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Juvia llegó a su pequeño apartamento con el tiempo justo para echarse un rato antes de volver a la oficina.
Cuando abrió la puerta, el pequeño ser metálico se materializó en medio del cuarto, haciendo aparecer la misma decoración de aquella mañana. Juvia fue dejando la bandolera y el casco en el suelo a medida que avanzaba por el pasillo hasta la habitación principal. En cuanto llegó se dejó caer bocabajo en la cama, sin siquiera quitarse las botas, y cerró los ojos, dejando la mente en blanco, por lo que no tardó en quedarse dormida.

Pero el sueño no fue ni demasiado profundo ni largo. Se despertó después de unas horas de descanso, y miró al despertador que gobernaba en el cabecero de la cama. Aún tenía un rato antes de poner rumbo la oficina de nuevo. Se levantó con lentitud hasta quedarse sentada de rodillas en la cama. Se frotó los ojos en los que el aparato motorizado iluminaba levemente el cuarto, y cuando hubo la suficiente luz como para moverse por él sin riesgo de chocarse contra algún mueble oculto en la oscuridad, se levantó y se encaminó al baño. Se arregló rápidamente y en unos minutos estuvo lista para ir a la oficina.

No tardó mucho en llegar, ya que era tarde y no había tráfico por las calles de la ciudad. Dejó la moto en una de las plazas cercanas a la entrada del edificio, y se encaminó a las taquillas para dejar el casco y la bandolera.
Llegó a la sala donde sus compañeros aún trabajaban antes de las doce. Akane y Kougami estaban sentados ante el ordenador de este último, mirando las numerosas ventanas que había abiertas. Casi todas ellas mostraban la misma escena, pero desde distintos ángulos. Era una fábrica del polígono de la ciudad, la misma que tenían planeado atacar los miembros del foro por orden de Revenge. Pero en ninguna de las cámaras había aún movimiento. Juvia se acercó a sus compañeros, y se colocó a su espalda mientras observaba las cámaras, que podrían haber pasado por simples fotografías debido a la falta de movimiento.

-Ya hemos preparado las cámaras, y se ha mantenido todo tranquilo desde que han cerrado el establecimiento –informó la inspectora.

Cuando Shuusei llegó, inspectora y subordinado se alejaron del ordenador para dejar el puesto libre para sus compañeros recién llegados. Juvia se sentó en la silla que Akane había dejado libre sin mediar palabra, mientras que Shuusei se despedía de sus compañeros, prometiéndole a Akane que no saldrían corriendo detrás de los ladrones. La joven, después de dirigir una última mirada a Juvia, que se había sumergido en las imágenes de las cámaras, se despidió de Shuusei y se marchó, siguiendo los pasos tranquilos de Kougami.

Cuando Shuusei les perdió de vista por el pasillo, volvió a entrar en la sala, cerrando la puerta, y dirigiéndose después a la silla que había dejado Kougami, al lado de Juvia.

-¿Estás mejor? –preguntó el chico mirando a la pantalla.

Juvia desvió la mirada después de haber estado todo ese tiempo con ella clavada en las cámaras de vigilancia. Los ojos se le habían resecado, por lo que tuvo que parpadear varias veces antes de ser capaz de enfocar la mirada en su compañero.

-Bueno, es que esta mañana estabas un poco borde –continuó el chico debido al silencio de la joven.

-Es mi carácter, Shu. Parece mentira que no lo sepas aún.

-Es cierto que normalmente eres borde por naturaleza, pero hoy estabas más irritable de lo normal.

Pero Juvia no respondió. Volvió la mirada a la pantalla en el momento en que Shuusei se giraba para mirarla a los ojos.

No volvieron a hablar durante los siguientes minutos. Afortunadamente, no tardó en aparecer la primera persona en una de las cámaras. Aquella persona, seguida de algunas más, se desplazó a la parte posterior del edificio, lugar que no podía ser captado por las cámaras de seguridad, por lo que los chicos se quedaron sin saber qué era lo que estaban haciendo. Pero al poco rato, otro grupo distinto apareció en la pantalla, que se dirigió a la entrada principal de la fábrica, forzaron la cerradura, y entraron sin que la alarma les delatara.

Los chicos se acercaron a la pantalla en el momento en que perdieron a aquel segundo grupo de vista por entrar en el interior del edificio. Pasaron varios minutos hasta que las cámaras volvieron a captar algún movimiento. El grupo que había entrado al interior salió al rato con varios componentes electrónicos. No eran demasiados, apenas un par de personas cargaban con dos máquinas de considerable tamaño, mientras que otras pocas llevaban bolsas y cables colgando de sus brazos y cuellos. Entonces, y con total tranquilidad, se dirigieron a la parte de atrás, siendo perdidos de vista como sus compañeros.

Shuusei y Juvia se quedaron un rato más parados, casi conteniendo el silencio, a la espera de que algo más sucediera, pero nada. Los minutos siguieron pasando, durante los cuales las cámaras siguieron transmitiendo la absoluta calma que reinaba en el lugar al otro lado del monitor. La misma calma que había antes de que se produjera el robo.

-No parece peligroso. Puede que Akane nos deje ir al siguiente –repuso Shuusei mientras se recostaba en la silla.

Juvia hizo lo mismo que su compañero, y se relajó recostándose sobre el respaldo de la silla, clavando la mirada en el techo, e intentando montar todas las imágenes en su mente.

-Entonces aquí hemos terminado –añadió el joven al verse ignorado por su compañera-. ¿Te hace tomar algo?

Juvia se puso de pie y se dirigió a la salida de la sala.

-¿Eso es un sí?

-No Shu. Mañana tenemos que estar aquí otra vez, preparados para otro posible robo. Y como haya uno más, pienso estar allí, me da igual lo que diga Akane.

-Pero aún es pronto –se quejó el chico mientras apagaba el ordenador.

Pero Juvia salió de la oficina, y se dirigió a las taquillas, para coger sus cosas e irse, sin siquiera esperar al joven que corría detrás de ella, intentando alcanzarla.

El despertar de la mañana siguiente fue como todos los demás, con el recuerdo de sus amigos en la mente mientras desayunaba y escuchaba de fondo el pronóstico del tiempo para aquel día. Pero entre aquellas imágenes se coló una de la noche anterior. El momento en que estaba hablando con Shuusei antes de salir de la oficina sin dirigirle apenas una palabra. Aquel no solía ser su carácter hacía varios años, y portarse de aquella manera con cualquier persona, aunque fuese el peor de sus enemigos le dolía hasta a ella. Pero el cambio que había dado su vida en aquellos últimos años había hecho que la joven no se preocupara por nadie, ni por ella misma, por lo que mantenía ese carácter para mantenerse alejada de todos, para no volver a sufrir lo mismo que le pasó aquel día, y que nadie sufriera por ella de la misma manera en que ella había sufrido por sus amigos. Por eso no podrá permitirse el lujo de tener ningún amigo, o persona de confianza. Todo lo que le pasaba quedaba entre ella y aquellas cuatro paredes que constituían su refugio privado que nadie se había atrevido a invadir nunca.

Se encaminó como cada mañana al edificio de Seguridad. Cuando llegó estaba todo el grupo reunido, incluyendo Ginoza y los suyos, a excepción de Shuusei, que aún no se había dignado a aparecer por la oficina. Juvia se dirigió a su ordenador y lo encendió mientras se despojaba de la chaqueta de cuero y la colocaba en el respaldo de la silla, quedándose con una camiseta de manga corta ancha que dejaba un hombro al descubierto.
Pocos minutos después, Shuusei hizo su aparición en el cuarto. Entró saludando a sus compañeros con la mano mientras se encaminaba a su ordenador, se dejaba caer sobre la silla y comenzaba a trastear con la PSP mientras el ordenador terminaba de encenderse.

Aquel día Ginoza y su equipo no abandonaron la sala. Se quedaron trabajando en el caso de sus presos desaparecidos. El grupo de Akane también se quedó allí, pero al contrario que sus compañeros, no tenían nada que hacer, solo esperar a que un nuevo tema fuese publicado en el foro con la nueva información sobre el robo.
Akane después de poner en orden los archivos del ordenador, y de recibir el informe de Juvia con todo lo ocurrido el día anterior, se acercó a la mesa de Ginoza y le ofreció su ayuda. Él aceptó encantado, y no tardó en poner, no solo a Akane, sino a todos los allí presentes, a trabajar en su caso.

-Garuko –dijo de pronto Ginoza.

Juvia dio un pequeño bote en la silla al escuchar aquella formal manera de llamarla por parte de Ginoza. Hacía años que nadie utilizaba su apellido para llamarla. La joven se separó un poco de la mesa aún sentada en la silla de ruedas y se giró a su superior, esperando que continuara.

-Necesito algunos expedientes –la chica se puso de pie mientras se acercaba a la mesa del hombre y tomaba la nota que le tendía con varios nombres escritos en ella-. Necesito las fichas de todos estos individuos. Están en los archivos. ¿Vas a por ellas?

La joven no tuvo más remedio que asentir, aunque no le apetecía nada bajar hasta la sala de los archivos. Miró la nota, pulcramente escrita, y salió de la sala.
Atravesó pasillos y bajó plantas hasta quedar sepultada bajo el edificio y llegar a la gran sala que albergaba todos los archivos sobre casos, delincuentes y personas relacionadas con cualquier tema concerniente a la policía. Cruzó los pasillos de estanterías, encabezados por pequeñas tarjetitas con una única letra. Juvia buscó la primera de la lista y comenzó a mirar en los cajones que podían contener el expediente que Ginoza le había pedido.
Pero antes de que fuera capaz de localizarlo, las luces que iluminaban aquella inmensa sala se apagaron, dejando a la joven perdida en aquella inescrutable oscuridad. Se giró un poco sobre sí misma sin apenas moverse de su posición y sin ver más allá de sus narices. Afinó el oído, intentando escuchar algo, pero nada. Parecía que estaba sola en aquel lugar, a pesar de que sentía que alguien la observaba desde las sombras. Se colocó de espaldas a la estantería, cerrando el cajón con su espalda, cuando sintió que alguien pasaba por delante de ella, pero no fue capaz de verle. La oscuridad era tan absoluta que no habría encontrado diferencia entre tener los ojos cerrados o abiertos. Entonces Juvia se sintió presa, completamente vulnerable frente a la persona que estaba allí con ella. Por algún motivo aquella persona sí podía al menos distinguir algo en la oscuridad, y la tenía perfectamente localizada, de espaldas al archivo, y sin posibilidad de escapar sin comerse alguna estantería. Estaba nerviosa, y el corazón amenazaba con salirle por la boca si no era capaz de controlarse, y aquella sensación no le gustaba en absoluto. Hacía años que no se sentía así, y gracias a su pasotismo había conseguido mantener aquel sentimiento oculto. Estaba llegando incluso a tener miedo, y se le pasó por la cabeza la idea de encogerse sobre sus piernas y abrazarse el cuerpo, pellizcarse y desear que todo fuese un sueño.
Pero antes de que fuera capaz de agacharse, una mano la sujetó primero de una muñeca, luego otra mano apareció para tomarle de la otra y alzar ambas manos sobre la cabeza de la joven, sujetárselas pegadas a los cajones del archivo, e inclinarse sobre ella sin que fuese capaz de ver de quién se trataba.

La presencia que había apresado a Juvia se lazó sobre ella, buscando sus labios como si no hubiese nada más en el mundo. Como si necesitara de ellos para vivir, para respirar, para existir. Juvia se revolvió e intentó soltarse de las manos de aquella persona, pero lo único que consiguió fue que él hiciera más fuerza sobre la sujeción y se pegara más a su cuerpo, empotrándola contra el armario. La joven mantuvo los ojos y los labios fuertemente apretados mientras que la lengua del chico pedía amablemente la entrada a la boca de la chica, intentando aparentar calma, y transmitírsela a la joven, tras el mal trago que acababa de pasar. Entonces la sujeción de las muñecas se aflojó un poco, ya que en lugar de ser las dos manos las que la sujetaban, era solo una. La otra mano había bajado hasta la barbilla de la joven y la instaba a alzar la cabeza para ponérselo más fácil al joven.
Juvia relajó su postura rígida, y aflojó los labios, permitiéndole la entrada al chico a su boca, y siendo perfectamente recibido. Él, al ver que ya no había resistencia por parte de Juvia, bajó la mano que aún la mantenía presa y la deslizó hasta su cintura, pegando el cuerpo de la joven al suyo. Juvia comenzó a bajar las manos lentamente hasta el pelo del chico. Posó la mano izquierda sobre su cuello mientras enredaba sus dedos en el pelo erizado de la nuca y pasaba lentamente los dedos de la mano derecha por la sien del muchacho, descubriendo varias horquillas recogiendo el pelo del chico. Continuó bajando los temblorosos dedos, intentando descubrir la identidad de su atacante, aunque ya tenía una idea de quién se podría tratar. Se detuvo momentáneamente cuando llegó la barbilla del chico y, después de unos segundos, dejó resbalar los dedos a lo largo del cuello, acariciando con la yema de los dedos la nuez que se intuía bajo la suave piel del muchacho.
Varios segundos después volvieron las luces de la sala, pero ninguno de los dos hizo amago de separarse. Los dos jóvenes se quedaron en brazos el uno del otro, bebiendo de aquel momento que, a pesar de no ser conscientes de ello, ambos deseaban con todas sus fuerzas. Pero ninguno de los dos, absortos por completo en la presencia del otro, se dio cuenta de que alguien les observaba a unas estanterías de distancia.