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Justicia
Tribunales de Metrópolis.
Días más tarde…
Clark se encontraba sentado ante el nutrido grupo de espectadores al juicio. Observaba con seriedad al hombre ubicado al lado del Juez, en la silla de los acusados.
Había sido asignado por White para la cobertura del periódico del caso. Se trataba de algo menor en la escala de noticias, pero no menos importante: violencia domestica.
Mientras trataba de poner todos los sentidos en su tarea, el Fiscal se acercó al acusado y lo miró. Luego, hizo lo mismo con los miembros del Jurado y por último, con el Juez. Comenzó con su exposición…
-Alguien dijo una vez que en los Tribunales de Justicia, había Justicia solo fuera de los Tribunales – empezó – Pero hoy, damas y caballeros, podemos cambiar eso entre todos, porque hoy haremos Justicia aquí.
Hizo una pausa dramática. Todos esperaron a que continuara la exposición. Lo hizo yendo hasta su mesa y buscando papeles en su portafolios…
-Melannie Cotton no busca daños y perjuicios. Ella busca solamente la Verdad, la Justicia… y la oportunidad de seguir con su vida.
El Fiscal sacó un fajo de fotos. Se acercó al acusado, lo miró gélidamente y después se volvió hacia el Jurado.
-Aquí les presento cabal prueba de la culpabilidad del acusado al estrado: las fotografías de la victima en el Hospital Central de Metrópolis… y no puedo dejar de preguntarme, señor Rodríguez – dijo, volviéndose hacia el hombre acusado - ¿Acaso ella le pidió que la cortajeara y golpeara de esta manera tan salvaje?
-¡Objeción! – saltó el abogado del acusado.
Clark no escuchó la respuesta del Juez. Solo tenía ojos para el ¿criminal? Se concentró totalmente en él. De hecho, mientras lo hacia, utilizó uno de sus poderes más singulares para analizarlo: su súper-oído.
Un sonido imperceptible para todos los presentes se hizo patente para él. Era acelerado y discordante. Aun así, parecía seguir un patrón, un ritmo determinado…
Latidos de corazón.
Del corazón del señor Rodríguez, quien sonrió con falsa tranquilidad y contestó a las acusaciones del Fiscal cuando le fue permitido con fingida normalidad.
-No tengo nada que esconder, Su Señoría – dijo – Contestare al señor Fiscal, ya que se me ha permitido hacerlo, con el consenso de mi abogado. La verdad es que la señorita Cotton y yo… - hizo una pausa. Se mostró entre dubitativo y avergonzado – La señorita Cotton y yo practicamos el sadomasoquismo. Es una practica sexual no muy común, pero creame que hay un alto porcentaje de personas que lo hacen. Todo lo que pasó fue un accidente, uno muy desafortunado, pero mas que nada, lo importante es que todo fue consensuado entre ella y yo. Nadie obligo a nadie a hacer algo que no quisiera.
-Eso no le da derecho a llegar a una agresión física tan extrema como lo hizo con la señorita Cotton – tercio el Fiscal – Usted la lastimó con demasiada saña, señor Rodríguez. Por favor, no insulte a este Tribunal con una argumentación tan barata…
-¡Objeción! – saltó otra vez el abogado de Rodríguez.
-A lugar – concedió el Juez – Sr. Fiscal, le recuerdo que no debe extralimitarse en su trabajo. Limitese a cumplirlo como se debe.
-Lo lamento, Su Señoría – el Fiscal guardó las fotos – Solo quiero añadir una cosa: por el bien de todos, espero que aquí, hoy, se haga justicia…
Después de varios alegatos más y testimonios, el Jurado presentó su veredicto: Inocente.
Clark se quedó mudo de la indignación. A su lado, una vez que el juicio terminó, alguien hizo un comentario…
-¡Es una barbaridad! ¡No hay justicia en esta ciudad!
Clark estuvo de acuerdo, pero se disponía a cambiar eso muy pronto otra vez.
Interior de un bar.
Por la noche…
-¡Soy un hombre libre, compañeros! – gritó Rodríguez a sus amigos una vez que se reunió con ellos en el bar - ¡Soy el mejor mentiroso del mundo!
El grupo sentado en una mesa festejó la ocurrencia levantando sus botellas en un brindis. Todos rieron.
-Ese Fiscal casi me tenia, pero mi abogado pudo mas que él. Refutó todos sus argumentos y presentó unos cuantos testimonios falsos… previamente bien pagados, claro. ¡Y acá me tienen! ¡Más inocente que Dios!
Rodríguez rió. Sus compañeros le pasaron una botella de cerveza.
-¡Por el sistema de justicia americano! – pidió. Todos levantaron las botellas.
Rodríguez iba a beber, pero entonces la botella en su mano reventó en pedazos, por culpa de un rayo de calor venido de un rincón.
Alguien había entrado en el bar. Todos se volvieron para mirarlo. Era un tipo vestido de negro, con una "S" blanca en el pecho…
Miró a Rodríguez y a sus amigos con frialdad. Se acercó a ellos con pasos decididos.
-¿Qué quieres? – preguntó el delincuente, todavía sorprendido por la explosión de su botella.
-Justicia – declaró Clark – Rodríguez, eres culpable de un crimen. Tienes que pagarlo.
Dos de los amigos del criminal se pusieron de pie. Lo rodearon con gestos hostiles.
-¡Mejor te vas por donde viniste, fenómeno! – dijo uno de ellos y sacó un revolver.
Clark sonrió y pegó un salto. Con la ayuda de sus dos piernas, les propino una patada a los dos cómplices de Rodríguez, tirandolos al piso. Luego dio otro salto y se colocó encima de la mesa ante la cual el grupo estaba reunido. Estos ya tomaban sus botellas con intención de usarlas como arma, pero no se les dio tiempo a hacerlo. Moviéndose a supervelocidad, los bajó a todos de una patada razante.
Solo le restaba encargarse del mismo Rodríguez. Aprovechando la confusión desatada, huyó del bar a la calle, en donde descendió al metro por unas escaleras y ya corría como loco por el anden… solo para encontrarse cara a cara con Clark enfrente de él, mirándolo severo.
-¡Aléjate! ¡Aléjate! – gritó el delincuente, pero Clark le propino un fuerte empujón.
Rodríguez voló varios metros por el aire y aterrizó en las vías del tren subterráneo… en el momento en que este se acercaba a la estación.
-No… no… no… - se volvió desesperado hacia el hombre de negro - ¡Ayúdame!
-¡Solo si confiesas la verdad! – sentencio Clark, impávido.
El tren estaba cada vez mas cerca. ¡Iba a pasarle por encima!
-¡Ayúdame!
-¡Di la verdad!
-¡Está bien! ¡Lo haré! ¡Yo lo hice! ¡Yo agredí a esa mujer a propósito! ¡Ayúdame!
La luz del tren subterráneo iluminó a Rodríguez. La bocina sonó.
El criminal cerró los ojos, esperando el fatal desenlace. Pero este no llegó. Tomándolo en brazos súper velozmente, Clark lo salvó de morir aplastado y lo llevó instantáneamente ante las puertas del Departamento de policía de Metrópolis, donde lo dejó.
-¡Entra ahí y di la verdad, o te pasara algo peor que lo del tren! – aseguró.
-¡Si, si, si! – Rodríguez entró al edificio - ¡Soy culpable! ¡Soy culpable!
Clark suspiró. Su trabajo en ese lugar había terminado.
Se produjo un ventarrón. Desapareció en un pestañazo de la escena.
