10

Todos los allí reunidos miraron al inspector sin terminarse de creer lo que estaba diciendo. Pero su cara reflejaba lo contrario. El color había abandonado su rostro y tenía la vista perdida en el frente de la sala, sin ser capaz de enfocar a un punto en concreto.
Al observar la reacción de Ginoza, los ejecutores intercambiaron algunas miradas entre ellos mientras Akane se acercaba a su compañero y le preguntaba sobre lo ocurrido.
Shuusei comenzó a retroceder lentamente hacia la salida de la oficina mientras negaba en silencio. Cuando llegó al pasillo agitó bruscamente la cabeza, intentando salir de su ensimismamiento, y comenzó a correr hacia la entrada sin que ninguno de sus compañeros se percatara de su movimiento.

Rápidamente salió del edificio y tomó un taxi hasta el hospital de la ciudad. Llegó allí en apenas unos minutos y se dirigió sin detenerse a la recepción que había a la entrada del gran edificio. Tal fue el golpe que dio sobre su superficie, que todas las enfermeras que estaban trabajando al otro lado en los documentos del centro alzaron sus miradas hasta el joven con un sobresalto. Una de ellas dejó lo que estaba haciendo para acercarse al chico e intentar tranquilizarle mientras le preguntaba el motivo por el que estaba allí. Shuusei le puso a la mujer al corriente de lo poco que él sabía, y ella no tardó en ponerse a buscar a la enfermera que había llamado a Ginoza aquella misma mañana. Afortunadamente no tardó en encontrarla, y minutos después Shuusei estuvo hablando con ella mientras que el resto de la Unidad 1 hacía su aparición en el hospital.

-Ha sufrido un accidente de tráfico –comenzó la mujer-, pero afortunadamente sus lesiones y heridas no son graves. Si quieren, pueden acompañarme… -ofreció la chica tímidamente mientras miraba a Ginoza.

Ginoza y los demás se dispusieron a seguir a la mujer a través de los pasillos, pero Shuusei no hizo ningún movimiento.

-¿Cuánto tiempo lleva aquí? –preguntó el joven con la cabeza agachada.

-La trajeron anoche –informó la enfermera mientras se giraba de nuevo a Shuusei, deteniendo su camino hacia la habitación-. Habríamos avisado antes, pero el único número que figuraba en su ficha era el de la oficina de Seguridad Pública. Lo intenté durante toda la noche hasta que por fin esta mañana conseguí ponerme en contacto con ustedes.

-¿No había ningún número de su familia? –preguntó Akane.

-Ella no tiene familia a la que acudir –repuso Shuusei con odio y rencor en sus palabras-. No tiene a nadie.

-Había pensado en actualizar su ficha –prosiguió la enfermera tras el pesado silencio que se formó por las palabras de Shuusei-. Si no les importa que tome alguno de los suyos…

-Claro, no hay problema –dijo Ginoza-. Como su superior estoy en la responsabilidad de hacerme cargo de ella. Le puedo dejar el mío y…

-No Gino –le cortó Shuusei-. Quiero decir… -añadió, intentando suavizar sus palabras-, que tú ya tienes muchos problemas como para ocuparte de más… Puedo dar mi teléfono, al fin y al cabo es mi compañera.

Todos se quedaron en silencio durante un rato, con la vista fija en Shuusei.

-Está bien, como quieras, Kagari –accedió Ginoza.

La enfermera les indicó a sus acompañantes la habitación en la que Juvia descansaba, pero se quedó fuera, tomando el número de Shuusei para actualizar la ficha de la joven. Cuando terminaron, le dirigió al muchacho una sonrisa tranquila y reconfortante, pero él no fue capaz nada más que de torcer levemente una de sus comisuras antes de entrar en la sala. Kougami, que aún no se había decidido a entrar, había estado observando a Shuusei desde que habían llegado al hospital. Cuando el chico entró al interior, se dirigió la enfermera y la detuvo antes de que ella se alejara de la puerta.

-Ese chico… -comenzó, llamando la atención de la mujer-, tiene una relación especial con ella. Si tiene algo que comunicar sobre ella, no dude en acudir a él.

La enfermera le dirigió una sonrisa al ejecutor, acompañada de un gesto afirmativo con la cabeza, antes de girarse y continuar su camino hacia la recepción. Entonces Kougami suspiró y entró en el cuarto.

Allí, en la cama que había pegada a la pared bajo la ventana, reposaba Juvia sobre el lado izquierdo de su cuerpo. Akane fue la que se acercó a la cama la primera, se arrodilló delante de ella y cuadró sus ojos con la cara de Juvia. No tardó en soltar un suspiro de alivio. Los demás se mantuvieron a una distancia prudencial de la cama, en absoluto silencio, observando el tranquilo respirar de la joven. Pero Shuusei no se unió al grupo, sino que se mantuvo en una esquina con la cabeza agachada y las manos en los bolsillos del pantalón.

Pocos minutos después llegó la enfermera que les había guiado hasta allí. Se asomó a la puerta y le indicó al inspector con un gesto de la mano que saliera del cuarto, dirigiéndole después una fugaz mirada a Shuusei, rezando porque él también captara su mensaje.
Pero el único que encaminó sus pasos al exterior de la sala fue Ginoza. Afortunadamente para la enfermera y sus sutiles indirectas, Kougami captó el gesto de la mujer, y siguió a su superior, tirando de Shuusei en el camino.
Cuando los tres hombres estuvieron en el exterior, la enfermera cerró la puerta del cuarto, dejando al resto en el interior. Cuando se giró a ellos, dedicó una rápida sonrisa agradecida a Kougami por su ayuda antes de detenerse en Ginoza y comenzar a explicarle lo sucedido.

-Llegó anoche con algunas abrasiones por todo el lado derecho del cuerpo, debido a la cantidad de metros que rodó tras el impacto. Pero no son graves, lo único que la molestarán durante unos días. Tiene también la muñeca derecha torcida de cuando cayó al suelo, y una brecha en la frente, pero gracias al casco no ha sido nada más que un corte superficial. Estamos terminando con las últimas pruebas, pero podrá irse pronto. Esperaremos a que despierte y a que vea ella cómo se encuentra, para que decida ella si quiere quedarse o no.

-Tratándose de Garuko, querrá salir corriendo en cuanto abra los ojos… Será mejor mantenerla vigilada hasta que terminen con las pruebas y nos den el visto bueno para que abandone el centro –repuso Ginoza con la mirada perdida en el techo, como si estuviera pensando en voz alta-. Gracias –añadió, bajando la cabeza de nuevo hacia la enfermera.

Ella inclinó ligeramente la cabeza antes de irse de nuevo, dejándoles a los tres solos.

-Bueno, en ese caso –continuó Kougami cuando hubieron perdido de vista la enfermera-, será mejor que la dejemos descansar y vayamos a comer algo hasta que se despierte. Pero uno deberá quedarse con ella, solo por si acaso.

-Estás dando por sentado que se despertará hoy –observó Ginoza.

-Estamos hablando de Juvia, ¿verdad? Simplemente está durmiendo. Ella no necesita ningún tipo de reposo –añadió Kougami con una sonrisa.

Shuusei, que había estado ausente hasta el momento, se sobresaltó cuando Kougami colocó su mano sobre el hombro del chico, sacándolo de sus pensamientos.

-¿Qué te parece, Kagari? ¿Te encargas de Juvia?

-¿Q-qué? –preguntó el chico, intentando situarse tras aquel viaje lejos del hospital.

Pero Kougami no siguió hablando. Se asomó al interior del cuarto y les indicó a los del interior que ya podían salir. Cuando Akane, Yayoi y Masaoka hubieron abandonado el cuarto, Kougami le dio un empujón a Shuusei hacia el interior de la habitación. Cerró la puerta y se llevó a sus compañeros a la cafetería del hospital.

Shuusei se vio abandonado a su suerte en aquel cuarto, sin más compañía que un anciano durmiente y Juvia. Con un suspiro se acercó a una de las sillas que descansaban entre medias de las dos camas y la acercó al cabecero de la cama sobre la que dormía Juvia. Se quedó unos segundos medio tumbado en ella, mirando el techo de la habitación, hasta que decidió incorporarse y observar a su compañera. Colocó sus codos al lado de la almohada y la barbilla sobre las manos. Sus ojos se posaron en los de Juvia, cerrados y relajados. El flequillo le caía desordenadamente por la frente, ocultando parcialmente la venda que le cubría el lado derecho de esta. Aparte de aquella venda en la frente, no parecía tener nada más, pero según le habían dicho, su cuerpo, cubierto en aquel momento por la fina sábana, debía estar completamente arañado y magullado. Se atrevió a dejar aventurar su mano por la sábana y a deslizarla un poco a lo largo del cuerpo de la joven, descubriendo el brazo con la piel levantada, revelando la piel rosa de las capas más internas del cuerpo, con algún que otro puntito rojo por el que salía de vez en cuando alguna gota de sangre.
Shuusei suspiró, al principio de dolor al imaginar aquellas heridas en su cuerpo, pero luego de alivio, al ver que las heridas que había sufrido no eran más que unas abrasiones. Cuando escuchó las palabras de Ginoza aquella mañana se había puesto en lo peor. No le habían dado detalles concretos del accidente, pero ella debía de ir en su moto camino a casa cuando algo la hizo caer de ella, haciéndola rodar varios metros por el asfalto. Shuusei apretó su puño. Tendría que preguntar por lo sucedido, y averiguar si había alguien más implicado en el accidente. En ese caso… Se clavó las uñas en la palma de la mano. El dolor le hizo volver a la realidad. Parpadeó varias veces, intentando enfocar la mirada y la descendió hasta Juvia, quien había abierto los ojos en algún momento durante el rato que Shuusei estuvo perdido en sus pensamientos.
Shuusei, al encontrarse con los oscuros ojos de la chica, parpadeó más rápido que antes, pensando que sus ojos le estaban jugando una mala pasada. Pero no fue así. Cuanto más parpadeaba, más clara se volvía la imagen, y más brillo descubría en los ojos de la chica. Pero siguió sin reaccionar. Juvia apartó la mirada de Shuusei y comenzó a incorporarse en la cama, ayudándose de su brazo izquierdo. Observó la habitación con detenimiento antes de volver a detenerse sobre los incrédulos ojos de Shuusei.

-¿Qué pasa? Parece que has visto un fantasma –dijo la muchacha.

-¡N-no digas esas cosas! –repuso él rápidamente-. Es solo que me has sorprendido. No esperaba que te despertaras tan rápido.

-No tengo más sueño.

Juvia deslizó sus piernas hasta el borde de la cama, perdiendo la sábana en el camino y desvelando sus piernas vestidas hasta la mitad del muslo con el ligero camisón del hospital. La pierna derecha estaba mucho menos magullada que el brazo, pero el vaquero no había podido protegerla por completo, por lo que tenía algún ligero arañazo a lo largo de ella, especialmente en la rodilla, que la tenía muy raspada. Se levantó sin dudar y sin dejar que sus piernas se tambalearan y comenzó a caminar hacia la puerta.

-Juvia –comenzó Shuusei, aún sentado en la silla-, ¿a dónde vas?

-¿No lo ves? A por mis cosas para poder irme.

-Tienes que esperar a los resultados –repuso el chico con un suspiro-. Si eres buena chica puede que te dejen salir hoy mismo pero… ¡Eh!

Shuusei se detuvo al ver que la chica había salido de la habitación, ignorando completamente sus palabras. Se puso de pie de un salto y corrió detrás de ella. Afortunadamente no tuvo que correr mucho ya que a los pocos metros de la puerta del cuarto fue capaz de cogerla por la muñeca y encaminarla de nuevo al interior del cuarto, tirando de ella mientras que Juvia intentaba resistirse. Shuusei la sentó en la cama, cerró la puerta y volvió para sentarse a su lado.

-Vamos Juvia, tienes que poner de tu parte. Si no colaboras, Gino no te dejará salir del hospital.

-Tsk.

-Y cambiando de tema… A partir de ahora voy a exigir un mensaje cada vez que llegues a casa después del trabajo, para saber que has llegado bien.

-¿A sí? –repuso ella con una sonrisa de medio lado-. ¿Y quién te crees para exigir eso?

-¿De verdad tengo que responder a eso? –susurró mientras se acercaba a su cuello.

Shuusei acarició el contorno del cuello de Juvia con la punta de la nariz, haciendo que la piel de la joven se pusiera de gallina ante el roce. A la nariz le siguieron los labios, que comenzaron a dejar un reguero de besos en torno al cuello, que no tardó en subir hasta la mejilla y alcanzar los labios de Juvia. Ella respondió al beso y poco a poco comenzó a subir su mano al pelo del chico, enredando sus dedos entre sus mechones.
Entonces la puerta de la habitación se abrió, rebelando a Kougami al otro lado, que se apoyó en el marco de la puerta, sorprendiendo a los dos chicos, que se separaron rápidamente.

-No me voy a asustar por unos besos –repuso el joven mientras entraba en el cuarto y le tendía una lata a Shuusei-. Lo siento Juvia, no sabía que estabas despierta y no te he traído nada.

-No te preocupes, Kou –dijo ella, sonriente.

-Ya veo que estás bien –añadió el chico, mirando de reojo a Shuusei-. Nos has dado un buen susto a todos.

-Siento haberos preocupado, pero me encuentro bien. Ahora lo único que quiero es salir de aquí y volver a la oficina. ¿Habéis averiguado algo sobre los nombres de los presos?

-No nos has dado tiempo –repuso Shuusei-. Apenas estábamos encendiendo los ordenadores cuando nos ha llamado la enfermera para decirnos que estabas aquí.

-¿Y qué hacéis aquí? Puede estar pasando algo y nosotros aquí perdiendo el tiempo.

-Para el carro, jovencita –intervino Kougami-. Gino sabe perfectamente lo que hace, y, aunque no lo creas, un ejecutor también es importante para el cuerpo, aunque te niegues a aceptarlo.

-Por eso ahora tienes que esperar a recuperarte antes de hacer nada –añadió Shuusei.

-Pero estoy bien. No son más que unos arañazos.

-Ya se lo decía yo a Gino –suspiró Kougami-. Me temo que, en ese caso, lo único que tenemos que hacer es pedir los resultados de las pruebas y que den permiso para salir. Voy a ver si encuentro a la enfermera.

Kougami salió del cuarto, dejando a los dos jóvenes solos en cuarto, además del anciano que seguía durmiendo al otro lado de la cortina. Cuando la puerta se cerró, con Kougami al otro lado, los chicos se miraron y se sonrojaron al haber sido descubiertos, aunque su compañero parecía saberlo desde antes, ya que no se había sorprendido.

La comida de Juvia llegó pocos minutos después, pero ella tenía el estómago cerrado, por lo que le ofreció la carne y el postre a Shuusei, comiendo ella únicamente el primer plato que le habían servido. Tras la comida aún siguieron hablando tranquilamente durante un rato, hasta que Kougami llegó acompañado de Gino, la enfermera y un hombre ataviado con una bata blanca y un estetoscopio colgando del cuello.
Aquel hombre le dio el visto bueno a Juvia para salir del hospital, pero solo si era cuidadosa con sus movimientos y se comprometía a visitarlos si algo pasaba.

-Y no te fuerces –añadió el doctor antes de dejar el cuarto acompañado de la enfermera.

Juvia deseó que no hubiese dicho esas palabras delante de Ginoza, porque ahora su superior no la dejaría trabajar en varios días.
Rápidamente echó a los chicos de la habitación para poder vestirse ella tranquilamente con la ropa que Akane le había traído de su taquilla de la oficina.
Cuando salió del cuarto descubrió que todos sus compañeros se habían ido ya a la oficina, todos menos Shuusei, que la esperaba apoyado en la pared de enfrente.

Salieron al exterior, y Shuusei detuvo un taxi. Juvia se montó en él y entonces, cuando su compañero hubo indicado el destino al conductor, se acordó.

-Me da miedo preguntar, pero… ¿y mi moto?

-La enviaron al taller. Según me han contado no está muy dañada –dijo él mientras se giraba hacia ella-, así que quita esa cara de susto. Además el seguro se hará cargo de la reparación. Quedará como nueva –se detuvo durante un rato antes de continuar-. Juvia… ¿qué recuerdas del accidente?

Ella desvió su mirada al exterior del automóvil mientras se esforzaba por ordenar sus recuerdos.

-Muy poco –dijo después de un rato-. Solo un golpe por detrás. Perdí el control de la moto, y caí hacia delante. A partir de ahí no recuerdo nada.

-Ya… Si fue por detrás es difícil saber algo más…

-Me han dicho que el hombre que me golpeó se ofreció a llevarme al hospital. Pero uno de los testigos insistió en que lo mejor era llamar a una ambulancia.

Shuusei se quedó pensativo, memorizando las palabras de Juvia, que eran mucho más importantes de lo que ella pudiese creer.

Pocos minutos después llegaron a la oficina. En el interior ya estaban todos trabajando, incluso Kougami había invadido el ordenador de Shuusei. Los chicos se acercaron en silencio y se colocaron a su espalda, observando la pantalla del ordenador.

-Ya están activos los links de los nombres de los reclusos –les informó Kougami a los recién llegados-. Cada uno de ellos tiene una página propia, pero aún no sabemos para qué sirven.

-Le hemos enviado los datos de la página a Shion para que los analice –añadió Ginoza a la espalda de los chicos, que se había acercado a ellos cuando entraron en la sala. Los dos se giraron hacia él y los ojos del inspector se detuvieron en Juvia-. Sé que te dará igual lo que te diga, Garuko, pero tú no debes estar aquí. Deberías irte a descansar. Pero como sé que vas a hacer lo que quieras, prefiero no insistir. Ya eres mayorcita para tomar tus decisiones.

Ginoza se dio la vuelta y volvió a su sitio al final de la sala. Kougami desocupó el asiento de Shuusei para que el chico pudiera sentarse ante su ordenador, y rápidamente todos los ejecutores estuvieron en sus sitios, estudiando el caso que tenían entre manos.

-Joder –dijo Shuusei después de casi una hora-. Esto es como un juego… Es una aplicación para crear videojuegos, más concretamente –todos sus compañeros se agruparon a su alrededor.- Puedo hacer lo que quiera, poner paredes, destruirlas…

En medio de la sala que aparecía en la pantalla, un cuadrado con baldosas negras, había un avatar de una persona vestida con un pijama de rayas, como el de los reclusos. Shuusei creó al lado de aquella habitación otra de las mismas dimensiones y puso una puerta para comunicarlas. Rápidamente el avatar se movió hacia la puerta, la abrió y pasó la otra habitación, en la que empezó a dar vueltas mientras tanteaba las paredes con las manos.

-¿Qué es esto? –preguntó Akane, claramente perdida y sin entender qué estaba pasando.

Shuusei clicó en una de las pestañas que aparecían en la derecha de la pantalla, al lado de aquella sala, y apareció una enorme colección de armas. Seleccionó un cuchillo e inmediatamente apareció en la sala, cayendo delante del avatar. El personaje cogió el cuchillo, lo miró con detenimiento y se lo llevó al cuello. La sangre no tardó en aparecer, formando un charco rojo pixelado a los pies del personaje, que cayó de rodillas al suelo, antes de tumbarse bocabajo en el suelo, sobre la sangre. En medio de la pantalla apareció un enorme letrero con letras rojas brillantes y parpadeantes.

"El objetivo ha sido eliminado"

Bajo el letrero apareció el pequeño logotipo de una cámara. Shuusei pinchó en él y la imagen proveniente de una cámara de seguridad ocupó el lugar de la pantalla del juego. En ella se podía ver el cuerpo de una persona vestido con el traje de recluso carente de vida sobre un enorme charco de sangre. Aquella sala, de baldosas negras, era como la habitación del juego, y la persona estaba en la misma posición que el avatar. La cara de la persona se podía ver con mediana claridad debido a la baja calidad de la cámara, pero Ginoza no tardó en reconocerle como uno de los reclusos desaparecidos. Fue rápidamente a su mesa a por el informe y se lo tendió a sus compañeros para que corroboraran sus palabras. Todos ellos coincidieron en que así era y que la persona que tenían muerta delante era el recluso que había desaparecido hacía unos meses en su traslado. Shuusei volvió a la pantalla de los nombres, y comprobaron que el nombre de aquel recluso había desaparecido de aquella lista.
Los ejecutores se revolvieron, inquietos, intentando averiguar qué era lo que estaba pasando, y los inspectores intercambiaron una mirada. Segundos después, el comunicador de Ginoza comenzó a sonar. Shion había obtenido algunos datos del análisis de la página, entre los que se encontraba la localización del lugar de origen de la señal. Al escuchar aquellas palabras, Shuusei y Juvia se tensaron. Las coordenadas del lugar aparecieron en los relojes de todos ellos, y descubrieron que era un edificio abandonado a las afueras de la ciudad. Ginoza no había terminado su conversación con Shion cuando los dos jóvenes se levantaron y se aproximaron a la salida de la oficina.

-¡¿A dónde os creéis que vais vosotros dos?! –gritó Ginoza mirando las espaldas de los dos ejecutores.

-¿Realmente quieres una respuesta? –prosiguió Juvia.

-¡Garuko! ¡Como des un paso fuera de esta sala serás expulsada del caso y obligada a tomar unos días de reposo! –insistió el supervisor-. E incluso transferida de Unidad.

Juvia se detuvo. Las bajas que Ginoza imponían a sus subordinados era muy largas, y ella no sería capaz de aguantar mucho tiempo alejada de la oficina, sin nada que la distrajese. Y el cambio de Unidad… Llevaba años en esa unidad. No sería capaz de entrar en otra Unidad y empezar de cero de nuevo… Ella pertenecía la Unidad de Ginoza…
Shuusei colocó su mano sobre el hombro de Juvia y la miró con decisión. Entones supo que él estaría con ella, sucediese lo que sucediese.
Juvia salió de la oficina seguida de cerca por Shuusei, sin dejar que las amenazas de Ginoza le hiciesen cambiar de opinión. Lo bueno de Ginoza es que al final todo se quedaba en eso, simples amenazas. Nunca llegaba a cumplir ninguna de ellas. Bueno, tal vez la de la baja sí…

Shuusei paró un taxi una vez estuvieron los dos armados con sus Dominators, obtenidas al forzar el robot que las albergaba, y ambos se dirigieron al edificio marcado por Shion. No les costó entrar, ya que la puerta inferior estaba oxidada y se rompió con darle una suave patada. Comenzaron a subir pisos por las oxidadas escaleras, sin descubrir nada de interés. Hasta que llegaron a la planta superior. De una de las habitaciones salía una débil luz azulada, que se escapaba por debajo del marco. Shuusei se colocó a un lado de la puerta, y Juvia al otro, al lado del picaporte, abrió la puerta, y Shuusei se coló al interior, con su espalda protegida por Juvia.

En aquella habitación había largas mesas que cubrían de una pared a la de enfrente, con muchos ordenadores sobre ellas, y una persona inmóvil delante de cada una de las pantallas. Todas las personas miraban hacia delante, dándole la espalda a la puerta y a los chicos. Shuusei y Juvia rompieron su formación y se acercaron a la última fila de mesas. La joven se acercó a un cuerpo y comprobó su pulso, colocando un par de dedos en el cuello.

-Están vivos –informó.

-Y conectados a los ordenadores –añadió Shuusei.

-¿Cómo? –dijo ella mientras observaba con más detenimiento el cuerpo que tendía delante.

A ambos lados de la frente tenía un par de ventosas, y los dedos de las manos estaban metidos en unos pequeños aparatos con la forma de estos. También tenían algunos cables que salían sus brazos y piernas, y que iban a terminar al ordenador, como el resto de chismes que tenían conectados a su cuerpo. Todas las personas de allí estaban así, conectados de la misma manera y, aparentemente, todos vivos. Mientras Juvia estuvo comprobando todas las conexiones, Shuusei se adentró en la sala, observando las pantallas de los ordenadores. Todas mostraban la misma imagen, una sala cuadrada de baldosas negras con un avatar en medio de ella. Todas menos una. La pantalla que tenía una imagen distinta era una de las de la primera fila, y mostraba un brillante y parpadeante letrero en letras rojas.

Ha sido eliminado.
Disfrute de la eternidad.

La persona que estaba sentada ante aquel ordenador no tenía la misma postura que todas las demás. Los demás tenían la mirada fija en sus pantallas, con los ojos abiertos, pero sin brillo en ellos, pero este estaba tumbado sobre el teclado. Shuusei lo bordeó hasta llegar al lado al que su cara apuntaba, y descubrió al hombre de los documentos de Ginoza que les había enseñado hacía unos minutos, con el cuello abierto y un charco de sangre sobre la mesa y bajo la silla.

-¡Joder! Este está muerto… Y no sé porqué me da que está muerto por culpa del juego ese…

-¿Qué estás…?

Pero Juvia no pudo terminar su frase. A lo lejos le llegó el quejido ahogado de Shuusei, seguido de un golpe seco. La joven siguió avanzando, intentando descubrir algo en aquella oscuridad, únicamente rota por la débil luz de los ordenadores, pero antes de que pudiera descubrir algo, o de alcanzar a Shuusei, recibió un golpe en la cabeza que la dejó sin sentido sobre el suelo.