Flor de loto

Capítulo 6

Enojo e indignación. Su solo caminar demostraba aquellas emociones. Además de esto, había otro sentimiento muy escondido en su mente. Le costaba de sobremanera admitirlo, pero en su mente se ocultaba cierto temor e inseguridad.

No podía darse el lujo de perder la atención del emperador; simplemente no estaba en sus posibilidades.

Los celos no eran quienes le pedían ahora a gritos recuperar el completo aprecio del rey, sino el pensamiento y la misión de salvar a su pueblo. Sí, sabía que pensaba en su pueblo de manera exagerada. Pero después de todo, solo por esa razón estaba allí.

Por unos segundos, recordó a aquella mujer de ojos verdes, Minerva. Su sangre hirvió al mirar su femenina imagen. Ahora, gracias a esa ella, debía sufrir otra enorme humillación. Sí, la mujer era atractiva, tal vez demasiado. Pero aún así, no podía dejar que el emperador se olvidara de su existencia.

"Solo dale un poco de sexo, eso atraerá su atención" le comunicó una pequeña voz oculta en un rincón de su mente.

El príncipe suspiró. Aquel pensamiento dándole un ligero escalofrío.

No quería tener sexo aún, no lo deseaba. Pero si estaba perdiendo la atención del castaño, esa era la única solución... ¿cierto? ¿Qué mejor opción para complacer a un romano que el sexo?

Se mordió el labio. Con el emperador ya había compartido besos, y nada inocentes. Además, el gobernante ya lo había visto hasta desnudo... Pero, ¿sexo? Esa era una palabra mayor, gigantesca a su punto de vista.

-Vine aquí sabiendo que terminaría en la cama con el emperador... ¿por qué ahora me niego a aceptar eso?- susurró para sí. En ese momento, se sintió como un verdadero esclavo. -A quien quiero engañar... mientras esté en Roma soy un esclavo... no tengo libertad- No iba a decir que estar cerca del ojiazul era una tortura, porque no lo era en absoluto. Aún así, sabía bien que la libertad que tenía en Egipto no la tendría jamás en Roma. No quería imaginar siquiera qué pasaría si hiciera enojar al emperador. La última vez que había sucedido algo parecido, había recibido un fuerte golpe en la mejilla. ¿Qué le seguiría entonces a eso?

-Bien... si esa es la única solución entonces...- Se detuvo, un nudo formándose en su garganta. No, no iba a llorar. Se había prometido a sí mismo no derramar lágrimas al estar en Roma, y pensaba cumplir con esa promesa. -No es tan malo... hemos estado cerca de hacerlo en más de una ocasión- agregó luego, intentando darse algo de ánimo. -Solo espero que esto mejore las cosas y no sea al revés. Después de todo, puede aburrirse de mí- Sí, cabía la posibilidad de que el gobernante se aburriera de su presencia luego de tener relaciones. Pero, debía arriesgarse.

-No planeaba hacer esto tan pronto- murmuró. Alzó la vista, tomando al fin la decisión. Aunque la inseguridad aún se notaba en sus ojos. Por ahora, se encargaría de llevarle la comida al ojiazul, de seducirlo un poco frente a todos los que estuvieran sentados a la mesa y después... de llevarlo a la habitación en donde...

-Siento lástima por él. No parece ser tan mala persona, ¿sabes?- Se detuvo de golpe al escuchar esto. Sin dudas aquella voz pertenecía a una mujer joven. Se quedó allí en aquel pasillo, un camino que metros adelante se dividía en un cruce, uno a la izquierda, y el otro a la derecha. Pero aquella voz provino sin dudas del lado derecho.

-¿Viste como bailó el día que llegó aquí y dices que es buena persona? Buena prostituta, tal vez- Abrió sus ojos en impresión, cerrando luego sus puños con fuerza. ¿Acaso aquella voz masculina se refirió a él? Después de todo, ¿de quién más podría estar hablando?

-Lo hace pensando en su pueblo... lo admiro por eso, pero... si tan solo supiera el destino que le aguarda- La confusión alejó la furia de su mente. Ahora no cabía duda que aquellas dos personas hablaban de él. Pero las últimas palabras de la mujer lo habían desorientado.

-Bueno, ¿qué esperabas, que el emperador dejara su sed de poder a un lado? Él más que nadie sabe el valor que tendría Egipto como provincia romana. No cambiaría eso por un simple príncipe-

-Sí, pero...-

-Mira lo que le hizo a su padre y a su madre. Es solo un frío asesino... al igual que todos los emperadores que lo precedieron- interrumpió la voz masculina.

Yami se había quedado congelado. No podía creer lo que estaba escuchando. El ojiazul... ¿un asesino? Un cruel asesino? Por los dioses, ¿acaso había acabado con las vidas de su padre y su madre? ¿A eso se refería el desconocido hombre?

Porque si de algo no tenía duda, era que solo un monstruo podía hacerle daño a su propia familia.

No aguantó más, necesitaba respuestas, y las necesitaba en ese instante.

Caminó los metros que faltaban del pasillo y giró a la derecha, tomando por sorpresa a los dos jóvenes, un hombre de cabello castaño y ojos negros, y una mujer también de cabello castaño claro y ojos café. Las dos personas lo miraron casi con terror.

-¿De qué están hablando?- preguntó con rabia el príncipe. Su corazón latía a mil por hora, y parecía querer salirse de su pecho.

-Príncipe... de... de nada... solo- intentó aclarar la mujer. -Nosotros solo...-

El ojirubí no aguantó más. En un segundo, tomó al hombre del cuello, empujándolo hacia la pared hasta que la espalda del castaño chocó contra ella. Pero no lo dejó ir, al contrario, ejerció fuerza en su agarre.

-¡Me dirán ahora de qué hablaban!- exclamó. Eran pocas las veces que mostraba verdadero enojo, pero cuando lo hacía, casi no podía controlarse. Además, no se notaba a simple vista, pero el egipcio poseía una fuerza física considerable. Y allí lo estaba demostrando. Aquel joven era más alto que él, sin embargo, no podía escapar del agarre del príncipe.

-¡Príncipe, por favor, déjelo respirar!- exclamó la mujer, quien mostraba lágrimas en sus ojos. Alzó sus manos y las colocó en el brazo del joven, intentando con desesperación llamar la atención del ojirubí. Pero nada, las manos del egipcio siguieron enredadas en el cuello del otro. -¡Le diré todo, lo juro, pero por favor, basta!- un último esfuerzo, que tuvo su recompensa. Aquellas palabras tuvieron un efecto inmediato en el ojirubí, quien soltó al castaño.

-Y decías que... es buena persona- susurró el joven, tosiendo con violencia y cayendo al suelo por la falta de aire que tuvo que soportar.

El ojirubí se dio la vuelta de inmediato, centrando sus ojos en la mujer.

-¿Y bien?- preguntó con frialdad. Sí, era muy difícil hacerlo enojar, pero aún más difícil era calmar su enojo una vez iniciado.

La joven suspiró.

-Lamento mucho tener que decirle todo esto, príncipe- comenzó. -Has venido a Roma solo a perder el tiempo- confesó al fin. El corazón del ojirubí volvió acelerarse. ¿Perdía el tiempo estando allí? Pero... solo así podría salvar a su pueblo, ¿cierto? Sí, entonces no estaba perdiendo el tiempo.

-Solo quiero el bien de mi pueblo. Además, el emperador...-

-El emperador mintió- interrumpió la mujer. Yami abrió sus ojos en impresión. ¿Seto había mentido? ¿En qué? -Sé que tus razones son buenas pero... nuestro gobernante nunca estuvo interesado en una alianza con Egipto. Lo único que le interesa es hacer que Roma crezca en el mapa- afirmó, en sus ojos notándose cierta tristeza... o lástima tal vez, Yami no pudo discernir lo que era.

-No... no entiendo- susurró el ojirubí, bajando la guardia y dejando ver en sus ojos confusión y cierto temor.

-El Senado se opuso a la propuesta del Faraón. Alegaron que era estúpida. Pero entonces, el emperador aceptó- explicó la mujer. Miró los ojos carmesí del joven y siguió. -Sin embargo, sus intenciones ya eran claras. No todos los miembros del Senado lo saben, por eso hay algunos que no están nada felices con tu llegada, los otros en cambio, se mantienen neutrales en el tema por una simple razón- se detuvo, al parecer intentando buscar las palabras correctas. Pero entonces, alguien más habló por ella.

-El Faraón promete que su hijo es el más bello en todo Egipto. Una afirmación como esa despierta la curiosidad en cualquiera... y la lujuria- habló el hombre, habiéndose recuperado ya. Yami lo miró. Aún no aceptaba lo que estaba escuchando. -Que venga a Roma. Solo lo usaré como una prostituta, y cuando su cuerpo deje de ser hermoso a mis ojos lo encerraré en los calabozos, mis legiones invadirán Egipto y traerán a la familia real delante de mí. Las cabezas de cada uno de ellos rodarán frente al príncipe, quien estará presente cuando asesine a su tan amada familia- finalizó el joven.

-No...- solo eso salió de los labios del príncipe, quien aún intentaba comprender el significado de éstas palabras. ¿Cómo fue que de pronto todo dio un giro tan drástico? -Mienten, ¿no es así?- preguntó de pronto. Se negaba a creer lo que había escuchado. Sí, el emperador era frío y tal vez hasta insensible... pero no llegaría a tal extremo... ¿cierto?

El sonido de sollozos llegó a sus oídos. Miró a la mujer, quien no ocultaba ahora sus lágrimas.

-Desearía que así fuera. Pero es verdad. No mereces ese destino, tus intenciones son sinceras y luchas por una muy buena causa... pero te equivocaste al venir aquí. Solo sellaste tu muerte y la de aquellos a quien amas- afirmó entre lágrimas.

Y el egipcio no pudo más. En menos de un segundo, se alejó corriendo del lugar. No le importaba el camino, solo quería seguir corriendo sin detenerse. Era verdad, las lágrimas de aquella joven no podían ser falsas...

Sus sandalias al chocar contra el suelo una y otra vez emitían un sonido característico que inundó los pasillos. Pero en la mente de Yami, simplemente se formaba un pensamiento; debía salir de ahí. Debía ir con su familia. Debía escapar. Pero, ¿cómo? ¿Cómo salir de aquel enorme laberinto? Ni siquiera conocía bien el lugar.

Siguió corriendo, tratando aún de aceptar lo que había escuchado. No podía creer que todo lo que había sucedido durante esos días fuera un simple juego retorcido del emperador. ¡Por los dioses, el ojiazul hasta se había disculpado por la cachetada que le había dado el día anterior! Tal vez no fue una disculpa directa, pero pudo ver arrepentimiento en aquellos ojos azules. El emperador no podía ser tan buen actor como para fingir eso... ¿verdad?

Se detuvo, su corazón latiendo fuertemente en su pecho. Miró sus alrededores. Se encontraba en uno de los jardines. Sin pensarlo dos veces, se acercó a un lugar donde había tres arbustos de mediano tamaño.

Y allí se sentó, detrás de aquellos pequeños árboles. Nadie podría saber que se encontraba ahí, así que por el momento estaba seguro.

Llevó sus piernas hasta colocarlas contra su pecho, y centró sus ojos en el césped.

-Si a mis ojos fueras prostituta, habría tenido relaciones contigo la noche en la que llegaste. Y además, habrías regresado a Egipto al siguiente día-

Recordó las palabras que el emperador le había dicho horas atrás. Quería creerlas, deseaba que fueran verdad. Pero no podían ser, ¿cierto? El ojiazul le había mentido. Además, era obvio que el castaño no lo dejaría regresar a Egipto. Después de todo planeaba encerrarlo en los calabozos cuando se aburriera de él...

-Te quiero encontrar en mis habitaciones cuando llegue… o sino… de verdad traeré a tu familia y la mataré frente a tus ojos-

Tembló al recordar ésas palabras. Allí estaba esa amenaza, que jamás pensó que se cumpliría.

-¿Qué debo hacer ahora?- se preguntó.

De pronto, algo cayó en su brazo. Lo miró, notando que había agua allí. ¿Acaso iba a llover? Miró al cielo para comprobar esto, pero solo el sol lo recibió. Y lo supo entonces. Lloraba. Había prometido no llorar mientras estuviera en Roma, pero esto ya era demasiado para él. El solo hecho de pensar en perder a su familia le partía el corazón.

Contuvo a como pudo las lágrimas, no queriendo tampoco comenzar a sollozar. Al final, solo esa lágrima cayó, pues a las demás les fue negada la salida.

No, no lloraría. Se negaba a hacerlo. No importaba cuan oscura estuviera la situación, no iba a seguir llorando.

Se quedó allí entonces, en silencio.

Pero, después de algún tiempo de estar allí, el alivio le llegó. Se quedó dormido.


Tembló levemente, abriendo sus ojos en el proceso. Sentía mucho frío, y confusión al mismo tiempo. Estaba oscuro, pero no había duda que se encontraba al aire libre, tal vez en un jardín.

-¿Qué sucedió?- se preguntó a sí mismo, su mente aún cubierta por una niebla gris. -Lo último que recuerdo es...- se detuvo, sus ojos abriéndose de golpe. Recordó al fin por qué estaba ahí. El temor se apoderó de su corazón. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Cómo saldría de ahí?

Simplemente no podía quedarse en ese lugar para siempre...

Con éste pensamiento, decidió ponerse en pie. Tomó una decisión, intentaría salir de ahí. Si lo descubrían, bueno, al menos lo había intentado.

Salió de su escondite, su corazón acelerando sus latidos.

Caminó unos cuantos metros con cautela, notando que el lugar estaba desierto. Por unos momentos miró al cielo, notando que la luna llena ya estaba en su máximo esplendor. Había dormido demasiado al parecer. Pero no se detuvo a pensar en esto por mucho tiempo.

Llegó hasta el pasillo, no dudando en caminar por él, sintiéndose ahora más inseguro.

Cinco pasos, seis pasos, siete pasos...

-¡Príncipe!- se quedó congelado. Cerró sus ojos fuertemente, no creyendo aún la poca suerte que tenía. Aunque bueno, allí había personas por doquier, guardias, esclavos... el lugar estaba completamente ocupado.

Se dio la vuelta, encarando a la persona que lo había llamado.

Sus ojos se abrieron en impresión al reconocer a aquella mujer de ojos verdes. Era Minerva.

-Príncipe, lo han estado buscando durante todo el día- anunció la mujer, fingiendo preocupación. Fingiendo, sí, el ojirubí notó el falso tono desde el principio. -El emperador está furioso- El temor volvió a aparecer en la mente del joven al escuchar esto. Claro que el ojiazul debía estar muy enojado, su esclavo había desaparecido casi por un día entero.

No pudo evitar que su cuerpo temblara ligeramente, y ésta vez no fue por el frío. No quería estar frente al emperador... no quería ver esos ojos azules.

-¿Príncipe, está todo bien?- preguntó la hermosa mujer, acercándose al joven.

El menor no contestó, pero miró fijamente a la mujer, por unos momentos deseando decirle lo que ocurría. Después de todo, ella había estado coqueteando con el emperador ese día, no? Si él desaparecía, entonces Minerva tendría la absoluta atención del ojiazul. Tal vez la mujer hasta podría ayudarle a salir de ahí.

Podría al menos probar esa opción. Podía ser que no lograra absolutamente nada, o podía ser que la solución a su presente problema estuviera frente a él.

Al final, decidió arriesgarse.

-Lo sé todo- habló. -Y usted también lo sabe- agregó. Sí, estaba seguro que la mujer sabía por una simple razón. Aquellas dos personas que habían arruinado su paz mental le habían dicho que los senadores que no estuvieran molestos con su llegada sabían lo que ocurría... o mejor dicho, lo que ocurriría. Minerva era la esposa de uno de ellos así que no había duda. Ella debía saberlo.

Y, tal como había predicho, la sorpresa y el reconocimiento inundaron los ojos de la mujer.

-¿Lo... lo sabes?- preguntó incrédula. El menor asintió, su corazón rompiéndose en pedazos. Minerva lo sabía, entonces todo era verdad. -Príncipe... se supone que... no debías enterarte de eso...- susurró la mujer.

-Ayúdame a salir de aquí- pidió el joven al fin.

-No creo que pueda. ¿Qué pasaría si el emperador se entera? ¡Me metería en enormes problemas! Lo siento pero no puedo. Es más, voy a decirle que ya apareciste- habló la mujer, dándose la vuelta. Pero el menor no la dejó moverse, agarrando con fuerza la muñeca de la joven.

-Pero le traería mayores beneficios ayudarme- insistió el príncipe. La mujer lo miró.

-¿Beneficios?- preguntó con interés. El ojirubí asintió.

-Noté las miradas que le dirigías al emperador. Es obvio lo que quieres. Y si yo desaparezco, lo conseguirás. El emperador dejará de pensar en usarme y encerrarme en una celda. Toda la atención será para ti- explicó casi con desesperación. La mujer pareció meditar esto.

-Bueno, es verdad que siempre he sentido lujuria hacia el emperador- susurró. Yami la miró impaciente. En cualquier momento, alguien podría aparecer en aquel pasillo y ya no podría hacer nada. -Está bien, la tentación es mucha como para simplemente dejarla pasar. Te ayudaré a salir de aquí- afirmó.

Una ola de alivio sacudió al egipcio al escuchar esto.

-Pero tenemos que darnos prisa- habló la mujer. -Sígueme- ordenó luego. Yami obedeció de inmediato.


-Hermano, cálmate- pidió el menor, mirando al castaño dar vueltas una y otra vez por toda la habitación. -No pudo simplemente haber desaparecido- agregó, logrando que el ojiazul al fin se detuviera.

-Con esos malditos senadores opuestos a mi decisión no me extraña que haya desaparecido- afirmó. Se quedó en un solo lugar por unos últimos segundos, antes de retomar su ya trazado recorrido. Mokuba rodó los ojos. Esto ya era demasiado. Primero, había tenido que aguantar a un furioso emperador. Sí, la primera reacción que tuvo el castaño al enterarse que Yami no aparecía por ningún lado había sido de furia. Y ahora, ¡debía de aguantar a un hombre quien simplemente daba vueltas en círculos! Lo miró, y esperó a que el ojiazul diera exactamente dos vueltas a la habitación, para hablar.

-Seto, entiendo que el príncipe te tenga completamente enamorado. Pero eso de dar vueltas como lunático ya me está mareando- habló. Nuevamente, el castaño se detuvo de golpe. ¿Qué había dicho su hermano exactamente?

-¿Qué dijiste, Mokuba?- preguntó.

-Que verte dar vueltas me mareó- respondió el joven. El castaño rodó los ojos.

-Antes de eso- insistió. El menor se alzó de hombros.

-Que Yami te tiene enredado en un hechizo llamado amor- contestó, de la forma más natural. El emperador alzó una ceja, sintiendo ganas de reír. Por todos los dioses romanos, su hermano tenía una imaginación enorme.

-De verdad te mareaste- le dijo el castaño. Mokuba suspiró, dejándose caer en la enorme cama de su hermano. Por unos momentos, miró el techo. Tenía que admitir que estaba preocupado por el príncipe, después de todo Seto tenía razón. No todos ahí estaban contentos con la presencia del egipcio. De verdad deseaba que el joven estuviera bien.

-Nunca te he visto tan preocupado, hermano. Solo cuando es un asunto relacionado a mí. Si no lo amas, al menos lo aprecias... y mucho- afirmó. Sí, era obvio que el ojiazul estaba preocupado. Ya lo conocía bien.

No recibió respuesta ésta vez. Sintiendo curiosidad debido a esto alzó la cabeza, encontrando a su hermano de pie en el mismo lugar en el que se había detenido. Los ojos azules del emperador miraban ahora hacia el balcón. Pero aún desde su posición el menor pudo ver lo que se escondía en ellos.

Temor. Temor de que el joven de ojos carmesí no volviera. Temor de no volver a ver al príncipe.

Mokuba sonrió ligeramente, volviendo a acostarse en la cama.

Había tenido la razón todo el tiempo. O su hermano estaba enamorado, o sentía un profundo cariño hacia aquel bello joven de extraños cabellos tricolores.


Estaba nervioso, demasiado nervioso a decir verdad. Minerva había entrado a aquel ruidoso salón minutos atrás y aún no había salido. Podía escuchar risas y gritos allá adentro, y sinceramente eso solo lo ponía más nervioso. Miró sus alrededores. Todo estaba oscuro. Solo las luces del salón y de la luna lograban extinguir un poco de aquella oscuridad. No iba a admitirlo en voz alta, pero muy dentro de él deseaba regresar con el emperador. Aún le costaba creer que todo aquello que le habían dicho fuera verdad. Por eso mismo, la tentación de simplemente correr hacia el palacio lo inundaba. Sí, había logrado salir sin que nadie lo viera, y ahora quería volver a entrar.

-Príncipe- Miró a su derecha de inmediato, saliendo de sus pensamientos y centrando sus ojos en los verdes de la mujer. -Lo encontré. Su nombre es Marcus. Entra y búscalo. Él te sacará de Roma- le dijo. El menor asintió, aunque no estaba muy convencido. ¿Cómo lo encontraría entre toda esa gente? ¿Por qué Minerva simplemente no le había pedido a aquel hombre que saliera, para que así todo fuera más fácil? Miró sorprendido a la mujer, notando que ésta se alejaba.

-Espera... ¿cómo es físicamente?- preguntó. La mujer lo miró, estando ya a varios metros de distancia.

-Solo búscalo- Y después de decir eso, se perdió entre la oscuridad de las calles.

El egipcio se quedó allí por varios segundos, sintiéndose inseguro de lo que debía hacer luego. Pero pronto se decidió. Debía entrar.

Y así lo hizo.

Las risas crecieron en volumen al menos unas siete veces. Palabras, muchas palabras llenaron sus oídos. Todos hablaban a gritos, queriendo hacerse escuchar.

Miró el lugar, sintiéndose incómodo. Era un salón grande de paredes decoradas con llamativos colores, el cual estaba lleno de personas, quienes en su mayoría tomaban enormes cantidades de vino. Algunas estaban de pie, otras sentadas o acostadas en las numerosas bancas que había por todo el lugar. Además, se podía escuchar música, alegre y de ritmo rápido.

Tan pronto entró, sintió deseos salir de allí inmediatamente. Y es que el enorme exhibicionismo que mostraba el lugar estuvo a punto de traerle lágrimas a sus ojos.

¿Dónde estaba? ¿Qué clase de celebración era esa? ¿Por qué casi todo el mundo estaba desnudo?

No le importó entonces buscar al tal Marcus, solo quería salir de allí. En ese momento, no pudo evitar desear con todas sus fuerzas que el emperador estuviera ahí, ayudándole a salir de ese terrible lugar. Y es que, quisiera o no aceptarlo, estar cerca del ojiazul lo hacía sentirse protegido.

Se dio la vuelta, notando que la salida estaba lejos. No se había dado cuenta que no había dejado de caminar dentro del lugar. Intentó abrirse paso entre el montón de cuerpos, sintiendo asco e intentando no tocar a nadie. Pero eso no significaba que nadie iba a tocarlo a él.

Hizo un gran esfuerzo por controlar las lágrimas al sentir más de una mano rozar su cuerpo. Pero no pudo evitar que un par de gotas de sal cayeran al sentir cómo alguien le daba una nalgada.

Tenía que salir de ahí.

Miró al frente, la salida ya estaba cerca, a unos pocos metros. Se fue acercando, casi sintiendo el viento nocturno acariciarle el rostro. Pero entonces, una mano en su brazo no le dejó avanzar más. Su cuerpo entero se paralizó.

-Toma, precioso- habló una mujer, de cabello suelto castaño y ojos marrones. En su mano había una copa que contenía un líquido rojizo. Vino, no había duda de ello.

-No- fue lo único que dijo el ojirubí. La mujer de tal vez treinta años intentó hacer un puchero.

-No vas a decirle que no a una dama, jovencito- le dijo. Era obvio que la mujer estaba bajo los efectos del alcohol. Yami la miró por unos segundos, agradeciendo a los dioses que la mujer solo tuviera los pechos al descubierto. En Egipto, era muy común que las mujeres se mostraran así. Por eso no tenía mucho problema con eso.

Con mucha inseguridad, tomó la copa. No quería probar el vino, no estaba acostumbrado al alcohol y no quería averiguar qué le haría aquella droga. Miró de reojo a la mujer, notando que ésta lo miraba atentamente.

-"Bueno, si tomo esto me dejará en paz y podré salir de aquí"- se dijo a sí mismo. Así que de un solo sorbo, se tomó todo el vino. De inmediato comenzó a toser; no había esperado que aquel líquido quemara de esa manera su garganta. Cerró sus ojos fuertemente, al sentir un leve dolor de cabeza.

Pero volvió a abrir los ojos, cuando la mujer le arrebató la copa. Y para su sorpresa, le dio otra completamente llena de vino.

-Toma otra más. Ya veo que te gusta- El joven sintió desesperación ahora, quería salir de ahí, eso era todo.

Mostrando en su rostro una mueca de asco, volvió a tomar el vino, ésta vez más despacio.

Cuando lo hubo terminado, miró a la mujer. Pero de pronto su visión parecía nublada. Sintió temor ahora. El vino no pudo haber hecho efecto tan rápido… ¿o sí?

Tal vez… como nunca había tomado alcohol, su cuerpo era sensible a él.

Pero eso no importaba, solo quería salir de allí.

Ignorando a la mujer, quien ya le había ofrecido otra copa, caminó hacia donde él creía estaba la salida. Pero de inmediato, un fuerte mareo lo inundó. Pensó que iba a caer al suelo, pero en cambio, alguien detuvo su caída.

Y entonces, comenzó a reír. No sabía por qué pero quería reír sin parar. El solo hecho de pensar que había caído sobre alguien le hizo gracia.

-Ten cuidado, niño hermoso- escuchó que le decían.

Ante éste comentario, su risa escapó en enormes carcajadas.


Suspiró, mirando la espalda de su hermano. El ojiazul por fin había dejado de intentar hacer un agujero en el piso. Ahora, se había sentado al borde de la cama, dándole la espalda al menor. Aunque era muy obvio que la preocupación no había abandonado la mente del castaño.

-Seto, deberías descansar. Yami estará bien, ya verás- susurró Mokuba. Jamás pensó ver a su hermano actuar así. Sí, el ojiazul aún trataba de esconder toda emoción tras su semblante serio, pero era muy obvio para Mokuba que el emperador no podía dejar de pensar en el egipcio.

-¿Dónde puede estar?- preguntó de pronto el castaño.

-No lo sé. Pero pronto lo sabremos, eso es seguro- afirmó Mokuba.

Y como si por arte de magia se tratara, alguien comenzó a tocar la puerta.

El ojiazul se levantó casi de golpe, caminando rápidamente hasta la puerta y abriéndola en un segundo. Del otro de ella, se encontraba una joven de ojos café, la misma que había hablado con Yami aquella mañana. Pero claro, el emperador no sabía esto. La menor miró al gobernante, con cierta culpa reflejada en sus ojos.

-¿Y bien?- la pregunta del castaño la devolvió a la realidad.

-Es sobre el príncipe- pronunció la joven, ganándose de inmediato la completa atención del ojiazul. -Ya sabemos dónde está- afirmó.

-¿Enserio?- una voz diferente se escuchó. De pronto, el hermano del emperador se asomó a la puerta. -¡Ya ves Seto, te lo dije!- exclamó con alegría, logrando que otra ola de culpa atacara a la joven.

-¿Dónde está?- preguntó el ojiazul. -"¿Está bien?"- se preguntó en su mente, negándose sin embargo a pronunciarlo en voz alta. -No tengo todo el día, niña- insistió, al ver que la menor no respondía.

Y entonces la respuesta, que primero lo dejó congelado, y después, desató un enorme enojo en su interior.

-En la bacanal-


Había reído demasiado, como nunca antes lo había hecho. No sabía dónde estaba, todo le era confuso en ese momento. Lo único que sabía, es que un hombre se encontraba frente a él. No podía verlo claramente pero sabía que estaba allí porque habían estado conversando desde hacía algún tiempo atrás.

-¿No eres romano, cierto?- escuchó la pregunta, mientras tomaba otro sorbo de la copa con vino.

-No... so... soy... soy... no recuerdo qué soy- Nuevas carcajadas escaparon de su boca, uniéndose a las del otro hombre, quien también reía pero de manera menos escandalosa. -Ten... tenemos... eso... pi... pira... piram... pirám algo, no recuerdo nada!- rió de nuevo.

-¿Pirámides?- preguntó el hombre.

-¡Sí eso... piram... eso!- afirmó el menor, tomando más vino.

-Eres egipcio- Yami negó violentamente con la cabeza.

-¡No! Soy piram... pi-rá-mi-de- lo dijo de sílaba en sílaba, para poder pronunciar toda la palabra. -¡Lo dije!- exclamó victorioso, saltando en su asiento y riendo como un niño.

-Las pirámides están en Egipto... por lo tanto eres egipcio, no 'pirámide'- aclaró el hombre, quien tomaba también vino, pero el alcohol parecía no darle ningún efecto. Solamente la risa, que dejaba escapar a cada minuto.

-Como sea... ni siquiera... recuer... do quien... soy- habló el oijrubí.

-Alguien de importancia con todo ese oro alrededor del cuello- afirmó el hombre, mirando con cierta malicia aquellos bellos collares que caían del cuello del menor.

-Oro… ¿qué es oro?- preguntó el joven. El hombre centró sus ojos negros en unos de los collares del ojirubí. Alzó la mano, y tocó el precioso metal, rozando en el proceso la piel de Yami, quien dejó escapar un gemido.

El hombre sonrió.

-Estás sensible, precioso- le dijo, acariciando ahora todo el descubierto pecho del menor, quien cerró sus ojos, disfrutando de la caricia.

Un hermoso gemido escapó de su boca al sentir labios sobre su cuello. Tembló luego, sintiendo la respiración del hombre sobre su oreja.

-Eres un bello catamita- pronunció el mayor.

-¿Qué es… catam… eso?- interrogó el príncipe.

-¿Quieres que te muestre lo que es?- Yami asintió, sin notar la sonrisa llena de lujuria del mayor.

En solo un segundo, se encontró en el suelo, con el hombre encima de él. Lo único que hizo, sin embargo, fue reír.

-Verás, un catamita es…- Se detuvo, concentrándose en acariciar todo el pecho de Yami, mientras seguía besando y mordisqueando su cuello. –Un joven, casi siempre adolescente- susurró, bajando su mano derecha hasta el muslo del ojirubí, quien no dejaba de gemir complacido. –quien es un sirviente- Subió su mano un poco más, quedando a centímetros de su objetivo. –sexual pasivo- finalizó.


Todo su cuerpo pareció arder en llamas. La furia ya no cabía dentro de él. Y es que la escena que se encontraba al frente no ayudaba en lo más mínimo.

No se enfocaba en las personas que estaban allí, todas ebrias, todas desnudas y la mayoría en plena acción sexual. No, sus ojos solo miraban una escena en particular.

Un hombre de tal vez cincuenta y tantos años, se encontraba encima de un joven. Pero no de cualquier joven, no. Ese cabello lo reconocería en cualquier parte.

Y el enojo lo consumió al ver la mano del viejo subir por el muslo del menor, quien para aumentar aún más la furia en el ojiazul, dejaba escapar altos gemidos. Era obvio además, que el príncipe se encontraba completamente ebrio. No que aquella información disminuyera su enojo claro. Era todo lo contrario.

Yami estaba disfrutando de una bacanal. La idea era repugnante.

No iba a permitir que aquello continuara. Ya era suficientemente degradante estar allí como para simplemente darse la vuelta e irse. Así que, con ese pensamiento, se acercó, teniendo solo que empujar levemente al hombre, para que éste cayera al suelo, dejando libre al ojirubí, quien solo rió como un loco.

El ojiazul le dirigió una mueca de asco, su mente no queriendo aceptar que aquel patético joven fuera en realidad el príncipe de Egipto.

-¿Cuál es tu problema?- escuchó que le decía el hombre. Apretó los puños. Si ese viejo decía una sola palabra más, sellaría su muerte. -¡Qué no me escuchaste! Búscate otra prostituta, yo ya tengo la mía- insistió. Y esa fue la gota que derramó el vaso. Ese hombre desearía no haber pronunciado aquello.

El ojiazul encaró al hombre, a quien le había estado dando la espalda pues su mirada había estado centrada en Yami. Sonrió con burla, al ver como el hombre al fin parecía reconocerlo, aún en su estado de ebriedad. Los ojos del mayor mostraron sorpresa, y claro, temor al enterarse de que le había gritado al gobernante.

-Em... emperador- fue todo lo que escapó de su boca.

-Ese fue el error más estúpido que has cometido. Y el último en tu vida- susurró el ojiazul. Sus palabras se mezclaron con todo el ruido había en el lugar, pero el hombre pudo escucharlo con claridad.

Queriendo terminar con todo eso de una vez, el castaño sacó de sus ropas una daga.

Se acercó al mayor, quien en ese momento intentaba ponerse en pie. Notó entonces algo, ese hombre parecía ser el único allí que aún estaba vestido. Pero ese detalle no era importante. Pues ahora estaba frente al adulto de cabello cano. Sus ojos azules encontraron los negros del otro. Cuando al fin volvió a tener la atención del hombre, habló.

-Nadie, absolutamente nadie puede tocar a ese joven- se detuvo, señalando con su mano al ojirubí, quien en ese momento intentaba ponerse en pie, fallando miserablemente cada vez. -Y salirse con la suya- finalizó, sin siquiera notar el significado verdadero de sus palabras. Estaba siendo sobre protector con Yami, y no lo sabía.

-¿Y qué piensa hacer, su gran majestad? ¿Vas a hacer lo mismo que le hiciste a tu padre? ¿Vas a asesinarme?- preguntó con burla y reto el mayor. Pero no pudo decir más, al sentir un dolor punzante en su pecho. Al ver hacia abajo, notó la daga clavada allí.

-Exactamente- fue la respuesta del ojiazul, quien simplemente miró con frialdad cómo el hombre caía sin vida al piso. Tomó de nuevo la daga, guardándola en sus ropas sin importarle que éstas se llenaran de sangre. Por fin, ese asunto había llegado a su fin. Ahora solo faltaba...

Miró a Yami, quien por fin estaba en pie. No supo qué sentir ahora hacia él, si enojo, o tolerancia.

Aunque bien le había advertido al joven que ese día se celebraba la bacanal. ¿Por qué el príncipe había insistido en salir del palacio? ¿Qué razón lo había impulsado a hacer tal cosa?

Concluyó que aquello no importaba por el momento. Lo único que quería ahora era salir de ahí.

Así que se acercó al menor, tomándolo de la muñeca y obligándolo a seguirlo. Pero entonces...

-¡Suéltame!- exclamó el ojirubí, intentando soltarse y negándose a seguir.

Gracias a esto, una enorme ola de furia atravesó al ojiazul.

Sin poder contenerse, se dio la vuelta, alzando su puño y dejándolo caer sobre la mejilla del menor, ésta vez dándole un fuerte golpe y no una simple cachetada.

Yami cayó al suelo, notándose desorientado. La ebriedad más el golpe lo confundieron.

-Si quieres hacerlo de la manera difícil, príncipe- habló el emperador, dándole ahora una patada al cuerpo del joven, quien ésta vez dejó escapar un leve grito. –Lo haremos de la manera difícil- finalizó. Sin mirar de nuevo al joven, se alejó caminando, desapareciendo entre todas aquellas personas.

Uno de los guardias que lo acompañaban se acercó entonces a Yami, quien no se había movido. El hombre lo alzó con facilidad, ésta vez sin escucharse una sola protesta por parte del ojirubí.

Colocó el inmóvil cuerpo del joven sobre su hombro como si el menor fuera un simple objeto, y así salió de allí.

El príncipe en ese momento, no tenía pensamientos coherentes. Ni siquiera tenía idea de donde estaba. Pero muy dentro de su mente, una pequeña voz le decía que había cometido un grave error.


-Deberías enviarlo a Egipto ahora mismo- Alejó su vista del paisaje nocturno frente a él, para mirar a la derecha. Ojos verdes le recibieron. Aquellas esmeraldas que solo podían pertenecer a una sola mujer, Minerva. No había escuchado a la joven entrar a la habitación. Pero sus pensamientos lo tenían alejado de la realidad.

No respondió, en cambio volvió a mirar al frente.

El príncipe estaba dormido en ese momento, acostado sobre su cama. Sí, había permitido que el egipcio durmiera donde normalmente lo hacía, en su habitación. Pero eso no significaba que él dormiría a su lado. Sinceramente, no podía siquiera mirar al durmiente joven sin sentir ganas de volver a golpearlo. Por eso mismo, se había alejado de allí, con la intención de aclarar sus pensamientos.

Y así había terminado en aquel balcón, el cual se encontraba en otra habitación, que estaba desocupada.

-Nadie pidió tu opinión- contestó al fin. Aunque debía admitir que aquella idea ya la había meditado minutos atrás. Después de todo, las acciones del ojirubí fueron patéticas y denigrantes. Lo más lógico era simplemente deshacerse del joven y olvidarse del asunto. Pero mientras sintiera aquel enojo, prefería no hacer nada. Cuando su mente estuviera despejada, entonces podría tomar una decisión.

Dos manos, cada una sobre sus hombros lo sacaron de sus pensamientos.

-Debes relajarte- susurró la mujer, masajeando levemente aquellos hombros. -Ha sido un día my estresante para ti. Primero el egipcio desaparece... y luego, descubres que el joven parece más una prostituta que un príncipe- comentó.

El ojiazul apretó los puños al escuchar a la mujer usar la palabra 'prostituta' para dirigirse a Yami. Pero, ¿qué podía decir? Minerva tenía razón en eso.

-Aunque fue obvio desde el principio. Después de ver cómo bailó el día que llegó aquí- agregó.

El ojiazul se mantuvo en silencio. Por el momento ya no deseaba pensar más en el príncipe.

-Deja de mencionarlo- ordenó. De inmediato, la mujer caminó, colocándose frente a él.

Pareció notar algo en las ropas del romano.

-Imagino que esa sangre no es del príncipe- comentó, mirando la mancha roja que resaltaba en la toga del emperador. –Haces demasiado por él. Ese joven no lo merece. Mira cómo te ha pagado- agregó.

Sus brazos se enredaron alrededor cuello del ojiazul y una ligera sonrisa se formó en sus labios.

-Yo puedo hacer que te olvides de él por ésta noche, emperador- susurró. -Y al parecer eso es exactamente lo que quieres, dejar de pensar en ese príncipe- comentó luego. Y sin previo aviso, unió sus labios con los del castaño.

Fue apenas un ligero roce, y se separó, juntando sus ojos con los inexpresivos del gobernante.

-Además, sabes muy bien cuánto deseo tener sexo contigo, mi Señor- susurró. Ésta vez, el beso lo inició el ojiazul, quien también se encargó de profundizarlo, mientras se daba a la tarea de deshacerse de las ropas de la mujer.

Minerva sonrió en el beso. Por fin había conseguido lo que quería. Tener al emperador encima suyo; al fin se haría realidad.

Todo había salido de acuerdo al plan.

Definitivamente, tenía que ir al día siguiente a darle las gracias a los tres senadores que habían planeado todo desde el principio.


Magi: ahí está, la bacanal xD Nuevamente, edité un poco el capítulo. Aunque los cambios fueron muy ligeras y de seguro casi imperceptibles.

¿Y qué creen? Me golpeó la inspiración. Escribí el primer capítulo de un fic nuevo SetoxYami. Aunque sinceramente, no sé si llegaré a publicarlo O.o Siempre que escribo algo tiendo a pensar cuidadosamente si lo subo o no. Seh soy insegura u.u

En fin, agradecimientos a Natsuhi-shan, sayori sakura, Elsa Agabo, Azula1991, niko-chan, Atami no Tsuki, yoyuki88 y angelegipcio por sus reviews! n.n

Me despido

Ja ne!