18

Cuando Juvia se despertó a la mañana siguiente descubrió que Shuusei ya había abandonado el apartamento. Sonrió al imaginárselo corriendo para no llegar tarde a la oficina, pero le reprochó en silencio el no haberla despertado para despedirse. Incluso ella podría haberle acercado en la moto.

El día pasó más lento de lo normal, y se le hizo mucho más pesado y difícil de soportar. Estuvo a punto de salir a dar una vuelta con la moto, pero al final decidió quedarse en el pequeño apartamento. De alguna manera, su mente la llevó de nuevo al caso de Makishima, e intentó hallar una manera de atraparle, teniendo en cuenta toda la información que Shu le había facilitado. También pensó en una manera de convencer a Gino para dejarla volver a la oficina, pero por más que pensaba, no llegaba a ninguna conclusión que terminara de convencerla.

Pronto llegó la noche, y Juvia aguardó paciente la habitual llamada de Shu, para hablar con ella una vez hubiese llegado a casa tras el trabajo, y para contarle cómo iban con el caso en la oficina. Pero las horas pasaban y la llamada no llegaba. Juvia se dejó arrastras hasta la cama, sobre la que se tumbó, pero sin la intención de dormirse. Se tumbó atravesada en la cama, con las piernas sobre la pared, completamente estiradas, y el comunicador reposando sobre el colchón, al lado de su cabeza, dejando su muñeca libre momentáneamente. De vez en cuando apartaba la mirada del techo, donde la mantenía clavada la mayoría del tiempo, para volver a cuadrarla sobre el aparato, esperando que sonara, pero nada.

Llegaron las primeras horas de la madrugada, y la situación no cambió. La joven estaba comenzando a adormilarse en aquella postura cuando el timbre sonó en un único y rápido tono.
Juvia suspiró y dejó deslizar sus piernas a lo largo de la pared hasta caer sobre la cama. Rodó, colchón abajo, hasta el extremo y cayó al suelo sobre sus pies. Se separó de la cama costosamente, utilizando para ello las manos y caminó hacia la puerta mientras se colocaba el jersey y bostezaba con los ojos entrecerrados. Se aupó cuando alcanzó la puerta y miró por la mirilla, descubriendo al joven pelirrojo que no se había dignado a llamarla en toda la noche. Abrió con brusquedad la puerta, haciéndola chocar contra el tope del suelo y Juvia avanzó hasta quedarse bajo el marco de la puerta y mirar al joven, enfadada. Entonces se dio cuenta de que el chico apenas era capaz de mantenerse en pie, y que estaba apoyado en la pared, con un brazo cubriéndose parte del cuerpo, y con sangre por la cara, el pecho, e incluso las piernas.

-Hola Juv –saludó el chico ante el silencio de la joven.

-¡Shu! ¿Qué ha pasado? –gritó ella mientras le observaba de arriba abajo.

El chico simplemente sonrió. Se fue a separar de la pared, pero las piernas le fallaron y estuvo a punto de caer al suelo, de no ser por Juvia, que había corrido hacia él, y le había sostenido entre sus brazos.
Le ayudó a entrar, con dificultad, al apartamento, y le llevó, medio arrastrando a la cama, sobre la que le dejó caer, con suavidad, bocarriba. Juvia le apartó el pelo de la cara, descubriendo, por fortuna, que la sangre que el chico tenía en la cara no parecía ser suya. La joven bajó la mirada hasta el pecho de Shu, donde tenía más sangre, apartando la ropa en su camino, para poder ver dónde estaba herido. Descubrió una herida en el hombro derecho, de lo que parecía ser una herida de bala. Pero no se detuvo. Descendió hasta el pecho, donde parecía estar también bien. Entonces vio un roto en el brazo izquierdo de la chaqueta. Le ayudó a quitársela, junto con la camisa con cuidado, y descubrió una herida más. Juvia observó el agujero que había en la piel de Shu y, fijándose, descubrió que en el centro de aquella herida, escondido entre la sangre, había un trozo de metal, de cabeza redonda, y que se introducía en el brazo del muchacho.

-Shu… Eso, ¿son clavos? –preguntó la joven, medio asustada.

-Tiene gracia –repuso el joven con una sonrisa, pero con los ojos fuertemente cerrados-. Las Dominator allí no funcionaban. Y esos mamones estaban armados con esas pistolas… –se detuvo durante unos segundos, haciendo más amplia su sonrisa-. Por suerte pude hacerme con una y defenderme de ellos, aunque no lo hice demasiado bien…

-Shu, ¿qué ha pasado? –preguntó ella, temerosa, mientras se dirigía rápidamente al baño.

Pero el joven no respondió. Juvia volvió al cuarto, ya con el botiquín en brazos, y se arrodilló frente a la cama. Comenzó a sacar lo necesario, mientras observaba a Shu, que mantenía la mirada fija en el techo.
Juvia se inclinó levemente sobre él para observarle las heridas, y tembló.

-Te los tengo que quitar… -comenzó-. Pero te va a doler…

El chico se incorporó, ayudándose de las manos, y acercó su mano derecha a la herida del brazo izquierdo. Hundió los dedos en ella, buscando el clavo mientras su rostro se contraía en una mueca de dolor, y tiró con decisión una vez lo hubo encontrado, sacándolo de su cuerpo. Shu observó el largo clavo, bañado en su propia sangre, con odio y repulsión.

-Esos cabrones… -susurró.

Juvia observó con horror el objeto que Shu mantenía entre sus dedos y se apresuró en cogerlo cuando vio que el joven se lo tendía. Ella lo colocó en el centro de su palma, dejando que la sangre cayera sobre ella, y entonces alzó la mirada de nuevo a Shu, que buscaba algo en su pierna izquierda. El joven se rasgó la pernera del pantalón de un tirón, descubriendo dos heridas más. Juvia fue a protestar, para intentar detenerle cuando vio que se acercaba a una de ellas con la misma intención que la del brazo, pero antes de que la diera tiempo a decir nada, el joven dio un segundo tirón, sacando un clavo más de su cuerpo. Ella volvió a coger el clavo para colocarlo junto al otro, y segundos después, Shu daba un tercer tirón, sacando otro clavo de su cuerpo.

-Creo que ese era el último –repuso mientras se tumbaba en la cama, resoplando-. ¿Ves? No ha sido para tanto –añadió, mirando a la joven con una ligera sonrisa.

-¿Y pretendes dejar las heridas así?

-Claro, ¿por qué no?

-Será mejor que vayamos al hospital.

Shuusei no respondió. Se quedó mirando el techo, hasta que finalmente se giró hacia la pared, dándole la espalda a Juvia.

-Preferiría que no –repuso sin girarse.

Juvia se quedó observando la espalda de Shu, dubitativa, y el silencio reinó durante varios segundos en el apartamento.

-¿Te importa… -comenzó Shu mientras giraba la cabeza ligeramente- que me quede aquí esta noche?

Juvia sonrió suavemente. Se subió sobre la cama de rodillas y se inclinó sobre Shu.

-Claro que no –repuso mientras le besaba en la mejilla-. Pero déjame curarte esas heridas.

Shu suspiró y se giró en la cama, quedándose de nuevo bocarriba.
La joven rápidamente le desinfectó las heridas y las vendó. Por fortuna no eran ni muchas ni graves, para lo que temía que podía haber pasado.
Juvia observó como Shuusei volvía a girarse de nuevo hacia la pared cuando se fijó en que no llevaba su comunicador en la muñeca izquierda, la pulsera que entregaban a todos los ejecutores el día que entraban a trabajar en el cuerpo. Se tumbó detrás de él, recogiendo sus brazos y colocándolos entre su cuerpo y la espalda del joven. Notó la tranquila respiración de Shu y, por su ritmo, supo que aún no se había dormido.
El joven no dejaba de darle vueltas a todo lo sucedido. A la infiltración en la Torre Nona, en la conversación con el hombre que había mantenido en los subniveles de la torre, y en lo que allí había descubierto.

La verdadera forma del sistema Sybil.

Estaba claro que Juvia no debía saberlo, por su propia seguridad, y el chico tenía claro que no le diría nada, pero debía intentar una cosa para mantenerla a salvo…

En realidad había dos maneras de mantener a la joven sana y salva, y lejos de la atención de Sybil, una más efectiva que la otra. Shuusei pensó en ambas, y su mente se dejaba llevar hacia una de ellas en concreto, la que era mejor para él, la más egoísta, y la menos segura para la chica. Deseaba con todas sus fuerzas que en su mente se dibujara una solución a aquella posibilidad, pero no aparecía nada. La opción más acertada era la mejor y más segura para ella, pero él, en él no quería separarse de ella. Ni quería ni podía.

Shu sintió el cuerpo de Juvia pegado a su espalda y pensó en desaparecer a la mañana siguiente, antes de que ella despertase, para irse de la ciudad, lejos de Sybil, y de Juvia, para mantenerla a salvo, ya que la directora, de cualquier manera posible, haría todo y más por encontrarle y quitarle de en medio, como había intentando aquella misma noche. Pero no quería hacerlo. Sopesó ambas opciones una última vez, y finalmente se decidió a hablar.

-Juv, si yo tuviera que dejar la ciudad…

Juvia se acercó a su cuerpo, y pasó el brazo izquierdo por encima del joven como respuesta.

-¿Y Sybil…? –continuó él.

-¿Qué pasa?

-Vendría a por nosotros.

-Que nos encuentre si puede –repuso ella.

Shu colocó una mano sobre el brazo que la joven había pasado por encima de él y lo presionó con suavidad. Sabía que aquella opción era la más egoísta, y con la que más peligro correría ella, pero no quería dejarla atrás.

-Seremos fugitivos… Irán detrás de nosotros.

-Me da igual. ¿Es que pretendes hacerme cambiar de parecer?

Shuusei se giró hacia ella, aún con su brazo sobre su cuerpo y se pegó a ella, buscando sus labios.

-Tendrás que dejar todo esto –dijo tras deshacer la unión.

Juvia alzó la mirada al cuarto.

-¿Te crees que me importa?

Él sonrió.

-¿Estás completamente segura de esto?

-Por supuesto. Nunca he estado más segura de nada en toda mi vida. Quiero irme, ¿y con quién mejor que contigo?

-Oh, basta Juvia, vas a hacer que me sonroje –bromeó.

-¿En serio? Eso me gustaría verlo a mí –añadió ella, con una sonrisa.

Juvia se incorporó levemente, para volver a inclinarse sobre él y besarle mientras se apartaba el pelo de la cara, pasándolo por detrás de la oreja.

-Solo una duda –dijo, después de un rato-. ¿Podré llevarme la moto?

Shuusei sonrió ampliamente mientras pasaba ambos brazos por la espalda de la joven y la acercaba a él, volviendo a unir sus labios en un interminable beso.

Quince años después

La joven peliazul salió del pequeño establecimiento, tomando la moto que tenía aparcada enfrente de este. Se montó en ella rápidamente y puso rumbo a las pequeñas casitas que adornaban la falda de la montaña, siguiendo la carretera que subía hacia la zona residencial.
Después de callejear durante unos minutos, dejó la moto aparcada delante de la puerta de una de las numerosas viviendas, mientras saludaba al vecino de al lado, un hombre de unos cuarenta años, que regaba las flores de la entrada. En cuanto entró en la casa, un delicioso olor a comida siendo cocinada le llegó desde el interior. Atravesó la entrada y se dirigió a la cocina, donde descubrió a un joven pelirrojo, de pelo alborotado, vestido con ropa cómoda, y armado con una paleta con la que removía la comida que tenía en la sartén que sostenía con la otra mano.
Juvia se acercó por detrás de él, pasándole ambos brazos en torno a la cintura y abrazándole desde atrás.

-Eso huele genial –le susurró al oído.

Shuusei se giró levemente hacia ella y le dio un rápido beso en los labios antes de girarse de nuevo a la sartén y concentrarse en su tarea.

-¿Qué tal el trabajo? –preguntó él.

-Sin novedad. Quieren abrir una tienda más por aquí cerca, para que los niños que viven por aquí arriba no se tengan que bajar hasta allí cada vez que necesiten algo de material para el colegio.

-No es mala idea –dijo él mientras comenzaba a servir la comida en los platos.

Juvia se acercó a la encimera, y vio un cuenco grande cubierto por un poco de papel aluminio. Estiró los dedos hacia él y lo levantó un poco, mientras se asomaba ella al interior.

-¿Esto es el postre? –preguntó la joven.

-Tengo una idea mejor para el postre –repuso él mientras se acercaba a ella y le pasaba los brazos por encima de los hombros.

Ella se giró, aún entre sus brazos, hasta quedarse delante de él. Le miró con una sonrisa de medio lado y se aupó levemente para alcanzar sus labios.

Entonces la puerta de la entrada se abrió. Los recién llegados avanzaron hasta la cocina, donde encontraron a los dos jóvenes, uno en brazos del otro, mirando a la puerta de entrada a la cocina. Juvia, al verles entrar, se separó de Shu y camino hacia ellos. El niño, de pelo azul más oscuro que el Juvia y ojos dorados como los de Shu, de unos doce años de edad, llevaba sobre su espalda a una niña de unos cinco años, de largo pelo naranja, más brillante que el de Shuusei, y de ojos tan azules como los de Juvia. El niño avanzó hacia Juvia, quien, cuando les alcanzó, se agachó a su lado, hasta ponerse a su altura y sonreírles con ternura.

-¡Hola ma! –exclamó la pequeña aún brazos del niño.

La niña se agitó, intentando soltarse del chico, pero él no le soltó. Estuvieron ambos a punto de caerse, pero Juvia cogió a la niña, ahorrándoles a ambos la caída. La alzó en brazos y se puso de pie.

-Hola Gyo, cariño –dijo Juvia sonriente mientras besaba a la niña sonoramente en la mejilla-. ¿Qué tal el día?

-¡Bien! –exclamó animada-. Kaku me ha llevado al parque –añadió, sonriente.

Juvia se agachó de nuevo para quedarse a la altura del pequeño, colocó a la pequeña Gyo sobre su rodilla y atrajo al niño hacia ella con el brazo que tenía libre, dándole un beso igual al que le había dado a la niña segundos antes.

-¿Has llevado a Gyo a jugar fuera? –dijo Juvia mirando al pequeño peliazul.

-No dejaba la lata con que quería salir a la calle a jugar –repuso el chico con un suspiro.

Kaku desvió la mirada a su hermana, y Juvia observó el lugar que el joven estaba mirando. Una de las rodillas de la niña estaba sangrando y Juvia, al verlo, soltó un suspiro mientras miraba la niña con una sonrisa.

-¿Otra vez te has caído Gyo?

-Pero no me duele. Yo soy muy fuerte –repuso, mostrando los pequeños musculitos de sus brazos.

-¿Le decimos a papá que nos cure? –añadió Juvia.

Gyo sonrió ampliamente y alzó los brazos hacia Shuusei.

-¡Pa! –exclamó la pequeña.

Shu se acercó a las chicas y tomó a Gyo entre sus brazos. La acercó a la encimera y la sentó sobre ella mientras buscaba en uno de los muebles altos el botiquín. Rápidamente limpió la sangre de la herida, la desinfectó, y le colocó una colorida tirita, todo con movimientos automáticos, como si ya lo hubiera hecho muchas veces antes. Le tomó de una de sus pequeñas manitas y la besó en el dorso.

-Ya estás, princesa –le dijo con una sonrisa, a lo que la niña terminó riendo.

Ante aquella dulce risita Shu no pudo resistirse. Miró a su hija divertido y llevó ambas manos a los costados de su hija, dejando danzar lo dedos suavemente por ellos, a lo que la niña reaccionó con movimientos exagerados y agudas carcajadas.

-¡Para pa! –exclamó-. ¡Me haces cosquillas! –dijo entre risas.

Shuusei rió, y con ello Juvia. Kaku, aún entre los brazos de su madre, sonrió ante las carcajadas de su hermana pequeña. Juvia observó a su hijo y pasó ambos brazos alrededor del pequeño.

-¿Tú también quieres? –preguntó mientras comenzaba a hacerle cosquillas a su hijo mayor.

-No mamá, para –dijo el chico entre risas.

Juvia le atrajo hacia ella y le abrazó mientras le daba otro beso en la mejilla.

-Vamos a comer, antes de que se enfríe –añadió ella.

Juvia y Kaku llevaron los platos ya servidos a la mesa mientras Shuusei colocaba a Gyo en su sillita. Rápidamente estuvo toda la familia reunida comiendo, y la pequeña Gyo les contó con pelos y señales todo lo que había hecho aquel día con su adorado hermano mayor. Los movimientos de sus pequeños bracitos eran tan exagerados que a punto estuvo de tirar varias veces su plato de comida, de no ser por los desarrollados reflejos de Shu al tener un terremoto como hija, que siempre lograba pararlos cuando aún se estaban tambaleando.
Después de aquel primer plato, Shu sirvió las natillas que había hecho de postre, y que tanto les gustaban a los pequeños de la casa. Kaku se las tomó rápidamente y Juvia le sirvió un segundo cuenco, mientras Shuusei se peleaba con Gyo para que dejase de hablar y se terminase su postre.
Cuando hubieron conseguido que Gyo se terminara las natillas, gracias a su hermano, que se sentó a su lado y le ayudó a tomarlas, los padres dejaron a los niños salir de la cocina mientras ellos la recogían.
Una vez estuvo la cocina recogida, Juvia y Shu se fueron al salón a descansar un rato. Allí descubrieron a Kaku sentado en el sofá, dormido, con su hermana tumbada a su lado, con su cabeza sobre las piernas de su hermano. Los dos sonrieron al verlos tranquilamente dormidos, y Shu le pasó a su hija una manta por el cuerpo, para que no se quedara fría. Juvia, mientras Shu acomodaba a los pequeños en el sofá, se sentó en el de enfrente, observando la escena con una sonrisa tranquila. Shu se separó de los niños tras haberlos arropado y sentó al lado de Juvia, pasándole un brazo por los hombros.

-¿Te puedes creer que hace apenas unos años éramos los perros de la policía?

-Ni me lo recuerdes –repuso ella mientras se acurrucaba entre sus brazos.

Shuusei sonrió, y acercó más a Juvia hacia él. Bajó la cabeza, encontrándose con los oscuros ojos de la joven, y la besó tierna y delicadamente, deseando poder seguir con su nueva y tranquila vida durante muchos años más.