel ha concluido.

-La luna de miel no termina hasta que yo lo diga -señaló Edward, que extendió una mano para atraparla antes de que ella pudiera escapar. Aplastó sus labios con un beso dominante y la arrojó sobre la cama-. Lo que significa que no tienes escapatoria.

Con una risilla, Isabella luchó contra la maraña de faldas hasta que se encontró clavada en el colchón bajo el cuerpo de Edward.

-Tengo que empaquetar más cosas -protestó cuando él se abrió camino entre sus muslos-. Edward...

-¿Te he dicho alguna vez que soy capaz de desabrochar los botones con los dientes?

Una risa ahogada escapó de la garganta de Isabella, que intentó zafarse cuando Edward bajó la cabeza hasta el frontal del corpiño.

-Una habilidad poco útil, ¿no te parece?

-Bueno, resulta muy útil en ciertas situaciones. Deja que te lo demuestre...

Por supuesto, se empaquetaron muy pocas cosas en lo que quedaba de día... A la postre, no obstante, Isabella se encontró por fin delante de la puerta de la casa de su familia en la ciudad, con la vista clavada en el carruaje en el que su madre y su hermano se dirigían hacia Dover, donde se encontrarían con los Masen de camino hacia Calais.

Edward permaneció junto a ella, con una mano apoyada en la espalda para reconfortada, mientras el carruaje doblaba la esquina y se encaminaba hacia la calle principal. Con tristeza, Isabella se despidió con un gesto de la mano mientras se preguntaba cómo se las arreglarían sin ella.

Tras llevarla al interior de la casa, Edward cerró la puerta.

-Es lo mejor -le aseguró.

-¿Para ellos o para nosotros?

-Para todos. -Con una leve sonrisa, la giró para que quedara en frente a él-. Te aseguro que las siguientes semanas pasarán muy deprisa. Y, entretanto, va a estar usted muy ocupada, señora Masen. Para empezar, tenemos una cita esta mañana con el arquitecto que nos va a mostrar los planos de la casa, y luego tendrás que decirte entre dos solares que nuestro agente ha encontrado en Mayfair.- Isabella dejó caer la cabeza contra el pecho de su marido.

-Gracias a Dios. Comenzaba a creer que nunca dejaríamos el Rutledge. No es que no me haya divertido, no te ofendas, pero todas las mujeres queremos un hogar propio y... -Se detuvo cuando se dio cuenta de que Edward jugueteaba con su peinado-. Edward -le advirtió-, ni se te ocurra quitarme las horquillas. No sabes el esfuerzo que requiere peinarme el pelo de esta manera y... -Suspiró y lo miró ceñuda cuando sintió que se le deshacía el peinado y escuchó el golpeteo metálico de las horquillas caer al suelo.

-No puedo evitado. -Sus dedos se afanaron para deshacerle la trenza-. Tienes un cabello increíblemente hermoso. -Se llevó un sedoso mechón a la cara y se frotó la mejilla con él- Es tan suave... Y huele a flores. ¿Cómo consigues que huela tan bien?

-Jabón -replicó Isabella con sequedad, al tiempo que ocultaba el rostro contra su pecho para ocultar la sonrisa-. De hecho, con el jabón de los Cullen. Alice me dio un poco; su padre les envía cajas desde Nueva York.

-Hummrn No me extraña que sea millonario. Todas las mujeres deberían oler así. -Enlazó los dedos en el pelo de Isabella y .se inclinó para acariciarle el cuello con la nariz-. ¿Dónde más lo usas? -preguntó en un susurro.

-Te invitaría a que lo descubrieras -dijo-, pero tenemos que reunimos con el arquitecto. ¿O ya no te acuerdas?

-Puede esperar.

-Lo mismo que tú -replicó Isabella con seriedad, a pesar de que sentía que una carcajada burbujeaba en su garganta-. Por el amor de Dios, Edward, ni que estuvieras tan necesitado. He destinado gran parte de mis esfuerzos a satisfacer...

Edward la besó con tanta calidez y de una forma tan persuasiva que todo pensamiento racional se desvaneció de su cabeza. Sujetándola por el pelo con ambas manos, la empujó hasta apoyada contra la pared de la entrada y le metió la lengua en la boca para darse un lánguido festín hasta que Isabella sintió que la cabeza le daba vueltas y se vio obligada a hundir los dedos en las mangas de su chaqueta. Poco a poco él apartó sus labios y le mordió con suavidad en la garganta. Le murmuró cosas que la dejaron desconcertada, expresándose con palabras que nada tenían que ver con la poesía, sino con la cruda sencillez de un hombre cuya pasión por ella no conocía límites.

-Cuando se trata de ti, no tengo control alguno. Lo único en lo que pienso cuando no te tengo a mi lado es en estar dentro de ti. Odio todo lo que te mantiene apartada de mí.

Llevó las manos a la espalda de su vestido para tirar, con fuerza, y Isabella jadeó al notar cómo las hileras de botones cedían y las pequeñas cuentas de marfil volaban por todas partes. Edward ahogó el sonido con su propia boca y le deslizó el vestido por los brazos al tiempo que pisaba deliberadamente el dobladillo. El maltratado tejido se desgarró y cayó al suelo. A continuación, atrajo a su esposa contra su cuerpo y le sujetó las muñecas con el fin de guiar las manos hasta su entrepierna. Isabella aspiró con fuerza cuando sus dedos se amoldaron a la dura extensión de su erección y entrecerró los ojos.

-Quiero hacerte gritar; quiero que me arañes y que te desmayes en mis brazos-susurró, y la incipiente barba le raspó la tocarte por todas partes, por dentro y por fuera, tan lejos como pueda llegar... -Cediendo a un deseo salvaje, se detuvo y aplastó los labios de Isabella con firme presión, como si el sabor, de su boca fuera un exótico afrodisíaco que lo llevara a la locura.

Isabella apenas se dio cuenta de que Edward buscaba en sus bolsillos justo antes de que algo tironeara de los cordones de su corsé... Los había cortado con la navaja, comprendió al sentir que la presión de las ballenas cedía alrededor de sus costillas y su cintura.

A sabiendas de que estaba a punto de que Edward la sedujera en la entrada del hogar de su familia, Isabella se apartó de él, sonriendo y temblando a la vez. Incluso en los momentos de mayor excitación, él siempre parecía conservar una brizna de autocontrol, como si refrenara cuidadosamente la fuerza de su pasión. Ella nunca había temido un comportamiento poco caballeroso por su parte... hasta aquel momento. Su marido presentaba un aspecto casi salvaje, con el rostro oscurecido por un rubor nada habitual. El corazón comenzó a martillearle contra las costillas y tuvo que humedecerse los labios. El nervioso movimiento de su lengua atrajo de inmediato la atención de Edward, que clavó la mirada en su boca con sorprendente intensidad.

-Mi dormitorio... -consiguió decir ella, al tiempo que se giraba hacia las escaleras y comenzaba a subir con piernas temblorosas. No obstante, tras unos cuantos escalones, sintió que Edward se acercaba a ella, la atrapaba entre sus poderosos brazos y la obligaba a darse la vuelta. Antes de que pudiera emitir sonido alguno la levantó en brazos y siguió subiendo las escaleras con una facilidad pasmosa.

Una vez dentro de su antiguo dormitorio, ella se dio cuenta del fuerte contraste entre la figura oscura de Edward y los pálidos y ajados volantes, los encajes raídos, y las muestras de costura enmarcadas que sus propias manos infantiles habían confeccionado. Él la desvistió sin miramientos y la tendió entre las sábanas, que carecían de almidón y tenían un ligero olor a humedad, puesto que nadie había dormido allí desde hacía mucho. En poco tiempo, las ropas de Edward se reunieron con las de ella en el suelo, tras lo cual, su cuerpo cubrió el de Isabella. Ella respondió a su urgencia con un inequívoco deseo, extendiendo los brazos para abrazarlo y abriendo las piernas al primer roce de sus manos. Entró en ella de inmediato, penetrándola con una embestida fuerte y Isabella gimió y se puso tensa mientras su cuerpo luchaba por amoldarse a él. En cuanto estuvo dentro de ella, sus caricias se volvieron más tiernas; la urgencia que lo había poseído se transformó en una vehemencia arrebatadora. Isabella tuvo la sensación de que el cuerpo de su marido había sido creado para complacerla: desde la satinada dureza de sus músculos y el espeso vello que le cosquilleaba en los pezones, hasta el aroma y el sabor que embriagaba sus sentidos.

Abrumada por una intimidad tan devastadora, Isabella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas mientras Edward la tranquilizaba con suaves murmullos, sin dejar de embestir con las caderas con movimientos más lentos y profundos, tomando más de ella de lo que Isabella se habría creído capaz de dar. Él le atrapó los labios con los suyos y absorbió los erráticos suspiros al tiempo que se movía con fuertes y calculados envites que consiguieron que ella tensara todos y cada uno de sus músculos. Isabella gimió contra su boca, suplicándole sin palabras que la llevara hasta la culminación. Cuando por fin accedió, Edward aceleró el ritmo y la transportó a un clímax tan intenso que transformó aquella unión en algo terrenal, sublime y sobrecogedor.

Minutos más tarde, Isabella trató de abrirse camino entre el aturdimiento que aletargaba sus sentidos mientras yacía desmadejada sobre el cuerpo de Edward con la mejilla apoyada contra su hombro. Jamás se había sentido tan saciada... era como si todas sus terminaciones nerviosas palpitaran de placer. Y, sin embargo, había percibido algo nuevo en aquella forma de hacer el amor: un cenit inalcanzable que iba más allá de lo que acababan de compartir... una posibilidad que aún no se había materializado y que se encontraba justo fuera de su alcance. Un sentimiento..., un deseo..., algo prometedor que no tenía nombre. Cerró los ojos y disfrutó de la cercanía de sus cuerpos mientras esa escurridiza promesa vagaba sobre ellos como un fantasma benevolente.

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Cada vez más curiosa acerca del proyecto que requería tanta atención por parte de su marido, Isabella le pidió a Edward que la llevara de visita al lugar donde se construían las locomotoras, pero sólo se topó con negativas, evasivas y tácticas dilatorias que tenían como objeto evitar que fuera a aquel lugar. Al darse cuenta de que por alguna razón, Edward no quería llevarla, la determinación de Isabella se hizo más firme.

-Sólo una visita corta -insistió una noche-. Lo único que quiero es echarle un vistazo. No tocaré nada. Por el amor de Dios, después de haber escuchado hablar tanto de las locomotoras, ¿no me merezco verlas?

-Es demasiado peligroso -replicó Edward con rotundidad-. A una mujer no se le ha perdido nada en un sitio lleno de maquinaria pesada y tanques de miles de litros de sopa del infierno...

-Llevas semanas diciéndome lo seguro que es y que no tengo ninguna razón en absoluto para que me preocupe cuando vas allí ¿y ahora me vienes con que es peligroso?

Al darse cuenta de su error táctico, Edward gruñó.

-El hecho de que sea seguro para mí no significa que lo sea también para ti. -¿Por qué no?

-Porque eres una mujer.

Hirviendo igual que uno de los tanques de sopa del infierno que él acababa de mencionar, Isabella lo miró con los ojos entrecerrados.

-Responderé a ese comentario en un segundo -murmuró-... en cuanto consiga reprimir el impulso de golpearte con el primer objeto pesado que encuentre.

Edward comenzó a pasearse de un lado a otro por el salón; la frustración que sentía era patente en cada músculo de su cuerpo. Se detuvo delante del canapé en el que estaba sentada y se inclinó sobre ella.

- Isabella -comenzó con brusquedad-, visitar una fundición es como mirar a través de las puertas del infierno. Garantizamos la seguridad en la medida de lo posible, pero, a pesar de eso es un lugar ruidoso, tosco y muy sucio. Y sí, siempre existe la posibilidad de que algo salga mal, y tú... -Se detuvo para pasarse las manos por el pelo, tras lo que miró a su alrededor con impaciencia, como si de repente le costara trabajo mirarla a los ojos. Con un considerable esfuerzo, se obligó a continuar-: Eres demasiado importante para mi como para arriesgar tu seguridad. Tengo la responsabilidad de protegerte.

Los ojos de Isabella se abrieron de par en par. Se sentía conmovida y más que sorprendida por la confesión de qué era importante para él. Mientras se miraban en silencio, fue consciente de una tensión muy especial..., una tensión que no resultaba desagradable, pero sí bastante inquietante. Apoyó la mejilla en la mano y lo estudió con detenimiento.

-Agradezco de todo corazón que quieras protegerme -musitó-. Sin embargo, no quiero que me encierren en una torre de marfil. -Al sentir la lucha interior que experimentaba Edward, continuó con un tono razonable-. Quiero saber más acerca de lo que haces cuando no estás a mi lado. Quiero ver el lugar que es tan importante para ti. Por favor.

Edward reflexionó en silencio un instante. Cuando respondió, en su voz se apreciaba una inconfundible aspereza.

-De acuerdo. Dado que es evidente que no me vas a dejar tranquilo si no accedo, te llevaré mañana. Pero no me culpes si te desilusiona lo que ves. Ya te he advertido de lo que hay.

-Gracias -respondió Isabella con satisfacción y le dedicó una radiante sonrisa que palideció un poco al escuchar las palabras que él dijo a continuación.

-Por suerte, Jasper también visitará la fundición mañana, así que será una oportunidad magnífica para que los dos os conozcáis mejor. -Qué maravilla -replicó Isabella en un débil intento de cortesía al tiempo que luchaba contra la tentación de empezar a maldecir ante la noticia.

Todavía no había perdonado al conde los hirientes comentarios que había hecho acerca de ella, por no mencionar la predicción de que su matrimonio arruinaría la vida de Edward. No obstante, si Edward creía que la idea de pasar un poco de tiempo con un asno pomposo como Jasper iba a disuadirla, se iba a llevar una sorpresa. Se obligó a componer una sonrisa y pasó el resto de la noche meditando acerca de lo triste que era el hecho de que una esposa no pudiera elegir a los amigos de su marido. Bien entrada la mañana siguiente, Edward llevó a Isabella a la propiedad de más de tres hectáreas donde se hallaba la Consolidated Locomotive. Sobre las hileras de edificios, de los que salía ruido constante, se alzaba una miríada de enormes chimeneas que expelían el humo sobre los patios y las calles circundantes. La extensión de la fundición era mucho mayor de lo que Isabella había imaginado, ya que comprendía maquinaria tan enorme que casi la dejaba sin habla. El primer lugar que visitaron fue el talle de montaje, donde se encontraban nueve motores de locomotoras en diferentes fases de producción. El objetivo de la empresa era producir quince motores el primer año y doblar esa cantidad al siguiente. Dado que sabía que el desembolso de la compañía era de media, de un millón de libras por semana, con una capitalización que doblaba esa cantidad, Isabella se quedó mirando a su marido con la boca abierta por el asombro.

-Santo Cielo-dijo con desmayo-, ¿pero cuánto dinero tienes? Los ojos oscuros de Edward brillaron con diversión ante una pregunta tan maleducada. Se inclinó para murmurarle al oído:

-Soy lo bastante rico como para que no le falten los botines, señora.

La siguiente parada fue en el taller de diseño, donde los planos de las piezas se estudiaban con todo detalle y se construían prototipos de madera según las especificaciones. Más tarde, Edward le explicó que esos modelos de madera se utilizarían para crear modelos en los que se vertía el hierro fundido y se dejaba enfriar. Fascinada Isabella le hizo una batería de preguntas acerca del proceso de fundición y del funcionamiento de las máquinas de remaches y las prensas hidrostáticas, además de interesarse por el motivo por el cual el hierro que se enfriaba rápidamente era más resistente que el que se enfriaba con lentitud. A pesar de los recelos que Edward había albergado en un principio, parecía estar disfrutando de su papel de guía a través de los edificios, sonriendo de vez en cuando ante la expresión absorta de su esposa. La guió con sumo cuidado por la fundición, donde ella, descubrió que la comparación que había hecho con el infierno no era una exageración. No tenía nada que ver con las condiciones de los trabajadores, a quienes parecía tratárseles muy bien, ni tampoco con los edificios, que estaban más o menos organizados. Se debía más a la naturaleza del trabajo en sí, que parecía una especie de manicomio organizado en el que el humo, el ruido atronador y el brillante rojo de los hornos proporcionaban un telón de fondo agobiante para un grupo de trabajadores con demasiadas capas de ropa que cargaban con tenazas y martillos. Sin duda alguna, los esbirros del diablo no estaban tan bien sincronizados a la hora de realizar sus tareas como esos empleados. Mientras se movían a través de un laberinto de fuego y hierro, los trabajadores se agachaban bajo los ejes de las enormes grúas y los tanques de sopa del infierno, deteniéndose de vez en cuando para dejar que unas grandes planchas de metal pasaran por delante de ellos. Isabella era consciente de alguna que otra mirada curiosa lanzada en su dirección, pero, en su mayor parte, los trabajadores estaban demasiado absortos en su trabajo como para permitirse distracción alguna.

Había grúas de transporte a lo largo de todo el centro de la nave que elevaban a más de seis metros de altura los vagones llenos de mineral de hierro, fragmentos de este metal, y hulla, y los transportaban hasta varios hornos cilíndricos. La mezcla de hierro se cargaba por la parte superior de los hornos, donde se fundía y se pasaba por unas aspas gigantes para luego verter el resultado en moldes, a los que llegaba mediante otras grúas. El olor a combustible, metal y sudor humano confería al ambiente cierto aspecto nebuloso. Isabella se acercó de forma instintiva a Edward mientras observaba cómo se vertía el hierro fundido desde los tanques a los moldes.

Molesta por los enervantes quejidos y crujidos del metal que se estaba doblando, el incesante siseo de la maquinaria de vapor y el eco de los golpes de un enorme yunque que manejaban entre seis hombres, Isabella no podía evitar dar un respingo cada vez que el ruido asaltaba sus oídos. De inmediato, sintió que el brazo de Edward le rodeaba los hombros mientras éste entablaba una charla distendida, aunque a gritos, con el jefe del taller de montaje.

-¿Todavía no ha visto a lord Whitlock? -preguntó Edward-. Tenía pensado llegar a la fundición a mediodía... y nunca lo he visto llegar tarde antes.

El trabajador de mediana edad se enjugó el sudor de la cara con un pañuelo al tiempo que dejaba oír su réplica.

-Creo que el conde está en el patio de montaje, señor Masen. Estaba preocupado por las dimensiones de las nuevas piezas cilíndricas y quería inspeccionadas antes de que las montáramos.

Edward miró de soslayo a Isabella. -Vamos a salir -le dijo-. Hace un calor de mil demonios y hay demasiado ruido como para esperar a Jasper aquí dentro.

Aliviada ante la perspectiva de escapar del incesante ruido de la fundición, Isabella aceptó de inmediato. Puesto que ya había echado un buen vistazo a aquel lugar y había satisfecho su curiosidad, estaba más que dispuesta a marcharse, aunque eso significara verse obligada a pasar algún tiempo en compañía de lord Whitlock. Cuando Edward se detuvo para intercambiar unas últimas palabras con el jefe del taller, Isabella observó cómo se empleaba un fuelle accionado por vapor para insuflar aire en el enorme horno central. El chorro de aire conseguía que el metal se desplazara hacia unas calderas cuidadosamente colocadas que contenían varios miles de litros de líquido inestable.

Un trozo de hierro particularmente grande cayó contra la puerta de carga en la parte superior del horno... Al parecer, era demasiado grande, ya que el encargado gritó con furia al trabajador que había cargado el vagón. Isabella entrecerró los ojos para observarlos con más atención. Unos gritos de advertencia procedentes de los hombres que había en la parte superior de la galería anunciaron otro chorro de aire proveniente del fuelle... y, en ese momento, estallo el desastre. El hierro fundido rebosó con suma rapidez de las calderas y cayó, aún hirviendo, desde el horno; parte de él acabó sobre las grúas de transporte. Edward hizo una pausa en su conversación con el señor Riley y ambos hombres levantaron la vista al mismo tiempo.

-Santa Madre de Dios -escuchó Isabella que exclamaba su marido.

Apenas tuvo tiempo de atisbar su rostro antes de que la tirara al suelo y la cubriera con su cuerpo. Justo entonces dos bolas de sopa del infierno del tamaño de calabazas cayeron en los pilones de enfriamiento que tenían debajo provocando explosiones instantáneas.

El impacto de las explosiones fue como una sucesión de golpes que sacudieran su cuerpo por entero. No le quedaba aliento para gritar, ya que Edward la aplastaba y le protegía la cabeza con los hombros. Y, después...

Silencio.

Al principio, pareció que la propia tierra se hubiera detenido en seco. Desorientada, Isabella parpadeó para aclararse la vista y, en ese momento, sus ojos se vieron asaltados por el intenso resplandor de las llamas, sobre las que se recortaban las amenazadoras siluetas de las máquinas como si fueran un grupo de monstruos salidos de un bestiario medieval. Las oleadas intermitentes de calor que la golpeaban eran tan intensas que amenazaban con arrancarle la carne de los huesos. Los trozos y esquirlas de metal volaban en remolinos por todas partes como si hubieran sido disparadas por un arma. Estaba rodeada por una vorágine de caos en movimiento, todo ello envuelto en un silencio sobrecogedor. De pronto, sintió una especie de presión en los oídos que fue seguida poco después por un agudo pitido.

Alguien trataba de levantarla del suelo. Edward tiró de sus brazos con fuerza y la puso en pie en un único movimiento. Incapaz de resistir el ímpetu, chocó contra el pecho de su marido. Le estaba diciendo algo... Casi podía distinguir el sonido de su voz y comenzó a escuchar pequeñas explosiones y el rugir del fuego de trasfondo, a medida que éste se alimentaba del edificio. Se quedó mirando el rostro pétreo de Edward en un intento por comprender sus palabras, pero la distrajo una lluvia de esquirlas de metal que azotó su cara y su cuello como un enjambre de molestos insectos. Llevada más por el instinto que por la razón, no pudo evitar dar un manotazo al aire como una estúpida.

Edward la empujó y comenzó a arrastrarla a través de aquel infierno al tiempo que intentaba protegerla con su cuerpo. Una gigantesca caldera rodó delante de ellos y comenzó a arrollar todo lo que encontraba a su paso sin que nada pudiera detenerla. Con una maldición, Edward la obligó a retroceder cuando el objeto pasó con un ruido atronador junto a ellos. Había hombres por todas partes, empujando, intentando salir, gritando, histéricos por la necesidad de sobrevivir mientras se dirigían hacia las salidas situadas a. ambos lados del edificio. Una nueva andanada de explosiones, acompañada por el fragor de innumerables gritos, sacudió la fundición. Hacía demasiado calor para respirar, por lo que Isabella se preguntó, sumida en una especie de sopor, si no se quemarían vivos ante de poder alcanzar la puerta siquiera.

-Edward -gritó al tiempo que se colgaba de su cintura-. Ahora que lo he pensado mejor, creo que tenías razón.

-¿Sobre qué? -preguntó él con la mirada fija en la entrada de la fundición.

-¡Este lugar es, sin duda alguna, demasiado peligroso para mí!

Edward se agachó para echársela sobre el hombro y la llevó por encima de las grúas desplomadas y la maquinaria rota, con una mano firmemente anclada alrededor de sus rodillas. Colgada de esa guisa incapaz de hacer nada, Isabella vio unos cuantos agujeros en la chaqueta de Edward de los que manaba la sangre y se dio cuenta de que la explosión había clavado esquirlas de metal en su espalda mientras la protegía con el cuerpo. Sorteando un obstáculo tras otro, Edward consiguió alcanzar la enorme puerta y dejó a Isabella en el suelo. Se sorprendió cuando él la empujó con firmeza hacia otra persona, a la que ordenó a voz en grito que la sujetara. Al darse la vuelta, Isabella se dio cuenta de que Edward la había dejado en manos del señor Riley.

-Sáquela de aquí -le ordenó con voz ronca-. No se detenga; hasta que ella esté bien lejos del edificio.

-¡Sí, señor!

El jefe de taller sujetó a Isabella con un apretón del que le resultó imposible zafarse.

Isabella volvió la vista hacia Edward mientras la arrastraban por la fuerza hacia la entrada.

-¿Qué vas a hacer?

-Tengo que asegurarme de que todo el mundo consigue salir. -Se sintió atravesada por una oleada de pánico.

-¡No! Edward, ven conmigo...

-Saldré en cinco minutos -contestó con brusquedad. El rostro de Isabella se convulsionó y los ojos se le llenaron de lágrimas de furia y pavor.

-En cinco minutos el edificio habrá quedado reducido a cenizas.

-No se detenga -le dijo su marido a Riley antes de darse la vuelta.

-¡Edward! -chilló Isabella, que se negó a caminar cuando lo vio desaparecer en la fundición. El tejado se hundía pasto de una llamarada azul mientras la maquinaria que había dentro del edificio crujía y se retorcía bajo el intenso calor. El humo emergía de las puertas y se arremolinaba en columnas negras que contrastaban con las nubes blancas que coronaban el cielo. Isabella no tardó en darse cuenta de que oponerse a la fuerza de Riley era inútil. Inspiró con fuerza el aire del exterior y comenzó a toser cuando sus irritados pulmones trataron de expulsar el humo viciado. Riley no se detuvo hasta que la dejó en un camino de grava con la orden de que se quedara allí.

-Su marido saldrá -le dijo-. Puede quedarse aquí y esperarlo. Prométame que no va a moverse, señora Masen... Yo tengo que hacer el recuento de mis hombres y lo último que necesito es que usted me cause más problemas.

-No me moveré -respondió Isabella de forma automática, sin dejar de mirar la puerta de la fundición-. Váyase.

-Sí, señora.

Permaneció inmóvil sobre la grava, con la mirada perdida en la puerta de la fundición mientras un frenesí de actividad rugía a su alrededor. Algunos hombres pasaban a la carrera por su lado mientras otros se agachaban junto a los heridos. Unos cuantos, como ella misma, permanecían quietos como estatuas, observando el resplandor con la mirada vacía. El fuego rugía con tanta fuerza que la tierra vibraba, y su intensidad crecía cada vez más a medida que iba consumiendo el edificio. Un puñado de hombres acercaba una bomba de mano al edificio; sin duda, la tenían allí para las posibles emergencias, en caso de que no hubiera tiempo suficiente para ir en busca de ayuda. Los hombres trataban con desesperación de conectar la manguera de piel a una cisterna subterránea. Repartidos a cada lado de la bomba, asieran la larga palanca y comenzaron a moverla al unísono con el fin de producir la presión necesaria para llenada cámara de aire del motor, lo que elevaría un chorro de agua a treinta metros por encima del suelo. El esfuerzo resultó tristemente ineficaz contra la magnitud de semejante infierno.

Los minutos de espera transcurrían con tal lentitud que a Isabella le parecían años. En un momento dado, sintió que sus labios comenzaban a moverse en una silenciosa plegaria.

«Edward, sal... Edward, sal

Media docena de figuras salieron dando tumbos por la puerta, con los rostros y las ropas tiznadas por el humo. Isabella los recorrió con avidez con la mirada. Al darse cuenta de que su marido no se encontraba entre ellos, volvió a concentrar su atención en la bomba de mano. Los hombres habían dirigido el chorro de agua hacia el edificio adyacente para empaparlo, con la esperanza de evitar que el fuego se propagara. Isabella sacudió la cabeza con incredulidad al darse cuenta de que habían dado la fundición por perdida. Habían renunciado a todo lo había dentro..., entre lo que se incluía a cualquier persona que hubiera quedado atrapada. Decidida a no quedarse cruzada de brazos, corrió hacia el otro extremo de la fundición y escudriñó desesperadamente a la multitud que se había congregado allí, en busca de su marido.

Al ver que uno de los jefes de taller hacía el inventario de los trabajadores de la fundición evacuados, Isabella se acercó a él. -¿Dónde está el señor Masen? -preguntó de buenas a primeras, aunque tuvo que repetir la pregunta antes de que el hombre le prestara atención. El trabajador apenas la miró mientras le contestaba con distraída impaciencia.

-Se ha producido otro derrumbe. El señor Masen estaba ayudando a liberar a uno de los trabajadores que quedó atrapado bajo los escombros. Nadie lo ha visto desde entonces.

A pesar del calor infernal que emanaba de la fundición, Isabella sintió que el frío la consumía. El temblor se apoderó de su voz.

-Si hubiera sido capaz de salir -dijo-, ya lo habría hecho a es tas alturas. Necesita ayuda. ¿No puede entrar alguien para buscarlo? El jefe de taller la miró como si estuviera loca.

-¿Entrar en ese infierno? Sería un suicidio.

Acto seguido, le dio la espalda para acercarse a un hombre que yacía tirado en el suelo y le colocó una chaqueta doblada bajo la cabeza. Cuando volvió a dirigir la vista hacia el lugar donde se encontraba Isabella, ella había desaparecido.

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Holiss awww este es el penúltimo capítulo! Un poco emocionante no creen? Awww como vera mi pobre Edward salvo a Bella, pero se podrá salvar el? O un momento Bella ha desaparecido… a donde creen que ha ido? Bueno solo diré que Edward le advirtió que no era un lugar seguro para ella!

El capi que sigue es el final bueno dependerá de ustedes cuando lo suba! Espero que me cuentes sus teorías! Si como siempre yo actualizando a plena madrugada hehehe es cuando mi pinche internet funciona mejor!

Un abrazo de oso enorme a todas las que leen esta historia! Como ya les dije he comenzado a subir una nueva adaptación también de época! No se queden sin leerla *siete años para pecar*

Gracias por leer, por poner esta historia en sus alertas y favoritos y por supuesto gracias por sus grandiosos reviews ¡Pasamos los 200! *O* mil gracias!

¿Review?

XOXO