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La furgoneta del equipo de Seguridad pública transportó a los dos ejecutores en medio de la lluvia que comenzaba a caer en la ciudad hasta el edificio del que habían recibido las quejas acerca de uno de los vecinos. Cuando el vehículo se detuvo, la puerta trasera se abrió, dejando a los dos compañeros salir al exterior. Detrás de ellos, y mientras que observaban el edificio, viejo y descolorido, una pequeña máquina negra bajó de la furgoneta por la rampa y se colocó entre ambos. Su compartimiento se abrió, revelando dos armas de fuego. Aquellas pistolas eran las que utilizaban en el cuerpo, unas armas dotadas de un sistema capaz de medir el psycho de las personas a las que apuntaba, permitiendo a su portador el disparar a la persona si se le consideraba peligroso. Aquella pistola solo permitía disparar a los que tenían un coeficiente elevado, y eso incluía a los ejecutores, por lo que los inspectores podrían dispararles si la situación lo requería.
Cuando Juvia tomó el arma, escuchó la acostumbrada voz metálica en su cabeza, comprobando su identidad y dándole el permiso para portarla. Cuando ambos estuvieron preparados, enfundaron las armas en el interior de sus chaquetas, ocultándolas de las miradas indiscretas, y se dirigieron a la puerta principal del edificio mientras las débiles gotas de lluvia comenzaban a empapar los hombros de sus chaquetas.
En cuanto pusieron un pie en el interior notaron como varias miradas se clavaban en ellos a través de las mirillas de las puertas. Los chicos sabían perfectamente cuál era el apartamento que daba problemas, pero esperaban que alguien saliera a explicarles la situación. Pero nadie lo hizo. Todos se mantuvieron en el interior de sus casas, sin atreverse a encontrarse con los jóvenes ejecutores.
Comenzaron a subir por las maltrechas escaleras, que crujían quejándose del peso de los muchachos al subir a los pisos superiores. A medida que fueron ascendiendo, fueron escuchando unos insistentes golpes provenientes de las plantas superiores.
Su destino era el quinto y último piso del edificio. Justo enfrente de las escaleras tenían un largo pasillo que iba a terminar en una ventana pequeña y enmohecida por la que entraba parte de la luz del exterior. A ambos lados del pasillo había dos puertas, y su objetivo era la puerta derecha del final, de la que parecían provenir aquel ruido. Notando como las miradas les seguían a través del pasillo, se acercaron a la puerta y se mantuvieron en silencio mientras intercambiaban una rápida mirada.
Al otro lado de la puerta se escuchaba un ruido continuo y metálico, como el de una máquina motorizada, y varios golpes acompasados que sonaban cada varios segundos.
Shuusei llamó a la puerta, pero no obtuvieron respuesta. Supusieron que no habría escuchado la llamada quien quiera que se encontrara al otro lado debido al ruido del interior, por lo que se dispusieron a tirar la puerta abajo. No hicieron falta ni dos golpes de los jóvenes para quitarla de su camino y poder entrar al interior de la residencia. El lugar estaba oscuro, con un ligero olor a podredumbre y lleno de polvo, que no tardó que mezclarse con el aire de la habitación debido a la efusiva entrada de los chicos.
Lo único que pudieron ver con mediana claridad era una luz al fondo del pasillo, una luz débil y amarillenta proveniente de una pequeña lamparita de mesa, que descansaba en el suelo, al lado de la única persona que habitaba aquel reducido espacio. Los ejecutores se adelantaron hasta la sala levemente iluminada y encontraron al hombre de rodillas en el suelo golpeando lo que parecía ser una chapa de metal con un martillo. En torno al hombre había varias armas blancas, tales como navajas, puñales, e incluso una katana corta. En cuanto les vio se puso de pie, e intentó buscar una via de escape. Shuusei se dio cuenta, por lo que se apresuró en sacar el arma y apuntar al individuo. Pero antes de que pudiera accionar el gatillo, el hombre se dio la vuelta, y salió de la casa atravesando la ventana que daba a las escaleras de emergencia.
Shuusei bajó el arma, molesto, mientras le dirigía una mirada a su compañera.
-Ese capullo tenía el psycho muy alto –informó.
-¡Joder! –exclamó Juvia mientras se acercaba a la ventana rota-. Vamos, antes de que se escape.
La joven saltó al otro lado, esquivando los restos de cristal que quedaban adheridos al marco. Shuusei se aproximó a seguirla mientras que los demás vecinos se atrevían a salir de sus casas y asomarse a la del hombre, intentando descubrir qué era lo que estaba pasando.
Juvia bajó a toda velocidad por las escaleras de incendio, y no tardó en ser alcanzada por Shuusei, que bajaba los escalones de tres en tres. Cuando al chico solo le faltaba una planta para llegar a la baja, vio al hombre, que corría a través del callejón, intentando perder a sus perseguidores por las estrechas calles.
Shuusei dio un gran salto, llegando al suelo desde la mitad de las últimas escaleras que le quedaban por bajar, y se apresuró en seguir al hombre por los callejones. Juvia no siguió los pasos de su compañero, sino que, además de bajar los escalones de uno en uno, se desvió a otra de las calles paralelas a la que había tomado el hombre y su compañero. Corrió con todas sus fuerzas, a pesar de que era lo que menos le apetecía en ese momento. Fue a girar en el primer cruce que encontró, y vio que delante de ella estaba el inquilino del apartamento, que había tenido la misma idea que ella, y había girado en aquella misma calle. Juvia levantó el arma, pero antes de que pudiera presionar el gatillo, el hombre retrocedió a la calle de la que había salido, y continuó corriendo. Ella optó por hacer lo mismo y seguir corriendo siguiendo la calle paralela a la de su presa. Apretó en la última carrera, intentando ser más rápida que él, para llegar a ponerse delante de él y así frenarle el paso. Giró una vez hubo pasado dos esquinas más y se colocó detrás de unos cubos de basura que había pegados a la pared. Escuchó el correteo apresurado de la persona que se acercaba a ella, y cuando le tuvo justo encima, estiró la pierna, poniéndole la zancadilla, y tirándole al suelo de bruces, sobre uno de los charcos que ya se habían formado sobre el asfalto. El hombre dirigió a Juvia una mirada asustada mientras que Shuusei terminaba de alcanzarlos, y disparaba al hombre, dejándole inconsciente sobre el asfalto.
Entre los dos le cargaron hasta la furgoneta a medida que la lluvia comenzaba a aminorar sobre sus cabezas. Cuando llegaron, le metieron, ya esposado, en el interior.
-Me vuelvo al apartamento, a ver si encuentro algo que nos aclare qué ha pasado –dijo Shuusei una vez hubo acomodado al hombre en el interior.
Juvia recogió la rampa de la furgoneta y se sentó en la parte posterior del vehículo, con las piernas colgando por fuera.
-Y cierra esa puerta. No quiero volver a salir corriendo detrás de ese mamonazo –añadió Shuusei mientras señalaba la puerta trasera de la furgoneta.
-¿Crees que se me va a escapar? –repuso Juvia con una sonrisa de medio lado.
-Tú solo ciérrala –respondió Shuusei, dando por zanjada la discusión.
Juvia terminó por hacerle caso, y encerrar al hombre en el interior del vehículo. Después se acercó a un bordillo que aún estaba seco gracias al saliente que había sobre él, y que lo había protegido de la lluvia, y se sentó en él, a la espera de la vuelta de su compañero.
Shuusei entró de nuevo en el edificio, y volvió a subir hasta la planta superior. Apelotonadas en el marco de la puerta encontró a un gran grupo de mujeres que habían salido de sus casas debido al revuelo. El joven se abrió paso entre ellas, y luego cerró la puerta, quedándose él solo en el interior del cuarto. Avanzó en la oscuridad hasta la sala en la que habían encontrado al hombre machacando la placa de metal. Se arrodilló al lado del trozo metálico, y vio cómo el hombre se había esforzado por darle un poco de forma, curvándolo como si pretendiera usarlo como chaleco protector. Lo volvió a dejar en el suelo con un resoplido mientras observaba la gran colección de armas blancas que había esparcidas por el suelo, todas colocadas en torno a un pequeño motorcillo aún en funcionamiento, que daba vueltas a una rueda metálica, para afilar las armas. Cogió la lámpara del suelo y la alzó por encima de su cabeza para poder ver con mayor claridad el lugar.
Presidiendo la sala había un escritorio con una gran cantidad de papeles sobre ella, algunos doblados, otros rotos e incluso quemados. Tomó uno de ellos y vio que era una carta escrita en una letra cuidada y clara. Lo único que se podía con mediana claridad era la firma, de un nombre de mujer. Dejó la carta en la mesa de nuevo y alzó la mirada hacia la pared de enfrente de la mesa. Clavada en ella y atravesada por numerosos cuchillos estaba la foto de un hombre vestido de traje y elegantemente peinado con el pelo hacia atrás bañado en gomina.
Una corriente de aire entró por la ventana rota, lo que removió el aire del interior del cuarto, acentuando el olor a descomposición. Shuusei volvió a pasar la mirada por el cuarto, iluminándolo parcialmente con la lámpara.
Debajo del escritorio, al lado de la papelera, pero tirado en el suelo, había un papel más, hecho una pelota de papel. Shuusei la tomó con dos dedos y lo desdobló con cuidado. Era una carta de despido de una gran empresa firmada por un gran garabato en el que era imposible reconocer el nombre del dueño. Shuusei fue a levantarse con la carta entre sus manos cuando vio un objeto tirado al lado de la papelera. Acercó la lámpara a él, y descubrió, para su sorpresa, que se trataba de una mano con algunas manchas de sangre en sus dedos. Siguió con la vista la mano, pasando por el brazo, hasta llegar al cuerpo, doblado en una incómoda postura debajo de la mesa. Apartó la silla para que la luz pudiera llegar mejor y a punto estuvo de caerse de espaldas al suelo cuando se encontró con ojos de la mujer bañados en sangre, y la boca abierta en lo que parecía haber sido el último intento de pedir ayuda mientras le arrebataban la vida.
-¡J-joder! –fue lo único que pudo decir, intentando recuperarse del shock.
Juvia había perdido la cuenta de lo que llevaba esperando cuando por fin vio aparecer a Shuusei del interior del edificio. La joven soltó un suspiro de cansancio, se puso de pie y comenzó a caminar hacia su compañero.
-Ahí arriba hay un cadáver –dijo el chico una vez la hubo alcanzado.
-Eso explica tu cara –dijo sin más.
-No te pases. No me sorprendo por ver un cuerpo. Es solo que no lo esperaba –se detuvo unos segundos, mientras tomaba un poco de aire-. Puede que esté así porque le hayan despedido –añadió mientras señalaba con un movimiento de cabeza la parte posterior del furgón-, pero algo me dice que su mujer le engañaba con su jefe, y por eso ha terminado así. He encontrado varias cartas de ella, y la foto de un hombre atravesada numerosas veces. Me da que su jefe era su siguiente víctima.
-Por lo menos hemos evitado una muerte, aunque sea la de un capullo integral.
Juvia se mantuvo en silencio, esperando a que su compañero comentara su intervención con alguna pullita, como solía hacer, pero se quedó callado.
-¿Volvemos? –ofreció Juvia, al ver que la cara de su compañero no mejoraba-. ¿Shu? –insistió ante la falta de respuesta del joven.
-S-sí…
-No tienes buena cara. ¿Estás seguro de que estás bien?
-Sí, no es nada. Es solo que ese cuerpo debe de llevar ya su tiempo ahí arriba. No es normal el estado de descomposición en el que se encontraba, y además el olor me ha mareado un poco, pero es solo eso. No te preocupes –añadió con una sonrisa.
-¿Preocuparme? ¿Yo? –repuso ella, divertida-. Te equivocas de persona.
-Está bien, ya sé que eres una borde despegada que no se preocupa por nadie. Pero alguna vez haré que te preocupes por alguien que no seas tú.
Shuusei caminó hasta la parte delantera de la furgoneta mientras dejaba a Juvia enfrascada en sus pensamientos.
Aquello que había dicho Shuusei le había dado que pensar. Era cierto que apenas se preocupaba por nadie desde lo ocurrido aquel día, pero igual que no se preocupaba por los demás, tampoco se preocupaba por ella misma. Había veces en la que solo deseaba que todo terminara y que se pudiera ir de una vez allí donde Karoku y Nayu la estuvieran esperando, si es que Bard no se les había unido ya.
Salió de sus pensamientos con el ruido del motor de la furgoneta. Se apresuró en alcanzar la parte delantera y tomar asiento junto al conductor y Shuusei.
En pocos minutos llegaron a la oficina, y los dos chicos se bajaron del furgón, dejándole al conductor, como de costumbre, el cargo de llevar al arrestado al centro de detención.
Ambos se dirigieron al interior, esperando encontrar a alguno de sus superiores para contarles lo ocurrido durante el caso y la resolución de este. En la sala a la que estaban asignados estaban ya Akane y Kougami. Los dos estaban sentados delante del ordenador de Akane, consultando algunos datos de los demás robos de material electrónico.
-No sé para qué alguien querría todo esto –dijo Akane mientras pasaba la mirada de un punto a otro de la pantalla.
-Supongo que tendremos que preguntarle a alguien que esté enterado en la materia –aventuró Kougami.
En el momento en que los dos chicos entraron al interior, Akane y Kougami se giraron hacia ellos y les saludaron con un gesto de cabeza.
-¿Qué tal os ha ido? –comenzó Akane.
-Bien, tenemos al tipo, y es sospechoso de homicidio e intento de asesinato –explicó Shuusei.
-¿Y vosotros? –preguntó Juvia.
-Es un robo normal, como todos los demás –respondió Akane.
-Pero hay algo que no me gusta –continuó Kougami-. No roban lo primero que pillan, ni lo más caro. Parece que siempre van a por algo en concreto. Y según testigos, siempre son grandes grupos de gente. Tendremos que pedir copias de las cámaras de seguridad.
-Pero eso ya para mañana –le cortó Akane, mientras se estiraba-. Será mejor que terminemos por hoy. Mañana será otro día, y ya podremos pedir esas copias.
Kougami soltó un suspiro como respuesta. Tras aquello, todos se dirigieron a las taquillas para recoger sus cosas y volver a sus casas. Juvia sacó la bandolera y el casco de la moto de la suya, y se dirigió a la salida tras despedirse de sus compañeros.
-No te creas que me olvido de la cena, inspectora –dijo como despedida.
Akane levantó la mano, conforme con la petición de la joven, y luego la movió lentamente de un lado para otro como despedida. La joven peliazul correspondió a su gesto antes de salir del edificio y encaminarse a su moto.
Juvia se apartó la melena semilarga de la cara para poder ponerse el casco con comodidad una vez hubo alcanzado la moto. Cuando estuvo preparada, se subió a ella y la puso en marcha. Shuusei se acercó a ella por detrás y la miró a unos metros de distancia.
-¿De verdad te parezco tan insoportable? –preguntó el muchacho.
-Puede que un poco –respondió ella con naturalidad.
-Eres increíble –repuso un poco molesto.
-Y tú un mocoso inmaduro, pero bueno, nadie es perfecto. ¿Quieres que te acerque? –ofreció ella mientras salía de la plaza en la que tenía aparcada la moto.
-No, iré dando una vuelta. Necesito un poco de aire –respondió él con la mirada perdida en el cielo nocturno.
-Como quieras. Nos vemos mañana entonces.
Shuusei se llevó un par de dedos a la frente a modo de despedida, y observó como la joven se marchaba a toda velocidad por la calle, en dirección al corazón de la ciudad.
