Me haces trampa, así no puedo responderte, ¿no tienes mi correo? Ahora mismo lo pongo público para que le eches un vistazo y tengas que hacer reviews para decirme algo sin que los demás se enteren... Ains desastre...

¿no actualicé ayer? Vaya fallo.


SIN ALMA

Capítulo XXIII

"Despertares"

Pegasus abrió los ojos descubriendo que su visión había mermado esta vez. Se le agotaba el tiempo. Una manchita con la cabeza de un color rojo intenso entró en el dormitorio. Tuvo que tener la carita junto a la suya para apreciar los lindos ojos verdes de Alma.

- ¡Mi niña! - dijo dándole un abrazo

- ¡Papi!

Karen Padalecki esperaba junto a la puerta de la entrada, aguardando que el Primero le permitiera entrar, sin embargo el convaleciente antiguo no se había percatado de su presencia.

- Pero, Alma mía ¿cómo te has venido? - preguntó a la pequeña algo preocupado.

- Da perta ta tasta qui – respondió la niña en su media lengua, orgullosa de ser tan mayor

- La he traído yo señor Sade – decidió intervenir Karen

- ¡ah, Karen! Pequeña, perdona, no me di cuenta de que estabas ahí, pasa

La mujer sonrió, para Pegasus Sade todo el mundo era pequeño. Recordó el día que le presentó a Lázarus Stark, el anciano con rostro juvenil llamó pequeño al líder mundial en medio de una reunión de altos cargos

- ¿Está bien Pegasus?

- Ya he vuelto, así que estoy bien ¿cuánto ha sido esta vez?

- Dos semanas – Alezeia Verne entró con su imponente personalidad en la alcoba de su marido – retírate Karen, llévate a la niña.

- Alezeia, déjala un poco conmigo, me ha echado de menos – la niña jugaba alegremente con los dedos de su padre, éste le escondía uno, o dos o se le escurrían entre sus manitas gordezuelas en medio de contagiosas risas.

- Quiero que hablemos de Lázarus, cariño – explicó la Primera

- Alma linda – los ojos tremendamente negros, y ahora sin un ápice de humor, del Primero se clavaron en Alezeia suplicantes mientras hablaba a la niña - ¿por qué no vas a merendar con Karen?

- No tero

- ¿y si le haces a papi uno de esos bocadillos tan ricos como los que te hace Karen? - intervino la poderosa gobernadora cariñosamente, logrando lo que su marido no había podido hacer: condicionar a la pequeña

Cuando Karen se llevó a la niña, Alezeia tomó el rostro de su marido entre sus manos y lo miró a los ojos exigiéndole con dureza "Quiero que me cuentes qué has estado haciendo aquí mientras yo gobernaba nuestro territorio"

Pegasus percibió el enfado terrible y absurdo que su esposa sentía y lamentó que no fuese por él, sino por un supuesto menoscabo de su imaginario poder. Calló, para qué molestarse en explicarle nada.

- Aún le permites que te use como a un "sin alma" ¿no es cierto? - siguió presionándole, se refería a Lázarus, Alezeia Verne era consciente de que el hombre que debía satisfacerla sólo a ella nunca le negaba nada al líder mundial – Eres mi pareja Pegasus, mi esposo inferior, debo cuidar de ti y tú no me lo permites

- Pero no me amas

- ¿Otra vez con esa estupidez romántica? ¡Eres un puto Primero Pegasus! ¿Cuándo se te va a meter en la cabeza? - Le gritó.

Pegasus Sade no lloraba, nunca, todo lo más sonreía con una mueca amarga. Pegasus Sade ocultaba celosamente sus sentimientos desde que Sabine decapitó a Seidu frente a sus ojos. No dejaba salir una lágrima desde que la misma Alezeia besó a Ángelo el día que su amigo se convirtió en un proscrito y Lázarus perdonó su vida entregándole a la Primera como pareja dependiente. Llevaba ciento cincuenta años sin llorar. Por eso, al ver la solitaria lágrima resbalar por la mejilla del enfermo, la antigua tuvo por primera vez, miedo a perderlo.

- Pegasus, no quería ser cruel – le enjugó la lágrima – no quiero que sufras

- Estoy cansado Alezeia, muy cansado

La antigua se sentó en la cama y abrazó el frágil cuerpo de su marido, meciéndolo junto a su pecho. Le alisó el pelo tan negro como el azabache "No quiero que Lázarus vuelva a tocarte. Se lo prohibiré"

- Lázarus hará lo que quiera amor mío, no puedes prohibirle algo que no está en tus manos.

- ¡Eres un cobarde repulsivo! - se levantó asqueada marchándose de la habitación

- Lo sé amor mío, y además soy un imbécil – Esbozó una amarga mueca y se reclinó sobre las almohadas del fastuoso lecho agotado por el esfuerzo.

SA-SA-SA

Jared no pudo dormir en toda la noche, entre el dolor de su brazo, la incomodísima y pequeña hamaca y que Jensen lo había maniatado a través de la malla del tejido ya tenía motivos más que suficientes. Aunque en realidad lo que no le permitió conciliar el sueño fue oír hablar en sueños a su nuevo amo.

Había sido una noche interminable, Jensen tenía pesadillas, no sólo eso, el pecoso hablaba en sueños fuera como fuera dicho sueño. Así que el cazador no sabía qué le había afectado más si el oírlo gemir y negar durante horas o los sueños en los que parecía un chiquillo riendo junto a alguien llamado Alma.

- ¿has dormido bien mastodonte? - preguntó el hombre de los bosques sonriendo, aún le debía durar el buen humor de lo último que había soñado – Arriba, gandul, que hay muchas cosas que hacer.

- Estupendo – gruñó el castaño al bajar de la hamaca - ¿puedo dormir hoy en el suelo, amo?

- Si, creo que una noche sin dormir es suficiente toque de atención – le dijo el rubio clavando su verde mirada en sus ojos – aunque si insistes en llamarme amo puedo cambiar de idea

- ¿qué?

- La hamaca es para poner la comida fuera del alcance de los perros y los mapaches – se rió el pecoso – sólo te estaba educando Jared, mi deber es convertirte en un digno habitante de los bosques.

- ¿Me has llamado Jared?

- Si prefieres Tristán, tú mismo. Vayámonos que si llegamos a la escuela a tiempo lo mismo nos invitan a desayunar – definitivamente estaba contento esa mañana.

- Jared está bien – respondió pasmado el cazador ante una puerta vacía

El día transcurrió entre sorpresa y sorpresa. Los habitantes de los bosques eran mucho más humanos en el trato que los supuestamente más civilizados habitantes de las ciudades de hielo. Incluso los "retornados", a pesar de los motivos que pudieran tener para tratar mal a los cazadores, se comportaban de una forma correcta aunque fría con ellos.

Llegaron a la escuela justo a tiempo para el desayuno y no fue capaz de decidir quien parecía más crío, si los niños rodeando al rubio y pecoso adulto entre empujones y risas o el mismo Jensen cuando se le iluminó la cara a causa de una tostada y un vaso de leche. Después asistieron a algunas clases, Jared jamás había visto una clase así, cuando él era chico, en su colegio (más parecido a un hospital que a otra cosa) se limitaban a sedarlos y a programar sus ECUs con todos los datos que necesitaran saber. Esto era distinto.

Al cabo de media hora se vio a sí mismo explicando a los niños (unos quince entre chicos y chicas de doce a dieciséis años) cómo se obtenía electricidad a través de placas solares, prometiendo ayudarles a fabricar una.

Pero la clase que más le gustó fue la de los pequeños, nunca había visto tantos niños pequeños juntos. Jensen se sentó en el suelo rodeado de un montón de criaturas que lo acosaban a preguntas de dónde había estado, qué había cazado, si el "gigante de hielo" era peligroso y se comía a los niños (eso ofendió un poco a Jared) a las que el líder de los rebeldes respondía rápida y concisamente satisfaciendo la curiosidad de los pequeños. Después les contó el cuento, el que debía contarles siempre a juzgar por la cara de aburrimiento del maestro, pero que no cansaba a los niños

"Hace cientos de años el agua entraba en las casas por unos palos huecos y caía en un barreño cuando girabas una pequeña rueda. La luz no salía de las velas, sino de pequeños trozos de hielo que ardían sin quemarse cuando dabas a un botón..."

Sus verdes ojos chispeaban mientras la historia de los tiempos antiguos se iba desgranando y los pequeños escuchaban con una atención fascinada. Casi tanto como la de Jared que no podía apartar su mirada del hombre que en ese momento sonreía a una niña de tres años que le había hecho una pregunta.