SIN ALMA

Capítulo XVIII

"Estrategias de un Primero"

Estaba siendo una semana muy dura para Jane Orleans. Su trabajo se había multiplicado por cinco, no sabía si era el miedo que provocaban los últimos ataques y las últimas huidas de "sin alma", o los sabotajes en las inmediaciones de la capital, el caso es que sus habitantes habían endurecido su trato con los domesticados, por lo que en un día había llegado a realizar hasta treinta curas no programadas y de urgencias.

La veterinaria estaba empezando a odiar su trabajo. La última de ese día era una chica joven, de apenas veinte años, destinada a ser el cuerpo de la mujer que la estaba domesticando. La tensión del día pudo con sus nervios pagando con la clienta toda su frustración. Después de desahogarse, tuvo que disculparse, al entender que aquella persona no tenía su experiencia, ni sabía lo que ella sabía. La clienta aceptó sus disculpas, y no interpuso ninguna queja por sus actitud y sus gritos.

Llegó a casa agotada, entró soltándose el largo cabello, negro como el ébano. El stress acumulado estalló al comprobar que su casa estaba vacía. ¿De que le servía ser la pareja dominante legalmente en su relación? ¿de que le servía ser la titular del contrato de Misha, si nunca estaban cuando los necesitaba?. Ninguno de los dos estaba en casa.

Que Karen no estuviera era lógico, su trabajo como asistente de la pequeña Alma incluía que durante dos noches en la semana se debía quedar en la Torre de Cuarzo con la pequeña. La misma Jane había firmado el contrato.

Pero Misha, el "sin alma" le pertenecía, debía obedecerla. Tenía que estar en casa cuando ella llegara y... Le daban igual las reuniones de la Resistencia, le daba igual todo, Misha le pertenecía y debía estar allí para satisfacer sus necesidades. Era su esclavo.

El "sin alma" entró cargado con la compra de la semana, "hola Jane, siento la tardanza pero era el único "mono naranja" sin dueño en el híper, y me dejaron para el último, ¿estás bien?" levantó la cabeza y sus inocentes y preocupados ojos azules la miraron como si fuese capaz de percibir todo su enfado. Calló, dejó la compra junto a la entrada y esperó la explosión.

- ¡¿Esa es tu fantástica escusa? - echa una furia abofeteó al domesticado con violencia.

El antiguo oculto dentro del "sin alma" quería rebelarse, sujetarla, condicionarla, demostrar a aquella joven ECU que no tenía ningún derecho a tratarle así. Sin embargo Misha no podía condicionar a Jane. Era algo que pese a su evidencia, nadie más que él sabía. Si un primero ama, la persona amada no puede ser condicionada pues sus propios sentimientos bloqueaban el misterioso mecanismo mental que llevaba a cabo el condicionamiento. Lo mismo ocurría con el odio. Eran sentimientos tan poderosos que bloqueaban otra opción.

La veterinaria no se iba a conformar con ese recibimiento. Su domesticado se preparó para un castigo del que no conocía el motivo. Se desnudó y dejó que lo atara al potro que usaban para los reconocimientos de los salvajes.

Jane lo azotó, con una de las bandas elásticas con las que ataban a los salvajes. Le gritaba que le pertenecía, que debía obedecerla, que ella era su ama y él solo una criatura sin alma que tenía que hacer todo lo que ella quisiera. Nunca lo había tratado así. Nunca, desde la muerte de su marido y desde que decidió quedarse con el que iba a ser el cuerpo.

Misha no gritó ni una sola vez, durante su larga y extensa vida había vivido situaciones mucho peores que aquella, podía ocultarse a sí mismo el dolor. Esconderlo en un compartimento de su mente y relajar el cuerpo para que el daño fuera mínimo.

Después de dos horas de un trato brutal, el cambio llegó casi imperceptiblemente. Como una pregunta sin pronunciar. Jane se dio cuenta de lo que estaba haciendo, miró su mano ensangrentada por su forma de coger la banda elástica. Miró la espalda del hombre que amaba, surcada de golpes que habían levantado la piel dejándola en carne viva.

- ¡Misha! - lo desató rápidamente, aplicándole las curas que ese día había llevado a cabo hasta el quince ocasiones – yo no, no se como, Misha, oh...

Todo el horror que sentía por lo que le había hecho al que creía sólo un muchacho, no la dejaba ni respirar. Lloraba desesperadamente aplicando cicatrizante a la espalda destrozada, creyendo que a partir de entonces él la odiaría. Misha no hablaba, sus ojos azules se perdían en algún punto inexistente frente a él, recordando.

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¿Para qué necesitamos ampliar nuestra capacidad de condicionar Seidu? - a Pegasus siempre le parecía todo innecesario – Una máquina para condicionar toda una ciudad a distancia, no se, ¿no es de genios malvados que quieren dominar el mundo?

El gobernador de África del Norte se rió de la inocencia del único primero que había rechazado toda posición de poder. Ángelo estrechó a su amigo por la cintura explicándole.

No tiene por qué ser algo malo, imagina una catástrofe, se destruyen las comunicaciones y reina el caos entre la población asustada. Un tifón, un terremoto, algo así. Sería la forma de mantener el orden y evitar males mayores

Y yo que creía que el ingenuo era Pegasus – rió el Primero de África – ay, Ángelo, si de verdad crees que Lázarus tiene interés en que desarrollemos ese sistema para caso de catástrofe, te aconsejo que abras los ojos.

Los otros dos primeros se miraron confundidos. Se suponía que lo que estaban haciendo era para salvar el mundo y mejorar la vida de la gente ¿o no?

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Los ojos grises y profundos de la única mujer que en los últimos doscientos años había dejado madurar su cuerpo hasta los cuarenta años, lo sacaron de su ensoñación. Le sonrió con todo el amor que ningún malentendido, ni que ningún condicionamiento externo podía destruir.

Ella no era culpable de lo que había ocurrido, no sabía realmente lo que había ocurrido. Él si lo sabía. Ahora tenía miedo de explicárselo, pues si lo hacía también tendría que explicarle que no era un sin alma al uso. Tendría que contarle quien era realmente.