Flor de loto

Capítulo 7

Se sentía mal, no había duda de eso. El dolor de cabeza era casi intolerable. Además, una extraña debilidad afectaba todo su cuerpo.

Fragmentos de lo que había ocurrido corrían por su mente. No todo estaba claro aún, pero poco a poco las cosas tomaban sentido.

-Necesito vomitar- Solo tuvo que pronunciar eso, para que uno de los esclavos que se encontraba en la habitación se moviera, trayendo en sus manos un tazón grande de cerámica. Terminó así colocándose al lado de la cama, cerca del egipcio, quien ni siquiera lo meditó. Tomó fuerzas y logró sentarse, ignorando el profundo mareo que lo inundó en ese momento. El esclavo colocó el objeto bajo el rostro del ojirubí. Y así, el joven comenzó a vaciar su estómago.

Cuando al fin pareció terminar, otro esclavo se acercó, ofreciéndole agua y un paño. La tomó gustoso, enjuagándose la boca y volviendo a botar el agua en el tazón. Luego, tomó el paño, con la intención de limpiar todo rastro de agua que hubiera quedado en sus labios y alrededor de éstos. Pero tan pronto el objeto hizo contacto con su rostro, una exclamación de dolor escapó.

Sin entender lo que había sucedido, el ojirubí llevó su mano hasta su mejilla, que era de donde había provenido el dolor. La tocó apenas, y de nuevo suspiró en dolor.

-Un espejo- ordenó. El esclavo obedeció, alejándose por unos momentos a buscar el objeto, y volviendo con él en la mano. Colocó entonces el espejo frente al príncipe, para que éste pudiera ver su rostro.

Y la sorpresa para el egipcio fue enorme. Miró sin creer su imagen, las notorias ojeras, los ojos irritados e hinchados como si hubiera llorado toda la noche y más específicamente, su mejilla derecha. Un gran moretón inundaba la zona.

Se mordió el labio, no creyendo aún que aquella horrible imagen fuera en realidad la suya. Sin decir nada más, se acostó nuevamente. Dejó escapar un leve quejido, al aparecer un dolor en su estómago. Miró entonces su pecho, notando otro moretón en su estómago. Aunque éste era más pequeño y casi no se notaba, al menos no tanto como el de su rostro.

Se envolvió en las sábanas, intentando ignorar el casi insoportable dolor de cabeza.

¿Qué diría el emperador cuando lo viera así? Con ese rostro tan horrible... no quería ni pensarlo siquiera.

Pero sobretodo, después de lo que había ocurrido, ¿qué haría el romano con él?


Sus ojos se abrieron, revelando dos zafiros. Por unos segundos, el dueño de aquellos ojos se quedó inmóvil, intentando ajustar su vista a la luz del sol que se filtraba por el balcón. Cuando ésta tarea fue cumplida, el ojiazul decidió moverse, terminando sentado en la cama.

Tocó con su mano derecha su frente, al invadirlo un leve dolor de cabeza.

Miró entre tanto sus alrededores, notando de inmediato que se encontraba en una habitación diferente a la suya. Y así recordó lo que había sucedido la noche anterior.

Rodó los ojos, no queriendo mirar a la derecha. Ya sabía lo que encontraría, o mejor dicho, a quien encontraría. Pero miró de todas formas. Y en efecto, allí, entre las sábanas, descansaba una mujer. Una mujer a la que ahora conocía más de lo que deseaba.

Sí, no iba a negarlo, el sexo había hecho que se olvidara al fin del asunto con Yami. Pero solo por una noche. Ahora, debía enfrentar nuevamente el problema. Y lo peor, tenía el deber de resolverlo.

Por unos momentos, simplemente se quedó allí, centrando sus ojos en la mujer que descansaba a su lado. Era obvio que la joven se encontraba desnuda, aunque en ese momento las sábanas le cubrían la mitad del cuerpo, dejándole solo los pechos al descubierto. Un pensamiento le llegó. Antes, aquella mujer le había parecido atractiva. Aún la noche anterior la belleza abundaba en ella. Ahora, en cambio, no podía ver nada hermoso en esa joven. Era solamente una mujer más, sin nada resaltante.

Siempre le sucedía lo mismo. Después de tener relaciones con alguien, ese alguien dejaba de ser atractivo. Por más hermosa que fuera la persona, luego del sexo terminaba siendo una más del montón.

Por unos segundos se preguntó si lo mismo le sucedería con Yami. ¿Dejaría de ser bello el joven una vez que hubieran tenido intimidad? No lo sabía, no podía saberlo. Aunque era muy posible. Tal vez por eso se había abstenido de tener relaciones con el egipcio desde el primer día, para no amanecer al día siguiente encontrando a un simple príncipe sin gracia alguna.

Suspiró, no queriendo pensar más en el ojirubí, pero sabiendo que debía hacerlo.

Se levantó, buscando su ropa. A diferencia de su habitación, en ésta no había un baño. Por lo tanto, si quería bañarse debía salir de allí.

-Emperador- Rodó los ojos, maldiciendo su suerte. No estaba de humor para aguantar más a Minerva.

-Ve con tu esposo. Debe de estar preocupado- le dijo, deseando que la mujer desapareciera de allí.

-¡Preocupado! No creo que siquiera haya notado mi ausencia. Desapareció ayer a horas de la tarde. Fue obvio que se dirigía a buscar mujeres- afirmó.

-Puede buscar cuantas mujeres quiera. En cambio tú, como esposa y mujer, tienes prohibido cometer adulterio- anunció. La mujer rodó los ojos, conociendo ya la ley. Llevó su cabello hacia atrás con sus dedos, suspirando en la acción.

-Lo sé. Puede acabar con mi vida si se entera- susurró, sentándose en la cama. Era verdad, si su esposo se enteraba, podía darle como castigo la muerte. Después de todo, al pertenecer él a la clase alta, debía mantener su honor, y eso implicaba no tener como mujer a una adúltera. -Desde los trece años y ahora con veintinueve he sido la esposa de ese hombre- afirmó. Luego, miró al castaño, recordando cierto detalle. -Eso me recuerda...Tienes ya veinticuatro años y aún no te has casado-

-Ni pienso hacerlo- afirmó el ojiazul. Definitivamente, casarse no estaba en su lista de prioridades. De por sí, ya había decidido que su hermano Mokuba sería el siguiente emperador, así que no necesitaba ni tampoco quería una esposa.

Hubo silencio entonces. El emperador no dijo nada más. No deseaba siquiera seguir en aquel lugar. Por lo menos ya se había vestido, aunque solamente con la túnica que vestía por debajo de la toga. Y es que en realidad, ponerse una toga era casi una obra de arte. Era casi imposible hacerlo sin ayuda.

Al fin, podía salir de allí, lejos de aquella mujer. A decir verdad, Minerva nunca le había agradado. Solía ser hermosa claro, pero su carácter era casi insoportable.

-¿Te vas tan pronto, majestad?- escuchó la femenina voz, tan suave y atrayente, pero venenosa al mismo tiempo.

El ojiazul se mantuvo en silencio, simplemente caminando hacia la puerta. Sabía que tan pronto saliera de allí, debía enfrentar el asunto pendiente con cierto egipcio. Pero a decir verdad, esa opción sonaba mejor que permanecer en ese lugar un segundo más.

Y por fin, abrió la puerta. Pero antes de cruzar por ella, habló, mirando al frente, hacia los pasillos y no hacia la mujer.

-Regresa con tu esposo- Fueron sus últimas palabras, antes de cerrar la puerta tras de sí.

Hubo silencio en aquel lugar, hasta que una risa ocupó el espacio.

-Mi querido Seto... aún en situaciones como ésta eres precavido- susurró. Sus ojos verdes miraron las sábanas sobre la cama, semejando casi un par de esmeraldas. -Porque... cómo negarlo, tal vez si hubieras dejado tu esencia dentro de mí, tendría la oportunidad de ser la madre del futuro emperador romano- continuó, sonriendo al pensar en aquello. Esa oportunidad que había tenido, pero que se le había escapado de las manos.

Pero entonces, su semblante cambió, transformándose en uno que demostraba ira y seriedad.

-Pero en cambio, terminaste fuera de mí... que desperdicio- agregó, apretando las sábanas con ambas manos. -Al menos pude comprobar lo que ya había sospechado... he estado con muchos hombres, pero sin dudas... tú eres quien mejor lo ha hecho- finalizó.

Y por segunda vez, el lugar se llenó con su risa, la cual resonó por las paredes, siendo éstas las únicas testigos de lo que había ocurrido allí la noche anterior.


Nervios. Sentía nervios. Los mismos que había sentido la noche en la que llegó a Roma. Aquellos nervios que hicieron que sus manos temblaran ese día.

Y, sinceramente, se sentía aún más nervioso que aquel día. Porque en ese momento, estaba realmente en juego lo más importante para él. Egipto, su amada tierra. Ahora sí, la balanza comenzaba a moverse, decidiendo cuál destino le esperaba a su pueblo.

Pues fuera como fuera se había equivocado. No iba a negarlo. Había actuado mal, se había dejado llevar por sus emociones. Aún no sabía si lo que había escuchado acerca del emperador era verdad o mentira. Pero cualquiera fuera la respuesta, no debió de haber hecho lo que hizo el día anterior.

Él allí era solo un esclavo, un sirviente. Y como uno, no debía siquiera pensar en hacer enojar a su amo. Pero él, en su estupidez, lo había hecho. Había hecho enojar al emperador, lo sabía bien, pues solo el golpe en su rostro lo demostraba. Porque, si bien no recordaba lo que había sucedido mientras estuvo ebrio, estaba casi seguro de que había sido el ojiazul quien lo había golpeado.

Y ahora, venía la tormentosa pregunta. ¿Qué sucedería? ¿Qué eventos se desatarían cuando el emperador saliera del baño? Sí, el ojiazul había entrado a la habitación tiempo atrás. Pero el romano ni siquiera le había dirigido la mirada, y en cambio, había caminado directo hacia el baño, hacia aquella terma donde curiosamente habían compartido besos y caricias el mismo día en el que todo se convirtió en desastre.

Debía admitir además, que el hecho de que el romano no volteara a verlo siquiera le había trasmitido temor. Sí, temor. Ya que si el castaño no quería hablar, no había forma de arreglar las cosas. Y si no había forma de arreglarlas...

Detuvo el pensamiento. No podía permitirlo. Tenía que hacer algo para arreglar la situación. Pero... ¿qué? ¿Cómo podía hablarle al emperador cuando él mismo no se atrevía a darle la cara, pues no deseaba que el ojiazul mirara su de repente horrible rostro?

Se mordió el labio, casi tan fuerte como para que la sangre escapara.

Debía hacer algo...

Su corazón latió de pronto con exagerada fuerza, casi queriendo salirse de su pecho, cuando al fin se escucharon pasos. Pasos seguros y firmes. No había duda, era el emperador.

Por unos segundos, se mantuvo allí, envuelto entre las sábanas. Si hubiera tenido opción, se habría quedado en esa posición para siempre. Pero ahora, debía enfrentar el problema, que por cierto él mismo había causado.

Quitó la sábana hasta la mitad el rostro, dejando apenas sus ojos descubiertos.

Y entonces, la sorpresa y el temor lo acecharon, cuando notó cómo el romano tenía todas las intenciones de salir de la habitación.

No, no podía irse. Debían resolver aquel problema en ese instante.

-Emperador- Lo llamó al fin, intentando que su inseguridad no se infiltrara en su voz. Aunque estaba seguro de que había fallido miserablemente.

Aun así, cierto alivio lo inundó al ver al gobernante detenerse.

Pero el ojiazul no dijo nada, solo se quedó allí, esperando al parecer a que Yami dijera lo que tenía que decir.

-Tenemos que hablar... sobre... lo que sucedió ayer- intentó explicar el egipcio.

-¿Tienes una buena excusa acaso? Porque si no es así, no tengo deseos de lidiar más contigo- habló el soberano, su voz fría enviándole escalofríos al menor. Y de nuevo, el ojirubí sintió temor, ésta vez mayor. ¿A qué se refería el emperador cuando dijo que no deseaba lidiar más con él? Acaso podía ser que... Negó con la cabeza. No, no iba a permitir que eso sucediera.

-Excusa no hay que explique mis acciones. Solo quiero... quiero que sepas lo que sucedió. Y cuando lo hayas hecho, yo... respetaré tu juicio- afirmó el egipcio. Había hecho mal, lo sabía. Así que ahora, no podía ir en contra de la decisión del ojiazul.

-No me interesa escuchar la historia de lo sucedido. Si no hay razón ni excusa que explique tus acciones entonces...- se detuvo, al parecer buscando las palabras que le seguirían a aquella oración.

Suspiró, cerrando sus ojos azules por unos segundos.

-Cuando los egipcios hablaron de ti... no mencionaron que actuaras como una prostituta- afirmó. Los ojos de Yami se abrieron en impresión al escuchar las palabras del ojiazul.

-¡No soy una prostituta!- exclamó, sabiendo que estaba cruzando los límites al alzar la voz, pero deseando corregir tan grave afirmación.

-Si vas a seguir utilizando ese tono para dirigirte a mí, avísame de una vez para preparar tu salida de Roma hacia Egipto- amenazó el castaño, dejando congelado al príncipe. De hecho, el horrible dolor de cabeza que había disminuido ligeramente volvió a azotarlo de manera feroz. Además de esto, un gran mareo lo inundó.

Entre todo esto, el joven intentó pensar con claridad. Y solo pudo llegar a una conclusión.

Debía de... rogar. No existía otra opción.

-Emperador, solo quiero que escuche lo que tengo... lo que necesito decirle. Eso es todo. Por favor, lo único que pido es... clemencia- rogó. Jamás pensó que llegaría a rebajarse tanto. Pero estaba desesperado ahora.

Hubo silencio por unos segundos, el cual fue roto debido a una exclamación de dolor que el egipcio dejó escapar. Aquel dolor de cabeza se estaba volviendo insoportable. Si seguía así, sabía que se desmayaría en cualquier momento.

-Le diré al médico que venga a verte, pues al parecer tanto... alcohol tuvo sus efectos- habló de pronto el emperador, con lo que el príncipe pudo interpretar como rastros de sarcasmo.

Luego de eso, el ojiazul abrió la puerta.

El corazón de Yami pareció romperse al ver aquello. Necesitaba arreglar todo ese asunto. El castaño aún no podía irse...

-Volveré cuando el sol se oculte. Espero que lo que tengas que decir a tu favor sea bueno- afirmó el ojiazul, saliendo al fin de aquella habitación.

Una enorme ola de alivio inundó al ojirubí.

Nada se había arreglado aún, eso lo sabía. Pero al menos, tenía ahora la oportunidad de explicarle al ojiazul lo que había sucedido.

Sus pensamientos fueron interrumpidos, cuando otro gemido de dolor escapó de su garganta, la cual por cierto, estaba seca.

-Necesito agua- ordenó, con la poca voz que aún le quedaba.

Nuevamente, uno de los esclavos que estaban allí se acercó con un tazón lleno de agua.

El príncipe salió al fin de entre las sábanas, revelando su rostro entero y parte de su pecho. Ésta vez, tuvo que hacer un enorme esfuerzo por sentarse en la cama. De hecho, tuvo que intentarlo una segunda vez, pues en la primera había fallado.

Tomó a como pudo el tazón, no deseando derramar el agua encima suyo.

Y comenzó a tomar el líquido, sintiendo un profundo alivio al sentir éste correr por su garganta. De hecho, hasta ese momento se dio cuenta de que tenía mucha sed. Demasiada a decir verdad. No podía dejar de tomar el agua. Así que siguió, negándose a separarse del tazón hasta que la última gota que había en él terminara en su boca.

Luego, le devolvió el objeto al esclavo.

-¿Desea más, príncipe?- preguntó con voz monótona el joven esclavo.

-No- fue la única respuesta del egipcio. Después de todo, estaba hablando con un esclavo. Y a ellos solo se les podía dar órdenes.

El ojirubí suspiró al pensar en esto, volviéndose a acostar.

Miró por unos segundos a aquel miserable joven.

¿Era él acaso como ese esclavo? Sabía bien que se encontraba en Roma para servirle al emperador. Pero, ¿a niveles tales como esos? ¿Estaba viviendo él una vida de humillación y silencio como aquellos seres?

Bajó la mirada, enredándose de nuevo en las sábanas.

La respuesta... era un 'sí', ¿cierto?

-Quiero volver con mi familia- susurró el joven. Tal vez días atrás pensó que estar allí no era una tortura, pero ahora, no había duda de que Roma era su peor pesadilla. Lo único que deseaba era salir de allí y volver a su vida en Egipto.

En Roma, no tenía libertad. Sin mencionar el hecho de que varias personas lo odiaban. Por ejemplo, aquella mujer, Minerva. Estaba casi seguro de que la mujer se había aprovechado de la situación la noche anterior para llevarlo a aquel lugar.

-Era la bacanal... la festividad de la que hablaba el emperador- habló para sí. Ahora sabía que la fiesta en la que había estado la noche anterior era esa. Era más que obvio. -Tiene todo el derecho de estar furioso conmigo- agregó.

Había sido un estúpido. No debió de haberle pedido ayuda a Minerva.

Lo que debió haber hecho... era buscar al emperador y contarle lo que había escuchado. Solo él podía aclarar la situación. Si lo que le habían dicho era verdad... bueno, su situación no sería nada buena, pero de seguro no tan mala como la presente. Y si era mentira... entonces todo estaría bien...

-No puedo creer que haya sido tan idiota- se dijo. Y es que a decir verdad, aún le costaba creer que todo lo que había escuchado fuera verdad. Simplemente no podía imaginar al emperador incumpliendo con su palabra.

Sus pensamientos fueron interrumpidos de pronto, debido al sonido de la puerta al abrirse.

Un hombre de avanzada edad entró. Vestía una simple toga blanca y en su mano derecha traía una especia de baúl pequeño.

Yami lo miró por unos segundos. De seguro ese era el médico.

-Buenos días, príncipe- habló el hombre. Yami sintió ganas de rodar los ojos. Sus días no estaban siendo muy buenos que digamos después de todo. Pero aún así, por simple cortesía, contestó.

-Buenos días. ¿Es usted el médico?- preguntó en voz baja. El dolor de cabeza no le dejaba casi ni hablar.

El hombre asintió, acercándose a la cama donde se encontraba el joven, quien alejó nuevamente las sábanas de su rostro, notando de inmediato y con enojo como el hombre arrugaba el semblante al verlo bien.

Perfecto, si a ese hombre le daba asco verlo así, ¿qué haría el emperador?

-Según sé, se siente mal debido al vino que tomó la noche anterior- le dijo el médico. Yami asintió, sintiéndose aún algo indignado. Si estuviera en Egipto, podría ordenar la muerte de ese hombre en un instante por aquel gesto que había hecho.

Pero... no estaba en Egipto.

Suspiró. No podía hacer más que responder.

-Tengo mucho dolor de cabeza, y cuando me levanté tuve que vaciar mi estómago. Además tengo mareos- explicó. El hombre asintió.

-Es normal que eso suceda a la mañana siguiente después de tomar mucho alcohol- habló. -Lo mejor que puede hacer ahora es intentar descansar. Para mañana ya se sentirá bien- explicó el hombre.

-No creo que pueda hacerlo- afirmó el egipcio. Con aquel dolor de cabeza, no podría dormir tranquilo.

-¿El dolor es muy fuerte?- preguntó el médico, al parecer algo sorprendido. Después de todo, imaginaba que el príncipe ya había tenido esos efectos antes. No creía que fuera la primera vez que el joven tomaba alcohol.

-Sí. A decir verdad nunca he sentido algo así- se quejó el ojirubí, mirando con ojos entrecerrados al médico, pues la luz hacía que el dolor de cabeza se intensificara.

-Ya veo- le dijo el hombre, aún algo sorprendido. Pero entonces, abrió aquella especie de baúl que había traído. Miró entonces sus alrededores, notando al esclavo que estaba de pie en una esquina. -Trae agua- le ordenó.

Luego, sacó una bolsa de tela púrpura.

-Esto te hará dormir casi al instante- explicó. En ese momento, el esclavo apareció, en sus manos sosteniendo un tazón con agua. El hombre entonces regó un poco del contenido de la bolsa en el tazón, mezclando aquel polvo verduzco con el agua.

-¿Qué es eso?- preguntó el príncipe.

-Una hierba. Como dije antes, un poco de esto te hará dormir profundamente- contestó. Yami asintió, intentando no quejarse del dolor. Al menos ahora podría dormir. De verdad necesitaba hacerlo.

Notó entonces que el hombre le ofrecía el tazón. Por tercera vez se esforzó por lograr sentarse.

Y así, tomó aquel líquido, intentando no escupirlo al notar el desagradable sabor de éste. Era amargo, demasiado. Pero logró tomarlo todo.

Por fin, pudo acostarse de nuevo.

-Con eso ya estará bien, príncipe- afirmó el médico.

-Gracias- le dijo, cerrando sus ojos y escondiendo su rostro en una de las muchas almohadas.

-Me retiro- escuchó que el hombre decía. Ésta vez, Yami solo asintió.

Escuchó luego los pasos del médico. La puerta abriéndose y cerrándose anunciando que de nuevo estaba solo.

Se enredó entonces en las sábanas.

Por unos momentos, pensó en lo que sucedería luego de que el sol se ocultara. A decir verdad, no sabía lo que haría. No tenía idea por dónde empezar. Pero debía hacer hasta lo imposible por convencer al ojiazul. Había demasiado en juego, y no podía darse el lujo de perderlo todo.

Pronto, sus pensamientos fueron desapareciendo uno a uno, cuando su cuerpo comenzó a relajarse por completo.

-Es verdad... tiene un efecto... muy rápido- susurró, refiriéndose a la hierba que había tomado.

-...Seto...- Sin siquiera darse cuenta pronunció el nombre del romano, antes de quedarse profundamente dormido.


Tres hombres conversaban a la salida de la Curia Hostilia, lugar donde momentos atrás había finalizado la tradicional reunión del Senado.

Los tres hombres eran senadores. Y todos ellos, parecían estar disfrutando de algún tipo de triunfo. O al menos, eso se podía deducir al ver sus rostros enardecidos por el entusiasmo, y al escuchar sus comentarios sobre cómo habían logrado su cometido.

-Volverá a Egipto, no cabe duda- habló uno de ellos, de cabello negro y ojos miel. Vestía al igual que los otros dos, con una túnica que lucía dos franjas verticales color púrpura, las cuales comenzaban desde los hombros y llegaban hasta el final de la túnica, y con una toga blanca por encima de aquella túnica. Esa, después de todo, era la típica vestimenta de los senadores. Éste hombre además podría tener quizás unos cuarenta y cinco años de edad.

-Eso espero, Manius. No quiero volver a escuchar la sola mención del nombre de ese príncipe- afirmó el segundo, de cabello castaño y ojos verdes, quien podría oscilar entre los treinta y cinco y los cuarenta años de edad.

-No lo harás, Gaius. El emperador no dejará pasar una ofensa como esa- habló el tercer senador, el de más avanzada edad, de tal vez unos cincuenta años. Su cabello estaba cubierto de canas y sus ojos eran casi celestes.

-Servius tiene razón. Ese egipcio saldrá de Roma pronto- afirmó Marcus.

-Pero miren a quienes encontré. Mis senadores favoritos- Una voz femenina interrumpió la conversación.

Minerva se acercó, luciendo una túnica larga de caída floja. Y sobre ella vestía una palla de color verde oscuro, siendo ésta una tela de lana que pasaba por sobre su hombro izquierdo y bajo el derecho, y volvía a ser recogida en el brazo izquierdo. Su cabello además estaba recogido en un moño.

-Minerva, he de decir que esa palla combina con tus ojos, los cuales ahora parecen brillar. ¿Tuviste una buena noche acaso?- habló Gaius. La mujer rió, sabiendo bien a qué se refería el senador.

-Una noche espectacular debo admitir. Y todo gracias a ustedes, caballeros- afirmó.

-No seas modesta, Minerva. Participaste también- le dijo Manius.

-Y dime, ¿fue difícil convencer al príncipe... y claro, al emperador?- preguntó Servius. La mujer alzó una ceja, pero rió pronto.

-El príncipe es ingenuo, no hay duda de eso. Está confundido, aunque es algo obvio pues no está en su tierra. Supongo que el joven pensó que aquí todos lo recibirían con los brazos abiertos. Así que... fue una tarea sencilla, demasiado sencilla- afirmó. -Con el emperador... Los hombres son tan fáciles de conquistar cuando se encuentran sumidos en la frustración y el enojo. Sin ánimos de ofender. Pero han de admitir que es verdad- explicó la mujer.

-Si es una mujer quien quiere conquistarnos por supuesto que es verdad- afirmó Marcus. Todos rieron ante éste comentario.

No había duda, aquellas personas celebraban un triunfo, un gran triunfo.


-¿Adónde vamos, madre?- Un joven de catorce años, de cabello castaño y ojos azules preguntó. Vestía una simple túnica blanca y sandalias romanas. Además, su rostro demostraba cierto enojo. Y es que, a decir verdad, no tenía tiempo para estar aguantando las locuras de su madre.

-Hoy cumples catorce años, hijo. Solo deseo darte mi regalo- contestó la mujer, de cabello castaño y ojos grises. El menor solo miró la espalda de la mujer con desconfianza. Él caminaba detrás de ella, quien lucía una estola blanca y una palla azul oscuro. No sabía qué esperar, aunque, si venía de su madre, sabía que para él no sería algo bueno.

La mujer se detuvo de pronto, frente a una puerta, como muchas había en el palacio. Sonrió, pensando en lo que había preparado. Y así, abrió la puerta.

El joven miró lo que había en aquella habitación. Sus ojos se mostraron sorprendidos, pero por unos segundos antes de que el enojo volviera a inundarlos.

Pues a su punto de vista, la situación frente a él era humillante.

-¿Cuál es el significado de esto?- preguntó, utilizando un alto tono de voz. Quería que la mujer supiera que no estaba complacido con sus acciones.

Pero en cambio, su madre solo rió con tranquilidad.

-Ya es tiempo de que te conviertas en un hombre, Seto- le dijo, con completa calma, que solo logró enfurecer más al ojiazul.

-¿Así que me trajiste una prostituta?- se quejó, mirando a la mujer que estaba sentada en una cama en aquella habitación. Estaba desnuda, observando la situación mientras cruzaba las piernas. Su sola vista, junto con el exagerado maquillaje, aseguraba de que era una prostituta.

-La mejor en toda Roma- aseguró la mujer, como si aquello fuera todo un logro. -¿Qué esperas? Entra y diviértete- le dijo luego al menor.

El joven se quedó donde estaba por unos momentos, mirando a su madre con verdadero odio reflejado en sus ojos. Muchas cosas había hecho esa mujer antes, pero ésta simplemente se coronaba como la más estúpida y humillante de todas.

-Si no la quieres, hijo, se la daré a tu hermano Mokuba- amenazó de pronto la mujer. Los ojos del ojiazul se llenaron de sorpresa y... aunque le costara admitirlo, temor al escuchar éstas palabras. No, aquella mujer no podía siquiera pensar en acercarse a Mokuba. Y menos con tales objetivos. Su hermano aún era un niño.

Con pasos llenos de furia, entró a la habitación, escuchando en el proceso a su madre reír victoriosa.

Se detuvo entonces, y pronunció unas simples palabras, que se aseguraría de cumplir.

-Cuando sea emperador, lo primero que pediré será tu cabeza en bandeja de plata- prometió, su voz escuchándose fría, tal vez demasiado.

Pero entonces, su madre volvió a reír.

-Me regocijo en tus palabras, hijo. Si tienes el corazón para ordenar la muerte de tu propia madre, lo tendrás para acabar con cualquiera que se atraviese en tu camino. Serás un excelente emperador- aseguró la mujer.

Y luego de esto, la puerta de la habitación se cerró detrás del ojiazul.

Volvió a la realidad, al encontrarse frente a la puerta que conducía a su habitación. Por unos segundos, su atención regresó a aquel recuerdo que había tenido. Había intentado durante todo el día sacarse el asunto referente al príncipe egipcio de la cabeza. Y de alguna manera, había terminado pensando en su madre. La mujer a quien más había odiado. Pero que para su dicha, ya estaba muerta.

Suspiró de pronto. Ya era hora de volver a enfrentar su presente problema.

El sol se había ocultado tiempo atrás. Había llegado el momento.

Sinceramente, no deseaba ver al príncipe. Y es que no mentiría al decir que no había pensado ya en rechazar la propuesta egipcia. Sí, consideraba casi como primera opción mandar al joven de regreso a su tierra, y olvidarse así de todo el asunto. Después de todo, si el egipcio iba continuar dándole problemas, prefería mil veces añadir a Egipto al mapa romano. De todas formas, eso era lo que había planeado hacer desde el principio.

Pero le había dicho al joven que volvería después del atardecer, y siempre cumplía con su palabra.

Abrió entonces la puerta.

Había llegado la hora de resolver ese asunto.

Entró al lugar, mirando a su lado izquierdo. Allí, alejada algunos metros, se encontraba la cama. Pero lo que atrapó su atención de inmediato, fue la persona que se encontraba sentada sobre ella. El príncipe egipcio estaba allí, recostando su espalda contra las almohadas. Sus piernas estaban dobladas en forma ascendente, mientras que sus brazos las abrazaban. De su rostro, solo podía ver el perfil izquierdo. Desde su posición, se notaba el cansancio en aquel rostro. De hecho, estaba casi seguro de haber visto ojeras adornar los ojos del joven, los cuales ahora miraban al vacío. Al parecer, el egipcio no se había percatado aún de su presencia.

Por unos momentos, simplemente miró al ojirubí. No había duda, estaba muy decepcionado a causa de las acciones de Yami, pero no podía evitar pensar en el hecho de que tal vez existiera una razón. Una razón que explicara lo sucedido. Una razón, que le dejara en claro que aquel joven no era una simple prostituta, tal y como Minerva le había dicho la noche anterior.

Porque, si bien el joven era casi un experto en el asunto de la seducción, le costaba imaginarlo como una persona promiscua. Era como comparar a Minerva con Yami... a su parecer no había forma de hacerlo.

-Emperador- aquella simple palabra logró sacarlo bruscamente de sus pensamientos. Miró de inmediato al príncipe, notando una curiosa acción por parte de éste. El ojirubí ya no se encontraba de perfil, ahora mostraba todo su rostro, pero con su mano derecha, cubría su mejilla también derecha.

-¿Qué dijo el médico?- preguntó sin embargo, no queriendo por el momento cuestionar la acción del egipcio.

Yami pareció sorprenderse por la pregunta. No había esperado que aquello fuera lo primero que el ojiazul diría.

-Me dio a tomar una medicina a base de una hierba, para que pudiera dormir. Dijo que lo que sentía era normal después...- se detuvo, no queriendo mencionar nada que le recordara la noche anterior.

Pero el gobernante asintió, al parecer conociendo bien lo que Yami iba a decir. Después de todo, era muy obvio.

Hubo silencio entonces. El aire que inundaba el lugar era tenso.

El príncipe se mordió el labio. Sabía que debía decir algo. Había sido él quien insistió en hablar con el emperador, así que debía ser él quien comenzara.

-Yo... sobre lo que sucedió...- No pudo seguir. No sabía siquiera qué decir.

-Di lo que tengas que decir. Mi paciencia tiene un límite y no pienso estar aquí toda noche esperando a que te decidas- interrumpió el ojiazul con frialdad. -Ni siquiera sé por qué acepté escuchar tu historia. Considérate afortunado- agregó.

El egipcio bajó la mirada. Aquel tono tan serio que había utilizado el gobernante lo hacía sentir nervioso.

Pero ahora, debía hablar.

-Cuando salí del comedor... me encontré con dos personas que...- se detuvo, buscando las palabras correctas para decir luego. Suspiró, volviendo a hablar. -Me dijeron que solo planeabas usarme sexualmente y que luego... ibas a encerrarme en los calabozos y traerías a mi familia aquí y... cada uno de ellos morirían frente a mis ojos- explicó al fin. Le dolía tan solo decir aquello, pues debía admitir, que aún no sabía si era verdad o no.

-¿Y lo creíste?- preguntó el emperador. Yami no respondió. Pero saltó de repente, cuando el gobernante alzó la voz. -¿Creíste que tal vez solo soy un maldito tirano que incumple con su palabra? Eso es lo que creíste?- interrogó casi en gritos el ojiazul. El egipcio solo mantuvo la mirada sobre las sábanas. La reacción del castaño lo había dicho todo. Aquellas dos personas le habían mentido... De pronto, se sintió realmente estúpido.

-Yo solo... estaba confundido...-

-¿Confundido? Pero que elocuente excusa! El principito estaba tan solo confundido. ¡Por supuesto, no entiendo cómo no se me ocurrió!- exclamó con sarcasmo el ojiazul. Si bien al principio había planeado rechazar la propuesta egipcia, estaba dispuesto a cumplir su palabra de devolver al joven a su tierra. Ese había sido el trato, no faltaría a su palabra. Si no aceptaba al príncipe, este regresaría a Egipto.

Yami siguió mirando hacia las sábanas, notando algo entonces, sus manos temblaban. No iba a negarlo ahora, sentía nervios y mucho temor. Había cometido un error sin sentido, y eso podría acabar con toda la esperanza de su pueblo.

-Y en su confusión, el principito caminó hasta la bacanal, se embriagó y terminó teniendo sexo con un anciano... claro, ya lo entendí- siguió el emperador, asintiendo para reforzar sus palabras.

Pero entonces, sintió cierta sorpresa, al ver a Yami alzar su rostro de inmediato, dejando ver en sus ojos completo... terror.

-¿Sexo? Tuve... ¿tuve sexo?- preguntó. Por unos segundos, el ojiazul miró al joven con confusión. Estaba seguro de que el egipcio derramaría lágrimas en cualquier momento.

-No, aunque tus intenciones eran esas- habló con sinceridad el castaño, olvidándose del sarcasmo. Notó entonces cómo una enorme ola de alivio inundó los ojos carmesí del egipcio. Que reacción tan curiosa había tenido el joven...

Sin embargo, descartó el pensamiento de inmediato, y el enojo volvió a crecer.

-¿Eso es todo lo que querías decir?- preguntó. Si eso era todo, no pensaba quedarse allí un minuto más. Yami negó con la cabeza.

-Ellos también dijeron que... habías acabado con las vidas de tu madre y tu padre- susurró el egipcio.

-Al menos algo de lo que dijeron es verdad, es un alivio saberlo- fue la respuesta, inundada de nuevo por el sarcasmo. Aunque ahora, no podía negarlo. Al parecer, lo que Yami había dicho sobre éstas dos personas era verdad. Después de todo, ¿cómo iba el ojirubí a sospechar siquiera que él había matado a sus padres? Claro, tal vez mientras estuvo en la bacanal aquel hombre le había dicho. Pero sinceramente, no creía que el joven recordara absolutamente nada de lo que había ocurrido mientras había estado ebrio.

Todo esto, solo le trajo nuevas dudas. Porque, si era verdad lo que el príncipe decía, ¿quiénes eran éstas dos personas? Y por qué habían hablado con Yami?

-¿Es verdad?- Miró al joven, notando la sorpresa y el temor en sus ojos ante ésta nueva información. Asintió entonces.

-Ordené la muerte de mi madre, y asesiné a mi padre con mis propias manos- confesó. No se arrepentía de haberlo hecho. A decir verdad, haber terminado con esas dos vidas había sido un gran logro para él.

Yami se mordió el labio nuevamente. No había esperado que aquello fuera verdad. Ahora, no podía evitar sentirse aún más inseguro. Porque, si el romano había asesinado a sus padres, ¿qué más podría ser capaz de hacer?

Pero por el momento, no debía de darle importancia a esto, pues no era ese el tema por el cual estaban discutiendo. Así que con mucho esfuerzo, se enfocó en otro asunto.

-Minerva me llevó a la bacanal- afirmó. Necesitaba que el emperador entendiera aquello, y le creyera.

Pero claro, eso no sucedió.

-¡Solo eso faltaba! Ahora buscas culpables- habló el emperador, notándose sumamente enojado. Sí, no le agradaba aquella mujer, pero eso no significaba que aguantaría las mentiras de Yami.

-¡Juro que es verdad!- exclamó el egipcio. -¡Tienes que creerme! ¡No estoy mintiendo!-

-¡Suficiente, Yami!- gritó el ojiazul. El príncipe guardó silencio entonces. Estaba sorprendido, pues esa había sido la primera vez que el emperador lo llamaba por su nombre. -¡Ya me cansé de escucharte! Ha sido suficiente- le dijo. El ojirubí no habló. No sabía qué decir, además de que no deseaba hacer enojar aún más al gobernante.

-No me interesa quien te haya llevado, ya fuera con engaños o no, a la bacanal. Terminaste ebrio por decisión propia. Estuviste a punto de tener sexo con un anciano gracias a tus propias acciones. ¡Eso es lo único que me interesa! ¡El hecho de que actuaste como una ramera!- explicó el emperador. Ésta vez, Yami no pudo contenerse.

-¡Pero no lo soy! ¡Acepté el vino que me ofreció esa mujer para que me dejara en paz! Pero no lo hizo... y... fue la primera vez que probé el alcohol. ¡Una sola copa tomé y después ya no recuerdo nada!- exclamó el príncipe.

-¡No escucharé más!- anunció el castaño, dándose la vuelta y preparándose para salir de allí.

Pero entonces, el egipcio salió de la cama de inmediato, alejando su mano de su mejilla sin importarle que el castaño mirara ahora aquel moretón. Corrió hacia el ojiazul, cayendo de rodillas frente a él y tomando con fuerza partes de la toga del gobernante.

Sí tenía que rogar nuevamente, estaba dispuesto a hacerlo. No le importaba su orgullo, mientras su familia estuviera a salvo.

-Hice mal y lo reconozco. Fue horrible, estar en medio de aquella celebración. Fue desagradable. ¡No quería estar ahí!- habló con sinceridad. Hubo silencio entonces.

El príncipe se atrevió a mirar al emperador, la angustia creciendo al ver cómo el castaño miraba su rostro con cierta mueca de asco. Se veía horrible, lo sabía bien, así que era obvio que el gobernante reaccionara de esa manera. Aunque, no pudo evitar sentirse mal por aquel gesto.

-Dame una buena razón para no mandarte de vuelta a Egipto en éste instante- habló al fin el romano. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Yami al escuchar esto. No, no podía volver a Egipto. Por más que quisiera hacerlo, debía hacer hasta lo imposible por recuperar el agrado del rey.

-Dices que soy una prostituta- comenzó a decir. No quería seguir, pero debía hacerlo. Era la única opción que le quedaba.

De entre todas sus posesiones, aquella era la más preciada para él. La había guardado y atesorado, esperando conocer a alguien especial a quien entregársela. Pero, cuando había tomado la decisión de ir a Roma, había aceptado sacrificar aquella posesión.

Había decidido que se la entregaría al emperador romano.

-Yo... soy virgen. Nunca he estado con hombre ni mujer. Soy... soy virgen- confesó al fin, mirando al suelo. No quería ver el rostro del castaño.

El gobernante solo pudo mirar al príncipe con sorpresa, la cual no intentó esconder. De por sí, el egipcio tenía la mirada baja.

Le costó unos segundos comprender la nueva información.

Aquel joven, quien había puesto en práctica un juego de seducción, durante todos los días en los que había estado allí... ¿era virgen? Tenía que estar bromeando.

-¿Y pretendes que crea eso?- preguntó con frialdad.

-Es verdad- susurró el ojirubí. Aquello solo elevó nuevamente el enojo en el gobernante.

-La noche que llegaste aquí, bailaste de forma erótica. Luego, te la has pasado seduciéndome durante todos éstos días. ¿Y ahora me dices que eres virgen? ¿Por quién me tomas, un idiota?- le dijo.

-¡Hice todo eso porque fue lo que me dijeron que hiciera! ¡Pero yo no soy así!- intentó explicar el príncipe, atreviéndose nuevamente a mirar al castaño.

-Claro, ahora hasta me vas a decir que tu primer beso fue conmigo- habló con sarcasmo el ojiazul. Pero para su sorpresa, hubo silencio. Miró a Yami, notando que el egipcio también lo miraba. Y entonces, el ojirubí asintió.

-Lo fue- afirmó en apenas un susurro.

-¡Suficiente! ¡Ya fuiste muy lejos!- exclamó, abriendo la puerta. -Suéltame- ordenó luego, notando que el menor aún conservaba un fuerte agarre en su toga.

-Pero... emperador...-

-¡Suéltame! ¡Es una orden!- salió aquello en un grito. El egipcio de inmediato obedeció, quedándose ahora sentado en el suelo y manteniendo la mirada baja.

Y así, el emperador salió de allí, azotando la puerta.

Yami siguió mirando al suelo. Se sentía mal, pésimo a decir verdad. Le había confesado al romano algo importante para él, pero éste no le había creído.

-Es verdad... lo que dije es verdad- susurró con derrota.

Ya no sabía cómo arreglar las cosas. Había utilizado todas las opciones que se le habían ocurrido.

No había duda... había fallado.


Magi: actualicé un poco tarde esta vez. Pero quiero volver a actualizar todos los lunes n.n

Agradecimientos a Ruka, Natsuhi-san, Azula1991, mariANA, NIKO-CHAN, yoyuki88, sayori sakura, Atami no Tsuki y manita chio por sus reviews. Y gracias a las dos personas que me prometieron dejar 50 reviews! Significa muchísimo para mí saber que les gusta tanto mi fic hasta el punto que piensan sacar tiempo tan solo para ayudar a recuperar los reviews que perdí. Y todos lo que han dejado review, que aunque ya leyeron los capítulos siguen comentando. Me anima mucho recibir tanto apoyo n.n

Imagino que muchas se irán a broncear esta semana T.T Yo me quedo en mi casa. Aburrido. Tengo muchísimas ganas de ir a la playa… hace años que no voy O.o

En fin, me salí del tema.

Gracias por todos sus comentarios! Y sobre el fic nuevo… de hecho son dos fics nuevos… sí, escribí otro hace unos días. Los dos son SetoxYami. Tal vez publique uno… voy a editarlo un poco y veré qué hacer. Por el momento, quiero enfocarme más que todo en este fic. Si publico otro fic, su actualización será un poco más lenta, hasta que Flor de loto esté completo.

Me despido.

Ja ne!