Historia basada (adaptada) de la novela de la autora Drew Jennifer

Disclaimer: Los personajes pertenecen a J.K. Rowling y a la Warner Bros.

Nota de la autora: gracias a todos por su apoyo. asi que sin mas disrfuten


La mitad de las personas que no son afortunadas en el amor, no llegan a casarse

Y

la otra mitad, no están dispuestos a comprometerse.


Capítulo 7

Piensa en Ronald, Ronald, Ronald —entonó Hermione.

Se sentía como una bruja haciendo un hechizo, pero a la única que quería hechizar era a ella misma, una chica trabajadora y soltera. Aquella no era su forma habitual de prepararse para una primera cita, pero le estaba costando mucho esfuerzo recordar cómo era Ronald. La imagen del hombre con el que iba a salir aparecía en su mente en medio de una bruma, y cuando trataba de enfocarla, el rostro que aparecía era el de Draco.

Todo era culpa de Malfoy, bueno, casi todo. De acuerdo, sólo en parte. Un hombre que besaba con aquella intensidad, no debería distribuir sus besos por ahí con tanta soltura.

Presionó la palma de la mano contra su boca, borrando en su mente la dulce y sensual sensación de los labios de Draco sobre los suyos. Pero era inútil. La única forma de sacárselo de la cabeza sería pasándoselo muy bien con Ronald.

Estaba decidida a pasarlo bien. Si alguna vez llegaba a decidir qué ponerse. Tras mirar el reloj, se sentó en la cama para ponerse las medias. Iban a ir a cenar. Cenar estaba bien. No conocía el restaurante en el que Ronald había hecho la reserva, pero su nombre, Misty Shores Inn, resultaba bastante sugerente.

Se puso su mejor sostén, inclinándose para rellenar las copas antes de cerrarlo. Su pelo aún seguía húmedo, pero se lo cepilló en el suave estilo que le daba a su rostro lo que a ella le gustaba llamar «aspecto Botticelli». Como maquillaje, se limitó a empolvarse la cara, y a darse un poco de sombra en los ojos y a pintarse los labios con su lápiz favorito, de color cereza, brillante y un poco atrevido, y se preguntó si a Draco le parecería un color adecuado para una mala chica. De inmediato, se reprendió por aquel pensamiento.

¿Por qué no dejaba de pensar en él y en sus consejos? Tras revisar, una última vez su maquillaje, se puso un poco de su único perfume caro tras las orejas, en el cuello y en el hueco entre sus pechos.

Probablemente, Draco le habría sugerido que se pusiera el vestido que llevó a la boda, pero no podía ponerse un vestido que ya había visto Ronald. Pensara lo que pensara Draco, ella sabía cómo vestirse para tener éxito en la primera cita.

De un humor más decidido, sacó del armario su vestido verde esmeralda, straple, busto a la caja y una abertura lateral que mostraba parte de la pierna. Luego eligió sus zapatos negros de medio tacón. Aunque no recordaba la altura de Ronald, no quiso elegir los de tacón alto, por si acaso.


Acababa de ponerse el vestido y los zapatos cuando sonó el portero automático. Miró su reloj. O Ronald se había equivocado, o estaba cometiendo el peor de los errores: llegar temprano.

—Hola—dijo, con voz forzadamente animada.

—Soy yo, Draco.

—¿Qué haces aquí?

—¿Puedo subir?

Hermione quería decirle que se fuera, pero su dedo traidor respondió automáticamente a la profunda voz de Draco. Este estaba subiendo antes de que ella tuviera suficiente presencia de ánimo para decirle que se fuera. Tal vez había ido para disculparse por haberla besado. Eso sería un insulto, justo lo que necesitaba para dejar de desear que su cita fuera con él en lugar de con Ronald.

Se ajustó el vestido frente al espejo y luego fue hacia la puerta. Un momento después, Draco llamaba a ésta, pero ella contó lentamente hasta veinte antes de abrir.

—No eres muy oportuno—dijo, simulando cierta irritación para que Draco no viera cuánto la afectaba.

—Es lo mejor que he podido hacer. Tenía un asunto de última hora que resolver.

«La sonrisa no. ¡Por favor, la sonrisa no!»

Draco sonrió, y la armadura cayó hecha pedazos en torno a ella, dejándola patéticamente vulnerable a su encanto.

—¿Qué haces aquí?

—Quería verte antes de tu cita para asegurarme de que tienes claras las normas.

—¡Ya me las has repetido hasta el aburrimiento!

Él no mencionó el beso del día anterior. Hermione se preguntó si se disculparía. Eso sería peor que no mencionarlo en absoluto, pero parecía que un beso apasionado en público requería alguna clase de explicación.

—No te preocupes—añadió ella—. Lo tengo todo controlado—al menos, así había sido hasta que Draco había aparecido con su devastadora sonrisa.

Él se sentó en el sofá y estiró las piernas, apoyándose cómodamente contra el respaldo.

—Lo importante es que no lo invites a tu apartamento. Hacerlo en la primera cita podría costarte caro.

—¡Draco! Ahora soy una mala chica, ¿recuerdas? Una chica muy mala. Yo dicto las reglas.

—La mayoría de las chicas malas que conozco están solteras.

—Podrías hacer una gran carrera como alcahuete.

—Sólo trato de ayudar.

Draco se levantó y dio una vuelta en torno a Hermione, decidiendo que estaba tarado por inmiscuirse en su cita con Weasley.

—Puedo manejar esto. Como ya te he dicho, he tenido muchas primeras citas.

ella movió instintivamente su pelo. Aquel leve gesto bastó para volver loco a Draco.

—¿Condujeron todas a una segunda cita?—pensó que debería morderse la lengua. Había ido a ayudarla, no a minar su confianza.

—No quise que la hubiera. A Draco le gustó el matiz de arrogancia que había en su voz. De hecho, le gustaban demasiadas cosas de ella. Por ejemplo, aquel vestido. No era llamativo, pero moldeaba sus curvas y mostraba una buena porción de pierna. Ronald se pondría a salivar en cuanto la viera, y eso le molestaba.

—Esa es la actitud. Sé selectiva. «Acéptalo, Malfoy», pensó Draco. «Puede que odies la idea de malgastarla en un tipo como Ronald, pero Hermione debe ponerse en circulación para encontrar un hombre dispuesto a casarse». Sería la única forma de quitársela definitivamente de la cabeza.

Había sido una locura besarla la noche anterior. ¿Cuánto sueño había perdido pensando en aquellos brillantes labios rojos entreabriéndose bajo los suyos? Dios esa mujer necesitaba un compromiso para poder sacársela de encima, aunque preferiblemente con alguien que no fuera Weasley.

Se quitó la cazadora y la dejó sobre el respaldo de una silla, un paso necesario para seguir adelante con su loco plan.

Hermione volvió a mover un poco el pelo. ¿La ponía nerviosa? En cierto modo le gustaba la idea de que así fuera, pero ese no era el motivo por el que estaba allí.

—¡He olvidado mis pendientes! Hermione hizo sonar aquello como si fuera un desastre.

Draco la contempló mientras corría hacia el dormitorio. Quería ayudarla a buscarlos; aún más, quería ser él quien los pusiera en sus delicados lóbulos. Pero sabía que no sería buena idea hacerlo.

Tal vez estaba haciendo el tonto renunciando a otra cita para ayudarla a convertirse en una chica lo suficientemente mala como para atraer a los hombres, pero lo suficientemente lista como para encontrar un guardián.

Lo que de verdad le molestaba era que ninguna otra mujer lo atraía en aquellos momentos. Probablemente era un error sacrificar su vida social para ayudar a Hermione pero ella estaba en su mente todo el rato.

Se sentía como si estuviera mandando a Caperucita Roja a encontrarse con el lobo y eso que cuando era niño no le gustaban los cuentos, a menos que hubiera dragones en ellos.

Hermione tuvo menos problemas la primera vez que se puso unos pendientes, a los catorce años, que en aquella ocasión.

Cuando finalmente lo logró, aún le quedaba por hacer algo mucho más difícil: librarse de Draco antes de que Ronald apareciera. En cuanto regresó al cuarto de estar supo que ya era demasiado tarde. En esa ocasión el sonido del portero automático debía pertenecer a su cita.

—¿Quieres que conteste?—preguntó Draco en un tono despreocupado que sólo sirvió para enfadar más a Hermione.

—¡Por supuesto que no!

Se aseguró de que era Ronald y le dio la dirección de su apartamento, aunque resultaba imposible no toparse con él en lo alto de las escaleras.

—Tienes que esconderte—dijo, nerviosa.

—¿Porqué?

—¡ Ronald no puede encontrarte aquí!

—¿Y qué más da?

—¡Vas a volverme loca! ¡No me hagas esto, por favor!

Por algún perverso motivo, Draco estaba disfrutando de la situación en la que se encontraba Hermione. Pero sabía que ella tenía razón. Las probabilidades de que su primera cita saliera bien serían nulas si el nulo de Ronald lo encontraba allí, pero quería ver qué hacía ella para persuadirlo.

—¡Escóndete!—ordenó ella, en un tono que no admitía réplica.

Draco resistió el impulso de cuadrarse para hacer burla de su tono imperativo. En lugar de ello, se encaminó lentamente hacia el dormitorio. ¡Qué sexy era cuando se enfadaba!

—¿No te dije que recibieras a tu cita en el vestíbulo en lugar de aquí dentro?—preguntó, tratando de no sonreír desde el umbral de la puerta.

—Eso pensaba hacer, hasta que ha aparecido el pesado de mi entrenador y me ha interrumpido mientras me preparaba.

—Lo siento, pero te aseguro que no podrías tener mejor aspecto.

—¡Draco, por favor!—rogó ella en un susurro.

—Saldré después de que te vayas—prometió Malfoy, apiadándose de su ansiedad—. Que te diviertas—«pero no demasiado», añadió para sí.

Fue al dormitorio y cerró la puerta, esperando no tener que quedarse allí mucho tiempo. Podía oír demasiado bien a través de la delgada puerta. Casi sintió náuseas cuando, tras entrar, Ronald empezó a hacer empalagosos halagos sobre el magnífico aspecto de Hermione.


Ronald se excedió en los cumplidos, pero ella los aceptó amablemente. Planeaba pasar una tarde estupenda, y eso significaba olvidar los consejos de Draco… ¡Y a Draco mismo!

—He hecho la reserva para las siete—le recordó Ronald, innecesariamente.

Tenía una voz joven, o tal vez fuera un poco aguda para un hombre. A Hermione le recordó alas de los adolescentes que solían presentarse ante su puerta en la época en que estaba acabando los estudios.

—Ya estoy lista—aseguró. Fue al armario de la entrada y se dio cuenta de que tenía un dilema. El vestido era más largo que el abrigo. ¿Quedaría mal colgando por fuera? Sería mejor que se pusiera un chaquetón. Probablemente le quedaría mejor, pero iban a un restaurante elegante. Recordó que Draco estaba en su dormitorio y tomó el abrigo azul marino, poniéndoselo antes de que Ronald pudiera ayudarla. Que mostrara sus modales en el restaurante.

Ronald no era tan alto como Hermione recordaba. Debía medir unos diez centímetros menos que Draco. Ella era casi de la misma altura, pero eso no le importaba. El tamaño nunca había sido un problema para ella. Había un toque profesional en su peinado y no estaba segura de qué color eran sus ojos, pero tenía unos atractivos hoyuelos y el abrigo negro que llevaba le sentaba muy bien.

En el aparcamiento, Ronald la tomó por el brazo para que no resbalara en el hielo. Luego abrió la puerta de su nuevo Buick para ella. Hermione recordó que tenía un buen sentido del humor y usaba una agradable loción para después del afeitado. Aquella prometía ser una gran cita al menos si lograba dejar de pensar en el hombre que se ocultaba en su dormitorio.

Draco salió del escondite en cuanto la puerta del apartamento se cerró. No era extraño que Weasley se comprometiera tan a menudo. Sus floridos cumplidos alzaban una pantalla de humo en torno a su espesa personalidad.

«No te pases», se reprendió Draco. «Ronald te caía bien antes de que empezara a husmear en tomo a Hermione».

Su humor mejoró un poco cuando fue a por su cazadora. ¿Se habría quedado tan embobado Ronald al ver a Hermione que no se había dado cuenta? Sonrió maliciosamente. No la había dejado allí a propósito, pero, ahora que lo pensaba, ¿por qué preocuparse? No imaginaba a Hermione enamorándose de un tipo como Weasley.

Sacó del bolsillo de su cazadora las llaves del coche y las dejó caer tras la mecedora, como tenía planeado. Sonreía cuando cerró la puerta del apartamento de Hermione a sus espaldas.

Podía resultar una larga espera. Se sentó en el suelo, frente ala puerta del apartamento, agradeciendo la moqueta del suelo, y se apoyó contra la pared. Tras una noche inquieta y un largo y duro día descargando muebles, estaba lo suficientemente cansado como para quedarse dormido en cualquier sitio. Cerró los ojos, felicitándose por su astucia.


Hermione se entregó de lleno a su papel de compañera encantadora. A pesar suyo, recordó el consejo de Draco; debía reírlas bromas de Ronald, pero sin excederse.

Ronald le facilitó las cosas, abriéndole las puertas, ayudándola con el abrigo, apartándole la silla de la mesa, incluso pidiendo por ella en el restaurante. Lo único que tuvo que hacer ella fue mostrarse seductora y misteriosa.

—Naturalmente, lo primero que hizo Seamus cuando llegó a la oficina fue...

Hermione sintió que los ojos se le volvían vidriosos. Si había algo interesante en la larga y complicada historia que Ronald estaba contando sobre algo sucedido en la inmobiliaria en que trabajaba, esperaba estar lo suficientemente alerta para captarlo. Lo único peor que no reír una historia graciosa era reír en el momento equivocado.

El camarero que los atendió era alto y de anchos hombros. Probablemente conseguía grandes propinas, pero se tomaba su trabajo demasiado en serio. Llevaba el pelo sujeto en una coleta, y Hermione se preguntó si el de Draco sería lo suficientemente largo como para sujetárselo atrás.

«¡Maldito seas, Draco Malfoy!», pensó, enfadada. Era culpa suya que no estuviera disfrutando de una agradable cita con un tipo encantador al que no le asustaba mostrarse cortés con una mujer. No quería pensar en Draco mientras Ronald se esforzaba en hacer que pasara un buen rato.

Trató de seguir el hilo de la historia. Tal vez de eso se trataba el matrimonio: de saber escuchar y apoyar al marido. Desafortunadamente, ella quería algo más de la vida. Quería excitación, reto y romance. Completamente en contra de su voluntad, conjuró una imagen de Draco desnudo de cintura para arriba con una espada de duelo en la mano. Estaba hecho de la materia de los héroes, excitante y sensual, pero más allá de la posibilidad de ser domesticado.

—De manera que todos reímos mucho—dijo Ronald, concluyendo su historia.

Hermione sonrió ampliamente, a pesar de que se había perdido la parte fundamental de la historia. Pero Ronald tampoco podía esperar que se partiera de risa por las bufonadas de personas a las que no conocía.

Se sintió obligada a mostrar su entusiasmo por la comida, aunque no le costó demasiado, pues el salmón con patatas y crema estaba delicioso. Mientras tomaban el postre, Ronald condujo la conversación hacia sus pasadas novias.

—Supongo que sientes curiosidad respecto a mis pasados compromisos—dijo, un poco avergonzado.

Hermione lo animó a seguir, contándole que Víctor prácticamente la había dejado ante el altar. A Draco no le habría gustado que lo hiciera, pero tenía que ser ella misma aunque eso significara olvidar sus tabúes.

Por otro lado, Ronald pareció ligeramente sorprendido. Al parecer, Hermione había perdido cierto prestigio ante sus ojos al admitir que una vez la dejaron, a pesar de que a él lo habían dejado tres veces y él se había retirado una.

—Algunas personas no son afortunadas en el amor—dijo, dando un sorbo a su descafeinado—. Y, por supuesto, otros no están dispuestos a comprometerse.

Ronald quiso dejarle claro a Hermione que él sí. Al parecer, había decidido olvidar que una vez la dejaron. ¡Qué detalle por su parte!

Después de comer siguieron charlando. Ella sonrió y trató de mostrarse animada y divertida. Tal vez tuvo éxito. El parecía estar pasándolo bien.

Era ella la que no había sabido comportarse en aquella cita. Ronald era un tipo dulce y atractivo, con un buen trabajo, y no temía a la idea de pasar por el altar. Era ella la que había fallado, dejando que Draco se entrometiera constantemente en sus pensamientos.

Tenía que dejar de pensar en un hombre al que la mera palabra «matrimonio» le producía escalofríos. Quería conocer a un hombre agradable y asentarse; era lógico que una relación progresara hacia el matrimonio si dos personas se amaban. ¿Podía conformarse con menos? ¿Aceptaría mantener una relación con Draco en los términos que él planteara?


Los camareros querían su mesa, y Hermione no pudo simular por más tiempo que le quedaba café en la taza.

—Debería irme ya—sugirió, con una sonrisa de pesar.

—No he parado de hablar en toda la tarde—dijo Ronald en tono de disculpa.

—No, lo he pasado muy bien—al menos, las historias de Ronald sobre sus ex novias no habían estado mal.

—Nuestra cita no tiene por qué terminar aquí. Conozco un club muy agradable en el que se puede bailar.

Hermione rechazó amablemente la oferta. Él no la presionó.

A Hermione no le importó seguir el consejo de Draco respecto a concluir la cita cuando aún era temprano. La pesada comida y la ininterrumpida conversación le habían producido sueño.

¿Había conectado con Ronald? No estaba segura: ¿Pero qué esperaba? ¿Que cayeran perdidamente enamorados tras la primera cita?

En el trayecto de vuelta agradeció la facilidad de Ronald para hablar de temas intranscendentes. Lo cierto era que en aquella cita había exigido muy poco de ella; sólo que lo escuchara. Si no lo había hecho a la perfección, al menos había respondido bien, con sonrisas y preguntas adecuadas.

—¿Puedo acompañarte arriba?—preguntó él cuando se hallaban ante la entrada de la casa.

—No, gracias, pero lo he pasado muy bien.

—No es problema. Me vendría bien el ejercicio después de la cena.

—Gracias, pero esta noche no.

Ronald no insistió; un punto para él. Inclinándose hacia delante, la besó en la mejilla.

—Volveré a llamarte—dijo, antes de irse.

La prueba había terminado. Lo que debería haber sido una tarde agradable no lo había sido, y todo por culpa de Draco. ¿Por qué había tenido que presentarse en el apartamento para recordarle lo sexy y atractivo que era? ¡Maldición! ¡Estaba colada por aquel hombre! Por mucho que quisiera negarlo, había picado el anzuelo, aunque el no lo hubiera arrojado para ella.

Nada bueno podía salir de aquello, pero ponía un freno a cualquier otra relación que quisiera llevar adelante. De algún modo, tenía que ser realista y apartar a Draco de su mente. Malfoy no era hombre de una sola mujer, y ella no estaba interesada en aventuras de un mes, una semana, ni una hora.


Subió las escaleras, sintiendo que los pies le pesaban como si fueran de plomo. ¿A dónde podía llegar con Ronald o cualquier otro hombre? Tenía que olvidar a Draco como fuera, ¿pero cómo iba a hacerlo si no dejaba de aparecer por su apartamento?

Estaba tan concentrada pensando en aquello que estuvo apunto de tropezar y caer a causa de las largas piernas con las que se topó en el vestíbulo.

—¿Pero qué...?

Draco alzó la cabeza repentinamente. Luego se puso en pie, bostezando y estirándose.

—Tu suelo es realmente duro—dijo, frotándose el trasero.

—¿Qué haces aquí?—preguntó ella, haciendo un esfuerzo por no estallar.

—No podía irme—al ver la expresión de Hermione, el explicó rápidamente—: No estoy aquí para vigilarte—mintió—. Las llaves de la furgoneta se me debieron caer cuando dejé la cazadora en la silla. No me di cuenta hasta que la puerta se cerró detrás de mí. Supongo que me he quedado dormido esperando.

—Oh, estupendo.

¿Se habría tragado el cuento?, se preguntó el. Si era así, ella no parecía muy contenta.

—¿Y si hubiera invitado a Ronald a subir?

—No lo has hecho—Draco apenas pudo contener una sonrisa de alivio.

—No, seguí tu consejo. He sido misteriosa, seductora y difícil de conseguir.

—¿Lo has pasado bien?

—¡Maravillosamente!—contestó ella, en un tono generalmente reservado para pisar a una cucaracha.

—¿Puedo pasar a buscar mis llaves?

—Más vale que estén dentro—advirtió.

En cuanto entraron, se quitó los zapatos y el abrigo en un fluido movimiento, dejando los primeros donde se quedaron y el segundo sobre la silla del escritorio. Draco esperaba que lo ayudara a buscar las llaves; de hecho, lo estaba deseando. Las había dejado tras la mecedora, tan ocultas como había podido.

No le habría importado ver cómo se agachaba Hermione a buscarlas. Habría sido una pequeña recompensa por su incómoda siesta. En lugar de ello, se arrellanó en el sofá.

Las llaves podían esperar; Draco deseó poder acurrucarse junto a ella, acariciarle el cuello, comprobar si sus muslos eran tan firmes como parecían.

Su expresión no era invitadora, pero el no quería irse hasta averiguar cómo había ido la cita.

—¿Qué tal lo has pasado?—preguntó en tono desenfadado.

—Bien.

Diciendo tan poco, Hermione azuzó aún más la curiosidad de Draco por saber si Ronald había intentado algo.

—Hemos pasado una tarde muy agradable—añadió.

¡Agradable! El tiempo era agradable. Draco pensó que no le estaba diciendo nada sobre la cita.

—¿Y qué más?

Hermione le dijo lo que habían comido. ¡Como si a él le importara el menú! Mencionó que Ronald era encantador e ingenioso. A Draco no le gustó eso.

—Y eso resume más o menos la tarde—concluyó ella, tras haber contado apenas nada.

Tenía las rodillas subidas en el sofá y la barbilla apoyada en éstas. ¿Llevaría braguitas de color o blancas?, se preguntó Draco.

Podría haber revisado sus cajones cuando se fue, pero él no era ningún fisgón. Además, no había nada como la información de primera mano. Finalmente, preguntó, exasperado:

—¿Te ha besado?

—Me ha dado un besito.

—¿En los labios?

—Cerca.

—¿Qué significa «cerca»?

Hermione bajó las piernas del sofá, pero no sin revelar antes una larga extensión de pierna que produjo un sobresalto a la entrepierna de Draco.

—Más o menos así—se puso en pie de puntillas, apoyó las manos en los hombros de Draco y lo besó en la barbilla.

—Sólo por si te estabas preguntando cómo había sido—ronroneó, sin apartarse.

Sus senos rozaban ligeramente el pecho de el, que sintió su contacto como dos descargas eléctricas. Se estaba burlando de él. Probablemente no había creído su historia sobre las llaves, o tal vez estaba practicando sus tácticas de mala chica con él.

Draco mantuvo los brazos a los lados, sin inclinarse hacia delante a pesar de que necesitó hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para evitarlo.

—Sí, me lo estaba preguntando.

Quería zarandearla, restablecer la relación entrenador jugadora, pero sentía la lengua espesa y no sabía qué hacer con las manos.

—¿Te estás preguntando si seguí tu consejo?

Draco sintió que el perfume de ella se le empezaba a subir a la cabeza. Le habría gustado descubrir los lugares secretos en los que se lo había dado.

—¿Lo has hecho?—se estaba inclinando hacia delante a pesar de sus intenciones de no hacerlo.

—He aprendido mucho de ti. Hermione estaba utilizando su técnica de evadir las preguntas.

Cuando movió la cabeza, agitando levemente su pelo, Draco estuvo apunto de perderse. Deseó deslizar las manos por su espalda y apretar su adorable trasero. Quería saber si llevaba ropa interior sexy, o, tal vez, si no la llevaba. ¡Sobre todo, quería hacerle el amor hasta dejarla sin sentido!

Hermione se apartó justo a tiempo y Draco se preguntó donde habría aprendido a hacerlo. Pero dudaba que eso pudiera enseñarse.

—Estoy medio dormida—dijo ella en voz baja—. ¿Vas a venir mañana también antes de mi cita?

—No—dijo él, enfurruñado, sintiendo que ella le había tomado el pelo. Su truco con las llaves ya no le parecía tan bueno. Antes de que le diera tiempo a reaccionar, ella ya lo había acompañado al vestíbulo.

Hermione Granger aún tenía mucho que aprender en cuanto a ser una «mala chica», pero no había duda de que tenía facilidad para hacerlo. Desafortunadamente, estaba experimentando sus habilidades con él y le estaba poniendo muy caliente.

Tal vez había llegado el momento de retomar su vida social.


Y aqui queda el capi que les parecio. Ya se que estan acostumbrados a su avance en cada capi, pero... voy a ser cruel y las voy a dejar en ascuas hasta el proximo capi.

No soy tan cruel asi que les voy a dar pistas de lo que va a pasar o con quien va a pasar:

Harry Potter

Besos

Cita

Celos

Lavander Brown

Asi que adivina, adivinador que sucedera con la historia al agregarse alguien mas?

Nos leemos pronto.

XOXO!