Flor de loto
Capítulo 9
Sentía una enorme opresión inundar su pecho. Los nervios entraban sin permiso en su mente junto con una combinación de errática tristeza y creciente temor. Le faltaba el aire y la garganta le dolía, pues en ese momento hacía un enorme esfuerzo por no llorar.
Pero se negaba a derramar lágrimas, ya que no deseaba angustiar más a su familia.
Lo último que ellos necesitaban, sobre todo su hermano, era notar el estado casi depresivo en el que se encontraba.
No, no debía mostrar debilidad ahora. Debía ser fuerte y aceptar su destino.
-Príncipe, es hora- Cerró sus ojos, sintiendo en ese momento un escalofrío recorrer todo su cuerpo.
Asintió con la cabeza, levantándose de la cama en la que había estado sentado. Se fijó así en sus alrededores. Se encontraba en su habitación.
Y la miró con detenimiento. Cada pared y cada jeroglífico que la inundaba. Hasta el suelo miró bien. Todo aquel lugar que antes era tan común y poco interesante, y que ahora no podía dejar de admirar. Pues esa... esa sería la última vez que estaría allí, o al menos eso era lo que esperaba.
Y así, se preparó mentalmente para lo que se avecinaba.
Salió del lugar, siendo custodiado por tres guardias. Uno de ellos iba a delante, y los otro dos caminaban a sus espaldas. Estaba ya acostumbrado a aquel tipo de custodia, aunque normalmente era solo un guardia quien le acompañaba. Pero ese día era diferente.
Procuró no seguir pensando en aquello y en cambio miró sus alrededores. Su hogar, ese era su hogar y el único que había conocido.
Todo lo que amaba estaba allí. Su vida había empezado allí. Había sido criado en aquel lugar. Ahí vivía, con su familia. Y ahora, debía abandonar todo eso. Todo lo que un día le había hecho sonreír. Debía abandonarlo.
Se encontraba en Egipto ahora. Pero no por mucho tiempo.
Miró hacia adelante, notando que ya habían entrado a una nueva habitación. Y entonces, su corazón pareció quebrarse en mil pedazos.
Con todas sus fuerzas intentó no derramar lágrima alguna. Pero era una difícil labor, pues allí, ahora frente a él, se encontraba su familia.
Su padre estaba allí, acostado en una cama en medio de aquel lugar. Se veía enfermo, tal vez demasiado. Pero aún así mostraba su típico semblante serio y altivo, como el de cualquier faraón. Aunque sus ojos carmesí, tan idénticos a los suyos, estaban cubiertos de emociones. Lastimosamente, ninguna de esas emociones parecía ser positiva.
Su madre también estaba allí. Aquella bella mujer de cabellos negros y ojos amatista, los cuales ahora estaban inundados de lágrimas.
Y por último, siguiendo el camino que trazaba el sonido de persistentes sollozos, se encontraba su hermano, Yugi. El chico no intentaba esconder sus lágrimas, al contrario, lloraba con tal fuerza que sus llantos podrían escucharse en todo el palacio.
-Yugi- pronunció solo el nombre del menor, pues de pronto una gran fuerza se estrelló contra su pecho.
Miró con suma tristeza a su hermano, quien se aferraba a él como si de eso dependiera la vida.
-Yami... hermano, no te vayas... por favor, no te vayas- murmuró el chico entre sus llantos.
-Debo hacerlo-
-¡Debe haber otra solución! ¡No es justo!- exclamó el menor. El ojirubí no dijo nada más. No sabía qué decir en aquella situación. Pues a su punto de vista su hermano tenía razón. No era justo, lo que sucedía no era justo... pero, ¿qué justicia existía en la vida de todas formas?
-Hijo- alzó la mirada, encontrándose con su madre. Yugi se separó de él, al notar que la mujer deseaba despedirse.
Y así, la reina abrazó al príncipe, dejando que sus lágrimas cayeran pero negándose a sollozar para no angustiar más al ojirubí.
-Cuídate. Por favor cuídate mucho- susurró la mujer. De nuevo, el príncipe hizo un gran esfuerzo por contener las lágrimas.
-Lo haré- contestó con breves palabras, pues no deseaba que su voz se quebrara de pronto.
La mujer besó su frente, alejándose y sonriéndole con cierta amargura.
Ahora, solo faltaba su padre.
El ojirubí se acercó a él, sintiendo una enorme opresión en su pecho al ver el estado del gobernante. Su padre había enfermado tiempo atrás, y cada día parecía empeorar. Y lo que más le dolía, era saber que su padre moriría y que él no podría estar allí para cumplir con los días de luto que le seguían a su muerte.
-Haré lo mejor que pueda, Faraón- habló, procurando mantener la voz firme. No deseaba mostrar debilidad frente al gobernante. Le habló además con respeto, pues si bien aquel hombre era su padre, también era el rey de Egipto.
Pero entonces, sucedió algo que logró hacer que su corazón se hiciera cenizas.
Con mucho esfuerzo, el faraón abrió sus brazos.
No lo dudó un instante. Se olvidó de todo lo que le habían enseñado con respecto a la compostura. Se agachó al nivel de la cama y se lanzó a los brazos del hombre. Sollozó así en su pecho. Sí, dejó escapar sus lágrimas, pues aquel evento había sido demasiado para él.
El faraón nunca lo había abrazado, ni aun cuando era niño.
Jamás había estado en los brazos de su padre. Por eso aquello lo afectó de sobremanera.
-Estoy orgulloso de ti, hijo- le dijo el hombre en apenas un susurro, logrando que los sollozos del ojirubí aumentaran. -Y por eso- agregó. El joven se separó entonces, cuando su padre movió sus brazos.
Miró entonces las acciones del hombre, la sorpresa reemplazando momentáneamente a la tristeza cuando comprendió lo que hacía el faraón, quien había llevado sus manos hasta tocar una delgada cuerda que colgaba de su cuello. Y con un débil movimiento, la quitó de alrededor de su cuello.
Tomó entonces el collar, y se lo ofreció al joven.
-Quiero que tengas esto- afirmó.
-No puedo aceptarlo- respondió el ojirubí en medio de su sorpresa. Allí, al final de aquella cuerda que daba forma al collar, se encontraba un objeto de oro. Una pirámide invertida que lucía el ojo de Horus en su centro. Aquel collar era, aparte de la corona del faraón, su símbolo de mayor poder. Y ahora, su padre quería entregárselo. No, no iba a aceptarlo. Él no iba ya a ser faraón, no merecía tener aquel precioso objeto.
-Es tuyo ahora- insistió el hombre.
-Pero… ya no seré faraón. Le pertenece a Yugi… no a mí- le dijo, negando con la cabeza. Se negaba a aceptar el objeto.
-Yami, quiero que lo tengas tú, nadie más- afirmó el hombre. El joven lo miró inseguro. Eran muy pocas las veces que su padre lo llamaba por su nombre.
Asintió entonces.
-Si ese es tu deseo, Faraón. Lo cumpliré- contestó, tomando al fin el collar en sus manos. No quería aceptarlo, pero no iba a ir en contra de la palabra del gobernante.
Por unos segundos, miró aquella pirámide de oro. Su firmeza aumentó al verla. La firmeza en la decisión que había tomado.
Su hermano tenía tan solo trece años, y él tenía dieciséis. No había manera de que alguno de ellos pudiera oponerse a Roma.
Cerró sus ojos con fuerza.
Sabía lo que vendría ahora.
Solo había una forma de salvar todo aquello que amaba.
Debía ir a Roma.
Sus ojos se abrieron de golpe. De inmediato se sentó en la cama, mirando sus alrededores con confusión.
Suspiró al reconocer el lugar donde se encontraba. Solo había sido un sueño. Un sueño basado en la realidad.
Aquel había sido el día en el que salió de Egipto. Y lo que había visto, había sido el momento en el que se despidió de su familia.
Llevó una mano hasta su ojo derecho, limpiando las lágrimas que deseaban caer. No podía echarse a llorar ahora. Sí, aquel sueño le había trasmitido un fuerte sentimiento de tristeza e impotencia. Era tan grande que deseó llorar y descargar todo aquello. Pero se negaba a hacerlo. Ahora, más que nunca, no podía mostrar debilidad. Sí, extrañaba de sobre manera a su familia y daría cualquier cosa por volver con ellos, pero eso no era posible y debía aceptarlo.
Pensó luego en el objeto que su padre le había dado. Aquella pirámide de oro que en realidad era un complicado rompecabezas. No había usado aquel collar en todo el tiempo que había permanecido en Roma. Simplemente no se atrevía a usarlo. Era un símbolo importante, y sentía aún que él no debería ser el dueño de ese símbolo, sino su hermano.
Suspiró, intentando olvidar el tema. Miró al vacío, haciendo un gran esfuerzo por alejar las emociones que habían llenado su pecho debido a aquel recuerdo. Con mucho esfuerzo, fue alejando cada una de ellas. No podía seguir pensando en su familia, pues no deseaba deprimirse.
Se concentró entonces en recordar lo que había sucedido antes de quedarse dormido. Por lo que podía ver, era un nuevo día.
Y el día anterior... Su cuerpo entero se congeló. Recordó las palabras del emperador. Él... iba a regresar a Egipto. El ojiazul le había dejado aquello muy en claro el día anterior. Eso era lo que el castaño había dicho antes de que... ¿la tierra empezara a temblar?
Agarró las sábanas con fuerza, mordiéndose ligeramente el labio. ¿Había sido un sueño aquello? Le costaba creer que fuera real. Aunque recordaba muy bien lo que había sucedido. Había estado completamente horrorizado cuando de pronto todo empezó a sacudirse. De hecho, recordaba haber entrado en una fase casi de histeria. Además, recordaba haber estado en los brazos del castaño.
Suspiró, de seguro había sido un sueño. Tal vez se había desmayado cuando el emperador le dijo que iba a volver a Egipto. Sí, podía creer que había tenido un ataque de pánico, pero le costaba creer que había abrazado al emperador, y no solo eso, que el emperador lo había abrazado a él también.
Por unos momentos, miró al otro lado de la cama.
Y entonces, un detalle captó por completo su atención.
Las sábanas al otro lado de la cama estaban desordenadas. Como si alguien hubiera dormido allí.
Pero eso significaría que...
Sus ojos se abrieron en impresión. ¿Había dormido ahí el emperador? Ya habían pasado dos noches en las que él dormía solo, pero ahora, parecía que alguien había pasado la noche con él. Alejado, del otro lado de la cama claro, pero igual, eso era un gran avance, al menos a su punto de vista.
Si el emperador había dormido allí, al menos eso decía que el enojo del castaño había disminuido.
Sonrió de manera inconsciente. No sabía por qué, pero el solo hecho de pensar en que el gobernante había estado acompañándolo toda la noche lo hacía sentir... mejor, más tranquilo y, lo admitía, más protegido. Porque, ¿para qué negarlo? A su punto de vista, el ojiazul era su única fuente de protección mientras estuviera en Roma. Y es que estando allí, solo podía depender del castaño. No conocía a nadie más, y ahora sabía que muchas personas no le deseaban nada bueno.
Llegó así a una conclusión, tal vez el detalle de la tierra temblando era cierto. Solo eso podía explicar el por qué de pronto el ojiazul decidió permanecer cerca suyo.
-Gracias, Neptuno- susurró, sonriendo ligeramente. Sí, aquel podía ser un dios romano, pero no iba a negar que le había ayudado de cierta forma. Excepto por lo del ataque de pánico que le había dado, claro.
Pero pronto, su semblante decayó.
El emperador le había dicho que iba a volver a Egipto.
Sacudió su cabeza. Aquella situación se le estaba haciendo confusa.
Así que optó por dejar de pensar en el tema.
Ahora, lo que necesitaba, era hacer sus oraciones nuevamente. Aunque... no era una buena idea salir de la habitación. Lo que menos deseaba era que sucediera lo mismo que el día anterior. Ya no quería meterse en más problemas ni hacer enojar al emperador. Suficiente drama había tenido.
Suspiró. Al parecer, tendría que hablar con sus dioses allí.
Bueno, aquel lugar era espacioso, de seguro podría encontrar algún sitio cómodo. Pues no podía dejar de pedir ayuda a sus dioses ahora. No, los necesitaba en ese momento.
Se levantó entonces, mirando a todos lados y buscando algún lugar apto para orar.
-Que patético- murmuró con derrota.
Se encontraba en medio de una reunión con el Senado. La misma que tuvieron que suspender el día anterior gracias a cierto príncipe. En quien de hecho no podía dejar de pensar.
El día anterior, luego de que Neptuno hiciera temblar la tierra, el egipcio se había dormido para no volver a despertar. De hecho, al haberse levantado, había encontrado al joven aún soñando al otro lado de la cama.
Sí, había pasado la noche en la misma cama que el egipcio, luego de dos noches de no hacerlo. Sinceramente no sabía por qué lo había hecho, empezando por el hecho de que los problemas entre ambos aún no se habían arreglado.
Pero no podía negar que las palabras de Mokuba aún hacían eco en su mente.
Su hermano tenía toda la razón, eso lo admitía. Mientras el príncipe egipcio estuviera en Roma, solo podía depender de él. Solo lo tenía a él. Estaba en un lugar desconocido, rodeado de personas desconocidas, y de situaciones desconocidas. Todo debía ser extraño y diferente para el egipcio. Estaba claro que las costumbres romanas y egipcias eran diferentes. Aún la forma de vestir era completamente distinta.
Recordaba aún las palabras de Yami. El joven le había dicho dos noches atrás que estaba confundido.
Al principio, aquello solo le sonó como una excusa barata. Pero ahora, creía entender lo que el joven había querido decir.
Por supuesto que el ojirubí debía estar confundido. Y claro que tenía derecho de estarlo. Estaba en otro lugar, sin saber que muchas personas no deseaban que él estuviera allí. Así que sería muy fácil engañar al joven, haciéndole creer cosas que en realidad no tenían ni una sola pincelada de verdad.
Y además, ahora que lo pensaba bien. ¿Cómo iba a saber el príncipe donde se celebraba la bacanal? Cómo había podido llegar hasta ella? Sí, la fiesta en sí era grande y bulliciosa, pero la localización siempre había sido casi secreta.
Claro, el joven había terminado ebrio y había actuado como una prostituta. Pero era predecible que cometiera errores si alguna persona de verdad lo había conducido hasta esa fiesta.
Apretó sus puños. Sí lo que decía el príncipe era verdad, Minerva lo pagaría y muy caro.
-Señor, pronto se cumplirán los siete días. ¿Ha tomado ya una decisión con respecto a Egipto?- La pregunta lo sacó de sus pensamientos. Miró al senador quien había hablado. Octavio, el esposo de Minerva. Qué coincidencia.
-No, y me tomaré cuantos días sean necesarios- habló. Sí, había dicho que en siete días decidiría. Pero, después de todo lo ocurrido, prefería esperar.
El senador asintió. Y cuando quiso empezar a tratar un tema diferente, otro senador lo interrumpió.
-Ahora que mencionan a Egipto. Escuché terribles noticias provenientes de esa tierra- anunció, captando de inmediato la atención del gobernante. El senador que habló era uno de los que habían estado presentes en el comedor cuando el egipcio desapareció. Según sabía, el hombre no estaba opuesto a su decisión.
-¿Podemos escucharlas?- preguntó otro senador.
-Al parecer el rey egipcio había estado muy enfermo durante algún tiempo. Y hoy escuché que ha muerto. Al parecer cuatro días atrás. No puedo asegurarlo, supongo que habrá que esperar a que alguna carta oficial llegue a Roma. Por ahora solo son rumores- explicó el hombre.
Segundos de silencio pasaron, y entonces los senadores comenzaron a susurrar entre ellos.
El emperador simplemente se mantuvo inmóvil. A decir verdad, le costaba creer lo que había escuchado. Sí, no era oficial, pero los rumores volaban con el viento. Había una gran posibilidad de que aquello fuera cierto.
-Debo suponer que pronto le llegará alguna carta al príncipe egipcio anunciándole la partida del faraón- Escuchó a un senador decir.
El ojiazul olvidó entonces el tema de la bacanal y todo aquello que le concernía a aquel evento. En cambio, se concentró en la nueva noticia. Debía admitir, que de pronto sintió una leve compasión por Yami. Sí, a su punto de vista, perder a un padre no era una gran tragedia. Por los dioses, él había asesinado al suyo. Pero con Yami... podía ver claramente el afecto que sentía el egipcio hacia su familia. Había llegado a Roma y había sacrificado su libertad solo por ellos.
-Mi señor, mis disculpas por insistir con éste tema. Pero ahora sería un gran momento para adueñarnos de Egipto- Levantó de inmediato la mirada, encarando al senador que había dicho aquello. Servius, ¿por qué ya no le sorprendía?
-¿Son acaso mis palabras cuestionables?- respondió con furia el rey. La necedad, cómo detestaba la necedad. -He dicho ya con claridad que ningún romano se acercará a Egipto mientras yo no ordene lo contrario- agregó.
-Pero señor, Egipto no tiene rey en éste momento. Y según sé su sucesor es apenas un niño- insistió el hombre.
-He de admitir que Servius tiene razón. Además, el príncipe que ha venido aquí puede ser bello... pero bien sabemos que la belleza se acaba con la vejez- Un nuevo senador afirmó.
-Es verdad, la belleza no es algo que durará para siempre. Las riquezas egipcias en cambio...-
-¡No necesitamos más riquezas!- se levantó de pronto otro senador, alzando la voz.
-¡Pero sí más poder!- Otro más se levantó.
-¡Tenemos suficiente poder ahora! La sola mención de nuestro nombre hace que la tierra entera se estremezca!- Y otro senador más habló.
Y de pronto, todos los hombres se habían levantado de sus lugares, hablando a gritos y lanzando opiniones al aire. Las graderías se llenaron de bulla.
El ojiazul no pudo más que recostarse en su silla. No tenía caso intervenir. Esto sucedía muy a menudo.
-¡No hay razón para oponerse a la decisión del emperador!-
-¡Tienen idea de cuánto grano produce Egipto! ¡Alimentaríamos a toda Roma por cien años!-
-¡Tenemos suficiente alimento! ¡No ha habido sequías en años!-
Exclamaciones se escucharon seguidas de más exclamaciones. El castaño intentó contener su enojo, simplemente apretando los puños y tratando de esperar a que aquel escándalo terminara. Más de una vez había acontecido algo como eso, así que a decir verdad ya estaba acostumbrado.
Pero entonces...
-¡Una prostituta solamente! ¡Qué clase de príncipe puede ser si disfruta de una bacanal! ¡Su sola presencia es denigrante!- Y esa fue la gota que derramó el vaso. Solo aquellas palabras hicieron que la furia explotara dentro del gobernante. Sí, tal vez Yami había cometido un error, pero eso no le daba motivo a nadie para empezar a difamar contra él. Después de todo, e independientemente de sus acciones, el joven era un príncipe y merecía respeto.
-¡Silencio!- Un grito que logró que todos los hombres terminaran con sus acciones y miraran al emperador. De hecho, más de uno se estremeció al ver el semblante del ojiazul. Sí, el gobernante no estaba contento.
-¡Suficiente con éste tema! ¡No quiero que nadie vuelva a mencionarlo! ¡Y si vuelvo a escuchar una sola difamación hacia el príncipe reclamaré la cabeza del responsable!- afirmó en gritos. -O tal vez haré legal la crucifixión para los ciudadanos romanos y no solo para los extranjeros y esclavos. Quizás solo así cierren la boca- manifestó luego.
A sus palabras le siguió un silencio casi sepulcral. De hecho, más de un hombre se notaba nervioso y hasta temeroso. La mención de la crucifixión, el castigo romano más cruel, podría fácilmente apaciguar a cualquier alborotador.
El gobernante se levantó de su lugar. No pensaba quedarse allí por más tiempo.
Dio varios pasos hacia la salida.
-Señor- Se volteó de inmediato, mostrándole al senador que había hablado un semblante tal que hizo que el hombre diera dos pasos hacia atrás, chocando con la gradería.
-Terminamos por hoy- fueron las últimas palabras del gobernante antes de salir de allí.
Y el silencio siguió por algunos otros segundos.
Pero pronto...
-¡Esto es su culpa! Su avaricia solo trae maldiciones!- El primer grito se escuchó.
-¡Solo vemos la faceta lógica del asunto! ¡Hay que conquistar Egipto!-
-¡Hay que respetar la decisión del emperador! ¡El anterior gobernante acabó con la República! ¡Nosotros no damos las órdenes ahora!-
Y las opiniones se siguieron escuchando, una tras otra o dos al mismo tiempo, a veces hasta tres.
Entre todo aquel alboroto, tres senadores cruzaron miradas. El que tenía mayor edad, les hizo una señal con la mano a los otros dos para que lo siguieran. Y ambos lo obedecieron, caminando entre todos aquellos hombres que gritaban y se insultaban unos a otros. Bajaron las escaleras, llegando al final de las graderías sin ser cuestionados.
Nadie pareció notar la ausencia de los tres, quienes salieron del lugar, cada uno mostrando semblantes carentes de alegría.
Se reunieron a unos metros de la salida, mirando a los alrededores para estar seguros de que no había nadie cerca. Y así, comenzaron a hablar.
-¡Después de lo que hizo ese egipcio y el emperador aún lo defiende! ¡No es posible!- exclamó uno de ellos, sus ojos color miel destellando de furia.
-Calma Manius. Si eso no funcionó, ya se nos ocurrirá algo más- habló otro, de ojos celestes.
-¡Qué más podemos hacer! ¡Ese egipcio ya actuó de la manera más denigrante que puede existir!- insistió el hombre. –A veces pienso que hay una maldición detrás de esto- agregó, cruzándose de brazos.
-No exageres. Simplemente ese príncipe es una buena prostituta. Sabe bien cómo mantener la atención de su cliente- afirmó el de ojos celestes. -Tendremos que tomar medidas más drásticas, eso es todo- explicó.
-¿Cómo cuales?- preguntó el tercer senador, quien también se notaba molesto. -No creo que podamos hacer algo más 'drástico' de lo que ya hicimos- agregó, cruzándose de brazos.
-Ya se nos ocurrirá algo- habló el de mayor. -Pero está muy claro que no podemos permitir que el emperador acepte la propuesta egipcia. Así que haremos todo lo que sea necesario para que esto no suceda- afirmó. Los otros dos asintieron.
-Aún si al final… no nos queda más opción que deshacernos de ese príncipe de una vez por todas- susurró uno de ellos.
-Exactamente- fue la respuesta.
Había entrado a su habitación, solo para sorprenderse al no ver al egipcio por ninguna parte. La cama estaba vacía, y en el balcón no había nadie.
Optó entonces por buscar en el baño. Y allí había encontrado al egipcio.
El joven se bañaba en ese momento, sin notar su presencia pues le daba la espalda.
El gobernante no lo llamó. Simplemente se quedó observándolo en silencio, mirando cómo el joven rociaba esencias perfumadas en su cabello, el cual ahora caía sobre sus hombros. Cómo lograba que aquellos mechones volvieran a acomodarse hacia arriba no tenía idea.
Por unos segundos, alejó sus ojos del cabello del ojirubí, y miró su espalda. Ni una sola marca la cubría. Era perfecta. Todo en el joven seguía siendo perfecto. Aún sus movimientos, tan coordinados y sensuales.
El menor era una bella vista. Podría quedarse ahí toda la noche tan solo observándolo y no se aburriría.
Suspiró en silencio de pronto, recordando la nueva noticia. El padre de Yami había muerto.
Claro, no pensaba decirle al joven, pues apenas eran rumores. Además, por el momento, el egipcio ya había tenido suficiente drama. No quería ni imaginar la tristeza que embargaría al egipcio si supiera.
Porque suponía que el príncipe sufriría por aquello. Era obvio. El joven amaba a su familia por sobre todas las cosas. Todo lo que hacía en ese momento lo hacía por ellos...
Ahora que lo pensaba, él podría identificarse con Yami. Muchas cosas había hecho ya por su hermano Mokuba. Por los dioses, haría lo que fuera para que su hermano estuviera bien. Al igual que Yami, había sacrificado mucho por su hermano, quien era su única familia.
No había asesinado a su padre por su sed de poder. De hecho, le valía muy poco ser o no emperador. Pero ese hombre había amenazado la vida de Mokuba, y eso no podía permitirlo. No podía dejar que su padre cumpliera con aquella amenaza, por eso había acabado con su vida.
Y luego, estaba su madre. Aquella mujer tan venenosa que haría que Minerva pareciera una santa. No deseaba que esa mujer se acercara siquiera a su hermano. Lo último que quería era que Mokuba tuviera que soportar todas las estupideces que él había soportado. Por eso, la había desterrado. Sí, había decidido no ordenar su muerte, y en cambio la había mandado lejos de Roma. Pero entonces, tiempo después, rumores llegaron, diciendo que su madre estaba embarazada, y pensaba criar a su hijo para que éste tomara el control del imperio.
Nuevamente, no podía permitir esto. Arriesgar la seguridad de su hermano. La suya también estaba en riesgo, pero nunca pensó en eso. Y así, ordenó la muerte de aquella mujer. Tiempo después, los soldados que habían ido a cumplir con su palabra regresaron, confirmando que su madre había estado embarazada en el momento de su muerte.
Sí, tal vez en algunos aspectos podía identificarse con el egipcio. Aunque no había duda, que el sacrificio que el joven estaba haciendo era mucho mayor que todos los que él había hecho. Y no podía negarlo, sentía cierta admiración hacia el ojirubí por aquello.
-Emperador, ¿has venido a cumplir tu palabra?- Salió de sus pensamientos, mirando los ojos carmesí de Yami. Sabía bien a lo que se refería el joven. Después de todo, el día anterior le había dicho que lo mandaría de regreso a Egipto.
Por unos momentos no respondió, y en cambio miró el rostro del egipcio. Era bello, aún con ese moretón que ya estaba desapareciendo. Sí, no iba a negarlo, aún el día anterior y el transanterior, el joven no había dejado de ser hermoso. Aún con las ojeras, la belleza no se había ido. Era difícil de creer, aún para él. Pero, ¿para qué negar la realidad? Las pruebas estaban frente a él. No tenía caso engañarse.
Sí, el día anterior también le había dicho al ojirubí que ya no era bello, pero había mentido. Sin duda alguna había estado furioso en aquel momento. Pero debía admitir, que después de las palabras de Mokuba, su perspectiva había cambiado. Sí, unas simples palabras le habían hecho tomar una nueva decisión.
-Tenemos que hablar- habló con firmeza y tal vez seriedad. De hecho, el príncipe bajó la mirada, al parecer esperando lo peor. Pero asintió de todas formas.
-Saldré en un momento- anunció. El emperador solamente asintió. Y sin decir nada más, salió del lugar. Esperaría a Yami en otro sitio.
Decidió entonces caminar hacia la cama. Se sentó en ella y miró al vacío.
Por unos momentos, pensó en lo sucedido con los senadores. Había sido bueno escuchar a muchos de ellos defendiendo su punto de vista. Al menos algunos apoyaban su decisión. Pero claro, había otros que insistían en conquistar Egipto. A decir verdad aquel tema ya le estaba hartando. Esos hombres debían aprender a respetar su decisión. Pero no, en lugar de hablar de impuestos y trabajo, seguían sacando a Egipto como tema central.
Ahora solo esperaba que después de lo que había dicho, los senadores se olvidaran del asunto.
Intentó entonces pensar en otro tema. Y lo primero que le vino a la mente fue lo de la muerte del faraón. Perfecto, ese asunto parecía no querer dejarlo en paz. Pero aún así no iba a decirle nada a Yami. Después de todo si los rumores eran ciertos, al príncipe le llegaría de seguro alguna carta. Solo debía esperar. Llevar algo de Egipto a Roma tomaba su tiempo, así que la espera sería de varios días.
Él había sabido que el faraón se encontraba enfermo desde un principio. Cuando había pensado en invadir Egipto, se había enterado que el rey se encontraba débil. Y luego, cuando había aceptado la propuesta egipcia, supo que el faraón ya no se levantaba de la cama. Por eso mismo había aceptado, pues después de todo, nada malo podían tramar los egipcios si su gobernante no conseguía siquiera moverse.
Un leve movimiento a su lado derecho lo sacó de sus pensamientos. Al mirar allí, se encontró con ojos carmesí. Yami se había sentado a su lado, procurando mantener cierta distancia. Vestía solamente con un faldellín blanco. No había collares ni brazaletes. Además, su cabello aún estaba húmedo, cayendo sobre sus hombros.
Por unos momentos, el emperador solo miró al egipcio, quien bajó la mirada. Al parecer, el príncipe de verdad esperaba malas noticias.
El ojiazul suspiró. Después de haberlo pensado bien durante todo ese día y parte del anterior, había tomado una decisión con respecto a Yami.
-Voy a creer en tus palabras ésta vez- afirmó. De inmediato, Yami alzó la mirada completamente sorprendido.
Había esperado que el romano le dijera que regresaría a Egipto, y en cambio escuchaba aquello.
Sonrió, aunque por dentro saltaba de alegría. Casi no podía creer lo que había escuchado. Era completamente irreal. Al fin, pudo sentir perfecta tranquilidad y felicidad.
-Gracias- le dijo. Sí, estaba sumamente agradecido ahora. Esa era la mejor noticia que había recibido.
-No estás en tu hogar y ésta no es tu cultura. Es predecible que cometas errores. Pero también espero que aprendas de ellos. Es tu última oportunidad- explicó el ojiazul. El egipcio asintió. Por supuesto que había aprendido, y no volvería a cometer un error como ese. -Un problema más que causes, y no dudaré en mandarte de vuelta a Egipto- finalizó el gobernante.
-No causaré más problemas. Ahora sé que no todos están felices con mi llegada. Así que seré más precavido para la próxima- afirmó el ojirubí. -Y es cierto lo que dije, cada detalle es verdad- agregó. El ojiazul asintió. Aún le costaba creer en las palabras del egipcio, pero lo intentaría. Por ahora, debía admitir que se sentía aliviado. Al fin había arreglado aquel asunto. Sí, hubiera sido mucho más sencillo mandar al joven de vuelta a su hogar. Pero curiosamente, aquella ya no parecía la mejor opción.
Su plan inicial parecía haber dado un drástico giro.
Yami simplemente era… diferente. No sabía realmente cómo describirlo.
-Es un buen regalo de cumpleaños- susurró el ojirubí para sí. Pero el ojiazul lo escuchó con claridad.
-¿Cumpleaños?- preguntó el gobernante, algo sorprendido por las palabras del joven.
Yami asintió, sonriendo ligeramente.
-Mañana tendré diecisiete años- anunció.
El ojiazul no dijo nada más. No había esperado una noticia como esa. Pero de todas formas, no tuvo oportunidad de profundizar en el tema, pues una repentina acción del príncipe lo atrajo a la realidad.
Sus ojos se enfocaron en los carmesí del egipcio. Pero aun mirando aquellas joyas, pudo notar cómo de pronto su pierna derecha estaba rozando la izquierda de Yami. Un rápido movimiento por parte del joven, debía admitir. Por poco se le había escapado ésta acción.
Ahora, la pregunta, era una. ¿Exactamente qué planeaba el príncipe al acercarse de esa forma? Por lo que podía ver, no había burla ni sensualidad en los ojos del joven, así que de inmediato descartó la idea del típico Yami jugando a seducirlo. Además, no pensaba que aquel fuera un buen momento para un juego de seducción, y sabía bien que Yami tenía aquello en claro, sobre todo si el joven quería demostrarle desde ahora que era virgen.
Virgen… por supuesto. Sinceramente, se le hacía casi estúpida la idea. Pero le había dicho al joven que creería en sus palabras, e intentaría hacerlo.
Sus pensamientos se esfumaron, cuando una nueva acción de parte de Yami lo tomó por sorpresa.
Los suaves labios del joven se posaron sobre los suyos. Fue un beso corto, apenas un ligero roce. El ojirubí pareció saber que por el momento no podía intentar grandes avances. Y así el príncipe se conformó entonces con recostar su cabeza sobre el hombro del emperador.
-Agradezco a todos los dioses que no se te ocurrió guindarte de mi cuello como lo hiciste ayer- susurró el ojiazul de pronto, la burla destellando en su voz. Sí, se estaba burlando del príncipe. Y es que solo recordar el rostro pálido y aterrado del joven era una graciosa imagen. Exageradamente graciosa a decir verdad.
-Si no mal recuerdo tú fuiste quien me abrazó- le reclamó el ojirubí, separándose del emperador y cruzándose de brazos.
-Parecía que estabas a punto de desmayarte. Lo último que necesitaba era que te golpearas la cabeza contra el suelo y me dieras más problemas. Además, al estar cerca de ti pude apreciar tu semblante… una graciosa imagen he de decir. Aunque tus gritos casi me dejan sordo- explicó el ojiazul, con una calma que hizo que la sangre del príncipe hirviera.
-¡No es gracioso!- exclamó con indignación. Por supuesto que no estaba orgulloso de su… pequeño cambio de carácter el día anterior. Pero había sucedido algo que nunca había presenciado. Era normal actuar así. Seto no tenía derecho de burlarse de él por esa razón.
-No me estoy riendo- afirmó el gobernante, con suma seriedad. Solo sus ojos lo delataban, mostrando verdadera burla.
-¡Eres insoportable!- exclamó Yami, su rostro casi rojo de furia. Se subió por completo a la cama, dejando caer sus sandalias al piso. Y luego, caminó de rodillas hasta donde se encontraban las almohadas. Y las tomó en sus manos, cambiándolas de lugar. Un semblante llenó de determinación se dejó ver en su rostro.
El emperador solo miró en silencio las acciones del joven. Aunque, debía admitir que estaba disfrutando plenamente de la escena. Y es que mirar a Yami construyendo una especie de muralla de almohadas en el centro de la cama era sumamente interesante… por no decir extremadamente gracioso. El joven tenía un lado inocente, eso no podía negarlo.
-¿Qué se supone que éstas haciendo?- preguntó al fin, aunque ya tenía una idea de lo que Yami podría estar planeando.
El egipcio, quien al parecer había terminado con su obra arquitectónica, miró al emperador. Sus ojos mostraban verdadera indignación. Al parecer, el joven estaba más que avergonzado por recordar la manera en la que había actuado el día anterior.
En un brusco y tal vez exagerado movimiento, señaló con su mano el lado izquierdo de la cama.
-Tu lado- habló. Luego, señaló hacia el lado donde se encontraba ahora. -Mi lado- anunció.
El ojiazul alzó una ceja.
-Según sé ésta es mi cama- le dijo al egipcio.
-Querrás decir que… era tu cama. Te informo que ahora es nuestra cama, te guste o no- remató el joven, acostándose así y envolviéndose en las sábanas. -Y no intentes pasar a mi lado. Me daré cuenta si lo haces- finalizó.
-Como quieras- contestó el ojiazul. Ese berrinchoso príncipe y sus ideas.
Era un enorme alivio mirar al joven actuar así de nuevo.
Magi: no tengo palabras… no tengo palabras para agradecerles! Más de 100 reviews! Muchísimas gracias por su apoyo. Significa mucho para mí n.n
Y me alegra que les haya gustado mi nuevo fic. Por eso, quise actualizarlo lo más pronto posible. El capítulo dos de 'Mente frágil' ya está listo. Voy a subirlo en unos minutos.
Hmm… creo que en este capítulo debo añadir aclaraciones.
La crucifixión era un castigo que estaba reservado solo para los esclavos y quienes no fueran romanos. O al menos, eso dijeron en el documental que vi sobre la crucifixión en History Channel durante Semana Santa.
En este capítulo, añadí el término de República. Antes del Imperio, en Roma hubo una República, controlada principalmente por el Senado. Cuando el Imperio apareció, los emperadores tenían el control. La forma de gobierno pasó a ser autocrática. Es decir, que mi fic podría situarse en la época de los primeros años del principado, que era algo así como una dictadura disfrazada. El Senado seguía existiendo, pero el princeps(es decir, el emperador) tenía el poder absoluto.
Creo que con esto solo logré confundirlos O.o El punto es, que el fic podría situarse entre el 40ac al 20dc, más o menos. No creo que eso importe, pues esto no es drama histórico. Yo estoy más bien arruinando la historia xD Pero igual quería darles una fecha.
Agradecimientos a Natsuhi-san, yoyuki88, Lady Broken Doll, niko-chan, Azula1991, k pazzo way, mariANA, Astralina, Carmín Diethel, Mitsuki Asakura, sayori sakura, Atami no Tsuki, manita chio, Kimiyu y Elsa Agabo por sus reviews!
Hasta el próximo lunes.
Ja ne!
