NECESIDADES DE SEGURIDAD
Se podría decir que Draco es un chico seguro. Le habían enseñado que nadie podía con él, que iba a comerse el mundo y que este estaba bajo sus pies. El problema es que, últimamente, ya no siente su seguridad tan invencible como antaño.
Draco sabe que nadie se atreve con él. Si hay alguien malomalo en el colegio, ese es él mismo. Y eso le encanta y está muy orgulloso por ello. Como un buen Slytherin asusta a los niños pequeños (sobretodo a los Hufflepuff, oh, sí), insulta a quien se pone por delante, odia a los Gryffindors, mira con superioridad y se ríe de todo el mundo, y, por supuesto, le jode la existencia a Potter. Pero... Ya estamos otra vez con el jodido Potter.
Él es fuerte, lo bastante autosuficiente para valerse por sí mismo si alguien intenta pasarse de la raya y devolverle la jugarreta. Es un Malfoy: aparte de ser sexy, atractivo, altamente violable, extremadamente guapo y adorable, está por encima de los demás.
No es que su seguridad personal esté siendo boicoteada. Lo que ocurre es que cada vez que intenta soltarle un comentario cortante a Potter sus palabras mueren en su boca porque, justo antes, el-niño-que-no-mereció-vivir le mira, con esos horrorosos y brillantes y preciosos y verdes ojos y toda la rabia contenida, acumulada cinco segundos antes al verle reír junto la comadreja desaparece, convirtiéndolo en un manojo de nervios que no sabe ni quién es ni dónde está.
Y ése es un gran, enorme y brutal problema.
Porque deja de sentir los pies en el suelo y de oír, sentir y ver cualquier cosa aparte de sus ojos. De esos ojos que le acompañan día y noche, que siempre le rondan por la cabeza y que, cuando los ve, se olvida de respirar y de pensar.
Y deja de sentirse seguro porque su voz, su risa y sus ojos le traen escalofríos por toda la columna.
Pero lo peor de todo, lo que más le preocupa, es que empieza a pensar más en Potter que en él mismo.
Y cuando lo comprende, descubre, por fin, que todos sus problemas vienen de Potter.
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