Flor de loto

Capítulo 2

Abrió sus ojos, recibiendo en ellos la claridad de un nuevo día. El sol se asomaba por uno de los balcones que se encontraban en el lugar. Estaba en ese momento en su lujosa habitación, y claro, en su cama. Por unos segundos, se concentró en simplemente mirar al techo, no encontrando nada más interesante qué hacer.

Pero entonces, un pensamiento llegó a su mente. Aquel joven de ojos carmesí...

Se dio la vuelta, esperando encontrar al egipcio al otro lado de la cama. Pero no había nadie allí, solo las desordenadas sábanas blancas delataban que alguien había dormido en ese lugar. Sí, cada uno había dormido en un lado de la cama. Para suerte de ambos, ésta era enorme, así que no hubo problemas. Aunque bueno, la idea no era que se evitaran todo el tiempo. Sin embargo, cuando había llegado a su habitación la noche anterior, había encontrado al menor durmiendo ya, envuelto en las sábanas y del lado derecho. Parecía haberse acostado allí a propósito, como señal de que deseaba dormir alejado del rey.

No le había dado importancia claro, pues no era su deber siquiera hablarle al egipcio. Al contrario, era el príncipe quien debía buscar su agrado. La noche anterior había dado una buena actuación, debía admitirlo, aunque aquella clara muestra de rechazo con la que se había encontrado no le había agradado en lo más mínimo.

Pero bueno, al menos eso comprobaba que el joven no era una prostituta común. De haberlo sido, la noche anterior se habrían dado una buena revolcada entre las sábanas. Tal vez el joven no quería probar aún que bailaba bien la cama, como había dicho.

Repasando los atributos del ojirubí, tenía que aceptar que el egipcio tenía varios puntos a su favor. Primero que nada, poseía una belleza incomparable, sinceramente nunca había esperado tal joya. Era como una obra de arte creada por los dioses mismos. Y segundo, aquella bellísima presentación que había dado. Sí, con sus palabras le había insinuado al egipcio que no le había gustado su baile. Pero por los dioses, le había encantado. Y no solo a él, claro estaba, al terminar la fiesta, muchas personas habían salido comentando acerca del baile de aquel ojirubí. De hecho, había escuchado a varias personas llamarlo 'baile erótico'. Aunque bueno, en cierta forma, el nombre encajaba a la perfección.

Luego estaba su carácter. Conocía ya el lado competitivo y orgulloso del egipcio, pero eso era todo. No podía esperar mucho de todas formas, pues el joven había llegado apenas la noche anterior.

Aunque pronto debía tomar una decisión, eso lo sabía. Ya había decidido que esperaría siete días. No sabía realmente porque había decidido esperar, si su plan inicial era el de simplemente llevarse al joven a la cama y devolverlo a su tierra al día siguiente.

Pero no podía negar que en cierta forma el egipcio le había cautivado. Quería conocer un poco más a ese joven. Luego, podría mandarlo de regreso. No pensaba siquiera meditar en otra opción. No le parecía coherente aceptar el trato con los egipcios.

Suspiró, recordando al fin que tenía deberes que cumplir. Aburridos deberes por cierto, pues ese día tenía una reunión con el Senado, la cual estaba seguro no sería para nada divertida, empezando por el hecho de que ese montón de viejos rancios estaban completamente opuestos a su decisión de aceptar la llegada del príncipe de Egipto. Generalizaba, claro, pues algunos no parecían tan molestos con ello. Pero por supuesto, ellos no sabían que ya había decidido no aceptar ningún acuerdo. Tal vez si lo supieran, no escucharía tantas quejas ni vería oposición.

Se levantó con lentitud, observando luego sus alrededores. El príncipe de ojos carmesí no se veía por ningún lado.

Dirigió su atención entonces hacia uno de los esclavos, los cuales permanecían siempre allí, de pie en las esquinas y con las miradas perdidas.

-¿Dónde está el príncipe?- preguntó. Más como una orden que como una pregunta.

-Quería hablar con sus dioses. Según sé fue a uno de los jardines, señor- contestó el esclavo, sin siquiera moverse. Solo movió su boca.

Aquella información le hizo sentir rabia de pronto. ¿El joven había ido a hablar con sus dioses? No, ahora estaba en Roma, y los únicos dioses que iba a tener eran los de Roma, punto. No quería tener en su palacio nada que tuviera que ver con religiones de otras culturas. Sobre todo la egipcia, que según sabía estaba llena de embrujos y maldiciones.

Se levantó así con furia. Iba a dejarle muy en claro al príncipe cuáles eran las nuevas reglas.

Caminó entonces fuera de la habitación, su objetivo era llegar hacia los jardines más cercanos. Atravesó los pasillos, simples lugares rodeados por dos paredes a cada lado. Nada interesante que ver, solo lo que se encontraba al final.

Por fin llegó al lugar. Buscó con la mirada al príncipe. Pero en cambio, solo se encontró con tres hombres, todos miembros del Senado, los cuales estaban alrededor de algo... o alguien.

-¡Es tu última advertencia! ¡No queremos hechicería en este lugar!- exclamó uno de los hombres, dándole una patada a lo que fuera que estuviera frente a él.

Una nueva voz se escuchó, hablando en un lenguaje que no entendía. Pero reconoció aquel suave tono. Era sin dudas el príncipe. Apretó sus puños, sintiendo ahora furia hacia aquellos hombres. ¿Cómo se atrevían a tratar de esa forma al joven?

Sin esperar que los hombres siguieran con sus actos, anunció su presencia en un grito.

-¡Qué está sucediendo aquí!- exclamó. De inmediato, se ganó la atención de los tres presentes, quienes se dieron la vuelta y lo miraron casi con terror. Sí, debían sentir temor, porque sin dudas habían hecho enojar al soberano. -¿Y bien?- preguntó el ojiazul, mirándolos con impaciencia. Por unos momentos, lo único que inundó el lugar fue una suave brisa, que movió ligeramente las hojas de cada planta y flor que se encontraban en aquel espacioso jardín.

-Señor... nosotros...- intentó decir uno de los hombres, de cabello cubierto de canas y ojos castaños. Se detuvo sin embargo, no sabiendo al parecer cómo explicar la situación. Esto solo logró enfurecer más al ojiazul.

-¿Ustedes qué? ¡Por Jupiter(1), solo esto faltaba!- Se acercó después de decir esto. Los hombres no dudaron en abrirle paso, dejándole ver así al egipcio, quien se encontraba acostado de lado en el suelo. Pero al ver al castaño, se esforzó por sentarse, lográndolo con dificultad, y dejando ver en su rostro una mueca de incomodidad. -Váyanse ya... a menos que quieran que ordene la muertes de todos ustedes en éste instante- habló de pronto el ojiazul, sin dejar de mirar al menor, quien se negaba ahora a mirarlo, y en cambio centraba sus ojos en los hombres, mostrando en ellos solamente enojo.

-Pero... señor... es solo un...- intentó argumentar otro.

-¡Es un príncipe! ¡Y como tal merece respeto!- exclamó. Se dio la vuelta, encarando de nuevo a los hombres. -¡Ahora váyanse!- ordenó. Los hombres al fin obedecieron y en silencio se alejaron con rapidez, no sin antes lanzarle una mirada cubierta de lo que parecía ser odio al joven en el suelo.

Cuando hubieron desaparecido de la vista, el emperador volvió a mirar al menor. Se arrodilló entonces al lado del egipcio.

-Es mejor que te vea un médico...-

-No es necesario. Estoy bien- le dijo. –Solo me insultaron, llegaste justo cuando empezaron a golpearme- agregó. Se puso luego en pie, sin mostrar ninguna reacción de dolor.

El ojiazul lo examinó con la mirada. Vestía solamente un faldellín blanco. No había collares ni aretes, ni tampoco maquillaje. Pero aún así, el egipcio seguía siendo atractivo, demasiado atractivo en realidad. Ahora que lo veía bien, a la luz del sol, notaba lo bronceada que era en realidad su piel, y lo brillantes de esos ojos carmesí. ¿Cómo podía verse una persona tan hermosa a cada momento? No lo sabía, pero el ejemplo estaba frente a él.

Ese joven, por alguna extraña razón, parecía ser diferente a los demás.

-¿Me es prohibido ahora estar bajo la protección de mis dioses?- la pregunta lo sacó de sus pensamientos. Miró por unos segundos al ojirubí. Así que esa era la razón por la que esos hombres se habían enfurecido con el menor.

Se puso en pie, pues se había arrodillado segundos atrás.

Ahora que lo pensaba bien, no había razón para prohibirle al menor hacer sus oraciones. Después de todo, los dioses egipcios no tenían control sobre Roma. Y Roma tenía dioses poderosos sin dudas, pues ellos les habían dado la victoria en cada batalla. Sí, no había de qué preocuparse.

-Mientras estés en Roma, tus dioses no tienen ningún poder. Por esa razón no voy a prohibirte que hagas tus oraciones. De todas formas de nada servirán- afirmó.

Yami asintió.

-Es muy posible que tengas razón en eso. Pero para un egipcio olvidarse de sus dioses es como dejar una identidad entera atrás- le dijo. Sí, su pueblo se caracterizaba por ser dominado primordialmente por la religión. Ese aspecto era uno de los más importantes, además de que formaba parte de la vida cotidiana, y por lo tanto de la cultura. Por eso ahora lo único que le quedaba de su tierra, era eso, sus dioses. Lo demás, había quedado atrás.

-Claro, aún así, lo reitero. No olvides que ahora estás en Roma- Se dio la vuelta, con la intención de alejarse. Debía ir a atender otros asuntos, así que no podía quedarse allí más tiempo. Además, por lo que veía, el príncipe estaba bien.

-Eso sería algo que nunca olvidaría, Seto- Sonrió al escuchar su nombre salir de la boca del más bajo. Qué atrevido era en realidad ese joven.

Pero insistía en que le gustaba ese carácter.

-¿Quién te ha dado el permiso de llamarme por mi nombre?- preguntó. Sinceramente no le molestaba que el joven lo llamara de esa forma. Pero quiso preguntar, esperando alguna respuesta atrevida, como aquella que el egipcio había dejado escapar la noche anterior, cuando se refirió a la loba Luperca.

-Yo solo me he dado el permiso. Para mí tu nombre no es sagrado… ni tampoco importante- contestó el ojirubí, mirando casi con altanería al castaño, quien sonrió con socarronería. Esa era la clase de respuesta que había esperado.

-Tu osadía raya casi en lo estúpido- afirmó, mostrando un semblante serio, aunque no estaba enojado. Era todo lo contrario.

Se dio la vuelta, listo para salir de ahí. Tenía asuntos que atender.

-Pero te gusta mi osadía- Sonrió con cierto sarcasmo. El joven tenía razón en eso, no iba a negarlo.

Pero no respondió ante el comentario. En cambio, comenzó a caminar, alejándose del lugar y dejando solo al egipcio, quien por unos segundos simplemente se mantuvo en la misma posición, mirando ahora solo la espalda del romano, la cual desapareció de pronto detrás de uno de los muchos pasillos.

Suspiró entonces, dándose la vuelta y caminando hacia una de las bancas de piedra que se encontraban cerca. Se sentó allí, y miró por segundos sus alrededores. Los jardines allí eran diferentes a los de Egipto. La decoración era diferente. En su tierra, los jardines lucían flores de loto, las cuales flotaban tranquilamente sobre pequeñas lagunas. Allí, en cambio, se encontraban más plantas verdes que cualquier otra cosa. Y la única laguna, estaba en el centro del lugar. Estatuas además decoraban el espacio. No podía negar que aquella instancia era bella, pero simplemente se le hacía desconocida.

Eso, sin embargo, no era lo que le preocupaba. Al parecer, no todos allí estaban contentos con su llegada. Lo que le faltaba, más problemas. Aunque en realidad, no sabía si esa nueva información era motivo de preocupación. Se supone que nada malo podía pasarle, ¿cierto?

La inseguridad creció ante éste pensamiento. Nada le aseguraba que estaba a salvo. El emperador además no estaba en ninguna obligación de protegerlo.

-Sé que estoy en Roma... aún así, espero que mis dioses me protejan- susurró.


-Espero que su explicación sea buena- habló el emperador. Estaba en un amplio salón. En sus lados, se encontraban graderías de piedra, que minutos atrás le habían dado asiento a los miembros del Senado. La reunión había terminado; sin embargo el castaño aún tenía algo más que decir, a tres personas específicamente. Las tres estaban ahora frente a él. Sus rostros mostraban que la situación no les causaba otra cosa más que enojo.

-Señor, ese joven le estaba rezando a sus dioses. Eso es una enorme ofensa...-

-¿Tanta fe tienen en los dioses del príncipe?- interrumpió el castaño. El silencio le siguió a aquella pregunta. -Me lo imaginé. Ahora voy a dejar esto bien claro. Yo tomé la decisión de darle a Egipto una oportunidad, por lo tanto soy yo quien está a cargo del príncipe. Lo que significa que ese egipcio puede hacer lo que se le venga en gana mientras yo no se lo prohíba- explicó, aumentando el tono de voz con cada palabra que pronunciaba. Ciertamente, sería más fácil decirles a esos hombres que su verdadera intención era de la solamente llevarse al egipcio a la cama. Que después de eso el joven regresaría a Egipto. Pero por alguna razón, no consideraba prudente revelar esa información.

-Con todo respeto, emperador. Lo que quieren los egipcios es simplemente inconcebible. Un príncipe jamás podrá tener el mismo precio que una tierra llena de riquezas. Es una propuesta absurda- afirmó unos de los tres hombres, el mismo que había golpeado al príncipe horas atrás.

-Es verdad, piénselo, señor- habló otro de los tres hombres, de cabello negro y ojos castaños. -Le sería de más provecho conquistar las tierras del Nilo. Todas sus riquezas, las cuales son inconmensurables, pueden ser nuestras. Un príncipe, por más... impresionante que sea, no se puede comparar con todo lo que Egipto tiene para ofrecer- finalizó. El emperador pareció aceptar ese comentario, asintiendo levemente. Y es que de hecho, estaba completamente de acuerdo.

-Sí, Egipto sin dudas está lleno de riquezas. Riquezas que no necesitamos. Roma está muy conforme con lo que tiene, y con todas las victorias que hemos obtenido. Nuestro pueblo no necesita más- aclaró así el ojiazul. Habló con tanta firmeza que él mismo estuvo a punto de creer sus propias palabras.

-Es una decisión muy arriesgada. No sabemos qué hay detrás de todo esto- habló al fin quien se había mantenido en silencio. El hombre de cabello cano.

-Yo solo veo la desesperación del Faraón. Es obvio que ya agotaron todas sus ideas. No traman nada, su única esperanza está en ese príncipe- afirmó. No entendía cómo esos hombres llegaban a conclusiones tan exageradas. -Y ya me cansé de hablar del tema. Soy yo quien tomará la decisión y eso es todo- declaró. -Si no tienen algo mejor que decir, entonces me retiro- finalizó.

Por unos segundos, esperó una respuesta. Pero al no recibir ninguna, tomó como un hecho que la conversación había terminado. Así que, sin pronunciar otra palabra, se dio la vuelta y salió de aquel lugar.

-No podemos permitir esto- habló de pronto el hombre de cabello cano. Los otros dos parecieron estar de acuerdo.

-Aún hay tiempo para impedirlo. Según sé, el príncipe se quedará aquí solo si se gana el agrado del emperador- comentó el de cabello negro.

-Entonces, debemos asegurarnos de que eso no suceda - afirmó el último. –No importa los medios que utilicemos. Ese príncipe volverá a Egipto. Vivo o muerto, da igual- agregó.


Caminaba por los interminables pasillos. La noche ya había caído, y lo único que iluminaba el lugar eran las antorchas colocadas en las paredes.

Sus pasos delataban que no estaba de humor, y de hecho no lo estaba. Le molestaba sin dudas que aquellos hombres se opusieran a las decisiones que tomaba. Sí, sabía bien que nada podían hacer. Pero ése hecho no hacía la situación menos molesta.

Esos hombres debían respetar y aceptar sus decisiones. Además, estaban peleando por algo sin sentido. Ya había decidido que ese príncipe volvería a Egipto. Tan solo había permitido que llegara a Roma por curiosidad, ya que los egipcios habían afirmado que el joven era el más bello de las tierras del Nilo.

Pero estaba de acuerdo con los senadores en algo. Que no había forma de comparar a un simple joven con todas las tierras y riquezas que Egipto ofrecía. En una balanza, tenía mucho más peso y ganancia Egipto. Oro, esclavos, grano y tierras.

Detuvo de pronto tanto sus pasos como sus pensamientos, al escuchar un sonido. Miró hacia su izquierda, notando que cerca de allí se encontraba una piscina de mediano tamaño. Al parecer, alguien la usaba en ese momento. Lo supo al ver el agua moverse. Por unos segundos, simplemente miró hacia la misma dirección. Luego, decidió que era mejor alejarse. No le interesaba saber quien estaba allí.

Dio exactamente dos pasos, y en ese momento quien estaba bajo el agua decidió subir a la superficie. El ruido del agua al abrirle paso se extendió por el lugar, y entre los pilares que rodeaban aquella instancia. Llegó así hasta los oídos del ojiazul, quien por simple curiosidad miró de reojo a la persona. Sus ojos se abrieron en impresión al reconocer aquella figura. No era nadie más que Yami.

Y se quedó congelado allí, observando por unos segundos aquel perfecto pecho que se asomaba fuera del agua. Luego, miró la repentina acción del menor, quien tocó su cabello, echándolo para atrás pues éste caía libre sobre sus hombros, además de que cubría parte de su rostro. Aunque esto último dejó de ser cuando el joven finalizó con aquella acción.

Era casi encantada la imagen, pues la luz de la luna cubría al egipcio, dándole una apariencia casi angelical. Sí, la luna se veía desde allí, y el cielo también. Los pasillos tenían un techo sobre ellos, no así la piscina. Era un rectangular espacio que estaba cubierto por nada más que el cielo estrellado.

Debido a esto el joven no se había percatado de su presencia, pues donde estaba el ojiazul solo las antorchas iluminaban, y eso no era suficiente como para delatarlo.

Así que con toda tranquilidad, el castaño se dedicó a mirar al egipcio. Los ojos carmesí de éste parecían brillar al igual que la silueta de su cuerpo, la cual se fue extendiendo, puesto que el joven decidió salir del agua.

Un perfecto cuerpo completamente expuesto salió de la piscina. Era la belleza personificada, de eso no había dudas. El delgado pero al mismo tiempo atractivo cuerpo no hacía más que confirmar esto. Definitivamente, comparado con aquel joven, Venus(2) se quedaba muy atrás.

De pronto, se encontró comparando a Egipto con el joven. De hecho, llegó a preguntarse qué valía más. Las tierras y las riquezas, o el joven más hermoso que había visto jamás. ¿Cuál de los dos sería el mayor tesoro?

Debía admitir, que la respuesta ya no le parecía tan simple.

Siguió enfocando su atención al joven, mirando con fascinación cómo el príncipe tocaba de nuevo sus cabellos, ésta vez con el objetivo de quitarles el exceso de agua. Cada movimiento era sumamente provocativo, y el ojiazul tuvo que hacer un gran esfuerzo por no ir y tomar ese cuerpo de una vez por todas.

Aunque ciertamente, no habría problema alguno si decidía hacerlo. Después de todo, aquel egipcio estaba allí para complacerlo solamente.

Notó de pronto que el ojirubí le daba la espalda. Aprovechó esto para acercarse. Sinceramente no deseaba hacer suyo al menor en un lugar tan público, no que estuviera mal claro. Casi todos los días se podían encontrar ese tipo de escenitas alrededor del palacio. Y en las calles... bueno, era más que obvio. Al mismo príncipe no parecía molestarle el hecho de estar desnudo en aquel lugar.

Ahora que lo pensaba, tal vez era demasiado conservador como para ser romano. Sonrió casi con burla, dirigida claro hacia sí mismo. Años atrás, una mujer le había dicho exactamente lo mismo. Su madre solía quejarse todo el tiempo; le repetía una y otra vez que un romano no se sentaba a leer libros todo el día. Catorce años tenía apenas, y aquella mujer ya quería ver en él signos de promiscuidad.

-Emperador- Salió bruscamente de sus pensamientos. Al levantar la mirada, la cual sin saberlo había bajado, se encontró con un par de rubíes que lo miraban. Notó algo de inmediato, un ligero y casi imperceptible sonrojo que cubría las mejillas del joven. Bajó ligeramente sus ojos, y no pudo evitar alzar una ceja al ver las manos del egipcio cubriendo su zona íntima. Así que... el egipcio se bañaba en un piscina pública completamente desnudo, salía de ella completamente desnudo, se quedaba fuera de ella completamente desnudo, y no quería que lo vieran... ¿completamente desnudo? Que enorme contradicción era esa.

Sonrió sin embargo, pues obviamente aquella situación se le hacía graciosa. Se acercó peligrosamente al joven, quien no se movió. Y así, mirando solamente los ojos del menor, tomó las muñecas del egipcio, y las apartó de donde estaban, dejando al príncipe completamente descubierto.

-¿Para qué quieres cubrirte si ya he visto más que suficiente?- preguntó. En su voz se notaba la burla. El menor pareció sorprendido ante la declaración.

-Desde hace cuánto estabas...-

-Desde hace poco... lastimosamente- rió luego con sarcasmo. Al parecer el príncipe no planeaba seguirle el juego ésta vez, pues no pareció nada feliz con esa respuesta. Ante el silencio del menor, bajó la mirada. Para su sorpresa, el joven de inmediato liberó sus manos, y terminó enredándolas en su cuello. Lo abrazó fuertemente, con el obvio objetivo de ocultar su intimidad. En el proceso claro, mojó partes de la toga que vestía el ojiazul. A éste, sin embargo, no pareció molestarle. -Después de tu 'demostración' anoche, no pensé que fueras tímido- susurró. El príncipe al fin lo miró con algo de dureza.

-No soy tímido. Creo que eso ya quedó muy claro- afirmó. -Pero llevo aquí apenas un día y...-

-Según mi 'cultura', ya perdí una noche en la cama contigo. Y cuando digo cama no me refiero a simplemente dormir- interrumpió, sonriendo con cierta malicia. Ésta vez, el menor al fin pareció notar que el ojiazul solo se burlaba de él, pues también sonrió. Y en segundos, aquel rayo de osadía cruzó por aquellos rubíes.

-Tu 'cultura' no es de mi incumbencia. Y con ésta, serán ya dos noches- comentó. -Acostúmbrate- pronunció luego. El ojiazul solo rió. El atrevido joven había vuelto.

Sin decir nada más, se alejó del menor. El egipcio desenredó sus brazos de su cuello, no importándole ésta vez cubrirse. Pero el ojiazul de nuevo solo se concentró en los ojos del príncipe.

-Ponte algo de ropa, ¿quieres?- ordenó. El menor se cruzó de brazos.

-¿No quieres que alguien más me vea? ¿Celos, acaso?- preguntó, sonriendo con burla.

-No, pero recordemos tu gran timidez. Es mejor prevenir- afirmó. Miró cómo Yami rodaba los ojos, al parecer molesto con el comentario. Complacido con aquel gesto, se dio la vuelta, y decir sin nada más, salió del lugar.

Después de todo, tenía mejores cosas que hacer. Una de ellas: dormir.


(1)Júpiter: principal dios del panteón romano. Encargado de las leyes y el orden social.

(2)Venus: diosa romana del amor y la belleza


Magi: de nuevo solo pude volver a subir un capítulo. Quería subir tres como mínimo esta vez. Pero este día se me pasó volando T.T De hecho, es la una de la madrugada. Pero tenía que revisar este capítulo. Porque mañana (u hoy mejor dicho) creo que no tendré tiempo para siquiera encender mi laptop Y.Y Viene mi tía de visita y en la tarde tengo otro compromiso.

En fin, éste capítulo también lo edité un poco. Y descubrí algunos 'dedazos' que se me habían pasado n.n

Respondiendo a una duda que me dejaron en los reviews. Sobre los personajes. En este fic, los personajes sí intenté basarlos en la serie original, y no en la de 4kids. Pero en lo que a nombres se refiere, siempre, en todos mis fics, usaré los americanos: Yami, Joey, Tea, etc. Por costumbre n.n El nombre Atemu, o Atem, solo lo utilizo cuando la pareja es Seth/Atemu. Es una… manía mía xD

Luego, pasando al tema histórico. He intentado agregarle al fic detalles de historia romana y egipcia. Pero claramente, también hay ficción. En el fic hay inconsistencias en historia, costumbres y todo eso. Algunas cosas simplemente salen de mi mente, es decir… las inventé yo xD

Y me parece que por el momento eso es todo.

Agradecimientos a Hannah Elric, Elsa Agabo, Shinigamigolden, Atami no Tsuki, Ruka, yoyuki88, manita chio, Natsuhi-chan, M'rry, angelegipcio, sayori sakura, EmperatrizSL, Azula1991, dracy, vampidark y niko-chan por dejarme reviews, a pesar de que la mayoría (más bien creo que todas) ya habían leído el capítulo antes. Muchas gracias por sus comentarios n.n

Me despido.

Ja ne!