Flor de loto
Capítulo 10
El joven abrió sus ojos lentamente, intentando ajustarlos a la claridad de un nuevo día. Mientras hacía esto, un bostezo escapó de su boca.
Intentó entonces hacer a un lado el sueño que aún sentía. La luz que se veía en ese momento delataba que ya era de día, así que no pensaba volver a dormirse. Aunque debía admitir que la idea le sonaba tentadora, pues en ese momento la almohada sobre la que se encontraba era sumamente cómoda. Una extraña almohada sin dudas, pues parecía moverse arriba y abajo.
Parpadeó varias veces, sintiéndose ahora confundido. Las almohadas no respiraban.
Alzó la mirada, la sorpresa inundándolo en segundos al encontrarse de frente con dos ojos azules que lo miraban con burla. Al parecer, había estado durmiendo sobre el pecho del emperador.
-Tu lado de la cama, ¿no? Es bueno saber que respetas tus propias reglas- habló de pronto el gobernante. El príncipe lo miró con confusión durante varios segundos. Hasta que a su mente acudió lo sucedido la noche anterior. Un minuto, ¿cómo había logrado cruzar la 'muralla' mientras dormía?
Miró hacia donde se suponía debían estar las almohadas apiladas una sobre otra. Pero solo encontró un derrumbe de ellas.
-Debo admitir que siento la necesidad de prohibirte dormir en mi cama de nuevo. Es molesto que te muevas tanto- afirmó el ojiazul. Yami simplemente rodó los ojos. Aunque a decir verdad, se sentía alegre. Al fin, las cosas parecían haberse arreglado. Ahora, solo debía asegurarse de no volver a cometer otro error.
-No creas que estoy muy feliz de haber despertado en ésta posición- le dijo el egipcio, dirigiéndole al gobernante una mirada casi hostil. Pero el castaño no se inmutó siquiera.
-Según lo que vi, estabas tan cómodo que no deseabas ni abrir los ojos- respondió, su semblante destellando verdadera burla. –Y si de verdad estás molesto por haber despertado en ésta posición, ¿cómo es que aún sigues recostado sobre mí?- preguntó. Yami parpadeó un par de veces ante esto, notando que de hecho aún seguía utilizando el pecho del ojiazul como almohada.
En un rápido movimiento, se alejó del emperador, terminando por sentarse en la cama, al lado del otro, quien también optó por sentarse.
-Insoportable- susurró el ojirubí, cruzándose de brazos.
-Sigue con eso y olvídate de salir hoy- amenazó el emperador. Yami de inmediato miró al ojiazul, sus ojos brillando ligeramente.
-¿Salir?- preguntó, intentando esconder la emoción en su voz. Y es que a decir verdad, no deseaba quedarse ahí encerrado todo el día. Así que la sola mención de la palabra 'salir' le emocionaba.
-A conocer la ciudad- explicó el ojiazul. Ese día estaba libre de celebraciones o cualquier otro asunto parecido. Así que ésta vez, sí podía llevar a Yami a conocer Roma, al menos los aspectos más importantes para que el joven se fuera adaptando a la vida allí.
Además, era el cumpleaños del egipcio, así que al mismo tiempo aquel sería su… regalo, por así decirlo.
-¿Aún quieres llevarme a conocer la ciudad?- preguntó el príncipe. Estaba feliz claro, pero simplemente le sorprendía que el romano ya no estuviera molesto con él. Sí, podría decirse que habían arreglado todos los problemas entre ellos, pero igual, lo habían hecho apenas la noche anterior.
-¿Quieres ir o no?- fue la respuesta. Yami asintió pronto. No quería perder aquella oportunidad.
-Voy a bañarme- afirmó, saliendo de la cama en menos de un segundo. Dio exactamente cuatro pasos y se detuvo. Una idea vino a su mente. Quería salir a la ciudad lo más pronto posible así que… -¿Me acompañas?- le preguntó al emperador, casi sin pensarlo. Aunque bueno, ya se habían 'bañado' juntos antes. No había problema.
El ojiazul miró al príncipe. A decir verdad, esperó ver alguna mueca seductora en el rostro del joven, al menos en sus ojos. Pero al ver a Yami, notó que el egipcio hablaba enserio. No había ni sarcasmo ni burla, ni mucho menos rastros de seducción en el semblante del príncipe. Al parecer, el joven no planeaba más que bañarse al mismo tiempo que él.
No dijo nada entonces, pero sus acciones le dieron una respuesta a Yami.
El emperador se puso en pie, sus pasos delatando que caminaba hacia el baño.
El egipcio no se movió por unos segundos. Pero luego, siguió al ojiazul.
Ambos entraron al lugar. Yami miró el agua de la terma por algunos momentos, antes de proceder a quitarse la única prenda que vestía. Lo hizo en un rápido movimiento, pues deseaba entrar al agua lo más rápido posible, para que ésta escondiera aunque fuera un poco de su desnudez. Sí, el emperador ya lo había visto desnudo, pero aún así, no se sentía cómodo ahora mostrando su cuerpo frente al rey.
Y es que ya no tenía deseos de continuar con el juego de seducción que había puesto en práctica desde que llegó ahí. No, ahora solo quería ser él mismo, sin tener que humillarse. Lo malo de esto, sin embargo, era que no sabía si al ojiazul le gustaría su verdadera personalidad.
En Egipto le habían dicho claramente que para conquistar al gobernante debía seducirlo. Era un romano de quien hablaba. A todo romano le gustaban los… juegos de adultos. Así que no estaba seguro si desobedecer esto le traería beneficios o problemas.
Olvidó su argumento de pronto, pues el agua caliente de la terma logró relajarlo.
Ahora lo importante, era que saldría con el romano a conocer la ciudad. Por el momento, solo en eso debía enfocarse. Y, llegado el tiempo, pensaría en lo demás.
Miró entonces al emperador, y su rostro mostró de pronto un tinte rojizo en las mejillas. Parpadeó un par de veces, observando casi sin aliento cómo el ojiazul se quitaba su vestimenta. La vista le pareció sumamente interesante… y atractiva.
Pero tan pronto la espalda del castaño quedó al descubierto, Yami se dio la vuelta, alejando sus ojos de la escena.
No había esperado eso. Pero ahora que lo pensaba, casi se reía de sí mismo. La última vez, el gobernante había entrado con su ropa puesta pues él lo había obligado al haberlo casi lanzado a la terma. Era bastante obvio que ésta vez el ojiazul se bañaría desnudo. No podía creer que había pasado por alto ese detalle. Tal vez, si hubiera pensado en eso, habría preferido bañarse solo.
Porque no iba a negarlo, le avergonzaba saber que había una persona desnuda cerca. Por más… deliciosamente atractiva que fuera.
Su rostro se tiñó de un rojo casi igual al de sus ojos, cuando comprendió su pervertido pensamiento. No era algo digno de una virginal persona como él.
Intentó concentrarse en darse un baño, pero los nervios lo inundaron al escuchar el agua moverse levemente, señalando que el ojiazul había entrado a la piscina.
Con mucha cautela, se atrevió a mirar a sus espaldas.
Y sus ojos se mantuvieron fijos en el emperador. Podía jurar que sus mejillas arderían en llamas en cualquier momento. Pero aún así, siguió mirando. ¿Deliciosamente atractiva? Jamás. La vista era mucho más que eso.
Al ser el emperador una persona alta, el agua le llegaba hasta la cintura. En palabras simples, todo el pecho y el abdomen del castaño se encontraban al descubierto.
La imagen era… muy agradable. Tan agradable que no pudo retirar sus ojos. De hecho, hizo un gran esfuerzo por no empezar a babear. Sentía la misma sensación que cuando miraba un gran festín y tenía un hambre descomunal. Era extraño, y vergonzoso.
Se concentró en mirar al ojiazul. Se veía… diferente sin aquella toga que siempre vestía. Y por diferente, se entendía sumamente atractivo.
Bajó sus ojos, sus mejillas volviendo a entrar en calor al mirar el abdomen del rey, perfectamente marcado y firme. Luego siguieron sus brazos, fuertes y ligeramente musculosos. No había duda, todo en el castaño era digno de un líder.
Sintió de pronto la necesidad de ser rodeado por esos fuertes brazos, y de tocar aquel marcado abdomen.
-¿Te gusta lo que ves?- La pregunta lo sacó de su ensoñación. Ahora sí, sabía bien que sus mejillas debían estar teñidas del un rojo que podría asimilarse al negro.
No miró al ojiazul, pues ya sabía que solo encontraría burla en su semblante. En cambio, se dio la vuelta, cruzándose de brazos en un intento por mantener su orgullo.
-¿De qué estás hablando? No te estaba mirando a ti- replicó obstinado, casi sin voz. Había perdido por completo el aliento.
-Nunca dije que me estuvieras mirando- afirmó el gobernante a sus espaldas. –No sé si debería sentirme halagado. Después de todo, ahora y gracias a ti sé que esa mirada complacida era dirigida a mí- agregó.
Yami no contestó. Estaba muy ocupado cerrando los puños e intentando no ir donde el castaño y ahogarlo allí mismo. No podía creer que había caído en ese pequeño y predecible juego de palabras.
Al final, sin embargo, optó por tomar la botella de vidrio que contenía una esencia perfumada. Y abriéndola, regó un poco de su contenido sobre su cabello. Sería una gran pérdida ahogar al ojiazul. Después de todo, lo admitía, le había gustado mucho lo que había visto.
Hubo silencio entonces. La mente de Yami aprovechó esto para empezar a llenarse de pensamientos, con el objetivo de olvidar sus vergonzosas conclusiones acerca del emperador.
Todos los pensamientos comenzaron a rodear un tema en específico.
Aún no podía recordar nada de lo que había sucedido mientras había estado ebrio. Y la verdad, admitía ya que tal vez nunca recordaría. Lo único que venía a su mente, eran algunas palabras e imágenes borrosas. Pero nada concreto en realidad.
Aunque, una de esas palabras le confundía, pues no conocía su significado.
-Seto- llamó al ojiazul, dándose la vuelta nuevamente. Y cuando notó que había captado la atención del gobernante, continuó con sus palabras. -¿Qué es catamita?- preguntó, procurando centrar sus ojos en los del castaño, aunque debía admitir que sentía la tentación de admirar nuevamente el abdomen del ojiazul.
El emperador frunció el ceño.
-¿Dónde escuchaste esa palabra?- interrogó. Yami se mantuvo en silencio por unos momentos. Se sentía confundido ahora. ¿Había dicho algo malo acaso?
-Pues… en…- se detuvo. A decir verdad, no deseaba recordarle al romano sobre…
-La bacanal- finalizó el ojiazul. Yami suspiró, asintiendo con la cabeza. Solo esperaba no haber arruinado todo nuevamente. Era lo último que necesitaba. Además, jamás habría imaginado que esa palabra fuera algo malo.
Aunque el castaño no pareció molesto por la pregunta. De hecho, la contestó como suma normalidad.
-Un sirviente sexual pasivo… preadolescente o adolescente- respondió. Juntó sus ojos con los del egipcio. -¿Alguien te llamó de esa forma?- interrogó.
Yami se alzó de hombros.
-No sé… no recuerdo- contestó. -¿Por qué lo preguntas? ¿Es algo malo acaso?- preguntó. En realidad, no podía decir que ser llamado un 'sirviente sexual' era algo bueno, pero por el semblante del ojiazul, aquello parecía ser un insulto o algo parecido.
-Es un término despectivo- afirmó el gobernante. –Normalmente es usado para ridiculizar a alguien- explicó, notando de inmediato la confusión que de pronto mostraron los ojos del príncipe. Definitivamente, el egipcio tenía una cultura completamente distinta. –No es bien visto que un ciudadano romano, varón y libre, adopte el rol pasivo en un acto sexual- explicó. Solo los esclavos o los jóvenes que se prostituían podían ser pasivos. Y claro, quienes no fueran romanos.
Yami asintió, la duda aclarándose ahora. Al parecer, la cultura romana no era tan libertina como él había pensado. Aunque su cultura tampoco era muy abierta. Las relaciones entre personas del mismo sexo no eran un tema del que se hablara comúnmente. En su religión, solo había un tema relacionado a esto. Y no era muy… positivo realmente. Era el relato de cuando Seth había violado a Horus(1). Fuera de eso, no se hablaba más de relaciones de ese tipo.
-Bueno, yo no soy romano. Supongo que si fue a mí que me lo dijeron, no es realmente un insulto- afirmó. Además, sabía bien que si el emperador y él llegaban a tener sexo, sería él quien tomaría el rol pasivo. A decir verdad, no tenía muy en claro ese tema de los roles, solo tenía una vaga idea. Aunque sí tenía en claro, que el ser pasivo era casi sinónimo de femineidad, algo que no le gustaba demasiado. -¿Algo más que deba saber?- preguntó. Quería saber si había algo más que se considerara 'prohibido' allí.
-Practicar la felación y el cunnilingus. Eso es aun más humillante que ser pasivo en una relación- afirmó el ojiazul. Pero alzó una ceja, al ver el semblante ahora más confundido de Yami.
-¿Qué es eso?- interrogó. No tenía idea de qué hablaba el gobernante. Tal vez era por la diferencia en el idioma. No podía traducir esas palabras a su lengua egipcia.
Por su parte, el emperador solo pudo mirar al joven con cierta sorpresa reflejada en sus ojos. De hecho, estuvo a punto de reír en cierto momento. Bien, tal vez el egipcio era virgen. Pero, ¿no conocer siquiera lo que era una felación? Eso ya era exagerado. El ojirubí simplemente no podía ser tan inocente.
-Sexo oral- intentó con otro término, esperando ver reconocimiento en los ojos carmesí del joven. Pero esto no sucedió. De hecho, la confusión pareció aumentar en el egipcio. –Tienes que estar bromeando- susurró. Por todos los dioses, el príncipe ya tenía dieciséis… ¡diecisiete años! ¿Cómo no iba a conocer esos términos? Sabía bien que los egipcios no eran unos santos en lo que a sexo se refería, así que la situación se le hacía muy difícil de creer.
Aunque no había duda de que la confusión que mostraban los ojos de Yami parecía ser auténtica.
-Quieres decir que… hay dos tipos de… ¿sexo? El oral y el… ¿otro?- preguntó el egipcio, ligeramente sonrojado. –Sobre el otro, creo que sé lo que es. Pero el sexo oral… ¿qué es?- interrogó, casi para sí. –Oral… espera… ¿es cuando se usa la boca para…? ¿Es eso?- insistió. Esa palabra, 'oral', le traía a la mente la boca. Y sabía que a veces se utilizaba eso para… complacer a la pareja.
El emperador rodó los ojos. No estaban teniendo una conversación sobre sexo, ¿o sí? Y sobre todo, Yami no le estaba preguntando a él sobre sexo, ¿cierto? Ni que fuera su madre para estarle respondiendo esas preguntas.
-Terminé de bañarme. Date prisa. Los gladiadores no nos estarán esperando todo el día- habló, caminando hacia la salida de la piscina.
-¿Gladiadores?- preguntó Yami. Pero sacudió su cabeza de inmediato. –Espera, Seto, ¿qué es el sexo oral?- insistió con aquel tema. A decir verdad, tenía curiosidad por saber cuál era el tipo de sexo que estaba 'prohibido' en Roma. Pero no recibió respuesta. El ojiazul solo siguió con su camino. -¡Seto!- llamó al gobernante. -¡Quiero saber si tengo razón al decir que se usa la boca! ¡No pierdes nada con explicarme!- exclamó.
-No pienso darte lecciones sobre sexo- afirmó el ojiazul, quien ya salía de la terma.
Yami de inmediato apartó la mirada del gobernante. Con haber visto el abdomen del ojiazul bastaba. Sería vergonzoso ver más, al menos para él.
Se cruzó de brazos entonces, dándose por vencido.
El ojiazul mientras tanto, había salido del lugar. Una toalla adornaba su cintura, mientras que otra más estaba en su mano. Con ella, estaba secando sus cabellos.
Pero pronto, detuvo sus pasos, cuando se encontró de frente con una persona.
-Mokuba- habló, mirando a su hermano, quien en ese momento miraba hacia la dirección donde se encontraba el baño. Se podía notar la sorpresa en sus ojos grisáceos.
-¿Acaso escuché…?- intentó decir.
-No preguntes- interrumpió el gobernante, sabiendo ahora que su hermano había escuchado la exclamación del egipcio. Comenzó a caminar nuevamente, ésta vez con Mokuba a su lado.
-Está comprobado… es virgen- afirmó el menor.
-Demasiado virgen diría yo- comentó el ojiazul. Mokuba sonrió ligeramente.
-Entonces, ¿le crees?- interrogó, notando que habían entrado a una nueva habitación, la cual estaba conectada a la del castaño. No había nada realmente especial en aquel lugar. Solo un espejo grande en una esquina y ropa guardada en baúles.
-Aún tengo mis dudas- afirmó el castaño. Se quitó entonces la toalla, y esperó a que los esclavos hicieran su trabajo.
Éstos se movieron de inmediato, trayendo ropas y un par de sandalias.
-¿Dudas? ¿Cuáles? El príncipe ni siquiera tiene en claro lo que es el sexo oral. ¡Por Júpiter, yo supe lo que era desde los ocho años!- exclamó el chico, riendo luego.
-Podría estar mintiendo- habló el ojiazul, dejando que los esclavos lo vistieran. Una túnica fue la primera vestimenta que cubrió su cuerpo. Después, le siguió la toga.
-¿De verdad crees que puede estar mintiendo?- preguntó el menor.
Hubo silencio después de esto.
Mokuba se cruzó de brazos, sonriendo de manera triunfal.
-Eso pensé- afirmó.
-Vamos a ver a los gladiadores. Puedes venir si quieres- Cambió el tema el ojiazul.
-La invitación es tentadora, pero no puedo aceptarla. Este día será solo entre el príncipe y tú, hermano- anunció el chico. Y es que a decir verdad, a él le fascinaba ver las peleas de gladiadores. Pero estaba consciente que después de todo lo que había sucedido, su hermano y el príncipe necesitaban pasar tiempo juntos, solo ellos dos, para que así terminaran de arreglar sus diferencias.
Porque, no iba a negarlo. Le había dicho tiempo atrás a su hermano que no aceptara la propuesta egipcia. Pero ahora, no podía más que desear que el gobernante eligiera a Yami y no a Egipto. Y es que a pesar de estar rodeado de personas todo el tiempo, su hermano siempre había estado solo. Al único a quien tenía era a él. Por eso, deseaba que alguien más entrara a la vida del ojiazul.
Y no un simple alguien. Alguien que verdaderamente se preocupara por su hermano. Yami parecía ser el candidato perfecto.
Además, por lo que había visto hasta ahora, su hermano demostraba interés por el egipcio. Un interés que parecía ir más allá de la lujuria. Después de todo, el príncipe no podía decir que era virgen si ambos ya habían tenido relaciones.
Tan solo ese detalle le decía que había algo que hacía diferente al ojirubí, en comparación con todas las demás personas con las que su hermano había estado.
Él no era tan inocente, sabía muy bien que su hermano tenía la costumbre de acostarse con la primera, o el primero, que se le pusiera al frente. Y si bien aquello no tenía nada de malo según las costumbres romanas, a él personalmente no le agradaba.
Después de todo, su único deseo, era que su hermano fuera feliz.
-Seto, tú crees que tal vez… puedas llegar a… ¿amar al príncipe?- preguntó con algo de inseguridad. El día en el que Yami desapareció, había sacado aquel tema. Pero su hermano le había dejado claro que eso jamás sucedería, aunque no había duda de que sus acciones decían lo contrario. Tal vez por eso insistía.
-¿Te sientes bien, Mokuba?- fue la respuesta. El chico suspiró. Ese fue un simple y firme 'no'.
-Sabes… varios emperadores antes de ti se enamoraron profundamente. A mi parecer, el amor es hermoso. Como vivir en la realidad y en un paraíso al mismo tiempo- le dijo el chico, su mente distrayéndose por unos momentos. El emperador alzó una ceja.
-El amor te ha convertido en poeta- afirmó el ojiazul, logrando que el chico se sonrojara ligeramente. –Pídele cuanto antes que sea tu novia. Quiero verte casado antes de los dieciocho años- comentó, dirigiendo su mirada al espejo e inspeccionando su atuendo.
Desde algún tiempo atrás, había sabido que a su hermano le gustaba una joven. La hija de un patricio, perteneciente a la clase más alta de la sociedad. Algo bueno claro, lo que menos deseaba era que su hermano terminara enamorándose de la hija de un proletario (2).
-¡Qué!- exclamó el menor, sus mejillas completamente sonrojadas. –Aún no. Además, solo tengo quince años… todavía me queda tiempo… Un momento. Tú ni siquiera te has casado. No puedes pedirme que me case antes de los dieciocho- se quejó el chico, mirando acusadoramente al ojiazul.
El emperador dejó de mirar el espejo. Se dio la vuelta, mirando al menor y cruzándose de brazos. Su semblante ensombreció.
Mokuba lo miró inseguro. De hecho, se preparó para un buen sermón.
-Soy tu hermano mayor, puedo hacer lo que quiera- fue lo único que dijo el ojiazul.
El menor parpadeó varias veces. Había esperado escuchar más que eso.
-Esa no es una buena excusa- protestó luego, cruzándose de brazos al igual que el gobernante.
-Sí lo es- afirmó el ojiazul, quien comenzó a caminar hacia la salida del lugar. –Y le dirás lo que sientes o… yo se lo diré- amenazó.
-¡No te atreverías!- exclamó el chico, completamente alarmado.
-Por supuesto que sí. Cualquier cosa por verte casado antes de los dieciocho- afirmó el castaño.
-¡Pero faltan tres años para que cumpla los dieciocho!- insistió el chico, caminando detrás de su hermano.
-Y ya son dos años desde que te enamoraste de esa joven- comentó el gobernante.
-Pero hermano…-
-No estoy escuchando- interrumpió el ojiazul.
-¡Hermano!- llamó el chico, sin recibir respuesta. –¡No me ignores!- intentó de nuevo. Pero nada.
Así que ésta vez, simplemente le sacó la lengua al castaño.
Miraba su rostro en el espejo. Su mano derecha tocó levemente su mejilla también derecha. Aquel golpe que antes se había notado de sobremanera había disminuido considerablemente. Y ahora, con el maquillaje, era casi imperceptible.
Sonrió ligeramente. Se sentía mucho mejor ahora que en los días anteriores, eso era muy obvio. No podía decir que estaba del todo feliz, pero tampoco se sentía mal. Ya no sentía nervios y en cambio se encontraba más tranquilo. Aunque claro, no podía confiarse. Lo último que deseaba era volver a hacer enojar al emperador.
Volvió nuevamente su atención al espejo. Se veía diferente con todo aquel maquillaje. Sus ojos resaltaban más de lo normal gracias al kohl alrededor de ellos. Y claro, las joyas también lo hacían lucir distinto. Los largos aretes de oro que colgaban de sus orejas, y su corona. Sí, por primera vez desde su llegada a Roma usaba una.
Era una simple corona de oro con el ojo de Horus en su centro. Ésta cubría casi toda su frente y se abría paso entre su cabello, terminando así en lo que parecía ser un par de alas pequeñas.
Además de eso, lucía varios brazaletes de oro. Dos de ellos, que tenían forma de serpientes, se enredaban varios centímetros más arriba del codo, uno en cada brazo. Y luego, tenía dos brazaletes más. Éstos eran largos, comenzaban en su muñeca y terminaban cerca del codo. Le cubrían así casi todo el antebrazo. Y luego estaban los anillos, de oro y algunos con alguna joya en su centro, seis anillos en seis dedos, tres en cada mano.
Y su vestimenta consistía en un faldellín largo, que le llegaba casi a las rodillas. Era blanco, con una tela azul oscuro que adornaba la parte frontal, y se encontraba además sostenido por un cinturón de oro. Una capa rojo oscuro adornaba sus hombros y su espalda. Por último, debajo del cuello de la capa, se asomaba un Usekh(3) de oro. Ese era el único collar que lucía.
Esperaba lucir bien, pues además de querer darle una buena impresión al emperador, quería verse presentable ahora que iba a salir a conocer Roma.
Miró una vez más el espejo, notando un brillo a sus espaldas.
Se dio la vuelta, su corazón encogiéndose al entender qué había causado aquel brillo.
Caminó hacia allí, mirando la caja de oro que descansaba en una pequeña mesa. Estaba cubierta de jeroglíficos, y lucía el ojo de Horus al frente. La luz que se filtraba en el lugar caía sobre la caja, haciendo que ésta brillara ligeramente.
Con su mano ya temblando, se atrevió a abrir aquel objeto.
Tragó fuerte, parpadeando varias veces para evitar las lágrimas.
Tomó la cuerda que se encontraba dentro, y sacó el collar. Aquel collar que su padre le había dado. La pirámide invertida que antes solo podía pertenecer al faraón.
Caminó de nuevo hacia el espejo, su agarre en la cuerda del collar tomando fuerza.
Se mordió el labio, mirando su reflejo. Pero bajó pronto la mirada.
Antes, no se hubiera atrevido. Pero ahora, quería tener a su familia presente.
Y aquella pirámide de oro era todo lo que le quedaba de ellos, además de sus recuerdos. Pero debía admitir, que tener algo físico que simbolizara a su familia le traía más consuelo.
Al volver a mirar al espejo, examinó el nuevo collar que ahora colgaba de su cuello.
Sonrió. A su atuendo definitivamente le hacía falta ese collar.
Decidió entonces salir del allí. De verdad deseaba ir a conocer Roma. El emperador había hablado de gladiadores, y solo eso había aumentado su curiosidad. No podía imaginar todo lo que ese gran imperio tenía para mostrar.
Sí, podía decirse que ya había salido a la ciudad, cuando había seguido a Minerva a la bacanal. Pero de noche, no había visto casi nada. Sin contar además con el hecho de que todo había estado casi desierto.
Volvió a la realidad, y entró a la habitación del gobernante.
De inmediato notó a las dos personas que estaban allí. Pero su atención se concentró en el más joven de los dos, a quien reconoció pronto. Era el hermano del emperador, quien en ese momento le sacaba la lengua al gobernante. El ojiazul simplemente rodó los ojos en respuesta.
El egipcio estuvo a punto de reír al ver tal escena, pero se contuvo.
-¡Príncipe, buenos días!- saludó el menor de pronto, al notar a Yami. Parecía… aliviado en cierto modo.
El emperador, al escuchar la exclamación de su hermano, buscó al egipcio con la mirada. Y lo encontró a unos pocos pasos de distancia. Pero al verlo bien… no pudo quitar sus ojos de encima del joven, quien en ese momento más bien parecía un dios de la tentación. Y por Júpiter, si ese joven seguía tentándolo, aunque fuera sin saberlo, no aguantaría más. Ya había hecho un enorme esfuerzo por controlar sus deseos. Pero no podría seguir haciéndolo por mucho tiempo si Yami seguía viéndose como Venus personificada.
Y es que ahora, justo cuando pensaba que el ojirubí no podía verse más hermoso, Yami le demostraba lo contrario. Con aquella corona, y aquella ropa ligeramente diferente a la que acostumbraba vestir. Se veía… bello… bellísimo a decir verdad.
-Por favor, solo Yami. Sin formalidades- contestó el ojirubí, sonriendo también. Y al parecer, sintió que alguien lo miraba, pues dirigió sus ojos hacia al emperador… y se quedó complemente congelado.
El gobernante era muy bien parecido, eso no iba a negarlo. Pero en ese momento, simplemente podía quitarle el aliento a cualquiera.
Mokuba sonrió, mirando el semblante del príncipe, quien examinaba toda la imagen del gobernante, de arriba a abajo. Miró entonces a su hermano. El ojiazul mantenía un semblante serio, pero sus ojos demostraban claramente que él también observaba al egipcio de pies a cabeza. Su mirada, de hecho, parecía querer violar al joven allí mismo.
Era obvio que ambos estaban muy… complacidos con lo que veían.
-Me retiro. Tengo… asuntos pendientes- habló el chico, sabiendo que su presencia estaba de más ahora. Lo cual era un alivio, pues no quería seguir hablando del tema de… cierta joven con su hermano.
El gobernante solo asintió, sus ojos colocados aún sobre el egipcio. Al parecer, Yami lo había hecho olvidar todo el asunto con su hermano.
-Nos vemos, Yami- se despidió el menor.
-Claro- fue la única respuesta. Al parecer el joven estaba perdido en otro mundo.
Mokuba miró por unos segundos a Yami, luego a su hermano, y por último a Yami nuevamente.
Sonrió, suspirando y dándose la vuelta. Era obvio a su punto de vista que esos dos tenían algo… especial, por así decirlo.
Definitivamente, Yami no era como los demás. Eso le alegraba de sobremanera.
Sin decir nada más, caminó fuera del lugar, no queriendo interrumpir el momento.
Yami apenas escuchó la puerta abrirse y cerrarse. Estaba muy concentrado en el gobernante como para prestar atención a sus alrededores.
No había duda sobre la posición social del ojiazul. Aquel hombre era el emperador de Roma, el más poderoso de todo ese imperio. Su sola vestimenta le confirmaba aquello.
Una toga de la lana más fina que había visto cubría el cuerpo del gobernante. El color de ésta era púrpura, un tono sumamente difícil de encontrar, y por lo tanto de un costo muy alto. Solo aquel color destellaba lujo y riqueza… y poder sin lugar a dudas. Pero, no era solo el púrpura. La toga mostraba además bordados en oro.
Sintió deseos de tocar aquella tela tan hermosa. Y no reprimió el sentimiento, al contrario, alzó su mano, permitiéndole descansar sobre el pecho del ojiazul. Y allí, notó de inmediato, al mover sus dedos, lo suave que era aquella vestimenta.
-Es hermosa- susurró. Sinceramente, en ese momento se sentía como un simple campesino al lado del ojiazul.
Alzó sus ojos, mirando el rostro del rey, y notando en el proceso la corona de laurel hecha en oro que descansaba sobre su cabeza.
-Al parecer te he cautivado- murmuró el gobernante. Yami sonrió, sabiendo bien que el ojiazul solo quería mofarse de él. Aún así, no pensaba negar algo que era completamente cierto.
-Me has cautivado, es verdad. Ahora solo puedo desear que yo también te haya dado una buena impresión- afirmó. No esperó una respuesta, pues bien sabía que no escucharía una. En cambio, enredó sus brazos alrededor del cuello del gobernante. Y pronto, sus labios habían atrapado los del castaño.
Fue un beso relativamente corto. Un simple roce delicado.
Al haberse separado, Yami se mantuvo en la misma posición, con la única diferencia de que recostó su cabeza sobre el pecho del castaño.
El príncipe suspiró, mirando el brazo izquierdo del rey. Él estaba abrazando al gobernante, pero el castaño no lo abrazaba a él. No que estuviera esperando que lo hiciera claro.
Sus ojos bajaron hasta la mano del ojiazul. Y se detuvieron allí, al encontrar algo muy interesante.
Un anillo se encontraba en uno de los dedos de la mano izquierda del rey.
Supo de inmediato lo que representaba aquel objeto. Era el sello del emperador. Aquel sello que debía aparecer al final del mensaje que se mandaría a Egipto… si el ojiazul aceptaba la propuesta de su pueblo. Un simple anillo que poseía el poder de decidir el futuro de su familia.
Se encontró desenredando su brazo derecho del cuello del castaño. Y en pocos momentos, su mano tomó la del ojiazul.
Al emperador no pareció molestarle las acciones del joven. De hecho, dejó que el ojirubí examinara el anillo.
El dedo pulgar de la mano derecha del egipcio tocó el anillo. Notó entonces los detalles del sello. Un águila se encontraba en el centro, siendo rodeada por una corona de laurel. Y en los bordes, se podía leer 'SENATVS POPVLVS QVE ROMANVS–IMPERATOR SETO' (4). Y por supuesto, todo el anillo era de oro.
El príncipe sonrió de manera nostálgica. No pudo evitar recordar a su familia, pues era verdad, aquel anillo era el que sellaría el destino de todas aquellas personas a las que amaba.
-Ese anillo se vería mejor si tuviera mi rostro en él- bromeó, pues deseaba sacarse de la mente el pensamiento sobre su pueblo. Deseaba girar su atención a otro tema.
-Se necesitaría un anillo del tamaño de toda mi mano para poder incluir tu cabello- respondió el ojiazul, quien había visto claramente la ligera tristeza que embargó al joven. Sinceramente, no deseaba que Yami sintiera emociones negativas ese día. Después de todo, era el cumpleaños del egipcio.
Aunque su comentario pareció cambiar el ánimo del príncipe, quien desenredó el brazo que aún estaba alrededor de su cuello, y se alejó unos pasos, cruzándose de brazos.
-Me encanta tu sentido del humor. De verdad, me fascina- habló con sumo sarcasmo.
El ojiazul no contestó. Su atención se había desviado a otro asunto, el cual caía del cuello del príncipe. Una pirámide invertida de oro, con un extraño ojo en su centro. Un hermoso collar sin lugar a dudas.
-Es la primera vez que usas ese collar- comentó, más como una afirmación que como una pregunta. Le había llamado la atención aquella pirámide, pues no parecía ser un objeto cualquiera.
Yami tomó la pirámide con su mano derecha, suspirando nuevamente con nostalgia.
-Es la primera vez que lo uso en toda mi vida- afirmó. –Se supone que solo puede pertenecer al faraón. Pero mi padre decidió dármelo antes de venir a Roma- explicó.
-Una reliquia familiar- afirmó el ojiazul.
-Una tradición, mejor dicho- corrigió el joven. –La pirámide es en realidad un rompecabezas. Cuando el faraón muere, su sucesor debe desarmar la pirámide. Y en los días de luto, que en Egipto son setenta, el futuro faraón debe de volver a armarla. Si logra hacerlo antes de cumplirse los setenta días, significa que los dioses le tienen preparadas grandes bendiciones para su reinado- explicó.
-Y si no logra armarla…-
-No son buenas noticas- finalizó el joven. –Mi padre logró armarla a los sesenta y un días. Yo siempre le dije que lo haría en cincuenta días- afirmó, sonriendo ahora al recordar los momentos en los que le había insistido a su padre que armaría el rompecabezas en menos tiempo que él.
El gobernante guardó silencio. El sentimiento de compasión hacia el egipcio volvió a hacerse presente. Era muy posible que el padre de Yami ya no estuviera en el mundo de los vivos, y el ojirubí no tenía ni idea de esto. Pues lo había escuchado claramente en la voz del joven. El príncipe hablaba de su padre con disimulada alegría.
Pero se negaba rotundamente a hablar mientras el asunto no fuera oficial.
-Vamos- le dijo al egipcio, intentando cambiar el tema. Sí, si había muerto o no el padre de Yami no era su asunto. De hecho, no debería de siquiera importarle. Pero curiosamente, no deseaba ver el rostro del egipcio entristecerse, y sabía bien que una noticia como esa causaría ese efecto.
Un asentimiento por parte del ojirubí lo devolvió a la realidad.
El joven comenzó a caminar. Pero el gobernante se quedó donde estaba.
-¿Seto?-
Pues aún tenía algo que decir.
Miró al egipcio a los ojos.
-Desde hoy, espero ver a Yami, no a un príncipe cumpliendo con su deber- habló, pronunciando el nombre del joven. Joven, quien en ese momento lo miraba con profunda sorpresa.
-Te refieres a…-
-Dije que iba a creer en tus palabras. Tú mencionaste que solo actuabas según lo que te habían aconsejado. Haz la conexión entre ambas cosas- interrumpió el ojiazul. En ese momento, la sorpresa del egipcio cambió por una ola de alivio.
Creía entender a lo que se refería el castaño. Quería que desde ese día él le mostrara su verdadera personalidad. Sin juegos de seducción, ni ninguna otra cosa que en Egipto le dijeron que hiciera.
Simplemente, quería ver al verdadero Yami.
El ojirubí sonrió. A decir verdad, sintió ganas en ese momento de abrazar al ojiazul, pero se contuvo. Y es que no podía negar que aquella había sido una gran noticia. Ahora, ya no tendría que humillarse. Aunque aún así, debía concentrarse en ganarse el agrado del rey. Pero podía hacerlo siendo él mismo, sabía que podía.
-Gracias- susurro. Sí, era muy obvio que estaba agradecido.
Ésta vez, no pudo evitarlo. Necesitaba por alguna extraña razón sentir algún tipo de contacto físico con el gobernante. Pero, en lugar de un abrazo, se conformó con tomar la mano izquierda del rey en la suya.
Curiosamente, una desconocida sensación de calidez lo inundó al ver que el romano no rechazó su acción. Al contrario, apretó levemente su mano, enredándola con la del príncipe.
-Vamos- volvió a decir. -Tenemos que comer algo antes de irnos- anunció luego, abriendo la puerta de la habitación.
A Yami no pareció gustarle aquella noticia. No tenía hambre, y estaba muy ansioso por conocer la ciudad.
-Pero Seto, no tengo hambre- se quejó, mientras caminaban ahora por los pasillos.
-Tal vez tú no, pero yo sí- fue la respuesta.
-Pero…-
-La ciudad no se irá a ninguna parte- interrumpió el ojiazul. Entendía que Yami estuviera emocionado por salir a conocer Roma. De hecho, podría decirse que estaba complacido de que el joven se mostrara tan ansioso. Esa había sido la idea desde el principio. Pero…
-¿Estás seguro?- insistió el joven.
El ojiazul rodó los ojos.
Tal vez el príncipe estaba más ansioso de lo debido.
-Yami…- pronunció el nombre del joven, casi en tono de amenaza. Y el ojirubí pareció notarlo, pues suspiró con molestia, pero asintió.
-Está bien- murmuró, sintiendo el deseo de cruzarse de brazos, pero negándose a hacerlo para no apartar su mano de la del castaño.
Después de todo, esa cálida sensación aún seguía allí, y no deseaba perderla.
(1) Seth(o Set, cualquiera de las dos formas es válida), dios egipcio del mal. Horus, sobrino de Seth, dios halcón. Seth mató al padre de Horus, Horus quiere vengar a su padre. Horus y Seth no son los mejores amigos, capici? xD
(2)Proletario (proletarii en latín) era la clase social más baja de la Roma Antigua.
(3)Es el collar que usa Yami debajo de la capa en el anime (obviamente cuando vestía como faraón en la última temporada)
(4)La descripción del sello fue un enorme invento mío xD Lo basé en el estandarte romano. Y las palabras 'SENATVS POPVLVS QVE ROMANVS–IMPERATOR SETO' signfican 'el Senado y el pueblo romano (que fue el nombre oficial del imperio romano)-Comandante(o emperador) Seto'
Magi: nuevo capítulo n.n y de nuevo, pude actualizar mi fic Mente frágil. El tercer capítulo ya está listo, voy a publicarlo tan pronto termine de subir esto.
Aclaraciones, según lo que he leído sobre Roma, lo del asunto de que un romano fuera pasivo y lo del sexo oral es verdad, aquello era casi un tabú. La edad mínima para que un romano se casara era de 14 años. La corona de Yami es la del anime. No tenía idea de cómo describirla o.O Y lo del rompecabezas fue otro enorme invento (aunque creo que eso es más que obvio xD). Y la toga púrpura que usa Seto es la toga picta, muy propia de los emperadores. Esas eran las aclaraciones de la versión original.
Ahora, una aclaración con esta versión que edité. No se sabe mucho del pensamiento egipcio acerca de la homosexualidad. Algunos textos hablan de ella como algo natural, y otro más bien critican ese tipo de relaciones. Lo que sí encontré, fue ese mito de Seth y Horus y decidí incluirlo en el fic. Así que en conclusión, no sé con seguridad cómo era la opinión egipcia respecto a la homosexualidad.
Y… me parece que eso es todo.
Agradecimientos a Ruka, Natsuhi-san, yoyuki88, mariANA, Atami no Tsuki, Azula1991, Mitsuki Asakura, niko-chan, BlackCat, sayori sakura por sus reviews!
A este capítulo sí le cambié varias cosas. Espero que el cambio sea para bien n.n
Nos vemos el próximo lunes
Ja ne!
