Flor de loto

Capítulo 13

Se sentó en la cama, recorriendo con su mirada el paisaje, el cual era extenso y sin dudas bello. Le recordaba lo sucedido la noche anterior, cuando de la misma forma, le había permitido a sus ojos perderse en el cuerpo de aquel durmiente joven.

Allí estaba el egipcio, envuelto ahora entre las sábanas y abrazando una almohada. A diferencia de la noche anterior, no había adornos de oro que lo cubrieran. Su corona había desaparecido, al igual que aquella pirámide invertida. La capa también se había esfumado. Su cabello además, estaba sumamente desordenado. Lo único que quedaba era el maquillaje, que antes le había rodeado con pinceladas negras sus ojos; pero ahora se esparcía por debajo de ellos, llegando casi a sus mejillas.

Increíblemente, aún con el kohl manchando su rostro y con el cabello despeinado, el joven lograba verse hermoso. O al menos eso era lo que juzgaban sus ojos.

Después de haber terminado de beber el vino la noche anterior, había despertado al egipcio. Le hubiera permitido seguir durmiendo, pero no podía cargarlo por todo el lugar, desde el comedor hasta la habitación. La distancia que había que recorrer era considerable.

El príncipe había despertado con facilidad, aunque el sueño casi no le dejó caminar en paz. De hecho, en el camino, se tambaleó un par de veces. Aunque era predecible que el cansancio para el joven fuera grande. Después de todo, bastante ejercicio había hecho durante todo el día.

Y al llegar a la habitación, se había quitado con rapidez todos los objetos que pudieran estorbarle a la hora de dormir. Luego de eso, se había acostado en la cama, durmiéndose profundamente de manera casi inmediata. Por esa razón, el egipcio no había pensado siquiera en quitarse el maquillaje. De seguro se llevaría una sorpresa cuando se despertara. Si es que lo hacía en un futuro cercano claro.

Sus ojos se enfocaron entonces en el único collar que el joven no se había quitado. El famoso medallón. Al parecer aquel objeto ya tenía cierta importancia para el príncipe. No se quejaba, claro, de hecho el detalle era… halagador por decirlo de alguna forma. Después de todo era su rostro el que se encontraba en aquel objeto.

-Seto- Al escuchar esto, su atención pasó del collar al rostro del joven. Los ojos carmesí del egipcio estaban entrecerrados, denotando que el príncipe aún tenía sueño.

Hubo silencio por unos momentos.

Yami se concentró en mirar al emperador. Se encontraba más dormido que despierto, pero pudo notar que el romano ya vestía una toga.

-¿Te vas?- preguntó en apenas un susurro. A decir verdad, no deseaba que el gobernante se fuera. El día anterior, el ojiazul había estado con él durante todo el día. Sería muy agradable si aquello se repitiera. Aunque por otra parte, ya tenía en claro que el romano tenía que cumplir con sus obligaciones.

Como respuesta recibió un asentimiento.

-Tengo varios asuntos pendientes - afirmó el ojiazul. Eso al parecer le hizo recordar un nuevo asunto. –Habrá un banquete hoy- anunció. Sí, desde días atrás, se había comenzado a preparar un banquete. Sin razón realmente, aunque estaba seguro de que a los invitados no había que darles una razón. Mientras hubiera vino, nadie se quejaría. Además, una de las mejores maneras de ganarse el agrado de la clase alta, era con la organización de banquetes.

-¿Banquete? ¿Debo asistir?- preguntó el joven, pareciendo un poco más lúcido. Aunque ahora, sus ojos estaban cerrados.

-Creo que eso es obvio- afirmó el castaño. Yami sonrió.

-Eso es un sí- susurró. Pero entonces, sus ojos se abrieron casi de golpe. Miró al ojiazul con cierta inseguridad. –Un banquete no es lo mismo que una bacanal, ¿o sí?- preguntó. Definitivamente, no deseaba volver a presenciar algo como eso. De hecho, había quedado tan atemorizado con aquella celebración, que ahora se negaba completamente a tomar aunque fuera un solo sorbo de vino.

-Habrá vino, por lo tanto personas ebrias. Nada más que eso- contestó el gobernante. Era cierto que algunos banquetes podían convertirse en orgías, pero eso claramente dependía del anfitrión. Obviamente, él no iba a permitir que eso sucediera.

Existían más detalles sobre los banquetes que no iba a explicarle al joven. Estaba muy seguro de que a Yami no le gustaría enterarse de que los invitados se provocarían el vómito para poder seguir comiendo sin parar. El egipcio no necesitaba saber cosas como esas. De por sí, las personas salían para vomitar, así que el ojirubí ni siquiera lo notaría.

–Empezará luego de ocultarse el sol. Y debes bañarte antes de ir, esa es la costumbre- explicó.

-Está bien- afirmó el joven, volviendo a cerrar sus ojos. Estaba tranquilo ahora. –Ahora… tan solo pretenderé que ésta almohada…- hizo una pausa, mientras abrazaba la almohada de la que hablaba. –…eres tú- finalizó, sonriendo ligeramente.

El emperador alzó una ceja. Definitivamente, Yami no estaba pensando con claridad. De hecho, era muy posible que el joven no hubiera entendido ni una sola palabra de lo que él había dicho.

Suspiró con cierta molestia. No tenía caso seguirle hablando al egipcio.

Se levantó de la cama, teniendo la intención de salir del lugar.

-Espera- llamó el príncipe.

-¿Ahora qué?- preguntó el ojiazul. No estaba realmente molesto con el joven, pero tampoco deseaba estar perdiendo el tiempo con alguien que obviamente estaba perdido en otro mundo. Tenía bastantes asuntos que atender ese día, así que entre más pronto comenzara, más pronto terminaría.

-Dame un beso- pidió el egipcio, abriendo ligeramente los ojos y centrándolos en los del castaño. –Solo un pequeño beso- agregó.

El emperador rodó los ojos. Si no hubiera estado cerca del joven durante el día anterior y toda la noche, podría jurar que el egipcio había tomado unas cuantas copas de vino, y que ahora naturalmente se encontraba ebrio.

Aún así, no expresó objeción alguna ante la petición del príncipe. Después de todo, probar los labios del joven no era algo desagradable en lo absoluto. Más bien era todo lo contrario.

Se inclinó entonces, besando al egipcio. Fue apenas un roce de labios, ligeramente apresurado. Pero de todas formas, Yami sonrió complacido. Por fin, volvió a cerrar sus ojos y se concentró en abrazar la almohada.

-Ahora me quedaré aquí… con la almohada Seto- susurró, dejando escapar un bostezo al terminar de hablar.

El ojiazul volvió a rodar los ojos. Definitivamente, Yami parecía estar ebrio.

No dijo nada más. De por sí el joven no comprendería palabra alguna. En cambio, caminó fuera del lugar.

Ese día tenía una reunión con el Senado, algo que no le emocionaba en lo absoluto. En la última ocasión en la que se había reunido con aquellos hombres, el resultado no había sido agradable. Había abandonado el lugar después de amenazar a todos los senadores. Y por segunda vez, la reunión había sido suspendida. Solo esperaba que ahora, nadie sacara el tema acerca de Egipto nuevamente. No estaba de humor para lidiar con eso. De hecho, cualquier asunto que incluyera al Senado lo ponía de mal humor.

Si pudiera hacerlo, acabaría con el Senado. Siempre había tenido roces y problemas con los senadores, así que verlos desaparecer sería un alivio enorme. Sin embargo, hacer algo como eso era sumamente riesgoso. Sí podía hacerlo, pero sería una acción casi estúpida. El Senado se refugiaba en la simple excusa de ser la voz del pueblo. Y así lo veían los habitantes. Por esa razón, quitarles el Senado era como quitarles un derecho. Obviamente, los romanos no estarían contentos de ver al Senado desparecer. Y lo último que deseaba, era que todo el pueblo estuviera regando rumores de que él era un cruel tirano. A su padre le había sucedido eso, no quería que con él se repitiera la misma historia.

-Señor- Miró a su derecha, notando a un hombre de cabello negros y ojos casi verdes. –Quería hablarle acerca del banquete-

-Adelante- le dijo el ojiazul. Imaginaba que el hombre tan solo deseaba hacerle saber que todo estaba en orden con el asunto del banquete. No podía haber errores, después de todo él era el anfitrión y los invitados eran las personas de la clase más alta en Roma.

-Solo quería repasar la lista de los diferentes detalles, para asegurarme de que no falte nada- informó, mirando con atención el papiro en sus manos, el cual contenía una larga lista. –Son doscientos invitados… doscientos dos incluyéndolo a usted y al príncipe. Cinco litros de vino por persona. Siete platos diferentes para la prima mensa (1), además del gustatio y la secunda mensa (2). En la parte de entretenimiento, habrá tañedoras de cítaras, bailarinas, mimos y cantoras. Y entre los regalos, que suman cerca de dos millones de sestercios, se encuentran esclavos, carruajes, utensilios de oro y también de plata, y lo demás será entregado en monedas- finalizó.

-Todo está completo- afirmó el ojiazul.

-Perfecto. Aparte de terminar de preparar la comida, todo está listo- anunció el hombre, al parecer satisfecho y aliviado al mismo tiempo. –Eso era todo lo que necesitaba. Me retiro- profirió, recibiendo un asentimiento como respuesta.

El gobernante siguió entonces con su camino. Debía salir a la ciudad ahora. La reunión con el Senado estaba pronta a comenzar. Y como siempre, el lugar de reunión era en la Curia Hostilia, en el Foro.

Esperaba que ésta vez sí se pudieran tratar todos los temas pertinentes. Así, podría olvidarse de tener que enfrentar a los senadores en al menos varios días. Después de todo, los encuentros del Senado en los que él debía de estar presente no eran tan seguidos. Ahora lo eran solamente porque habían pospuesto la reunión dos veces ya.

Y después de finalizado aquello, debía volver pronto, pues había aceptado reunirse con dos personas, las cuales por cierto, se sentarían cerca de él durante el banquete. Imaginaba lo que querían decirle, algo con lo que él estaba completamente de acuerdo.

Así que ese día sería sin lugar a dudas ocupado. Lo cual significaba, que seguramente podría ver a Yami hasta la hora del banquete.

Sinceramente, pensar en no ver al joven hasta entrada la noche le molestó en gran medida.

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Sabía bien lo que tenía que hacer. Se lo habían explicado claramente. Además, ya estaba acostumbrado a cumplir con esos tipos de trabajo. Un trabajo sucio sin lugar a dudas, pero que dejaba grandes ganancias. No importaba tener que hacer cosas como esas, si así podía tener más dinero.

De hecho, nadie antes le había pagado tanto por un servicio. Al parecer, cierto alguien estaba desesperado por hacer desaparecer al príncipe egipcio a como diera lugar.

Al menos, el trabajo que le habían encargado era fácil. El único problema era entrar a la villa imperial. Era muy obvio que el lugar donde residía el emperador estaría sumamente custodiado y protegido.

Sin embargo, ese día la seguridad se veía reducida. Debido a que habría un banquete, las personas entraban y salían casi con libertad, pues los guardias se limitaban a preguntar solamente quiénes eran y qué iban a hacer. No hacían más que eso, a diferencia de otros días, en los que fácilmente podrían registrar por completo a la persona que deseaba entrar. Era una gran ventaja que tal evento se llevara a cabo. Sabía bien que podía entrar fácilmente sin levantar sospecha. Pero para hacer más creíble el asunto, llevaba una bolsa grande con frutos.

Y ahora iba a comprobarlo. Estaba ya cerca de la entrada, donde en ese momento había dos guardias.

Caminó hacia ahí, intentando mantener un semblante relajado. Fuera como fuera, los trabajos como esos lo ponían nervioso.

-Nombre- ordenó de inmediato uno de los guardias.

-Aelius Celer Vedius- contestó, manteniendo la voz firme.

-¿Qué traes ahí?- preguntó el otro guardia, señalando la bolsa.

-Parte de la comida para el banquete- afirmó, abriendo el objeto y permitiendo que los soldados miraran su contenido.

-Nos dijeron que todo lo necesario ya había llegado- profirió un guardia, mirando al hombre con desconfianza.

-Se supone que debía de haber estado aquí desde hace mucho. Pero tuve un contratiempo- afirmó, no mostrando nerviosismo alguno. Aunque por dentro estaba inseguro. No había esperado que los guardias lo detuvieran por tanto tiempo. –Pueden revisar la bolsa si lo desean, o bien, pueden buscar en mis vestimentas. Lo único que traigo son estos frutos- agregó, dándole más credibilidad a su historia.

Ante esto, los guardias parecieron relajarse.

-Está bien. Pasa- Le permitieron seguir al fin.

Sin decir nada más, caminó, entrando al lugar. La parte más difícil del trabajo ya había terminado.

Al mirar bien el lugar, no pudo más que sorprenderse ante la belleza de éste. Jamás había estado allí, ni en algún lugar parecido.

Columnas de mármol adornaban el sitio. Una hermosa fuente que tenía en su centro una estatua de la diosa Venus, parecía dar la bienvenida. El piso pasó de pronto a estar cubierto con mosaicos detallados. Y las paredes estaban pintadas de manera exquisita.

Sonrió abiertamente, rastros de maldad asomándose a su rostro.

Sin dudas se encontraba en la villa imperial.

Ahora solo faltaba terminar con su trabajo.

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-No puedo creer que se me haya olvidado quitarme esto antes de dormir- murmuró el joven, mientras se pasaba un paño húmedo por el rostro. Alejó dicho objeto después de unos momentos, mirando el espejo que un esclavo sostenía cerca de su rostro. –Genial, no se quita- agregó con molestia, notando los rastros de pintura negra que aún podían apreciarse debajo de sus ojos.

Volvió a pasarse el paño, ésta vez con más fuerza.

Sinceramente, se sentía levemente avergonzado. Era muy obvio que el emperador lo había visto con el rostro manchado. Un milagro había sido que el ojiazul no comentara al respecto.

No recordaba con claridad lo que había sucedido en la mañana. El sueño le había impedido prestar la necesaria atención. Sabía que el castaño había hablado de un banquete. Pero para asegurarse, le había preguntado a uno de los esclavos que estaban allí, quien le confirmó que esa noche acontecería tal evento.

Recordaba además que el gobernante le había dicho que debía bañarse antes de ir al banquete. Por esa razón, no pensaba darse un baño en ese momento. De por sí, no faltaba mucho tiempo para que el atardecer se presentara.

Sí, había dormido bastante. Al parecer la emoción del día anterior lo había dejado agotado.

-Por fin- habló, cuando notó que las manchas negras habían desaparecido.

Se levantó de la cama, no deseando permanecer más tiempo sobre ella. De hecho, no quería quedarse en esa habitación. Moriría del aburrimiento.

Aunque si quería evitar problemas, sabía bien que debía quedarse allí.

Pero… ¿qué podría pasar? Tan solo quería caminar por el lugar y tal vez sentarse en medio de alguno de los bellos jardines. Y es que le encantaban los jardines, eran simplemente hermosos. Perfectos sitios para relajarse.

Sí, nada malo iba a suceder.

Tomó la decisión, y caminó fuera del lugar. Solo daría un paseo, y volvería a bañarse y alistarse tan pronto el sol se ocultara.

Pronto los pasillos lo rodearon. Por el momento no había nada realmente interesante de ver.

Así que se concentró en sus pensamientos.

Una sonrisa se formó en sus labios al recordar el día anterior. Había sido un día perfecto.

De manera inconsciente, tomó el único collar que rodeaba su cuello. No se lo había quitado para dormir, por eso aún lo tenía puesto. El medallón que el emperador le había comprado la mañana anterior.

No sabía por qué, pero el objeto ya era… especial para él. Tal vez por haber sido un 'regalo' del ojiazul, y claro, por tener el rostro y el nombre del castaño en él. Además, ahora ese collar le recordaba uno de los mejores cumpleaños que había tenido.

Todo el día había sido simplemente memorable. No podría olvidar nunca a aquella joven que se había acercado a darle una rama de olivo. Era imposible que olvidara las palabras que la chica le había dirigido. Luego, haber estado en el anfiteatro sería algo que recordaría siempre. Esa bella estructura, llena de personas que gritaban mientras miraban los combates de gladiadores. Y por último, el teatro, que sin lugar a dudas había sido su lugar favorito. No tanto por la presentación, que cabe destacar le había gustado en gran manera, sino porque tuvo la posibilidad de estar sumamente cerca del emperador en ese momento. Haber podido abrazarlo por tanto tiempo era un hermoso detalle.

Suspiró de pronto. Sabía muy bien que no podía pensar de esa forma. Simplemente no podía decir que estar cerca del ojiazul era especial. Estaba hablando del hombre que representaba la mayor amenaza para su pueblo. El mismo hombre que con solo pronunciar una palabra podía hacer que legiones enteras invadieran Egipto.

El hombre a quien más debería de odiar por haberle obligado a dejar toda su vida atrás. Si no fuera por el emperador, estaría con su familia ahora.

Aunque ahora, venía una pregunta. ¿Deseaba más que otra cosa en el mundo volver a Egipto? ¿Era ese su mayor anhelo?

Debería de serlo.

Entonces, ¿por qué no sentía aquella opresión que había sentido la noche en la que llegó a Roma? .Aquel deseo enorme de salir corriendo de ahí, hacia Egipto.

¿Por qué no se sentía mal? O mejor dicho, ¿por qué se sentía tan bien?

Alzó la mirada, no sabiendo realmente cómo responder a sus preguntas.

Notó hasta entonces que ya había llegado a uno de los jardines.

Por unos momentos, simplemente miró el lugar. Cada una de las estatuas que había ahí las miró. Cada hoja y cada flor. Era un lugar tan hermoso que podía fácilmente dejar atrás a cualquier jardín que había visto en Egipto.

Se movió luego, caminando hacia una de las bancas que había allí. Y tan pronto se sentó, los pensamientos volvieron a inundarlo.

Las mismas preguntas volvieron. Preguntas que no tenían respuesta. O que quizás si tenían… pero se negaba a aceptarlas.

Se mordió el labio. ¿Era eso acaso? ¿Se negaba a aceptar lo en realidad sentía? Pero de todas formas, ¿cuáles eran sus sentimientos?

Podía ser que… no, no podía. Simplemente no podía estar…

-Príncipe- Escuchó de pronto a alguien llamarlo. Sus ojos se dirigieron a su derecha. Y allí, encontraron a una persona, a quien no deseaba ver en ese momento. La reconoció de inmediato, era la misma joven que había estado en el teatro el día anterior. Aquella bella chica de ojos verdes. Perfecto, lo único que le faltaba. -¿No interrumpo?- preguntó la menor, notando al parecer el semblante poco amigable del ojirubí.

Con mucho esfuerzo, el egipcio logró torcer sus labios en una muy leve sonrisa. No quería ser descortés después de todo. Miró por unos segundos más a la joven. Ésta vez, la chica lucía el cabello amarrado en un moño. Vestía una túnica blanca y una especie de manta de un tono amarillo pálido, que le rodeaba los hombros. Se veía hermosa sin lugar a dudas.

-¿Puedo ayudarte en algo?- preguntó el ojirubí, intentando no sonar tajante. Ante su pregunta, la joven se sonrojó levemente.

-En realidad no…- contestó con notoria inseguridad. –Es solo que mis padres están con el emperador, así que me dejaron sola- intentó explicar. Aunque sus palabras tan solo hicieron que una llamarada de enojo se encendiera dentro del ojirubí. ¿Por qué los padres de esa joven estaban con Seto?

-¿Con el emperador?- preguntó, recibiendo un asentimiento por parte de la menor. -¿Y por qué razón?- interrogó, decidiendo ir directo al punto.

Pero para su gran molestia, la joven se sonrojó profundamente ante la pregunta.

-No… no lo tengo en claro realmente- contestó de manera nerviosa. –Lo siento si he interrumpido. Creo que es mejor que me vaya- agregó luego, al parecer notando que el egipcio no estaba muy contento con su presencia.

Yami se mordió el labio. A decir verdad, si bien estaba molesto, la joven no tenía toda la culpa. Además, no quería quedar mal frente a alguien que obviamente se había ganado ya el agrado del gobernante.

-Espera- llamó, haciendo que la menor detuviera sus pasos. –Me haría bien algo de compañía- afirmó. Había dicho la verdad ésta vez. Moriría del aburrimiento si no encontraba a alguien con quien hablar.

-¿Lo dice enserio?- preguntó la joven, al parecer más relajada.

Yami sonrió de manera sincera, y asintió. Aún no estaba del todo feliz, pero haría un esfuerzo. Además, la chica parecía ser agradable.

-Gracias, príncipe- le dijo la joven, tomando asiento al otro lado de la banca en la que se encontraba el egipcio. –Pensé que iba a tener que quedarme sola, esperando a que mis padres regresaran- comentó, sonriendo ligeramente. -¿Eres de Egipto, cierto?- preguntó entonces.

Yami asintió.

-Así es- contestó luego.

-¿Es muy diferente a Roma? Las costumbres y todo eso?- interrogó la joven con curiosidad.

-Muchas cosas son diferentes. Hay algunos detalles ligeramente similares pero son escasos. Con decirte que hasta la forma de comer es distinta- contestó el ojirubí. No podía negarlo, era un alivio tener a alguien con quien hablar.

-¿De verdad? ¿Cómo comen allá?-

-Sentados- afirmó el egipcio. La joven pareció muy sorprendida ante esto.

-¿Sentados?- preguntó, casi incrédula.

-Sí. Me ha costado adaptarme a comer acostado. Siempre termina doliéndome el brazo después de recostar la cabeza en él por tanto tiempo- comentó el egipcio. La joven rió ligeramente, aunque aún se notaba sorprendida.

-Es extraño pensar en comer sentado- habló. Se notó luego insegura con respecto a lo que diría luego. –En Roma también se usa comer así pero…- se detuvo, no sabiendo realmente si era buena idea decir lo siguiente.

-¿Pero?- insistió el ojirubí.

-Bueno, no quiero ofender ni nada parecido. Es solo que aquí, solo las personas muy pobres comen de esa forma- afirmó. Yami la miró sorprendido ahora. –Espero no haberte ofendido- susurró la chica, bajando la mirada.

-Claro que no. Si esa es la costumbre aquí, no hay ningún problema- le dijo. Sinceramente, comenzaba a disfrutar de aquella conversación. La joven era realmente agradable.

-Me pregunto qué haría el emperador si fuera a Egipto alguna vez… y tuviera que comer de esa forma- murmuró la joven, sonriendo abiertamente. Yami dejó escapar un par de risas ahora. Tan solo imaginar el semblante del ojiazul al saber que debía comer como 'un pobre' se le hacía gracioso.

-No comería del todo. Lo conozco, su orgullo no se lo permitiría- afirmó. La joven le sonrió.

-Llegaste a Roma hace pocos días. Pero, ya lo conoces muy bien, cierto?- preguntó, refiriéndose al emperador. Yami guardó silencio por unos segundos.

-Podría decirse que sí. Aunque estoy seguro de que tú lo conoces mejor que yo- le dijo al fin. Era obvio que si el ojiazul le permitía a la chica llamarlo por su nombre, ella debía de ser una persona cercana al gobernante. Sabía bien que el emperador no permitiría que cualquiera lo llamara de esa forma.

La menor se sonrojó ante la afirmación. Pero de inmediato negó con la cabeza.

-A decir verdad, casi no lo conozco. De hecho, ni siquiera he tenido una verdadera conversación con él. Aparte de saludos y despedidas, no he realmente intercambiado más palabras con el emperador- explicó. El príncipe la miró sorprendido. Le costaba creer las palabras de la chica. Después de todo, había visto claramente la mirada que el ojiazul le dirigió a la joven el día anterior. Fue una mirada familiar, casi de aprecio.

No pudo evitar que una ola de enojo lo invadiera al pensar en esto. Solo él tenía derecho a que el emperador lo mirara con aprecio.

-Pero su trato hacia ti es…-

-¿Amable? Lo sé- interrumpió. –Es… extraño recibir ese tipo de trato, considerando que el emperador tiende a tratar a todas las personas con indiferencia. Pero no tengo ni idea de por qué es así conmigo… tal vez por Mokuba… no lo sé- comentó.

-¿Mokuba? ¿Lo conoces?- preguntó, notando cómo la joven se sonrojaba a más no poder. Solo pudo alzar una ceja ante esto. Se le había hecho curioso que la joven mostrara esa reacción ante el nombre del hermano del gobernante.

-Sí- fue la respuesta. Pero entonces, su semblante cambió de avergonzado, a casi nostálgico. -¿Sabes algo? Es gracias a Mokuba que siento un enorme respeto y aprecio por el emperador- afirmó, juntando sus ojos con los carmesí del egipcio. –Es un gran hombre y un excelente hermano- susurró luego, ganándose una mirada confundida de parte del príncipe. Por eso, tal vez, decidió explicar sus palabras. –Mokuba me dijo una vez que durante su niñez, nunca tuvo cerca a su madre ni a su padre. Fue su hermano quien siempre estuvo a su lado- profirió, sonriendo levemente. -Me dijo que siempre que tenía pesadillas, Seto era quien lo reconfortaba durante toda la noche si era necesario- afirmó, utilizando el nombre del gobernante ésta vez. –Es difícil de creer, pero Mokuba jamás mentiría- finalizó.

Yami se mordió el labio, no sabiendo cómo reaccionar ante aquella información. Era difícil, tal y como había dicho la chica, creer algo como eso. Imaginar al castaño reconfortando a alguien, aunque fuera a su hermano, era casi imposible.

-¿Sabes cómo eran sus padres?- preguntó. Quería saber aquello, pues deseaba averiguar si había alguna razón para que el ojiazul hubiera optado por asesinarlos. O si simplemente lo había hecho por codicia y sed de poder. Había tenido esa inquietud en su interior por varios días ya. Pero claro, jamás le preguntaría sobre ese asunto al gobernante.

-No lo sé. Aunque he escuchado decir a mis padres que el anterior gobernante… era muy cruel y…- se detuvo, bajando la mirada.

-¿Y?- La joven suspiró.

-No sé si es mi lugar estar diciendo éstas cosas, príncipe- afirmó al joven, la inseguridad irradiando de sus ojos.

-¿Por qué no? ¿Es algo… tan malo acaso?- preguntó el egipcio. La chica lo miró, notando al parecer la insistencia que mostraban los ojos carmesí del príncipe.

-Dicen que estaba… tú sabes… insano- pronunció la última palabra en apenas un susurro. –No sé a qué se referirán exactamente con eso. Seto se convirtió en emperador cuando tenía dieciocho años, así que en ese entonces yo apenas tenía siete. Y…-

-¡Claudia!- Aquella exclamación detuvo de inmediato las palabras de la chica.

Una mujer, de tal vez treinta o treinta y cinco años se acercó. Vestía una túnica blanca y una estola verde. Además, un bello collar de oro decoraba su cuello. Sus cabellos eran rubios y su peinado consistía en un moño alto.

Yami la miró, notando de inmediato los ojos púrpura de la mujer. Eran ligeramente parecidos a los de su hermano, Yugi. Un poco más oscuros solamente.

-Ahí estás, te he estado buscando…- La mujer detuvo sus palabras, tan pronto notó al príncipe. –Por Júpiter y Venus, había escuchado que eras atractivo. Pero no imaginé que tanto- expresó, al parecer reconociendo al egipcio. Aunque claro, su manera de vestir era un distintivo bastante obvio.

En tan solo unos segundos, la mujer ya se había colocado frente al joven.

-Príncipe, es un honor conocerlo. Mi nombre es Mai Appia Lucilia… pero puedes llamarme Mai solamente- se presentó. Miró entonces a la chica. –Y ésta bella joven es mi hija, Claudia Appia Lucilia… pero con Claudia es suficiente- afirmó.

Yami asintió, un tanto anonado por el repentino cambio de eventos.

-Un gusto. Mi nombre es Yami…-

-¡Lo sé! Toda Roma sabe quién eres, querido- interrumpió la mujer. –Lo juro, éste lugar cada día se llena más de hombres sumamente atractivos…-

-¡Mamá!- exclamó la joven, al parecer avergonzada de que la mujer fuera tan… abierta al manifestarle al egipcio que pensaba que era atractivo.

-¿Qué? Es verdad. ¿O lo vas a negar?- le dijo la mujer, mirando a su hija con una mirada de 'tú sabes de lo que estoy hablando', que le trajo un pronunciado sonrojo a la chica. –En fin. Es hora de irnos, Claudia. Tu padre nos está esperando- afirmó. Dirigió su atención al egipcio luego. –Un placer, príncipe- le dijo. Yami asintió solamente.

La joven se puso en pie.

-Fue un gusto hablar contigo. Espero que nos volvamos a ver- le dijo, sonriéndole al príncipe.

-Lo mismo digo- contestó el joven. A decir verdad, ya no podía sentirse molesto con la chica. De hecho, por lo que la menor le había dicho, su relación con el gobernante no era tan cercana como él había pensado. Perfecto, entonces el día anterior se había enojado por nada.

Suspiró, mirando a ambas mujeres alejarse.

Ahora, era otro el asunto que ocupaba su mente.

Las palabras de la joven le daban vueltas por la cabeza. ¿Había juzgado mal al ojiazul acaso? ¿De verdad existía una razón para que el gobernante hubiese asesinado a sus padres? Y sobre todo, ¿podía ser cierto lo que había dicho la chica? ¿Que el padre del emperador había sido un hombre cruel, dominado por la locura?

No podía saberlo. Si bien podía decir que la joven no mentía, no sabía si sus padres lo hacían. Tal vez habían dicho eso del anterior emperador por el simple hecho de que no estaban de acuerdo con su forma de gobernar.

Suspiró. El único que podía aclarar aquella duda era el emperador. Pero no sabía si preguntarle algo como eso era correcto. No era su asunto después de todo.

Se puso en pie. Había notado ya que el atardecer llegaría pronto. No deseaba llegar tarde al banquete, así que era mejor salir de ahí.

El jardín pronto se convirtió en pasillos. En realidad no se detuvo a mirar sus alrededores. Estaba muy concentrado en sus pensamientos. La nueva información lo había dejado aturdido. A su mente venían miles de posibilidades de lo que podía haber hecho el anterior gobernante para que las personas lo hayan catalogado de cruel. A decir verdad, cada posibilidad que se acercaba a su mente le traía mucha inseguridad. Después de todo, Seto era el hijo de ese hombre.

Sacudió la cabeza de inmediato, al comprender su pensamiento. Era casi estúpido pensar que el ojiazul podría parecerse en cualquier forma a ese hombre que aquella joven le había descrito.

Suspiró. Fuera como fuera, el emperador ya era un asesino. Con razón, o sin razón, había acabado con la vida de dos personas. ¿Cómo lo había hecho? ¿Les había dado una muerte rápida o agonizante?

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. El solo pensar en el emperador asesinando con sus propias manos era perturbador y atemorizante. No lo había visto desde ese punto de vista hasta ahora, pero dormía al lado de un asesino todas las noches.

Si bien el ojiazul no le había dado razón alguna para temerle, aquel pensamiento logró hacerlo por él.

No quería temerle al castaño, de verdad no quería. Pero no podía evitarlo ahora que bien lo pensaba.

Había sabido desde días atrás que el ojiazul había matado a su padre y a su madre. Empero, había procurado no darle importancia al asunto. Pero al parecer ya no podía evitarlo.

Definitivamente, para calmar sus nervios, debía de preguntarle al emperador acerca de ese asunto. El problema era que no podía hacerlo. Su posición no era esa, y lo último que deseaba era que el ojiazul terminara disgustado con él. Habían arreglado los problemas entre ambos, y no quería perder ese logro.

De pronto, sus pensamientos fueron interrumpidos, cuando su brazo izquierdo chocó contra algo… o alguien.

-Distraído. No me sorprende, príncipe- Rodó los ojos, no creyendo su suerte. Esto era lo último que le faltaba en ese momento.

Miró a la mujer de ojos verdes, pensando por unos segundos en salir corriendo de ahí.

-Aún tienes el descaro suficiente para hablarme- profirió con enojo, decidiendo enfrentar a la mujer.

-¿Sigues molesto? Y yo que pensaba que ya podíamos empezar a ser buenos amigos- se burló Minerva.

-Eso no sucederá jamás. No después de lo que hiciste- afirmó. La mujer rodó los ojos, al parecer ya harta de lo mismo.

-Voy a ser sincera contigo. No tengo nada contra ti. Pero lo que quiero lo consigo sin importar cómo. No fue mi culpa que tú estuvieras en el medio, estorbando- comentó la mujer, colocando con su mano izquierda un mechón de cabello detrás de su oreja. Como de costumbre, su peinado consistía en un moño, pero había mechones que estaban sueltos. Uno a cada lado de su rostro.

-¿A qué te refieres con eso?- interrogó el egipcio, sintiéndose ligeramente confundido.

La mujer sonrió.

-Verás, tiempo atrás escuché que el emperador es excelente en la cama. Así que, naturalmente, quise averiguar si esto era verdad- pronunció, sintiéndose satisfecha al ver el semblante sorprendido y tal vez hasta inseguro del egipcio. –Estando ya cerca de terminar en el cama con él, llegaste tú. Y claro, como eras una responsabilidad que le correspondía al emperador…-

-¡No soy una simple responsabilidad!- interrumpió el joven, completamente indignado.

-¿Entonces, qué eres?- preguntó con calma la mujer.

Yami abrió su boca para responder, pero ninguna palabra escapó. No se había detenido a pensar en eso. ¿Qué era él para el ojiazul?

Minerva sonrió complacida.

-Imaginé que esa sería la respuesta, el simple silencio. Eres parte de un acuerdo político. ¿Qué más puedes ser entonces sino una labor con la que el emperador debe cumplir?- le dijo.

El egipcio guardó silencio nuevamente. Sus ojos carmesí permanecieron enfocados en el suelo, como si éste tuviera algo interesante que decir. Sinceramente, pensar en ser una simple tarea para el emperador… le dolía. Le dolía en gran manera, y no entendía por qué. ¿Qué más daba lo que simbolizara él para el ojiazul? Lo único que debía importarle era la razón primordial por la que estaba allí, por su pueblo y su familia. Entonces, ¿por qué le dolía pensar que las palabras de Minerva podían ser ciertas?

¿Qué era exactamente lo que le estaba sucediendo?

-Ahora si me permites, continuaré con lo que estaba diciendo antes de que me interrumpieras- habló Minerva. Si bien era cierto que no tenía nada en contra del egipcio, debía admitir que era sumamente divertido ver a todo un príncipe rebajarse a un simple joven atemorizado ante sus palabras. –Llegaste solamente a estorbar, así que debía quitarte del camino primero para poder conseguir lo que quería. Por eso te llevé a la bacanal. Sabía muy bien el enojo que esto le causaría al emperador. Y claro, ¿quién estuvo allí para ayudarlo a olvidar todo el asunto que causaste? Yo, claramente- afirmó.

Yami alzó la mirada, no queriendo creer lo que aquello significaba.

-¿Tuviste…?- empezó a preguntar.

-¿Sexo con él? Sí, durante casi toda la noche- interrumpió la mujer.

El egipcio volvió a bajar la mirada. Aquella afirmación le había dolido mucho más. ¿Por qué? No lo sabía. Estaba en Roma, era normal que el emperador se acostara con quien le diera la gana. Por los dioses, aún en Egipto el faraón podía tener sexo cuando quisiera y con quien quisiera. Entonces, ¿por qué aquella información había sido tan fuerte y dolorosa como un golpe?

-Y tal como había escuchado, el emperador es excelente en la cama- escuchó a Minerva decir aquello, y un nudo se formó en su garganta como consecuencia. –Pero estoy segura de que ya sabes eso- agregó la mujer.

De pronto, la mano de Minerva había tomado el mentón del joven, obligándole a alzar el rostro.

El egipcio la miró a los ojos, no importándole ya si la mujer lograba detectar su inseguridad.

-¿Pero qué veo?- preguntó Minerva, al parecer dándose cuenta de un detalle al mirar al joven. –El emperador aún no te ha tocado sexualmente- afirmó, notando como los ojos del príncipe mostraban leve sorpresa, pero reconocimiento. Era cierto entonces lo que había afirmado.

Miró con falsa lástima al joven.

-¿No te desea acaso? Bueno, he de admitir que tu cuerpo no es el más hermoso que he visto- le dijo, soltando al egipcio. Sus ojos recorrieron toda la imagen del joven. –No, definitivamente tu cuerpo no es nada especial- afirmó.

Yami apretó los puños. Se sentía mal emocionalmente, pero el último comentario de la mujer le había traído enojo. Era una mezcla de sentimientos tan grande, que si Minerva decía una sola palabra más, sabía que nada bueno sucedería. Demasiadas cosas tenía ya en la cabeza para seguir soportando aquello.

-Tus ojos son bellos, eso no puedo negarlo. Aunque tu cabello no es la mejor obra de arte- continuó la mujer.

Y hasta ahí llegó la paciencia del egipcio. Ya era demasiado. Así que no pudo controlarse.

De un solo empujón, lanzó a Minerva contra la pared. Le importaba muy poco si era una mujer con la que estaba tratando. Ya había ido demasiado lejos.

-¡Cállate de una vez! No quiero seguir escuchando- profirió, mirándola con ojos que destellaban casi fuego. De hecho, pudo ver la sorpresa que inundó los ojos verdes de la mujer.

Le tomó con fuerza el cuello del vestido, y la jaló hacia él, para después volver a empujarla hacia la pared. Para su satisfacción, la mujer dejó escapar un leve quejido.

-Escúchame bien, Minerva. Estoy cansado de tus palabras… de tus burlas. Ya no quiero seguir escuchándote- habló en apenas un susurro, mostrando un semblante completamente serio. Él también podía ser intimidante, quizás más que el mismo emperador. Su solo tono de voz lo comprobaba. –No tengo por qué aguantar tus comentarios - Sin siquiera notarlo, lágrimas de frustración bajaban ya por sus mejillas. No entendía por qué esa mujer insistía en hacerlo enojar. Ya estaba cansado de esa situación.

-¡Suéltame!- exclamó la mujer, intentando con sus dos manos deshacer el agarre que tenía el ojirubí sobre su vestimenta. Pero sus manos se alejaron, cuando nuevamente, el egipcio la jaló hacia adelante y volvió a empujarla hacia la pared. No había esperado una reacción tan violenta de parte del joven.

-No quiero volver a escucharte. Si dices una sola palabra más yo…- se detuvo, respirando con fuerza. Lo que dijo luego, fue algo meramente inconsciente. –¡Te juro que te mataré!- alzó la voz entonces, sacudiendo de nuevo a la mujer.

-¡Suficiente!- De inmediato el egipcio detuvo sus acciones al escuchar eso. De hecho, su cuerpo entero pareció paralizarse al reconocer aquella voz. –Suéltala- escuchó que le ordenaban. Miró entonces a su derecha.

El emperador estaba allí, a unos cuantos pasos de distancia. Y era muy fácil darse cuenta de que el ojiazul estaba sumamente enfadado.

Sus ojos carmesí se centraron en Minerva luego, quien lo miraba con una sonrisa triunfal.

La soltó entonces, alejándose unos cuantos pasos de ella. Bajó la mirada y cerró los ojos fuertemente, esperando un golpe o un grito por parte del emperador.

A su punto de vista, era obvio que el enojo del castaño estaba dirigido hacia él. Después de todo él era quien había estado golpeando a la mujer, y quien gritó que iba a matarla. No era enserio claro, jamás se atrevería a hacer algo como eso. Pero el enojo había hablado y no pudo hacer nada para evitarlo.

-¿Cuánto veneno has de lanzar para quedar satisfecha?- escuchó aquella pregunta. Confundido, abrió sus ojos. Y para su gran sorpresa, entendió que el emperador no le hablaba a él. De hecho, parecía ser que el enojo del rey no estaba siquiera dirigido a él.

-¿De qué hablas? ¡Ese egipcio estaba lanzándome contra la pared! Tú mismo lo viste- se defendió la mujer. No había esperado que el emperador defendiera al príncipe.

-¿Y esperas que crea que Yami hizo eso sin razón?- preguntó, ganándose una mirada sorprendida por parte de Minerva. Haber escuchado al ojiazul pronunciar el nombre del egipcio le aseguraba que el emperador estaba del lado del príncipe. -¿Por quién me tomas?- interrogó el castaño, sus ojos mostrando completa frialdad, que ciertamente lograron intimidar a la mujer.

-No puedes juzgarme de esa forma- afirmó Minerva, intentando salir avante de aquella situación. Estaba acostumbrada a salirse con la suya en todo, así que esto era un gran cambio de eventos.

-¡Después de todo lo que has hecho tengo todo el derecho de juzgarte!- exclamó el emperador, perdiendo la paciencia. Su mano derecha se encontró contra la pared, al lado de la cabeza de la mujer. Luego, el gobernante se acercó, su rostro casi tocando el de Minerva.

-Ahora sé que fuiste tú quien llevó a Yami a la bacanal. Será mejor que no vuelvas a hacer algo como eso, Minerva, o te arrepentirás- susurró, pronunciando el nombre de la mujer casi con burla. Las demás palabras, iban teñidas con un tono de amenaza. -Sabes muy bien no permito que una acción en mi contra quede sin su respectivo castigo. Lo que hiciste, si bien fue de forma indirecta, fue en mi contra- afirmó, manteniendo la misma distancia con la mujer, sus rostros cerca de tocarse. Sus ojos azules continuaron centrados en los inseguros de Minerva. –Pero al parecer, ésta vez me siento bondadoso. Sin embargo, si te vuelvo a ver cerca de Yami, podría considerar decirle a tu esposo lo que has hecho con muchos hombres ya. Y bien sabes lo que eso significaría- finalizó.

-No lo harías- susurró la mujer, por fin mostrando temor.

-¿Eso crees?- preguntó con sarcasmo el ojiazul. –Adelante entonces. Puedo comprobártelo ahora mismo si eso deseas-

-No puedes creerle a ese egipcio ciegamente- dijo, intentando al parecer buscar alguna excusa que pudiera ayudarle.

-No es un mentiroso, si eso es lo que quieres decir- afirmó el emperador. Al fin, alejó su rostro del de la mujer, para mirar hacia donde estaba el príncipe, quien en ese momento se secaba con su mano las lágrimas que había dejado escapar. Sus ojos carmesí se encontraron con los azules del gobernante. –Lo conozco mejor que eso- dijo entonces el castaño, notando cómo el semblante del egipcio cambiaba, por uno que parecía demostrar algo cercano al agradecimiento y la incredulidad.

Apartó su mano de la pared, negándose ahora a volver a mirar a la mujer.

-Desaparece- ordenó con voz firme, no dejando más espacio para necedades.

-Como desees- contestó la mujer, con altanería. Dio varios pasos, que la llevaron a estar al lado del príncipe.

-No es a mí a quien debes temer, alteza- susurró, procurando que solo el egipcio la escuchara. –Cuídate. En Roma nunca estarás a salvo- aconsejó, con sarcasmo o de manera sincera, no era seguro. Aunque la primera opción parecía ser la más acertada.

Y después de esas palabras, la mujer se alejó.

Yami la miró irse, sintiendo inseguridad ante sus últimas palabras. Pero tan pronto la mujer desapareció de su vista, su atención se enfocó en el ojiazul.

Lo que hizo luego, fue una acción completamente automática e inconsciente. Ni siquiera notó que sus piernas se movían. Lo único que supo, fue que de pronto sus brazos rodeaban la cintura del gobernante. Lo abrazó con fuerza, como si de eso dependiera la vida. No sabía por qué razón necesitaba de la cercanía del ojiazul, pero ni siquiera se detuvo a pensarlo.

Cerró sus ojos fuertemente, a su mente llegándole unas simples palabras.

-"Abrázame…por favor, abrázame"- pidió dentro de sí, necesitando por alguna razón sentir los brazos del gobernante alrededor de su cuerpo. –"Le has dado consuelo a tu hermano… puedes hacer lo mismo conmigo"- afirmó en su mente.

Pero el emperador no lo abrazó. Como siempre, le permitió abrazarlo, pero él no lo abrazó de vuelta.

De hecho y ahora que lo pensaba, el ojiazul nunca lo había abrazado. Sí, tal vez lo rodeaba con sus brazos cuando compartían un beso. Y sí, la noche anterior mientras miraban la obra en el teatro le había rodeado los hombros con su brazo. Pero un verdadero abrazo aún no había recibido.

Le dolió pensar en eso, pero era cierto.

Suspiró, alejándose del gobernante. No tenía caso seguir esperando algo que jamás ocurriría.

-Gracias- agradeció sin embargo, pues fuera como fuera el ojiazul lo había defendido.

-¿Estás bien?- preguntó el castaño, al parecer notando el semblante decaído del menor.

-Estoy bien- afirmó el egipcio. Decidió entonces cambiar el tema. –Tengo que ir bañarme. Ya casi anochece- anunció.

-Vamos, yo también debo bañarme- respondió el romano. Yami asintió, manteniendo la mirada centrada en cualquier lugar que no fuera los ojos del gobernante.

Caminó entonces al lado del emperador. No intercambiaron palabras, ni caminaron de la mano como ya tenían casi acostumbrado.

Yami por su parte estaba perdido en sus pensamientos. Demasiadas cosas habían ocurrido de pronto. Apenas si estaba analizando bien la situación.

Recordó lo que Minerva le dijo, y miro al suelo casi de inmediato. Seto había tenido sexo con ella, la noche en la que él había ido a la bacanal. Aquella información era la que resaltaba entre todo lo demás. Y es que por alguna razón que no podía comprender, se sentía sumamente dolido por esto. Sabía bien que no tenía derecho de sentirse así, pero no podía evitarlo.

-Señor- escuchó esto, que parecía ser parte de un rápido saludo.

Alzó la mirada, sus ojos buscando a la persona que había hablado.

Y ojos negros lo recibieron.

Su cuerpo de pronto se quedó completamente paralizado. Lo único que pudo hacer, y de manera inconsciente, fue tomar el medallón con fuerza. Un fuerte escalofrío recorrió todo su ser.

Pronto, el dueño de esos ojos le pasó al lado, siguiendo tranquilamente por su camino.

Yami lo siguió con la mirada, sintiéndose aún casi aterrado. No entendía lo que estaba sucediendo.

-¿Seguro que estás bien?- le preguntó el gobernante, notando el agarre del joven sobre el medallón. Al parecer el egipcio hacía eso seguido.

El príncipe salió al fin de aquel estado al escuchar la voz del ojiazul. Sus ojos carmesí se alejaron de la espalda de aquel hombre que apenas se veía ahora. Y en cambio, se centraron en el emperador.

-Sí, estoy bien- contestó, asintiendo para confirmar sus palabras.

Aunque estaba claro que había mentido.

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(1)Prima mensa: era el plato fuerte, por decirlo de alguna forma

(2)Gustatio y la secunda mensa: entradas y postres

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Magi: capítulo 13! Ya voy avanzando n.n

Primero que nada. Un aviso importante. Hoy entré a carrera en la universidad (finalmente -.- Las generales son una mísera pérdida de tiempo). Y como soy tan estudiosa (de hecho fue un momento de estupidez que tuve ¬¬) se me ocurrió llevar 6 materias al mismo tiempo. Así que no sé cómo estaré de tiempo durante las siguientes 16 semanas (es decir, un cuatrimestre… estoy poniendo muchos paréntesis, ¿no?). El punto es, que si no actualizo un lunes, ya saben por qué. Aunque haré hasta lo imposible por seguir actualizando semanalmente, pero no prometo nada.

Sin embargo, aproveché mis últimos días de libertad. Ya empecé a editar el lemon… bueno, de hecho lo empecé a escribir de nuevo. No me gustó el original así que quiero cambiarlo. Y también escribí el capítulo 21 y ya estoy terminando con el 22 n.n Solo diré que habrá grandes (enormes) sorpresas.

Según lo que he calculado, creo que el fic tendrá unos 27 capítulos. No es seguro, estoy conjeturando. Pero es lo que calculo ahora que llegué al capítulo 22.

En fin! Pasando al tema central. Aclaraciones. Los romanos tenían tres nombres, el praenomen, nomen y cognomen. Pero no me voy a meter en detalles con esto, porque ni yo lo entiendo bien. Pero por eso Mai(es la Mai del anime, por si las dudas) dio tres nombres, al igual que Aelius. Si se quería ser formal, se daban los tres nombres. Claramente, los nombres son inventos míos y no tengo idea de lo que significan. Se supone que eso dependía de la gens a la se pertenecía entre otros enredos. Pero aquí todo es inventado. Aunque tengo entendido que solo un nombre distinguía a una persona de los demás integrantes de la familia, por esa razón, Mai y Claudia tienen dos nombres iguales.

Luego, eso de que los romanos vomitaban durante los banquetes se supone que era cierto. Aunque no se por qué muchos dicen que el lugar donde lo hacían se llamaba Vomitorium. El Vomitorium era el pasaje de acceso a los teatros y anfiteatros, no tenía nada que ver con vomitar -.-U

Sobre lo que edité. Cambié la parte donde Yami le grita a Minerva que iba a matarla. Intenté darle más seriedad como me pidieron. Espero que lo haya conseguido.

Por cierto! Tenía que haberlo dicho capítulos atrás, pero se me olvidó por completo El cunnilingus es el sexo oral a la mujer, y la felación es al hombre.

Y creo que eso sería todo.

Agradecimientos a Mitsuki Asakura, mariANA, niko-chan, Kimiyu, Elsa Agabo, Azula1991, yoyuki88, Atami no Tsuki por sus reviews!

Ja ne!