Flor de loto
Capítulo 8
Estaba de mal humor, de eso no había duda.
Las personas al notar su semblante se hacían a un lado de inmediato, murmurando apenas un 'Señor', o 'Emperador' como forma de saludo.
El ojiazul simplemente los ignoraba. En cambio, se concentraba en seguir caminando. De hecho, solo sus pasos demostraban claramente que el gobernante se encontraba inmerso en un estado de furia.
Y es que un detalle resaltaba en la mente del rey. Ya era un nuevo día, el sol había salido de nuevo. Pero todavía, aquel asunto no abandonaba su mente.
La indignación lo inundaba. Sí, completa y nítida indignación. Pues así se sentía cada vez que le mentían. Y la noche anterior, eso había sucedido. Le habían mentido.
Aquel príncipe egipcio había afirmado algo que su mente solo podía calificar como sucias mentiras. Palabras que no se basaban en hechos reales. Eso, es lo que había dicho el príncipe. Pues no había duda de que el egipcio no era puro, tal y como él afirmaba. Sí, era muy claro que el joven no podía ser virgen. Simplemente aquella palabra no podía usarse para describirlo.
La inocencia era algo que carecía en aquel joven. La pureza ya era un tema lejano en el lenguaje y expresión del egipcio.
Era completamente imposible que el egipcio fuera virgen.
Y por eso se encontraba ahora de mal humor.
A su punto de vista, las mentiras que el príncipe había pronunciado eran una completa burla dirigida hacia él. Sí, se sentía burlado, y odiaba ese sentimiento.
Y no solo eso. Para cerrar el caso con broche de oro, Yami también había dicho otra mentira aún más evidente.
Pues la noche en la que llegó a Roma, el egipcio se había atrevido a besarlo. Y no solo eso, el joven había dirigido aquella caricia de manera magistral. Así que era muy obvio que Yami ya había besado antes.
Pero no, el joven había dicho que jamás besó a nadie más. Que aquel había sido su primer beso.
La furia aumentó dentro de su pecho. ¿Acaso creía el egipcio que él era estúpido? ¿Qué tal vez creería una mentira como esa? Por los dioses, había esperado que el joven fuera más inteligente.
-Señor, hemos llegado- Aquel aviso logró sacarlo de sus pensamientos. Miró al guardia, quien tenía su mano sobre la puerta que ahora se encontraba frente a ellos.
El emperador simplemente asintió, dando la orden silenciosa para que el guardia abriera la puerta.
Y así lo hizo el hombre. La puerta se abrió, revelando lo que había del otro lado.
El gobernante caminó dentro, hacia una de aquellas sillas que más bien parecía una pequeña cama. Escogiendo así una de las tres que había allí, se recostó.
-Buenos días, hermano- escuchó que le decían. Alzó la mirada, encontrando a su hermano Mokuba en el asiento que se encontraba al otro lado de la mesa. -O no tan buenos, por lo que veo- agregó el menor, al notar el semblante del ojiazul.
-Hmm- fue la única respuesta.
El chico rodó los ojos. Ya estaba más que acostumbrado al carácter malhumorado de su hermano. Y después de años de práctica, había aprendido a manejarlo.
-¿Qué esperas? Habla de una vez- le ordenó.
El emperador lo miró con cierto enojo. Sin duda alguna, si aquel no fuera su hermano, recibiría un buen castigo por atreverse a darle órdenes.
-Egipto cumpliendo con su tarea de darme más dolores de cabeza- habló al fin.
-Te dije que no aceptaras la propuesta de esa gente, hermano. Ahora debes de aceptar las consecuencias- anunció el menor.
-Tu manera de dar apoyo es admirable, Mokuba- respondió el ojiazul con sarcasmo. El chico sonrió, y estaba a punto de responder cuando dos esclavos se acercaron. Uno de ellos traía una bandeja con dos copas de vino, y el otro, traía en la bandeja dos platos con frutas.
Todo aquello fue colocado en la mesa.
Y cuando la tarea fue terminada, los esclavos se alejaron.
El emperador de inmediato tomó su copa. Definitivamente, necesitaba alcohol en ese momento. Y mientras tomaba un sorbo, su hermano habló.
-¿Qué sucedió?- El castaño rodó los ojos. No deseaba hablar más de aquel tema. -Es decir, conozco parte de lo que sucedió. Lo de la bacanal y todo ese asunto. Pero por lo que veo hay algo más- agregó.
-Hablé con él ayer-
-¿Y qué dijo?-
-Mentiras- fue la respuesta. El chico asintió. Ahora sabía bien por qué su hermano se encontraba de mal humor.
-¿Qué clases de mentiras?- insistió el menor. El ojiazul alzó una ceja.
-Preguntas demasiado, Mokuba- afirmó. El chico se alzó de hombros.
-Soy curioso y lo sabes. Además, hablar te hará bien- fue la respuesta. El ojiazul sintió molestia en ese momento. Su hermano simplemente no se daría por vencido, ¿cierto?
-Según él, Minerva lo llevó a la bacanal- confesó al fin. Mokuba rió por unos segundos.
-No me extrañaría que eso fuera verdad, hermano. Esa mujer está completamente desquiciada. Sin contar además con el hecho de que ha andado tras de ti por mucho tiempo. Quién sabe, tal vez cuando vio la competencia decidió jugar sucio- afirmó entre risas. -Porque debes admitir que ese príncipe representa una gran competencia. Lo digo yo que ni siquiera me gustan los hombres, pero ese egipcio es... bueno, un dios en la tierra es poco para describirlo y lo sabes- finalizó. De nuevo, el ojiazul rodó los ojos.
-Un dios del sexo... y aún así insiste en que es virgen- susurró sin siquiera darse cuenta. Pero claro, el menor escuchó aquello perfectamente. El chico volvió a reír entonces.
-¿Virgen? ¿Eso te dijo? Por Júpiter, tú eres más inocente que ese joven, enserio. Y no eres nada virgen- le dijo. El emperador lo miró sorprendido por varios segundos. ¿Acaso su hermano lo había llamado inocente? ¿Había perdido la cabeza?
-¿Inocente?- preguntó sin creerlo aún.
-No en ese sentido, hermano. Es obvio que no tienes nada de inocente. Lo que quería decir es que... ¿cómo explicarlo?... bueno, te daré un ejemplo. Tú jamás bailarías esa danza que practicó el egipcio cuando llegó aquí, ¿cierto? Lo que quiero decir, es que ese joven conoce de seducción y sexo, y no le apena gritarlo para que todos escuchen. En cambio tú, eres más... reservado en el asunto- explicó.
-Entonces es verdad, no hay manera de que el joven sea virgen- afirmó el ojiazul. Mokuba tenía razón, al príncipe no parecía importarle que todo el universo supiera que él sabía sobre sexo y seducción. Así que no podía ser virgen...
-Bueno... es muy probable que no lo sea. Pero la idea no se puede descartar del todo, hermano- habló el menor.
-¿A qué te refieres?- preguntó el castaño. Se sentía confundido ahora, aunque obviamente se negó a mostrarlo.
-A que el príncipe no diría algo como eso sabiendo el efecto que tendría... a menos de que fuera verdad- afirmó el menor. -Es difícil de creer después de todas las demostraciones que ha dado. Pero puede ser cierto-
-Entonces estás diciendo que sí es virgen-
-Estoy diciendo que el príncipe es muy inteligente para mentir con algo como eso- fue la respuesta. Hubo silencio entonces. El chico miró al ojiazul, notando el semblante poco alegre de su hermano. Suspiró entonces. -Tienes que hablar con él nuevamente y con Minerva también. Forzarlos a ambos a decir la verdad... sobre todo a esa mujer- afirmó.
-No tengo deseos de siquiera ver a ese príncipe- habló el emperador.
-No hay opción. Tienes que resolver todo éste asunto, de un modo u otro. Y sino... simplemente envíalo de regreso a Egipto y deja de perder el tiempo- aconsejó el menor. El gobernante lo miró. Su hermano podría ser sin lugar a dudas su consejero. Aunque en ese momento, no le agradaba para nada la solución que el menor le había propuesto.
Pero no podía negar que su hermano estaba en lo cierto. No podía darse el lujo de seguir pensando en el egipcio. Debía tomar una decisión, olvidarse de ese asunto y concentrarse en dirigir un imperio.
-Creo que cuando tengas la edad suficiente te nombraré prefecto del pretorio (1)- comentó.
-¿Eso significa que seguirás mi consejo?- preguntó. El ojiazul asintió.
-Hablaré con él-
Ante esto, Mokuba simplemente sonrió.
Se levantó del lugar en el que había estado arrodillado segundos atrás. Había terminado de hacer sus oraciones. Y es que en ese momento, más que en ningún otro, necesitaba la ayuda de sus dioses.
Por unos momentos, miró al cielo.
El día se presentaba soleado y bello. Pero ni aún los rayos de Ra podían tranquilizar aquella angustia que sentía.
Había pasado una mala noche. Casi no había podido dormir. En cambio, se había resignado a dar vueltas en la cama. Así que para su gran molestia, aquellas ojeras que habían adornado su rostro el día anterior aún lo acompañaban.
A su mente acudieron los eventos del día anterior. No habían sido nada buenos.
Y ahora, no sabía qué sucedería. Lo más seguro, es que en el transcurso del día, algún guardia o esclavo se acercara a decirle que ya debía volver a Egipto. Pues a su parecer, esa sería la decisión que tomaría el emperador.
Si tan solo el romano le hubiera creído, tal vez la situación sería otra. No había mentido, cada una de sus palabras se había basado en hechos reales. Minerva lo había llevado a la bacanal, y sobre todo, él era virgen. A decir verdad, ni siquiera sabía con seguridad lo que era el sexo. Tenía un ligero conocimiento sobre el tema, pero no tenía idea de cómo debía progresar una situación sexual.
Por esa misma razón, por poco había llorado cuando el ojiazul mencionó que él casi había tenido sexo con un anciano. Y es que, sonara patético o no, su virginidad era sin duda alguna uno de sus más grandes tesoros.
Ni tampoco había mentido cuando le dijo al rey que con él había compartido su primer beso. Se había sentido temeroso aquel día, cuando había terminado de bailar, y sabía lo que debía hacer luego. Cuando había caminado hasta el ojiazul, y había sellado sus labios con los del romano... sinceramente no habría sabido cómo comenzar con aquel beso, si su madre no le hubiera explicado de antemano cómo hacerlo.
Sí, aquella mujer le había explicado aquello. Pero él nunca la dejó explicarle lo que debía hacer antes, durante y después del sexo. Lo único que le había dejado enseñarle, era cómo seducir, nada más.
Así que obviamente, sería fácil probarle al castaño que él era virgen. Con que tuvieran relaciones bastaba para que el romano aceptara la verdad. A menos claro, que el ojiazul pensara que él solo estaba actuando. Aunque no sabía si en una situación como esa se podía fingir... porque nuevamente, él conocía muy poco sobre el sexo.
Suspiró, intentando salir de sus pensamientos. No deseaba por el momento darse más dolores de cabeza con ese asunto.
Se dio la vuelta, con el pensamiento de salir de allí. No sabía en realidad donde ir, pero al menos, tenía en claro que no deseaba permanecer encerrado en una habitación como el día anterior. Claro, podía quedarse allí, en aquel hermoso jardín. Pero sentía la necesidad de caminar.
Dio varios pasos, acercándose así a los pasillos del lugar.
Y entonces, ojos verdes captaron su atención.
La sorpresa lo inundó. Por unos momentos, se quedó allí de pie sin moverse. Pero cuando notó que la mujer se alejaba, se obligó a correr tras de ella.
Necesitaba una explicación. Una que solo Minerva podía darle.
-¡Minerva!- llamó a la mujer, tomando con fuerza la muñeca de ésta.
La mujer se dio la vuelta, notándose sorprendida al ver al príncipe. Pero entonces, su semblante se notó enfurecido.
-¿Qué tan estúpido puedes ser, príncipe? Tenías la oportunidad de salir de aquí y en cambio te embriagaste como Remo (2). Y vaya si terminaste como él. Te burlaste del emperador y cruzaste la muralla, y ahora... tienes tu merecido- le dijo. Yami no prestó demasiada atención a las palabras de la mujer. Conocía ya el mito romano de Rómulo y Remo.
-Nunca tuve una sola oportunidad. Tenías planeado todo desde el principio- reclamó el joven. La mujer rió.
-Tenía planeado sacarte de aquí. Yo cumplí con mi parte. No me reclames ahora por asuntos que solo te conciernen a ti- le dijo.
-Mientes. Tus intenciones fueron deshonestas de principio a fin. No eres más que una mujer con boca y mente de serpiente. Venenosa y egoísta- habló con furia el príncipe.
-Me fascinan tus metáforas, príncipe. Pero no tengo intenciones de seguir escuchándote. Suéltame ahora- ordenó, pues aquel agarre del ojirubí en su muñeca aún seguía allí.
-No te dejaré ir hasta que vayas con el emperador y le digas lo que has hecho- afirmó el egipcio.
-Eso no sucederá. Sin importar lo que hagas- le dijo. Sonrió luego, mirando el rostro del príncipe. Con la mano que tenía libre, tocó la mejilla lastimada del joven, haciendo que éste alejara su rostro de inmediato. -Solías ser tan bello. Tu rostro solía ser perfecto y envidiable. Y mírate ahora. Como un esclavo luces la marca del castigo de tu amo en tu mejilla, y como un trabajador que no abandona su labor muestras ojeras bajo tus ojos. Ya no eres perfecto, ni tampoco hermoso- comentó, logrando que el enojo dentro del príncipe se intensificara.
-¡Cierra la boca!- exclamó el egipcio. Y de un solo empujón, lanzó a la mujer contra la pared. Se acercó a ella luego, colocando sus manos en la pared a los lados de la cabeza de la mujer. Para su dicha, la mujer era tan solo un poco más alta que él.
-¿Qué piensas hacer, príncipe? ¿Lastimarás a una dama?-
-No veo una dama ahora. Solo un demonio disfrazado con un manto belleza- afirmó. Sí, no iba a negar que Minerva fuera atractiva, pero solo en el exterior. Ahora lo sabía bien.
-Me ofendes, príncipe- habló la mujer, llevando su mano derecha hacia sus ropas sin que el ojirubí lo notara. -Pero... si no piensas lastimarme- susurró, sacando un objeto de entre su vestimenta. Y solo en ese momento Yami notó aquel movimiento. Sus ojos se abrieron en impresión al ver el objeto que se encontraba en la mano de la mujer. -Yo te lastimaré a ti- finalizó. Yami se alejó, quedándose cerca pero a precavida distancia. Después de todo, la mujer tenía una daga en su mano.
-¿Piensas asesinarme acaso?- preguntó con calma, aunque por dentro estaba algo alarmado. Minerva rió.
-Mi príncipe, hoy no es el día de tu muerte. Pero ten en claro que si te quedas en Roma, tu vida estará en constante peligro- le dijo. Yami lo entendió entonces. Aquello era una amenaza.
-Y si regreso a Egipto estará dictada mi sentencia de muerte- remató. No pensaba darse por vencido. Y si estar allí era peligroso, que así fuera.
-Eres valiente... pero eso no es suficiente- afirmó la mujer. -Tu presencia no es de mi agrado ya. Hemos hablado lo suficiente. Sé que no te irás por decisión propia así que... tendré que hacerlo a la fuerza- habló.
Y allí, ante el semblante atónito del egipcio, la mujer se hizo un corte en el brazo izquierdo con aquella daga. La sangre comenzó a brotar de inmediato, cayendo al piso gota por gota. Minerva dejó caer la daga al suelo, y, mirando al príncipe con pinceladas de burla presentes en sus ojos, comenzó a gritar.
-¡Guardias, necesito ayuda! ¡Quiere acabar con mi vida!- exclamó. Yami no pudo moverse. Su mente le decía a gritos que saliera de allí en ese instante, pero sus pies no obedecían. Intentó moverse con todas sus fuerzas, pero nada dio resultado.
Y entonces, brazos se enredaron en los suyos. Y solo hasta ese momento, pudo moverse, forcejeando contra quienes lo aprisionaban.
-¡Suéltenme! ¡No he hecho nada malo!- exclamó con enojo, no creyendo su suerte. Más problemas, no podía ser posible. -¡Soy un príncipe, no pueden hacerme esto!- insistió. Sintió pánico cuando los guardias comenzaron a conducirlo por los pasillos. ¿Qué sucedería ahora?
Miró entonces a Minerva.
-¡Le dirás al emperador lo que hiciste! ¡De alguna manera haré que lo hagas!- afirmó. La mujer sonrió.
-Por supuesto, príncipe... si no regresas a Egipto hoy mismo, claro- le dijo. No hubo respuesta, solo una mirada furiosa por parte del ojirubí.
Y así, el joven y los guardias se perdieron en los pasillos. Solo uno se quedó allí.
-¿Quiere que llame al médico?- preguntó el hombre.
-No. Solo lárgate- ordenó la mujer. El guardia obedeció sin decir nada más.
Y entonces, la risa de Minerva resonó en todo el lugar.
-Esto es divertido- susurró, agachándose para recoger la daga. La miró entonces, notando el brillo que el afilado metal emitía, y los rastros de sangre que lo cubrían.
-Demasiado divertido- finalizó.
Se encontraba sentado en la cama. Después de todo aquel lío, los guardias lo habían encerrado en aquella habitación, la habitación del emperador. Ahora, no podía salir de allí, pues no se lo permitían. Debía esperar a que llegara el gobernante y tomara una decisión.
Pero claro, estaba seguro de que el romano no estaría nada feliz con lo sucedido.
-Lo acepto, soy un estúpido- afirmó, apretando las sábanas con sus manos.
Sí, era un verdadero idiota por haberse dejado llevar por sus emociones de esa forma. Pero su deseo de arreglar las cosas era tan grande que lo hacía cometer predecibles errores. Después de todo, luego de lo que Minerva había hecho, era obvio que la mujer tomaría precauciones, como cargar una daga con ella todo el tiempo.
Suspiró. En cualquier momento llegaría el ojiazul. Lo sabía bien, pues uno de los guardias había ido a buscarlo para informarle de lo sucedido.
Y como respuesta a sus pensamientos, la puerta se abrió de golpe.
El egipcio saltó levemente debido a la sorpresa.
Miró a la izquierda, y se encontró con el semblante completamente furioso del emperador. Sí, era obvio que el ojiazul no estaba contento.
-¡Qué has hecho ahora! ¡No te basta ya con los problemas que me has dado!- exclamó el castaño. Yami suspiró. No deseaba iniciar otra pelea. No tenía intenciones de siquiera defenderse. Estaba ya cansado de esa situación, y no quería empeorarla. -¿Y bien?- preguntó el ojiazul.
-No hablaré, emperador. No me creerás de todas formas- susurró el ojirubí. Sí, ¿para qué hablar si el romano tomaba sus palabras como mentiras?
Hubo silencio entonces.
El emperador miró al joven, notando el semblante de derrota que inundaba su rostro. Ese no era el príncipe que conocía.
-¿Qué sucedió?- preguntó con un poco más de calma. Después de todo, le había dicho a Mokuba que hablaría con el egipcio. Hablar, no gritar. Iba a intentar apegarse a aquello.
El príncipe miró al romano. Al menos el emperador había dejado de gritar. Sintiendo un poco más de confianza decidió hablar.
-Quería que Minerva te dijera lo que había hecho... para que pudieras creerme pero... sacó una daga y se hirió a sí misma. Luego llamó a los guardias y... fue humillante ser arrastrado como un maldito criminal por culpa de esa mujer- habló.
-¿Cuántos problemas más piensas causar?- preguntó de pronto el emperador, el enojo creciendo. -Estaba en una importante reunión con el Senado y por tu culpa tuvieron que suspenderla- comentó.
-Pero no fue mi culpa...-
-¡Por supuesto que lo fue! Estoy cansado ya de todo ésto!- exclamó. Bien, adiós a su calma. Simplemente ya no podía más. Yami estaba interfiriendo ahora con sus deberes como emperador. No podía estar suspendiendo reuniones solo porque el príncipe se había metido en problemas.
-Emperador...-
-Primero mientes y ahora interfieres con mis deberes. Ya tuve más que suficiente- afirmó.
-Pero yo no mentí. ¡Sí soy virgen!- intentó convencer el ojirubí.
-¡No me interesa sí eres virgen o no! ¡Porque esto se acabó!- gritó el ojiazul. Yami lo miró sorprendido.
-¿Qué quieres decir?- preguntó casi con miedo. Y el romano sonrió, de una manera tan maliciosa que hizo que todo el cuerpo del egipcio temblara.
-Regresarás a Egipto. Y apenas lo hayas hecho enviaré a mis mejores legiones a conquistar tu tierra- sentenció el emperador.
Yami se quedó completamente congelado. Las palabras del romano parecían no querer ser absorbidas por su mente. ¿Regresar a Egipto?
-No...- susurró, intentando contener las lágrimas. No, no podía ser verdad lo que había escuchado.
-No eres hermoso ya. Mira tu mejilla, y esas ojeras. No vales más que Egipto- le dijo con frialdad el emperador.
-...no...- volvió a susurrar el joven. Estaba inmóvil, completamente inmóvil, casi como una estatua.
-Y solo me has dado problemas, dolores de cabeza. Ya me harté de éste asunto. Rechazo la propuesta de tu pueblo- siguió el ojiazul.
-¡No puedes!- exclamó al fin el joven, saliendo de su estupor y de la cama. Las palabras del castaño resonaban en sus oídos, repitiéndose en su mente una y otra vez. No podía permitir aquello. No iba a permitirlo.
Caminó hacia el rey, quien se mantuvo en su lugar mirándolo con semblante serio.
Debía arreglar todo eso, era su última oportunidad.
Nuevamente, intentó contener las lágrimas.
-No importa lo que hagas o digas, volverás a Egipto- afirmó de pronto el ojiazul. Yami negó varias veces con la cabeza.
-¡No!... emperador, por favor, reconsidere...- se detuvo en seco, su corazón latiendo con suma rapidez. -Qué... ¡qué sucede!- exclamó de pronto. Un ruido ensordecedor se escuchó. Cosas que caían al suelo, y algunas que se quebraban.
Yami estuvo entonces a punto de caer. Estaba aterrado. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Por qué la tierra se movía de esa forma? Otra sacudida, y no pudo sostenerse. Cayó al suelo de rodillas. Su corazón ahora quería salirse de su pecho. No sabía lo que sucedía. El terror y la confusión se apoderaban de su mente.
Pero entonces, un par de brazos lo rodearon. Alzó la vista de inmediato, el alivio inundándolo al encontrarse con ojos azules.
-¡Seto!- exclamó, no importándole que el miedo se dejara escuchar en su voz. -¡Qué sucede! ¡Qué está pasando!- gritó con desesperación.
-Tienes que calmarte- fue la respuesta.
-¡Pero la tierra se mueve! ¡No puedo calmarme!- exclamó. Se aferró con fuerza al cuello del ojiazul, sintiendo el movimiento de la tierra. Era lo más horrible que había sentido. Y el sonido de las cosas al caer, solo empeoraba la situación.
Se concentró entonces en buscar protección en el cuello del gobernante. Le rogó así a sus dioses que aquello terminara pronto.
Y lo hizo. Segundos pasaron, y el movimiento fue desapareciendo. Hasta que fue mínimo, y acabó por extinguirse.
Todo quedó en silencio. Solo la muy agitada respiración del egipcio se escuchaba.
-¿Qué fue eso?- preguntó el ojirubí casi sin aire.
-Neptuno... así desata su ira- contestó el ojiazul.
-¿Neptuno?-
-El dios del mar- explicó el emperador. Intentó separarse del joven, pero éste solo se aferró con más fuerza. -Suéltame- le dijo entonces.
-¡No! ¡Qué haré si vuelve a suceder!- exclamó el ojirubí.
-No volverá a suceder. Al menos no con tanta fuerza- afirmó el emperador.
-¡No puedes saberlo! ¡No hay manera de conocer la voluntad de un dios!- insistió. El ojiazul rodó los ojos. No dijo nada más, sin embargo, pues no deseaba comenzar una pelea. Al menos no con Yami en aquel estado de histerismo en el que se encontraba en ese instante. Así que le permitió quedarse allí, aferrado a su cuello. Era extraño debía admitir, tener de pronto al joven tan cerca nuevamente. Aunque curiosamente, estaba algo aliviado por esto.
Mientras tanto, el ojirubí seguía en estado de pánico. Había escuchado hablar sobre movimientos bruscos de la tierra en Egipto, pero jamás pensó que estaría en medio de uno.
En realidad, ni siquiera había analizado bien la situación. No entendía aún que estaba abrazando al emperador. Ni recordara mucho menos lo que el ojiazul había dicho antes de aquella tragedia, pues de hecho al punto de vista de Yami, lo sucedido había sido una verdadera tragedia para su mente.
Así que el joven solo se quedó allí, inmóvil, intentando calmar el acelerado ritmo de su corazón.
Poco a poco, su cuerpo se fue relajando, aunque aún se encontraba en un estado de alerta.
Algún tiempo pasó. El egipcio no supo cuanto en realidad. Solo supo que de pronto tenía sueño. Y es que tener al ojiazul tan cerca, le transmitía un muy extraño sentimiento de calma.
Pronto, cerró sus ojos, dejándose llevar por la inconsciencia.
El emperador se puso en pie tan pronto escuchó la respiración relajada del egipcio.
Con el joven en brazos, caminó hasta la cama, dejándolo allí y cubriéndolo con las sábanas luego. Lo miró por varios segundos, antes de suspirar y tomar asiento sobre las sábanas.
Aquello había sido un enorme y repentino cambio de eventos. Aún ahora estaba algo confundido por toda aquella situación.
El sonido de la puerta fue el que logró sacarlo de sus pensamientos.
Su hermano Mokuba entró al lugar.
-¿Estás bien?- preguntó el ojiazul. El menor asintió.
-Sí. Los demás también se encuentran bien, aunque hay muchas copas y vasijas quebradas. Pero esos son todos los daños- explicó. Luego, el chico pareció notar al egipcio. -¿Está bien?- preguntó.
-Aparte de un ataque de histeria, se encuentra bien- afirmó el emperador. El menor rió por unos segundos. Pero luego, sonrió levemente.
-Sabes algo hermano- comenzó, ganándose la atención del ojiazul. -Mientras el príncipe esté en Roma, solo te tiene a ti. A ti y a nadie más- comentó. Los ojos del castaño se abrieron en impresión.
Miró a su hermano, sintiendo verdadera sorpresa. Sinceramente, no había pensado en aquel asunto de esa forma.
Pero no podía negarlo. Era verdad. Completamente cierto.
Miró ahora al egipcio.
Y allí, sin que su hermano lo notara, sus ojos azules se suavizaron ligeramente.
(1)-El prefecto del pretorio era el líder de la Guardia Pretoriana, que podría decirse era la guardia personal del emperador. El prefecto debía ser un hombre que contara con la confianza del emperador, además, era, por así decirlo, el consejero de éste.
(2)-Por los gemelos Rómulo y Remo. Según los romanos, éstos fueron los encargados de fundar Roma. En una parte del mito, mientras Remo se encontraba ebrio se burla y desafía a su hermano saltando la muralla de la ciudad de éste. Debido a ello, Rómulo lo asesina. De esa parte asocié lo de embriagarse y lo de la muralla con Remo.
Magi: llegó el temblor! Es decir… Neptuno n.n Y yo… no dormí en toda la noche T.T Me dio insomnio. Di cuarenta vueltas en la cama y finalmente me rendí… me puse a bajar música toda la noche xD Lo malo, es que hoy tenía que tomarme la foto para el carnet de la universidad. Por dicha no salí tan mal como esperaba, pero sí he andado con semblante de drogada todo el día xD
En fin, pasando a otro tema, como ustedes lo pidieron… hoy publicaré mi nuevo fic! Después de subir este capítulo me ocuparé de subir el fic. Es un poco… no sé… fuera de lo común supongo, pero espero que les guste n.n La pareja es Seto/Yami. Por el momento, el otro fic no lo voy a publicar (había dicho antes que eran dos fics nuevos). Es que no quiero que se me acumulen muchos. Además, tengo que editarlo primero y no he pensado bien en cómo será la trama.
Pero de verdad, espero que les guste el nuevo fic n.n
Agradecimientos a Natsuhi-san, Ruka, yoyuki88, MoonyLupina, niko-chan, Atami no Tsuki, mariANA y angelegipcio por sus reviews y comentarios!
Nos vemos el próximo lunes.
Ja ne!
