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Orígenes
Metrópolis. Interior de un departamento.
Al amanecer.
Clark Kent estaba agotado. Hacía horas que no dormía y el patrullaje nocturno le había insumido trabajo.
En concreto evitó cuarenta robos, trece asesinatos y un intento de violación. No parecía mucho, pero cuando se lo media con cuatro o cinco semanas de la misma actividad, sin pausa salvo las usuales para necesidades fisiológicas, se volvía extenuante.
Podía ser un superhombre, pero en el fondo, era más hombre que súper.
Y considerando que eran sus primeros pasos en aquella ciudad, mas le valía ir con cuidado, si no quería que le descubrieran.
Estaba armando un jaleo allí; él mismo lo reconocía. Con toda esa actividad superheroica estaba seguro de que la Prensa no tardaría en hacerse eco del caso. Que rayos. De todas formas, no había manera de evitarlo…
Lo bueno era que, al menos, él estaría allí para supervisarlo.
Se aseó. Tomó una calida ducha reconfortante y se afeitó. Luego se dedicó a elegir cuidadosamente el traje que iba a usar para su primera entrevista de trabajo en esa ciudad.
Recordaba con cariño el viejo consejo de Pa Kent. "Hijo, la primera impresión es lo que cuenta… trata siempre que la tuya sea educada e impecable".
Sonrió. Extrañaba a su padre. Siempre tenia la palabra justa para cada ocasión. Lo mismo que su madre.
Suspiró. Mientras se vestía, pensaba en cuan orgullosos hubieran estado de verle ahora. Su madre, sobre todo. Ella siempre decía que llegaría el día en que su muchacho crecería, se volvería todo un hombre y volaría, listo para encontrarse cara a cara con su destino.
Frunció levemente el ceño. No le gustaba volar. Lo hacía sentirse siempre tan raro. Menos humano.
Prefería correr. O saltar. O ambos. Sabía que la supervelocidad era preferible a andar dando tumbos por el aire y encima, estaban los rascacielos; Metrópolis los tenía a por montones.
Smallville era diferente.
Hectáreas y hectáreas de campo.
El lugar perfecto para refinar sus poderes.
Volvió a fruncir el ceño. "Poderes" era una palabra ostentosa, pero no tenia otra con que definirlos.
Terminó de colocarse la camisa y el pantalón. Se hizo el nudo de la corbata tal y como Pa Kent le enseñó.
Él sabia que por mas que lo intentara nunca lograría encajar. La Humanidad pura y real le estaba velada.
En momentos como esos, se sentía miserable. No había otros como él en el mundo. Estaba seguro, lo sabia. No existían otros miembros de su raza en la Tierra.
Era el único. Todo cuanto quedaba de un planeta y una cultura extinguida.
Sonrió con pesar. Pa y Ma Kent se lo ocultaron durante años, pero él sospechaba la verdad.
Sabía que era adoptado.
A los dieciséis tuvo su certeza. Es decir, desde que tenía memoria recordaba poseer aquellos… poderes. Pero una cosa bien distinta es saber cuales eran las causas y saber su lugar de origen verdadero.
Lo supo cuando Pa Kent le mostró la nave en que vino a la Tierra.
La tenia escondida en el granero, tapada con una lona vieja.
En la nave había un dispositivo. Se activó cuando lo tocó: una imagen holográfica lo saludó. Un augusto hombre vestido de blanco, con una sonrisa afable y cariñosa en su rostro le habló, en perfecto inglés, explicando quien era él, de donde venia y por qué estaba en la Tierra.
Kryptón. Jor-El, Lara… Kal-El. Nombres que se grabaron a fuego en su memoria. Los acompañó una vivida y bonita imagen que representaba su planeta natal, sustituida mas tarde por una gran catástrofe de la que él era el único sobreviviente. Y eso, gracias a su padre… su verdadero padre.
Jor-El.
"Sé fuerte y valiente, Kal-El", le dijo el holograma, "Sé sabio, hijo mío. En la Tierra, bajo un sol amarillo, tendrás enormes poderes. Grandes habilidades. Tal vez llegue el momento en el que te sientas solo. Nunca lo estarás. Mi amor y el de tu madre te acompañaran vayas donde vayas. Usa tus poderes. Ayúdalos. Kal-el, son buenas personas… pero necesitan que los guíes. Sé su luz. Sé su fuerza. Hijo… mi amado hijo… Recuerda siempre que te amamos y que lo que hicimos al enviarte con ellos es demostración de ese amor. Cuídate y cuídalos… Adiós, Kal-El".
La bella imagen holográfica culminaba con la aparición de una mujer, vestida también de blanco, que se abrazaba con Jor-El y parecía mirarlo en la distancia, a través del abismo de tiempo y espacio que los separaba.
Lo supo. Era Lara.
Su verdadera madre.
Cuando los hologramas se desvanecieron, la realidad volvió ante sus ojos. Pa y Ma Kent lo observaban, con lágrimas en los ojos…
-Ahora sabes la verdad, hijo. Si nos odias por ocultártelo todos estos años, no puedo culparte – le dijo él – Solo queremos que sepas que hicimos todo el esfuerzo por hacer de ti alguien de bien… y que te amamos. Simplemente, te amamos… como si fueras nuestro desde nacimiento.
En el presente, Clark Kent lloró en silencio, recordando lo que a continuación hubo hecho…
Cuando Pa Kent le dijo esas palabras los abrazó a ambos y con iguales lágrimas en los ojos, les dijo:
-Tú eres mi padre y tú eres mi madre. Los amo a ambos. Es lo único que me importa.
Los tres se estrecharon entonces en un calido abrazo, sintiendo que nada que dijera una imagen generada por computadora podía romper con ese vínculo.
…Y nada lo hizo en los años restantes, salvo la muerte. Primero la de Pa y luego la de Ma.
Los sepultó a ambos con el corazón sobrecogido, pero decidido a honrarlos para siempre por sobre todas las cosas.
Usar sus poderes para ayudar a la gente era una manera.
Bien, lo del traje oscuro, la gabardina y la "S" en el pecho eran invenciones suyas, pero creyó mejor usar aquello en lugar de las ridículas mallas que en un principio pensó en llevar puestas.
Quería ser un héroe, un campeón, un justiciero. No un payaso de circo con el calzoncillo encima de la ropa, por Dios santo.
Se rió. Secó las lágrimas de su rostro y luego, se colocó la parte superior de su traje. Se miró en un espejo.
-Parezco Testigo de Jehová – comentó, en voz alta. Su ocurrencia le causo gracia. ¿Y si en vez de que los Kent lo encontraran hubieran sido otros? Sin duda, cualquiera podría especular cómo hubiese sido su vida entonces.
-Ya estoy otra vez – se dijo – distrayéndome. ¡Voy a llegar tarde! – y mirando a su reflejo - ¡Reacciona, Clark! Hay que ir y probar suerte. Como mamá solía decir: "El hombre propone y Dios dispone".
Tomó las gafas falsas. Se las colocó en la cara. Se le veían ridículas, es verdad, pero necesarias. Lo tenia bien observado.
Los tipos con anteojos pasaban bien desapercibidos.
Bueno, al menos eso esperaba. Era lo único de él que en ese momento constituía un "disfraz". Quería ser el alter-ego, lo opuesto a lo otro.
Justiciero de noche. Periodista de día. Sonaba justo. Equiparable.
Tomó su maletín con sus papeles y salió del departamento. Era hora de ir a probar si tenía suerte…
