Penúltimo capítulo, queda uno más y el epílogo...


SIN ALMA

Capítulo XLII

"Asalto fallido"

Como habían calculado, la terraza sur carecía de vigilancia. El helicóptero bi-plaza se posó en ella sin hacer ningún ruido, y ambos ocupantes saltaron al suelo.

Con un abrazo de despedida tomaron direcciones opuestas. Jared se dirigió a la terraza superior que comunicaba con las habitaciones de Lázarus. Lanzó la cuerda atada a una flecha (como le había enseñado Omar) para subir trepando a pulso al piso más alto de la Torre de Cuarzo.

Apenas había luz allí arriba, se puso los anteojos de visión nocturna y sin hacer más ruido que un gato al acecho entró en la mansión que ocupaba toda la parate superior de la Torre.

Nadie entraba allí. Nunca. Al menos, nadie importante. Los "sin alma" domesticados que hacían la limpieza le hicieron un plano de las habitaciones. De todas menos de la principal, justo hacia dónde se dirigía el cazador.

La enorme puerta de madera de ébano, tallada con las iniciales del líder mundial estaba cerrada con un pestillo de oro macizo. Lo retiró sorprendido por la aparente falta de medidas de seguridad. Lázarus debía creer que su "castillo" era inexpugnable.

Entró. De primeras pensó que Jensen no estaba ahí, entonces apreció un cuerpo desnudo sobre la alfombra. Se quitó los anteojos de visión nocturna y encendió la luz con la rabia latiendo en cada célula de su cuerpo.

El cabrón de Lázarus lo había encadenado, las muñecas a los tobillos. El horrible forceps incrustado en su boca hacía sangrar sus labios y no contento con eso le había cerrado los ojos con vendas adhesivas. Tocó suavemente uno de los hematomas que cubrían la espalda del prisionero, horrorizado. El gemido de respuesta le hizo reaccionar frenéticamente, desatándolo y quitándole las horribles trabas que deformaban el rostro de la persona amada.

- Jen, Jen, soy yo, he venido a buscarte.

Por un segundo creyó que no lo reconocía, pero el prisionero sólo intentaba comprender que no era Lázarus quien estaba frente a él, que no era una de sus propias ilusiones para hacer aquello más soportable.

- No, ¿no estoy soñando? - preguntó con la voz rota

- No, voy a sacarte de aquí – olvidó el plan, olvidó a lo que había ido realmente, ahora lo único que tenía sentido para él era sacar a Jensen de allí, no quería ni pensar en que el hombre destrozado que tenía entre sus brazos pudiera pasar un minutó más allí dentro – Vamos

Todo lo que encontró para cubrir al "sin alma" fue un albornoz, se lo puso y alzándolo en sus brazos los sacó de la habitación en dirección a la terraza. No estaban solos, cerca de cincuenta guardias de la Torre los rodearon.

- Dejadnos ir – la voz enronquecida de quien fingía ser un Primero los condicionó. Les abrieron paso hasta la escalinata, dónde les aguardaba otra sorpresa desagradable

- ¿Dónde crees que te llevas a mi pareja traidor? - Lázarus Stark podía impresionar hasta al mismo Jared cuando la furia hacía llamear sus imposibles ojos plateados.

- Bájame Jay – El chico lo hizo, ayudando a Jensen a permanecer de pie

- ¿Me traes a tu amante a casa Pegasus? Eso no está bien – la ira del Primero era tan desproporcionada, su odio tan intenso que el objeto del mismo estaba a salvo de su condicionamiento – entrégate cazador

Nada más lejos de la intención de Jared, no iba a permitir que Jensen pasara un segundo más bajo el poder de ese monstruo. Menos aún al percibir el estremecimiento aterrorizado del cuerpo que sujetaba ante la orden del líder mundial.

- No dejaré que vuelvas a ponerle un dedo encima Lázarus

- Pequeño insecto ¿crees que cuando tu cuerpo sea el mío, Pegasus recordará que exististe? No le conoces. Otros más poderosos y a los que amó durante mucho más tiempo han caído por intentar apartarlo de mi lado.

Los guardas que escoltaban a Jared y Jensen formaron una barrera protectora en torno a ellos armando sus aturdidoras.

Dos doctores se unieron a la escolta de Lázarus Stark, uno de ellos, sin mediar palabra, disparó un dardo tranquilizante al del albornoz, que se desplomó sobre el cazador, inconsciente, ante la angustia de éste, liberando a los guardias de su control mental.

- Si no dejas que me lo lleve Lázarus, le partiré el cuello, seguro que lo prefiere a pasar un segundo más bajo tu poder – amenazó el cazador sin ninguna convicción

- Tú no podrías hacerle nada chiquillo – rió Lázarus al comprender que con Pegasus fuera de juego volvía a tener la sartén por el mango.

Sus hombres se abalanzaron sobre el muchacho arrancándole de los brazos el cuerpo inerme de Jensen. Jared fue reducido enseguida, cuando, antes de poder oponer algo de resistencia, otro dardo del mismo doctor de ojos azules lo dejó sin sentido.

- Ha hecho un gran trabajo doctor, gracias – Lázarus en persona recogió el cuerpo de su pareja, cualquiera que lo viera creería que que lo que se había evitado allí era un secuestro y no una fuga, a juzgar por la delicadeza en que lo tomó en brazos – Llevaos a ese traidor al Centro de Preparación para el Cambio.

Sus hombres se apresuraron a obedecer, llevándose al inconsciente cazador. Ambos doctores aguardaron indicaciones. Lázarus, leyendo los nombres de las chaquetas blancas los despidió "Doctor Abertford, doctor Collins, no creo que Lord Pegasus necesite de sus servicios esta noche. ¿estarán en el equipo del cambio?"

- Por supuesto señor – dijeron ambos a duo

- Gracias de nuevo por su providencial intervención doctor Collins, me gustaría que fuese el encargado de dirigir el equipo de cirugía.

- Será un honor señor

Ambos doctores se retiraron y Lázarus Stark devolvió su preciada carga al lugar de dónde no debía haber salido.

- Jay – susurró Jensen antes de abrir los ojos, al sentirse abrazado y arropado sin ninguna atadura. Cuando los abrió deseó estar muerto, no era Jared el que estaba a su lado, los ojos de color plata vieja que lo miraban risueños, desde luego no eran los del cazador

- ¿ya despertaste bello durmiente? No Pegasus, aún no soy tu Jay, pero pronto lo seré – notó con disgusto la tensión del cuerpo que abrazaba – y tú vas a ser bueno y obediente y me vas a dar lo que quiero.

Pero lo que quería no era esa rigidez, ni esa frialdad, ni ese odio que destilaba el cuerpo desnudo y maltratado de su cama. No quería que se negara a mirarle, aunque fuera con el desprecio y el odio que podía adivinar sólo con la tensión de su cara. El primero, frustrado una vez más, se subió a horcajadas sobre su cuerpo y le sujetó el rostro con una mano.

- ¡Abre los putos ojos! - sostuvo como pudo, conteniendo su ira, la helada y verde mirada del pecoso – Si no haces lo que yo diga tu pequeño amiguito conocerá por experiencia propia todos y cada uno de los procedimientos de "desvoluntarización" que existen. ¿Es eso lo que quieres?

- No