Historia basada (adaptada) de la novela de la autora Drew Jennifer
Disclaimer: Los personajes pertenecen a J.K. Rowling y a la Warner Bros.
Nota de la autora: Gracias a todos por sus animos y si se que algunas veces soy cruel por cortar la trama en la mejor parte... pero como dice el dicho dejalos deseando mas. si mas que disfruten la historia.
" Haz lo que yo te digo, no lo que yo hago"
Capítulo 3
El coche de Draco debía haber encogido. Hermione mantuvo los brazos pegados a los costados y las rodillas unidas para evitar rozarlo.
Pero, aunque no se estuvieran tocando, sentía que Draco se estaba metiendo dentro de ella cada vez que inhalaba su loción para después del afeitado. De hecho, le mareaba un poco. Tal vez él mismo había acrecentado su aroma bailando mejilla contra mejilla con la dama de honor de los dientes grandes.
—No tenías por qué haberme llevado a casa—se estaba repitiendo, pero, ¿qué más podía decirle aun hombre que se había pasado gran parte de la tarde transformando el Balls en caricias estimulantes?
—Piensa en mí como en tu chófer.
—Me has visto con más copas de champán en la mano de las que he bebido—protestó ella.
—Me he fijado. Pero Ernie no se ha dedicado a tirar las suyas en el cubo de hielo cada vez que creía que no había nadie mirando.
—El mero hecho de que estuviéramos divirtiéndonos...
—Ya hemos llegado. Te acompaño a la puerta. Era evidente que no quería entrar en el tema.
—No es necesario. No puede haber un asesino oculto con un hacha en el breve espacio que hay desde aquí a la puerta.
—Déjame simular que soy un caballero.
—¿Es a eso a lo que estás jugando?—Hermione no pudo evitar que se le escapara una risita tonta.
—¿Tanto te cuesta creer que pueda tener modales?
—No, por supuesto que no—otra risita. Ella pensó que tal vez había consumido demasiado champán. Permaneció quieta mientras Draco salía y rodeaba el coche para abrirle la puerta. Con el abrigo oscuro que llevaba puesto podría haber pasado por un playboy aristocrático. Sólo su pelo revuelto desentonaba con la imagen.
Draco acompañó a Hermione hasta la entrada de la casa con la mano apoyada en su cintura y ella sintió el calor de sus dedos a través del abrigo de lana. O creyó sentirlo. Tenía todo el cuerpo especialmente sensibilizado esa noche. Cuando abrió la cremallera del bolso para buscar el llavero, el lo tomó de sus manos y sacó éste, eligiendo la llave adecuada al primer intento.
—¿Cómo sabías cuál era?
—Experiencia—Draco sonrió maliciosamente, y Hermione decidió que sólo había sido suerte.
—Gracias—dijo.
—De portal a portal—Draco hizo una señal para que lo precediera subiendo las escaleras—. El código de los caballeros.
—Te estás comportando como...—Hermione iba a decir como «un tonto», pero no tenía ningún sentido discutir con su acompañante. Su acompañante pagado.
En cuanto le diera los pases para los Bulls, desaparecería. Ella le había pedido que pusiera algo de excitación en su vida y él lo había hecho. Se alegraba de haber conocido a Ernie. Era un hombre atractivo, y, a diferencia de la mayoría de los hombres, sabía hablar a una mujer sin utilizar los tópicos típicos ni recurrir a los deportes.
—Lo he pasado bien. Gracias—dijo, frente a su puerta—. Si esperas un minuto, te doy los pases.
Draco abrió y le entregó las llaves.
—Aún no me los he ganado—dijo.
—Ya te has perdido uno de los partidos. Quiero que te los lleves ahora para que no se malgasten más.
Draco pensó que se sentiría como un miserable si aceptaba los valiosos pases de Hermione a cambio de lo poco que había hecho.
—Al menos, déjame pagarte por ellos—dijo, siguiéndola al interior.
—No. Teníamos un trato. Lo he pasado muy bien, pero fue una tontería pedirte que me enseñaras.
—Esta noche has llegado al primer puesto de la clase.
Draco pensó que podía ser divertido burlarse un poco de ella, y lo cierto era que se lo merecía en parte, aunque ella no supiera por qué. Pasar de una fiesta privada con Daphne no era un sacrificio precisamente pequeño, y aún no estaba seguro de por qué lo había hecho.
—En ese caso, deja que los pases sean mi forma de agradecértelo—Hermione se llevó una mano a la barbilla, pensativa—. ¿Dónde los habré puesto?—preguntó, frunciendo el ceño y mirando a su alrededor—. Estaban en un sobre blanco...
—No hay prisa, en serio.
—No, déjame pensar un minuto.
—Estabas un poco alterada con nuestra cita. Ya te acordarás.
—¡No estaba alterada! y no era una cita.
—Me encargué de dejarlo bien claro en la fiesta. Dejé entrever, con sutileza, por supuesto, que no me enfadaría si alguien trataba de ligar contigo.
—¿Con sutileza? Tal y como has estado bailando... bueno, lo cierto es que tus movimientos no tenían nada de sutiles.
El número de teléfono del motel de Daphne estaba quemando el bolsillo de Draco, que se preguntó una vez más por qué se había molestado en llevar a Hermione a casa personalmente. No quería sentirse responsable por ella, y, desde luego, no quería verse envuelto en una relación con una futura e ilusionada prometida. Tal vez Ernie fuera su tipo, pero esperaba que pudiera conseguir algo mejor. Al menos, les había concedido a ambos un periodo para enfriar su encuentro. Ya no sería responsabilidad suya si ella hacía otra mala elección.
—Hablando de falta de sutileza, ¿que me dices de la exhibición de baile que habéis dado tú y Mcmillan?
—Sólo ha sido un baile normal. Puede que haya dejado los pases en el escritorio.
Hermione se puso a rebuscar entre unos sobres, y mientras lo hacía, se quitó los zapatos.
—Claro, y si alguien hubiera puesto un papel entre vosotros, éste habría acabado hecho puré... Draco empezaba a sentirse decididamente molesto, y no sólo porque Daphne se iba a la mañana siguiente. A pesar de su historia de mala suerte con los hombres, Hermione era peligrosa. Estaba demasiado sexy y adorable con aquel vestido, y sin los tacones, tenía un aspecto lo suficientemente vulnerable como para volver loco a cualquier hombre. Si tenía algo de sentido común, se dijo Draco, olvidaría los pases y saldría de allí cuanto antes.
—¡Pues sí, quien crees que eres tú para hablar de bailes sucios! Tal y como me abrazaste... Draco la interrumpió —Mi forma de abrazarte no se pareció en nada al manoseo y los apretones a que te sometió Ernie en el último baile.
—¡Como si tú hubieras estado en condiciones de fijarte!
—No sólo me he fijado, sino que puedo demostrarte la diferencia.
Draco tomó a Hermione por la mano y la colocó en la clásica posición de baile.
—Fíjate en la fluidez de mi estilo, en mi forma de sujetarte, en la corriente de aire que hay entre nuestros cuerpos—dijo, haciéndola girar.
—¡Nuestro primer baile no se pareció en nada a esto!—protestó ella, y su suave y tintineante risa hizo que a Draco se le pusiera la carne de gallina.
—Ernie se parece más a una lapa—insistió, y, para demostrarlo, la atrajo a hacia sí, rodilla contra rodilla, pecho contra pecho.
— Y a nadie se le pasó por alto el movimiento de sus manos de pulpo—susurró contra el oído de Hermione, dejando que su mano descendiera más y más mientras giraban frente al sofá al son de la imaginaria música.
—Ernie no hizo eso—protestó Hermione cuando los dedos de Draco encontraron la plenitud de su trasero.
La dura punta de uno de los zapatos alquilados de Draco rozó un tobillo de Hermione, que se colocó entre sus pies para proteger los suyos, apoyándose contra él al hacerlo.
—Lo siento—se disculpó Draco. Pero no lo sentía. Bajó la mirada hacia los perfectos senos presionados contra su camisa y estuvo a punto de cometer el error de deslizar un dedo por el escote del vestido—. Creo que me he pasado con lo del baile—dijo, soltándola y dando un paso atrás—. Me alegra que lo pasaras bien con Ernie.—Ahora me voy.
—Los pases...
—No es necesario. Olvídalos.
—No. Insisto. Mientras me hacías una demostración de las distintas formas de sujetar a una chica para bailar he recordado dónde estaban.
Hermione fue a la cocina y regresó enseguida con una sonrisa de triunfo en los labios.
—Dejé el sobre sujeto en la nevera con un imán.
Draco miró los pases que le alcanzaba, aún reacio a tomarlos. Era como cobrar por haber actuado en interés de uno mismo, y eso lo hacia sentir miserable.
De alguna manera, Hermione se las arregló para conducirlo hasta la puerta. Sin duda, aquella mujer tenía un talento especial para librarse de los hombres.
—Bueno, ha sido agradable conocerte—dijo, deslizando el sobre en el bolsillo del abrigo de Draco.
—No he hecho lo suficiente para ganarlos.
A pesar de sus protestas, Hermione se negó a que le devolviera los pases.
Él alargó una mano con intención de estrechar la suya, pero, de algún modo, sus labios acabaron sobre la suave piel de la frente de ella, que no pudo evitar un ligero sobresalto.
—Buenas noches—dijo, con más firmeza de la que sentía por dentro.
—Buenas noches, y muchas gracias por los pases.
—Víctor se va a comer los nudillos.
Draco no recordó de inmediato quién era Victor. Para cuando lo hizo, ya había salido de la casa.
Hermione vio desde la ventana cómo se alejaba en su pequeño Volkswagen azul.
¿Quién habría imaginado que se iba a poner tierno y la iba a besar? ¿O aquello no contaba como un beso? Tal vez había sido una simple presión de los labios.
En cualquier caso, la frente aún le cosquilleaba debido a su cálido contacto, y aún sentía la marca de su mano en el trasero. Se preguntó por qué se sentiría como si estuviera a punto de derretirse. Si así era como se sentían las chicas malas, estaba dispuesta a unirse a sus huestes.
Draco despertó despacio y de mala gana a la mañana siguiente, parpadeando contra el brillante sol invernal que entraba por la ventana. El timbre del teléfono penetró su cráneo a la cuarta llamada, pero no pensaba contestar. Se suponía que debería estar en casa de sus padres, viendo cómo abría Selene sus regalos de boda... como si un par de recién casados no tuvieran nada mejor que hacer.
—Ridículo—murmuró, alegrándose de saber que nunca sería un recién casado al que sacarían de la cama la primera noche de su luna de miel para arrastrarlo a casa de sus suegros.
No tenía resaca pero sí se sentía pasmado. ¿Qué diablos había sucedido la noche anterior para que se le ocurriera ponerse a dar clases de baile a Hermione? ¿Y por qué la había besado en la frente? No había hecho una tontería parecida desde el día en que echó un pez de colores dentro de la camisa de una chica, en el colegio.
El teléfono volvió a sonar. Salió de la cama y, temblando, fue al teléfono del mostrador de la cocina. En lugar de contestar, dejó que el contestador tomara el mensaje mientras él se ponía la bata. Luego escuchó los mensajes; una sensual despedida de Daphne; una invitación de Pansy para acudir a la fiesta que daba un amigo; Ernie pidiendo el teléfono de Hermione.
—Maldita sea—dijo en voz alta. ¿Por qué no se lo pidió personalmente en la fiesta? ¿No había hecho él suficiente llevándola?
Pero iba a llamarlo enseguida para librarse de aquello cuanto antes. Quería que sus amigos fueran a por Hermione. Cuanto antes estuviera ésta fuera de circulación, mejor para su paz mental. Besarla no había sido precisamente un movimiento muy hábil; Hermione Granger era demasiado adorable, demasiado besable... para la seguridad de un soltero que quería seguir siéndolo.
No debía engañarse. No había duda de que, además de dulce y divertida, Hermione era atractiva. Desde luego, no le importaría nada llevársela a la cama y ensenarle como ser una chica muy mala, por ejemplo, en ese mismo momento, pero él sólo estaba interesado en el presente, no en el futuro.
Desafortunadamente, ella aún necesitaba unos consejos, y él se sentía obligado a hacer más para ganarse los pases para ver a los Bulls. Pero en cuanto uno de sus amigos picara el anzuelo, se desligaría de ella.
—Desligarse—probó la palabra en alto y le gustó cómo sonaba.
Mientras mantuviera la perspectiva, al menos él no caería en la trampa matrimonial de Hermione Granger.
A pesar de sus buenas intenciones no se animó a llamarla con más consejos ese día... ni al siguiente, ni al otro.
El miércoles por la mañana, para celebrar una buena venta en la sección de bricolage de la tienda, dejó a su asistente a cargo de ésta y fue al gimnasio, donde hizo hora y media de ejercicio. Había tomado la firme decisión de no preguntarse si Hermione Granger habría tenido noticias de Ernie o de alguno de los tipos que husmearon a su alrededor durante la fiesta.
De vuelta en su apartamento, escuchó los mensajes. Sólo uno llamó su atención.
—Hola, Draco. ¿Me recuerdas? Soy Daphne. Probablemente te sorprenderá volver a tener noticias mías tan pronto, pero mis planes de vuelo han cambiado. Mañana salgo para Roma desde O'Hare y adivina qué. Esta noche estoy libre... toda la noche para hacer lo que tu quieras. Me encantaría verte.
De manera que tal vez tenía una cita para cenar, pensó Draco, ¿pero planearía Daphne utilizar su apartamento para pasar la noche? No había dejado su número de teléfono; un mal presagio.
Estaba debatiendo si ponerse a hacer una limpieza a fondo cuando sonó el teléfono.
—¿Has escuchado mi mensaje, Draco?—ronroneó Daphne con la sutileza de una estrella de cine porno.
—Sí. ¿Qué te parece la comida china?—preguntó él.
—¡Estupendo! Me apetece algo exótico, picante...
—¿Dónde puedo recogerte?
—Estoy en el Homecrest Motel, en Hagenback Road.
—Conozco el lugar. Dame una hora.
—Tenía pensado darte mucho más.
Draco colgó el auricular. Desde luego, Daphne se lo estaba poniendo realmente fácil. Pero lo cierto era que, en aquellos momentos, a él le apetecía más la idea de pasar la tarde charlando y viendo una buena película de acción y no haciendo de semental.
Había olvidado comentarle una cosa a Hermione: el juego de la «mala chica» quitaba mucha energía.
Los pases para los Bulls seguían en la cómoda negra con bordes dorados que el mismo había terminado cuando abrió la tienda. No podía dejar a Hermione todavía; no después de haber aceptado unos asientos que resultaron ser magníficos. Aún podía enseñarle varias cosas. De hecho, había sido muy negligente en ese aspecto.
El anuncio del vestido de novia seguía junto al teléfono. Pulsó el número de Hermione y miró el reloj del horno. Tendría que darse prisa si quería recoger el apartamento, ducharse y encontrarse con Daphne en una hora.
—Hola, en este momento no estamos, pero puedes dejar tu mensaje y te llamaremos.
Draco colgó, sonriendo. No le extrañaba que una mujer soltera utilizara aquel truco para hacer creer a quien llamara que no vivía sola. Pero un hombre que llamara con intención de salir con ella podría echarse atrás al no saber si vivía con una chica o con un chico. Hermione aún tenía mucho que aprender.
No creyó conveniente dejar un mensaje y colgó.
Cuando llegó al motel, Daphne estaba lista, pero, debido al frío, no le apetecía salir.
—Había pensado que podíamos comer temprano y luego ver una película—sugirió Draco, notando de inmediato que Daphne no llevaba sujetador bajo su ceñido vestido color verde lima y no recordaba que su boca fuera tan grande. Parecía tener más dientes que la mayoría de la gente.
—Podemos encargar la comida—Daphne se humedeció el labio inferior con la lengua.
Draco pensó que debía mencionar aquella técnica a Hermione... y recomendarle que no la utilizara a menos que quisiera hacer una sugerencia sexual muy evidente.
—Te mereces algo mejor que una comida china con sabor a cartón. Conozco un lugar en el que sirven auténtica comida cantonesa.
Por alguna extraña coincidencia, el lugar se hallaba a solo unos bloques de la floristería en la que trabajaba Hermione. Draco pensó que podía hacer una rápida parada y así seguir con sus actividades con Daphne con la conciencia más tranquila. Animó a ésta a ir al coche.
—Tengo que parar un momento—dijo, mientras detenía el vehículo junto a la floristería, pocos momentos antes de la hora de cierre—. Espera aquí. Sólo tardo un minuto.
—Draquito, no necesitas comprarme flores para hacerme florecer.
Draco dejó el coche en marcha, aunque la calefacción de su Volkswagen no podía dar mucho calor. No podía creer que estuviera dejando que una mujer preciosa y disponible se enfriara en su pequeño iglú con ruedas mientras él iba a dar algún consejo más a Hermione.
Estaba deseando verla fuera de circulación lo mas rapido posible, pero, tal vez, aquello era ir demasiado lejos.
A Hermione le gustaba su trabajo lo suficiente como para no pasarse el rato pendiente del reloj, pero se alegró de que se acercara la hora de cerrar. Volver a casa en aquellas invernales y oscuras tardes resultaba un tanto deprimente, sobre todo después de lo que se había divertido en la boda. Aunque después no había pasado nada. Su teléfono seguía lleno de telarañas.
Terminó de recoger el mostrador y llevó algunos tiestos con plantas al cuarto trasero, con la intención de poner el cartel de cerrado en cuanto regresara. En ese momento sonaron las campanillas de la puerta, advirtiendo que acababa de entrar alguien.
Minerva, la dueña, estaba en su oficina, de manera que Hermione salió a recibir al recién llegado... y se quedó petrificada a medio camino.
—Draco—su corazón latió más deprisa al verlo, pero hizo un esfuerzo por controlarse—. ¿Puedo ayudarte en algo?
—Sólo quería hablar contigo.
—Estoy trabajando.
Hermione no podía imaginar qué querría decirle, pero, fuera lo fuera, no quería que Draco supiera cuánto había pensado en él desde que se despidió dándole un beso en la frente.
—Entonces, haz un pequeño ramo para mí.
—¿Un ramo de qué?
—Lo dejo a tu elección. Algo bonito. Nada de claveles teñidos de azul.
—¿Qué tal rosas y blancos?—sugirió.
—Me parece bien—tras una pausa. Draco dijo—: Quería advertirte; Ernie me pidió que le diera tu número de teléfono. ¿Te ha llamado ya?
—No. ¿Quieres que ponga un poco de verde en el ramo?
—Como te parezca. Si no te ha llamado todavía...
—No hay motivo para pensar que lo hará—dijo ella a la defensiva.
—Lo hará... Y. probablemente no será el único. Pero te expones a un mal comienzo si aceptas una cita para el sábado a estas alturas de la semana.
La puerta volvió a sonar pero Hermione estaba demasiado agitada como para fijarse en quién había entrado.
—No tienes por qué seguir aconsejándome—se volvió y enseñó el ramo a Draco para que éste diera su aprobación—. ¿Quieres que le ponga un lazo rojo o rosa?
—Sí tengo que hacerlo y me da lo mismo el color del lazo y ahora escúchame. Hagas lo que hagas nunca dejes que un hombre piense que estás disponible cuando te llama con poco tiempo de antelación. Haz que se preocupe un poco de manera que la siguiente vez te llame más temprano.
—¿Son para mí?—una mujer de piernas largas y grandes dientes se acercó al mostrador y enlazó su brazo con el de Draco.
Hermione no supo si la dama de honor la reconoció en su bata de trabajo pero el intenso perfume de Daphne habría resultado inconfundible en cualquier sitio.
Envolvió el ramo en un papel verde y luego tomó la tarjeta de crédito de Draco sin mirarlo a la cara.
Tras recibir su trajeta y entregar el ramo a Daphne, se despidio de manera rapida, dandole a enterder que su platica seguia pendiente y se volvió para salir. Cuando la puerta se cerró tras ellos, Hermione murmuró en tono burlón:
—¿Y con cuánto tiempo de antelación has avisado tú, la malvada dama de honor?
Ya ven el por que de mi refran en la parte superior, Dios estos hombres siempren quieren salir ganando no importa que. Dejando eso de lado vamos a la accion. y como me gusta dejarlos con ansias su merecido avance:
Hermione atrapó con la lengua una tira de mozzarella y logró enrollarla para metérsela en la boca. Draco la observó, fascinado, y olvidó por unos instantes dar un bocado a su trozo.
—Quema—dijo Hermione—, pero está deliciosa. Me encantan las cosas calientes.
Un poco de salsa colgaba de su labio superior. Sin pensarlo, Draco alargó una mano y se lo limpió con una servilleta de papel, pero deseando en su interior retirársela con su boca envés de con la servilleta.
Pues ya saben comenten y seran recompensados. Y si quieren hacerme Feliz ya saben cual es mi numero magico.
XOXO
