12
Juvia recuperó la consciencia después de lo que le pareció la eternidad. Sintió la mitad inferior del cuerpo sumergida en el agua, pero de cintura para arriba estaba prácticamente seca. Se forzó a abrir los ojos y se encontró tendida sobre la hierba que bordeaba la orilla del río que pasaba por el centro de un pequeño pueblo. Posó sus manos sobre el húmedo césped y se impulsó para salir del agua. Observó su alrededor, comenzando por el río que pasaba por el valle situado a un nivel inferior que el resto del pueblo, continuando por las casas que se veían a ambos lados del valle, y terminando por el puente que unía ambas zonas.
Juvia alzó la cabeza y vio el sol en lo más alto del cielo, un cielo azul de primavera completamente despejado. Pero no se escuchaban pájaros, ni niños, ni se veían personas caminar por la calle.
"¿Cómo he terminado aquí?" se preguntó la joven, aunque enseguida se dio cuenta de lo absurda que resultaba aquella pregunta, ya que daba igual lo ilógica que pareciera la situación, allí todo era posible, todo lo que a Revenge se le ocurriera. Él era el dueño de todo en aquel momento.
Juvia dejó escapar un suspiro antes de acercarse a la ladera que rodeaba el río por el lado en el que estaba y comenzar a subirla, ayudándose de las manos para no resbalarse.
Deambuló durante varios minutos por el pueblo, descubriendo casas, tiendas y parques, todos vacíos. Sus pies la llevaron a través de las calles mientras que ella solo le prestaba atención al paisaje. Hacía rato que no oía a Revenge, pero supuso que aquello sería parte de su juego, y que si se desviaba demasiado de su objetivo, él volvería a contactar con ella para llevarla por el camino correcto, o lo haría con alguna de sus sutilezas, como la de lanzarle una roca enorme, rodando detrás de ella, y amenazando con aplastarla contra el asfalto.
A lo lejos vio una pequeña colina, a las afueras del pueblo, por detrás de las casas e, instintivamente, comenzó a caminar hacia ella. A medida que se acercaba, las calles comenzaron a inclinarse levemente, hasta que llegaron a la base de la colina, donde el desnivel se acentuó, revelando una larga y empinada cuesta, rodeaba de altos árboles en flor que tapaban casi por completo la visión del cielo. Aquellos árboles estaban llenos hasta sus copas de diminutas flores rosas, y las que ya habían caído sobre el suelo formaban una suave alfombra rosada, dejando libre justo en medio un estrecho camino de asfalto, que conducía a la cima de la colina.
Juvia comenzó a ascender, pensando en lo mucho que le recordaba aquel lugar a otro en el que hacía años que no estaba. A medida que ascendía, aquella idea se fue asentando cada vez más en su cabeza, hasta que se detuvo de repente, y miró al pueblo que había dejado a sus pies, entre los huecos de los troncos que se amontonaban en uno de los lados del camino. Se acercó a la barandilla de seguridad colocaba justo en el borde y se encaramó a ella.
"No puede ser…"
Juvia se bajó de un salto de la barandilla y comenzó a correr, colina arriba.
No paró hasta que el camino se vio cortado por un gran edificio, rodeado por un bajo muro de piedra. Ella, al verlo, sintió que las rodillas le flaqueaban, pero no se dio el lujo de detenerse a tomar aire. Entró rápidamente al patio delimitado por el muro de piedra hasta la puerta principal del edificio, pero se detuvo delante de ella, con la cabeza agachada y los ojos cerrados, respirando entrecortadamente, intentando recuperar el aliento mientras trazaba un mapa en su cabeza de todo aquel sitio que tan bien conocía.
Posó sus manos sobre la puerta y las empujó hacia el interior. Avanzó unos pasos, dejando ambas puertas abiertas a su espalda y dejando que la luz del sol entrara en el recinto, revelando varias filas de taquillas colocadas frente a la puerta. Se acercó instintivamente a una de ellas y dejó pasar sus dedos por su fría superficie. Aquella taquilla le había pertenecido a ella durante años, hasta que se vio obligada a dejar aquel lugar debido a todo lo sucedido.
Entonces vio, algunas taquillas por debajo a su izquierda una única taquilla abierta. Caminó hasta ella y se arrodilló para poder ver el interior con claridad. Dentro había un único libro de tapa dura, y fino, muy fino. La portada era de un colón marrón con motitas rojas, pero no presentaba ningún título, por ningún lado. Se incorporó con el libro aún en sus manos, y lo abrió lentamente. En el interior descubrió páginas con dibujos y apenas texto.
-Un libro para niños… -repuso la joven, esperando algún tipo de comentario por parte de Revenge.
Pero siguió sumida en el silencio, sin escuchar la voz del que era su único acompañante en aquel momento, por poco que le gustara. Aunque sabía que seguía con ella. Podía sentirle observándola por encima de su cabeza, estudiando todos sus movimientos.
Juvia desechó sus pensamientos y se centró en el texto del libro.
-"Erase una vez un pequeño muchacho que fue un buen día desarropado por el protector manto de sus padres, y llevado junto con otros niños de su misma edad al edificio que todos ellos aprenderían a odiar en algún momento de sus vidas, algunos más que otros…"
"¿Y esto es lectura para niños?" pensó mientras pasaba la página.
-"El niño lloró y lloró, rogándole a su madre el dejarle quedar en casa. Pero él fue llevado en contra de sus deseos a aquel lugar, donde se encontró con más niños llorosos como él. Una mujer, parecida a su madre, les dirigió a los recién llegados algunas palabras amables antes de llevarles a la clase donde pasarían varios de los siguientes años."
Juvia pasó la página, pero no encontró más texto, simplemente un dibujo de un pájaro, plasmado en lo que parecía ser una placa de madera.
La joven estudió el dibujo durante un rato ya que, por más que lo miraba, más le sonaba, por lo que le dedicó todo el tiempo que pudo, hasta descubrir de dónde era.
Aquel grabado pertenecía a una de las clases de pre-escolar. Las clases de los niños pequeños estaban divididas por animales en lugar de números, y el pájaro era uno de los animales. Cerró el libro, lo colocó bajo su brazo y comenzó a correr hacia el ala de infantil. Pasó la clase de las ardillas, de los gatos y de los perros, y justo después se encontró con la de los pájaros. Se detuvo delante de la puerta y deslizó los dedos por la superficie rugosa del grabado, reconociendo el dibujo del libro en él.
Abrió la puerta con suavidad y entró al interior. La clase se hallaba vacía y en perfectas condiciones. Había varias mesas pequeñas situadas en el centro de la clase, y una esquina enmoquetada con varios juguetes esparcidos sobre ella. Caminó a través de la clase, dejando la puerta abierta y vio que en la mesa que estaba más cerca de la pizarra, en la pared opuesta a la de la puerta, había otro libro de las mismas características que el anterior. Recogió el nuevo, dejando el que traía en su lugar y lo leyó.
-"El pequeño, a pesar de sus pocas ganas de ir a aquel lugar, terminó conociendo más niños de su edad, lo que le puso muy contento. Desgraciadamente, no llegó a congeniar demasiado con ninguno de ellos, ya que todos ellos le quitaban los juguetes, le rompían sus dibujos o no le hacían caso a la hora del recreo." Menudo drama –suspiró ella, mientras pasaba la página-. "Fue varios años después cuando conoció a las personas que le cambiarían la vida. El joven muchacho se hallaba jugando a la sombra de un gran árbol con su pala de juguete, haciendo un agujero en el que luego enterraría algún tesoro, cuando algunos curiosos se acercaron a observar. Los niños se sentaron a su alrededor y le ayudaron a hacer su agujero más grande, utilizando para ello sus propias manos. Cuando terminaron, los chicos se miraron sonrientes y decidieron enterrar no solo un tesoro, sino cuatro, uno por cada una de las personas que habían ayudado a hacer ese hoyo. Aquel sería su tesoro y su secreto."
Juvia pasó la página con lentitud, revelando el dibujo de cuatro muchachos, dos niños y dos niñas, que se sonreían abiertamente mientras mostraban sus manos completamente manchadas tras haber estado jugando con la tierra.
La joven dejó el libro con lentitud sobre el otro y corrió hacia el patio del colegio. En aquel lugar había varios árboles, pero Juvia se dirigió automáticamente hacia uno de ellos, se arrodilló a su sombra y comenzó a escarbar con las manos. Por suerte la tierra no era muy dura y pudo hacer un hoyo casi sin problemas. Arañó hasta que tocó con los dedos la superficie lisa de una caja de zapatos. La sacó y la abrió, descubriendo en su interior un tercer libro. Dejó la caja a medio sacar de la tierra y se sentó con la espalda apoyada en el tronco. Colocó el libro sobre sus piernas y siguió leyendo.
-"Los cuatro niños jugaron cada tarde bajo la sombra de aquel gran árbol, fortaleciendo los lazos entre ellos. Sin darse cuenta, los años pasaron, y los niños dejaron de jugar bajo el árbol para comenzar a tener charlas sobre sus futuros, llegando incluso a confiar sus sueños a los demás. Al final aquella amistad terminó para dar lugar a algo mucho más profundo. El joven se enamoró de una de sus amigas, y ambos se ayudaron en todo lo que pudieron para cumplir sus sueños" –Juvia guardó un rato de silencio mientras pensaba en lo que acababa de leer antes de continuar-. "Ambos entraron en distintos clubes, que les ayudarían a cumplir sus sueños. Aquello les quitó tiempo para estar juntos, pero no les distanció, les unió más. Incluso el joven se pasaba cada día por el club de su novia para recogerla y acompañarla a su casa."
El dibujo que seguía a aquella narración era el dibujo de un escenario, con la figura de una joven ataviada con un largo y elegante vestido, parada con los brazos en alto y la mirada perdida en lo alto de la imagen.
Juvia tiró el libro a un lado y salió corriendo hacia el salón de actos del colegio. Entró por una de las puertas traseras y corrió hacia la parte delantera, donde estaba situado el escenario. Miró por encima de él, pero no descubrió nada. Giró sobre sus talones, dando un amplio barrido al lugar, y descubriendo el libro cómodamente colocado sobre una de las butacas de la primera fila. Lo tomó y se sentó en el sitio que segundos antes había ocupado el libro.
-"Los años pasaron, y los jóvenes alcanzaron su penúltimo año de colegio. Sus sueños estaban más cerca de hacerse realidad, y ya todos ellos podían incluso llegar a vislumbrarlos a los lejos, esperando por ellos. Habían pasado varios años luchando por ellos, y ahora ya estaban muy cerca de alcanzarlos. Inocentes ellos que creían que el destino sería benevolente con ellos y les dejaría continuar con sus vidas tranquilamente. El destino se presentó un día en la clase de los jóvenes adornado con un arma de fuego y, con algunos deslices de su caprichoso dedo, terminó con los sueños de todos ellos en apenas unos segundos" –Juvia tembló al comenzar a confirmar sus sospechas-. "Con todos ellos, e incluso con algo más que sus sueños…"
Juvia esta vez ni se molestó en pasar la página para ver el dibujo tras la narración. Tiró el libro sobre la butaca y salió corriendo hacia la planta superior del edificio, la de los estudiantes de preparatoria. Se dirigió a su clase, la última clase en la que estuvo asignada antes de verse obligada a dejar los estudios. Entró al interior, empujando la puerta de una patada y casi sacándola de las bisagras. Tenía el rostro arrugado en un gesto de dolor y odio. Se internó en el interior de la clase, deteniéndose en el que fue el pupitre de Nayu y acariciándolo con la punta de los dedos. Entonces miró con odio la mesa que había justo detrás de la de su amiga, se acercó a ella y la golpeó con el puño cerrado.
-¡Bard! ¡¿Has dejado de hacer el idiota?! –gritó a la nada.
Se escuchó en toda la clase una risa demente que rebotó en las paredes y esquinas, devolviendo el sonido a Juvia, que seguía parada ante el pupitre. Después de unos segundos en los que permaneció completamente inmóvil, luchando contra la rabia y la ira, giró sobre sí misma, observando toda la clase y deteniéndose momentáneamente en el escritorio que perteneció a Karoku. Finalmente clavó su mirada en la pizarra, sobre la que empezaron a aparecer algunas palabras.
El destino no solo les arrebató sus sueños, sino también sus vidas. Algunos murieron, otros quedaron destinados a morir en vida, siempre con el recuerdo de sus amigos caídos a manos del egoísta sino, porque la vida no es justa y ella misma se encarga de recordarlo cada día…
Juvia leyó aquella frase varias veces, sintiendo como el miedo comenzaba a apoderarse de su cuerpo. Comenzó a retroceder hacia el final de la clase, dando pequeños y cortos pasos hacia atrás, mientras mantenía la vista fija en la pizarra.
-Bard… Déjalo… -susurró Juvia cuando sintió la pared a su espalda.
-No sé quién es ese Bard que dices… -repuso la voz de Revenge, hablando después de todo aquel tiempo en silencio.
-Ya… Me imagino… Bard murió aquel día, y entonces nació Revenge, ¿no es así? –pero no respondió-. No eres el único al que le afectó todo aquello…
-¡Te equivocas! –gritó-. ¡Todos los demás habéis seguido con vuestras vidas, habéis sido capaces de superarlo!
-Te equivocas… Eso permanecerá siempre en nuestras mentes… -dijo Juvia en un susurro.
-¡Tú lo has olvidado! –le reprochó a la joven-. ¡Tú no ves cada día las imágenes en tu cabeza! ¡Pero yo las tengo grabadas a fuego en mi cerebro!
Alrededor de Juvia comenzaron a aparecer las imágenes de Nayu, muerta sobre su propio charco de sangre, desde todos ángulos, rodeándola hasta que se vio confinada en un reducido espacio de la clase. Juvia pasó sus ojos de unas imágenes a otras mientras las lágrimas comenzaban a aparecer por sus ojos.
-Cada día –continuó Bard, haciendo aparecer más imágenes de Nayu con cada frase-. Cada hora. Cada minuto. Cada segundo. Siempre. Sus sueños y su vida arrebatada por un hombre al que así le dio la gana. Y no fue la única, ¿o es que te has olvidado, Juvia?
Sobreponiéndose a las imágenes de Nayu, aparecieron las imágenes de Karoku momentos antes de su muerte, aún entre los brazos de Juvia.
-¡Basta Bard! ¡BASTA!
-¡¿Te has olvidado de él, verdad Juvia?! ¡Y le has reemplazado por otro!
Juvia se encogió sobre sí misma. Colocó su cabeza entre sus rodillas y pasó los brazos por encima de ella. Cerró los ojos con fuerza, notando cómo las lágrimas se escapaban de ellos y gritó, gritó con todas sus fuerzas, como hacía años que no gritaba.
Estaba tan sumida en su profundo grito y en las imágenes que se arremolinaban en su cabeza, que no escuchó la risa de Revenge a sus espaldas.
-Te está aumentando el psycho, Juvia –repuso entre risas.
