16
Cuando Juvia se despertó a la mañana siguiente descubrió que Shuusei ya había abandonado el apartamento. Sonrió al imaginárselo corriendo para no llegar tarde a la oficina, pero le reprochó en silencio el no haberla despertado para despedirse. Incluso ella podría haberle acercado en la moto.
Resignada, pasó el resto del día sin hacer apenas nada. Pensó en Makishima, en alguna manera de ayudar a la oficina, y en algo que pudiera hacer a Gino entrar en razón. Las horas pasaban, y Juvia se dio cuenta ya bien entrada la noche de que Shu no había hecho su habitual llamada para ponerla al día de todo lo ocurrido en el caso. Pensó en llamarle ella misma, pero pensó que lo mejor sería esperar a que el chico se pusiera en contacto con ella. Podría ser que aún no había salido de la oficina, o que ese día no había ocurrido nada de interés en el caso. Así que al final, cansada de esperar una llamada que no se producía, se metió en la cama y se dejó llevar por el sueño.
A la mañana siguiente le despertó el insistente pitido del comunicador de la oficina. Tras comprobar varias veces el nombre que aparecía en el aparato, Juvia descolgó y escuchó la voz de Gino provenir del otro lado.
-Dime que Kagari está contigo.
-¿Por qué iba a estarlo?
El cansado suspiro de Gino se escuchó al otro lado de la línea.
-¿Puedes venir a la oficina?
-¿Ahora?
-Inmediatamente.
-Sí, claro… -repuso confusa-. Ahora mismo salgo.
Y colgó. Dudó unos segundos aún sentada en la cama, pero finalmente se levantó de un salto, se duchó y se vistió.
Llegó a la oficina como de costumbre, montada en su moto, aunque más tarde que la hora a la que acostumbraba a llegar. Caminó con rapidez, sin detenerse a dejar el casco en la taquilla, hasta la oficina. Allí encontró a Gino caminando de punta a punta de la sala bajo la atenta mirada de Akane y los ejecutores, todos menos Shu.
-¿Qué pasa, Gino? –comenzó Juvia, nerviosa.
-Garuko, necesitamos que vuelvas a la oficina.
-¿Qué ha pasado?
Ginoza pareció dudar unos segundos antes de hablar.
-Estamos escasos de ejecutores.
Juvia volvió a pasar la mirada por la sala. Estaban todos menos Shu. Giró la cabeza hacia el inspector de nuevo y le miró dubitativa.
-¿Y Shuusei?
-Kagari… Pues… -dudó Gino-. No sabemos dónde está…
Kougami se puso de pie y se dirigió hacia Juvia.
-Ayer nos separamos, y no hemos vuelto a saber de él.
-Puede que haya escapado… -susurró Ginoza.
-Kagari nunca haría eso –dijo Kougami, demasiado tranquilo.
-¿Y entonces? No ha podido desaparecer sin más.
Kougami se aguantó las ganas de contestar a eso. Se giró de nuevo hacia Juvia, quien miraba a Ginoza, desorientada.
-¿Qué ha pasado con Shu? –preguntó.
-No lo sabemos Juvia… Estaba hablando con Shion por el comunicador cuando de repente perdieron la comunicación. Shion intentó contactar con él de nuevo, pero no fue capaz. Estaba fuera de rango.
-¿Dónde estabais? ¿Qué estabais haciendo? –preguntó ella, intentando ordenar los hechos en su cabeza.
Pero nadie habló. Todos los allí presentes agacharon la cabeza.
-Se trata de Makishima, ¿verdad? ¿Por qué no me dejaste entrar en el caso, Gino?
-Eres demasiado temperamental. No podía dejarte salir tras un criminal en esas condiciones. Serías un peligro para nosotros y para ti.
-Y ahora, por esa cabezonería, no sabemos dónde está Shu.
-¿Y tú habrías podido cambiar la situación? –preguntó él, comenzando a perder la calma.
-Podría haberle detenido…
-Podrías estar desaparecida como él.
-¡Me da igual! –estalló Juvia-. ¡Me da todo absolutamente igual! –respiró un par de veces con lentitud, y controló el tono de su voz-. Mejor desaparecida, o muerta, que prisionera… -susurró.
Juvia se dio la vuelta y salió de la oficina. Caminó sin detenerse hasta la calle, rodeó el edificio y se sentó en la parte posterior de este, en la callejuela que pasaba por la parte de atrás del gran edificio de Seguridad Pública. Apoyó la espalda y la cabeza en la pared y miró al cielo mientras se rodeaba las piernas con los brazos y se las pegaba al cuerpo.
Estuvo varios minutos mirando las nubes pasar, en completo silencio, y respirando muy lentamente. Pero su soledad se vio interrumpida por un hombre que giró en una de las esquinas y miró en ambas direcciones, buscando a la joven. Kougami caminó hasta Juvia y se dejó deslizar por la pared hasta quedar sentado a su lado. Después de compartir el silencio durante un rato, el joven se aventuró a hablar.
-Juvia, conoces a Kagari, estará…
Pero Juvia le cortó antes de que pudiera continuar.
-Ese es el problema, Kou, que le conozco. Sé cuánto odia Shu a Sybil, pero nunca huiría, no mientras… "esté yo aquí…" –pensó. Pero ante aquella idea, agitó la cabeza con violencia, intentando echarla de su mente-. "Él no me tendría tan en cuenta si pudiese ser de una vez libre…" Bueno –repuso, alzando la voz de nuevo-, no sé, pero creo que Shuusei no huiría. Si aún no ha aparecido…
Pero enmudeció. La voz no le salió, y Kougami la observó, con los labios entreabiertos, a mitad de la frase que no había terminado de formular. El chico se puso de pie, sacando a Juvia de sus pensamientos y la miró con ojos amables.
-Puede que esté escondido porque crea que está bajo el punto de mira de alguien… -pensó el joven en voz alta. Le tendió la mano con lentitud a Juvia, con la palma hacia el cielo y los dedos estirados hacia ella-. Mientras, ¿nos ayudarás a atrapar a Makishima?
Juvia miró a Kougami sin rastro de duda en sus ojos. Quería, no, necesitaba volver a la oficina. La chica alzó una mano y la depositó con confianza sobre la de Kou. El chico envolvió la pequeña mano de la joven con sus dedos y la ayudó a levantarse.
Cuando Juvia entró en la oficina, todo el mundo supo lo que aquello significaba. La joven había accedido a trabajar con ellos en el caso, por lo que Akane y Ginoza se apresuraron en contarle todo lo relacionado con el caso. Pero la información que le habían proporcionado a Juvia no era mucho más de lo que Shuusei ya le había dado durante aquellos días.
Juvia trabajó con normalidad en la oficina los días siguientes, sin ningún sobresalto, pero seguía sin saber nada de Shu. El chico no aparecía por ningún lado, a pesar de tener a toda una Unidad detrás de él, intentando encontrar al supuesto ejecutor huido.
Ya era el quinto día desde la desaparición del joven, y Juvia se hallaba trabajando con normalidad en la oficina con Akane y Kougami. Ginoza había salido unos minutos para preguntar a la Unidad compañera sobre la búsqueda del ejecutor que faltaba en su Unidad. Ya estaba cerca la hora de terminar la jornada laboral del día cuando una llamada asaltó el comunicador de Akane. Según lo que Juvia pudo escuchar de la conversación, se trataba de Shion, que había detectado alguna anormalidad en las cámaras de vigilancia de la ciudad. Akane intercambió algunas rápidas palabras con ella y finalizó la llamada. Cogió su chaqueta, que reposaba en el respaldo de la silla y se la puso.
-Unos hombres protegidos por esos cascos están atacando un edificio –informó la joven a sus dos compañeros mientras se encaminaba a la salida.
-¿Y Gino? –preguntó Kou.
-Le he dicho a Shion que le avise. Ya vendrá cuando pueda. Vamos –añadió, ya esperando a los ejecutores en el pasillo.
Juvia y Kougami se apresuraron a seguir a su superior por los pasillos hasta el parking del edificio, donde Akane tenía su automóvil. Ella se colocó tras el volante, Kougami a su lado y Juvia en los asientos traseros. La joven al control del coche no tardó en coger velocidad y dirigirse al centro de la ciudad, a un complejo de edificios residenciales. Juvia se colocó entre ambos asientos delanteros y observó hacia el exterior, a toda la gente que corría huyendo del lugar al que ellos se dirigían. El coche, debido a la gran cantidad de gente, no pudo seguir avanzando. Akane detuvo el motor y se apeó, seguida de cerca por Kougami y Juvia. Comenzaron a caminar entre aquel mar de gente, hacia el lugar del que huían tan apresuradamente y, tras varios minutos de forcejeo, codazos recibidos por los que huían y pisotones, los chicos lograron llegar a una zona más despejada. Ante ellos se alzaba un edificio muy distinto a los rascacielos que poblaban la ciudad, uno recogido, de unas siete plantas y de cuidadas filigranas adornando su fachada.
En torno a aquel edificio había algunas personas con los rostros ocultos por llamativos cascos que lanzaban botellas ardiendo a la planta baja del edificio, por las ventanas ya rotas, avivando el fuego que estaba comenzando a formarse en el interior. Juvia alzó la Dominator y apuntó al hombre que estaba más cerca de su posición. Pero no pudo accionar el gatillo. El coeficiente que mostraba estaba claro, y era inferior a 40. Juvia miró, confundida, el número, y apuntó a otra de las personas, pero mostró un psycho levemente inferior que su compañero. Juvia soltó un ruido de molestia mientras bajaba la Dominator y miraba a Kou.
-Las Dominators no nos ayudarán contra ellos. Copian el psycho más bajo que detectan por la zona, así que no seremos capaces de dispararles –informó el joven.
Juvia miró el arma, aún con el 32 parpadeando en su pantalla, y desvió la mirada a Akane.
-Pero a los ejecutores sí nos reconocen las Dominators. Solo tenemos que quedarnos a solas con ellos para que copien nuestro psycho y así poder dispararles –repuso Juvia mirando a su superior.
-¿Y quedarme esperando? –objetó Akane-. Creo que no. Debo acompañaros en todo momento.
A su espalda escucharon la sirena de un coche de policía, que alertó a la gente con casco que aún seguían centrados en su tarea de avivar el fuego. Juvia fue a correr detrás de ellos, pero Kou la detuvo, agarrándola del brazo. Cuando Juvia se fue a girar para quejarse a su compañero, se encontró con la dura mirada de Ginoza.
-Espero que actúes consecuentemente, Garuko –repuso el hombre con seriedad.
Juvia se soltó de la mano de Kou y se colocó la ropa, tirando de ella enérgicamente hacia abajo, sin apartar la mirada del inspector.
-¿Y bien? ¿Qué ha pasado? –exigió saber el recién llegado.
-Los hombres de los cascos han provocado un incendio en el edificio, pero parece que es solo la planta baja –informó Akane-. Y parece que han salido todos corriendo al verle aparecer –añadió mirando a su alrededor.
-Bueno, lo mejor será que llamemos a los bomberos –repuso Gino, observando como el fuego comenzaba a subir a las plantas superiores.
Juvia y Kougami no habían prestado mucha atención a aquella conversación. Ambos observaban en silencio el fuego, abriéndose paso a través de las ventanas del edificio.
En ese momento vieron aparecer a un hombre, que corrió apresuradamente a la puerta principal del edificio, y se llevó las manos a la cabeza al ver el estado en que se encontraba. Juvia y Kou intercambiaron una mirada antes de dirigirse al hombre quien, al verles acercarse, corrió hacia ellos.
-Yo vivo ahí –repuso, medio asfixiado, señalando al edificio con la mano-. Y mi mujer y mi hija estaban dentro cuando salí hace un rato…
Kougami colocó una mano sobre el hombro de aquella persona.
-Está bien, tranquilícese. Puede que hayan salido. Además, el fuego aún no ha llegado a las plantas superiores, y tardará en hacerlo.
Pero entonces, por encima de las cabezas de los tres allí reunidos se escuchó el fuerte estruendo de un cristal al ser roto. Juvia alzó la cabeza, gesto que imitó Kou, y vieron caer una silla de uno de los pisos superiores del edificio. Kougami empujó al hombre y a Juvia lejos de la trayectoria de la silla, que cayó al suelo junto con los cristales, estallando en numerosos fragmentos de madera. Juvia, aturdida, alzó de nuevo la mirada, y vio que una de las ventanas de la sexta planta estaba rota.
-Hay alguien ahí arriba –repuso sin retirar la mirada de la ventana.
El hombre soltó un grave lamento mientras miraba al lugar del que había aparecido la silla.
-¡JULL! –gritó al lado del oído de Juvia.
Kougami fue a acercarse al hombre para intentar tranquilizarle, y Juvia aprovechó ese momento de distracción para salir corriendo hacia el edificio y entrar saltando las llamas que comenzaban a aparecer en la puerta principal.
Kougami captó el movimiento de su compañera por el rabillo del ojo y soltó una maldición. Dejó a medias la frase tranquilizadora que le estaba diciendo al hombre y salió corriendo detrás de ella.
La alcanzó en el interior. Juvia estaba en medio de un mar de llamas, buscando alguna manera de subir a los pisos superiores.
-Joder Juvia –se quejó Kougami-. A esto es a lo que se refiere exactamente Gino. Verás cuando salgamos… Se va a cabrear con razón.
Pero Juvia no respondió. Entre las llamas localizó unas escaleras que ascendían a la planta siguiente del edificio. Corrió hacia ellas sin pensar en el fuego y comenzó a subir a las plantas superiores. En la tercera ya no había rastro del fuego que dominaba las inferiores, por lo que los ejecutores no tuvieron problema en seguir avanzando, edificio arriba, en busca de la mujer.
Finalmente alcanzaron el quinto piso, desde el que habían visto aparecer la silla, y entraron en el apartamento que tenían más cerca, tirando la puerta entre los dos. Pero aquel primer lugar estaba vacío, por lo que salieron de nuevo al rellano. Juvia miró todas las puertas de aquella planta y vio una abierta. Corrió hacia ella y entró al interior. Avanzó por los pasillos de la casa hasta llegar al salón, a pocos pasos de la puerta principal. Agazapados en una esquina vio a dos hombres con casco haciendo movimientos bruscos. Se fijó más y vio que entre ellos había una mujer siendo golpeada con violencia. Juvia corrió y le quitó de encima a uno de los hombres con una patada y, cuando el otro hombre se giró para atacar a Juvia, Kou saltó sobre él, destrozándole el cuello con un hábil juego de manos. La mujer dejó caer los brazos a ambos lados de su cuerpo mientras observaba a los hombres caídos. Juvia le tendió una mano, agachándose levemente frente a ella.
-¿Jull? –preguntó, ante lo que recibió un único asentimiento por parte de la mujer-. No se preocupe, ya está a salvo. Su marido está abajo esperándola.
Juvia le tomó de la mano, y Kougami le ayudó a levantarse, tomándola por debajo de los brazos.
-Mi… hija… -comenzó la mujer entre susurros-. Kimi… -añadió mirando al interior de la casa.
Juvia soltó a la mujer tras comprobar que Kou la tenía bien sujeta, y corrió a lo largo del pasillo, al interior del piso. Pudo escuchar más golpes provenientes del fondo del pasillo y corrió, impulsando sus piernas con fuerza a través del largo corredor. Entró con ferocidad en la habitación que había justo al final del pasillo, tirando la puerta de una patada, y descubrió a tres hombres arrodillados alrededor de un pequeño bulto que se acurrucaba sobre la alfombra. Juvia saltó sobre la espalda de uno, lanzó una pierna a la boca de otro y la giró hasta alcanzar el rostro del restante. Entonces pudo ver que el bulto era una niña pequeña, encogida sobre sus piernas, abrazándolas con fuerza por sus pequeños bracitos. Juvia fue a agacharse para tomarla en brazos, pero sintió algo a su espalda. Una cuarta presencia, que se había mantenida oculta desde que había entrado en el cuarto, blandió un bate de madera con fuerza con la intención de golpear a Juvia en la cabeza. La joven se agachó rápidamente, consiguiendo esquivarlo, pero cuando giró para devolverle el golpe al hombre, un dolor punzante atravesó su abdomen. La tercera persona a la que Juvia había golpeado no había llegado a perder el conocimiento, y había tomando medidas para deshacerse de ella. Juvia apartó a aquel hombre de delante de ella con una patada, haciéndole caer de espaldas al suelo, y llevándose con él el objeto que había introducido en el estómago de la joven. El dolor que le produjo la sierra del cuchillo en la salida de su cuerpo fue mucho mayor que el de entrada. La joven se llevó ambas manos al abdomen, quedando inmediatamente teñidas de sangre. Juvia perdió fuerzas y cayó de rodillas sobre el suelo. El bulto que había a su lado se movió y apartó la cabeza de las piernas, mirando por primera vez a Juvia.
-¿Kimi? –preguntó Juvia mirando a la niña con una ligera sonrisa-. Corre, corre tanto como puedas. Tu madre y tu padre te están esperando.
La niña se levantó y se colocó enfrente de Juvia, posando sus pequeñas manitas sobre las de la joven, cubiertas de sangre.
-Corre Kimi. Busca a tu madre.
Pero la niña no hizo caso. Se pegó al cuerpo de Juvia y pasó sus brazos alrededor de la cintura de la joven. El hombre del bate se aproximó a las chicas, sosteniendo el arma con ambas manos y comenzando a levantarlo levemente por encima de su cabeza. Juvia esperó el momento justo para empujar a Kimi hacia la pared del cuarto y que el bate le golpeara únicamente a ella. El bato cayó con fuerza sobre su espalda arqueada. El fuerte impacto hizo que Juvia cayera bocabajo sobre el suelo. El hombre del cuchillo también se había levantado, y se acercaba a Juvia, esta vez sin arma. Le pateó con fuerza en un costado, obligándola a girar hasta quedar tumbada de lado, y descargó otra patada sobre la herida abierta de su estómago. Juvia se encogió, intentando evitar los golpes, apretó los brazos y los ojos y esperó el siguiente golpe. Pero no se produjo.
Kougami entró la habitación. Le clavó el codo al hombre del bate en la espalda, quien cayó al suelo de rodillas y sin bate. El ejecutor recogió el arma de madera y bateó al hombre que aún seguía n pie golpeando a Juvia en el estómago, haciéndole chocar contra la pared y golpeándose la cabeza contra esta. La pequeña Kimi, que había permanecido inmóvil desde que Juvia la había empujado, reaccionó de manera negativa a Kou. Se puso a chillar y saltó sobre él al ver que se arrodillaba junto a Juvia. El ejecutor la envolvió con cuidado entre sus brazos y la agitó con cuidado, intentando que volviera en sí tras lo que había presenciado.
-Tu mamá te está esperando en el salón. ¿Quieres ir con ella? –repuso Kou con tono dulce.
La niña miró a Juvia, aún encogida sobre sí misma, pero Kou la empujó hacia la puerta que daba al pasillo con suavidad. La niña dudó, pero poco después salió corriendo por el pasillo hacia el salón. A las suaves pisadas de la niña sobre la alfombra del pasillo le siguió un agudo grito de felicidad por parte de la madre al tener a su niña de nuevo en brazos.
Kou, después de perder a la niña de vista, se giró hacia Juvia y la tomó con cuidado entre sus brazos, descubriéndole la herida del abdomen.
-Joder Juvia… -se quejó el ejecutor-. Gino se va a poner hecho una fiera.
Juvia mostró una suave sonrisa, seguida por un espasmo que contrajo el cuerpo de la joven y una ligera tos que hizo aparecer un hilo de sangre por la boca de la joven.
-Juvia, aguanta. Gino y Akane no tardarán en llegar.
La joven curvó las comisuras de sus labios entreabiertos en una sonrisa y cerró los ojos.
-Perdóname… Kou… -susurró ella.
-Eres una niña, una mocosa temeraria que nunca hace caso a sus superiores. Pero no es conmigo con el que te tienes que disculpar.
-No es por eso…
-¿Qué…?
-Discúlpame… ante Gino… -repuso la joven sin fuerzas.
-No Juvia, lo harás tú. Solo tienes que aguantar hasta que lleguen con ayuda.
Juvia permaneció con los ojos cerrados, y su respiración se hizo mucho más lenta. Kougami la zarandeó con suavidad, haciendo que ella abriera los ojos, pero no fueron capaces de enfocar con claridad, y vagaban perdidos por la habitación. Kougami colocó a Juvia con suavidad de nuevo sobre sus piernas y posó las manos sobre la herida, intentando detener la pérdida de sangre.
-Si no lo haces por nosotros, hazlo al menos por Kagari –repuso Kou, como última opción a la que recurrir.
Juvia negó con suavidad, de manera casi imperceptible.
-No… Shu ya no…
-Ni lo pienses, Juvia. Kagari está en algún lado, y no tardará en aparecer.
-Shu no va a volver…
-No te rindas Juvia… -susurró el joven.
Juvia movió una de sus manos con lentitud hacia su cuerpo y la colocó sobre las manos de Kougami, que inútilmente se esforzaban por taponar la herida. Se esforzó por cuadrar sus ojos con los de su compañero y le sonrió con debilidad.
-Gracias Kou… Por todo…
Kougami notó como el cuerpo de Juvia se hacía más pesado sobre sus brazos, y como los dedos de la mano que la joven tenía sobre sus manos caían con lentitud sobre ellas, relajándose hasta quedar completamente inmóviles.
Kougami observó incrédulo el dulce rostro de Juvia, con una expresión que no había visto nunca durante la vida de la joven. Sus ojos, ya cerrados, sostenían entre las pestañas un par de lágrimas que no habían llegado a desprenderse y caer, mejillas abajo, y la boca estaba curvada en una tranquila y apacible sonrisa, ligeramente abierta, dejando entrever los dientes ocultos tras los labios. Las mejillas de la joven habían perdido parte de su color, y ahora eran completamente blancas, mostrando una piel fina, lisa, y frágil, como la porcelana. El azulado pelo de la joven, recogido parcialmente entre los brazos de Kougami, caía a ambos lados de su cara. Incluso el flequillo estaba levemente abierto a la mitad, cayendo por la frente y dejando que la luz de la luna, que entraba débilmente por la ventana rota, se reflejara en las gotas de lágrimas que aún pendían de los ojos de Juvia.
Kougami observó aquel rostro durante varios minutos, deseando que la joven volviera a abrir los ojos, como había hecho aquel día en el hospital, de par en par, y como si nada hubiera ocurrido.
Los minutos pasaban, y ningún cambio se producía en el cuerpo de la joven. El ejecutor no notó ningún indicio de vida en el cuerpo que sostenía ente sus brazos. Los alzó con cuidado y lentitud, incorporando el cuerpo de Juvia, y abrazándolo con delicadeza, como si de la muñeca más frágil se tratara, y le reprochó a Shuusei Kagari el habérsela llevado.
