Flor de loto
Capítulo 12
-¿Terminaste?- preguntó el gobernante, mirando con semblante serio al enfurecido joven. Sí, su semblante se notaba frío, pero por dentro, no podía dejar de reír. Y es que la pequeña escenita que estaba montando el egipcio era sumamente graciosa a su punto de vista.
-No. No he terminado. De hecho, estoy empezando. ¡Debiste habérmelo dicho!- le reclamó el ojirubí, su rostro completamente enrojecido. Por la furia o por la vergüenza, no había manera de saberlo.
El combate de gladiadores había terminado tiempo atrás. De hecho, el sol estaba pronto a ocultarse.
Y en ese momento recorrían nuevamente el Foro, ésta vez con más calma, y claro, con más preguntas de parte de Yami, quien a cada momento preguntaba por el nombre de cada edificación y monumento. Había necesitado toneladas de paciencia para contestar todas y cada una de las interrogaciones del menor, después de todo, sabía bien que el joven tenía derecho de preguntar, además, aquello demostraba que el príncipe estaba disfrutando el día, lo cual era bueno.
Aunque las preguntas del joven habían cesado, gracias al presente tema.
Pensándolo bien, si le hubiera dicho antes a Yami aquello que el joven le estaba reclamando en ese momento, tal vez les hubiera evitado a los guardias un día lleno de ejercicio y se hubiera evitado a sí mismo toneladas de estrés.
-Estás exagerando- habló, con tanta calma que hizo que la indignación creciera dentro del príncipe.
-Eres… no puedo... eres tan… voy a…!- intentó decir, apretando los puños sobre las riendas del caballo.
-¿Piensas terminar alguna de esas oraciones?- preguntó el emperador, nuevamente con calma. Era la segunda vez en ese día que el egipcio no podía terminar de decir ideas claras.
Yami miró al ojiazul, su mirada casi lanzando puñales.
-¡Debiste habérmelo dicho! Es decir, qué hubiera sucedido si de pronto… de pronto… ¡no quiero ni pensarlo!- exclamó el joven, más tentado que nunca de lanzar al ojiazul de su caballo. Después de todo, lo tenía más que merecido.
-Por esa razón insistí en recorrer la ciudad a caballo y no a pie- afirmó.
-¿Y qué diferencia representa eso? Todo viene… ¡de arriba!- insistió. El ojiazul suspiró. A decir verdad, el asunto ya estaba siendo molesto.
-Toda Roma sabe que su emperador acostumbra salir a caballo a la ciudad. Nadie se atrevería a dejar caer sus… pertenencias si ven un caballo. Además, éstas son mis mejores ropas, no iba a ensuciarlas- explicó. Yami rodó los ojos.
Todo aquello se resumía a un pequeño detalle que el ojiazul le reveló momentos atrás. Mientras recorrían la ciudad, había notado que la mayoría de las personas llevaban una manta cubriendo sus cabezas y sus ropas. Pero había descartado preguntar, pues pensó que solo era la costumbre de allí. Sin embargo, ahora el ojiazul le había explicado el por qué de aquel detalle. Al parecer, al tener las construcciones más de un primer piso, las personas que se encontraban en los niveles más altos se negaban a bajar para tirar su basura… y en cambio, simplemente la arrojaban por la ventana. Así de simple y sin importar quien estuviera pasando por el lugar en el momento.
Por los dioses, ¿qué clase de cultura tenía esa gente? Su nivel de pereza era exagerado.
Sí, había notado que las calles no eran las más limpias del mundo, pero en Egipto tampoco brillaban de limpieza los caminos. Jamás hubiera imaginado que la contaminación allí se debía a que las personas tiraban la basura desde arriba.
Era normal que las calles estuvieran sucias, pero, ¿lanzar la basura por la ventana? Eso ya era demasiado.
Y lo peor, es que en más de una ocasión él se había bajado de su caballo, así que había estado 'expuesto'. Por esa razón, era que le estaba reclamando al gobernante.
Suspiró de pronto. Aquella conversación no estaba llegando a ninguna parte.
-¿Adónde vamos ahora?- preguntó entonces, cambiando el tema. Aún estaba molesto claro, pero nada lograría con seguir insistiendo.
-Al teatro- fue la respuesta.
-¿Teatro?- interrogó, la curiosidad comenzando a hacerse presente. A decir verdad, había creído que ya iban de regreso al palacio.
El ojiazul asintió. Luego, señaló hacia adelante.
-Allá está- afirmó. Yami miró hacia donde señalaba el castaño. Sus ojos se abrieron en impresión al ver el lugar. Tenía cierto parecido con el anfiteatro, aunque sin lugar a dudas no era una edificación tan alta. Parecía ser un semicírculo solamente y no un círculo completo como el anfiteatro.
La curiosidad aumentó, pues aún no sabía qué era lo que iban a ver allí.
-¿Y exactamente qué es lo veremos ahí?- preguntó.
-Una presentación… con actores- explicó el castaño, no teniendo realmente en claro cómo explicarle aquello al joven.
-¿Actores?- interrogó el menor, aunque la pregunta se la hizo a él mismo. Tenía una leve idea de lo que podía ser. En Egipto, existían personas que solían representar la muerte y resurrección de Osiris (1), utilizando máscaras y danzas. Tal vez lo que vería allí sería algo parecido. -¿De tragedia?- preguntó ahora.
-De comedia- fue la respuesta. Yami asintió, aunque aquella información le había producido cierta emoción. A decir verdad, pensar en mirar una presentación que le traería risa era relajador. Definitivamente, lo último que necesitaba era observar una tragedia, aunque no fuera real.
En unos momentos estuvieron cerca de la entrada del lugar.
El primero en bajarse de su caballo fue el gobernante. Yami siguió su ejemplo segundos después.
Y así, entraron, el paisaje convirtiéndose en un simple pasillo, casi idéntico al del anfiteatro, con la única diferencia de que éste no se inclinaba en forma ascendente.
Caminaron por algún tiempo. Al llegar a la salida del pasillo, no se observó una luz cegadora, pues la noche empezaba a caer.
Pero Yami miró sus alrededores nuevamente con admiración. Tal y como en el anfiteatro, habían graderías allí, las cuales estaban casi llenas de personas. Por lo que podía ver, las mujeres ahora sí estaban mezcladas junto a los hombres, y no separadas de ellos. No había tanto ruido ahora, pero sí se escuchaba el sonido de las personas hablando al mismo tiempo.
En sí, el ambiente parecía más tranquilo ahora.
Siguió al ojiazul, notando que se acercaban a una parte de las graderías. Miró entonces a su derecha, notando que había allí una especie de escenario, que tenía como fondo varias columnas de piedras. Había varias antorchas colgando de aquellas columnas, por lo tanto, todo el escenario podía apreciarse con claridad.
Su atención regresó al gobernante, cuando notó que éste se había sentado ya. Ésta vez, no esperó una indicación del ojiazul, y en cambio, se sentó a su lado izquierdo. No había asientos separados como en el anfiteatro, sino simples graderías, por lo tanto, ahora estaba sentado sumamente cerca del castaño. No que esto le molestara claro. Debía admitir que era todo lo contrario.
Por unos segundos, miró hacia el escenario. Definitivamente, se encontraban en el lugar con mejor vista.
-Emperador- Miró a la izquierda, mientras que el ojiazul hacía lo mismo.
Sus ojos carmesí notaron a un hombre, de tal vez cuarenta años, de ojos verdes y cabellos castaños casi rubios, quien además vestía una toga blanca. Pero no fue el hombre quien captó su atención, sino la joven que venía con él. Podría tener trece o catorce años. Pero aún a esa edad, tenía que ser una de las mujeres más hermosas que había visto. Su cabello rubio se encontraba recogido en una media cola, algo poco común pues casi todas las mujeres allí lo llevaban amarrado en un moño. Era ondulado, sedoso a la vista, y llegaba a la media espalda de la joven. Sus ojos eran de un tono verde claro, parecido al color de los ojos del hombre. Era completamente resaltante y bello. Sobre su delgado cuerpo lucía una túnica blanca que marcaba sus caderas a la perfección, y una especie de manta de color azul abrazaba sus hombros.
Por unos segundos, apartó sus ojos de la menor y volvió su atención al gobernante, su semblante decayendo cuando notó la mirada atenta que el ojiazul le dirigía a la joven.
-Cato- pronunció de pronto el castaño, asintiéndole al hombre en forma de saludo. Al parecer, el emperador conocía a aquel hombre.
-Señor, es un gusto encontrarlo. Imagino que quien se encuentra a su lado es el príncipe de Egipto- habló el hombre, mirando a Yami.
El ojirubí asintió.
-Un gusto, mi nombre es Yami Atemu- se presentó.
-El gusto es mío, príncipe. Mi nombre es Cato, y ella- habló, tocando el hombro de la joven. –Es mi hija Claudia- finalizó.
-Príncipe- saludó la menor, inclinándose levemente. Yami solo asintió esta vez.
-Hermosa, como siempre- habló el ojiazul. El egipcio lo miró de inmediato, en sus ojos notándose una profunda sorpresa. ¿Acaso el gobernante había llamado a la joven hermosa?
Apretó los puños, sintiéndose levemente molesto. A él, el ojiazul no le había dicho algo como eso. De hecho, de parte del emperador solo recibía sarcasmos. ¿Y a esa… desconocida joven, le hacía un cumplido como ese? Era injusto. Él también merecía recibir cumplidos de parte del romano. De hecho, solo él era digno de eso. Nadie más. Sobre todo esa niña.
-Le agradezco el comentario- susurró la joven, completamente sonrojada.
-Sí, es hermosa, ¿no es así?- habló el hombre, mirando a su hija con orgullo. –Con su belleza podría ser la madre de un emperador- afirmó.
Yami miró al hombre, ahora sumamente molesto. ¿Qué clase de comentario había sido aquel?
-No hay duda de ello- Y nuevamente, miró al ojiazul, no creyendo las palabras del gobernante. De hecho, como un simple acto reflejo, su brazo derecho se enredó en el izquierdo del castaño con fuerza. Solo pudo mirar cómo los ojos azules del emperador se enfocaban de nuevo en la joven. Y su cuerpo pareció arder en llamas cuando notó cómo el castaño miraba a la menor casi con admiración.
Solo eso le faltaba, primero Minerva, y ahora esa niña.
No quería que el ojiazul le prestara atención a otras mujeres, u hombres. ¡Quería tener toda la atención del castaño para él solo!
Sus ojos se abrieron en impresión ante el pensamiento. ¿Quería tener la atención del gobernante? No, necesitaba tenerla, pero no era algo que deseara… ¿cierto?
Por supuesto, después de todo, lo más importante era su pueblo… ¿o no?
Sacudió su cabeza levemente. No podía permitirse esa clase de pensamientos. Su familia era lo más importante para él, nadie más. Por eso necesitaba la atención del ojiazul, no existía más razón que esa.
-Parece ser que la obra está cerca de dar inicio. Nos retiramos, señor- habló de pronto el hombre.
El príncipe miró a padre e hija, sus ojos casi lanzando fuego. Aún en ese momento, su agarre sobre el brazo del emperador persistía. De hecho, no tenía intenciones de soltarlo en algún tiempo cercano. A ese pasó, comenzaría a lanzar humo de las orejas.
El ojiazul asintió.
-Vamos, hija- llamó el hombre, dándose la vuelta y caminando hacia su lugar en las graderías.
La joven se quedó allí, para gran molestia del egipcio. Le sonrió al ojiazul y habló, su dulce y femenina voz casi dándole náuseas al príncipe.
-Con su permiso, señor- pidió.
-Ya te había dicho que me es molesto que te dirijas a mí de esa forma- fue lo que dijo el gobernante. Yami parpadeó confundido, notando también cómo la menor se sonrojaba a más no poder.
-Lo siento… Seto- susurró entonces la joven, mirando hacia abajo con vergüenza y cierta timidez. –Con su permiso- agregó luego.
-Adelante- contestó el ojiazul. La menor asintió, dándose así la vuelta y siguiendo a su padre.
El gobernante dirigió entonces su atención al egipcio. Había notado ya el fuerte agarre que el joven mantenía sobre su brazo, y deseaba saber la razón de aquella acción.
Aunque, a decir verdad, tenía ya una idea de lo que podría haber causado aquel pequeño acto de… posesividad por parte del príncipe.
Y, efectivamente, al ver al joven, notó su semblante enfurecido. De hecho, el egipcio parecía estar a punto de asesinar a alguien. Y claro, aquello no le causó más que profunda gracia.
-Seto- llamó de pronto el ojirubí, mientras subía la mirada, la cual había tenido enfocada en el suelo. Aún no podía creer que aquella joven hubiera llamado al gobernante por su nombre. Y no solo eso, que el ojiazul le pidiera a ella que lo llamara de esa forma. Le había molestado aquello, era muy obvio, pues solo él tenía derecho de pronunciar el nombre del castaño.
Solo él y nadie más. Punto.
-Te notas molesto- escuchó al emperador decir. –Una hermosa joven, ¿no crees?- agregó el castaño, queriendo hacer enojar aún más al egipcio. Tenía que admitir que era divertido hacerlo enojar. Pero sobre todo, ver ese lado celoso. –Una princesa, no hay duda-
-Te equivocas. Primero que nada, no estoy molesto. Y segundo… no me parece que esa niña sea hermosa- afirmó el egipcio.
-¿Estás ciego?- Ante esa pregunta, las llamaradas de furia volvieron a inundar al príncipe. ¿Por qué el castaño defendía la belleza de una simple joven? Al único a quien debía defender era a él. Al único al que debía besar era a él. ¡Con el único con quien debía bañarse y por ende estar desnudo era con él!
Al entender su terrible último pensamiento, comenzó a toser con insistencia.
-¿Otra vez tomaste vino?- preguntó con burla el ojiazul, refiriéndose claro al incidente en el anfiteatro.
-No te burles- se quejó el joven con indignación. –E insisto. Esa joven no tiene nada de especial. De hecho, ¿no le visto el enorme barro que tenía en la frente?- preguntó.
-Un… barro- repitió el ojiazul, alzando la ceja. Yami estaba siendo muy obvio en cuanto a su ataque de celos.
-Sí, era tan grande que parecía un cuerno. Pero con tanto maquillaje es lógico que no lo hayas notado-
-Yami, ella es muy joven para usar maquillaje…-
-Tonterías, yo uso maquillaje desde que tengo memoria- interrumpió el ojirubí. En su cultura, desde niños les pintaban los ojos con kohl. No creía que en Roma fuera diferente.
-Por cierto… aquí solo las mujeres usan maquillaje-profirió el romano. Definitivamente, hacer enojar a Yami era entretenido.
Y ante su último comentario, el enojo fue más que obvio en el egipcio.
-¿Qué insinúas?- preguntó con indignación el menor.
-Que tal vez deba dejar de llamarte 'príncipe Yami', para decirte 'princesa Yami' de hoy en adelante, princesa- comentó con suma burla.
El egipcio pareció estar a punto de estallar en furia.
-Eres completamente…-
-Insoportable. Ya lo sé- interrumpió. –El punto es que estás molesto- agregó
Yami apretó los puños. Había podido escuchar claramente la burla en la voz del ojiazul. Sabía a lo que se refería el castaño. Y por supuesto que estaba molesto. Esa joven había acabado con su buen humor.
Y lo peor, es que el romano se estaba aprovechando de eso para seguir burlándose de él.
Pero entonces, sonrió. Ahora que lo pensaba, podría tomar ventaja fácilmente. Además, se encontraban en un lugar público, lo cual haría todo… más divertido. Después de todo, suficientes burlas había recibido del ojiazul durante todo el día. Era su turno ahora.
Y sabía cómo hacerlo. Era tan simple como mezclar su verdadera personalidad, con un leves toques de… picardía.
Sí, le iba a dejar en claro al ojiazul que dirigirle cumplidos a otra persona que no fuera a él no se encontraba entre las mejores opciones.
-¿Molesto? ¿Por qué estaría molesto?- preguntó con inocencia.
El ojiazul alzó una ceja, al parecer captando el nuevo brillo arrogante que mostraban los ojos carmesí del egipcio.
Algo planeaba el joven, era muy obvio.
El príncipe dejó escapar una exclamación, como cuando alguien recuerda o se entera de algo de pronto.
-¡Ah! Lo dices por ella…- comentó. Rió luego, la competitividad inundando por completo sus ojos. Ésta vez, pensaba tomar la delantera. –No estoy molesto…-
-Celoso- murmuró el ojiazul.
-Ni mucho menos celoso, emperador. Sé bien que estás completamente embelesado conmigo, así que no tengo razón alguna para estar celoso- afirmó el ojirubí.
-¿Y de dónde sacaste esa idea?- preguntó el gobernante, siguiéndole el juego al menor. Aquel era el mismo Yami que había visto el primer día, con esa competitividad y burla adheridos a sus ojos.
Le gustaba esa faceta del joven, no iba a negarlo. Tal vez por eso decidió seguirle el juego.
-Veamos- comenzó el egipcio, recostándose contra el hombro del castaño con toda la confianza del mundo. –Primero que nada, se encuentra mi físico. Sé que te cautivó desde el primer momento-
-Eso crees- susurró el ojiazul.
-Luego, mi personalidad. ¿A quién no le agrada?- interrogó el joven, ignorando el comentario del castaño.
El gobernante solo rodó los ojos ésta vez.
–Y claro, no olvidemos lo más importante. Aquello que puedo afirmar es lo que más… te gusta- afirmó, su tono de voz tornándose más seductor con cada palabra. –Soy virgen, así que puedo asegurarte que soy muy…- se detuvo, acercándose a la oreja del emperador. –Muy- volvió a decir, acercándose aún más. –Muy- de nuevo lo dijo, susurrando ya sobre el oído del ojiazul. –Estrecho- finalizó, dejando escapar aquella palabra en casi un gemido.
El gobernante solo pudo toser entonces, intentando con esfuerzo esconder su sorpresa.
Definitivamente, no había esperado que Yami dijera algo como eso.
El egipcio sonrió complacido. Esa había sido la reacción que había querido obtener.
-Así que por supuesto, no tengo por qué sentir celos- afirmó entonces, alejándose del ojiazul y cruzándose de brazos.
-Ni siquiera sabes de lo que estás hablando- habló el gobernante, mirando al joven a los ojos, e intentando no pensar en las palabras dichas por el menor. No era el… momento de pensar en eso.
-Y casi lo olvido- comentó el egipcio, ignorando de nuevo al emperador.
Se acercó entonces, sus ojos destellando con sarcasmo y cierta diversión. Por un lado, no estaba muy conforme de actuar así, pero por el otro, debía admitir que era entretenido hacerlo. Como un juego, y a él le fascinaban los juegos.
Sus brazos se enredaron en el cuello del castaño, y su rostro se detuvo a unos centímetros del rostro del ojiazul.
-Beso muy bien- susurró, y sin siquiera esperar a que un segundo más pasara, juntó sus labios con los del emperador.
Al parecer, al ojiazul no le molestó el hecho de que Yami lo besara en medio de toda esa gente. Pero no tenía razón para molestarse. Después de todo, él había besado al menor en el anfiteatro, frente a miles de personas. Así que rodeó con sus brazos la delgada cintura del menor, y se encargó de profundizar el beso.
El sabor exótico del príncipe fue el primero en recibirlo. Era intoxicante, como siempre, llegando casi a lo embriagante.
Después de pocos segundos, el ojirubí correspondió la caricia, olvidándose por completo del lugar en el que estaban y concentrándose en sus acciones. Su lengua encontró la del ojiazul, y ambas danzaron a un ritmo suave. No era una lucha por dominación, sino un simple baile lento. El beso en general fue delicado.
El egipcio no pudo evitar gemir muy levemente, cuando el castaño se separó tan solo milímetros, y tomó su labio inferior entre sus dientes, succionándolo con delicadeza.
Y entonces, el beso terminó.
Por unos segundos, se miraron a los ojos, pero pronto el gobernante miró hacia el escenario.
-Parece ser que la obra ya comenzó- anunció, desenredando sus brazos del cuerpo del menor.
Yami miró hacia el frente, notando que de hecho, había personas actuando allí. Y solo entonces, notó que las personas en las graderías reían a cada segundo.
Al parecer, nadie había notado las acciones de ambos.
Sus brazos se apartaron así del cuello del ojiazul. Pero se negó a separarse del gobernante. De hecho, enredó ahora sus brazos alrededor de la cintura del castaño, pues debido a que su estatura era más baja, aquella posición le quedaba mucho más cómoda para relajarse y mirar la obra.
Y una sonrisa se hizo paso en sus labios, cuando sintió un brazo del emperador rodear sus hombros.
Al parecer, la pequeña 'competencia' que había dado lugar segundos atrás ya había finalizado. Ahora solo quería pasar un buen rato, sin tener que recurrir nuevamente a los sarcasmos.
Aunque por supuesto, eso no significaba que ya no estuviera molesto. Lo estaba aún, y bastante.
Solo esperaba no volverse a encontrar con aquella joven en un tiempo cercano.
Por fin, hizo un esfuerzo por centrar su atención en la obra. Curiosamente, se escuchaba música, pero los actores no hablaban.
La confusión lo inundó. ¿Cómo podía ser graciosa una presentación si nadie hablaba en ella?
Suspiró, decidiendo esperar y juzgar al final.
Miró entonces a uno de los actores, quien caminaba enfocando su atención en una bolsa negra grande que traía en sus manos. Por la expresión de su rostro, parecía que estaba riendo sin parar. Sus ropas era humildes, una simple túnica que denotaba una baja clase social.
Metió la mano en la bolsa, sacando lo que parecían ser varias monedas. Asintió con la cabeza repetidamente, al parecer satisfecho de tener tanta ganancia.
Una atractiva mujer apareció entonces, caminando directamente hacia el hombre. Sus ropas nuevamente eran romanas, consistiendo en una túnica y una estola verde. Su cabello castaño estaba recogido en un moño. Y su caminado era arrogante, con un movimiento de caderas pronunciado. Además, iba muy concentrada mirándose las uñas.
Así que obviamente, ambos terminaron chocando.
La mujer quedó de espaldas sobre el suelo, mientras que el hombre se encontró encima de ella, con su rostro justo frente a sus pechos.
El rostro del hombre se mostró casi embobado por unos momentos. Y entonces, levantó la mano en la que tenía la bolsa y la miró por unos segundos. Seguidamente, miró los pechos de la mujer.
Y asintió, dando a entender que la vida le estaba entregando muy buena… cosecha.
El ojirubí rió ligeramente, notando cómo el público hacía lo mismo.
-Suertudo- escuchó a alguien decir.
Y la presentación prosiguió cuando la mujer se quitó al hombre de encima, su rostro demostrando casi asco de haber estado tan cerca de aquel hombre de baja clase social.
Sus brazos se movieron furiosamente. Al parecer, la mujer le estaba reclamando al hombre lo sucedido.
Pero el aludido solo sonrió, tomando una postura orgullosa y sacando el pecho en señal de arrogancia. Y con la mano que tenía desocupada, señaló la bolsa llena de monedas.
La mujer no le hizo caso, y siguió con lo mismo. Pero al notar la insistencia del hombre, se cruzó de brazos, mirando al otro con suma arrogancia. Y asintió.
El hombre abrió la bolsa, acercándose a la mujer para que ésta pudiera ver su contenido.
Con desinterés, los ojos de la mujer miraron la bolsa. Pero al entender lo que había dentro, la dama cubrió su boca con sus manos en señal de sorpresa. Luego, miró el hombre, sus ojos casi llorosos de alegría.
Y así, con sumo descaro e hipocresía, lo abrazó, besando su mejilla y sonriendo abiertamente.
Yami rió de nuevo. Ahora más bien, debía admitir que el hecho de que los actores no hablaran le agregaba comicidad a la obra.
Se movió ligeramente, buscando una nueva posición. Su cabeza pasó de estar recostada contra el brazo del ojiazul que rodeaba sus hombros, a recostarse contra el pecho del castaño. Y es que, por alguna razón, no tenía intenciones de alejarse del gobernante. Así que, además, sus brazos siguieron rodeando la cintura del emperador.
Y en esa posición, notó algo casi de inmediato. Aún con todas las vestimentas que cubrían el pecho del castaño, podía escuchar claramente los latidos de su corazón.
Por alguna razón que sinceramente no pudo entender, aquello le dibujó una sonrisa a su rostro.
A decir verdad, nunca había estado así, de esa forma al lado de una persona. De hecho, a las únicas dos personas aparte del ojiazul a quienes había abrazado era a su hermano y a su madre. Y a su padre también, aunque solo una vez. Pero ellos eran su familia, por eso debía admitir, que poder estar tan cerca de alguien de forma… ¿cómo decirlo? ¿Romántica, quizás? No estaba seguro de cómo podría llamarse aquello. El punto era simple, que encontrarse así de cerca junto a alguien con quien no compartía ningún parentesco era una sensación diferente, pero muy agradable. Le producía un sentimiento… cálido y placentero, al que no se atrevía a ponerle nombre.
Suspiró, mordiéndose el labio. Sabía bien que no podía involucrarse emocionalmente con el ojiazul. No era la mejor opción. Pero… se le hacía difícil, no podía negarlo ya.
Y ese día, dioses, ese día había sido uno de los mejores de su vida. El solo pensar que el emperador dejó de lado sus obligaciones, todo el trabajo, para simplemente salir con él todo el día le transmitía una alegría inmensa.
Sí, tal vez el castaño no era la persona más risueña del mundo, pero a pesar de eso, le agradaba su personalidad. Y lo sucedido días atrás, cuando el gobernante lo había golpeado y había mostrado enorme enojo y frialdad, a su punto de vista no había sido culpa de nadie más que suya. Él había sido el idiota que siguió a Minerva a la bacanal. El emperador había tenido toda la razón de sentir enojo.
-"¿Qué me está sucediendo?"- se preguntó, no entiendo aún a qué se debía todos aquellos pensamientos. Antes, le habían pasado por la mente, pero no les dio nunca la mayor importancia. Ahora, sin embargo, no podía dejar de prestarles atención. Le habían llegado de repente, para no irse al parecer.
Intentó concentrarse en la presentación, pero ahora, no podía escuchar la música, ni las risas del público. En ese momento, el único sonido que parecía importar era el de los latidos del corazón del ojiazul.
¿Qué le estaba sucediendo? ¿Estaba enfermando, acaso? ¿Por qué no podía escuchar nada más?
En un acto reflejo, desenredó su brazo izquierdo de la cintura del castaño, y en un rápido movimiento, su mano también izquierda tomó con fuerza el medallón que caía sobre su pecho, aquel que el ojiazul le había comprado esa mañana.
De todos los dioses y los personajes romanos que había, ¿por qué escogió ése? Desde el momento en que lo vio, no dudó en escogerlo, casi sin meditarlo.
Aunque, a decir verdad, un pensamiento sí había entrado a su mente cuando miró el medallón. Protección, esa había sido la única palabra que llegó a su mente antes de tomar el collar y decidir que ése sería el que llevaría.
Pero, ¿para qué necesitaba otro símbolo de protección? Tenía aquella pirámide invertida de oro, y por lo tanto, la protección y el recuerdo de su familia. ¿Por qué sintió la necesidad de tener otra fuente de protección? Si tenía a su familia, eso debía ser suficiente, ¿cierto? No requería de nadie más… ¿o no era así?
Quiso sacudir su cabeza, pero debido a su posición ni siquiera intentó hacerlo. Y en cambio, le prestó toda su atención a la presentación, intentando con mucho esfuerzo alejar todos aquellos confusos pensamientos de su mente. Su mano soltó el medallón, y su brazo volvió a su antigua posición alrededor de la cintura del gobernante.
Y las risas pronto escaparon de su boca, deshaciendo lentamente la tensión que se había formaba en su interior.
Por fin, pudo escuchar las demás risas, y la música que se presentaba a veces. Aunque una leve inconformidad seguía presente, pero logró ignorarla.
Siguió prestando atención a la obra. A veces reía, y a veces más bien se sonrojaba. La presentación contenía algunos detalles un tanto… vulgares y de contenido sexual, así que aquello era lo que le hacía sonrojar.
Mientras eso ocurría, el ojiazul lo miraba atentamente. Tan pronto sintió el brazo de Yami moverse su atención se había dirigido al joven. Lo había visto tomar el medallón, el que él le había comprado, en su mano, al tiempo que parecía estar teniendo una especie de batalla interna. Ahora que lo pensaba, aún no tenía idea de cuál dios había escogido Yami.
Lo averiguaría luego, pues en ese momento ya estaba oscuro, así que era obvio que no podría ver con claridad la imagen en el medallón.
Notó entonces cómo Yami volvía a reír. Y a decir verdad, la vista le pareció… bella. No todos los días se podía ver al egipcio riendo.
Olvidó en ese momento el asunto de la presentación, y en cambio, se concentró en mirar las facciones del príncipe. Miró sus ojos, los cuales parecían cambiar de tono a un rojo más vivo cada vez que el joven reía. Sus dientes, blancos y perfectamente alineados se asomaban también cuando las risas escapaban de aquel pequeño cuerpo. Era una vista cautivadora, no había forma de negarlo.
Yami era la primera persona que había conocido que parecía no tener un solo defecto. Su físico era casi una obra de arte. Y su personalidad, aunque molesta en ocasiones, no le desagradaba en lo absoluto.
-Seto- Solo hasta que escuchó aquello notó que el egipcio lo miraba. –Creo que la obra ya terminó- anunció luego.
El gobernante miró hacia el escenario, comprobando que de hecho la presentación había terminado.
Aunque sabía bien que no del todo.
-Falta una última parte. Pero sé que no te gustará- avisó, ganándose una mirada confundida por parte del príncipe. –Es mejor irnos- afirmó.
-¿Por qué? ¿Qué es lo sigue ahora?- interrogó el joven, parpadeando con notoria confusión.
-Nudatio mimarum(2)- Fue la respuesta.
-No entiendo- insistió el menor.
El emperador suspiró. Nuevamente tenía que explicarle a Yami otro detalle.
Iba a hablar, cuando de pronto el público comenzó a hacer ruido, lanzando exclamaciones. Además, la música comenzó a escucharse.
Miró hacia el frente, notando que las mujeres que participaron en la presentación ya comenzaban a bailar.
-Seto- escuchó nuevamente a Yami.
-Las mujeres se van a desnudar al compás de la música- explicó. Ahora, los ojos carmesí del egipcio mostraron profunda sorpresa.
-¿Qué? ¿Por qué?- preguntó el egipcio. Ahora sí, no entendía absolutamente nada.
-Es la costumbre- fue la única respuesta.
-Extraña costumbre- murmuró el joven, sabiendo que posiblemente el ojiazul no lo había escuchado. Pero lo que tenía muy en claro ahora, era que no pensaba quedarse a ver aquello. -¿Podemos irnos?- le dijo al emperador, desenredando sus brazos de la cintura del ojiazul.
El gobernante asintió, poniéndose en pie.
Yami hizo lo mismo, tomando de manera casi inconsciente la mano del castaño en la suya. Si bien el escenario estaba iluminado por varias antorchas, en las graderías la historia era diferente. Sí era posible ver el camino, pero por simple seguridad, optó por mantener un agarre sobre el ojiazul.
Caminaron entonces fuera del lugar. No tardaron mucho en hacerlo, pues después de todo, no solo el espacio en las graderías era el mejor, sino también la cercanía que tenía con la salida.
Pasaron por aquel pasillo iluminado con antorchas, el mismo que habían atravesado para entrar.
Pronto, la brisa nocturna se volvió a sentir, cuando finalmente abandonaron el teatro. Y solo hasta entonces, el ojirubí apartó su mano de la del emperador.
Caminó hacia su caballo, el cual se encontraba en el mismo lugar en el que lo había dejado, siendo custodiado por los guardias. Iba a subirse, pero se detuvo de pronto.
Su mirada se dirigió hacia el ojiazul, quien ya estaba montado sobre su caballo.
-¿Puedo ir contigo?- preguntó. No tenía en claro por qué deseaba ir con el castaño. Procuró además no pensar siquiera en la razón. No deseaba enredarse con más pensamientos confusos.
-Como quieras- fue la respuesta.
Yami sonrió ligeramente. Había esperado un sarcasmo como respuesta, o una negación.
Se acercó entonces, subiéndose fácilmente al caballo. Y cuando ya estuvo sentado, enredó sus brazos en la cintura del ojiazul. Después de todo, lo último que deseaba era caerse. Aunque no pudo negar que una cálida sensación lo inundó al encontrarse tan cerca del gobernante nuevamente.
Y así, avanzaron de regreso al palacio.
Yami se encargó de mirar la ciudad con detenimiento, queriendo recordar cada detalle. La luz de la luna le daba una bella iluminación al lugar, lo cual hacía posible que las edificaciones de los alrededores se vieran fácilmente.
Las calles lucían casi vacías. Aún podía verse una u otra persona, pero definitivamente no era la cantidad exagerada que había visto en la mañana. Por lo tanto, el silencio y la quietud se hacían presentes.
No supo cuando, pero de un momento a otro encontró que había recostado su cabeza contra la espalda del ojiazul.
Pero, en lugar a alejarse, cerró sus ojos, disfrutando de aquella cómoda posición.
Recordó entonces la presentación que momentos atrás había presenciado. Al final, el hombre se había quedado sin dinero, pues lo había gastado todo en regalos para aquella ambiciosa mujer. Y claro, tan pronto la mujer se enteró de esto, desapareció casi en el aire.
La obra en sí, había sido cómica, y sin lugar a dudas le había gustado.
Definitivamente, aquel día había simbolizado uno de los mejores cumpleaños que había tenido. Poder conocer tan majestuosa ciudad, al lado de nada menos que el emperador de aquel imperio era un honor enorme, que apreciaba profundamente. Claro, extrañaba a su familia, y le dolía que ellos no pudieran estar a su lado en ese día. Sin embargo, no sentía tristeza. Había pensado que ese día sería terrible para él, y se había preparado casi para una leve depresión. Pero en cambio, lo había disfrutado. No estaba del todo feliz, ni tampoco se sentía completo. Su familia siempre ocuparía un espacio dentro de su corazón, y si ellos no estaban, ese espacio estaría vacío. Empero, sentía más emociones positivas que negativas en aquel momento.
A decir verdad… tal vez sí estaba feliz.
Suspiró. Se sentía casi culpable de sentirse feliz, por eso le costaba trabajo aceptarlo.
Pero, ¿para qué negarlo? Sí había cierta alegría en su interior.
Todo lo sucedido en Roma había sido completamente distinto a lo que había esperado. En su mente, había pensado que sin lugar a dudas perdería su virginidad la misma noche en la llegaría a territorio romano. Y, en cambio, habían pasado ya… ¿siete, u ocho días tal vez? No estaba muy seguro. Pero cualquiera fuera la respuesta, aún a esas alturas conservaba su inocencia. Difícil de creer para él, que el ojiazul no le hubiera conocido sexualmente aún. Pero así era, y no podía evitar sentir cierto… agrado y hasta agradecimiento hacia el castaño por esto.
Además, había pensado que su vida allí sería igual o peor a la de un esclavo. Y no había sido así. Si bien su libertad ahora era limitada, su vida no podía compararse con la de un esclavo. Por los dioses, podía hasta hablarle con burlas y sarcasmos al emperador y conservar su cabeza, situación que jamás podría ser si él de verdad estuviera al nivel de un esclavo.
Y por último, había esperado que el emperador, además de cuadruplicar su edad, fuera una persona sumamente cruel. Claro, el ojiazul no era una persona dulce ni mucho menos, de hecho, se podían encontrar rastros de crueldad en su personalidad. Después de todo, había que tomar en cuenta que el castaño había asesinado a sus propios padres. Pero al menos, hacia él, aquella crueldad aún no había sido dirigida. Tal vez algo de frialdad y enojo, pero eso lo había causado él mismo.
Sí, su vida en Roma resultó ser muy diferente a lo que había esperado. A decir verdad, hasta el hecho de dormir en la misma cama que el emperador le había sorprendido. Pues había esperado dormir en el suelo y si acaso con una sábana delgada. Y es que al menos en Egipto, dormir al lado del faraón era un privilegio reservado solamente para la esposa de mayor importancia del rey. Ni las demás esposas, ni mucho menos las concubinas, podían dormir al lado del gobernante.
De hecho, su padre tenía una esposa más, con quien había tenido una hija. Hija, que por cierto, además de ser su media hermana, debía convertirse en su esposa en un futuro. Futuro que fue cambiado cuando todo el asunto con Roma inició.
Pero a pesar de eso, a sus ojos, su única familia era su padre, su madre y su hermano. Los demás eran importantes para él claro, pero no tanto como su verdadera familia.
-Llegamos- Levantó la mirada al escuchar esto, alejando su rostro de la espalda del ojiazul. Sin dudas, el viaje de regreso se había sido rápido.
Se bajó entonces del caballo, dándole espacio al gobernante para que éste hiciera lo mismo.
Un pensamiento lo inundó. Al decidir que vendría a Roma, se había sentido ligeramente incómodo con el hecho de saber que tendría una relación con otro hombre, pues siempre había estado seguro de que le gustaban las mujeres.
Ahora, en cambio, pensar en mantener una relación con una mujer era lo que se le hacía extraño.
Un gran cambio, sin lugar a dudas. Y es que desde el primer momento en el que miró al ojiazul, lo había encontrado atractivo, cosa que jamás le había sucedido antes.
-Vamos- escuchó aquello. Asintió, siguiendo al gobernante.
La brisa nocturna se extinguió pronto. Ahora, solo habían pasillos, iluminados con antorchas.
-¿Adónde vamos?- preguntó, al notar que no se dirigían a la habitación del ojiazul.
-A comer- fue la respuesta. Yami parpadeó un par de veces, recordando solo hasta entonces que solo había comido en la mañana. Había pasado todo el día sin comer nada más y ni siquiera lo había notado.
Pero ahora que el gobernante había mencionado la comida, el hambre comenzó a hacerse paso en él.
Y es que si había algo impresionante en Roma, era la comida. La variedad y los sabores eran casi infinitos.
Nada mejor que terminar el día con un buen festín.
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El lugar se notaba oscuro. De hecho, estaba al aire libre, en lo que parecía ser una calle desierta. Solo la fría brisa de la noche se podía sentir y escuchar. En general, aquel sitio no era el más agradable.
-Tienes en claro lo que debes hacer, cierto?- preguntó un hombre, sus ojos celestes brillando casi con malicia.
Estiró su brazo, entregándole a otro hombre una bolsa de mediado tamaño.
-No se preocupe. Con ésta paga no podría olvidar jamás sus instrucciones- afirmó el hombre, mostrando una sonrisa amarillenta. Sus ojos parecían aceitunas negras, iluminadas por la codicia. Su mano se metió en la bolsa, y, cerrándose en un puño, volvió a sacarla, admirando las muchas monedas que había sacado. Definitivamente, aquella paga era numerosa. –No sé cuál es su problema con ese príncipe pero…-
-Ese no es tu asunto- interrumpió el otro, su voz severa.
-Supongo que tiene razón. Mi posición ahora es solamente la de cumplir con sus órdenes, oh gran Senador- se mofó el hombre.
-¡Basta con esas estupideces, si deseas quedarte con esas monedas!- exclamó el otro, enfurecido.
-Como usted diga- expresó. –Cumpliré con el trabajo. Y después podrá dormir tranquilo, sabiendo que ese príncipe no volverá a darle dolores de cabeza-
-Eso espero-
-Y así será. Además, puedo asegurarle que el sufrimiento de ese egipcio será largo- informó el hombre.
-Mejor aún- fue la respuesta.
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Llevó la copa hasta sus labios, tomando un sorbo del vino que había en ella. Se encontraba en el triclinum(3) en ese momento. Y como todos los días, estaba acostado sobre aquella especie de sofá, apoyando su cabeza sobre su mano izquierda.
Momento atrás, le había estado prestando atención a la comida que se encontraba sobre la mesa. Pero ahora, ya había terminado de comer. Solo le faltaba beber el vino.
Su atención estaba concentrada entonces en otro asunto, el cual dormía profundamente a su lado. Yami estaba allí, acostado y perdido en sus sueños. Después de haber comido, y bebido (agua solamente pues al parecer el vino de verdad era su enemigo), se había acostado completamente, con la excusa de que su brazo izquierdo le dolía por tener apoyada su cabeza tanto tiempo en él. Según el joven, en Egipto comían sentados, y no acostados como lo hacían en Roma. Pero claro, después de solo segundos, el menor se había quedado dormido.
No que estuviera quejándose por esto, debía admitir que era todo lo contrario. La vista era muy… cautivadora sin lugar a dudas.
El egipcio dormía de medio lado, quedando de frente al ojiazul. Su pecho bajaba y subía lentamente, al ritmo de su respiración.
Los ojos del gobernante recorrieron entonces toda figura del joven. Desde sus cabellos rebeldes, hasta su abdomen, y de allí hasta sus pies. Y debido a su posición, al ojirubí se le podía notar una muy ligera curva en las caderas, un detalle casi femenino. Su cuerpo entero parecía ser una mezcla perfecta de delicadeza femenina y firmeza varonil.
Era difícil resistirse a ese bello cuerpo, no iba a negarlo. Yami era una tentación aún mientras dormía. De hecho, cuando dormía lograba verse aún más tentador. Y ahora más que nunca con aquellas vestimentas, que aunque eran pocas, lo hacían lucir como un verdadero príncipe. Y todo ese maquillaje más el oro, solo comprobaba aquello.
Ocho días habían pasado, contando desde el día en el que egipcio había llegado. Ocho días y aún no le había tocado sexualmente.
Una gran sorpresa era esto. Normalmente, conocía a una persona un día, y al siguiente ya la tenía sudando sobre una cama, si no es que el mismo día. Tal vez porque nunca le había gustado involucrarse por mucho tiempo con alguien.
Yami era el primero, aparte de Mokuba, que había llegado tan lejos en lo que a conocerlo se refería. Y él se lo estaba permitiendo, aún contra su voluntad, le estaba permitiendo al egipcio acercarse más cada vez.
Siempre les mostraba a las personas un muro de frialdad, que les impedía pasar de cierta línea.
Pero Yami… Yami ya había cruzado esa línea tiempo atrás.
Y lo peor, o mejor, no estaba muy claro, era que sinceramente no tenía problema con esto.
Ese día era un ejemplo. Normalmente, le importaría muy poco el cumpleaños de alguien. Con el príncipe, en cambio, se había tomado todo un día libre para llevarlo a la ciudad, con el simple objetivo de que el egipcio pasara un buen día. Y había además tenido la paciencia que ni siquiera sabía que poseía para contestar las mil preguntas del joven.
Sí, Yami había cruzado esa línea. La barrera que solía detener a las demás personas.
Y aparentemente, él mismo estaba ayudándole al joven a cruzarla.
Un leve gemido lo sacó de sus pensamientos.
Miró a Yami, notando cómo el joven cambiaba de posición, quedando ahora acostado sobre su espalda.
Y nuevamente, sus ojos azules recorrieron el bello cuerpo del menor. De verdad, era muy ventajoso que tuviera un excelente control sobre su cuerpo, ya que así evitaba reacciones… no deseadas.
Sus ojos subieron hasta el pecho del egipcio. Y solo hasta entonces notaron un collar en específico. El famoso medallón. Ahora, sí podía ver a cuál dios había escogido el joven.
Dejó la copa sobre la mesa, y con su mano ahora desocupada tomó el objeto.
Lo miró, buscando el nombre alrededor del circular medallón.
Y la sorpresa fue grande. De hecho, la dejó reflejarse en sus ojos.
De todos los dioses y personajes romanos que el joven pudo haber elegido… ¿escogió ese?
No pudo evitar que sus ojos se suavizaran. Aquel era un… detalle agradable debía admitir.
De hecho, sintió ganas de sonreír. Pero claro, no lo hizo. No había sonreído en años ya. Tal vez sí sonreía con sarcasmo y burla, pero sonreír de verdad… no, había pasado mucho tiempo desde la última vez que eso había sucedido.
-De todos, me escogiste a mí- susurró, mirando el medallón. Era su rostro el que estaba allí, y las palabras alrededor no le dejaban mentir, 'Imperator Seto'. –Posees muy mal gusto- agregó con sarcasmo.
Definitivamente, Yami había cruzado cada barrera que él había levantado, en tan solo ocho días. Y se acercaba peligrosamente, a lo que parecía ser su corazón.
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(1) Quizás el mito más conocido del Antiguo Egipto. En general, habla del dios Osiris, quien es asesinado por su hermano Seth y cortado en catorce pedazos que se esparcieron por todo Egipto. La esposa de Osiris, Isis, se encarga de buscar cada uno de los pedazos. Encuentra todos menos el miembro viril, pero aún así logra regresar a Osiris a la vida y quedar embarazada de él, y de ahí nace Horus, quien venga a su padre y manda a Seth al desierto.
(2) Nudatio mimarum: es lo que hoy en día se conoce como striptease xD Era costumbre en Roma que al finalizar una presentación de 'mimo' se realizara éste acto.
(3)Triclinum: comedor romano.
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Magi: nuevo capítulo. Y también actualicé Mente frágil n.n
Aclaraciones de la versión original. Lo del principio, eso de que los romanos tiraban la basura "por la ventana" era cierto. No pude dejar de reír cuando lo supe y simplemente tenía que ponerlo en el fic xD (Mil gracias a Atami no Tsuki quien fue la que me dio esta información n.n) Pasando a otro tema, los romanos se bañaban antes de cenar, pero mientras los mandaba a bañarse a esos dos se me iba todo el capítulo xD En Egipto se acostumbraba que el faraón tomara como esposa a una hermana o prima, para así mantener la sangre real. ¿Cómo lograban tener hijos sanos con relaciones consanguíneas? Ni idea o.O
El mimo fue un tipo de obra teatral sumamente popular en Roma. La duración de cada presentación de mimo era de unos 20 minutos, ya que la obra en sí era fluida y sin interrupciones. La obra que apareció en este capítulo, sin embargo, fue un invento mío. Encontré unos fragmentos de una verdadera obra de mimo romana… pero sinceramente no la entendí, así que decidí inventar una xD Los mimos, a diferencia de los demás actores romanos, no llevaban máscara durante la presentación. Y eso de que las mujeres se desnudaban era cierto. Me imagino que no tenía ningún propósito más que el de entretener al público… Con razón el mimo fue tan popular ¬¬U Por cierto, normalmente las mujeres no asistían a las presentaciones de mimo. Pero necesitaba introducir a Claudia en este capítulo.
Y esta vez no hay aclaraciones sobre lo que edité.
Agregué la descripción de Cato como me pidieron. No noté que en la versión original no lo había descrito O.o Mis disculpas. Con tantos personajes a veces se me pasan esos detalles n.n U
Y acerca de cuántos capítulos tendrá este fic. Pues sinceramente nunca sé cuántos capítulos tendrán mis fics. No planeo eso O.o Pero haciendo un cálculo… este fic podría tener de 25 a 30 capítulos, más o menos. No quiero hacerlo muy largo, así que no creo pasar de 30(de hecho 30 ya es muy largo).
Agradecimientos a niko-chan, Mitsuki Asakura, mariANA, REMEDAY, yoyuki88, Atami no Tsuki, montze, Natsuhi-san y Azula1991 por sus reviews!
Hasta el próximo lunes
Ja ne!
