Flor de loto

Capítulo 11

Rodó los ojos por enésima vez. La presente situación le demandaba exagerada paciencia.

En ese momento, se encontraba junto a Yami en medio de la ciudad. O bueno, tal vez la palabra 'junto' no era la correcta. Pues el egipcio se apartaba seguido. Cuando veía algo que le llamaba la atención, se bajaba de su caballo y caminaba hacia allí.

Les estaba dando una dura tarea a los guardias que lo custodiaban. Los pobres hombres debían casi correr para mantener el paso del ojirubí.

Normalmente, cuando salía a la ciudad, su escolta consistía tan solo de tres soldados, todos miembros de la Guardia Pretoriana. Ésta vez, sin embargo, siete guardias los acompañaban. Aunque, ahora que veía bien la situación, se arrepintió de no haber hecho que al menos quince soldados los acompañaran.

Y siempre que debía salir a la ciudad, acostumbraba usar un caballo como medio de transporte. Claro, bien podría usar las famosas literas romanas, el medio de transporte favorito de las personas pudientes. Pero sinceramente, toda la 'comitiva' que se necesitaba para llevar una litera era un fastidio.

-¿Y éste de quién es?- Entre todo aquel bullicio escuchó la voz de Yami. Era como la octava vez que el joven preguntaba aquello.

El ojirubí tenía un collar en su mano, mientras observaba con curiosidad el medallón de éste.

Frente al joven había más collares. Sencillos realmente. Una simple cuerda que portaba un medallón como dije. Y en cada uno de ellos, aparecían ya fueran dioses o importantes personajes romanos.

Era bastante obvio que el egipcio sentía curiosidad por saber quién era el personaje que se encontraba en el medallón.

-¿Júpiter?- preguntó luego, al leer las palabras que se encontraban en los bordes del circular objeto.

-El dios encargado de las leyes y el orden. Podría decirse que es nuestro dios principal- explicó la mujer que vendía todo aquello, Su edad era de tal vez unos treinta y tantos. Era poco atractiva, de cabellos castaños y ojos negros. El moño en su cabello parecía haber sido hecho de manera apresurada, y su ropa era sencilla, compuesta por una simple túnica y sandalias.

Yami asintió, dejando el collar en su lugar y buscando algún otro que le llamara la atención.

El ojiazul rodó los ojos nuevamente al ver esto. Yami simplemente no pensaba moverse de allí en un tiempo cercano, ¿cierto?

Empero, no podían estar ahí todo el día. El combate de gladiadores estaba cerca de comenzar y no deseaba llegar tarde.

Se bajó entonces del caballo, caminando hacia el joven. Los guardias de inmediato le abrieron paso entre la gente, dejándole el camino libre. Mientras caminaba, sacó de sus ropas una pequeña bolsa, y de ellas cuatro monedas de plata.

-Seto- susurró Yami al notar al gobernante. Por su semblante era fácil descubrir que estaba sorprendido.

El ojiazul no dijo nada en ese momento, y en cambio, le entregó las dos monedas a la mujer, quien después de una leve inclinación en forma de reverencia las aceptó y le agradeció por ellas. Después de esto, el gobernante volvió su atención al egipcio.

-Escoge uno. Y apresúrate- le dijo. Los ojos del príncipe parecieron brillar ante esto. Asintió de inmediato, mirando nuevamente los collares con atención, y apenas notando que el emperador se había alejado.

Observó cada uno de los collares, mirando los nombres que mostraban. Estaba seguro de que le iba a ser difícil decidir. Había muchos de donde escoger.

Pero entonces, sus ojos encontraron al fin el indicado. Sonrió abiertamente, tomando el collar en su mano. Lo miró por unos segundos, convenciéndose aún más de que ese sería el que llevaría.

-Me llevó éste- le dijo a la mujer, quien asintió.

-Gracias- le agradeció. El egipcio tan solo asintió, dándose la vuelta y caminando hacia donde estaba su caballo. En el camino, se colocó el collar alrededor de su cuello. Imaginaba que debía verse muy contrastante, un collar tan sencillo rodeado de todo el oro que estaba usando. Pero sinceramente, no le dio importancia alguna a esto.

Se subió al caballo, notando que el emperador ya estaba sobre el suyo. A decir verdad, le habría gustado más recorrer la ciudad a pie, pero por supuesto, el gobernante se había opuesto por completo a la idea. No había insistido, pues no deseaba que el ojiazul perdiera la paciencia. Ahora, su prioridad era no cometer más errores.

-Gracias- le dijo al castaño, tomando el medallón en su mano. Miró al rey, quien estaba a su lado derecho, a unos cuantos pasos de distancia.

-Era la única forma de sacarte de ahí- respondió el ojiazul, mirando al frente.

-¿Vamos a ver a los gladiadores?- preguntó Yami, cambiando el tema. Antes de salir, el emperador le había dicho que primero irían a un anfiteatro, a ver los combates de gladiadores.

La idea le emocionó de inmediato. En Egipto, se utilizaban también las luchas como un medio de entretenimiento para el público. Aunque claro, imaginaba que los combates romanos serían muy diferentes. Por eso, sentía curiosidad. Además, no tenía ni idea de lo que era un anfiteatro, así que estaba ansioso por descubrirlo.

-Si no mal recuerdo, eso fue lo que dije antes de salir- fue la respuesta. El ojirubí rodó los ojos.

-Te exageras con la amabilidad, emperador- le dijo.

-De eso ya estoy enterado- afirmó el ojiazul. Ésta vez, Yami suspiró con molestia.

Procuró entonces dirigir su atención a otro asunto. Se concentró en mirar sus alrededores.

Según lo que le había dicho el emperador, en ese momento se encontraban cerca del Foro, en una de las dos calles principales. No estaba muy seguro de lo que era el llamado 'Foro'. Al parecer era el centro de la ciudad, donde se encontraban las principales edificaciones. Por lo que sabía hasta ahora, existían dos calles principales en la ciudad, y en el cruce de ambas se encontraba el Foro.

Su atención se dirigió entonces hacia el lugar en el que estaba en ese momento.

Las personas iban y venían, cada una sabiendo bien adonde se dirigía. Era mucha la gente que se veía. No podía evitar sentirse ligeramente incómodo por esto. Y es que todas las personas vestían de una manera tan diferente, que ciertamente lo hacían sentir fuera de lugar.

De hecho, más de una persona, al notar su vestimenta, se detenía a observarlo. Sabía bien que solo lo hacían por curiosidad, pero de todas formas eso no evitaba que se sintiera incómodo.

Aunque también, para su alivio, muchas le dirigían una sonrisa, o un asentimiento en forma de saludo. Con el emperador hacían lo mismo, aunque la mayoría se inclinaba en forma de reverencia.

Ninguna persona podía acercárseles, sin embargo. Los guardias que los rodeaban evitaban que eso sucediera. A veces, estos hombres anunciaban la presencia del gobernante, lo que hacía que las personas se quitaran del camino de inmediato.

-¡Príncipe!- Una exclamación lo hizo salir de su ensoñación. -¡Príncipe!- nuevamente, escuchó cómo lo llamaban con insistencia.

Miró a su izquierda, buscando a quien fuera que estuviera llamándolo. Imaginaba que era a él. No había otro príncipe cerca según sabía.

-¡No puede pasar!- escuchó ahora a uno de los guardias decir. Al verlo, notó que el hombre le cerraba el paso a una joven, de tal vez catorce o quince años. De inmediato, detuvo al caballo. Notó de reojo cómo el ojiazul hacía lo mismo, y centraba su atención en la ligera conmoción que estaba dando lugar.

-Pero solo quiero…-

-¡No insista!- interrumpió el guardia. –Sino obedece tendré que…-

-Déjala pasar- ordenó el ojirubí, haciendo que el soldado detuviera sus acciones. Sin embargo, el hombre se notó inseguro de obedecer lo dicho por el egipcio. Así que miró al emperador, esperando al parecer la orden del romano.

-Obedece- fue todo lo que dijo el ojiazul. Así, el guardia asintió, dejando pasar a la joven.

La adolescente se acercó, a pasos ligeramente nerviosos. Su cabello era de un tono rubio oscuro, y al igual que la mayoría de mujeres lo llevaba amarrado en un moño, mientras que un velo le cubría parte de su cabeza. El color de sus ojos no podía ser visto, pues la joven mantenía la mirada baja. Su vestimenta consistía en una túnica blanca de lo que parecía ser lino fino, decorado con orlas en tono púrpura. Al parecer, la joven pertenecía a una alta clase social.

En unos segundos, la joven estuvo frente al egipcio, quien la miró expectante.

Y entonces, la menor alzó la mirada, revelando hermosos ojos celestes, que por unos segundos paralizaron por completo al príncipe.

-Es posible ver el corazón a través de los ojos, y el alma a través del corazón. Gozas de un corazón noble y un alma valiente- habló la joven, sus ojos fijos en los sorprendidos del egipcio.

Una leve sonrisa se formó en el bello rostro de la chica. Alzó su mano, ofreciéndole al joven lo que parecía ser una simple rama de olivo.

El ojirubí la tomó en su mano, no sabiendo realmente qué pensar.

-Los dioses de Roma le sonríen a tu pueblo, mi príncipe- afirmó la joven. Luego, sin decir otra palabra, se dio la vuelta, alejándose a paso ligeramente apresurado.

Por unos segundos, Yami miró el camino que seguía la joven. Su corazón se había acelerado levemente ante las palabras de la chica.

Al fin, sus ojos se movieron, mirando hacia el lado derecho, al emperador.

Era imposible ver alguna emoción en el rostro del gobernante, pues su semblante serio no lo permitía.

-Seto…- susurró el joven, no sabiendo que más decir.

-Vamos. Tenemos que darnos prisa si queremos llegar a tiempo- habló el ojiazul. Yami asintió, logrando fácilmente que el caballo que montaba comenzara a moverse nuevamente.

Su atención volvió a la pequeña rama de olivo que tenía en su mano. No había duda de que las palabras de aquella joven habían sido alentadoras. Pero en realidad, no podía simplemente creerlas. Después de todo, el gobernante aún no había tomado ninguna decisión con respecto a Egipto.

-Era una vestal. Una aprendiz de vestal a juzgar por su edad y por el hecho de que no traía escolta- habló de pronto el ojiazul, sacándolo de sus pensamientos.

Yami parpadeó confundido.

-¿Vestal?- preguntó. El castaño asintió.

-Sacerdotisas de Vesta, la diosa del hogar- contestó. –Son las encargadas de mantener encendido el fuego sagrado del templo de Vesta- explicó.

-¿Fuego sagrado? ¿Es importante mantenerlo encendido?- interrogó el egipcio, sintiendo curiosidad. Cualquier detalle nuevo para él que tuviera que ver con Roma le interesaba.

-Es vital mantenerlo encendido- respondió el emperador, mirando ahora al príncipe. –Si se apaga es un mal presagio-

-Pero, siempre puede volver a encenderse, ¿cierto?-

-Por supuesto. Si el fuego se apagara, el Senado se encargaría de buscar la causa y castigar a la vestal que estuviera a cargo del fuego en ese momento. Después ellos volverían a encenderlo. De hecho, el fuego es renovado a principio de cada año- explicó el gobernante. Yami asintió.

-El guardia solo la detuvo porque notó que era una aprendiz. Si hubiera sido una verdadera vestal se habría hecho a un lado desde el principio- continuó el ojiazul. Y al notar el semblante nuevamente confundido del egipcio, explicó sus palabras. –Las vestales son sumamente respetadas. Tanto así que si se cruzan por el camino de un criminal condenado a muerte, a éste se le perdona la vida- explicó. Yami lo miró con profunda sorpresa ahora. No tenía idea de que una mujer pudiera tener tanto prestigio allí.

Debía admitir, que ahora se sentía casi esperanzado. Porque si una mujer tan pura como esa, aunque fuera solo una aprendiz, le había dicho aquello, simbolizaba no solo un gran honor, sino también una posible realidad.

Sonrió, mirando de nuevo la rama de olivo.

-El olivo es un símbolo de paz- habló el castaño, al notar cómo el ojirubí miraba aquella rama.

El egipcio levantó la mirada de inmediato.

-¿Paz?- preguntó sorprendido. Ésta vez, el gobernante asintió, volviendo a mirar hacia adelante.

Yami sonrió. Eso era exactamente lo que necesitaba. Para eso había venido a Roma, para buscar la paz. Paz entre los romanos y los egipcios. Todo se resumía a eso.

Sin lugar a dudas, aquella joven le había regalado un símbolo de lo que más anhelaba en ese momento.

Alzó la mirada, sin dejar de sonreír.

Pero de inmediato, notó que sus alrededores se notaban ligeramente distintos.

Grandes edificaciones se alzaban por doquier. Anchas columnas sostenían cada construcción. Grandes estatuas y monumentos decoraban el lugar. La ciudad en sí, le pareció en ese momento majestuosa. Orgullosa demostraba el poder verdadero de aquel imperio. Roma era la capital del mundo, no podía negarlo.

-¿Seto, qué es ese lugar?- le preguntó al emperador, señalando una extraña edificación circular rodeada de varias columnas.

-El templo de Vesta- respondió el ojiazul. Yami lo miró sorprendido por unos segundos. Qué coincidencia había sido aquello.

-¿Ahí es donde se encuentra el fuego?- interrogó. El gobernante asintió.

-Se puede ver la salida del humo por encima del templo- comentó. El egipcio miró hacia arriba, comprobando que de hecho salía humo del lugar. Aquello le hizo sonreír ligeramente. Roma era una ciudad hermosa, tanto cultural como arquitectónicamente.

-¿De verdad no podemos recorrer la ciudad a pie?- insistió con el tema que había tratado antes de salir.

El emperador rodó los ojos, harto al parecer de la insistencia del joven.

-No vamos a caminar- afirmó, con tono de voz firme, que no dejaba espacio para más necedad. –Además, a pie no lograrías ver nada. Tu estatura no lo permitiría- se mofó luego, mostrándose serio en semblante, pero burlesco en mirada.

Yami de inmediato lo miró molesto.

-¿Estás insinuando que soy enano?- contestó con enojo, sintiéndose levemente indignado.

-Alto no eres, eso ya está establecido- afirmó el ojiazul.

Yami suspiró con profundo enojo, pero se abstuvo de decir algo más. Al parecer, al emperador le fascinaba hacerlo enfurecer.

Ahora que lo pensaba, ¿qué sucedería si el castaño se cayera accidentalmente de su caballo? Porque con mucho gusto podría empujarlo accidentalmente de un momento a otro. Como un simple accidente solamente.

Negó con la cabeza, sin embargo. Por más que quisiera que un accidente como ese ocurriera, no podía ser él la causa.

Miró hacia el frente.

Y sus ojos se quedaron fijos en la enorme estructura que se encontraba sumamente cerca.

-¿Qué es ese lugar?- preguntó de nuevo.

-El anfiteatro- fue la respuesta. Ésta vez, la sorpresa se mezcló con la emoción.

-¿Vamos a entrar ahí?- interrogó, recibiendo un asentimiento como respuesta. Un verdadero milagro fue no recibir otra de las amables respuestas tan características del ojiazul. Sabía bien que estaba preguntando demasiado, pero no podía evitar querer saber acerca de todo lo que lo rodeaba.

El egipcio se concentró entonces en mirar con admiración aquel lugar. No sabía siquiera cómo describirlo. Era completamente diferente a todas las construcciones que había visto en Egipto. Lo único que podía notar, era que la estructura parecía tener una forma cilíndrica.

La entrada del lugar saltó a la vista de pronto. Cuando eso sucedió, el emperador hizo que su caballo se detuviera. Yami siguió su ejemplo segundos después.

El ojiazul se bajó entonces del animal, notando cómo el egipcio hacía lo mismo.

-¿Vas a cargar con eso todo el día?- le preguntó, cuando notó que el ojirubí se negaba a soltar la rama de olivo.

-No pienso botarla, eso es seguro- respondió el joven. La rama era pequeña, así que no sería una molestia cargarla. Porque era verdad, no pensaba botarla. No ahora que sabía lo que simbolizaba.

-Como quieras- murmuró el rey, caminando hacia la entrada de aquella gran edificación.

El egipcio lo siguió, sus ojos perdiéndose en cada detalle del lugar. En realidad no había mucho que ver en ese momento. La iluminación no era mucha, además de que se encontraban en una especie de pasadizo, que se inclinaba hacia arriba. No había duda entonces de que estaban subiendo. Aún así, miró todo aquel lugar, la curiosidad aumentando al pensar en lo que podría haber al final de aquel pasillo.

Imaginaba que debía de haber una especie de plaza. Después de todo, si allí ocurrían los combates, el lugar debía de ser abierto y grande en extensión. Sobre todo si el evento era público.

De pronto, un sonido lo sacó de sus pensamientos. Miró hacia adelante, notando que a unos cuantos pasos había luz. Al parecer, por fin se acercaban al final del pasillo.

Se concentró entonces en el sonido que había escuchado. Parecía ser el ruido que emitía una enorme congregación de personas. Ese tipo de ruido que se escucha cuando una multitud de gente habla al mismo tiempo.

Y conforme iban avanzando, el ruido se hacía más fuerte, y la luz le iba molestando cada vez más la vista.

Lo siguiente que supo, fue que había cerrado sus ojos debido a un repentino rayo solar que lo cegó momentáneamente.

Poco a poco, volvió a abrir los ojos, su vista regresando.

Miró entonces el lugar, y se quedó completamente paralizado. De hecho, su boca se abrió ligeramente en señal de sorpresa.

Nunca en su vida había visto un lugar como ese. En Egipto no existía nada parecido.

Aquel lugar era simplemente… majestuoso.

Podía haber miles de personas allí. Todas se encontraban sentadas en las muchas graderías del lugar. En ese momento, el emperador y él se encontraban en lo que parecía ser el primer nivel, el cual sin dudas tenía la mejor vista de la arena de combate. Pero las graderías iban subiendo y casi todas estaban ocupadas. Eran muy pocos los espacios vacíos que se veían. Otro detalle que notó al ver a la multitud, fue que las mujeres parecían estar separadas de los hombres.

-Esto es…- se detuvo, no sabiendo cómo describir aquel lugar. Era tan distinto a todo lo que ya conocía, casi increíble. Tantas personas congregadas en aquel lugar. Era simplemente abrumador pero emocionante al mismo tiempo.

-Entiendo que estés sorprendido. Pero procura seguir caminando- habló de pronto el emperador. No podía negar que estaba complacido de ver el semblante casi incrédulo del joven. Al parecer, el egipcio estaba completamente sorprendido con aquel paisaje. Y ni siquiera había visto la mitad. Después de todo, el evento aún no daba inicio.

Yami asintió, siguiendo al castaño, pero dirigiendo su mirada hacia las demás graderías de vez en cuando. Aún estaba anonado con todo aquello.

Luego, miró hacia la arena de combate, sorprendiéndose aún más al ver a varios hombres allí, luchando con lo que parecían ser armas de madera. Lucían poca armadura realmente. Espinilleras de lo que parecía ser algún tipo de metal fuerte y un escudo.

-¿Ya empezó el combate?- preguntó con confusión.

-No. Solo están practicando- contestó el ojiazul. Yami asintió, aunque sabía bien que el emperador no podía verlo pues en ese momento le daba la espalda. Después de todo, él estaba caminando detrás del rey.

Por fin, el castaño se detuvo. Yami lo miró confundido, hasta que notó que había llegado a una zona ligeramente separada de las demás graderías, que más bien parecía un balcón.

Habían dos asientos allí, ambos de piedra aunque uno era ligeramente más elaborado y con un respaldar más alto. Parecían ser de mármol, decorados cada uno con un cojín rojo.

El emperador se sentó en el asiento más elaborado. Miró entonces a Yami, y luego miró hacia su derecha, donde se encontraba el otro lugar.

-Toma asiento- le dijo al egipcio, quien asintió, caminando hasta aquella silla y sentándose en ella.

-¿Quién ocupa éste lugar normalmente?- preguntó, la curiosidad haciéndose presente.

-Mokuba- fue la respuesta. El príncipe volvió a asentir con la cabeza, notando de reojo cómo dos guardias se colocaban detrás de ellos. Al parecer, los demás soldados que los escoltaban se había quedado afuera del lugar.

Sus ojos volvieron a mirar hacia la arena, centrándose en los hombres que practicaban. Aquello le recordó de inmediato los combates que se practicaban en Egipto. Las luchas se llevaban a cabo con armas de madera. Al parecer los combates allí no eran tan diferentes a los de su tierra natal.

-¿Solo usan armas de madera?- preguntó, sin embargo, con intenciones de aclarar la duda.

-Claro que no. Esto es solo una práctica y la idea es que ninguno sea herido antes del verdadero combate- explicó el gobernante. Yami asintió, algo inseguro ahora. Al parecer, aquel combate sería a muerte.

Pero no pudo seguir pensando en eso, pues el sonido de un cuerno al ser tocado le obligó a prestar atención a lo que estaba sucediendo.

Los hombres dejaron de luchar, mientras que varios gritos provenientes del público se escuchaban.

Para sorpresa de Yami, los gladiadores se colocaron uno al lado del otro. Y todos, los cuales eran diez, miraron hacia donde se encontraban él y el gobernante.

-¡Ave Imperator, morituri te salutant! (1)- exclamaron los hombres al mismo tiempo.

Yami solo pudo sentirse aún más inseguro al entender las palabras de aquellos gladiadores. No había duda, los combates en Roma eran a muerte. Aunque, ¿qué más había esperado? Los romanos eran violentos, de eso no había duda.

Pero entonces, los hombres salieron de la arena. Uno tras otro entró por una puerta de rejas de hierro que se encontraba abierta. Y así, desaparecieron de los ojos atentos del público.

-¿Seto, por qué…?-

-Preguntas demasiado- le interrumpió el gobernante. Yami se cruzó de brazos, mirando con molestia al ojiazul. Todo aquello era nuevo para él, tenía derecho de preguntar y recibir respuesta.

-Y tú careces de paciencia- remató el egipcio, su mirada casi apuñalando al castaño.

-Al fin nos estamos entendiendo- afirmó el ojiazul, quien ni siquiera se dignaba a mirarlo, y en cambio parecía estar muy interesado inspeccionando la tierra que cubría el área en el que se llevaría a cabo el combate.

El egipcio rodó los ojos. Cómo había hecho para soportar al emperador durante todos esos días, no tenía idea. Su sarcasmo era simplemente exagerado, y sus comentarios eran molestos.

-Olvídalo- habló, mirando obstinado al frente. -Y por cierto, avísame cuando encuentres oro en toda esa tierra- agregó, notando cómo el ojiazul al fin lo miraba, con lo que parecía ser cierto enojo. -¿Qué? Estabas mirando la tierra como si buscaras un tesoro. ¿Y qué mejor tesoro que el oro?- se defendió, alzándose de hombros.

-Cuida tu lengua- amenazó el ojiazul. Aunque Yami supo de inmediato que el enojo que mostraba el gobernante era falso. Tan solo era burla escondida. Ya conocía al castaño lo suficiente como para captar esa clase de emociones en su voz. Solo por eso se atrevió a seguir.

-No te preocupes, mi lengua no irá a ningún lado, excepto a tu boca claro- afirmó, sus ojos carmesí ardiendo en llamaradas de sarcasmo. Él podía ser tan sarcástico como el ojiazul si así lo deseaba, y en ese momento, lo deseaba. Y es que debía admitir que aquello le divertía. Poder responderle al emperador con el mismo tono con el que el rey utilizaba al hablarle a él era sumamente satisfactorio. Poder sentir que estaba al nivel del castaño, aunque solo fuera por unos minutos, le hacía sentir bien.

-Y eso lo dice alguien que jura ser virgen- susurró el gobernante, aunque Yami lo escuchó perfectamente.

-Emperador, el presente asunto no tiene nada que ver con la virginidad. Hablo de besos. Y te he besado lo suficiente para considerarme experto en el tema- aseguró el joven.

-Sabes tanto de besos como sabes de sexo oral- se burló el ojiazul. Ésta vez, las mejillas del egipcio se sonrojaron levemente. Y la única respuesta por parte de Yami, fue una mirada molesta.

Luego, el egipcio miró al frente, no deseando continuar con aquel juego de palabras.

-Eres muy asertivo, quizás demasiado- Escuchó al gobernante decir.

-¿Debería tomar eso como un cumplido?- preguntó el menor, mirando aún al frente.

-Sin lugar a dudas- fue la respuesta.

Ésta vez, el joven volvió a mirar al ojiazul, buscando algún signo de burla en su semblante. Pero solo encontró sinceridad.

Sonrió entonces. Al parecer, de verdad podría ganarse el agrado del rey mostrándole su verdadera personalidad.

-Si es así, te lo agradezco- le dijo.

De pronto, casi todas las personas se levantaron, agitando los brazos o gritando, y por ende, llenando el anfiteatro entero con el estruendo de aquellos gritos, y captando en el proceso la atención de Yami.

Además, un ruido metálico resonó por todo el lugar. Dos puertas se abrían, cada una al lado contrario de la otra.

Al parecer, el combate daba inicio.

Yami miró con atención una de las puertas. De allí, salieron dos hombres, ambos con un casco que les cubría tanto la parte superior de la cabeza como el rostro. Las grebas metálicas seguían cubriendo las piernas de los gladiadores. Traían además un pequeño escudo rectangular y una espada corta de una hoja ligeramente curva. Lucían un protector de metal en el hombre y brazo que sostenía la espada. Y de ropa, solo llevaban una faldilla atada a un cinturón ancho.

Al haberlos visto bien, el egipcio dirigió su atención a la otra puerta. Dos gladiadores más caminaban hacia el centro de la arena. Éstos llevaban un casco diferente, de bordes anchos con una alta cresta. Sinceramente, esos cascos le recordaron la forma de un pez. Estos hombres, sin embargo, solo llevaban armadura en la pierna izquierda y el brazo derecho. Las armas que portaban eran una espada corta y recta, y un escudo rectangular más grande.

-Sus armas y armaduras son diferentes- habló, intentando hacerse escuchar entre todo aquel ruido.

-Son dos tipos de gladiadores, los mirmillones- explicó el ojiazul, señalando a los hombres con el casco en forma de pez. –Y tracios- le dijo, señalando a los otros. Yami asintió. A decir verdad, estaba ansioso por verlos pelear. Aunque no estaba muy cómodo con el hecho de que aquel fuera un combate a muerte.

De pronto, hubo silencio.

Yami miró la hacia la arena, notando que los gladiadores ya estaban en el centro, mirándose el uno al otro.

Y entonces, el cuerno volvió a sonar.

Lo siguiente que se escuchó, fueron las armas al chocar unas contra otras.

Un escudo detuvo un ataque, mientras que una espada luchaba con otra espada. Los hombres se movían, haciendo expertas maniobras para librarse de algún ataque.

Entre todo esto, Yami notó un detalle.

-¿Son dos equipos?- preguntó entonces, al notar que los hombres que llevaban la misma armadura no parecían querer atacarse entre sí.

-Por el momento, sí- contestó el emperador, sin dejar de mirar el combate.

El egipcio volvió entonces su atención hacia los gladiadores nuevamente.

Las personas aún gritaban, aunque la mayoría se había sentado. Solo las que estaban más arriba se mantenían en pie, pues al parecer allí no había donde sentarse. Por lo visto, entre más cerca se estuviera de la arena de combate, mayor era la clase social.

Y es que al menos desde allí, la escena se miraba con suma claridad. Aún con todo el ruido de las personas se podían escuchar las espadas y escudos, y hasta los gritos de los gladiadores cada vez que intentaban asestar un golpe.

-¡Mátalo!-

-¡Ahí tenías toda la oportunidad de herirlo!-

-¡Casi te hiere, estúpido!-

Exclamaciones como esas llegaban a sus oídos. Al parecer, las personas ya sabían cuáles eran sus participantes favoritos.

Siguió mirando, notando cómo uno de los gladiadores al fin acertaba, clavando su espada en la espalda de su contrincante. Y según lo que le había dicho el emperador, quien había sido herido había sido un mirmillón.

El hombre cayó al suelo, intentando de inmediato levantarse, pero fallando cuando su rival le colocó la espada cerca de la garganta.

-¡Habet, hoc habet! (2)- gritó más de una persona.

Y así, el gladiador solo pudo extender su mano hacia la multitud, pidiendo clemencia. Cosa que no obtuvo.

-¡El peor que he visto!-

-¡Merece morir! Iugula! (3)-

-¡Iugula!-

-¡Iugula!- De pronto, casi todos gritaban aquella palabra.

Yami miró hacia las graderías más cercanas, notando que la mayoría de los presentes hacían una señal con la mano. El puño lo mantenían cerrado, mientras que el dedo pulgar estaba colocado de forma horizontal.

La confusión fue grande ahora. Entendía perfectamente lo que las personas decían, lo cual no era bueno. Pero no comprendía el significado de aquel gesto con el pulgar.

Pero al volver su mirada a la arena, notó que el gladiador que había vencido miraba fijamente al emperador.

Sus ojos carmesí recorrieron entonces el camino para encontrarse con el gobernante. El ojiazul mantenía un semblante serio, casi frío.

Y luego, una acción. El castaño levantó su brazo, cerrando el puño. Los gritos de las personas cesaron en gran medida, aunque aún se podía escuchar una u otra exclamación. Pero no había duda de que toda la atención estaba concentrada en el emperador.

Por unos segundos, nada sucedió. Pero entonces, el ojiazul hizo la misma señal que todos los presentes. Su dedo pulgar se extendió de manera horizontal.

-Iugula- habló el gobernante en un tono de voz alto y firme. Era muy posible que el gladiador lo hubiera escuchado. Aunque no había forma de saberlo con certeza.

El luchador alzó su espada, mientras que los ojos del egipcio se abrían en impresión al darse cuenta su dueño de lo que estaba a punto de suceder.

Y apenas pudo retirar la mirada, antes de que el bajo pero presente sonido de la espada clavándose en la piel se escuchara. Cerró sus ojos con fuerza, no queriendo ver aquella escena. A decir verdad, le asustaba la simplicidad con la que aquellas personas pedían la muerte de alguien. Y lo peor, es que el emperador había dado la última palabra.

-No todos mueren- De pronto escuchó la voz del ojiazul decir eso. Abrió sus ojos, atreviéndose a mirar hacia la arena. Pero solo vio cómo dos esclavos arrastraban el cadáver ensangrentado del gladiador hacia una de las puertas. De inmediato alejó la mirada, centrándola ésta vez en el gobernante.

-Es difícil creer eso- le dijo al ojiazul. Suspiró luego, intentando calmarse. –Esa señal que hicieron todos con el pulgar, ¿qué significa?- preguntó. Tenía una idea de lo que podría significar, pero de todas formas quería asegurarse.

-Que el perdedor del combate debe morir- respondió el castaño. –Pero si el pulgar apunta hacia abajo, significa que el vencedor debe de clavar su espada en la arena, y no en el pecho de su oponente- explicó.

-Tienes la última palabra en esto, ¿cierto?- preguntó. El gobernante asintió.

-Pero siempre se debe de hacer lo que demande el público. Te ganas sus simpatías de esa forma- contestó el ojiazul. Yami asintió. Imaginaba que el castaño tenía razón. Después de todo, si todos los presentes deseaban que el gladiador muriera, y el gobernante elegía que viviera, no lograría ganarse el respeto de las personas.

Quien lo diría, hasta un juego público podía convertirse en una estrategia política.

-¡Celsus!- El egipcio se sobresaltó levemente debido a aquella exclamación. Miró al castaño con confusión, pero notó de inmediato cómo un hombre de mediana edad se acercaba.

-Señor- saludó. Miró luego a Yami, sus ojos negros clavándose en los carmesí del egipcio durante unos segundos. –Príncipe- le dijo entonces, asintiendo levemente. Yami respondió entonces con otro asentimiento. No estaba seguro de lo que estaba ocurriendo ahora.

-El único gladiador mirmillón que queda, es Aulus, ¿o me equivoco?- preguntó.

-No se equivoca, señor. Frente a usted se encuentra uno de los mejores gladiadores de Roma- afirmó. El emperador asintió, mirando por unos momentos al gladiador del que hablaba, el cual ya estaba combatiendo contra los otros dos gladiadores.

-Deja que su nombre pase a la historia. Si gana éste combate, recibirá como premio una espada de madera- ordenó el ojiazul.

El hombre de cabellos negros se notó sorprendido, pero no dudó en asentir.

-Como ordene, señor- respondió.

-Eso es todo- le dijo el ojiazul.

-Con su permiso, me retiro- pidió el hombre. Y al ver el gobernante asentir, se alejó.

-¿Una… espada de madera?- preguntó entonces Yami, sintiéndose completamente desorientado. De todas las cosas que podían entregarle como premio a un luchador que arriesgaba su vida en la arena de combate… ¿le daban un espada de madera?

-Es el mejor premio que puede recibir un gladiador- contestó el ojiazul.

-No entiendo- afirmó el egipcio.

El castaño suspiró con cierta molestia. Sabía bien que Yami tenía todo el derecho de estar confundido, y de preguntar, pero era tedioso tener que explicar algo que para él ya era obvio. Se sentía como un maestro al lado de su estudiante.

-Cuando un gladiador recibe una espada de madera, significa que ha recibido su libertad- explicó.

-¿Quieres decir que… a estas personas las obligan a pelear?-

-La mayoría son criminales, o esclavos. También hay hombres libres, que en lugar de servir en el ejército decidieron convertirse en gladiadores- contestó. Yami asintió, la duda aclarándose. Aunque, viendo esos combates, no sabía qué era peor, si servir en el ejército o ser gladiador. –Ser gladiador puede traer muchos beneficios. Si eres bueno, el público te aclamará y te convertirás en un héroe para ellos- explicó.

-Se hacen famosos- comentó el ojirubí.

-Exactamente. Aulus es uno de eso gladiadores-

-Ya veo- susurró el egipcio, su atención concentrándose en el combate que estaba dando lugar. –No podrá ganar. Son dos contra uno- habló luego, al ver cómo el mirmillón luchaba por defenderse.

-No lo subestimes. Es uno de los mejores gladiadores que ha visto Roma- afirmó el ojiazul.

-Por cierto, ¿quién era ese hombre?- preguntó el príncipe, refiriéndose a Celsus.

-Es el editor, el organizador de éste combate- fue la respuesta. Yami asintió, todas sus dudas se encontraban disipadas ahora.

Por fin, pudo concentrarse en los gladiadores. A decir verdad, aún no creía que el gladiador de nombre Aulus pudiera ganar el combate. Estaba luchando contra dos hombres, armados ambos. Y los dos lo atacaban con fiera fuerza. Apenas si podía defenderse. ¿Cómo podría atacar entonces?

Sí, al hombre se le notaba la experiencia. Cada movimiento, salto, giro o inclinación parecía ser completamente coordinado. De hecho, si se le miraba la expresión corporal al luchador, se le notaba un manto de confianza y cierta arrogancia que se asomaba curiosa. Al parecer, aún en esa situación, el gladiador estaba convencido de que ganaría. No podía vérsele el rostro debido al casco, pero de seguro mostraría la misma confianza que mostraban los movimientos de su cuerpo.

Uno de los gladiadores atacó, la espada lista para clavarse en el pecho de Aulus. Pero éste logró predecir el ataque, consiguiendo bloquearlo con su escudo.

Y ese fue el momento perfecto. Al estar la espada sobre el escudo, su rival estuvo expuesto. Aquello fue aprovechado al máximo, y se reflejó cuando el famoso gladiador logró clavar su propia espada en el costado del contrincante, quien cayó de rodillas, gritando en una mezcla de dolor y sorpresa.

Lo siguiente fue tarea sencilla.

El otro rival se abalanzó sobre el gladiador, tratando con necedad de asestar un golpe y causar una herida paralizante.

Espadas chocaron, y escudos formaron defensas.

Y en los siguientes segundos, el segundo tracio cayó al suelo, producto de un simple golpe que lo dejó sin aire.

El gladiador victorioso aprovechó esto para quitarle el casco a su oponente. Lo tomó luego del cabello, mirando hacia las graderías, en donde las personas gritaban emocionadas.

-¿Qué me pide Roma que haga con ellos? ¡Mírenlos ahora, ni siquiera pueden pedir clemencia!- exclamó el hombre.

-¡Mitte! (4)-

-¡Iugula!-

-¡Mitte!- Esta vez el público pareció no ponerse de acuerdo. Unos cerraban el puño y ponían el pulgar en posición horizontal, mientras que otros bajaban el pulgar.

Al parecer, solo una persona podía decidir ahora.

El gladiador miró hacia donde se encontraba el emperador, esperando la orden del gobernante. De nuevo, los gritos dejaron de escucharse.

Ésta vez, el emperador se puso en pie. Pero su respuesta, fue muy diferente a la que los presentes habían esperado.

-¡El invitado de honor decidirá ésta vez!- exclamó, sus palabras llegando a oídos de los que se encontraban en las primeras graderías. Pero claro, pronto, las personas se encargaron de distribuir lo dicho por el ojiazul.

El silencio le siguió a las palabras del castaño. Aunque a decir verdad, eso había esperado el emperador.

Miró a su derecha, encontrando fácilmente a Yami. El joven miraba hacia todas direcciones, tal vez buscando al misterioso 'invitado de honor'. Parecía un pequeño pájaro moviendo su cabeza de esa forma. Debía admitir que la vista era… casi tierna. Y no usaba esa última palabra muy seguido.

Finalmente, los ojos carmesí del egipcio se juntaron con los azules del romano.

-Creo que el invitado de honor no se presentó, Seto- comentó el menor, mostrando aún rastros de confusión en su semblante.

El ojiazul tan solo suspiró. Aunque a decir verdad, sentía la tentación de burlarse del príncipe por su… falta de lógica.

-Sí se presentó, estoy completamente seguro- profirió.

-¿Entonces dónde está?- preguntó con suma confusión el ojirubí, parpadeando repetidas veces de manera expectante.

-Levántate, Yami- ordenó el ojiazul.

El semblante del egipcio pasó de confusión, a sorpresa. Y de sorpresa, a casi inseguridad. Sus ojos se asemejaban a dos platos grandes.

-No- fue todo lo que dijo el joven. La 'o' la pronunció de manera prolongada. Aunque no había manera de saber si aquello fue producto de la sorpresa o de un simple paro de funciones cerebrales.

-Por si no lo has notado, hay casi diez mil personas esperándote- anunció el ojiazul. La escena se le hacía completamente divertida. El semblante de terror que tenía el egipcio era sumamente gracioso.

-¿El invitado de honor no se presenta y por eso yo debo tomar su lugar?- preguntó el joven, casi indignado. Él no era un simple repuesto.

El ojiazul rodó los ojos. No había esperado esta muestra de falta de inteligencia por parte de Yami.

-Solo hazlo… te lo explicaré después- afirmó. No podía retrasar más aquello.

Esas palabras parecieron calmar el enojo del ojirubí. Aunque la inseguridad no se fue.

–Seto, no puedo…- intentó decir.

-Sus opiniones están divididas. Puedes elegir lo que quieras- le dijo en voz baja el emperador, volviendo a tomar asiento.

-Pero…-

-Decídete. No te estarán esperando todo el día- insistió el ojiazul. –Y levántate. Te verán mejor así- afirmó el castaño.

-Pero…-

-Levántate- le dijo con más firmeza el gobernante. Yami obedeció ésta vez, maldiciendo silenciosamente su suerte. Y toda la culpa la tenía el muy informal 'invitado de honor'.

Miró al gladiador, quien esperaba aún alguna señal.

Suspiró entonces, no podía escapar de aquella situación.

Así, alzó su brazo, cerrando su mano en un puño. Su decisión era bastante obvia, y sabía bien que el ojiazul ya la conocía.

Bajó el pulgar.

El gladiador soltó a su rival de inmediato y clavó su espada en la tierra. Luego de ésta acción, se quitó el casco.

Las personas comenzaron a gritar y agitar los brazos tan pronto reconocieron al hombre. Al parecer, aquel gladiador de verdad era muy bien conocido.

Yami miró hacia las graderías, sorprendiéndose aún de estar en tan magnífico lugar. Era algo completamente distinto a todo lo que ya había visto, tan majestuoso que solo las pirámides de su tierra natal podían comparársele.

El público de pronto comenzó a gritar el nombre del gladiador, convirtiéndose aquello en casi un canto que inundó todo el lugar.

El egipcio miró hacia la arena nuevamente, observando con atención cómo el hombre de nombre Celsus le entregaba al gladiador una espada de madera. Sonrió luego, cuando el rostro del luchador se llenó de alegría y levantó los brazos en señal de victoria. A decir verdad, se sentía casi honrado de presenciar algo así, pues estaba seguro de que aquello no sucedía todo el tiempo.

-¡Príncipe!- Su atención se centró en el gladiador, quien desde la arena lo había llamado. –Ha sido un honor combatir antes sus ojos- afirmó el hombre, inclinándose en una leve reverencia. Yami asintió, un tanto avergonzado.

Volvió a sentarse entonces, notando por unos segundos cómo la mayoría de las personas había sacado un pañuelo y lo agitaban insistentemente.

Miró luego al emperador, quien se limitaba a observar con semblante serio los acontecimientos.

-Seto- llamó al ojiazul. Y cuando el gobernante lo miró expectante, continuó con sus palabras. -¿De verdad querías dejarlo en libertad o tus intenciones eran que yo presenciara algo así?- preguntó. Tenía esa leve duda, pues fuera como fuera dejar libre a un luchador tan imponente era casi un desperdicio. Por eso, no entendía la verdadera razón detrás de la decisión del ojiazul.

-Un poco de ambas- respondió el emperador con sorpresiva sinceridad, volviendo su mirada nuevamente hacia la arena.

Yami sonrió abiertamente. No había esperado una respuesta como esa. Conociendo al gobernante había pensado que le diría que solo deseaba dejar al hombre en libertad y nada más.

Sus ojos carmesí volvieron a centrarse en los presentes acontecimientos. Imaginaba que después de aquello seguirían más combates. Después de todo, diez gladiadores habían estado presentes en la práctica.

-Así que… ¿quién era el invitado de honor?- preguntó de pronto. No pensaba quedarse con esa duda.

-Olvida ese tema, es demasiado para tu razonamiento- fue la respuesta, inundada de extraña burla.

-Pero por…- se detuvo, analizando cuidadosamente la situación. Era la primera vez que asistía a un combate de gladiadores, era su cumpleaños, era un príncipe, venía con el emperador… podía encajar perfectamente con el perfil de un invitado de honor…

Sus ojos se abrieron en impresión. Por fin la situación fue más clara que el agua. Y la vergüenza fue enorme.

-Seto… no le dirás a nadie sobre esto- amenazó, mirando fijamente al ojiazul, quien tan solo se concentraba en mirar despreocupadamente hacia la arena.

-¿Sobre tu falta de inteligencia y de razonamiento lógico? Por supuesto que no- afirmó. El ojirubí estuvo a punto de suspirar en alivio. –Tal vez solo a Mokuba- pero ese comentario acabó con el alivio.

-No… te … atrevas- profirió el joven, con obvio enojo. Sus ojos se encontraron pronto con los azules del romano. -¡No te rías!- exclamó luego, cruzándose de brazos.

-No me estoy riendo- afirmó el ojiazul, mostrando un semblante serio.

-Puedo verlo en tus ojos. Te estás riendo de mí en tu interior-

-Ahora estás alucinando- Ante ese comentario, el egipcio tan solo se concentró en respirar con normalidad. Al castaño le fascinaba burlarse de cualquier cosa que hiciera. Cualquier oportunidad era buena para el ojiazul. Era completamente indignante.

En ese momento, de verdad quería acercarse a ese romano necio y… besarlo hasta dejarlo sin aire.

Parpadeó varias veces, sonrojándose levemente. No estaba pensando claramente. Pero bueno, después de haber visto al ojiazul semidesnudo no podía evitar pensar en recorrer…

Detuvo de inmediato esa idea que se alejaba por completo de los caminos de la inocencia.

De reojo, miró cómo alguien le ofrecía una bebida.

Sin siquiera meditarlo pues la vergüenza ante su pensamiento le evitaba razonar claramente, le arrebató la copa a la persona, y tomó un gran sorbo…

-Yami, eso es vino- Pero tan pronto escuchó eso, escupió todo lo que había tomado. Cuando terminó, tosió varias veces, intentando quitarse ese sabor amargo. Miró dentro de la copa, notando el líquido oscuro que la llenaba. No había duda, era vino. Esa bebida que no quería volver a probar.

Miró al ojiazul, notando la enorme burla que se asomaba al semblante de éste. Si antes el romano se había reído de él, ahora sus ojos demostraban que por dentro lo que dejaba escapar eran grandes carcajadas.

Sin embargo, procuró con mucho esfuerzo ignorar el semblante del castaño.

-¿Cómo supiste que no me gusta el vino?- preguntó. Después de lo sucedido en la bacanal, había aprendido a odiar el alcohol.

-No lo sabía. Solo iba a decir que debías tomarlo más despacio o terminarías cayendo ebrio de aquí a la arena- explicó el castaño. Pareció entonces meditar en sus palabras. -Ahora que lo pienso, eso habría sido muy gracioso de ver. Sobre todo si en ese momento hubieran estado los leones en la arena. Un príncipe ebrio huyendo de las fieras… una comedia perfecta- comentó.

Yami solo pudo apretar los puños, mientras que su rostro estaba teñido del mismo tono rojo que sus ojos. ¿Por qué el romano insistía en burlarse de él? No era gracioso, en lo absoluto.

–Y felicidades, pintaste el suelo de color rojo violeta- agregó el ojiazul, mirando el arruinado suelo. Aunque no pasó mucho tiempo antes de que un par de esclavos se dieran a la tarea de limpiarlo.

Yami rodó los ojos, intentando calmarse.

-Eres insoportable- murmuró, entre dientes.

-Ya me lo habías dicho antes- Ante esto, el ojirubí centró su mirada en el castaño. El enojo fue sucumbiendo a mirar al romano. Su semblante indignado pareció evaporarse de pronto, cuando una leve sonrisa apareció en sus labios.

Al menos, el romano se estaba divirtiendo, aunque fuera a costa suya. Podía soportar eso.

Los ojos de ambos se mantuvieron juntos por varios momentos. De manera inconsciente, el egipcio fue acercando su rostro.

El ojiazul, por su parte, no tuvo problema en hacer lo mismo.

El beso fue rápido. Tan solo un ligero roce de labios.

Después de eso, la atención del gobernante volvió hacia la arena.

Yami sonrió de manera casi ensoñadora. Si así era como harían las paces desde ese día en adelante, quería pelear con Seto a cada minuto.

Se acomodó en su asiento, mostrando aún una mirada perdida y un semblante contento. Sentía mariposas en el estómago. Era una sensación extraña, pero le gustaba.

A pesar de las burlas de ojiazul, ese día parecía estar yendo de maravilla.

Y a decir verdad, si todo seguía como hasta ese momento, ese día podría convertirse en uno de los mejores cumpleaños que había tenido.

000

Ave Imperator(o Ave Caesar), morituri te salutant: ave, emperador, los que van a morir te saludan. (Era el grito de los gladiadores antes de comenzar el combate)

(2) Habet, hoc habet: Acabó, ese acabó. (Cuando un gladiador era herido, el público gritaba esto.)

(3) Iugula: podría decirse que significa mátalo, o degüéllalo. Se gritaba esto mientras se ponía el dedo pulgar de manera horizontal (según sé lo del pulgar hacia abajo para pedir la muerte de un gladiador son inventos solamente)

(4) Mitte: suéltalo, o libéralo. Se reforzaba con el pulgar hacia abajo (Nuevamente, lo de subir el pulgar para pedir que al gladiador se le dejara vivir es errado)

000

Magi: nuevo capítulo n.n

Aclaraciones de la versión original: Lo de las vestales y el templo de Vesta es real, leyendo hace unos días sobre Roma me encontré con esa tradición del fuego sagrado, y decidí añadirla al fic. El combate de gladiadores intenté también basarlo en cómo eran realmente, aunque sé que hay detalles que se me escaparon. Lo de hacerlos luchar en equipos fue idea mía, no sé si sucedió en la realidad. Los mirmillones y tracios eran dos tipos de gladiadores. Según sé lo de la espada de madera como símbolo de libertad es verdad. Y según Wikipedia y Discovery Channel lo del pulgar hacia arriba y hacia abajo está errado, era el pulgar de manera horizontal y hacia abajo. En Egipto las luchas consistían en un tipo de esgrima con palos, así que supongo (no estoy segura en eso) de que los combates no eran a muerte. Y en el anfiteatro, se tenía la costumbre de que los hombres se sentaran separados de las mujeres. Y… creo que eso es todo.

Aclaraciones de los detalles que edité. La Guardia Pretoriana era la que estaba encargada de proteger al emperador. Durante el combate de gladiadores, se servía vino y algunos alimentos.

Y, acerca de la confusión de Yami con respecto al invitado de honor, la idea fue de Atami no Tsuki. Espero que le haya gustado el cambio… y a todas ustedes también n.n

Agradecimientos a Mitsuki Asakura, Ruka, Atami no Tsuki, Natsuhi-san, yoyuki88, mariANA, Elsa Agabo, Azula1991, Patty MTK, manita chio por sus reviews!

Nos vemos el próximo lunes

Ja ne!