La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.
Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.
Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.
También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.
Las dejo con lo que muchas esperaban… nos leemos abajo *Coco se sorbe la nariz*
Si alguien se percató de que una mujer estaba entrando en el edificio, nadie trató de detenerla. Isabella se cubrió la boca con un pañuelo y se abrió camino a través de las nubes de humo acre que arrancaban regueros de lágrimas de sus ojos entrecerrados. El fuego, que había comenzado al otro lado de la fundición, se estaba extendiendo a través de las vigas con voluptuosas oleadas de color azul, blanco y amarillo. Sin embargo, más pavoroso que el calor abrasador era el ruido: el rugido de las llamas, los chirridos y gemidos del metal que empezaba a doblarse o los tintineos de la maquinaria, pesada que chasqueaba como si fuera el juguete de un niño que alguien pisa hasta aplastado. De forma ocasional, el metal líquido burbujeaba y lo salpicaba todo en forma de explosiones de metralla.
Recogiéndose las faldas, Isabella se tambaleó sobre los escombros al rojo vivo que le llegaban a la altura de la rodilla sin dejar de gritar el nombre de Edward, aunque su voz quedaba amortiguada por la cacofonía de ruidos. Cuando ya casi se había resignado a no encontrado, percibió movimiento entre los restos que cubrían el suelo.
Con un grito, corrió hacia la gran figura que yacía en el suelo. Era Edward, vivo y consciente, con la pierna atrapada bajo el mástil de acero de una grúa caída. Cuando la vio, su rostro cubierto de hollín esbozó una mueca de horror y forcejeó para incorporarse. -Isabella -dijo con voz ronca, pero tuvo que hacer una pausa cuando le sobrevino un ataque de tos-. ¡Maldita sea, no! ¡Lárgate de aquí! ¿Qué demonios estás haciendo?
Ella meneó la cabeza, ya que no estaba dispuesta a desperdiciar su alienta can una discusión. La grúa era demasiada pesada para que ninguno de ellas pudiera desplazada... Tenía que encontrar algo... algo con lo que pudiera hacer palanca para sacarlo se enjugó las ojos llenos de lágrimas y rebuscó entre una pila de piezas de la fundición, piedras rotas y un montón de contrapesas. Toda estaba cubierta con una capa de aceite y hollín que la hacía resbalar a cada pasa que daba a través de los escombros. Una hilera de palancas giratorias descansaba sobre una pared que se tambaleaba, algunas de las cuales eran más altas que ella. Llegó hasta las ruedas y encontró una pila de bielas y ejes tan gruesas como su puño. Aferró una de las pesadas bielas llenas de grasa y tiró de ella para arrastrarla hacia su marido.
Le bastó echar un vistazo a Edward. para darse cuenta de que, de haber podido ponerle las manos encima, la habría matado en el acto.
-Isabella -rugió entre espasmos de tos-, ¡sal de este edificio ahora mismo!
-No piensa irme sin ti. -Descubrió a tientas un bloque de madera que antes había estado en el extremo de un brazo hidrostático.
Sin dejar de girar y retorcer su pierna atrapada, Edward le dedicó una salva de amenazas y juramentas mientras ella arrastraba el bloque de madera hasta él y lo empujaba contra la grúa.
-¡Es demasiado pesado! -gruñó él mientras la observaba forcejear con la biela. ¡No puedes moverla! Vete de aquí. ¡Maldita sea, Isabella...!
Jadeando por el esfuerzo, Isabella colocó la biela sobre el bloque de madera e introdujo el extremo baja la grúa. Empujó hacia abajo utilizando todo su peso. La grúa permaneció inmutable en su lugar, indiferente ante sus esfuerzos. Con un siseo de frustración, forcejeó con la palanca hasta que la biela soltó un crujido de protesta. Era inútil: la grúa no se movería.
De pronto, se escuchó un fuerte crujido y varias esquirlas de hierro volaran por los aires, por la que Isabella se vio obligada a agacharse y cubrirse la cabeza. Sintió un golpe en el brazo que la sacudió con fuerza suficiente para enviarla al suelo. Notó un dolor agudo en la parte superior del brazo y, al bajar la mirada, descubrió que tenía un trozo de metal incrustado en la carne y la manga del vestido estaba salpicada de brillante sangre roja. Gateó hasta Edward y sintió cómo la apretaba contra su pecho, sirviéndole de escudo hasta que la lluvia de trazas de hierro hubo amainado.
-Edward-jadeó al tiempo que pasaba la mirada en los ojos de su marido, inyectados en sangre a causa del humo-, tú siempre llevas una navaja. ¿Dónde está?
Edward se quedó inmóvil cuando comprendió lo que implicaba aquella pregunta. Por un instante, Isabella vio cómo sopesaba la posibilidad, pera después sacudió la cabeza.
-No -dijo con voz ronca-. Aun cuando pudieras cortarme la pierna, no podrías arrastrarme fuera de aquí. -La empujó para apartada de él-. Ya no queda tiempo... Tienes que salir de esta maldita fundición. -Cuando vio la negativa en el rastro de Isabella, sus rasgas reflejaron un miedo terrible, no, por él, sino por ella-. Por Dios, Isabella -gimió, finalmente dispuesto a suplicar-, no, hagas esto. Por favor. Si te importo algo... -Un estremecimiento de tos hizo que se detuviera-. Vete. ¡Fuera!
Por un instante, Isabella casi deseó obedecerlo; fue un instante en el que las ganas de escapar de aquella pesadilla infernal en que se había convertido la fundición en llamas estuvieron a punta de abrumarla. Sin embargo, cuando logró ponerse en pie y mirarlo, tan grande y tan indefenso, no, pudo obligarse a abandonar el lugar. En cambio, cogió la biela una vez más y volvió a colocarla sobre el bloque de madera, a pesar del intenso dolor de su hombro herido. El rugido de la sangre en los oídos le imposibilitaba distinguir los bramidos de Edward del estrépito del edificio que se tambaleaba sobre ellas. Y eso fue de agradecer, ya que él parecía loco de furia. Empujó y se colgó de la palanca mientras sus torturados pulmones se esforzaban por conseguir algo de aire y se colapsaban en respuesta. Las cosas se volvieron borrosas a su alrededor, pero continuó empleando todas las fuerzas que le quedaban sobre la barra de hierro, sirviéndose de su poco peso para tratar de moverla. De pronto, sintió que algo agarraba la parte trasera de su vestido. Si le hubiera quedado algo de aliento para gritar, lo habría hecho. Con un susto de muerte, Isabella se quedó rígida cuando sintió que la echaban hacia atrás y le arrancaban las manos de la barra. Entre toses y sollozos, observó a través del humo una silueta oscura y esbelta por detrás de ella. Una voz fría reverberó en sus oídos.
-Yo levantaré la grúa. Usted encárguese de sacarle la pierna a mi señal.
Reconoció ese tono de voz autocrático incluso antes de verle bien la cara. Jasper, pensó con perplejidad. Sin duda, era el conde, con su camisa blanca desgarrada y sucia y el rostro cubierto de hollín. A pesar de su desarreglo, parecía sereno y muy dispuesto mientras la instaba a ir hacia Edward. Alzando la barra de hierro con facilidad, el conde ajustó de manera experta la palanca bajo el mástil de la grúa. Si bien era de estatura media, su cuerpo esbelto era sólido y estaba increíblemente en forma debido a los años de intenso ejercicio físico. Mientras Jasper empujaba hacia abajo con la una poderosa embestida, Isabella escuchó los chirridos y crujidos del metal, tras lo cual la enorme grúa se levantó unos pocos, aunque, cruciales, centímetros. El conde le gritó a Isabella, que tiró frenéticamente de la pierna de Edward, ignorando el gruñido de agonía que emitió su marido al rodar para quedar libre del objeto que lo aplastaba.
Jasper dejó caer la grúa, que produjo un tremendo estruendo, y se dispuso a ayudar a Edward a ponerse en pie colocando uno de sus amplios hombros bajo el brazo del hombre para que apoyara el peso del lado herido. Isabella se colocó al otro lado y dio un respingo cuando Edward la agarró con una fuerza brutal. El humo y el calor resultaban apabullantes, y a Isabella le resultaba imposible respirar o ver algo o incluso pensar. Las toses sacudían sin descanso su delgado cuerpo. De haber tenido que valerse por sus propios medios jamás habría sido capaz de encontrar el camino de salida de la fundición. Edward tiraba de ella con una fuerza descomunal y, en ocasiones, la alzaba cuando cruzaban los escombros del suelo, que la golpeaban dolorosamente en los tobillos, las espinillas y las rodillas. El tortuoso viaje parecía durar una eternidad y avance resultaba cada vez más difícil, mientras la fundición se sacudía y rugía como una bestia que sobrevolara a su presa herida. La cabeza de Isabella comenzó a dar vueltas. Luchó por permanecer consciente cuando su visión se llenó de chispas resplandecientes y una tentadora oscuridad comenzó a cernirse sobre ellos.
Jamás podría recordar el momento en que salieron de la fundición con la ropa llena de hollín, el cabello chamuscado y la cara llena de manchas... Lo único que consiguió recordar más tarde fue que había un número incontable de manos que se extendían hacia ella y que sus doloridas piernas se vieron libres de pronto de la carga de sostener su propio peso. Después de desplomarse lentamente en los brazos de alguien, sintió cómo la alzaban mientras sus pulmones se esforzaban por aspirar aire puro. Le colocaron un tejido desagradable y empapado sobre la cara, y unas manos desconocidas se introdujeron bajo su vestido para desabrocharle el corsé. No le dio la más mínima importancia. Arropada por un estupor exhausto, se rindió a aquellas toscas atenciones y tragó el contenido del caso de metal que presionaron contra sus labios. Cuando Isabella empezó a recuperar finalmente la conciencia, parpadeó unas cuantas veces para permitir que las lágrimas, que calmaban el ardor de sus ojos, se extendiera por la superficie de sus globos oculares.
-¿Edward...? -murmuró al tiempo que forcejeaba para incorporarse. Con suavidad, la obligaron a permanecer tal y como estaba.
-Descanse un poco más -dijo una voz grave-. Su marido se encuentra bien. Algo magullado y un poco chamuscado, pero definitivamente a salvo. No creo que se haya roto siquiera la maldita pierna.
Cuando recuperó por completo la conciencia, se dio cuenta con aturdido asombro de que estaba medio tumbada en el regazo de lord Whitlock, sobre el suelo, y con el vestido parcialmente desabrochado. Echó un vistazo a los marcados rasgos del conde y se dio cuenta que su tez morena estaba llena de manchas negras y de que su cabello estaba despeinado y sucio. El conde, impecable por lo general, tenía un aspecto tan amigable, desarreglado y asequible que apenas logró reconocerlo.
-Edward...- susurró.
-Lo están metiendo en mi carruaje en estos momentos. Resulta innecesario decir que está bastante impaciente por que se reúna con él. Voy a llevarlos a ambos a Marsden Terrace; ya he mandado a llamar a un médico, que se encontrará con nosotros allí.- Jasper la alzó un poco más entre sus brazos-. ¿Por qué fue tras él? Podría haberse convertido en una viuda muy rica.
Aquella pregunta fue realizada sin burla alguna, pero con un interés que la dejó confundida. En lugar de responder, Isabella concentró su atención en una mancha de sangre que el hombre tenía en el hombro.
-No se mueva -murmuró mientras utilizaba una de sus uñas rotas para sujetar una esquirla de metal que emergía del tejido del camisa. La desprendió con rapidez y el rostro de Jasper reflejó una mueca de dolor.
El conde meneó la cabeza con incredulidad al contemplar la esquirla que ella le mostraba.
-Dios, ni siquiera me había dado cuenta- Isabella encerró el objeto entre sus dedos y preguntó con cansancio:
- ¿Por qué entró usted, milord?
-Después de que me informaran de que usted se había metido en un edificio en llamas en busca de su marido, creí conveniente ofrecer mis servicios... Quizás abrir una puerta, apartar algún objeto de su camino... Ese tipo de cosas.
-Resultó usted bastante útil-dijo Isabella, que utilizó deliberadamente el mismo tono aburrido del conde.
Jasper sonrió, lo que dejó al descubierto una hilera de blanquísimos dientes tras su rostro ennegrecido por el humo.
Con mucho cuidado, el conde la ayudó a sentarse. Sin retirar el brazo de su espalda, cerró los broches de su vestido de una forma eficiente e impersonal sin apartar la vista de la manifiesta destrucción de la que había sido objeto la fundición.
-Sólo han muerto dos hombres, aunque todavía hay uno desaparecido -murmuró-. Todo un milagro si consideramos la extensión del desastre.
-¿Significará esto el final de la fábrica de locomotoras?
-No; espero que podamos reconstruirla a la mayor brevedad -El conde observó con afecto su rostro exhausto-. Más tarde, podrá explicarme lo que ocurrió. Ahora, permítame que la lleve hasta el carruaje.
Isabella soltó un pequeño jadeo cuando el hombre se puso en pie y la cogió en brazos.
-¡Oh! No hay ninguna necesidad...
-Es lo menos que puedo hacer. -Jasper la obsequió con otra de esas raras sonrisas mientras la acarreaba con asombrosa facilidad-. Tengo algunas cuentas pendientes en lo que a usted se refiere.
-¿Quiere decir que ahora cree que Edward me importa de verdad y que no me casé con él sólo por su dinero?
-Algo así. Al parecer, me equivoqué con usted, señora Masen. Le ruego que acepte mis más humildes disculpas.
Con la sospecha de que el conde pedía disculpas en muy raras ocasiones, y mucho menos humildes, Isabella colocó los brazos alrededor de su cuello.
-Supongo que tendré que aceptarlas -dijo a regañadientes-, ya que nos ha salvado la vida.
Él la colocó de forma más cómoda en sus brazos.
-¿Firmamos la paz, entonces?
-Paz -concedió ella, que empezó a toser contra su hombro.
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Mientras el médico atendía a Edward en el dormitorio principal de Marsden Terrace, Jasper llevó a Isabella a un lado y atendió personalmente la herida que tenía en la parte superior del brazo. Tras extraer los trozos de metal que se habían clavado en su piel, desinfectó la zona con alcohol mientras Isabella gritaba de dolor. Embadurnó el corte con salvia, lo vendó de manera experta y le ofreció una copa de brandy para aliviar las molestias. Si él había añadido algo al brandy o si fue el cansancio lo que intensificó los efectos Isabella nunca lo supo. Después de tragar dos dedos del oscuro liquido ambarino, la invadió el sueño y la cabeza empezó a darle vueltas. Fue evidente su mala articulación cuando le dijo a Jasper que el mundo podía considerarse afortunado de que él no se hubiese unido a la profesión médica, a la que él contestó con seriedad que era muy cierto. Se tambaleó como si estuviera ebria con la intención de buscar a Edward, pero fue disuadida con firmeza por el ama de llaves y un par de doncellas, que parecían decididas a bañarla. Antes de que Isabella se diese cuenta de lo que ocurría en realidad, la habían bañado y le habían colocado un camisón, que habían tomado prestado del armario de la anciana madre de Jasper, y yacía en una cama suave y limpia. Tan pronto como cerró los ojos se hundió sin remedio en un sueño ligero. Para disgusto de Isabella, se despertó tarde a la mañana siguiente y tuvo que esforzarse por recordar dónde estaba y qué había ocurrido. En cuanto su cerebro se concentró en Simón, salió a toda prisa de la cama y echó acorrer descalza por el pasillo sin prestar atención a las cosas hermosas que la rodeaban. Se cruzó con una doncella, que apenas pareció sorprenderse por el aspecto de una mujer con el pelo suelto y desarreglado, el rostro arañado y enrojecido y un camisón que no era de su talla... Una mujer que, a pesar de haberse bañado a conciencia la noche anterior, todavía apestaba a humo de la fundición.
-¿Dónde está? -preguntó Isabella sin andarse por las ramas
Aunque pareciera increíble, la doncella comprendió la brusca pregunta y le indicó a Isabella dónde se encontraba la habitación del señor, al final de pasillo.
Al llegar a la puerta abierta, Isabella vio a Jasper junto a una cama enorme donde Edward estaba sentado contra una pila de almohadones. Tenía el pecho desnudo y su torso y sus hombros parecían aun más bronceados debido al contraste con el blanco níveo de las sábanas que tenía subidas hasta la cintura. Isabella hizo una mueca al contemplar la profusión de emplastos que tenía sobre el pecho y los brazos, ya que podía hacerse una ligera idea del dolor que debía de haber sufrido cuando le retiraron tanta metralla. Los dos hombres dejaron de hablar tan pronto como se dieron cuenta de su presencia Edward, clavó la mirada en su rostro con una intensidad inquietante. La habitación se cargó con una maraña invisible de emociones que los llenó a ambos de una incómoda tensión. Cuando Isabella contempló el rostro pétreo de su marido, ninguna palabra le pareció apropiada. Si hablaba con él en ese momento, no le diría más que una hipérbole pueril o un eufemismo absurdo. Ridículamente agradecida por la presencia de Jasper como intermediario provisional, Isabella le dirigió su primer comentario a él.
-Milord -dijo al tiempo que inspeccionaba las cortes y quemaduras que presentaba su rostro-, parece el perdedor de una pelea de taberna.
El conde avanzó un poco, tomó su mano y ejecutó una reverencia impecable. La sorprendió al depositar un caballeroso beso en el dorso de su muñeca.
-De haber participado alguna vez en una pelea de taberna, señora mía, le aseguro que no habría perdido.
Aquello arrancó una sonrisa a Isabella, que no pudo evitar pensar que tan sólo veinticuatro horas antes, había despreciado ese arrogante aplomo, por más que en ese momento le resultara casi encantador. Jasper soltó su mano después de darle un apretón reconfortante.
-Con su permiso, señora Masen, me retiro. No me cabe duda de que tiene bastantes cosas que tratar con su marido.
-Gracias, milord.
En cuanta el conde abandonó la habitación, Isabella se acercó a la cama. Edward apartó la mirada de ella con el ceño fruncido y la pronunciada estructura de su perfil resplandeció bajo la luz del sol.
-¿Tienes la pierna rota? -preguntó Isabella con voz ronca. Edward negó con la cabeza sin apartar la mirada del papel estampado con flores que cubría las paredes de la habitación.
-Se curará pronto.
Isabella lo acarició con la mirada, demorándose en la fuerte musculatura de sus brazos y su pecho, en sus manos de dedos largos y en el modo en que un oscuro mechón de pelo caía sobre su frente.
-Edward -preguntó con suavidad-, ¿no piensas mirarme?
Los ojos del hombre se entre cerraron cuando se giró para observarla con furia.
-Me gustaría hacer algo más que mirarte. Me gustaría estrangularte.
Habría sido una estupidez por parte de Isabella preguntarle por qué, puesto que ya lo sabía. En su lugar, esperó pacientemente mientras la garganta de Edward se convulsionaba con violencia.
-Lo que hiciste ayer fue imperdonable -dijo él por fin.
Ella lo miró con incredulidad.
-¿Qué?
-Tumbado en aquel infierno, te pedí que cumplieras el que creí que sería el último deseo de mi vida. Y tú te negaste.
-Tal y como han terminado las cosas, no fue tu último deseo -replicó Isabella con cautela-. Sobreviviste, al igual que yo y ahora todo está bien...
-Por supuesto que no está bien -le espetó Edward, cuyo rostro se oscurecía más y más por la furia-. Jamás olvidaré lo que sentí al saber que ibas a morir allí conmigo y que no podía hacer una maldita cosa para detenerte. -Apartó la cara cuando su voz se quebró debido a la carga de emociones.
Isabella estiró un brazo para acariciarlo, pero se contuvo con las manos suspendidas en el aire.
-¿Cómo pudiste pedirme que te dejara allí, herido y solo? No fui capaz de hacerlo.
-¡Deberías haber hecho lo que te dije! – Isabella ni siquiera se inmutó, ya que comprendía que era el miedo lo que yacía bajo su furia.
-Tú no te habrías marchado si hubiera sido yo quien se encontrara en el suelo de la fundición...
-Sabía que dirías eso -comentó con profundo desagrado-. Por supuesto que no te habría dejado. Yo soy un hombre. Y se supone que los hombres deben proteger a sus esposas.
-Y se supone que las mujeres deben servir de ayuda- contraatacó Isabella.
-Tú no me ayudaste –dijo Edward con los dientes apretados- Me hiciste pasar un calvario. Maldita sea, Isabella, ¿por qué no me obedeciste?
Ella respiró hondo antes de responder.
-Porque te amo.
Edward siguió sin mirarla a la cara mientras las delicadas palabras le producían un evidente estremecimiento. Su enorme mano se cerró en un puño sobre la colcha al tiempo que sus defensas comenzaban a desmoronarse.
-Habría muerto un millón de veces -dijo con voz trémula- para evitarte el más mínimo daño y el hecho de que estuvieras dispuesta a arriesgar tu vida en un sacrificio sin sentido es más de lo que puedo soportar.
Isabella comenzó a sentir que le escocían los ojos al mirarlo, mientras la necesidad y una inextinguible ternura se extendían como un dolor por todo su cuerpo.
-Me di cuenta de una cosa -dijo con voz ronca- cuando estaba de pie frente a la fundición viendo cómo las llamas consumían el edificio y sabiendo que tú estabas dentro. -Tragó con fuerza para vencer el enorme nudo que tenía en la garganta-. Prefería morir en tus brazos, Edward, que enfrentarme a una vida sin ti. Todos esos años interminables... todos esos inviernos, veranos... un sin fin de estaciones deseándote sin tenerte jamás. Convertirme en una anciana mientras tú permanecías por siempre joven en mis recuerdos... -Se mordió el labio y meneó la cabeza con los ojos cargados de lágrimas-. Me equivoqué al decirte que no sabía, cuál era mi lugar. Lo sé. Mi lugar está contigo, Edward. Lo único importante es estar contigo. Estás atado a mí para siempre, y jamás te obedeceré cuando me digas que me marche. -Consiguió esbozar una sonrisa trémula-. Así que más te vale dejar de quejarte y resignarte a ello.
Con una rapidez sorprendente, Edward se giró y la arrastró contra él. Enterró su rostro en la enredada maraña de cabello de Isabella y su voz emergió como un angustiado gruñido.
-Dios mío, ¡no puedo soportarlo! No puedo dejarte salir todos los días temiendo a cada minuto que te ocurra algo, sabiendo que toda la cordura que poseo está unida a tu bienestar. No puedo soportar este sentimiento... es demasiado fuerte... ¡Por todos los demonios! Me convertiré en un completo lunático. No volveré a ser de provecho. Si pudiera reducirlo en alguna medida... amarte aunque sólo fuera la mitad... sería capaz de vivir con ello.
Isabella soltó una débil carcajada al escuchar aquella ruda confesión al tiempo que una oleada de felicidad embargaba todo su ser.
-Pero lo único que deseo es todo tu amor -dijo. Cuando Edward echó la cabeza hacia atrás para mirada, la expresión de su rostro la dejó sin aliento. Le costó varios segundos recuperarse-. Tu corazón y tu mente -continuó con una sonrisa pícara, y, acto seguido, bajó la voz de forma provocativa-. Y todo tu cuerpo, también- Edward se estremeció y contempló el rostro radiante de su esposa como si no pudiese apartar la mirada.
-Eso es algo reconfortante, puesto que ayer parecías muy dispuesta a cortarme la pierna con una navaja de bolsillo.
Isabella compuso un mohín y acarició el vello de su pecho con la yema de los dedos, jugueteando con los oscuros rizos. -Mi intención era preservar la mayor parte posible de tu persona y sacarte de aquel lugar.
-En ese momento, te habría dejado hacerla de haber creído que podría funcionar. -Edward le cogió la mano y presionó la palma llena de heridas contra su mejilla-. Eres una mujer fuerte, Bella. Más fuerte de lo que hubiera imaginado.
-No, lo que es fuerte es el amor que siento por ti. -Dedicándole una brillante mirada traviesa por detrás de las pestañas, Isabella murmuró-: No habría sido capaz de cortarle la pierna a nadie más, ¿sabes?
-Si arriesgas tu vida de nuevo, sea por la razón que sea, te estrangularé. Ven aquí. -Colocó la mano tras la cabeza de su mujer y tiró de ella hacia delante. Cuando sus narices estuvieron a punto de rozarse, inspiró con fuerza y dijo-: Te amo, maldita sea- Ella le rozó los labios de forma juguetona.
-¿Cuánto? -Edward emitió un pequeño gemido, como si el beso lo hubiese afectado inmensamente.
-Más allá de todo límite. Para toda la eternidad.
-Yo más -dijo Isabella al tiempo que unía su boca ala de él. Sintió una exquisita oleada de placer acompañada por una elusiva sensación de plenitud, de perfecta realización, que jamás había alcanzado con anterioridad. Estaba flotando en calidez, como si su alma estuviera bañada en luz. Se apartó y vio en la atónita mirada de Edward que él también lo había sentido.
Había un nuevo y maravillado matiz en su voz cuando dijo:
-Bésame otra vez.
-¡No, te haré daño. Me estoy apoyando sobre tu pierna,
-Eso no es mi pierna -fue su pícara respuesta, y Isabella echó a reír.
-Eres un granuja...
-Y tú eres tan hermosa... -susurró Edward-. Por dentro y fuera. Isabella, Bella, mi esposa, mi dulce amor... Bésame de nuevo. Y no te detengas hasta que te lo pida.
-Sí, Edward -murmuró ella, y lo obedeció de buena gana.
Fin.
Oh, bueno nos queda algo así como un minúsculo Epilogo… tengo varias propuestas para vosotras en el, ya que para mi agrado personal es demasiado corto hehhehe, y como muchas sabrán y otras no, esta adaptación es una saga de libros y estés es solo el primer libro… pero los demás no tratan de esta pareja. Estoy siendo un poco rebuscada, en el epilogo les cuento de que va mi idea ;)
Ha sido un placer adaptar esta historia para ustedes, vuelvo a pedir disculpas por los descomunales errores que consecutivamente he tenido y en los que FF no colaboro conmigo para arreglarlos. (Esto es muy tipo despedida y me seco mis lagrimas para gastarlas en el epilogo)
No me maten algún día antes de que muera responderé todos los reviews, porque cada uno de ellos me saca una sonrisa!
El abrazo que les envió es con pago con destino, deben regresarme otro! La distancia no es un problema (finjamos que no lo es) y son gratis! GRACIAS!
XoXo
