Flor de loto
Capítulo 3
Caminaba por los corredores del lugar. Los guardias lo seguían. Iba al salón principal. Ese día era uno de fiesta; el gobernante de Persia había venido, con el objetivo de establecer una alianza. Pero claro, no tenía interés en lo que fuera que el rey pensaba proponerle. Así que ya sabía bien lo que haría.
Pero por ahora, le daría la mejor de las bienvenidas.
No pensaba establecer alianzas con ningún pueblo.
Aunque a decir verdad, no podía negar que estaba considerando ya la propuesta egipcia. Sabía que era una idiotez siquiera considerarlo, pero lo hacía.
Y es que jamás había esperado que el egipcio fuera tan… cautivador. Tan solo tres días habían pasado, y el joven ya había llamado su atención por su belleza y carácter.
El príncipe egipcio no era sumiso, de eso no había duda. Había comprobado ya que el menor hacía lo que quería. El gran ejemplo se encontraba en lo sucedido la noche anterior. El menor apenas llevaba un día allí, y ya sentía la gran confianza de nadar desnudo en una piscina pública. Después, le hablaba en aquel tono de reto. Pero sí, al contrario de lo que muchos pensaran, le gustaba ese carácter. Así que por el momento, estaba más que complacido con el menor.
-Mi Señor- alzó la mirada. Ahí, frente a él, estaba la hermosa criatura en la que había estado pensando. Alzó una ceja, que novedosa manera de referirse a él. Ahí estaba al fin la primera muestra de sumisión. O tal vez, el menor solo se estaba burlando. Por ahora no podía saberlo. Aunque de seguro la segunda opción era la más acertada.
Se concentró luego en la perfecta imagen. El joven lucía nuevamente ese revelador faldellín. Sandalias adornaban sus pies, y collares de zafiros y oro adornaban su pecho. El príncipe tomó unos de los collares en su mano. Tocó con suavidad la joya azulada de éste.
-Son tan hermosas como tus ojos, frías, pero atrayentes de una forma inexplicable- le dijo. El emperador alzó una ceja. Que cambio tan repentino. Primero el joven le hablaba con sarcasmos y burlas. Y ahora, le hacía cumplidos. De seguro algo planeaba el menor. Después de todo, era ya obvio que el joven estaba lleno de sorpresas.
-¿Dos días y ya te has enamorado de mí?- preguntó. El egipcio sonrió, mostrando en sus ojos cierto sarcasmo, que obviamente intentaba ocultar en ese momento.
-De tus ojos es fácil enamorarse. De ti, en cambio...- Se detuvo entonces. El ojiazul solo rió con sarcasmo. Así que el joven seguía con sus pequeñas burlas.
-Lo tomaré como un cumplido. Supongo que hoy también nos darás un espectáculo- comentó. Habló en plural, pues obviamente no solo él disfrutaría de las acciones del menor. Al menos así sucedió la noche en la que el joven llegó.
-Dos días y ya me conoces bien- afirmó el egipcio.
-Sorpréndeme, entonces- ofreció. Y así, sin decir más, siguió con su camino.
Yami lo miró alejarse. Sonrió, claro que le daría un espectáculo al emperador. Después de todo, aunque el ojiazul lo negara, era más que obvio que le gustaban sus 'actuaciones'. Y ese era el objetivo, ser del agrado del castaño. Solo por eso estaba allí. Y solo así podría salvar a su pueblo.
-Te sorprenderé, puedes estar seguro de eso- susurró.
Todos los presentes disfrutaban de la celebración. Sin embargo, el ojiazul parecía estar más concentrado en cierta familia. No dejaba de observar a los persas. El rey, su esposa, y el unigénito de ambos parecían estar tranquilos. Aún así, se había propuesto vigilarlos. Los dos reyes eran de edad avanzada, a diferencia del príncipe, el cual aparentaba unos dieciocho años, de cabellos negros y ojos grises.
Él nunca se había confiado en ocasiones como éstas. En realidad, su carácter no se basaba en la confianza hacia los demás. En la única persona en la que confiaba era en sí mismo, nada más.
Dejó de pronto de mirar a los invitados, al escuchar la música cambiar. Al igual que la última vez, una melodía egipcia llenó el lugar.
Miró a su derecha al escuchar las puertas abrirse. Y de ella, salió la belleza personificaba, en palabras simples, el príncipe de Egipto. Caminaba casi al ritmo de la música. Por todos los dioses, hasta su forma de caminar era sumamente sensual. A su mente vino la imagen desnuda del joven, la cual había podido apreciar el día anterior.
Quitó por unos segundos su mirada del egipcio. Necesitaba calmarse, sino… estaba seguro que era capaz de tomar a ese príncipe aún con toda esa gente mirando.
Observó la familia persa. La rabia lo inundó al ver al menor de ellos mirar con deseo al egipcio. ¿Por qué todos hacían eso? ¡Solo él podía!
Dirigió su vista nuevamente hacia el egipcio, solo para encontrarlo ya a solo unos pasos de él. La seductora criatura traía en sus manos una bandeja con uvas. ¿Para qué? No tenía ni idea.
Y como contestando su pregunta, el joven tomó una de las pequeñas frutas redondas y la llevó a su boca. El aire pareció abandonarle al verlo juguetear con ella por unos segundos, antes de tomarla al fin en su dulce caverna.
El egipcio entonces lo miró al fin. Sonrió y se acercó, mostrándole la bandeja.
-Mi señor debe tener hambre- le susurró. El ojiazul estuvo a punto de contestarle con algo como 'hambre de ti, por supuesto', pero se contuvo. Él era muy frío como para simplemente dejar escapar un comentario como ese.
El príncipe entonces tomó una uva. Se acercó aún más luego.
El emperador lo miró con incredulidad. El joven iba a… Detuvo el pensamiento, en realidad le sonaba algo tonto.
-No, no tengo nada de hambre- le contestó con frialdad. Si el egipcio pensaba que le iba a hacer las cosas fáciles, estaba muy equivocado.
Sin embargo, ante ésta respuesta, el joven solo sonrió. Sabía que el emperador le iba a contestar de esa manera. Y por eso, no le preocupaba. Ya tenía bien planeado lo que haría luego.
Sorprendiendo al ojiazul, se sentó en el regazo de éste. Le molestaba un poco que todo el salón estuviera mirando sus acciones, pero intentaba ignorarlo. No dijo nada más, con el objetivo de evitar más sarcasmos por parte del ojiazul.
En cambio tomó otra uva y la llevó a su boca. Jugueteó con ella, sonriendo mentalmente al ver los ojos del emperador puestos en él. Chupó la fruta, sintiendo divertido cómo el cuerpo del castaño se tensaba. Ahora que lo pensaba, seducir al emperador no era tan malo. Sí, ese era su plan, hacerse desear. Su motivación como siempre era el salvar a su pueblo, pero como ya lo había pensado segundos atrás, no era tanto sacrificio como creyó en el principio.
No podía negar que sentía cierta atracción hacia el ojiazul. El emperador era muy bien parecido. Y su carácter… a pesar de todo ese detalle del romano también le gustaba.
Por fin dejó entrar la fruta a su boca, comiéndola luego. Tomó otra uva y se la mostró al emperador.
-¿Seguro que no quiere, emperador?- le preguntó. Sonrió al no escuchar respuesta. Acercó entonces la fruta a la boca del gobernante. –Pruébela, están deliciosas- agregó. Puso la uva contra los labios del castaño. Lo miró, sus ojos encontrándose.
Sonrió complacido al sentir al ojiazul abrir su boca. Metió la redonda fruta en la húmeda caverna, dejando por unos segundos sus dedos allí.
Pero luego, alejó su mano. Se dispuso luego a acercar su rostro al cuello del ojiazul. Empezó a besar la zona.
El cuerpo del emperador tembló un poco al sentir los dientes del egipcio morder la sensible piel.
El castaño miró al frente, alzando una ceja al ver a todos los presentes mirando hacia donde ambos estaban. ¿Tan provocativa era la escena? Y nuevamente fijó sus ojos en el príncipe de Persia. Parecía que el joven se estaba comiendo con solo miradas a Yami.
Lo observó con sarcasmo. Él era quien tenía toda la atención del de ojos carmesí, él y nadie más. Él era el único quien tendría al joven. Sí, solo él. No iba a dejar que nadie lo tocara. El egipcio era suyo.
-Te has ganado un buen público- susurró. Yami entonces detuvo sus acciones, mirando hacia atrás. Parpadeó varias veces al ver que en realidad se había ganado la atención de todos. Un leve sonrojo entonces cubrió sus mejillas.
El emperador sonrió. El joven era atrevido, sin embargo, al mismo tiempo tenía algo de timidez. La noche anterior se lo había demostrado. Aunque lo negara, rastros de inocencia se podía encontrar en el menor, diminutos claro, pero estaban allí.
Yami miraba en ese momento a un joven en especial. El joven parecía estarlo violando con la mirada. La indignación lo inundó. Él era del emperador, y punto. Nadie podía verlo de esa forma más que su ojiazul. La sorpresa lo inundó por unos segundos. Que extraño había sido su último pensamiento. ¿Acaso de verdad quería pertenecerle al castaño?
Suspiró con enojo. La mirada de ese joven ya lo había hartado. Así que se preparó para su siguiente acción.
Pasó en un segundo sus brazos alrededor del cuello del emperador, y lo besó con fuerza. La bandeja cayó al piso debido al brusco movimiento. Las uvas se esparcieron por el lugar. Sin embargo, ni el egipcio ni el emperador le dieron importancia a eso.
Las lenguas de ambos se juntaron. El emperador se entretuvo luego explorando la dulce caverna de príncipe, probando nuevamente el sabor de las uvas, las mismas que ahora estaban en el suelo. Sin embargo, el beso terminó pronto.
Yami se recostó contra el pecho del ojiazul, sin decir nada más.
El emperador entonces decidió terminar con la fiesta. No iba a aceptar ningún trato ni alianza con los persas. No tenía interés alguno.
Miró entonces a uno de los guardias, y asintió.
De inmediato, tres guardias más se acercaron a los invitados, tomándolos con fuerza. Los extranjeros intentaron liberarse, dejando escapar exclamaciones sorprendidas. Yami, al escuchar la conmoción, alzó la mirada. Sus ojos se abrieron en impresión al ver la escena. Los guardias sostenían con fuerza a tres personas, una de ellas era el joven quien lo había visto con aquella sucia mirada minutos atrás. Miró luego con confusión al emperador.
-¡Queremos que haya paz entre nuestras tierras!- exclamó el rey. -¡Por favor, escuche nuestra petición!- pidió luego. El emperador rió con sarcasmo. No le interesaba la paz. Su imperio era uno de conquistas, no de paz ni de alianzas.
-No me interesa lo que ustedes tengan que decir. No tengo intención de formar alianzas, mi único interés se encuentra en la expansión del territorio romano. Cometieron un grave error al venir aquí- afirmó.
Yami lo miró con sorpresa. ¿Qué había dicho? Si las palabras del ojiazul eran verdaderas entonces… ¿por qué estaba él ahí? ¿No era exactamente para eso, para establecer una alianza?
-Seto…- susurró. El castaño lo ignoró. Sus ojos estaban fijos en los extranjeros. Ya había tomado su decisión. No escucharía nada que viniera de la boca de esos tres.
Se quedó en silencio por unos segundos. Todos los presentes lo miraron, esperando su siguiente acción. El ambiente era tenso.
Pero luego, el castaño asintió. Una exclamación de sorpresa escapó del príncipe egipcio al ver a los guardias degollar a los tres extranjeros. Cerró sus ojos fuertemente, escuchando tres golpes, lo cuales fueron producto de los cadáveres al caer al suelo.
El silencio que le siguió a esta acción fue sepulcral. Nadie había esperado tan repentino suceso.
Pero pronto, Yami se puso en pie. Miró con terror al ojiazul.
-Eso… ¿eso es lo que piensas hacer conmigo? ¡Con mi familia!- exclamó, su semblante había cambiado, ya no había burla ni mucho menos competitividad. El emperador lo miró.
-No saques conclusiones tan rápido- le dijo con calma.
-¡Mentiste! Solo quieres hacer lo mismo que hiciste con esos tres. ¡Decirles que tienes interés en una alianza para luego simplemente fallar a tu palabra! ¡Eres un cobarde!- Varias exclamaciones de sorpresa se escucharon. El príncipe estaba en verdaderos problemas.
El emperador lo miró con furia. ¡Ese joven lo había llamado cobarde! Eso no era ya una burla ni un juego, era un insulto verdadero.
Sin siquiera ser consciente de sus acciones, se levantó y alzó su mano, dejándola caer sobre la mejilla de Yami, dándole así una fuerte cachetada. El joven se limitó entonces a ver al suelo. Se sentía humillado. Había tenido la esperanza de salvar a su pueblo. Pero solo había sido una mentira. Estaba allí por nada, había ido hasta ahí para nada.
Llevó su mano hasta su mejilla, al sentir un fuerte dolor inundar la zona. Ahora sentía ganas de derramar lágrimas, pero no lo hizo. No iba a mostrar debilidad frente al ojiazul. No lloraría mientras estuviera en Roma, se negaba a hacerlo.
El emperador suspiró, intentando calmarse.
-Vete. Te quiero encontrar en mis habitaciones cuando llegue… o sino… de verdad traeré a tu familia y la mataré frente a tus ojos- susurró.
El cuerpo del menor sintió un escalofrío al escuchar esto. De inmediato, y sin pensarlo dos veces, el príncipe salió corriendo de ahí, abriéndose paso entre la gente.
El ojiazul entonces miró a los presentes.
-La celebración terminó- afirmó. Las personas obedecieron, no queriendo aumentar el enojo del emperador. Salieron luego del lugar con cierta rapidez, la mayoría murmurando entre ellos. Fueron desapareciendo así tras las enormes puertas.
Al final solo quedaron el emperador y tres de los miembros del Senado. Aquellos tres que estaban opuestos a su decisión.
-Ya ve, señor. Ese egipcio es un malagradecido- le dijo uno de los hombres. El ojiazul no contestó. A decir verdad, no pensaba que Yami tuviera la culpa. El haber escuchado sus palabras lo debió atemorizar. En cambio, él… No había podido controlarse. No tenía que haber golpeado al joven.
-Es verdad, piénselo bien. Ese joven no vale la pena, es un irrespetuoso- habló otro.
-Cierren la boca- ordenó de pronto. Los tres obedecieron, pues el silencio reinó. El castaño se levantó entonces de su lugar, y caminó hacia la salida más cercana. Por unos segundos, no dijo nada. Pero cuando estuvo cerca de los hombres, habló nuevamente. -Cuando sus bocas no se asemejen a boca de serpiente, tal vez prestaré oídos a lo que tengan que decir- aseguró.
Y sin decir más, salió del lugar.
Entró a la habitación. Buscó con su mirada al egipcio, y lo encontró sentado en la cama. Miró la mejilla del joven, se veía golpeada. Suspiró entonces. En realidad, no estaba seguro qué hacer luego. No iba a disculparse, claro que no. Él no era de los que pedían perdón. Pero debía admitir, que sí sentía cierta culpa por lo que había hecho.
Por supuesto que Yami había exagerado las cosas. Si bien era cierto que él no estaba interesado al principio en aceptar la propuesta egipcia, jamás faltaría a su palabra. Si al final decidía cumplir con lo que había planeado, el ojirubí regresaría a su tierra, sin daño alguno. Ese había sido el trato, y pensaba cumplirlo.
Se acercó entonces. El príncipe no alzó la mirada.
-Hice una excepción con tu pueblo- empezó a decir el ojiazul. No mentía del todo, porque desde esa mañana había empezado a considerar la propuesta egipcia. Yami no dijo nada. –Y esos tres… no vinieron porque los haya invitado. Les dije claramente que no estaba interesado en negociar, pero ellos insistieron en venir. Fueron ellos quienes buscaron su muerte- explicó.
-Si es verdad lo que dices… ¿por qué con mi pueblo fue diferente?- preguntó al fin el príncipe, aún sin alzar la mirada. No confiaba mucho en las palabras del castaño. ¿Cómo podía hacerlo? Después de lo que había escuchado tenía miles de razones para estar inseguro. Sintió luego cómo el emperador se sentaba a su lado.
-Porque… me prometieron una verdadera maravilla. Un joven más bello que los mismos dioses- afirmó. Yami al fin alzó la mirada ante esto. Sabía que le habían dicho al emperador que él era bien parecido, pero no tenía idea de que hubieran exagerado tanto. Se sonrojó levemente. ¿Más hermoso que los dioses? Tenían que estar bromeando.
-Supongo que te decepcionaste un poco cuando me viste, ¿no?- preguntó.
-Cuando me dijeron todo eso, pensé que estaban exagerando. Fue solo hasta que llegaste que me di cuenta de que los egipcio no conocen la mentira- Ante esto la mirada de Yami se llenó de sorpresa. No podía creer que el emperador le estuviera diciendo eso.
Se mordió el labio. Se había excedido minutos atrás. No debió de haber hecho tal escándalo. Y sobre todo, nunca debió de haber llamado al ojiazul cobarde.
Miró al emperador.
-Yo… lo siento, no debí de haber dicho todas esas cosas- le dijo.
-Créeme, no eres el primero. Y estoy seguro que tampoco el último- respondió el romano. Yami sonrió entonces, y sin poder contenerse, se acercó al ojiazul, colocando su cabeza contra el hombro del emperador. Para su sorpresa, un brazo del castaño se enredó alrededor de su cintura.
Y debía admitirlo, se sentía bien estar ahí. Había pensado que sería un verdadero sacrificio vivir en Roma, pero no, al parecer estaba equivocado.
Alzó la mirada, y con suavidad besó la mejilla del ojiazul, quien simplemente enfocó su mirada en una de las paredes decoradas de la habitación.
¿Por qué no darle una oportunidad al egipcio? No perdería nada con eso.
Simplemente esperaría, y al final decidiría si el joven valía más que Egipto. Algo que sonaba irracional, pero que a decir verdad, no le parecía imposible.
Magi: me dio tiempo de subir este capítulo! n.n Son las ocho de la mañana. A las nueve viene mi tía así que pensé que si me levantaba más temprano podría revisar este capítulo. Aunque ahora tengo sueño -.- Me dormí casi a las dos y media xD
Pero bueno, al menos voy avanzando.
Los agradecimientos los puse en el capítulo anterior. Nuevamente, gracias a todos los que me dejaron un review. Me dan ánimos para seguir con este fic… después de lo que esta malagradecida página me hizo T.T
Por el momento, creo que eso sería todo.
Me despido
Ja ne!
