9
Juvia abrió los ojos a la mañana siguiente descubriéndose tumbada en una esquina de la cama con la fina sábana cubriendo su cuerpo desnudo. Se incorporó en la cama, con cuidado de no caerse al suelo, y miró el cuarto mientras se frotaba los ojos.
La luz brillante del sol bañaba por completo la habitación, por lo que pudo ver el cuarto perfectamente iluminado y con la decoración del día anterior, que no había sido retirada en ningún momento.
Se giró lentamente hacia el lado de la cama que estaba pegado la pared del cuarto y descubrió a Shuusei, aún profundamente dormido, tumbado boca abajo con la cabeza a medio camino entre la almohada y el colchón.
Juvia volvió a recostarse a su lado mientras observaba su cuerpo cubierto hasta la cintura por la sábana. El brazo derecho del muchacho descansaba cómodamente al lado de su torso, ligeramente flexionado, y con la mano parcialmente oculta bajo la almohada. Juvia dejó bailar sus dedos por el hombro del chico, deslizándolos por él hasta alcanzar la venda, sobre la que se detuvo unos segundos antes de seguir descendiendo. Cuando llegó a la mano, Shuusei abrió los ojos y la tomó de la muñeca, obligándola a recostarse de nuevo sobre la cama mientras él se inclinaba de nuevo hacia ella.
-Buenos días –dijo el chico en un susurro.
Juvia le respondió con una sonrisa.
-Te preocupas demasiado –prosiguió el muchacho.
-No es verdad –contestó Juvia sin perder la sonrisa.
-Sí que lo es –añadió Shuusei mientras se acercaba a su cuello.
Juvia estiró la cabeza, para dejarle al chico más fácil alcanzarlo, pero sus ojos se posaron en el despertador que había en el cabecero de la cama.
-¡Joder! –exclamó-. ¿Has visto la hora que es?
-¿Eh?
Shu alzó la mirada hasta el reloj y al ver la hora se separó rápidamente de Juvia, quedándose sentado sobre las piernas de la joven.
-¡Gino nos va a matar! –repuso el chico sin apartar la mirada del despertador.
Juvia apartó a Shuusei de encima suya, tirándolo sobre la cama, y se levantó rápidamente. Cogió los pantalones del chico del suelo y se los tiró a la cara.
-¡Vamos! ¿A qué esperas?
-Déjame darme al menos una ducha –contestó el chico mientras se levantaba de la cama.
-No hay tiempo –repuso ella mientras seguía recogiendo las cosas que había tiradas en el suelo del apartamento.
-Podemos ducharnos los dos juntos para ahorrar tiempo –ofreció el chico con una sonrisa de medio lado.
-¡Vete a la mierda!
Shuusei caminó hacia Juvia, la tomó de la mano y la guió hasta el baño.
-¿Qué más da que lleguemos un par de minutos más tarde, si ya nos van a matar en cuanto nos vean entrar? –dijo sin perder la sonrisa.
Después de compartir algo más que una simple ducha, Juvia y Shuusei salieron del apartamento a medio recoger y sin desayunar. Pusieron rumbo al lugar de descanso de la mascota motorizada de Juvia y se dirigieron a la oficina los dos juntos.
Cuando atravesaron la puerta de su lugar de trabajo casi sin aliento, vieron a todos sus compañeros corriendo de un lado para otro, extremadamente alarmados y gritándose entre ellos. Los recién llegados se detuvieron bajo el umbral de la puerta, observando el inusual ambiente de la oficina, hasta que los ojos de sus compañeros se posaron sobre ellos, y comenzaron a lanzar resoplidos de alivio, y algún que otro grito más alto que los de antes. Kougami, Masaoka y Yayoi volvieron a sus puestos, mientras que Ginoza y Akane se acercaban a los dos jóvenes, el primero más rápido y con más mala cara que la segunda.
-¡¿Se puede saber dónde estabais?! –repuso el inspector-. ¡Nos creíamos que os había pasado algo después de lo de ayer! ¿Cómo se os ocurre iros a vuestras casas tranquilamente sin antes avisar sobre lo que ha pasado en el robo, y encima presentaros tarde al día siguiente?
Juvia y Shuusei intercambiaron una mirada silenciosa. Cuando se dieron cuenta del error que había cometido al no avisar y darles a pensar a sus compañeros que podían estar heridos o peor al no presentarse al día siguiente, Juvia se llevó una mano a la frente mientras que Shuusei se pasaba la mano por la nuca, con la mirada perdida en el techo de la sala.
-Hemos visto las noticias sobre el tiroteo en la tienda, y nos creíamos lo peor –continuó Akane.
-Perdón –dijo Shuusei-, no nos dio por pensar eso…
-Tsk –repuso Ginoza molesto-. ¿Y en qué narices pensabais?
Shuusei volvió a apartar la mirada mientras se mordía el labio.
-¿Y por qué habéis llegado tarde, y encima juntos? –continuó el inspector.
-Kagari terminó herido… -comenzó Juvia, midiendo sus palabras-, y le llevé mi apartamento para tratarlo, pero se quedó dormido por la pérdida de sangre, y me tocó quedarme por la noche despierta para vigilarlo. Al final me dormí, y nos hemos despertado hace unos minutos.
Shuusei bajó la mirada hasta su compañera, sin creerse que hubiera sido capaz de soltar aquella trola. Pero el rostro de Ginoza se relajó al escuchar aquellas palabras, al contrario que el de Akane, que se había fijado en el roto de la chaqueta de Shuusei.
-¿Qué? ¿Pero ya estás bien? –preguntó rápidamente, mirando al joven ejecutor.
-Sí, sí… -se apresuró en contestar Shuusei.
-De verdad… -repuso Ginoza dejando escapar un suspiro-. Para la próxima avisad, aunque sea una llamada rápida, para que nos quedemos más tranquilos.
Los inspectores se dieron la vuelta para volver a sus mesas, dejando a los dos jóvenes bajo el marco de la puerta. Kougami esperó a que sus superiores pasaran por detrás de él para girarse levemente a sus compañeros y mirarles con una ligera sonrisa aliviada en su rostro, aunque pícara, ya que no terminaba de creer por completo en las palabras de Juvia.
Aquella mañana, tras aquel breve momento de descontrol, transcurrió tranquilamente. Cada uno estuvo trabajando en su caso desde su mesa sin apenas cruzar una palabra, y dejando que el ruido de los teclados fuese el único que se oyera en todo el cuarto.
Después de una breve pausar para comer, en la que Shuusei y Juvia devoraron los platos de la cafetería, en el ordenador de Shuusei apareció un correo perteneciente al usuario del foro de Revenge. Rápidamente el chico avisó a sus compañeros y se apresuró en abrirlo mientras que ellos se agrupaban a su espalda.
Estimado Nezumi,
¿Ha sufrido alguna vez algún ataque de algún ser despreciable que ahora se encuentra entre rejas, y le gustaría vengarse de él?
Si es así, ahora es su oportunidad. No dude en dejarse pasar por la página que le adjuntamos y disfrutar de esta aplicación que hemos desarrollado para todos ustedes.
Atentamente, Arashi
Grupo de administradores de Looking for Revenge
Los cuatro encargados de aquel caso cruzaron las miradas entre ellos.
-¿Qué narices…? –comenzó Juvia.
-¿Vengarse? –continuó Kougami-. ¿Ha hecho esto por venganza?
Akane y Shuusei observaron la pantalla con interés, concretamente el link que se adjuntaba al final del correo. Los dos intercambiaron una mirada y, ante el asentimiento de Akane, el joven clicó en él.
Una nueva ventana se abrió en el ordenador, superponiéndose a las que ya estaban abiertas. Era una pantalla completamente negra, con el logotipo del foro, el círculo con rejas en el interior, dominando la imagen principal. Shuusei llevó el ratón hasta el círculo y lo presionó. Ante la mirada de los chicos apareció un video introductorio de lo que parecía ser un juego de plataformas en 3D. En la esquina superior derecha había un par de casillas para rellenar y poder comenzar la sesión. Shuusei, sin esperar a que sus compañeros le dieran el visto bueno, comenzó a teclear el nombre y contraseña del usuario del foro. La pantalla comenzó a cargar ante la impaciente mirada de los compañeros y, cuando finalmente lo hizo, apareció una lista de nombres en verde escritos sobre el fondo negro de la página.
-Dick Rogers, Janette Dream, Brooke de Blanke… –comenzó a enumerar Shuusei.
-¡Un momento! –repuso Ginoza al escuchar aquella retahíla de nombres.
El inspector se acercó rápidamente a la mesa en torno a la cual estaban todos reunidos y se asomó por encima del joven ejecutor. Ginoza estudió todos los nombres en silencio y, tras varios minutos de espera, finalmente se separó y miró a la pantalla con los ojos desorbitados, sin creerse lo que le mostraban.
-Esos son los presos desaparecidos de los que nos encargamos nosotros.
Masaoka y Yayoi también abandonaron sus puestos para ir a comprobar lo que Ginoza había dicho. Tras observar la pantalla, intercambiaron una mirada entre ellos antes de girarse de nuevo hacia su superior y esperar a que dijese algo.
-¿Qué está pasando? –fue lo único que fue capaz de decir.
Todos los allí presentes se mantuvieron en silencio, sin saber qué era lo que estaba pasando, sin saber porqué todos esos nombres aparecían en aquella lista, y cuál era la relación con el caso del robo de material electrónico.
Estuvieron el resto de la tarde casi sin hablar, todos pensando en la posible relación, pero sin llegar a ninguna conclusión, a excepción de Shuusei, que desde que había descubierto aquella página con los nombres había estado trasteando en ella, intentando averiguar su utilidad, ya que, por más que pinchaba en los nombres, nada pasaba.
Cuando comenzó a anochecer, Kougami se estiró en su silla, sacando a todos sus compañeros de sus pensamientos. No fue hasta ese momento que se dieron cuenta de la hora que era, y rápidamente comenzaron a apagar los ordenadores y recoger para irse a sus casas, todos menos Shuusei. Juvia se acercó a él, aún sentada en la silla, y se asomó a su mesa, mirando la pantalla del ordenador.
-Será mejor que lo dejes. Acabarás soñando con eso esta noche.
Shuusei apartó la mirada de la pantalla para ir a enfocarla en su compañera y mirarla con una sonrisa de medio lado.
-No creo –repuso observándola con ojos sedientos.
Juvia soltó un suspiro y empujó la silla del chico lejos de su mesa para poder apagar el ordenador y obligarle a dejar la oficina.
Salieron todo el equipo junto hacia las taquillas. Juvia, como de costumbre, se adelantó a sus compañeros y salió corriendo a buscar su moto tras despedirse rápidamente de ellos y recibiendo un rápido guiño de Shuusei que pasó desapercibido al resto de los presentes.
Juvia guardó la bandolera bajo el asiento de la moto y se colocó el casco, lista para volver a su apartamento.
Las calles ya habían encendido sus luces para iluminar la ciudad en su absoluta oscuridad, y la gente se dirigía a sus casas tras un duro día de trabajo, como Juvia, que conducía por las carreteras, esquivando coches e intentando llegar a su apartamento lo antes posible. Pero en su cabeza solo tenía lo descubierto aquel día, la invitación a aquella supuesta aplicación por parte de uno de los administradores, y la aparición de todos aquellos nombres.
Iba tan centrada en intentar encontrar algún punto de unión a todo aquello, que no vio el coche que se lanzaba sobre ella. El coche que circulaba por detrás de ella iba a más velocidad de la permitida por aquella zona de la ciudad, no vio la moto de la joven, y le dio tal golpe por detrás que hizo que la chica cayera de cabeza sobre el suelo, y saliera rodando varios metros hacia delante, dejando la moto justo delante de las ruedas delanteras del automóvil.
El golpe que recibió en la cabeza hizo que perdiera el sentido inmediatamente, a pesar de llevar el casco puesto, y el roce con el asfalto hizo que toda la piel del lado derecho de su cuerpo se levantara al no ser protegido por la fina chaqueta que llevaba puesta.
El choque hizo que todos los coches que circulaban detrás se detuvieran y sus conductores salieran a la calle a ver el accidente. El dueño del coche causante de ello salió corriendo, dejando la puerta de su automóvil abierta y acercándose a la joven, mirándola con los ojos desorbitados. Algunos de los viandantes se desviaron de su habitual rumbo para acercase al cuerpo inmóvil de la joven, y observarla con miedo en sus ojos.
-¡Oh dios mío! ¡¿Qué he hecho?! –gritó el dueño del automóvil mientras observaba el cuerpo de la joven, tumbado de lado sobre el asfalto.
Uno de los viandantes se atrevió a acercarse más que los demás, se arrodilló a su lado, y le tomó el pulso desde el cuello.
-Está viva –repuso con un suspiro. Luego alzó la mirada hasta el hombre causante de aquel desastre-. ¡Pero hombre! ¿Dónde tenía los ojos?
-N-no sé… -repuso él, ahuecando la amplia bufanda que le cubría desde la barbilla hasta los hombros, para que el aire le llegara mejor.
El viandante, ya entrado en edad, miró al joven rubio, que se había arrodillado frente al cuerpo de la joven y estiraba sus manos con la intención de alcanzarla.
-Será mejor no tocarla hasta que llegue la ambulancia –repuso el hombre.
-P-puedo acercarla yo al hospital –ofreció el joven conductor rubio.
-No se preocupe –se apresuró en contestar el hombre-. ¡Que alguien llame a una ambulancia! –dijo alzando la voz-. Y usted –añadió mientras bajaba la mirada hasta el conductor-, será mejor que no se vaya muy lejos…
La ambulancia llegó a los pocos minutos de que el accidente se hubiese producido, acompañado de un coche de policía. Los agentes apartaron al rubio para comenzar a interrogarle sobre lo ocurrido, mientras que los auxiliares de la ambulancia comenzaban a observar el cuerpo de la joven. La giraron con cuidado hasta dejarla bocarriba y, al quitarle el casco, descubrieron la profunda brecha que se había abierto en la frente. Detuvieron la hemorragia y la pusieron un collarín. También observaron con detenimiento las heridas de todo el lado derecho del cuerpo debido a la gran distancia que había salido rodando y, tras aquello, la depositaron suavemente sobre la camilla para subirla a la ambulancia y llevarla al hospital.
Al la mañana siguiente todos los integrantes de la Unidad 1 del cuerpo de Seguridad llegaron a la oficina a la hora apropiada, todos menos Juvia.
Ginoza estaba pensando en la gran bronca que le echaría a la joven por atreverse a llegar tarde aquel día también cuando el teléfono comenzó a sonar.
-Seguridad Pública –respondió.
Algunas miradas se posaron en él, entre las que estaban la de Akane y la de Kougami, los únicos capaces de ver cómo su rostro fue cambiando a medida que la persona al otro lado del teléfono hablaba.
Después de unos minutos en los que la otra persona estuvo en su mayor parte hablando, recibiendo únicamente monosílabos del inspector, Ginoza apartó el auricular de su oreja y, sin llegar a colgarlo, miró a todos los de la sala.
-Garuko está en el hospital.
