Flor de loto

Capítulo 5

-Desorden y mucho vino... hazte una idea de cómo termina- habló el emperador. Yami lo miró con algo de inquietud. La nueva información no se le hacía para nada grata. Ahora en realidad, no podía seguir quejándose. Sí, cuando el ojiazul le había anunciado que ya no saldrían, se había opuesto por completo. En ese momento, en cambio, la situación se le hacía un poco más lógica.

-Comida, vino... es obvio que termina con... sexo- susurró. A decir verdad, la cultura romana ya no le parecía nada interesante. Al parecer, todo ahí se resumía a una palabra: lujuria. -Pero, si es una celebración religiosa... ¿no deberías ir?- preguntó luego. Miró al castaño, quien estaba sentado a su lado, sobre la enorme cama.

-No es una celebración religiosa. Quienes la realizan utilizan a Baco como excusa solamente- explicó el soberano. Se sentía algo tonto dando aquellas explicaciones, pero consideraba que el menor tenía derecho de saberlo. Sobre todo si iba a vivir allí. Aunque bueno, eso aún no estaba decidido.

-Y Baco es...-

-Nuestro dios del vino- Yami asintió. Así que en palabras simples, ese día estaba dedicado a Baco, y los romanos utilizaban esto como una excusa para realizar esa... fiesta, sí es que así se le podía llamar. A su punto de vista, el término 'orgía', sería el más acertado. Orgía con mucho vino, claro. Se mordió el labio, no queriendo siquiera pensar en eso. Sí, Egipto siempre se había caracterizado por ser un país culto, claro, que existían excepciones. Algunas excepciones un tanto… sexuales. Aún así, no eran tan exageradas como las de Roma.

-Está decidido, no conoceré la ciudad hoy- afirmó el joven. Definitivamente, no pensaba salir ese día. ¿Para qué? Para encontrar personas ebrias en todas partes?

-Sería demasiado para un educado y culto egipcio- habló el ojiazul, con cierto tono de burla. Yami lo miró molesto, pero el castaño ni siquiera lo observó. En cambio, se levantó, dándole por segundos la espalda al menor, quien no se movió. -Mañana podrás conocer la ciudad. Por ahora, alístate. Me acompañarás a comer- afirmó el emperador. Yami lo miró entonces con cierta sorpresa. No había esperado aquella invitación. Bueno, en realidad había sonado más como una orden. De igual forma, sería la primera vez que se sentaría a comer al lado del romano.

-¿Alistarme en qué sentido?- preguntó sin embargo. ¿Debía verse bien por algún motivo? Porque fácilmente podía ir como estaba.

-Tres de los senadores estarán allí. No sé si será su caso, pero algunos de ellos no están contentos con tu llegada, aunque creo que eso ya lo sabes. Simplemente debes dar una buena impresión- explicó. El menor asintió, estando al parecer de acuerdo con el romano.

-Será fácil- afirmó. El ojiazul al fin lo miró, dándose la vuelta. El egipcio sonrió, levantándose de la cama y acercándose al emperador. -Si logré impresionar al emperador de Roma, de seguro les daré una buena impresión a esos hombres- susurró. El castaño alzó una ceja. ¿El egipcio lo había impresionado? No recordaba haber afirmado algo como eso. Pero nuevamente, de seguro el menor solo hablaba con sarcasmo.

-¿Y puedo saber de dónde sacaste esa idea?- preguntó. El menor rió, siempre con burla. Para sorpresa del ojiazul, o tal vez no tanta, el egipcio enredó sus brazos alrededor de su cuello, abrazándolo suavemente.

-Anoche lo dejaste muy en claro, mi Señor- susurró el joven, sus ojos carmesí no abandonando los azules del emperador. Rió de nuevo, al ver algo atravesar aquellos ojos. No sabía en realidad qué era, pero sí estaba seguro de que sus dos últimas palabras habían causado ese extraño brillo. Puesto que en realidad, esos dos grupos de letras habían sonado más como un gemido que como un... bueno, grupo de letras. Aún así, la única reacción del castaño fue aquella. Su semblante serio se mantuvo. Y si bien no se alejó del menor, tampoco correspondió el abrazo.

-¿Anoche? No recuerdo haber afirmado algo así- aseguró el soberano. Yami guardó silencio por solo unos segundos, puesto que se concentró en una acción, acercar su rostro al del rey. Y cuando estuvo a solo centímetros, se detuvo.

-Tal vez no lo afirmaste directamente, pero tus palabras fueron más que obvias. Los egipcios no son mentirosos, ¿recuerdas?- interrogó. El castaño rodó los ojos en señal de fastidio, al parecer no estando alegre de recordar sus propias palabras. Y la verdad, es que no lo estaba. A su parecer, se había comportado demasiado... cálido la noche anterior. Y definitivamente, su carácter frío le estaba pasando la cuenta en ese momento. -O tal vez piensas retractarte de esas palabras- habló el egipcio, al ver la mueca de ligero enojo en el rostro del rey. Sinceramente, no había esperado esa reacción. Se sintió algo inseguro entonces, pues cabía la posibilidad de haber arruinado el momento, como lo había hecho la noche anterior.

-Nunca me arrepiento de mis palabras- afirmó casi de inmediato el ojiazul. -Pero sin dudas hablé de más anoche- agregó. Yami alejó su rostro del emperador. En realidad no le agradaban las palabras del ojiazul, pero no podía decir nada al respecto. Sabía bien que su posición no era la de argumentar con el castaño. Lo último que necesitaba era el desagrado del rey. Al pensar en esto, recostó su cabeza contra el pecho del ojiazul, y se tragó las palabras de queja que deseaban salir. Por momentos cerró sus ojos, concentrándose en el sonido de la respiración del emperador y en la suave tela que cubría el pecho del mismo.

-No tiene nada de malo hablar de vez en cuando con el corazón y no con la mente- susurró. Notó entonces algo más, que ningún brazo rodeaba su cintura. El ojiazul aún se negaba a corresponder aquel abrazo. Suspiró, casi con resignación, y alzó la mirada, dejando en el proceso la comodidad que le brindaba el pecho del castaño. -Además- comenzó, dejando ver en su rostro una sonrisa que mostraba cierta picardía. -Si vamos a tener sexo una de estas noches tienes que abrirte aunque sea un poco conmigo, ¿no crees?- interrogó. El comentario sin embargo no ayudó mucho.

-No, en realidad no. El tener relaciones con alguien y el conocer a ese alguien son dos cosas distintas- aseguró con voz fría. Enseguida, Yami se separó del ojiazul. Lo miró, sus ojos mostrando verdadera indignación. Sin dudas, había entendido el doble sentido de aquel comentario. En ese momento, solo pudo odiar al castaño.

-Las únicas personas que no necesitas conocer para tener relaciones son las prostitutas- afirmó, y su rostro mostró ahora cierto enojo. -¿A tus ojos solo soy una prostituta?- preguntó. Procuró mantener un tono de voz suave, pues su mente aún le repetía que no debía de hacer enojar al romano.

-A mis ojos solo eres un obsequio de los reyes egipcios- habló el ojiazul, en sus ojos empezándose a asomar el enojo. -Un regalo que puedo rechazar si así lo deseo- agregó. El egipcio se quedó inmóvil, entendiendo ahora el significado de esas palabras. Se arrepintió de inmediato por haberle reclamado al ojiazul algo tan obvio. Claro que para el castaño él era una prostituta, un esclavo solamente. ¿Qué más podría ser él para el emperador? Era obvio que nada más que eso. Sintió desilusión al entender esto, pero enseguida la hizo a un lado. Pensó entonces en qué decir luego, en algo que pudiera calmar el ahora tenso ambiente.

-Es verdad, no debí de hacer esa pregunta- susurró, negándose a mirar al ojiazul. Odiaba mostrar sumisión, pero no tenía otra alternativa. -Iré a alistarme, si aún deseas que te acompañe- ofreció, intentando girar la conversación hacia otro tema. De reojo notó cómo el castaño volvía a sentarse en la cama. Él en cambio, no se movió.

-Hazlo- fue lo único que pronunció el rey. Escuchó luego al menor alejarse, y al alzar la mirada alcanzó a verlo perderse tras una puerta, que guiaba a una de las tantas habitaciones que estaban conectadas a esa, en la cual se encontraba en ese momento. Suspiró inconscientemente, dejando caer su rostro sobre las palmas de sus manos. -Perfecto, simplemente perfecto- susurró. Sin dudas había herido los sentimientos del egipcio. Eso sin embargo, no era lo que le preocupaba, sino el hecho de que en cierta forma se sentía culpable. No lo entendía. El príncipe era solo un regalo, no debía importarle. Podía fácilmente decirle cualquier cosa, por más humillante o hiriente que fuera, y el menor no podría defenderse. A menos claro, que se olvidara del asunto de salvar a su pueblo. Pero eso era muy seguro que jamás sucedería.

Además, no había mentido. El joven era solo una prostituta. ¿Qué más podía ser? Era obvio que los reyes egipcios habían mandado a Yami con ese objetivo, el de servirle sexualmente. No iban a mandarlo para que limpiara los pisos o para reemplazar al actual cocinero. Claro que no, y eso de seguro el menor lo sabía bien. Entonces, ¿por qué se había ofendido? A menos que...

Rió con sarcasmo, sintiéndose como un verdadero idiota por siquiera considerar esa opción. Los sentimientos como el cariño eran algo que sin dudas estaba fuera de discusión. El menor además había llegado pocos días atrás. No, ese era un tema estúpido en ese momento. El orgullo del joven era lo que estaba en juego, y eso era todo. Y no cualquier orgullo, sino el de un príncipe mimado. Nada peor que eso.

Bien, eso ya lo había resuelto. Ahora, solo faltaba encontrar la razón del por qué sentía cierta culpa. No era mucha, pero sin dudas estaba allí. La noche anterior también la había sentido, después de haber golpeado al joven.

-Nada malo dije, solo la verdad. Es estúpido sentir culpa- susurró entonces. Alejó al fin su rostro de sus manos, y simplemente se concentró en mirar una de las paredes cercanas. Su semblante se notaba frío, y tal vez aún algo pensativo. Sí, era ilógico sentir culpa. Gracias a ésta conclusión, logró al fin hacer la culpa a un lado, con algo de dificultad.

Así que, cuando los pensamientos por resolver terminaron, simplemente miró con ojos perdidos aquella aburrida pared, la cual sin dudas no tenía nada interesante que decir. Por unos segundos, miró de reojo a uno de los esclavos. Cómo podían estar ahí parados e inmóviles todo el día, no lo sabía. A veces hasta parecían no pestañar. Sí, sería algo extraño tener a tres personas en su habitación todo el tiempo, pero en éste caso, no eran personas, sino simples esclavos. Así que su presencia era igual o de menor importancia que la de las paredes. Tres esclavos, dos varones y una mujer. Ésta última había seguido al príncipe, tal vez con el objetivo de ayudarlo a alistarse. Los otros se encontraban en dos esquinas diferentes, mirando al suelo con vacíos ojos. Que miserable vida tenían esos seres.

Alzó de pronto la mirada, alejándola de los esclavos. Miró a su derecha, al escuchar pasos que se acercaban.

Y no pudo hacer otra cosa más que admirar a quien se acercaba. La belleza natural del príncipe, quien era la persona que caminaba hacia él, estaba resaltada aún más por el suave pero presente maquillaje. Los ojos carmesí, rodeados por un tinte negro, no hacían más que pedir a gritos atención, una atención muy bien merecida. El cabello del joven lucía extrañamente más suave, y poseía un brillo atractivo. De las orejas del egipcio, colgaban dos largos aretes de oro. Collares, ésta vez de oro y esmeraldas cubrían su descubierto pecho. Y un faldellín, blanco con una cinta roja que se enredaba en la delgada cintura del menor, era la única vestimenta que lucía el joven. Y por último, sandalias decoraban sus pies.

La vista era hermosa, pues el egipcio era bello, eso no había forma de negarlo.

Y a la mente del castaño vino un pensamiento. Era curioso que cada vez que miraba al joven, se sorprendiera por la belleza de éste. Debería haberse acostumbrado ya al físico del menor. Pero no, cada vez que ponía sus ojos en el egipcio, era como observar un paisaje nuevo.

-Ya estoy listo- anunció el príncipe, al estar ya frente al ojiazul. Éste de inmediato notó un brillo extraño en los ojos del menor. Un brillo que definitivamente no era algo positivo. Supo así qué le sucedía al joven. Era obvio que aún estaba molesto, o tal vez herido, no lo sabía, por las palabras que le había dirigido minutos atrás.

Por unos segundos, una mueca de fastidio inundó su rostro. Luego, sin embargo, suspiró y se puso en pie. Al haber visto aquella pequeña muestra de tristeza, que el egipcio sin dudas intentaba ocultar, aquel sentimiento de culpa había vuelto. Perfecto, solo eso le faltaba. Pensó entonces en decir algo, nada de disculpas claro, pero algo que subliminalmente le diera algo de tranquilidad al menor. No debía hacerlo, aún así, no deseaba ver al menor haciendo muecas de molestia todo el día. Y sobre todo, no quería verlo actuar de forma sumisa, como sucedía en ese momento. Al parecer ya se había acostumbrado al carácter competitivo del egipcio.

-Si a mis ojos fueras prostituta, habría tenido relaciones contigo la noche en la que llegaste. Y además, habrías regresado a Egipto al siguiente día- Por fin habló. Ahora, solo faltaba ver si Yami entendía el verdadero significado de aquellas palabras. Debía admitirlo, él no veía al menor como una simple prostituta. Lo veía como lo que en verdad era... un príncipe. Sí, el joven había llegado allí para jugar el papel de una concubina y de cierta forma era un esclavo ahora, pero él no podía verlo como tal. Además, si le agradaba, por así decirlo, el carácter arrogante y nada sumiso del menor, era por eso mismo, porque lo veía como un príncipe.

Y el menor mostró al fin la primera reacción ante el comentario. Al parecer entendió el mensaje, puesto que sonrió ligeramente, y aquel extraño brillo que inundaba sus ojos desapareció en tan solo segundos.

Se acercó luego al ojiazul, y de nuevo enredó sus brazos alrededor del cuello de éste.

-Te lo agradezco- susurró. Así que podía decirse que el castaño se preocupaba. Perfecto, era una buena noticia sin dudas. Las cosas parecían ir mejorando, y si seguían así, tal vez de verdad podría salvar a su pueblo. Suspiró entonces, recostando su cabeza contra el pecho del emperador, como lo había hecho minutos atrás. Extrañamente, no le gustaba pensar ya en eso. Le disgustaba recordar que estaba allí por una 'misión'. No entendía por qué, podía ser porque sonaba algo... No sabía en realidad como denominarlo.

-Y los senadores te agradecerán si decides soltarme para así podernos ir- habló el ojiazul. Eran verdad sus palabras, puesto que los pobres hombres no podían probar bocado hasta que él llegara.

-Pero estoy muy cómodo ahora, Seto- respondió el menor, al parecer sintiendo de nuevo confianza para llamar al ojiazul por su nombre. Alejó unos centímetros su rostro del pecho del más alto, y se acercó al cuello de éste. Allí dejó un par de suaves besos. Después de esto, apartó de nuevo su rostro. Ésta vez, lo acercó al del castaño. Terminó entonces juntando sus labios con los del rey. Solo los tocó levemente, y se alejó, para luego volver a repetir la acción.

Pero para su sorpresa, cuando besó por segunda vez al emperador, éste lo aprisionó, rodeando con sus brazos su delgada cintura. Gimió muy levemente, al no haber esperado encontrarse de pronto en los brazos del más alto. Solo pudo entonces llevar su mano derecha al cabello del ojiazul. Acarició aquellos mechones, cerrando sus ojos y dejándose llevar por aquel momento.

La lengua del ojiazul tocando su labio inferior lo hizo abrir su dulce boca. Por unos segundos, simplemente dejó que aquella intrusa explorara sus alrededores. Luego de éste tiempo, decidió corresponder la caricia, uniendo su lengua con la del rey. Ambas batallaron, bailando por momentos a un son lento pero más que tentador. Una silenciosa melodía que pronto fue aumentando su ritmo.

Pero el aire era necio y los obligó a separarse. El egipcio colocó su frente contra la del ojiazul, intentando así estabilizar su respiración. Lo logró en poca medida, puesto que de pronto, el emperador de nuevo atrapó sus labios, ésta vez con algo más de fuerza. De hecho, el menor ejerció un poco más de fuerza en su agarre alrededor del cuello del más alto, con el objetivo de no perder el equilibrio.

Y de nuevo sus lenguas se unieron, bailando ahora con más euforia.

El menor sintió un leve calor empezar a inundar sus mejillas. Definitivamente no había esperado aquello. Había pensado besar un par de veces al castaño, para después salir de ahí con él. Solamente eso. Y de pronto se encontraba en esa situación. Aunque bueno, no podía quejarse.

Un gemido proveniente de su garganta interrumpió sus pensamientos. Tembló, al sentir al emperador tomar su labio inferior. Durante ésta acción, sintió cómo el más alto lo empujaba muy levemente. Pensando que simplemente era algo sin intención alguna, se dejó llevar. Dos pasos dio hacia atrás, y dos pasos dio el romano hacia adelante.

Y de nuevo se separaron. Por unos segundos, los ojos carmesí del egipcio observaron los azules del rey. No se escucharon palabras, solo las respiraciones de ambos, las cuales estaban algo agitadas.

El príncipe realizó un primer movimiento. Alejó sus brazos del cuello del ojiazul y los bajó, dejándolos ambos contra los lados de su pecho. Sus manos se colocaron ahora contra la toga del romano, sobre el pecho del castaño. Durante éste tiempo, se negó a alejar su mirada de la del soberano.

Segundos pasaron, pocos sin dudas, antes de que el rey de nuevo capturara los labios del menor. Lo hizo ésta vez con más fuerza, empujando al menor en el proceso. Y al parecer, fue a propósito. El egipcio de inmediato perdió el equilibrio, puesto que sus brazos se habían alejado de la segura posición en el cuello del más alto. El beso terminó rápidamente. De inmediato, al caer hacia atrás, pensó que el golpe sería duro. La confusión lo inundó sin embargo, al caer contra algo... extrañamente suave.

Por unos segundos, simplemente se concentró en parpadear. Luego, reaccionó al fin, mirando a un lado, y moviendo sus manos, sorprendiéndose al notar que entre ellas atrapaba parte de las blancas sábanas. Sin duda alguna, había caído sobre la cama.

Alzó entonces la mirada, encontrando al ojiazul aún de pie frente a él. Su rostro mostraba aquella típica mueca de burla, una sonrisa casi torcida. Rodó así los ojos, sintiendo indignación.

-No es gracioso- habló. En realidad, no le interesaba que el ojiazul se burlara, lo que le preocupaba un poco era estar en aquella comprometedora situación, es decir, él estaba acostado sobre la cama, y el emperador se encontraba frente a él. Y al parecer, el romano había planeado terminar así desde tiempo atrás. Esto no hizo otra cosa más que preocuparlo.

-Para mí lo es- contestó el soberano. El menor rodó los ojos en señal de fastidio. Pero el fastidio duró poco, pues de pronto, una acción lo dejó inmóvil.

El soberano se encontró encima suyo en medio segundo. Sus manos estaban atrapadas ahora, ambas colocadas al nivel de su cabeza. Estaban por último entrelazadas con las del ojiazul. Solo pudo mirarlo entonces, esperando que aquella situación no llegara a más.

Pero una nueva sorpresa, cuando el ojiazul repentinamente se inclinó y lo besó con fuerza. Al principio, Yami se dejó llevar, su mente confusa aún no aclarando del todo la situación. Pero cuando la sorpresa acabó, un pensamiento lo inundó. ¿Qué se supone que sucedería luego?

Un leve gemido interrumpió aquella pregunta. Abrió su boca entonces, pues el ojiazul había mordido ligeramente su labio inferior. De nuevo se dejó llevar, liberando sus manos, lo cual no costó trabajo pues el castaño no opuso resistencia, y colocándolas en el cabello del emperador. Dejó al más alto explorar su boca, manteniendo siempre sus ojos cerrados.

Y entonces, volvió aquel pensamiento. Sintió de pronto inseguridad, pues la situación no ayudaba mucho. Es decir, se encontraba sobre una cama, con el romano encima de él, literalmente. Acaso iban a terminar...

No, aún no. No podía arriesgarse.

Por segunda vez, a su mente acudió una interrupción. El ojiazul se separó, terminando con el beso. Por unos momentos, lo miró detenidamente. El menor no dijo nada, pues en realidad ni siquiera tenía en claro sus propios pensamientos.

Así que el rey continuó con sus acciones. Bajó su rostro unos centímetros, hasta llegar al cuello del egipcio. Y besó la suave piel.

El cuerpo del menor se tensó de inmediato. Debía terminar con esa situación. Por lo visto, el castaño no tenía intenciones de detenerse. Pero era muy pronto, demasiado pronto. Sí, debía hacer algo. Pero... ¿qué?

Se mordió el labio. En parte, no deseaba salir de esa situación. Pues debía admitir que le gustaban aquellas caricias del ojiazul contra su cuello. Pero de nuevo, era muy pronto.

Abrió su boca, pensando en decir algo para detener el momento. Pero en cambio, un gemido, más alto que los demás, escapó.

-Seto- Cerró sus ojos, dejando escapar aquel nombre entre el elevado gemido. El rey de nuevo había mordido su cuello, y ahora succionaba ligeramente la lastimada piel. Ahora sí iba a dejarle una vistosa marca.

Pero antes de que pudiera retomar sus acciones para detener esa situación, el emperador se alejó... por completo. Se puso en pie, dándole al fin algo de espacio al menor. El egipcio solo pudo tomar aire, pues sin notarlo se le había acabado segundos atrás. Alzó la mirada mientras tanto, la confusión notándose en su rostro. No entendía por qué el castaño se había alejado de pronto. Aunque sin dudas, se sentía más aliviado. Por unos momentos, simplemente miró al ojiazul, quien también lo miraba, su semblante serio ahora.

-Vámonos ya- ordenó de pronto, dándose la vuelta. El egipcio solo pudo parpadear confundido, no entendiendo el repentino cambio de eventos. Se sentó en la cama, cuando al fin logró estabilizar su respiración.

-¿Qué se supone que significó eso?- preguntó al fin. Era obvio que se refería a la anterior situación. El ojiazul se volteó, mirándolo como si el menor hubiera hecho la pregunta más estúpida de todas.

-Terminé con lo que había empezado cuando a Mokuba se le ocurrió interrumpirnos- explicó, como si fuera algo más que obvio. Yami se mantuvo en silencio por unos segundos. En realidad, tenía ganas de reír ahora. Así que las intenciones del romano solo habían sido esas. Al parecer, era él el mal pensado. Negó ligeramente con la cabeza, al parecer con resignación. Y luego, se levantó.

-Vamos- habló. El ojiazul no dijo nada entonces, simplemente se dio la vuelta nuevamente. Y sin avisar, comenzó a caminar. El menor lo siguió, no queriendo quedarse atrás.

En solo segundos, salieron de la habitación. El egipcio procuró mantenerse detrás del romano. No quería ir al lado de éste, por el simple hecho de que no sabía si el ojiazul estaría cómodo con ello. Después de todo, y fuera como fuera, su posición allí era inferior a la del castaño. Así que se concentró en seguirle el paso, pero también en mirar sus alrededores, los cuales ya le eran algo familiares.

Sí, se había tomado algún tiempo para recorrer aquellos pasillos. Claro, cuando el emperador estaba ausente, cumpliendo con sus deberes. Simplemente le quitaba el aburrimiento.

Aquel lugar era grande, eso ya lo había comprobado. La decoración era extraña, muy diferente a la de su tierra. Aunque bueno, en general todo allí era diferente; la música, la manera de vestir, las festividades, todo en realidad. Definitivamente, la cultura no era la misma.

Pero en fin...

Detuvo sus pensamientos, al chocar contra algo... o alguien. Por unos segundos sintió confusión, pero pronto levantó la mirada para ver con quien había chocado. Y se encontró de frente con el emperador, quien lo miraba con una ceja alzada, esperando al parecer una respuesta. Una respuesta, que sin dudas no conocía, puesto que ni siquiera había escuchado la pregunta.

-¿Necesitas algo?- preguntó entonces. El castaño rodó los ojos, al parecer sintiendo fastidio al notar que el menor no estaba prestando atención. Sin embargo, no hizo comentario al respecto, tal vez para no molestarse más.

-Los esclavos caminan detrás de sus amos. Procura no actuar como uno- ordenó. Yami lo miró con cierta sorpresa, que intentó de inmediato esconder. El ojiazul sin embargo pareció notarla, pues la casi invisible sonrisa sarcástica fue prueba de ello. -Y también procura no imitar a un sordo- agregó.

Yami rodó los ojos, de nuevo sintiendo indignación.

-Claro- afirmó sin embargo, sarcásticamente. Prosiguió luego con su camino, no importándole si dejaba al castaño atrás. De todos modos, el rey no se iba a perder o algo así. Aunque sin dudas, le encantaría que esto pasara. El castaño simplemente era demasiado... molesto.

Para su gran desilusión, su deseo no se cumplió, pues pronto el ojiazul caminaba a su lado. Lo miró con fastidio, notando de inmediato que el rey se concentraba en el camino y no en él. Y como siempre, su semblante serio estaba presente. Era impresionante como en un momento aquella seriedad podía aparecer. Como un muro de hielo que en segundos era construido.

Siguió mirando al más alto, simplemente perdiéndose en sus pensamientos. Pronto, una acción lo obligó a mover su mano, hasta tocar la del soberano. Y por fin una reacción. El ojiazul volvió su mirada hacia el egipcio, al parecer cuestionando la última acción del menor.

-No quiero perderme, Majestad- afirmó. No hablaba enserio claro, solamente dijo lo primero que se le vino a la mente. Un pequeño sarcasmo de su parte, dirigido hacia el 'rey de los sarcasmos'.

-Claro- repitió el ojiazul la misma respuesta del egipcio, la cual había dado momentos atrás. Yami rodó de nuevo los ojos, pero mantuvo su mano entrelazada con la del castaño. No había esperado que el castaño aceptara caminar de la mano con él, de hecho solo había realizado ése movimiento para molestarlo. Pero debía admitir, que no se sentía mal sentir ese leve toque mientras caminaba.

Después de esto, hubo silencio. Solo se escuchaban los pasos de ambos, los cuales resonaban por los pasillos, anunciando presencia a quienes se acercaran.

Yami se concentró nuevamente en mirar sus alrededores. Ésa sección del lugar aún no la conocía bien, por lo que intentaba memorizar cada detalle. Paredes, estatuas, cualquier cosa que pudiera hacerle recordar aquel camino. En realidad, había mucho que ver. Cada cierto tiempo, las paredes del pasillo desaparecían, para mostrar ya fueran puertas o zonas abiertas.

Una de esas 'zonas abiertas', le pareció de pronto demasiado... abierta. Al mirar aquel pequeño jardín, solo pudo detenerse en seco, parpadeando sin creer en realidad lo que veía. Todo parecía estar en orden, las bellas flores que decoraban el lugar se movían al ritmo que marcaba el viento, el cual se asomaba a veces, dando a conocer su presencia. Las estatuas, inmóviles como siempre, parecían observar lo que sucedía en una de las esquinas del lugar.

El emperador, por otra parte, no tuvo más opción que detenerse también, pues su mano aún estaba entrelazada con la del menor. Miró a Yami, esperando encontrar la razón por la cual el joven había decidido terminar con su camino. Lo que encontró solamente, fue un notable sonrojo en las mejillas del egipcio. Alzó una ceja, no entendiendo la situación. Si bien ya había visto al joven sonrojarse, ésta vez el tinte que pintaba su rostro era más fuerte.

Un ruido le interrumpió los pensamientos. Rodó los ojos, solo eran gemidos...

Un minuto, ¿gemidos?

Alzó la mirada, en su rostro notándose de inmediato el fastidio. Pronto, sin embargo, una nueva expresión, de cierta burla. Así que por esa razón el menor se había sonrojado.

-¿Disfrutas del espectáculo?- preguntó, sobresaltando al menor, quien dio un ligero salto. Sus ojos carmesí se enfocaron así en el castaño.

-¿Eso... sucede muy a menudo?- interrogó, refiriéndose claro a aquello que le había hecho sonrojar. Por unos segundos, miró de nuevo el jardín. Y más específicamente, los dos cuerpos que se movían uno contra otro. Una mujer y un hombre, desnudos ambos, y el sexo de por medio. De ahí, claro estaba, provenían los gemidos.

-Todo el tiempo. Te acostumbrarás fácilmente- afirmó el ojiazul. Yami asintió, no sintiéndose muy seguro en realidad. ¿Acostumbrarse a eso? No creía poder hacerlo. Pero bueno, era tan sencillo como simplemente ignorarlo, aunque con esos gritos sería difícil hacerlo. Alejó de inmediato su mirada al pensar en esto, y en cambio, comenzó a caminar nuevamente. Definitivamente no le interesaba seguir mirando aquella escena.

-Vamos- le dijo al ojiazul. No recibió respuesta, pero pronto el castaño caminó también. Y así en segundos se alejaron al fin de aquel lugar.

Por unos minutos, de nuevo hubo silencio. Pero pronto, el egipcio terminó con él.

-Si eso es común aquí...- se detuvo. En realidad, no sabía cómo preguntarlo. Era solamente por simple curiosidad, y por saber claro a qué debía atenerse de ahora en adelante. -¿Lo has hecho?- De inmediato notó el semblante del ojiazul, el cual le daba una clara respuesta. Claro, la respuesta a esa pregunta jamás sería un 'no'. -Es decir, es obvio que lo has hecho pero... ¿en un lugar como ese? ¿Público?- Se sintió como un tonto de inmediato, pues no tenía claro cómo hacer que aquella interrogante sonara bien.

-¿Y para qué quieres saber?- preguntó el ojiazul. Sin dudas la burla estaba presente en su voz, aunque ésta ya no le molestó al menor. Al parecer, se estaba acostumbrando a ella.

-Para estar seguro de que si estoy en un jardín contigo, no me saltes encima de pronto- Sarcasmo claramente, más una expresión del egipcio, quien rodó los ojos. Miró luego al castaño, notando cómo éste solo miraba hacia adelante.

-Cama, piso, baño, balcón... no, el jardín aún no está en la lista. Aunque el balcón se acerca- Después de ésta afirmación, el ojiazul al fin miró al menor. Sus ojos destellaban burla, lo cual nuevamente no era nada extraño.

-¿Y eso es verdad o solo quieres molestarme?- interrogó el menor. No había podido distinguir el objetivo de aquel comentario. No le sorprendería si era verdad claro, pues se trataba de un romano. Más bien, le extrañaría si no lo fuera.

-Es verdad, y si te molestó es un punto extra- Yami rodó los ojos por enésima vez. ¿Era tan gracioso para el castaño arruinarle la existencia con aquellos comentarios? Al parecer lo era. Por unos segundos, se enfocó en repetirse en su mente lo molesto que era el ojiazul. Pronto, sin embargo, sus pensamientos cambiaron. Así que el rey era como cualquier otro romano. Que interesante detalle, aunque sin dudas no le sorprendía. Después de todo, detrás de ese semblante frío y serio, se encontraba un simple hombre. Rió ligeramente, al menos sabía ya que el emperador no era de piedra.

-Llegamos- Alzó la mirada, pues sin darse cuenta la había enfocado en el suelo. Lo primero que notó fueron las grandes puertas, que en ese momento se encontraban cerradas. -Procura comportarte como se debe-

-¿Cómo se debe? Nada de bailes, entonces?- respondió. El castaño, quien tenía su mano sobre la superficie de una de las dos puertas, miró de reojo al menor.

-Nada de esa... naturaleza- afirmó. Yami fingió así una mueca de decepción.

-Es una lástima, pues pensaba dar un buen espectáculo allí dentro- contestó con sarcasmo. Ésta vez, fue el ojiazul quien rodó los ojos. Y sin decir más, colocando ahora su otra mano sobre la segunda puerta, abrió ambas puertas.

Yami miró al frente, pues sus ojos se habían concentrado en el castaño. Observó al fin lo que se encontraba tras las puertas. Conocía ese lugar, después de todo, con o sin el emperador, también tenía que comer. Sin embargo, había algo que hacía que el salón luciera diferente. No eran las coloridas paredes inundadas de diseños, ni el extraño comedor, tan diferente a los acostumbrados en Egipto. Eran las cuatro personas que se encontraban allí, acostadas sobre las, a su punto de vista extrañas, sillas. Bueno, no eran en realidad sillas, más bien parecían ser camas. Tres de ellas, colocadas alrededor de una mesa. Eso, en Roma, era la idea de un comedor.

Pero eso ya lo sabía. En la primera mañana lo había descubierto. Lo que no sabía, o conocía mejor dicho, era a aquellas personas. Las miró entonces, procurando memorizar cada facción. Tres hombres, dos de ellos aún de apariencia joven y un tercero de avanzada edad, y una mujer. La observó por segundos. Era hermosa sin dudas, de rostro suave y perfecto. Ojos verdes y profundos, labios gruesos pero sin exagerar, un negro cabello rizado recogido en un moño alto. Y oro, lucía aretes de oro, largos que le embellecían aún más el rostro, y collares del mismo material. Su edad, tal vez entre los veinticinco y los treinta. Y por último, vestía un simple pero fino vestido blanco. En ese momento, se encontraba al lado de uno de los hombres, de tal vez cuarenta y tantos años, de cabellos castaños claros, casi semejantes a un tono rubio, y ojos cafés o negros. En realidad esto último no podía confirmarlo debido a la distancia. Lo que si podía ver, era que ambos, el hombre y ella, estaban acostados, apoyando sus cabezas sobre sus brazos izquierdos.

Salió de su pequeña inspección cuando notó que el emperador se movía. Lo siguió entonces, acercándose ambos a la mesa. Aún quedaba un 'asiento' libre, el cual era lo suficientemente espacioso como para recibir a dos personas. Esto significó claro, que el ojiazul se sentó a un lado, y el egipcio al otro.

El egipcio apoyó su cabeza sobre su brazo, sabiendo ya que así debía comer. La posición a su punto de vista era incómoda, pero no podía quejarse.

-Espero que su sueño haya sido tranquilo, Señor- Yami miró a quien había hablado. Se encontraba en el asiento al lado derecho. Al parecer, las palabras habían salido de la boca del de avanzada edad y cabello cano. Lo observó por segundos, concentrándose luego en el otro adulto, el cual estaba acostado cerca de quien había hablado. Éste último también aparentaba unos cuarenta años, pero su cabello era negro al igual que sus ojos. Para su alivio, ninguno de aquellos hombres eran quienes lo habían golpeado días atrás.

-Lo fue- respondió el rey. Después de esto, hizo un movimiento, ligero, pero que logró hacer que el egipcio lo mirara. -¿No piensas presentarte?- preguntó. Yami solo lo miró confundido. No sabía que debía presentarse a sí mismo, pensaba que el ojiazul lo haría por él. Asintió sin embargo, pues no podía negarse. Miró así a los demás presentes.

-Mis disculpas. Mi nombre es Yami Atemu, príncipe de Egipto- habló.

-Un placer, príncipe- habló quien estaba al lado de la mujer, en el asiento que estaba frente al egipcio. -Mi nombre es Octavio- se presentó, mirando luego al hombre de edad avanzada. -Él es Lucio- Miró después al otro varón. -Filipo- Y así, miró a la mujer. -Y ella es mi esposa, Minerva- finalizó. La mujer sonrió, dirigiendo su vista al egipcio.

-Si me permite decirlo, posee unos ojos hermosos, príncipe- habló de pronto la mujer, su femenina voz llenando la habitación entera. El egipcio de inmediato pensó en agradecer el comentario, pero al abrir su boca, un ruido lo detuvo. Era el típico sonido de la risa al ser escondida tras la tos. En palabras simples, alguien intentaba esconder un par de carcajadas.

Pero eso en realidad, no le sorprendió. Lo que si le tomó por sorpresa, fue saber quien tosía.

-Al parecer mi garganta está algo seca- Yami solo miró con confusión al emperador, quien en ese momento se limitó a mirar a uno de los esclavos. -Trae el vino y la comida- ordenó. El mísero ser asintió, caminando luego con rapidez fuera del lugar.

Yami no alejó sus ojos del castaño. Era obvio que aquella tos no la había causado una 'garganta seca'. No debía importarle, pero simplemente se le hacía curiosa la reacción del ojiazul. ¿Por qué le pareció gracioso el comentario? A menos claro, que la risa escondida fuera solo producto del sarcasmo. Pensó así en hacerle aquella pregunta al castaño, pero al final optó por guardar silencio. Después podría sacar el tema.

Pronto, además, esos pensamientos fueron interrumpidos. Miró así a la mujer.

-Por cierto, le agradezco el comentario- habló. Por culpa del rey, había olvidado agradecer a la mujer.

-No es nada, príncipe- contestó la mujer, sonriéndole de manera... un tanto fingida. El menor lo notó de inmediato, pero procuró no darle importancia. Igual, no podía hacer nada al respecto.

Hubo silencio después de esto. Lo único que se escuchó, fueron los pasos de uno de los esclavos, el cual traía en sus manos una bandeja con vasos de vidrio, cada uno de ellos lleno con un líquido oscuro. Vino, claro estaba. El joven esclavo se acercó, tomando uno por uno los vasos, y colocándolos con cuidado en la mesa. Definitivamente, se notaba a simple vista que le aterraba el siquiera pensar en quebrar algunos de esos objetos. Pronto, sin embargo, el peligro pasó. Al haber colocado los vasos en su lugar, el joven al fin pudo alejarse, tal vez sintiendo alivio, no había manera de saberlo.

El ojiazul fue el primero en tomar su vaso. Los demás lo hicieron casi al mismo tiempo. Yami también tomó el suyo, utilizando la mano que tenía libre. La verdad no deseaba tomar aquel líquido. Nunca lo había probado, ni le emocionaba la idea de hacerlo. Tal vez lo haría en algunos minutos, despacio claro para evitar cualquier reacción... contraproducente.

-Señor, hay algo que deseo consultarle- habló de pronto el presente de mayor edad.

-Adelante- respondió el ojiazul. Alzó el vaso, llevándolo hasta sus labios. Y tomó así un poco del líquido oscuro. Cuando volvió a bajar el objeto, notó cómo alguien lo observaba fijamente. Alzó la mirada, no dudando en encarar a esa persona. Y solo pudo alzar una ceja al ver a la mujer sonreírle con cierta picardía.

-El Senado ha decidido tomar medidas contra estas... sucias fiestas- El castaño alejó por unos segundos su mirada de la mujer.

-Y el término 'sucias fiestas' se refiere a las bacanales, supongo- afirmó. El hombre asintió.

-Precisamente. Creemos que la religión no debe ser usada como excusa para realizar éste tipo de 'festividades'-

-Así que...-

-Pensamos emitir una ley que prohíba las bacanales- finalizó al fin. Ésta afirmación llamó la atención del egipcio, quien no pudo encontrarle sentido a las palabras del hombre. Después de todo, estaban en Roma. Se supone que nadie allí era... conservador.

-Pero... son romanos- se atrevió a decir el de ojos carmesí. Si bien no finalizó la oración, el significado era más que claro. Y al parecer fue entendido fácilmente, pues uno de los hombres, el que estaba al lado de la mujer, rió durante algunos segundos.

-Eso es exactamente lo que causan esas festividades. Muy mala fama- afirmó.

-Si eso es lo que quieren, necesitan una mayoría de votos, no mi aprobación- interrumpió el emperador.

-Lo sabemos, Señor. Pero de todas formas queremos contar con su opinión- habló el tercer hombre, quien hasta entonces se había mantenido en silencio. El castaño pareció meditar lo que diría luego. Bueno, al menos esos tres no parecían estar en contra de su decisión con respecto a Egipto. Era un alivio que al menos una parte del Senado estuviera 'de su parte', por decirlo de alguna forma. Pero ese no era el tema en discusión. Debía admitir que el asunto de las bacanales no le molestaba pero tampoco le gustaba. Simplemente procuraba siempre mantenerse a distancia de ese tema.

Alzó la mirada, con el objetivo de hablar. Pero de nuevo, notó que alguien lo observaba. Miró a la mujer, quien de nuevo le sonrió. Ésta vez, no alejó su mirada de aquellos ojos verdes. Aún mirándolos, habló.

-Si bien esas fiestas no son asuntos míos, no estoy en contra de que sean prohibidas. Si quieren decretar esa ley, adelante- finalizó. Aunque no estaba a favor, tampoco estaba en contra. A su punto de vista el tema le era irrelevante. Pero si a los miembros del Senado les molestaba, que hicieran lo que quisieran. Después de todo, para eso estaban.

Ahora, resuelto ese asunto, debía encargarse del otro, el cual tomaba un sorbo de vino en ese momento. Al terminar, la mujer apartó el vaso de su boca y pasó su lengua por sus labios, supuestamente limpiándolos del vino.

Y por seguir mirándola, el ojiazul no se percató que alguien más había notado el pequeño 'juego de miradas'.

Yami sentía enojo en ese momento. Enojo e indignación. El emperador no le quitaba la mirada de encima a esa mujer, quien no dejaba sonreírle de manera extraña. De hecho, la actitud de la joven le recordaba exactamente a la suya propia, cada vez que intentaba seducir al castaño. Al realizar ésta comparación, solo pudo apretar los puños.

No estaba celoso, claro que no. Si el rey quería terminar en la cama o donde fuera con esa mujer, poco le importaba. Lo que sí le molestaba, era que en ese momento era él quien necesitaba tener toda la atención del ojiazul. Para eso estaba allí. Lo último que quería era que el emperador olvidara por completo su existencia. No, no podía dejar que alguien más interfiriera. Cuando el romano tomara su decisión, ya no tendría que preocuparse. Pero aún no la había tomado.

Solo por esa razón se sentía molesto con aquella situación. Sí, ya había admitido que sentía algo especial por el castaño, y además, ya había descubierto qué era ese algo. Simplemente interés físico. Del ojiazul no veía más que su exterior. Con el soberano compartía besos solamente, no suaves palabras. Así había llegado a esa conclusión. Todo era físico, todo se reducía a eso. Así que los celos no jugaban partida en ese momento.

Se mordió el labio, intentando no ir y ahorcar a la joven. Debía hacer algo, cualquier cosa para recuperar la atención del ojiazul.

¿Pero qué?

Mientras pensaba en la respuesta a ésta interrogante, el castaño miraba hacia la pared. Sabía que la mujer aún lo observaba. Que lo hiciera, no le importaba. Después de todo, ya se había acostumbrado.

Minerva, ¿qué podía decir de esa mujer? Que tenía un físico atractivo, ojos llamativos, y que besaba como vaca. Sonrió con burla. De verdad, compadecía al esposo de aquella joven. En realidad, una semana atrás no había pensado lo mismo. El beso que había compartido con aquella mujer tiempo atrás, no le había disgustado. Ahora en cambio, la historia era otra. Porque, curiosamente y aunque le costara admitirlo, besar a Yami había cambiado por completo su opinión. Los suaves labios del menor eran simplemente perfectos, frágiles y delgados como los pétalos de una flor. Y el dulce pero exótico sabor de su boca era único. Sin dudas, los besos que compartía con el egipcio eran diferentes, mucho mejores que cualquier otro.

-Emperador- Dirigió su mirada al menor. Se encontró así con aquellos bellos ojos carmesí. -¿Podría salir un momento?- preguntó el príncipe. El rey de inmediato notó rasgos de enojo en la voz del joven. Y sonrió mentalmente, conociendo la razón detrás de aquella furia. Para comprobar su hipótesis, miró de reojo a la mujer. Y solo pudo sonreír al ver la llama en los ojos del menor arder aún más. Así que el pequeño príncipe estaba celoso.

-¿No vas a comer?- preguntó. Pronto traerían la comida, así que si el egipcio se retiraba, se perdería de ella.

-Solo será un momento- insistió el menor. Era notable que intentaba disfrazar su enojo.

-Como quieras- finalizó el rey. Yami asintió. No dudó en ponerse en pie luego, terminando por mirar a los demás presentes.

-Permiso- fue todo lo que dijo, antes de caminar a paso levemente apresurado fuera del lugar. En el camino, cerró los puños. Aún sentía enojo, pero su atención se concentraba en la manera de ganarse la completa atención del castaño. Conocía la manera de hacerlo, y la pondría en práctica sin dudas. Sí, el castaño le había advertido que no debía de hacer nada indebido, pero después de lo sucedido, poco le importaba aquella advertencia. Además, no creía que a aquellos hombres les molestara un pequeño espectáculo. Porque pensaba dar uno, y muy bueno.

Uno mucho mejor que una simple danza...


Magi: un nuevo-viejo capítulo xD En realidad no le añadí mucho a este. Me pareció que no necesitaba agregarle más detalles. Intentaré no tardar mucho en subir el siguiente capítulo. Quiero llegar al 20 pronto para poder avanzar y espero, terminar el fic. Ya no faltaba mucho para el final de todas formas. Aunque de seguro me dará tristeza cuando lo termine xD Pero ya vendrá otro fic… supongo O.o

Agradecimientos a Natsuhi-san, sayori sakura, moonylupina, niko-chan, Azula1991, BlackCat, Elsa Agabo, Atami no Tsuki, yoyuki88 y mariANA por sus reviews! Gracias por dejar comentarios a pesar de que la mayoría ya leyó estos capítulos. Me animan a seguir con este fic n.n

Nos vemos en el siguiente capítulo.

Ja ne!