Flor de loto
Capítulo 15
-A decir verdad tengo muchos hermanos- habló el egipcio. -Mi padre tiene dos esposas, además de las concubinas. Pero Yugi es el único cercano. Crecimos juntos así que es al único a quien considero un hermano- agregó el joven, su mirada perdida en los pasillos.
Caminaban en ese momento hacia el banquete.
Yami había decidido tocar el tema de su familia. Lo consideraba apropiado ya que el emperador le había hablado de su padre, de manera rápida pero de todas formas lo había hecho.
-¿Y eres el único que tiene un cabello tan... peculiar?- preguntó el ojiazul, mostrando rastros de burla en sus ojos, algo ya muy típico de él.
El menor rodó los ojos.
-Solo Yugi tiene un cabello parecido al mío. Pero el de él no tienes éstos…- Se detuvo, tocándose con una mano los mechones rubios que se alzaban con el demás cabello. -…mechones- finalizó, bajando entonces su brazo. –En realidad él y yo somos parecidos. Aunque sus ojos son color amatista y su estatura es más baja que la mía- explicó luego.
El ojiazul alzó una ceja, casi con incredulidad.
-¿Qué es entonces, un enano?- interrogó. Ante esto, Yami soltó el agarre que mantenía en la mano del castaño. Cuando estuvo libre, se cruzó de brazos, dirigiéndole una mirada molesta al gobernante.
-¿Sabes algo? Tal vez tú eres muy alto- afirmó. Por unos momentos hubo silencio, en los que el ojiazul se dedicó a mirar al egipcio de arriba abajo, casi analizándolo con la mirada.
-No. Mi estatura es perfectamente normal- habló al fin. –No es mi culpa que seas exageradamente bajo- agregó.
-¿Exageradamente bajo? Seré bajo, pero no es algo exagerado- se quejó el joven, completamente indignado.
-No sabía que los faraones eran gobernantes enanos- continuó el ojiazul, ignorando al egipcio, quien miró con sorpresa y enojo al castaño.
-Y yo no sabía que los emperadores romanos eran gigantes- remató el menor.
-Como sea- murmuró el gobernante, terminando con la pequeña discusión.
Yami solo sonrió, mostrando profunda diversión en sus ojos. Era sin lugar a dudas relajante tener aquellas peleas falsas con el ojiazul.
Detuvo sus pasos, logrando que el emperador detuviera los suyos. Se dio media vuelta, quedando frente al castaño. Y sosteniéndose de los hombros del otro, acercó su rostro, terminando la distancia al juntar sus labios con los del gobernante en un beso corto. Sin lugar a dudas, ya le gustaba hacer eso.
Se separó luego, pero mantuvo una distancia aún cercana con el ojiazul. De hecho, continuó apoyando sus manos en los hombros del castaño.
Por unos momentos, el emperador miró al egipcio a los ojos. Pronto, sin embargo, su mirada se enfocó en el suelo, donde se encontraban los pies del menor. Y así, rastros de burla comenzaron a notarse nuevamente en su semblante.
-¿Qué?- preguntó el egipcio con confusión, al notar el cambio en el rostro del gobernante. Dirigió así su mirada hacia abajo, solo para encontrarse con el motivo obvio de la situación.
En ese momento, se encontraba de puntillas.
-Eso lo comprueba, eres enano- susurró el ojiazul.
Yami alzó la mirada molesto.
-Te equivocas. Eso comprueba que tú eres gigante- afirmó, mostrando un muy ligero y casi imperceptible sonrojo en sus mejillas. Y es que no podía negarlo, a su punto de vista estar de puntillas en medio de un beso era un detalle… muy femenino.
Frunció el ceño, haciendo luego lo que pareció ser casi un puchero, algo poco común en él.
Aquello era injusto. ¿Por qué no podía ser un poco más alto? No pedía mucho, tan solo un poco más de altura. Y es que no podía negarlo, al lado del gobernante, sí se sentía como un enano. Aunque claro, no iba a decir aquello en voz alta. Eso sería lo mismo que darle la razón al ojiazul. No pensaba hacer eso.
-No puede ser tan difícil aceptar que la altura no es una de tus cualidades- habló el romano. A decir verdad, no tenía absolutamente nada en contra de la estatura del joven. El primer día que lo había visto, había pensado que el egipcio tenía una estatura ideal, y era cierto. A su parecer, el hecho de que el joven no fuera alto era casi… atractivo, por decirlo de alguna forma. Simplemente las personas altas, cercanas a su propia estatura no le atraían. Sí, definitivamente, sus gustos estaban muy marcados.
Pero por supuesto, no pensaba decirle aquello a Yami. Estaba muy en claro que él no era el tipo de persona que deja escapar cumplidos a cada segundo.
El ojirubí se separó ahora por completo.
-Eres gigante, acéptalo y todos felices- afirmó, asintiendo con la cabeza. Luego, sin decir nada más, comenzó a caminar.
-No tengo nada que aceptar. Acepta tú que eres enano y problema resuelto- profirió el ojiazul, caminando también.
-Tú eres gigante- insistió el egipcio, mirando de reojo al gobernante.
-Enano- contestó el castaño.
-Gigante- afirmó el menor. No iba a darse por vencido en aquello, por más… patético que fuera.
-Enano- murmuró el ojiazul. No podía creer que estaba siguiendo el juego del egipcio. Habían pasado muchos años desde la última vez que había tenido esa clase de 'pelea'. Y claro, había sido con Mokuba. Aunque en lugar del 'enano-gigante', había sido un simple 'sí-no'. Y por supuesto, él había ganado en aquella ocasión.
Así que era… extraño volver a hacer aquello. Pero con extraño no quería decir que fuera algo malo, debía admitirlo.
-Gigante- continuó el príncipe. El romano rodó los ojos. El ojirubí simplemente no se daría por vencido, ¿cierto? Perfecto, si ese era el caso, él terminaría en ese momento con aquel asunto.
Detuvo su caminar, concentrándose en lanzarle al menor una mirada completamente fría y seria. De hecho, pudo agregarle pinceladas de enojo a sus ojos.
Yami de inmediato se quedó paralizado. Un simple pensamiento lo inundó. ¿Había hecho enojar al gobernante… de nuevo? Pero si solo había sido un juego inocente. No tenía nada de malo. Aunque después de todo, era de Seto de quien estaba hablando.
Se mordió el labio, esperando impaciente lo que vendría luego.
-Gigante- Parpadeó varias veces al escuchar esto. Pronto, su semblante se inundó de indignación. Se había preocupado por nada.
-¡Enano!- afirmó en una exclamación, sin siquiera meditar lo que había dicho.
-Exactamente. Por fin lo has aceptado- comentó el ojiazul, su ojos destellando completa burla. Y sin decir más, retomó su camino.
Yami se quedó allí por unos momentos, intentando entender lo que había sucedido. Estaba muy confundido… hasta que por fin su mente pareció analizar bien la situación.
Sus mejillas volvieron a teñirse de un tono rojizo. Aunque esta vez pareció ser por la indignación. ¡No podía ser cierto, el romano le había tendido una trampa y él había caído ciegamente en ella!
-¡Eso no es justo!- exclamó, acelerando sus pasos para estar al lado del castaño más rápido. –Además, tú aceptaste ser gigante antes de que yo aceptara ser enano- se quejó.
-Ese es un razonamiento ilógico- fue lo único que dijo el gobernante.
-Es completamente lógico. De hecho creo que es una de las cosas más lógicas que he dicho en mi vida- insistió.
Esta vez, el ojiazul se mantuvo en silencio por unos momentos. Definitivamente, Yami era un mal perdedor.
-Si eso es lo más lógico que has dicho, no quiero ni imaginar qué ha sido lo más ilógico- profirió.
-Eres insoportable. ¿Lo sabías?- preguntó entonces el egipcio, quien al estar ya al lado del romano, enredó sus dos brazos en el derecho del gobernante. Una ligera sonrisa se asomaba además a los labios del ojirubí.
-Ya me lo habías dicho antes- contestó el ojiazul. Yami solo sonrió de manera más abierta, ejerciendo leve fuerza en su agarre en el brazo del castaño. Era ya un hecho, le gustaba estar tan cerca del romano. Y sobre la 'pelea' que habían tenido momentos atrás, estaba seguro de que nadie veía nunca esa faceta del gobernante. Sinceramente, le alegraba de sobremanera saber que solo con él, y tal vez con Mokuba, el ojiazul mostraba aquellos rasgos de su personalidad. Se sentía… afortunado por esto.
-Seto… ¿debes casarte?- preguntó de pronto. Sí, sabía que había cambiado el tema de manera casi brusca, pero quería saber aquello. A decir verdad, no se le había ocurrido ese tema hasta ahora.
Esperaba realmente que el ojiazul contestara con una negación. El solo pensamiento de ser el… ¿cómo decirlo? ¿El segundo en la vida del romano? ¿El simple amante sin importancia? Todo ese pensamiento no le agradaba en lo más mínimo. Era muy obvio que si el gobernante se casaba, su esposa tendría prioridad en todo. Así que claramente, ella sería la que saldría con el castaño cuando hubiera juegos en el anfiteatro y demás celebraciones. Al menos en Egipto sería así.
-No planeo hacerlo- fue la respuesta, que sin lugar a dudas le produjo un gran alivio al egipcio.
-Que bueno- dejó escapar el ojirubí aquello. Pero al entender lo que había dicho, se quedó casi congelado.
-¿Bueno?- interrogó el castaño de inmediato, mostrando ahora burla y cierta arrogancia en su mirada.
Yami suspiró con fastidio. No tenía que haber dicho eso. No pensaba darle al ojiazul un sentimiento de importancia. Claro que no. Lo admitía, sentía algo por el gobernante, pero estaba claro que no pensaba decirle nada al castaño sobre esto.
Perfecto, si ese era el caso, debía pensar en alguna excusa que explicara sus palabras.
-Sí porque…- comenzó, pensando con rapidez en lo que diría luego. –No estás en obligación de casarte. En Egipto en cambio, ya estaba establecido que yo me casara con mi media hermana- afirmó, sintiendo deseos de suspirar en alivio, pero conteniéndose.
Aunque el semblante casi asqueado del ojiazul acabó con su alivio.
-¿Qué sucede?- preguntó confundido. No había dicho nada malo. ¿Cierto?
-¿Media hermana?-
-Sí- respondió con leve inseguridad. –Según mi cultura… el faraón debe casarse con una mujer miembro de su familia para así mantener la sangre real- explicó. –¿No es bien visto eso aquí?- interrogó entonces.
-No se permite que un hombre se case con una mujer con quien tenga parentesco. Aunque relaciones fugaces de ese tipo se dan a menudo, a pesar de que se supone que están prohibidas. Son nefas (1)- afirmó el ojiazul.
-Ya veo- susurró el egipcio. No podía creerlo, pero parecía haber más prohibiciones en Roma que en Egipto. –Y por tu reacción supongo que estás completamente opuesto a eso- agregó.
-No has escuchado los rumores. Debo admitir que estoy sorprendido- profirió el ojiazul. Allí, hasta los esclavos parecían murmurar entre ellos. Los rumores volaban con el viento.
-¿Rumores?- preguntó con confusión el menor, mirando al castaño, quien por unos momentos se mantuvo en silencio.
-Dicen que el anterior gobernante me odiaba porque sabía que yo tenía sexo con su esposa- respondió el gobernante, manteniendo un semblante sumamente serio.
Yami miró ahora con sorpresa al romano. Su mente pronto llegó a la conclusión más obvia. Si el anterior emperador era el padre de Seto, la esposa de éste era sin lugar a dudas…
-Quieres decir… ¿con tu madre?- interrogó con inseguridad. A decir verdad, no sabía cómo sentirse con respecto a aquella información.
Miró entonces al ojiazul asentir.
-¿Y son ciertos esos rumores?-
-Por supuesto que no- afirmó de inmediato el gobernante, haciendo que el menor sintiera casi alivio. –Nunca toqué a mi madre en forma sexual y mi padre no me odiaba por esa razón- agregó. Sabía muy bien por qué su padre de pronto empezó a odiarlo, pues él mismo se lo había explicado. Era una razón estúpida e ilógica, que solo podía caber en la mente de aquel hombre desquiciado.
Aunque debía admitir, que los rumores tenían ciertas pinceladas de verdad. Después de todo, había sido muy obvio que la obsesión de su madre hacia él iba más allá de los sentimientos permitidos de una madre hacia un hijo. Las acciones de aquella mujer eran la prueba más grande. Aún recordaba claramente cómo en una ocasión su madre lo había lanzado a una cama y se había subido ella luego, colocándose sobre él. Y allí, ante su atónita mirada, las vestimentas de la mujer comenzaron a desaparecer.
Por supuesto, tan pronto salió de la impresión, se quitó con facilidad a su madre de encima, haciéndola caer de la cama mientras él le gritaba maldiciones. Y esa era solo una de las muchas ocasiones en las que aquella mujer había intentado acercarse a él de manera sexual.
No podía negar que su madre había sido una dama físicamente bella, pero su odio hacia ella superaba cualquier otra cosa. El solo hecho de tenerla cerca ya le asqueaba lo suficiente. Era muy obvio además el por qué quería mantener una relación incestuosa con él. Era simplemente otra forma de controlarlo; de manipularlo en cierto sentido.
Sabía muy bien que su madre no estaba de acuerdo con la forma en la que el anterior emperador gobernaba. Por ésta razón se había obsesionado en lograr que él fuera el siguiente gobernante. Pero claro, manteniendo ella influencia. Tan solo pretendía ser ella quien diera las órdenes, a través de él. Su plan, sin embargo, había fallado al final.
-Son muchas personas- Salió de sus pensamientos al escuchar a Yami decir aquello. Solo entonces notó que ya habían llegado.
Frente a ambos se encontraba la entrada al lugar donde se celebraba el banquete. Y tal como Yami había dicho, eran muchas las personas que estaban allí. De hecho, el ruido que se escuchaba era grande.
Todos los invitados se encontraba recostados sobre los muchos triclinum(2). Solo los esclavos se mantenían en pie.
Notó entonces cómo Yami soltaba su brazo. No le dio importancia a esto y en cambio caminó hacia donde sabía se encontraban sus lugares.
El egipcio lo siguió de cerca, mientras que de reojo miraba todo el lugar. Aquella parte del palacio no la conocía aún. Estaba seguro de que aún no había visto ni la mitad de ese enorme lugar. Aunque de ese salón no había mucho que recalcar. El lugar era sumamente espacioso, el piso estaba cubierto con mosaicos y las paredes estaban pintadas en colores fuertes, resaltando entre ellos el rojo. Además, en medio del color rojo, había pinturas ya fuera de simples personas o de escenarios romanos.
Su atención regresó al emperador, cuando éste se detuvo. Miró entonces cómo el ojiazul tomaba su lugar, recostándose en una de las sillas, que más bien parecían camas. No quiso hacer lo mismo, pues no tenía ni idea de cuál era su lugar. Pero para su alivio, el gobernante pronto le señaló el espacio disponible a su lado derecho.
Y así, se acostó, apoyando su cabeza en su brazo izquierdo. Nuevamente, debía de adaptarse a aquella incómoda forma de comer.
Sus ojos se concentraron ahora en mirar a las personas que se encontraban en la misma 'mesa' que ellos. De inmediato, reconoció a dos de ellas. Eran la madre y el padre de Claudia, a quien recordaba haber visto en el teatro. Pero aparte de ellos, no reconoció a nadie más. Para su dicha, Minerva no parecía estar cerca siquiera. Lo último que quería era lidiar nuevamente con esa mujer.
-Nos encontramos de nuevo, príncipe- escuchó que le decían. Fue la madre de Claudia quien pronunció aquello.
-¿De nuevo?- preguntó una nueva persona, el hombre de ojos verdes que estaba al lado de la rubia, y quien obviamente, era el esposo de ésta.
-Sí. Esta tarde nos conocimos. El príncipe estaba hablando con Claudia- respondió la mujer. Ante esto, Yami miró por unos momentos al emperador, esperando alguna reacción de su parte ante la nueva información. Pero claro, el ojiazul mantuvo su típico semblante de piedra. De hecho ni siquiera parecía estar prestando atención a la conversación.
-Así que eres el príncipe de Egipto- Su atención ahora se volvió hacia otra mujer que se encontraba cerca, quien podría tener la misma edad que la madre de Claudia. Lo primero que notó fue el color de su cabello ondulado, un tono naranja que se acercaba al rubio y al rojizo al mismo tiempo. Por supuesto lo llevaba recogido, aunque un par de mechones quedaban libres. Además de eso, la mujer tenía ojos castaños. Sin lugar a dudas, era bella.
-Mucho gusto- habló entonces, asintiendo con la cabeza.
-El gusto es mío, joven. ¿Y dígame, tengo curiosidad, ese cabello es natural?- preguntó la mujer.
-Sí. Lo he tenido así desde siempre- afirmó el menor, relajándose cada vez más. Al menos nadie ahí parecía estar molesto por su presencia. Fue entonces cuando notó que el emperador estaba hablando con alguien más. Al mirar notó a dos hombres de mediana edad. Pero no le dio importancia al asunto, y volvió su atención a las mujeres.
-Me costó mucho trabajo lograr que mi cabello tomara este color. Y el del joven es completamente natural- profirió la mujer, dirigiéndose al hombre que estaba a su lado, quien posiblemente era su esposo.
-Te ves hermosa, solo eso es lo que importa- respondió el hombre.
-Gracias, querido- contestó la mujer, sonriéndole.
-Es verdad, Cinna, te ves bella con ese color de cabello. Fue un cambio muy positivo- habló entonces la rubia. Pareció entonces recordar algo, o al menos eso fue lo que mostró su semblante. –Ahora que nos hemos encontrado de nuevo, príncipe, quisiera preguntarle sobre Egipto. Si no le molesta claro- pidió la mujer, sus ojos púrpura ahora sobre el joven.
-No me molesta- afirmó el egipcio. A decir verdad, sabía bien que hablar de su tierra podía tener dos efectos. O producirle tristeza, o darle alegría. Tristeza porque recordaría lo que ya no tenía, o alegría porque podía aún recordar lo que un día tuvo.
-Perfecto- habló la mujer. Iba a continuar, cuando varios esclavos se acercaron, trayendo con ellos bandejas de plata y oro. Con cuidado, las fueron colocando sobre la mesa.
Por unos segundos, Yami los miró, sorprendiéndose de inmediato por la belleza de aquellos jóvenes. Claro, en un evento como ese, solo esclavos atractivos podían servir la comida.
-Por Júpiter, mira a ese- Su atención se enfocó en uno de los hombres que estaba hablando con el emperador. –Un bello ejemplar- afirmó el hombre, mirando fijamente al esclavo que se encontraba a su derecha.
El egipcio miró hacia donde el hombre miraba. Un joven que fácilmente podía tener su misma edad estaba colocando las bandejas sobre la mesa. Era un esclavo hermoso sin lugar a dudas, con cabellos castaños claros y penetrantes ojos verdes.
-Si lo quieres, es tuyo- ofreció el gobernante.
-¿Habla enserio, señor?- preguntó sorprendido el hombre.
-Cuando termine esto puedes llevártelo- fue la respuesta.
-Se lo agradezco- afirmó, sin dejar de mirar al esclavo. –Me divertiré mucho con éste- agregó, logrando que el hombre a su lado riera por unos momentos.
La mirada del ojirubí se enfocó entonces en el emperador. Para su gran inseguridad, rastros de perversa diversión podían encontrarse en los ojos azules del romano, causados claramente por el último comentario del hombre. Sinceramente, no le agradaba aquella mirada.
Pero negó ligeramente con la cabeza, intentando ignorar ahora aquella situación. Y en cambio, volvió concentrarse en la madre de Claudia; Mai era como se llamaba. Notó entonces que la comida ya estaba servida. Era sin lugar a dudas la entrada, pues solo había algunos frutos sobre la mesa. Por unos segundos, miró a los demás presentes, notando que todos, incluido el emperador, ya habían comenzado a comer.
Miró entonces toda la comida. Parte de ella estaba colocada en bandejas, y otra, en una especia de copa. A diferencia de las bandejas, había una copa para cada persona. La suya estaba justo frente a él. Sinceramente, en ese momento sintió mucha inseguridad con respecto a si debía comer o no. Pero con mucho esfuerzo, se quitó de la mente ese pensamiento. No era tiempo para estar teniendo malos presentimientos.
Acercó su mano a la copa, y sacó lo que parecía ser un hongo. Ya los había probado antes. Eran deliciosos sin lugar a dudas. La copa estaba completamente llena. Pero era obvio no podría comérselos todos.
Llevó al fin la comida a su boca, con extraña inseguridad. Pero se calmó al saborear aquello, y notar que como siempre, el sabor de aquel hongo era bueno. Tan pronto terminó con ese, tomó otro más.
-Creo que ahora sí podemos hablar sin interrupciones- escuchó que Mai le decía. Asintió entonces, antes de volver a comer otro hongo. –He escuchado hablar de las pirámides. Dicen que no hay nada más alto que esas construcciones. ¿Es verdad?- preguntó curiosa.
Yami asintió, sintiéndose ahora orgulloso de hablar de aquellas maravillas propias de su pueblo.
-Así es. No he visto edificación más alta, ni aún aquí en Roma- afirmó.
-¿Son más grandes que cualquier cosa que se encuentre en Roma?- interrogó con sorpresa la mujer, recibiendo un asentimiento como respuesta. -¿Y qué son? ¿Templos?-
-No. Son tumbas, para los faraones especialmente- comentó el joven.
-Son ambiciosos estos reyes egipcios- intervino el esposo de la rubia. –No que esto sea malo, claro- agregó.
-Bueno, la muerte y lo que hay después de ella es un tema muy importante para nosotros- explicó.
-Entiendo- afirmó la rubia. Después de esto, una enorme sonrisa inundó su rostro. –Tienes que enseñarme a hablar egipcio- le dijo. –Qué tal esto, te digo una palabra y me la traduces a tu lengua. ¿Estás de acuerdo?- preguntó emocionada.
Yami parpadeó un par de veces. Sin lugar a dudas, aquella mujer era muy sociable.
-Claro- aceptó entonces. No tenía problema alguno en hablar egipcio. De hecho, ya extrañaba hablar con ese lenguaje.
-Perfecto. ¿Cómo se dice 'faraón'?- preguntó.
-Pr-aA- contestó el joven. Solo hasta entonces notó que la atención de todas las personas de aquella mesa, incluida la del emperador, estaba sobre él. Pero procuró no darle importancia, y en cambio volvió a comer.
-Pr… ¿qué? Olvídalo. ¿Qué tal 'esposo'?-
-Hy- respondió el ojirubí, sintiendo ganas de reír al ver el semblante sumamente confundido de la mujer.
-¿'Mío'?- preguntó.
-Ella utiliza mucho esa palabra- interrumpió de nuevo el esposo de la rubia, provocando que casi todos rieran. Incluso Yami rió un poco.
-Eso es cierto. No voy a negarlo- afirmó la mujer, volviendo su atención al egipcio.
-biAw- contestó el joven.
-Me gusta esa palabra. Dila de nuevo-
-biAw- repitió el menor. De manera inconsciente, miró hacia su izquierda, sus ojos encontrándose pronto con los azules del emperador. Una leve sonrisa se formó entonces en sus labios, al notar que toda la atención del castaño estaba dirigida a él. -ntT iw biAw(3)- susurró sin siquiera pensarlo, sus ojos siempre fijos en los del romano.
Pero por supuesto, tan pronto se dio cuenta de lo que había dicho, un profundo sonrojo inundó sus mejillas.
El gobernante tan solo alzó una ceja. No sabía lo que le había dicho el egipcio, aunque estaba claro que aquella frase incluía la palabra 'mío'. Posesivo era ese príncipe, sin lugar a dudas. Aunque no podía negar que escuchar al joven hablar en su propio idioma era muy… seductor realmente, al menos a su punto de vista.
-¿Y cómo se dice 'hija'?- escuchó que Mai preguntaba.
-sAt- Nuevamente, el ojirubí volvió a hablar en egipcio. Definitivamente, la voz ligeramente más baja y la pronunciación en general que el joven utilizaba era diferente, pero atractiva. Por los dioses, aún la voz del egipcio era especial.
El joven era diferente a los demás, eso ya estaba establecido. Aunque el por qué de esto aún era un misterio.
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-Hice todo lo que pidió. Fue fácil- afirmó el hombre, sonriendo abiertamente.
-Más te vale haberlo hecho bien- amenazó el otro, su semblante mostrándose sumamente serio.
-Puede estar tranquilo, mañana recibirá buenas noticias, se lo aseguro. El egipcio comerá esos hongos sin siquiera notar una diferencia en el sabor- comentó. –Sufrirá mucho, de eso no hay duda- agregó, asintiendo además con la cabeza.
-Perfecto. Entre más sufrimiento, mejor. Debo admitir que eres bueno en lo que haces. Si necesito otro servicio no dudaré en buscarte- afirmó el hombre, sus ojos celestes notándose llenos de satisfacción.
-Por supuesto. Es más, puedo matar al emperador si así lo desea… y claro, si la paga es buena- El senador rió por unos momentos.
-Eso no será necesario. El egipcio es quien estorba… por ahora- habló luego.
Definitivamente, si lo que decía aquel hombre era cierto, por fin podría dormir tranquilo, sabiendo que no tendría que preocuparse nuevamente por el asunto referente a Egipto.
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No sabía en realidad cuánto tiempo había pasado ya desde que el banquete había comenzado. El tiempo para comer había terminado. Había comido hasta saciarse, y aún así le sobró muchísima comida. No entendía cómo muchos de los presentes tenían espacio para degustar tanto. La cantidad de comida había sido simplemente exagerada.
Hasta ahora, se sentía relativamente calmado. Definitivamente, aquel evento no se parecía a una bacanal. Aunque claro, después de la comida se había servido el vino, y ya se podían escuchar las primeras risas que solo podían provenir de personas ebrias. Pero fuera como fuera, el ambiente era diferente. Además, se sentía protegido pues el emperador estaba cerca. Ya lo había admitido antes, a su parecer, el gobernante era la única fuente de protección que tenía mientras estuviera en Roma.
Ahora, la música podía escucharse, además de que varias mujeres bailaban cerca de allí. Por momentos les prestaba atención, para luego concentrarse en su copa de… agua. Sí, se había negado nuevamente a tomar vino. De hecho, pudo ver que muchos de los presentes estuvieron a punto de reír al mirar cómo un esclavo le servía simple agua en lugar de vino. Estaba claro que no pensaba volver a tocar aquella bebida, pues lo último que deseaba era que se repitiera lo sucedido en la bacanal. Además, no deseaba volver a despertarse al siguiente día con un terrible dolor de cabeza.
Sin embargo, debía admitir que aunque no había tocado el vino, se sentía extraño. Varios mareos lo habían inundado ya, más un desconocido cansancio. Tenía muchas ganas de cerrar sus ojos y dormir allí mismo.
Pero tal vez era solo eso, estaba cansado. Tal vez lo único que estaba haciendo su cuerpo era pedirle descanso. Después de todo, había comido demasiado. De seguro una buena siesta ayudaría.
Aún así, no pensaba pedirle permiso al emperador para retirarse. No quería quedar mal frente a todas aquellas personas. Por eso, estaba aguantando lo más que podía. Además, no se sentía exageradamente mal.
Era cansancio, eso debía ser.
Se concentró entonces en el emperador, quien en ese momento estaba hablando con… alguien, no le interesó saber con quién.
Para su temor, notó que las voces de todos parecían ser muy lejanas, algo que no debía ser pues las personas estaban relativamente cerca. Pero intentó no darle importancia al asunto. Y en cambio, se concentró nuevamente en las mujeres que bailaban. Su atención se detuvo ahí por un largo tiempo, o así le pareció a él.
Le costaba aceptar que tan solo días atrás él había dado una presentación como aquella. La misma noche en la que llegó había bailado frente a todos los presentes, un baile mucho más seductor que el que estaban practicando aquellas mujeres. No le había gustado para nada hacer eso, después de todo, aquello le había producido una gran herida a su orgullo.
Cerró sus ojos de pronto, cuando un nuevo mareo volvió a inundarlo. Su mente le gritó que saliera de allí.
Miró entonces al gobernante, negándose a llamar la atención de éste. Podía aguantar, tan solo era cansancio.
Pero el ojiazul pareció notar que alguien lo miraba, pues sus ojos pronto se encontraron con los del egipcio. Aunque tan pronto el romano notó el estado del joven, permitió que su semblante se llenara de preocupación.
Yami estaba pálido, quizás demasiado. Además, sus ojos estaban entrecerrados. Y la mano que sostenía la copa con agua estaba temblando.
-¿Estás bien?- preguntó como simple acto reflejo. Por unos momentos, el joven no contestó.
-Yo…- intentó decir entonces, su voz escuchándose débil. –Seto, creo que necesito descansar- Por fin confesó, mirando casi con súplica al ojiazul. -¿Puedo retirarme?- preguntó.
-Es mejor que te acompañe- afirmó el castaño, dejando su copa sobre la mesa. No pensaba que el joven pudiera caminar por su cuenta. No quería admitirlo, pero ahora estaba sumamente preocupado.
-No es necesario. Tan solo estoy cansado. Yo puedo ir solo- le dijo el ojirubí, colocando también su copa sobre la mesa.
-No estás en condiciones de…-
-Puedo ir solo- insistió el menor. El ojiazul rodó los ojos con fastidio. Aquel joven era necio.
-Como quieras- cedió entonces.
Miró luego cómo el joven se ponía en pie con mucho esfuerzo.
-Permiso, me retiro- aquello lo dijo en un susurro. Posiblemente, ningún presente lo había escuchado.
Sus ojos no se movieron de su lugar, siguiendo al egipcio, quien caminó entonces fuera de ahí, tambaleándose una vez. Luego, el menor usó la pared como apoyo. Al menos todas las personas aún permanecían recostadas, así que el camino estaba libre.
El joven se sostuvo con firmeza contra la pared. Ponerse en pie no había sido una buena idea, pues ahora se sentía peor que antes.
Necesitaba llegar a una cama pronto.
No supo cómo, pero logró salir de aquel lugar. Ahora se encontraba en los pasillos. El ruido del banquete cada vez iba extinguiéndose más.
-¿Yami?- El ojirubí alzó la mirada, logrando captar en forma borrosa la imagen de Mokuba y Claudia.
Y fue entonces cuando su cuerpo no pudo más.
Lo último que supo, fue que había caído al suelo, y que Mokuba gritaba, llamando al emperador con insistencia.
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-No estoy seguro de lo que puede haberle sucedido- afirmó el médico, mirando con confusión al egipcio, quien estaba sobre la cama, inconsciente. –Aunque es bastante obvio que algo debió de haber comido que le afectó- agregó luego.
-Entonces quiere decir que…- habló Mokuba, deteniéndose al no saber cómo continuar.
-¿Veneno? ¿Eso es lo que quiere decir?- preguntó con enojo el ojiazul. Sí, estaba muy enojado, de hecho, estaba furioso. Si de verdad alguien se había atrevido a servirle veneno al egipcio, ese alguien lo pagaría muy caro.
-Bueno… no lo puedo afirmar pero…-
-¡Si esa es su opinión por qué está ahí parado sin hacer nada!- exclamó el gobernante, perdiendo la poca paciencia que le quedaba. Estaba preocupado, y cuando estaba preocupado su humor era malo… y cuando su humor era malo, tendía a gritarle a cualquiera que se le pusiera al frente.
-Lo único que puedo hacer ahora es obligarle a vomitar pues no sé…-
-¡Y qué está esperando para hacerlo!- gritó el ojiazul, logrando que el médico diera un leve salto de temor y asintiera varias veces.
-Sí, señor como usted diga- murmuró con rapidez el hombre.
-Seto, cálmate- pidió Mokuba. Su hermano había estado sumamente alterado desde que miró a Yami inconsciente en el suelo. Y claro, eso había marcado el final del banquete.
-No me pidas eso, Mokuba- contestó el castaño. Sus palabras ahora fueron más bajas, pero el enojo aún resaltaba claramente en su voz.
-Necesito que alguien sostenga al joven- llamó entonces el médico. De inmediato, el ojiazul se acercó, tomando rápidamente al joven en sus brazos y sosteniéndolo de manera que el egipcio permaneciera levemente inclinado. Notó entonces cómo el hombre sostenía una pluma en su mano, e intentaba con la otra abrir la boca del ojirubí.
De inmediato quitó la mirada, no deseando ver aquella escena.
Debía de haber hecho algo. Pudo haber hecho algo para evitar esto. Sabía muy bien que más de una persona no le deseaba nada bueno al egipcio. Por simple precaución debió de haberle obligado a un esclavo a probar primero la comida del joven.
Sí, podía haberlo evitado. Si no hubiera sido tan imbécil, Yami estaría perfectamente bien ahora.
Alguien iba a pagar esta ofensa. Se iba a asegurar de ello.
El sonido que emitió el ojirubí al vomitar inundó la habitación entera, y logró incrementar el sentimiento de impotencia y culpa en el gobernante.
Por todos los dioses, él debió de haber hecho algo para evitar esto.
-Ya está- escuchó que el médico decía. Con cuidado entonces, un cuidado que nunca pensó que poseía, dejó al joven sobre la cama, notando además que los ojos del egipcio ahora estaban entrecerrados.
El médico también pareció notarlo, pues se acercó y empezó a llamar al príncipe.
-¿Joven, puede escucharme?- preguntó una y otra vez. En una ocasión, Yami dejó escapar un gemido. Pero después de eso, los ojos del menor volvieron a cerrarse por completo.
El hombre negó con la cabeza y enfocó su atención en el emperador.
-¿Hay algo que haya comido que sea diferente a lo que los demás comieron?- preguntó.
-Solo tomó agua- contestó el ojiazul, intentando no volver a gritarle al pobre hombre.
-No, es muy fácil notar si algo se le ha agregado al agua. ¿Solo eso?- volvió a insistir. El castaño intentó con mucho esfuerzo pensar en medio de aquella situación. Lo único que quería era matar al responsable con sus propias manos.
Todos los presentes habían comido de la misma bandeja.
Aunque hubo algo que se sirvió en copas individuales.
-Los hongos- afirmó entonces. –Era una copa llena de ellos para cada persona- agregó, su paciencia volviendo a desaparecer. Una sola pregunta más y volvería a alzar la voz.
Pero entonces, el médico pareció mostrar reconocimiento en sus ojos. Aunque también, fue muy obvio notar el pesimismo que lo inundó de pronto.
-Iré a ver si quedaron hongos en la copa del joven- afirmó. Ni siquiera esperó a que el ojiazul le permitiera retirarse. De hecho, salió del lugar con mucha prisa.
-Hermano, tranquilízate- habló entonces Mokuba, cuando el hombre ya hubo salido.
-Debí haber hecho algo- susurró el castaño. El menor lo miró con sorpresa.
-Si estás intentando decirme que esto es tu culpa, te equivocas- afirmó el chico.
-Muchas personas no quieren que Yami esté aquí. Era mi deber tomar precauciones- continuó el gobernante.
-No insistas, Seto. No es tu culpa…-
-¡Por supuesto que es mi culpa!- interrumpió el ojiazul. -¡Yami puede morir y es mi culpa!- agregó.
-¿Y qué si eso sucede?- preguntó el menor, haciendo que el castaño lo mirara con evidente sorpresa. –Yami vino aquí porque quiso. Nadie lo obligó- afirmó. A decir verdad, no estaba siquiera meditando sus palabras. Tan solo quería que su hermano se calmara. Nunca lo había visto así, solamente cuando alguien intentaba dañarlo a él el ojiazul se había comportado de esa forma. De hecho, su hermano nunca, jamás, se culpaba a él mismo por nada en absoluto.
Seto era demasiado orgulloso como para admitir sus propios errores. Y sin embargo, ahora estaba allí, insistiendo en que él era el culpable. Era un cambio tan extraño que lo confundió en gran medida.
-¿A qué te refieres?- preguntó el ojiazul.
-¿En qué te afectaría la muerte de Yami?- interrogó. –No creo que vayas a llorar, de hecho, conociéndote, ni siquiera te importaría. ¿Entonces, por qué estás aquí ahora echándote la culpa de todo? ¿Dónde está tu orgullo? ¿Tu típica arrogancia?- preguntó.
Un silencio prolongado le siguió a esto.
-Si muere, lo único que debes hacer es mandar su cadáver de vuelta a Egipto- afirmó, notando cómo un rayo de… inseguridad cruzó por los ojos de su hermano. Una nueva sorpresa. Su hermano jamás se notaba inseguro. -¿Por qué te importa tanto lo que pueda sucederle a Yami ahora?-
-Ese no es el punto…-
-Por supuesto que sí. No puedo entenderte, hermano. ¿Por qué te culpas por esto? Si Yami muere… ¿en qué te afectaría? Sería una preocupación menos, ¿no? Un deber menos en la lista- afirmó el chico.
-Yami no es un deber…- murmuró el ojiazul, con extraña sinceridad.
-¿Entonces qué es? ¿Qué es sino un príncipe que vino aquí por simple política?- interrogó el menor. -¿Y qué si es tu culpa? No debería importarte- agregó. Estaba sumamente confundido. No entendía en lo absoluto el repentino cambio en el ojiazul.
-Sí me importa, Mokuba. ¿Entiendes? ¡Sí me importa!- afirmó el castaño, casi con rabia.
-¿Por qué? ¿Por qué te interesa tanto Yami? ¡En qué te afecta si muere! ¡Por Júpiter, por qué te importa!-
-¡Porque lo amo!- Y a esta exclamación le siguió nuevamente el silencio. Un silencio aún más profundo que el anterior.
-¿Lo… amas?- preguntó incrédulo el chico, mientras que sus ojos grisáceos comenzaban a inundarse de lágrimas. Nunca imaginó que escucharía a su hermano decir eso. Aquello que había esperado escuchar desde hace mucho tiempo.
Pero al mirar al ojiazul, pudo notar la enorme sorpresa y el miedo que inundaba ahora a su hermano. Era la primera vez, en toda su vida, que veía temor en los ojos de Seto. Ni aun cuando era niño, había visto algo como eso en el semblante de su hermano.
-Está bien- intentó explicar. Tan solo quería hacerle entender al gobernante que no tenía nada de malo lo que había dicho.
-No sé por qué dije eso. Pero no es verdad- afirmó entonces el ojiazul.
-Pero Seto…-
-¡No es verdad, Mokuba!- exclamó el castaño.
-Sí es verdad, y lo sabes- insistió el menor.
-¡No es verdad!- afirmó en un grito el ojiazul, caminando hacia la salida del lugar con paso apresurado. Necesitaba salir de ahí.
-¿Hermano adónde vas?- preguntó el chico. Pero no recibió respuesta.
No insistió más, y en cambio miró con pesar cómo su hermano desaparecía del lugar.
Suspiró luego, las lágrimas cayendo ahora con fluidez. Claro, era muy obvio que su hermano no aceptaría tan fácilmente que se había enamorado.
-No sé cómo, pero lograste hacer algo que nadie antes pudo lograr… ni siquiera yo- susurró, mirando al inconsciente joven. Era cierto, ni siquiera él había logrado hacer que su hermano sintiera miedo, inseguridad y culpa. Era increíble que Yami hubiera logrado tal cosa en tan pocos días. –Tienes que recuperarte, Yami- agregó entonces, mirando fijamente al egipcio. Con cuidado, tomó la mano del príncipe en la suya.
-Tienes que recuperarte- volvió a decir.
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No había sucedido. Simplemente no era posible.
No había dicho que amaba a Yami, claro que no. Era lo más estúpido y disparatado que podría decir.
Ahora se arrepentía de haber permitido que Yami llegara allí. Tantos dolores de cabeza y tanto estrés que fácilmente se pudo haber quitado de encima. Pero no, tenía que haber aceptado.
Debía atenerse a las consecuencias.
Ese egipcio había logrado pasar a través de cuanta muralla él había levantado. Tal vez eso era lo que lo hacía tan diferente. Solo él, aparte de Mokuba, se había acercado tanto.
¿Estaba Yami ahora en su corazón?
Aunque, pensándolo bien. ¿Tenía él siquiera un corazón?
¿Era posible que de verdad amara al joven?
Sintió casi ganas de vomitar entonces. Por supuesto que no amaba al egipcio. No había forma de que algo como eso sucediera. Amar a alguien era sinónimo de debilidad. Como hermano amaba a Mokuba. ¿Y qué había sucedido? Tanto su madre como su padre habían amenazado al chico y así habían llegado fácilmente a él. Tantas cosas había hecho por Mokuba. Todos sabían claramente que el chico era su punto débil.
Por eso, no deseaba tener uno más. Se negaba a tener otra debilidad.
No, no amaba a Yami, y nunca lo haría.
Y no estaba dispuesto a seguir atormentándose con ese tema.
¿Por qué debía importarle ahora Yami? ¡Podía morir si quisiera! No era su asunto. No le importaba.
Un extraño dolor sacudió su pecho ante éste pensamiento, pero fácilmente logró hacerlo a un lado.
Se negaba a seguir pensando en aquel joven.
La solución entonces era simple.
Sus pasos lo dirigieron hacia la salida de aquella habitación. Abrió la puerta, buscando a alguien, quien fuera, con la mirada.
Para su dicha, un guardia estaba allí. El hombre habló, tan pronto notó la mirada del gobernante sobre él.
-¿Necesita algo, señor?- preguntó.
-Trae vino y a un esclavo- ordenó, su voz completamente fría. De hecho, el guardia se notó inseguro de inmediato.
-¿Quiere un esclavo masculino o…?-
-Lo que sea… solo asegúrate de que sea un esclavo hermoso- interrumpió. El hombre asintió.
-Como usted diga, señor- afirmó el guardia, alejándose con rapidez.
El ojiazul cerró la puerta. Después de esto, caminó hacia la cama que había allí y se sentó en ella.
Procuró entonces no pensar en nada. No deseaba volverse a atormentar con el asunto referente Yami. Simplemente quería olvidar que aquel joven existía, aunque fuera por esa noche. En ese momento, no tenía deseos siquiera de encontrar al responsable. Después de todo, ni siquiera estaba claro si al joven le habían puesto veneno en la comida o no. Aunque era bastante obvio que eso había sucedido. Al menos era la única explicación probable.
La puerta se abrió en ese momento. Al parecer, el guardia había cumplido con sus órdenes de forma inmediata.
Pudo escuchar pasos que se acercaban. Después de unos segundos, un ruido metálico se escuchó. De seguro había sido causado por la jarra de vino, cuando el esclavo la colocó sobre una mesita que estaba cerca.
Sintió la cama moverse. Por unos momentos, mantuvo su mirada sobre el piso cubierto de bellos mosaicos. Pero luego movió sus ojos, centrándolos en el esclavo que ahora se encontraba acostado a su lado izquierdo. Miró entonces todo el cuerpo desnudo del joven, de tal vez dieciséis años. Cuando terminó con eso, miró el rostro del esclavo, quien en ese momento miraba con ojos perdidos al techo. Ojos que por cierto eran de un hermoso color celeste. Sin lugar a dudas, aquel joven era bello.
Sí, iba a olvidarse de Yami por aquella noche. Y a ignorar la leve voz en su mente que le repetía con insistencia que debía de estar con el egipcio en ese momento.
Una voz que parecía desesperada, pero a la que procuró no darle importancia.
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(1)Nefas: lo ilícito. Lo que no era permitido por las leyes divinas y humanas. Un tabú, por decirlo de alguna forma.
(2)Triclinum: comedor romano.
(3)ntT iw biAw: "tú eres mío". Seeh, Yami posesivo es sexy xD
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Magi: volví! Siento mucho no haber actualizado el lunes pasado… pero he estado muy ocupada T.T Tengo miles de tareas que hacer y mucho que estudiar. La próxima semana comienzan los exámenes T.T
Quería agregarle más cambios a este capítulo, pero no tuve el tiempo suficiente, así que me conformé con agregarle un poco más de narración y diálogo aquí y allá.
Aclaraciones, en Roma era muy popular teñirse el cabello, por eso Cinna tenía un color casi rojizo de cabello. Luego, las palabras que dijo Yami en egipcio, se supone que ese es el idioma egipcio verdadero, claro, con letras actuales. O al menos eso decía el diccionario de donde las saqué O.o Y… creo que eso sería todo.
Agradecimientos a Mitsuki Asakura, Yami224, yoyuki88, DaffnezzitaxD, Azula1991, Atami no Tsuki, angelegipcio, Kimiyu, rosalind por sus reviews!
Hasta la próxima
Ja ne!
