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Un coche deportivo negro condujo a una velocidad constante por debajo del límite hasta el cementerio que había a las afueras de la ciudad. Cuando el automóvil se hubo detenido por completo, de él se apearon dos personas. Del lado del conductor bajó una joven de pelo castaño corto vestida con pantalones y chaqueta negra sobre una camisa blanca. Le acompañaba un hombre alto vestido con un abrigo largo y traje negro, de pelo oscuro y largo flequillo que le caía sobre un lado de la frente, pero desprovisto de las habituales gafas con las que solía ocultar sus ojos.
Las dos personas caminaron hasta la entrada, donde finalizaron su tranquila conversación. Se detuvieron ante la puerta de hierro y la miraron durante unos segundos antes de entrar. Akane fue la primera en posar sus manos sobre las varas de la puerta, y empujarla hacia el interior, entrando seguida de su compañero, y actual ejecutor, Ginoza.

Ambos se dirigieron hacia el interior del cementerio, la primera encabezando la marcha y el segundo caminando lentamente unos pasos por detrás de su superior, mirando las tumbas que había a ambos lados del camino. Avanzaron por el estrecho camino, llegando al extremo opuesto, donde las tumbas quedaban levemente bañadas por la dorada luz del sol del atardecer. Akane se arrodilló ante una lápida mientras Gino se quedaba un poco por detrás de ella, observando distraídamente la que había al lado de la que observaba la joven, cuya superficie tenía escrito el nombre de Tomomi Masaoka.

-¿Sabes? –comenzó Akane mientras pasaba las yemas de los dedos sobre la superficie de la piedra, dibujando las letras escritas sobre ella-. Shion me contó que su herida no era grave. Que podría haber sobrevivido. Según ella, ya no tenía ganas de seguir viviendo, se rindió Ginoza…

Pero el joven permaneció en silencio, observando aquella lápida, cuyo epitafio rezaba:

"Ojalá hayas encontrado la felicidad al otro lado"

Juvia Garuko

Akane descendió la mirada hacia la base de la lápida, descubriendo sobre ella varios objetos colocados cuidadosamente no hacía mucho tiempo, por el buen estado en que se encontraban. Dos de los objetos eran un par de flores, unas sencillas, pero grandes y de colores brillantes. Una azul y otra naranja, una al lado de la otra, con los tallos entrecruzados y los pétalos rozándose. Akane rozó las flores con sus dedos, fijándose entonces en otro objeto que había, apoyado sobre la lápida. Una fotografía. En ella se veía, desde la parte de atrás, un par de jóvenes. Ninguno de los dos no se habían dado cuenta de que les estaban fotografiando, ya que estaban de perfil a la cámara, mirándose entre ellos en lo que parecía ser una discusión. Los dos jóvenes estaban sentados en sus respectivos puestos, frente a sus mesas, y ligeramente girados, enfrentados entre ellos. La joven peliazul miraba a su compañero ceñuda, con los brazos cruzados sobre su pecho, mientras que el muchacho pelirrojo la sonreía, con ambas manos colocadas tras el cuello.

Akane tomó la foto con lentitud y sonrió ante aquel recuerdo. Acarició con suavidad el rostro enojado de Juvia, pero con un leve rastro de diversión en sus ojos, y pasó la mirada al sonriente rostro de Shu, recordando de nuevo su risa. La joven inspectora sonrió con tristeza mientras miraba la imagen por última vez antes de dejarla en el sitio donde la había encontrado, y se levantaba, para unirse a Ginoza y abandonar el lugar tras aquella breve visita, sin notar la presencia de la persona que les observaba a unas lápidas de distancia, semioculto entre las sombras de las columnas.

Aquella persona, la que observaba entre las sombras, había dejado la Oficina de Seguridad Pública hacía dos meses, debido a todo lo ocurrido con el caso de Makishima. Al haber sido él mismo el que había terminado con su vida, no podía volver a aquel lugar, por lo que había decidido esconderse. Pero de vez en cuando se dejaba caer por la ciudad para ver a sus antiguos compañeros, y visitar a los que ya no estaban allí con ellos, dejando algunos detalles, como las flores y la fotografía que había dejado para sus dos amigos, ya lejos de aquel mundo, y del sistema Sybil.