SIN ALMA
Capítulo XXI
"En los bosques"
Los programas de todos los canales informativos comenzaban con la fracasada misión de extracción que había supuesto la muerte de dos cazadores y la desaparición de otros cinco. Aunque era realmente una noticia importante, a nadie se le escapaba que su principal importancia radicaba en que uno de los desaparecidos era el mismísimo Jared Padalecki, asistente personal de Pegasus Sade y Coordinador Mundial de Extracciones.
Los periodistas se agolpaban junto a la casa de Jane Orleans, la veterinaria, pareja dominante de la madre del desaparecido, tratando de conseguir alguna declaración de conocidos o allegados con que rellenar los programas de cotilleo
Misha sentía que iba a cometer un genocidio de periodistas. Desde la desaparición se veía confinado en la casa por culpa de un toque de queda para los "sin alma" y ya se habían colado dos paparazzis en la casa. Tuvo que condicionarlos para echarlos de allí, dando gracias a estar solo, pues le hubiese sido muy embarazoso tener que contar a ambas mujeres cómo un "sin alma" era capaz de condicionar a alguien como si fuese un Primero.
Los condicionamientos generalizados le seguían causando más de un quebradero de cabeza. Aunque Jane había conseguido sustraerse a ellos, su grupo de rebeldes sufría activamente sus consecuencias. Tanto era así que la veterinaria había tenido que posponer las reuniones hasta que no descubrieran cómo se llevaban a cabo y cómo impedirlas. Era imposible sacar algo en claro en una reunión dónde los ECUs competían en mostrar un mayor control y dureza sobre los "sin alma".
Ni siquiera el coma de Pegasus Sade ni la inminente vuelta de Alezeia Verne de Eurasia, lograba desviar la atención de los espacios informativos de Karen Padalecki. El acoso era tan intenso que el mismo Lázarus Stark había ofrecido con carácter indefinido los aposentos que usaba en la Torre de Cuarzo como asistente de la pequeña Alma. Y no sólo a ella, también a su pareja y a sus "propiedades" en caso de tenerlas.
SA-SA-SA
La cueva dónde los cazadores habían sido encerrados no era del todo inhóspita. Había cinco camastros con sus respectivas mantas, cinco sillas y una mesa redonda. Lo del aseo personal, bueno, había que conformarse con un agujero en un rincón cuyo mal olor se evitaba quemando unas ramitas de un intenso aroma. Jared creía que el olor original era más soportable.
Dentro de la cueva tenían libertad de movimientos y les llevaban comida dos veces al día. Pero nadie hablaba con ellos y ninguno tenía idea de lo que les esperaba.
Jensen volvió a imponer su voluntad al Consejo de Mayores de las Aldeas junto a las Montañas Horadadas. Sorprendido de que todos estuviesen de acuerdo con él salió de la sala del Consejo acompañado del hombre de Pelo Blanco.
- Ángelo también imponía su voluntad como tú lo has hecho hoy – el anciano no parecía muy contento con aquello
- No parece que lo apruebes – respondió el hombre de los bosques esperando un motivo o una explicación
- Tú al menos no eres consciente de lo que eres capaz de hacer, es innato en ti – el curandero le dio unas palmadas en el hombro dejando al líder de los rebeldes aún más confundido.
Todas las Aldeas de las Montañas Horadadas se reunieron frente a la cueva de los prisioneros. El jefe del Consejo pidió al hombre de los bosques que tomase un lugar junto a él mientras el resto de asistentes aclamaban a su héroe. A una señal del jefe del Consejo, los guardianes de las aldeas sacaron a los cazadores de la cueva, reuniéndolos en el centro de un espacio circular abierto, rodeados por los habitantes de los bosques.
- ¡Hombres de hielo! - dijo el jefe de la aldea usando el lenguaje de los sorprendidos cazadores – nuestras leyes os otorgan la oportunidad de luchar por vuestra libertad o aceptar vuestra servidumbre y demostrar que podéis ser habitantes de los bosques.
Jared, sintiendo la responsabilidad de mantener a salvo a sus hombres se adelantó en dirección al Jefe y Jensen ante las amenazantes aturdidoras que blandían algunos guardianes.
- ¿Si luchamos por nuestra libertad qué opciones tenemos? - preguntó
El hombre de los bosques lo miró con una enigmática semisonrisa mientras el Jefe del Consejo explicaba los términos. Si decidían luchar por su libertad, cada uno de ellos, debería enfrentarse a quien le capturó en un combate a muerte, y si sobrevivía se le llevaría con los ojos vendados frente a la puerta de la Ciudad de Hielo más próxima.
- ¿la otra opción?
- Aceptar que sois prisioneros y adaptarse a la servidumbre obedeciendo al amo que se haga cargo de vosotros y cumpliendo las leyes de los bosques sin intentar huir.
El cazador no era un cobarde, pero las vidas de sus hombres dependían de la decisión que él tomara y ninguno de ellos estaba capacitado para un cuerpo a cuerpo con un salvaje como aquellos. Sería un suicidio.
- Aceptamos ser vuestros prisioneros – dijo ante la incredulidad de sus compañeros
un abucheo surgió de las filas de jóvenes salvajes. El único que captaba la atención de Jared sonrió apreciando el inconformismo de la juventud y le miró a los ojos como si quisiera leer en ellos.
- Sin embargo, pido que mis compañeros sean tratados con humanidad y respeto, conmigo haced lo que queráis – continuó Jared, pues si aquella gente trataba a los prisioneros como se hacía en la civilización, apañados iban, mejor le sería aceptar el combate a muerte.
Un grupo de los aldeanos más furiosos, formado por retornados y miembros de antiguas aldeas desaparecidas, protestó indignado por las palabras del cazador.
SA-SA-SA
La pequeña lloraba a lágrima viva en brazos de su madre. la Gobernadora de Eurasia no sabía como calmar a la berreante criatura que apenas la conocía, pues no la había visto en seis meses.
- Ten, cógela – se la entregó a su cuidadora, molesta – hay que enseñarla a comportarse, ¿cuando comienza su programación educativa?
- Es muy joven aún señora gobernadora - Respondió Karen Padalecki calmando a la pequeña – los expertos no aconsejan su inicio hasta que se alcancen los tres años de edad, antes podría dañar la capacidad de aprendizaje
- ¿Tienes hijos cuidadora? - preguntó la Antigua
- Uno, señora
- Ah, si, es cierto, tu hijo es el cazador del que tanto hablan las noticias – comentó sin ninguna empatía
- Tis tán! - pareció que la pequeña regañaba a su madre enfrentándose a ella como si con su defectuosa pronunciación del cazador desaparecido quisiera decir mucho más
Alezeia clavó sus negros ojos en los intensamente verdes de la pequeña y le sonrió con dulzura. "¿Quieres dar un beso a tu mamá, Alma?" preguntó Karen. Más tranquila, la niña echó sus gordezuelos bracitos en dirección a la mujer más poderosa del mundo para que volviera a tomarla.
El disgusto inicial por el recibimiento de Alma, se borró de la memoria de la Antigua cuando la niña le plantó un beso en la mejilla y le dijo "Mamá bu-apa".
