Capitulo II : Regreso al hogar
Terminó tranquilamente su desayuno, desterrando a la inconsciencia esas palabras tan necias de su tía y dejando en su mente la última mirada a su tío. Una mirada de ánimo y de orgullo. Iba a guardar esa mirada en su mente por mucho, mucho tiempo, pues para ella esa mirada significaba que hacia lo correcto, que seguía el camino más indicado para ella.
Pagó su consumición y se retiró a su compartimento, para descansar un poco antes de bajarse del tren. No quedaba mucha para que llegaran a la estación. Su vida comenzaba en el momento en que bajase de ese tren y no estaba nerviosa. No, era lo que llevaba esperando tanto tiempo. Miró su maleta en la esquina, y su fino suéter sobre el asiento, no necesitaba muchas cosas para ser feliz. Solo necesitaba ser feliz y sabía que allí lo lograría.
Fue de las primeras personas en bajarse del tren. A su alrededor veía que la gente se reunía con la familia o amigos que habían ido a buscarles a la estación, pero esto no le dio melancolía ni tristeza. Toda su vida se había sentido sola y ahora iba a empezar una nueva etapa e iba a empezarla con alegría y esperanza..
Frente a la estación, estaba la parada de autobuses y también algunos taxis, pero Tomoyo decidió que una caminata al aire libre no le iría mal.. Llevaba zapatos de goma y poco equipaje lo que no haría desagradable el paseo. De pronto se sintió como una niña otra vez, se sintió volver a aquellos tiempos en los que por esas mismas calles iba ella corriendo persiguiendo ardillas, o jugando al escondite con su abuela. Ah! su abuela... ¡como la echaba de menos!. También había montado a caballo por esos parajes tan verdes, respirando ese aire tan puro, viendo ese verde inmenso y profundo.
Recordaba haber sido una niña más bien solitaria, el hecho de que la criara su abuela la volvió, quizás, un poco más retraída. El hecho de que no viviera con su madre y su padre o que a este último no lo conociera si quiera, era motivo de vergüenza para su abuela, y ella no quería que su abuela se tuviese que avergonzar por nada ¿Qué iba a contestar cuando los niños le preguntaran por sus padre?. Cuando estuvo en el internado en la ciudad, la mitad de sus compañeras tenían a sus padres separados o tenían madrastras y padrastros lo que no hacía demasiado extraño el hecho de que ella no tuviese cerca a sus progenitores, Pero de pequeña en un pueblecito como Tomoeda, algo así era un estigma una marca indeleble y ella lo supo, sin que nadie se lo dijera, que tendría que ser una niña ejemplar para poder dejar atrás esa sensación. Pero a pesar de todo ello, Tomoyo había pasado las mejores de las infancias, su abuela siempre veía que no le faltara de nada, sobretodo nunca le faltó amor, por lo menos mientras ella seguía viva.
Apartó de su mente los recuerdos, y se centro en llegar a la casa, la caminata no sería muy larga, en veinte minutos estaría frente a ella. Mentalmente la podía ver, la valla blanca que rodeaba la casa entera y el jardín, las rosas rojas que su abuela con tanto esmero cuidaba, los jazmines, los tulipanes y el pequeño huerto del jardín trasero. También veía la casa, tan señorial con su estilo victoriano, los seis escalones que había que subir para llegar al porche, el balancín de color azul desgastado, en el que tantas veces se sentaban a mirar las estrellas. Pero sobretodo, la recordaba a ella. Su pelo igual de blanco que la casa, siempre recogido en un pulido moño, sus ojos tan azules como los suyos propios, sus manos delicadas, sus vestidos de colores otoñales y su sonrisa, esa linda sonrisa con la que cada día la despertaba, con la que cada día la acostaba, y con aquella que hasta el último momento esbozó para ella, solo para ella.
Cuando al fin llegó a la casa, todas sus ilusiones cayeron en picado y la sonrisa que la había acompañado todo el camino desde el tren desapareció de sus labios. ¿Qué había pasado ahí? Se suponía que con el dinero que la abuela había dejado su tía había mantenido la casa cuidada para cuando Tomoyo quisiera volver, tal y como establecía el testamento. Pero eso no es lo que había pasado. La valla no se mantenía en píe, estaba rota y el color había desaparecido, el jardín estaba muerto, no había ni un mínimo de verde, y menos aún de sus amadas flores. La pintura estaba desconchada, el balancín de la entrada caído de un lado. Algunas ventanas estaban tapadas con tablones de madera y más de una pintada habían hecho los jóvenes del barrio. El alma se le cayó a los pies, todos los buenos recuerdos se fueron de su cabeza y solo podía pensar con que alegría su tía mes tras mes se compraba vestidos y zapatos nuevos, bolsos y más prendas. Ahora entendía de donde salía tanto dinero, nunca lo utilizó para mantener la casa, siempre, como todo en ella, se aprovechó y lo usó para sí misma, para su propio beneficio. Tomó aire un par de veces y avanzó hacia la entrada de la casa, pasó por encima de lo que había sido la linda valla blanca, y fue lentamente caminando sobre los adoquines que la llevaran a la entrada, mientras observaba el mustio jardín. Subió los rechinantes escalones de madera, y soltó un suspiro al girarse a la derecha y ver lo que quedaba del balancín. Metió la mano en uno de los bolsillos de su bolso, y sacó la llave, la llave que durante años dirigió su vida, la llave de su futuro. La introdujo con suavidad en la cerradura y la giro para abrirla y hacer trizas la poca seguridad que quedaba en esa casa; si lo que había visto fuera de la casa le parecía desolador, lo que se encontró dentro de ella, era aún peor. No quedaba ni uno solo de los hermosos muebles de madera de roble de su abuela, no había ni un cuadro que recordara la vida que hubo en ella, el papel de las paredes estaba a medio arrancar, únicamente quedaba intacto el suelo de baldosas, lo único que a Tomoyo jamás le había gustado de esa casa, menuda ironía.
Cerró la puerta de la entrada y soltó las maletas en el suelo, solo entonces a solas consigo misma se permitió romper en llanto. ¿Qué le había pasado a su preciosa casa?¿Dónde quedaban todas los momentos vividos ahí?¿Y la esencia de su abuela? Aquel perfume con olor a lirios, y los aromas de las comidas que todas tardes preparaban juntas. Ahora todo eso quedaba únicamente en sus recuerdos y en las pocas fotos que le quedaban de aquella época. Sentía que esa casa vacía era un reflejo de ella misma, justo desde la muerte de su abuela, ambas, tanto ella como la casa, se habían quedado, solas, tristes y vacías.
Sabía que tenía que dejar de llorar y ponerse a pensar que hacer, pero en ese momento solo miraba lo vacía que estaba la casa y lo desolada que parecía. Ahora entendía porque el empeño de su tía en que no se fuera a vivir sola. No era únicamente porque deseaba un matrimonio de conveniencia para ella, sino que además sabía el estado de la casa. Ella era la culpable de ese estado de abandono. Se secó las lágrimas que le quedaban en las mejillas con un pañuelo de papel y suspiró. Ahora sí que tenía mucho trabajo por hacer, y no le quedaba demasiado tiempo para hacerlo. Las vacaciones escolares se acabarían pronto y ella empezaría por primera vez con su rutina de profesora.
Decidió ponerse manos a la obra. Primero que nada inspeccionó toda la casa, no es que fuese excesivamente grande, pero no dejó ni un solo recoveco sin mirar. Gracias a Dios, el estado de abandono, no había podido con los materiales de la casa, ciertamente habían unas cuantas goteras, reponer los cristales de las ventanas y repintar la casa, pero contaba con unos cuantos ahorros, que esperaba pudiese bastarle para sobrevivir hasta que le pagaran su primer sueldo. De momento se centraría en la imprescindible y después ya iría reparando cosas del exterior de la casa.
