Flor de loto

Capítulo 14

-No entiendo por qué debo aprender a escribir. Hay personas que pueden hacerlo por mí- se quejó el niño, mirando al joven que se encontraba a su lado. Se cruzó de brazos luego, para enfatizar su molestia, al tiempo que continuaba caminando por aquellos pasillos.

-No puedes depender siempre de los demás, Mokuba- afirmó el joven, sus ojos azules centrándose en los del menor.

-¡Pero solo tengo siete años! Decius es injusto conmigo- insistió.

-Es tu maestro, debes respetarlo- le dijo el ojiazul.

-Lo sé. ¿Y por qué debo aprender a leer? Hay personas que pueden hacerlo por mí- se quejó de nuevo. El joven suspiró, deteniéndose y haciendo que el menor hiciera lo mismo. -¿Seto?- preguntó el niño con confusión, uniendo sus ojos grisáceos con los azules del joven.

-¿Y por qué aprendiste a hablar? Hay personas que pueden hacerlo por ti- profirió entonces el ojiazul, una leve sonrisa triunfal asomándose a su rostro.

El menor parpadeó varias veces, su semblante cambiando a uno indignado.

-Muy inteligente, hermano. Pero no le veo la gracia- afirmó, al notar que el joven parecía estar a punto de reír. Como respuesta, el ojiazul le desordenó el cabello con su mano. –¡Hermano no hagas eso! Mi cabello es mi mayor atractivo- le dijo el menor, tocando sus mechones con orgullo.

El joven alzó una ceja.

-Eres un niño, Mokuba. No estás en edad de preocuparte por eso- comentó.

-¡Tú lo has dicho, hermano! Solo soy un niño, por lo tanto leer y escribir aún no es para mí- afirmó el menor, asintiendo con la cabeza varias veces.

Esta vez el ojiazul rodó los ojos. Iba a decir algo más, cuando notó a un hombre que se acercaba, un guardia a juzgar por su vestimenta. El hombre, al verlo, se detuvo.

-El emperador solicita su presencia de inmediato- habló el hombre.

Mokuba lo miró por breves segundos. Luego, sus ojos volvieron a posarse sobre su hermano. Su semblante decayó levemente al notar la seriedad y hasta frialdad que de pronto se mostraba en el ojiazul. No le gustaba ver a su hermano así. No parecía ser el Seto que siempre había conocido.

-Debes ir- habló entonces. –Voy a practicar mi escritura. Sino Decius va a matarme- agregó luego, acercándose y rodeando con sus brazos la cintura del ojiazul en un abrazo, el cual de inmediato fue correspondido.

-Practica la lectura también- le dijo el castaño. El menor suspiró, separándose del joven.

-Como digas, hermano- profirió de mala gana. Y sin decir otra palabra, se alejó.

Caminó unos cincos pasos, cuando por unos segundos se detuvo, mirando hacia atrás y notando a su hermano, quien caminaba con el guardia a sus espaldas.

Su semblante entristeció. Su hermano estaba cambiando. Su personalidad cada día le parecía diferente.

Se preguntaba si su padre tendría algo que ver en el asunto.

Suspiró, mientras caminaba por aquellos pasillos. A decir verdad no tenía nada más que hacer. Así que como siempre, su mente analítica había empezado a trabajar.

Por mucho tiempo se había hecho la misma pregunta, del por qué su hermano había cambiado tanto. Claro, antes, el ojiazul era solo un adolescente, tal vez al entrar a la madurez cambió.

Aún así, estaba casi seguro de que su padre tenía algo que ver.

No que el cambio fuera exageradamente malo, claro que no. Pero de todas formas, el Seto que había conocido cuando aún era un niño había desaparecido. Y las personas no cambian sin razón. Ahora ver a su hermano sonreír era casi un milagro y escucharlo reír ya era algo extinto. Antes, era todo lo contrario. Debía admitir que extrañaba eso.

Cualquiera podría decir que el estrés de ser emperador de un imperio como Roma podría hacer que cualquiera cambiara. Pero él sabía bien que el cambio había empezado mucho antes de que Seto se convirtiera en emperador. No estaba seguro de cuándo exactamente había comenzado. Pero podía decir que Seto tenía cerca de quince años.

Tenía la leve sospecha de que su padre, el anterior gobernante, había tenido cierta culpa en todo aquello. No podía afirmarlo, pues a decir verdad ni siquiera había conocido bien a su padre. Y la razón de esto era simple. Su hermano había intentado por todos los medios alejarlo de aquel hombre. Él no era tonto, había notado claramente cómo Seto evitaba que él se acercara a su padre. Y a su madre también.

Nunca había cuestionado las acciones de su hermano, pues si algo tenía en claro era que el ojiazul no haría nada para lastimarlo.

Por eso exactamente, era que pensaba que su padre tenía algo que ver en todo aquel asunto.

Había escuchado los rumores. Estaban en todas partes. Las personas murmuraban entre ellas acerca del anterior gobernante. Decían que aquel hombre estaba loco. Por supuesto que había escuchado todo aquello.

Aunque siempre se negó a creerlo. Era muy fácil hacerlo. Toda su niñez la vivió dentro de aquel lugar. No sabía lo que sucedía fuera del palacio. Por supuesto que era sencillo creer que los rumores no eran ciertos.

Sí, nunca había conocido bien a su padre ni a su madre. Pero sinceramente, no le había hecho falta esto. Durante su niñez solo necesitó a su hermano. Era él quien estaba a su lado siempre, era él con quien reía y jugaba. En edad, Seto era nueve años mayor que él, pero aún así, si el ojiazul tenía que jugar de manera infantil solo por él, lo hacía sin pensarlo. Algo muy contrastante con su actual personalidad.

Podría decirse que desde los quince años su hermano había empezado a cambiar. Pero sin lugar a dudas, fue un día en específico el que marcó la nueva personalidad del actual emperador.

Seto tenía dieciocho años, lo que significaba que había alcanzado la edad suficiente para servir en el ejército, que era de diecisiete años.

Le había costado mucho trabajo ver a su hermano partir. Pero más trabajo le había costado verlo regresar. Pues con el regreso del ejército se había esparcido la noticia de que el emperador había muerto.

Al haberle preguntado a su hermano lo sucedido, el ojiazul había insistido en que su padre había muerto en medio de la batalla.

Pero entonces, venían los rumores. Los había escuchado, y no podía evitar que le infundieran temor. Por supuesto que había escuchado a las personas decir que su hermano había asesinado a su padre. Y por más que intentaba negarlo, no podía hacer más que prestarle atención al asunto. Y es que las acciones del ojiazul aquel día parecían confirmar los rumores. Nadie más lo había visto en ese momento, solo él.

Y por primera vez en toda una vida, había sentido miedo hacia su hermano.

Abrió la puerta, entrando a la habitación del ahora emperador. No había tenido la oportunidad de hablar con su hermano desde que éste regresó, después de haber servido en el ejército por primera vez.

Necesitaba hablarle, pues ya le habían confirmado que su padre había muerto. Y no solo eso, ya había escuchado a más de una persona murmurar de que su muerte había sido un asesinato. Y lo peor, es que según ellos, su hermano era el asesino.

Se negaba a creer esto, pero de todas formas necesitaba escuchar al ojiazul decir con sus propias palabras que aquellos no eran más que simples rumores.

Iba a avanzar hacia donde estaba su hermano, pero se detuvo bruscamente al notar el estado del nuevo gobernante.

Seto estaba sentado en la cama. Aún vestía con su armadura, con la coraza de bronce y las grebas. En su mano derecha se encontraba una copa, de la cual estaba bebiendo en ese momento. Y cuando terminó de hacerlo, estiró su brazo, haciendo que un esclavo se acercara de inmediato, trayendo en sus manos una jarra. Vació entonces parte de su contenido en la copa. Fue entonces obvio que el líquido que cayó dentro de la copa era vino.

Se sintió inseguro entonces. Al haber visto los ojos de su hermano, había logrado captar cierto brillo inusual en ellos. Casi podía afirmar que el joven estaba… ebrio.

Y no solo eso, había otro detalle que sin lugar a dudas le dejaba en claro que su hermano había tomado demasiado alcohol.

Una mujer de cabellos negros se encontraba acostada en el regazo del ojiazul. Ésta reía a cada segundo, mientras que también sostenía una copa en su mano.

-Hermano- se atrevió a hablar, caminando al fin hacia donde estaba el ojiazul.

-¿Qué quieres, Mokuba?- preguntó el castaño, mirando hacia el frente y no hacia el chico.

-Hermano… ¿estás ebrio?- interrogó el menor, la incredulidad notándose en sus palabras. Nunca pensó que vería a su hermano en ese estado.

-¿Importa eso?- respondió el ojiazul. Para sorpresa del menor, el nuevo emperador comenzó a reír después de esto, seguido de cerca por la mujer, quien al parecer ni siquiera había notado la presencia del chico.

-Estás ebrio- afirmó entonces. Era obvio, después de escuchar aquella risa, que el vino había afectado a su hermano.

-¿Qué es lo que quieres?- insistió el castaño, utilizando un tono de voz firme y casi frío que jamás había sido dirigido al menor.

-Necesito hablar contigo. Es importante- afirmó. Aún le costaba creer que la escena frente a él fuera real. Jamás pensó que vería a su hermano actuar de esa forma. –Hermano, por favor- agregó, al ver que el ojiazul no tenía intenciones de siquiera moverse. No pudo evitar entonces que un pequeño grupo de lágrimas se acumularan en sus ojos. Seto siempre había sido casi un héroe para él, y ahora, verlo así y escuchar además los rumores de que él había matado a su padre, era un duro golpe.

El castaño rodó los ojos, pero pareció ceder. Colocó entonces su mano en uno de los hombros de la mujer, y la jaló levemente, haciendo que ésta se alejara y terminara sentada a su lado.

-Lárgate- le ordenó.

-Pero estamos divirtiéndonos, querido- se quejó la mujer, encargándose de alejar varios mechones castaños del rostro del ojiazul.

-Lárgate- repitió el joven, deteniendo las acciones de la mujer al tomar con su mano el brazo de la otra.

-Está bien, como tú digas- aceptó al fin, levantándose de la cama. Le dio su copa a uno de los esclavos, y caminó resignada hasta la salida del lugar, tambaleándose en más de una ocasión. A medio camino claro, se encontró con Mokuba. Sus ojos verdes se centraron en los grisáceos del chico por breves segundos. Pero luego, sin decir una palabra, la mujer prosiguió con su camino, saliendo del lugar en poco tiempo.

El chico esperó a que la mujer desapareciera. No tenía idea de quién podría ser aquella joven, que podría tener tal vez unos veinte o veinticinco años. Pero sinceramente, eso no era importante.

-¿Qué querías decirme?- preguntó el ojiazul de pronto.

El menor suspiró. A decir verdad, aquella situación era incómoda. Simplemente no sentía que estaba tratando con su hermano.

-¿Cómo murió nuestro padre?- interrogó, decidiendo ir directo al punto. Su hermano no estaba en condiciones de entenderle si hablaba con rodeos.

-Acabo de llegar, ¿y así es como me recibes?- preguntó con sarcasmo el castaño.

-Hermano, deja de hablar en preguntas. Fue un gran alivio ver que volviste a salvo. Pero necesito saber que le sucedió al emperador- insistió el chico.

-Está frente a ti. Yo soy el emperador ahora- afirmó el joven, mirando la copa en su mano, como si ésta tuviera algo interesante que decir.

-Seto, sabes bien a lo que me refiero. Nuestro padre murió, tengo derecho de saber por qué-

-En una guerra las personas mueren. Eso es normal- comentó el ojiazul.

-Entonces… murió…-

-Murió en la batalla- interrumpió el castaño.

-¿Dónde está su cuerpo?- preguntó el chico.

-¿Cómo he de saberlo?- interrogó el ojiazul, su mirada aún centrada en la copa, la cual ahora movía en forma circular.

-Se supone que estarías a su lado en el frente de batalla. Además, estamos hablando de un gobernante. No se puede simplemente dejar su cuerpo allí como si fuera un soldado cualquiera- reclamó, dejando al fin que las lágrimas comenzaran a caer. No creía las palabras de su hermano, le sonaban completamente falsas. Pero si de verdad eran falsas, eso significaría que los rumores sí eran ciertos. –Hay rumores que dicen que… ¿qué sucedió allá, hermano? Dime la verdad- pidió.

Pero sus palabras parecieron enfurecer al joven, quien se levantó de su lugar, y lanzó la copa que tenía en su mano. El sonido de ésta al chocar contra el suelo, sobresaltó de sobremanera al menor.

-¡Ya te lo dije, Mokuba! ¡Murió como mueren muchos en una guerra!- exclamó, caminando hacia el chico, quien por simple reflejo, dio pasos hacia atrás.

-¿Por qué te has embriagado entonces? ¡Esta reacción deja mucho que desear!- profirió el menor, sintiendo temor por primera vez hacia su hermano, pero encontrando el coraje suficiente para hacerse escuchar. -¡Las personas… los mismos soldados dicen que nuestro padre fue asesinado! Y no por el enemigo, sino por uno de los suyos!- gritó.

-¡Rumores solamente!- exclamó el castaño. El menor negó con la cabeza.

-¡Mientes! Te conozco bien, hermano. ¿Por qué te enojarías conmigo de esta forma si tus palabras fueran ciertas?- preguntó. Tomó aire, decidiendo pronunciar algo que de seguro haría enojar a su hermano aún más. -¡Lo asesinaste tú! ¡Asesinaste a nuestro padre!- Por fin lo dijo. De inmediato notó como una llamarada de rabia inundó los ojos azules del otro.

-¡Cállate!- ordenó el castaño, con tanta furia que hizo que el menor diera más pasos hacia atrás con rapidez. Pero una exclamación de dolor escapó de la boca del chico cuando la pared detuvo sus pasos con violencia.

Sus ojos grisáceos se encontraron con los de su hermano. Tenía mucho miedo ahora. Nunca, jamás, había visto al ojiazul actuar así. No podía negarlo, sentía que estaba mirando a los ojos a un asesino. Y el olor a alcohol definitivamente no ayudaba en el asunto.

Dos manos se colocaron a ambos lados de su cabeza, sobre la pared.

-¿Qué has hecho, Seto? ¿Por qué lo has hecho? ¿Sed de poder, codicia?- preguntó en apenas un susurro, permitiendo que las lágrimas volvieran a caer. Sí, tal vez nunca había conocido a su padre. Pero jamás había esperado esto de su hermano.

-No digas eso- habló el ojiazul, su voz sonando sorprendentemente temblorosa.

El menor volvió a juntar sus ojos con los del otro. Pudo jurar entonces que había dolor en esos ojos azules.

-Todo lo que hecho en mi vida… ha sido por ti. Soy tu hermano mayor, mi deber es protegerte. No, no es un deber siquiera, es algo que hago con gusto- afirmó, sus ojos suavizándose.

-¿Qué quieres decir con eso?- preguntó el menor, su voz quebrándose levemente.

El ojiazul suspiró, negando con la cabeza.

-Tienes tan solo nueve años. No espero que lo entiendas- afirmó.

Hubo silencio entonces.

El menor bajó la mirada, no sabiendo realmente qué hacer luego.

-Hay algo que debes tener en claro. Y eso es que nuestro padre fue… un gran hombre- habló el ojiazul. Al parecer, le fue difícil pronunciar las últimas tres palabras. -Murió en la batalla, Mokuba- afirmó luego, alejándose del lugar, y caminando hacia la cama.

El chico se mantuvo donde estaba por algunos momentos. A decir verdad, una verdadera vorágine de pensamientos y sentimientos inundaba su mente.

Necesitaba pensar con paciencia y claridad. Y obviamente, aquel no era el lugar propicio para eso.

Así que sin decir una sola palabra más, salió rápidamente de allí.

Después de ese día, le fue difícil a ambos volver a hablarse siquiera. Pasó un buen tiempo antes de que todo volviera a normalizarse. Ahora, sabía quién era la mujer que había estado con el ojiazul, acostada en su regazo. Minerva, claramente. La mujer había andado detrás del castaño tan pronto éste se convirtió en emperador.

Con mucho esfuerzo, había creído en las palabras de su hermano. Aún con los rumores que iban y venían.

Además, aquello que el ojiazul le había dicho se le había quedado grabado en su mente. A pesar de saber que su hermano había estado ebrio cuando dijo aquello, podía afirmar que el castaño había estado consciente de sus palabras.

Y si bien era un hermoso detalle saber que su hermano se preocupaba tanto por él, no le gustaba pensar que todo… absolutamente todo lo que hacía el ojiazul era por él. Quería que su hermano viviera su propia vida, sin tener que estar pensando en protegerlo a él a cada momento.

Deseaba que su hermano dejara de pensar en buscar la felicidad de otro, en éste caso la suya, y empezara a buscar su propia felicidad. Eso era lo que quería.

Y entonces… Yami había llegado. No pudo evitar sonreír al pensar en el egipcio. Había visto claramente el aprecio que su hermano sentía por el príncipe. Tal vez su hermano intentaba esconderlo, pero para él era fácil ver aquello. Después de todo, conocía muy bien al gobernante.

No podía creer ahora que él se había opuesto a la propuesta egipcia.

Ahora que lo pensaba, recordaba que Seto le había dicho claramente que solo aceptaba aquello por curiosidad, pero que era definitivo que no sellaría ningún acuerdo con los egipcios. En palabras simples, en un inicio, Yami había llegado ahí para nada. El ojiazul simplemente pensaba mandarlo de regreso uno o dos días después de su llegada.

De hecho, su hermano le había dicho tiempo atrás que la propuesta de los egipcios era estúpida. Pero aparentemente, su opinión cambió tan pronto miró a Yami por primera vez.

Fue muy obvio a su punto de vista, que el egipcio captó la atención de su hermano desde el primer segundo, algo que nadie antes había podido hacer. Por los dioses, Yami aún era virgen. Esa era la mayor prueba de todas. Nueve días habían pasado y el emperador aún no había tocado al joven. Tan solo eso ya era casi un milagro.

Sonrió ligeramente. De verdad, quería que su hermano aceptara el trato con Egipto. Después de todo, el pueblo romano no parecía estar molesto con todo ese tema. Algunos senadores eran quienes se oponían solamente.

-Mokuba- Alzó la mirada al escuchar esto. Y la sorpresa lo inundó al reconocer a la persona que lo había llamado.

-Claudia- pronunció el nombre de la joven, mirando los ojos verdes de ésta. -¿Qué haces aquí? Es decir… no es que me moleste verte ni nada… es todo lo contrario. Es solo que me sorprende… y- Se detuvo, al darse cuenta de que estaba hablando como idiota. Perfecto, ¿por qué siempre tenía que actuar como tonto frente a aquella joven?

Pero la menor tan solo rió.

-Mis padres están en el banquete y me pidieron acompañarlos. Aunque yo no voy a estar presente en el banquete… así que no sé por qué me obligaron a venir- explicó, ligeramente sonrojada.

-Quieres decir que… ¿vas a estar aquí hasta que el banquete termine?-preguntó, procurando que la emoción no se notara en su voz.

-Sí- contestó la joven.

-En ese caso… puedo darte algo de compañía si quieres- ofreció, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba. Una reacción típica que tenía cuando aquella joven estaba cerca.

-Claro, me encantaría- afirmó la chica, sonriendo abiertamente. Pero se sonrojó profundamente, cuando el joven la tomó de la mano.

-Vamos- le dijo el chico, quien también estaba ligeramente sonrojado. La menor asintió, apretando ligeramente su mano contra la del joven.

Por unos segundos, Mokuba miró a la chica. Definitivamente, él ya había encontrado su felicidad. Ahora, solo faltaba que su hermano encontrara la suya.

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Estaba molesto, sumamente molesto. La vista frente a él no era una que apreciara en lo absoluto.

Había terminado por fin de alistarse para el banquete. Y al haber entrado nuevamente a su habitación, se había encontrado con Yami, quien estaba sentado en la cama, mirando al vacío. Nuevamente, los ojos del joven estaban rodeados de kohl. No lucía muchos collares, tan solo aquella pirámide invertida de oro y el medallón. Y de vestimentas lucía tan solo un faldellín con una tela roja en el frente. Le había dicho al joven que no debía de alistarse con mucha formalidad. Después de todo, tan solo iban a un banquete.

Aunque ya lo conocía lo suficiente como para saber que algo molestaba al joven. Aquel rostro con el ceño ligeramente fruncido y aquellos ojos sumidos en la concentración le decían que el egipcio estaba teniendo alguna especie de batalla mental.

El asunto no debía importarle, era problema del ojirubí solamente. Pero no pensaba llevar al príncipe al banquete luciendo así. Las personas con más poder económico en el imperio estarían ahí. Lo último que deseaba era que Yami tuviera puesta esa expresión durante todo el banquete. Así que el significado de aquello era simple, debía de resolver el problema.

Y es que aún mientras se bañaban, el menor se había mantenido en completo silencio.

De pronto, el egipcio alzó la mirada, al parecer notando al fin que alguien había entrado al lugar.

Se levantó de inmediato, listo para salir de ahí.

-Siéntate- ordenó sin embargo el gobernante.

-Pero…- intentó decir el ojirubí, la confusión irradiando de sus ojos. ¿No debían ir al banquete ya? De lo contrario llegarían tarde.

-Siéntate- insistió el emperador, su tono de voz escuchándose ligeramente más autoritario.

De manera casi inconsciente, el joven volvió a sentarse. No entendía lo que sucedía, pero no pensaba ir en contra de la palabra del ojiazul.

Con mucha confusión, se limitó a mirar al castaño acercarse, quien vestía una toga sumamente simple de color blanco. No dijo nada más. No había nada que decir de todas formas. Además, a decir verdad, no tenía ganas de hablar.

Lo sucedido tanto con Minerva como con Claudia rondaba aún por su mente. Tenía demasiadas dudas, y algunas de ellas lo hacían sentir decaído. Sinceramente no tenía ánimos de salir de aquel lugar siquiera. Si por él fuera, se quedaría allí, durmiendo. Claro, existía la posibilidad de preguntarle al ojiazul y aclarar el enredo que había en su mente. Pero no podía considerar aquello como una opción. Era demasiado… riesgoso.

El emperador de pronto estuvo sentado a su lado. Pero aún así, se negó a mirarlo.

-Algo te molesta- afirmó el ojiazul, sorprendiendo al egipcio.

El príncipe mantuvo la mirada alejada del gobernante. Mas ahora un pensamiento nuevo llegó a su mente. ¿Estaba preocupado el ojiazul acaso?

-No es nada- afirmó en un susurro. No podía hablar de aquello que le molestaba.

-Y ahora mientes- insistió el castaño, mirando la reacción del joven ante sus palabras. El cuerpo del joven pareció tensarse, denotando que sin lugar a dudas el ojirubí había mentido.

El menor suspiró.

-No quiero hablar de ello- sentenció.

-¿Tiene algo que ver con el incidente con Minerva?- preguntó el ojiazul.

Yami suspiró nuevamente. ¿Por qué el gobernante insistía con ese tema?

Sin embargo, asintió sin pensarlo. Aunque claro, tan pronto se dio cuenta de lo que había hecho, maldijo en silencio.

-Minerva va a estar en el banquete- anunció el emperador.

De inmediato, el egipcio dirigió su mirada hacia el castaño, la sorpresa y molestia creciendo en sus ojos. No podía ser cierto. Lo último que quería ahora era tener que enfrentar nuevamente a esa mujer.

-¿Qué te dijo?- preguntó entonces el ojiazul, refiriéndose claro a Minerva.

Yami se mantuvo en silencio por unos momentos. De verdad, no quería hablar de eso. No porque no lo deseara, sino porque no quería hacer enfadar al gobernante. Ahora, procuraba siempre tener precaución con respecto a lo que hablaba con el ojiazul, pues no quería que lo sucedido luego de la bacanal se repitiera.

Además, debía admitir que hablar acerca de lo que Minerva le había dicho se le hacía incómodo.

-No me hagas ordenarte hablar- amenazó el emperador.

Esta vez, el egipcio se mordió el labio. Perfecto, el ojiazul ya lo estaba obligando.

Ahora tenía dos opciones. Hablar, o esperar a que el gobernante tuviera que enfadarse para hacerlo.

La primera opción era sin lugar a dudas la más conveniente.

-Es solo que…- intentó decir. No le gustaba hablar de temas sexuales, pero debía hacerlo. -¿Me deseas?- preguntó al fin, juntando sus ojos con los del emperador. El castaño mantenía un semblante completamente neutral, pero era fácil encontrar rastros de sorpresa en sus ojos. –Ya sabes… sexualmente- agregó entonces. Se sentía realmente incómodo haciendo una pregunta como esa. Pero aquello era algo en lo que no podía dejar de pensar. Pues fuera como fuera, no sabía si Minerva había tenido razón. Después de todo, aparte de besos, el ojiazul no había hecho ningún avance de carácter sexual.

Y el pensamiento de no ser un objeto de deseo para el emperador… no le gustaba. Esa era la verdad. Pues si bien aún no se sentía listo para perder su virginidad, si quería que el ojiazul lo quisiera de todas las formas posibles.

Sí, así era, y sería estúpido seguir ocultando aquello. Era mejor aceptarlo y vivir con ello.

-¿Minerva te dijo que no te deseo?- preguntó el castaño, con lo que Yami creyó eran pinceladas de incredulidad tiñendo su voz. Pero no podía estar seguro.

Así que lo único que hizo, fue apartar su mirada de la del otro y asentir.

-Y le creíste- le dijo el ojiazul, en lo que parecía ser una afirmación y no una pregunta.

-Bueno… aparte de besos no hemos…- se detuvo, no sabiendo realmente cómo continuar.

-Si te dijera en este momento que tengamos sexo, ¿aceptarías?- Yami abrió sus ojos en impresión ante la pregunta.

La respuesta a ella era simple. Una negación. Claro que no aceptaría. Nuevamente, no se sentía listo para el sexo. ¿Pero, por qué al gobernante le importaba su opinión? Después de todo, él estaba ahí para complacer al emperador. Debía de cumplir con todo lo que el ojiazul le pidiera, sin cuestionar.

-Esto no se trata de lo que yo quiera- afirmó, la frustración asomándose en sus facciones. Definitivamente, ahora no tenía libertad en muchos aspectos.

-Eso es un 'no'- profirió el ojiazul.

-Eso es un 'no tengo libertad para escoger'. Es tan simple como eso- comentó el egipcio, cerrando los puños. Sabía bien que estaba hablando de más, pero no podía evitar que las palabras salieran de su boca.

-Ahora resulta que te trato como un esclavo- habló el gobernante, el enojo empezando a notarse en sus ojos.

-Nunca dije eso. Pero no miento cuando digo que mi posición aquí es de mucha menor importancia que la tuya- afirmó. Sí, no había duda, estaba hablando de más. –Sé bien que no soy un esclavo. En ningún momento me has hecho sentir como uno. Pero… está claro que si deseas tener sexo conmigo puedes hacerlo. No tienes que detenerte a pensar si eso es lo que yo deseo o no- explicó, esperando que ahora hubiera dicho lo correcto.

Y pareció hacerlo, pues fue visible que el enojo del ojiazul se extinguió en ese instante.

-Demasiado tarde- murmuró el gobernante, mirando al frente. Aquella situación era fuera de lo común. Normalmente, solo con Mokuba mostraba tanta paciencia y hablaba de esa forma. Según su carácter, aquella faceta que mostraba en ese momento era su lado 'amable'. No era común para él mostrar ese rasgo de su personalidad. –Ya me detuve a pensarlo- afirmó luego, la sinceridad siendo muy obvia en sus palabras.

Yami lo miró, no creyendo casi lo que estaba escuchando. Parecía ser que el emperador se estaba… abriendo con él.

Sonrió ligeramente. Aquello era un gran logro. Un logro muy positivo.

-¿Por eso no has intentado… tú sabes, tener sexo conmigo? ¿Porque piensas que no lo deseo?- preguntó, la incredulidad notándose con facilidad.

-Y no lo deseas- afirmó el ojiazul.

Yami se mordió el labio, pensando cuidadosamente en las palabras que diría luego. Si bien no entendía con claridad lo que era el sexo, sabía bien que aquello era una unión muy profunda. ¿Y quería tener aquello con el ojiazul? ¿Una unión cercana, tanto física como mental? Por supuesto que sí.

La conclusión entonces era simple. Claro que deseaba tener sexo con el emperador. Aunque sabía lo que eso significaría. Le daría su virginidad al ojiazul. Pero a decir verdad, aquello simplemente sonaba correcto.

-Sí lo deseo- habló al fin, mirando al suelo. Podía sentir ahora los ojos del gobernante sobre él, pero no quería que el ojiazul notara el pronunciado sonrojo que inundaba sus mejillas. –Solo pienso que aún es muy pronto- afirmó, no sabiendo cómo más podía explicar aquello.

El emperador simplemente miró al joven. Creía entender lo que Yami había querido decir. Al parecer, el egipcio quería que su primera relación sexual fuera especial. ¿Pero, cómo podía hacer él que una situación de esas fuera 'especial'? Era solo sexo, nada más que eso. No era la gran cosa a su punto de vista. De hecho, pensaba que Yami se estaba haciendo un gran enredo en la mente por algo casi estúpido. El sexo era sexo. Algo puramente físico y nada más. No había nada 'especial' en eso.

-Minerva mintió- afirmó entonces. Era muy obvio que sí deseaba a Yami sexualmente. Por los dioses, ¿quién no desearía a un joven tan bello?

-Ahora lo sé- contestó el ojirubí, alzando la mirada y sonriendo de manera disimulada.

Pero la sonrisa duró poco, cuando otro asunto vino a su mente. Minerva no solo había dicho que el ojiazul no lo deseaba, también había asegurado que ella y el emperador habían tenido sexo.

Suspiró por tercera vez. Aquello era algo que no pensaba preguntarle al gobernante. Con quién tenía sexo y con quién no, no era su asunto. Eso ya estaba muy en claro. Por supuesto que le dolía pensar en que las palabras de Minerva podían ser ciertas, pero no iba a mencionar el tema. Simplemente lo ignoraría, podía hacerlo. Era fácil ignorarlo… ¿cierto?

-Seto- llamó de pronto al gobernante. Ahora, solo quedaba un último asunto por resolver. Aunque no estaba seguro de si estaba cruzando la línea. -¿Cómo era… tu padre?- preguntó, en un tono bajo de voz, casi temiendo la reacción del ojiazul.

Y de hecho, aquella reacción no fue nada buena.

La mirada del gobernante pareció oscurecerse y su semblante endureció. Se levantó de inmediato de la cama, sin dejar de mirar al egipcio con sumo enojo.

-¡No tienes derecho de preguntar algo así!- exclamó, sobresaltando al ojirubí.

-Pero yo solo…-

-¡Pero nada!- interrumpió el emperador. -¡Ese no es tu asunto!- continuó, su mirada fría paralizando por segundos al egipcio. Era la misma mirada que el gobernante le había dirigido el día después del asunto con la bacanal. Aquella mirada que no deseaba ver nunca más.

Venía ahora una enorme interrogante que lo llenaba de inseguridad. ¿Había arruinado todo nuevamente?

-Lo siento, no quise…- intentó disculparse. Quería encontrar una manera de arreglar lo que él había causado.

-¡Solo cierra la boca!- de nuevo el emperador cortó con sus palabras. El ojirubí cerró sus ojos con fuerza. Debía de hacer algo, no podía arruinar todo nuevamente. Todo había estado perfecto, y debía seguir perfecto.

No sabiendo qué más hacer, se levantó, teniendo en claro de antemano que estaba cruzando sus límites. Después de todo, acercarse al gobernante mientras éste se encontraba en ese estado era una clara advertencia de que podría terminar con otro golpe en la mejilla.

Lo mejor en ese momento era mantener distancia. Pero no podía hacer eso.

Con mucha cautela, y tal vez hasta inseguridad, tomó la mano izquierda del ojiazul con ambas suyas. Le sorprendió ver que el castaño no alejó su mano.

-Seto, lo siento- afirmó. Había sido una verdadera estupidez mencionar aquel asunto. Pero sinceramente, no había esperado que el gobernante reaccionara de esa forma.

Hubo silencio después de esto. Yami se limitó a bajar la mirada, esperando impaciente lo que sucedería luego. Esperaba un golpe, o bien un grito. Pero definitivamente esperaba recibir solo enojo por parte del gobernante.

Por esa razón, se sorprendió al escuchar la respuesta del ojiazul, pronunciada en un tono de voz realmente calmado.

-No vuelvas a mencionar ese tema- A pesar de que aquellas palabras fueron dichas en un tono casi bajo de voz, estaba claro que la frase era una orden, y no una simple sugerencia.

-No lo haré- afirmó de inmediato el ojirubí, ejerciendo fuerza de manera inconsciente sobre su agarre en la mano del gobernante. –No debí preguntar algo así. No es mi asunto- comentó luego.

-Tienes razón, no es tu asunto- habló el ojiazul, negándose a mirar al egipcio.

El semblante del egipcio decayó al notar esto.

-Seto, lo siento- se disculpó de nuevo, atreviéndose a recostar su cabeza contra el brazo del castaño. –No tenía idea que ese tema era…-

-Cualquier tema que sea personal no te incumbe- interrumpió el gobernante, rastros de enojo notándose de nuevo en su voz.

Yami suspiró. A decir verdad, nuevamente se sentía dolido. ¿Pero qué esperaba? Las palabras del ojiazul eran ciertas. Él no tenía derecho de meterse en los asuntos personales del emperador. No era esa su posición.

Soltó entonces la mano del castaño. Había arruinado todo sin lugar a dudas.

-Creo que es mejor irnos- susurró, manteniendo la mirada baja. Se atrevió a caminar entonces, queriendo acabar con el tenso ambiente. Aunque claro, eso no haría que la opresión que sentía en el pecho se evaporara. Dio cuatro pasos, cuando la voz del ojiazul lo detuvo de golpe.

-Le dije a Mokuba que era un gran hombre- Se dio la vuelta sorprendido, casi no creyendo lo que había escuchado. ¿Estaba el castaño hablando de su padre acaso?

-¿Seto?- preguntó, completamente confundido. No había esperado aquello. Caminó de nuevo, ésta vez hacia el gobernante.

-No sé por qué lo hice, si sabía bien la clase de hombre que era nuestro padre- continuó el ojiazul, con lo que Yami pudo interpretar como culpa.

Nuevamente, el egipcio tomó la mano del gobernante. Se sentía realmente mejor ahora. Pero de todas formas, las palabras del castaño no eran las más positivas. Al parecer, lo que Claudia le había dicho acerca del anterior emperador era cierto.

-Tal vez… tan solo querías proteger a Mokuba- afirmó, logrando que al fin el gobernante lo mirara. –Ya sabes, mostrarle un mundo donde todos fueran 'buenos', sin maldad de ningún tipo- explicó, sonriendo ligeramente, al notar rastros de sorpresa en los ojos del otro. –Yo solía hacer eso con mi hermano… hasta que un día me dijo que dejara de tratarlo como si fuera un bebé- susurró, riendo luego.

-Si no mal recuerdo, Mokuba me dijo algo parecido… en más de una ocasión- afirmó el castaño. Yami rió de nuevo, mirando al ojiazul con lo que parecía ser calidez. Aparentemente, ambos tenían más cosas en común de lo que había pensado.

No pudo evitar querer estar más cerca del castaño en ese momento. Así que enredó sus brazos alrededor del cuello del gobernante, y juntó sus labios con los del otro.

Para alivio de Yami, el emperador correspondió la caricia casi de inmediato.

El beso fue ligeramente diferente ésta vez. Sin lugar a dudas, había algo más… dulce en aquella caricia. Tal vez hasta especial.

Después de unos momentos, el egipcio se separó.

-¿Nunca te lastimó, cierto?- preguntó entonces, su voz teñida casi con preocupación.

-Tal vez un par de amenazas y algunos gritos, nada más- fue la respuesta.

-Es bueno saberlo- afirmó el joven, con notoria sinceridad. Se acercó de nuevo, juntando nuevamente sus labios en un beso corto.

-Se está haciendo tarde- anunció de pronto el ojiazul.

Yami asintió.

-Vamos- habló, tomando la mano del castaño en la suya. Sinceramente, le gustaba caminar de la mano con el gobernante.

-Sobre Minerva… puedo sacarla del banquete- ofreció el ojiazul.

-No. No quiero causar más problemas. Puedo ignorarla, será fácil- contestó el ojirubí, sonriendo abiertamente.

-Como quieras- finalizó el castaño, caminando hacia la salida del lugar, siempre de la mano del egipcio.

Yami suspiró en alivio. Todo se había arreglado al final. No podía negarlo, estaba feliz por esto. No solo porque aquello podía afectar a su pueblo, sino porque a él personalmente le causaba felicidad.

¿Y es que para qué negarlo? Un fuerte sentimiento parecía estarse formando en su interior. Un sentimiento que sin lugar a dudas estaba dirigido al emperador.

Aunque si este sentimiento era para bien o para mal, no lo sabía aún.

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Magi: pude actualizar! Pensé que no tendría tiempo -.- Solo en una mísera tarea de matemática perdí cuatro horas y media de mi vida T.T Y esperen a que me dejen las primeras tareas de contabilidad… no entiendo nada de nada xD Solo la clase de administración parece tener sentido O.o Pero supongo que iré acostumbrándome n.n

En fin, basta de habladurías. Por si las dudas, actualicé también Mente frágil.

Creo que para este capítulo no hay aclaraciones.

Agradecimientos a Mitsuki Asakura, yoyuki88, Azula1991, DaffnezzitaxD, niko-chan, Atami no Tsuki, Carmin Diethel, Yami224 por sus reviews!

Y me despido. Tengo clase de computación en unas horas así que estoy media apurada xD

Ja ne!