Flor de loto
Capítulo 16
El sueño se fue alejando de su mente, despejándola en el proceso. Momentos pasaron, y se atrevió a abrir los ojos.
Pero la luz que lo recibió lo obligó a cerrarlos de inmediato.
Una larga maldición escapó de sus labios, cuando de pronto y debido a la luz, un enorme dolor de cabeza lo inundó. Aunque claro, aquello no era nada extraño. Después de todo, ¿cuánto vino había tomado? ¿Cuatros litros? ¿Seis, acaso? No lo sabía. Pero sí sabía que había tomado alcohol en exagerada medida.
Era ya común en él realmente, embriagarse cuando deseaba quitarse de la mente algún asunto. Lo había hecho para olvidar aquellos recuerdos del momento en el que había asesinado a su padre. Y ahora lo había repetido para olvidarse de Yami.
Pero, ¿qué ganaba con eso? Aún ahora, podía recordar claramente cómo había enredado sus manos alrededor del cuello de su padre, ejerciendo fuerte presión mientras que el hombre intentaba en vano liberarse, moviéndose frenéticamente. Todo lo recordaba con claridad. Cómo de pronto el anterior emperador se había quedado inmóvil, demasiado inmóvil. Podía recodar la sorpresa que había sentido momentáneamente. Sorpresa que pronto se transformó en un sentimiento de triunfo.
Y en lo que concernía a Yami… por supuesto que tenía en claro lo que había sucedido. Además, y aunque le costara creerlo, aún en media embriaguez no había podido sacarse al joven de la mente.
Intentó volver a abrir los ojos, ésta vez haciéndolo con más lentitud. El dolor de cabeza de inmediato se intensificó, pero logró ignorarlo.
Sus ojos recorrieron con desinterés la habitación, de paredes pintadas con hermosos diseños. Pronto, notó la presencia de un joven, un esclavo en realidad. Aquel 'objeto' de ojos celestes que había usado durante la noche anterior y entrada la madrugada. El esclavo se encontraba desnudo y se mantenía de pie al lado de la cama, esperando en silencio recibir una orden.
Su mirada recorrió el cuerpo del joven. Era un esclavo muy bello, de eso no había duda. Con un cuerpo delgado, pero apetecible. Sin embargo, cuando sus ojos bajaron hasta los muslos del esclavo, pudo notar que allí había lo que parecían ser caminos ya secos de sangre.
Era de esperarse realmente. El sexo que había tenido con aquel objeto había sido fuerte, al punto de considerarse salvaje y hasta violento.
Sinceramente, no había sido esa su intención. Pero no pudo controlar sus acciones. Pues de pronto y en medio del sexo, los ojos celestes del joven se habían transformado en hermosos rubíes. Y sus cabellos castaños casi rubios le habían parecido de pronto tricolores.
Se dio cuenta entonces de que su mente le estaba jugando una mala partida, mostrándole algo que no podía ser. De pronto, era Yami quien estaba debajo suyo, recostando su espalda contra las sábanas y dejando ver en su rostro una preciosa mueca de placer.
Esto, sin embargo, lo había enfurecido de sobremanera. Había aumentado el ritmo de sus embestidas, con el único objetivo de hacer desaparecer aquella visión. Y claro, como una ayuda extra, había comenzado a tomar vino como lo haría una persona durante la bacanal. Copa tras copa, hasta que su mente se nubló por completo.
Y aún así, aquellos ojos carmesí no desaparecieron. Por más que aumentó su ritmo, sabiendo que lo que hacía le causaba profundo dolor al esclavo. Su mente pareció aferrarse a un deseo estúpido y sin sentido alguno. Era como si la misma le gritara que solo con Yami debía practicar aquello.
Por los dioses, su mente se estaba autodestruyendo con aquellos disparates.
Y ahora, sus sentimientos volvían a traicionarlo.
Pues un sentimiento lo inundó en ese momento. Un sentimiento llamado culpa.
Su propia mente le decía una y otra vez que debía sentir culpa. Por estar ahí y no al lado de Yami, quien en ese momento… lo necesitaba. Por tener sexo con alguien que no fuera aquel hermoso egipcio.
Sacudió su cabeza. Estaba pensando en idioteces. Yami no importaba ahora. Yami no era nada para él. Podía tener sexo con quien quisiera, cuando quisiera, aún en donde quisiera. No iba simplemente a conformarse con Yami y con Yami solamente. Yami tan solo sería, si sobrevivía claro, otro compañero sexual para él. Eso era todo, Yami no sería nada más.
Por Júpiter, ¿había pensando mucho en el nombre del egipcio, cierto?
Pero no podía evitarlo. El nombre del joven se repetía en su mente una y otra vez. Yami, Yami, Yami…
Gruñó ahora, apretando los puños. Esto ya era demasiado. No había podido tener sexo con tranquilidad gracias a ese egipcio. Y ahora no podía siquiera pensar claramente, también gracias a Yami.
Lo admitía, estaba preocupado por el estado del joven. No sabía siquiera si el ojirubí estaba con vida ahora.
Tragó fuerte de pronto. Aquel pensamiento lo había llenado de… inseguridad. Pues era cierto, Yami podía estar muerto ahora. Podía ser posible que no volviera a ver aquellos bellos ojos carmesí. O aquella leve sonrisa que tanto había llegado a apreciar.
Perfecto, nuevamente estaba pensando estupideces.
Se enredó en las sábanas con furia. Casi como haría un niño en medio de un berrinche.
Maldijo otra vez cuando una ola de náuseas lo inundó. Quería seguir durmiendo, para así olvidarse de aquel asunto. Solo esperaba que sus sueños no involucraran a Yami.
Una voz acudió a su mente. Le suplicaba que fuera a ver al egipcio. Al menos para saber si el joven aún respiraba.
Pero ignoró la insistente voz.
No le interesaba lo que le sucediera a Yami. No amaba al ojirubí.
Y así iba a demostrarlo. Quedándose ahí e ignorando a su traicionera mente.
Sí, solo así podía demostrarlo.
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Abrió sus ojos, casi con pereza. Extendió entonces su cuerpo, estirándolo levemente.
Pronto, notó algo poco común. Con su mano derecha, pareció haber tocado a alguien.
¿Pero cómo si él siempre dormía solo…?
Sus ojos se abrieron de golpe, al recordar su mente lo que había sucedido la noche anterior.
Se sentó en la cama, examinando con la mirada al joven que dormía a su lado. Ahí estaba Yami, acostado de espaldas, en exactamente la misma posición en la que había estado desde la noche anterior. Su rostro se veía pálido. Tan pálido que por unos momentos el chico de ojos grises sintió pánico, el cual se convirtió en alivio cuando notó que el egipcio aún respiraba.
Miró toda la habitación ahora, casi esperando encontrarse con los ojos azules de su hermano. Pero suspiró con resignación cuando eso no sucedió. Claro, el orgullo no iba a permitirle al emperador estar ahí.
No podía creerlo, pero él había sido quien estuvo al lado de Yami durante toda la noche. Algo que, obviamente, era trabajo de su hermano. Incluso se había despertado dos veces durante la madrugada, para asegurarse de que el joven siguiera respirando.
Ahora sabía que el gobernante amaba al príncipe. Había sido muy obvio realmente, pero ahora que el mismo ojiazul lo había admitido, no había duda. Aunque lo hubiera negado luego, sabía bien que su hermano estaba enamorado de Yami.
Sinceramente no podía tampoco culpar a Seto. Su carácter era ese. Altivo y frío emocionalmente. Para una persona así, admitir que se preocupaba por alguien más era una forma de debilidad, de rebajarse. Un extraño pensamiento claro. ¿Pues qué tenía de malo sentir cariño por alguien?
Sus pensamientos fueron interrumpidos, cuando escuchó a alguien tocar la puerta.
-Adelante- habló en voz alta, sintiendo casi esperanza. Tal vez era su hermano.
Pero negó la idea de inmediato. Su hermano no tocaría la puerta.
Su afirmación fue comprobada, cuando el rostro del médico saltó a la vista. Sus ojos eran cafés y no azules. Sí, no era Seto.
-Buenos días, joven- habló el hombre. El menor tan solo asintió.
-¿Ya encontró la causa por la que Yami está así?- preguntó, mirando por unos segundos al inconsciente egipcio. Luego, volvió a mirar al médico. Para su eterno alivio, el hombre asintió.
-Efectivamente, fueron los hongos- afirmó el hombre. Mokuba guardó silencio, esperando que el médico continuara. –Alguien cambió los hongos en la copa del joven por venenosos- habló.
-Así que no fue un accidente- susurró el menor.
-No, no fue un accidente. Quien hizo esto sabía bien lo que causaría- afirmó el hombre.
-Y… ¿puede morir?- preguntó entonces el chico, casi con temor.
El médico suspiró. Después de esto, asintió.
-Lamentablemente es posible que eso suceda. Aunque también puede recuperarse. No hay manera de saberlo con certeza. Lo que sí está en claro es que el joven sentirá mucho dolor durante estos días. Ya he visto casos como éste. Puede pasar de cinco a diez días quejándose del dolor- explicó.
-Entonces va a despertar- dijo el chico, más como una afirmación que como una pregunta. No le había gustado para nada enterarse de que Yami podía morir. Pero intentó ignorar esa información. No deseaba perder la esperanza tan pronto.
-Sí, despertará. Tal vez hasta se sienta relativamente bien hoy. Con náuseas y vómitos solamente. Pero irá empeorando. Realmente no comió todos los hongos que había en la copa. Pero sí los suficientes para poner en peligro su vida- finalizó.
El menor asintió, mirando con profunda tristeza y compasión al durmiente joven. No era justo que cosas como éstas sucedieran…
-¿Hay algún tratamiento o…?-
-Sí. Pero para dárselo necesito que el joven esté despierto- contestó el hombre. –Aunque probablemente terminará vomitándolo, pero es mejor comenzar a dárselo desde hoy- agregó. El menor asintió.
-¿Lo despierto?- preguntó.
-Creo que sería lo mejor- afirmó el médico.
El chico volvió su atención al egipcio. Sinceramente, si Yami de verdad estaba durmiendo, no deseaba despertarlo. Pero como había dicho el médico, aquella era la mejor opción. No había tiempo que perder.
Colocó una mano en el hombro del príncipe, y comenzó a sacudirlo levemente.
-Yami, despierta- llamó. Para su temor, el joven ni siquiera se movió. –Yami- intentó de nuevo, sacudiendo al egipcio con un poco más de fuerza. Pero nada. ¿Por qué tardaba tanto en despertar?
Sus ojos grisáceos se posaron de nuevo en el médico. Iba a decir algo, cuando un leve y casi imperceptible gemido se escuchó.
Su atención regresó de inmediato a Yami.
-¿Yami?- preguntó, con notoria inseguridad. Aunque para su alivio, el ojirubí murmuró algo, aunque ninguna de sus palabras fue inteligible. Tan solo una de ellas fue clara, aunque sin lugar a dudas fue motivo de tristeza en el chico de ojos grises. De entre aquel susurro incomprensible que Yami había dejado escapar, pudo escuchar claramente el nombre de su hermano, 'Seto'.
Suspiró. Definitivamente, si Yami despertaba lo primero que haría sería preguntar por el emperador.
Pese a eso, insistió en despertar al joven, sacudiéndolo de nuevo.
-Yami, despierta- habló.
-¿Para qué, Seto?- Por fin, las palabras del joven se volvieron claras. Y ahora, el egipcio se volteó, quedando de medio lado y dándole la espalda al menor.
-No soy Seto. Soy Mokuba- afirmó. Y esas palabras al fin parecieron surtir efecto, pues el ojirubí se dio la vuelta, quedando esta vez frente al chico. Sus ojos carmesí estaban entrecerrados. Era muy obvio darse cuenta que el egipcio no estaba del todo bien.
-¿Mokuba?- preguntó con confusión el príncipe.
-¿Cómo te sientes?- interrogó el menor.
-Bien… un poco mareado pero no es nada- contestó el egipcio. -¿Dónde está Seto?- Preguntó aquello que ya era obvio que preguntaría.
El menor no respondió. No sabía cómo responder.
Yami pareció estar a punto de insistir, pero entonces notó al hombre que estaba cerca de allí.
-¿Nos conocemos?- preguntó, intentando abrir por completo los ojos pero entrecerrándolos nuevamente cuando la luz le causó náuseas. Se dio por vencido, y en cambio siguió mirando al hombre. Podía jurar que ya lo había visto antes.
-Es el médico- afirmó Mokuba, deseoso de cambiar el tema. El hombre asintió en forma de saludo. Poco después, Yami hizo lo mismo. Pero era muy obvio que estaba sumamente confundido.
-¿Qué sucede?- preguntó. -¿Dónde está, Seto?- volvió a insistir con aquello. Algo estaba mal. Mokuba y el médico lo miraban casi con compasión. No le gustaba eso. Además, no se sentía muy bien. Podía jurar que estaba a punto de vomitar. Y los mareos no ayudaban en lo absoluto.
-¿No recuerdas lo que sucedió?- interrogó el menor, intentando por todos los medios ignorar la última pregunta del egipcio. Después de todo, ni siquiera él sabía dónde estaba su hermano.
El semblante del príncipe se notó casi desesperado. No quería preguntas, quería respuestas.
Quería saber por qué Mokuba se notaba triste.
Un momento y si algo le había sucedido a…
-¿Seto está bien?- preguntó, no importándole si el temor se notaba en sus ojos.
Esta vez, Mokuba sonrió ligeramente. Yami se preocupaba mucho por su hermano, y no podía más que sentirse agradecido por eso. Porque no había duda, con su carácter, Seto no merecía ser motivo de preocupación para el egipcio. Esa era la verdad, su hermano simplemente no merecía a Yami, pues no lograba apreciar aquellas pequeñas acciones que el joven hacía por él.
-Seto está bien, Yami. Eres tú quien me preocupa- admitió el chico.
-¿Yo? ¿Por qué?- nuevamente, la confusión fue notoria en los ojos carmesí del egipcio. Pero aquellos ojos se cerraron de pronto con fuerza. El joven colocó una mano sobre su boca, cuando sintió cómo su estómago intentaba vaciarse.
-Va a vomitar- afirmó el médico, cuando notó lo que sucedía.
De inmediato, Mokuba ayudó al egipcio a sentarse, mientras que un esclavo colocaba un tazón de cerámica debajo del rostro del ojirubí.
Sin lugar a dudas el esclavo llegó a tiempo, pues Yami no tardó en comenzar a vaciar su estómago.
Mokuba simplemente alejó sus ojos de aquella escena, aunque el sonido no ayudaba en lo absoluto. Yami estaba mal, no había duda de eso. Y era injusto que su hermano no pudiera ver eso. El príncipe había preguntado ya tres veces por el gobernante. Era muy obvio que lo único que Yami deseaba en ese momento era ver al ojiazul. ¿Era tan difícil para Seto entender que más allá del orgullo, se encontraba el simple hecho de que Yami lo necesitaba? Su hermano había estado allí cada vez que él, de niño, había tenido pesadillas. Siempre había estado a su lado. ¿Por qué no podía ser igual con Yami?
-Mokuba- Al escuchar a Yami llamarlo, el chico lo miró, solo para quedarse casi congelado al ver los ojos del joven inundándose de súplica. -¿Podrías decirle a Seto que venga?- preguntó.
-Pero… Yami… no sé si… Tal vez esté en una reunión con el Senado y…- intentó buscar una excusa, cualquiera que pudiera ayudar. Lo último que el egipcio necesitaba era saber que el ojiazul no deseaba verlo.
-No importa. Solo quiero que venga- insistió el ojirubí. Su semblante decayó de pronto. –No recuerdo bien lo que sucedió. Duele el solo pensar- afirmó. -¿Está enojado conmigo? ¿Por eso no has querido contestarme con claridad?- preguntó entonces.
-No, Yami. No es eso- afirmó de inmediato el menor. Sabía que mentía, pero no quería hacer que Yami se sintiera más mal de lo que ya se sentía.
-Entonces no tendrás problema en decirle que venga- profirió el egipcio. El chico suspiró y asintió con derrota.
-Está bien, Yami- aceptó, poniéndose en pie lentamente.
Un esclavo se acercó al chico, trayendo en sus manos un tazón con agua y un paño.
El menor no dudó en lavarse el rostro, quitándose del mismo todo rastro de sueño. Cuando hubo terminado, tomó el paño y se secó.
Después de esto, su atención se centró en el médico.
-Yo le explicaré todo- afirmó el hombre. Mokuba asintió. Al menos no iba a ser él quien le dijera a Yami que podía morir en cualquier momento.
No dijo nada más. Y en cambio hizo lo que Yami le había pedido. Algo que sin dudas no quería hacer. Ya podía imaginar el semblante que le mostraría su hermano. Sinceramente no quería lidiar con eso por el momento.
Pero Yami había insistido. Lo menos que podía hacer por el joven era intentarlo.
Salió de la habitación, pensando por unos momentos en cómo tomaría el egipcio la información que el médico iba a darle. De seguro nada bien.
Empero, negó el pensamiento. No quería llenarse la mente con cosas como esas. Además, era posible que Yami se recuperara. Su estado aún no era una sentencia de muerte. Debía verlo por ese lado, el lado positivo.
Después de caminar por un tiempo, se encontró con dos guardias. No tenía idea de dónde podría estar su hermano, así que debía preguntar.
-¿Alguno de ustedes sabe dónde está el emperador?- preguntó, con voz extrañamente firme, que podría fácilmente asimilarse a la de su hermano. Pero solo así los guardias parecían tomarlo enserio.
Ambos hombres se dieron la vuelta, pues le habían estado dando la espalda al chico.
-Yo sé dónde está- afirmó uno de ellos.
-Llévame con él- ordenó el menor.
El hombre no dudó en asentir.
Esta vez, el chico caminó detrás de aquel hombre. Normalmente, eran los guardias quienes caminaban detrás de él. Pero ahora no tenía idea de adónde se dirigían.
Sus pensamientos se enfocaron en su hermano de pronto. No sabía qué esperar realmente. Aunque era muy seguro que el ojiazul no estuviera para nada contento. Después de todo, cuando su hermano quería negar algo, tendía a usar el enojo y… el vino. No le extrañaría encontrar al castaño completamente ebrio, quizás hasta disfrutando de alguna mujer o algún esclavo.
Así era él. Ya lo conocía lo suficiente. Esa era la manera en la que su hermano pretendía olvidarse de algún tema, o sentimiento. Una manera que él no aprobaba en lo absoluto. ¿Pero qué podía decir al respecto? Seto no lo escucharía de todas formas. Además, según las costumbres romanas, su hermano no estaba haciendo nada malo.
Pero tampoco hacía nada malo estando al lado de Yami. No era un crimen que le mostrara aprecio al joven, aunque fuera un poco de cariño.
-En esa habitación- Salió de sus pensamientos al escuchar esto. Asintió, y no pudo evitar suspirar antes de abrir aquella puerta. No tocó primero, no estaba de ánimos para esperar.
Miró el lugar, sus ojos centrándose en la cama.
No había nadie allí. Tan solo un esclavo, parado frente a la cama, y desnudo. Negó con la cabeza, casi con decepción. Lo sabía. Y la jarra que había cerca sobre una mesita tan solo comprobaba que Seto había hecho lo que siempre hacía cuando estaba enfadado.
Sus ojos se movieron de nuevo. Pronto, captó la figura de su hermano a pocos pasos de ahí. El gobernante estaba de pie, mientras que un esclavo le colocaba la toga. Una nueva decepción. No tuvo que ver el rostro del ojiazul dos veces, para darse cuenta de que había estado tomando alcohol en exceso.
Ante esto, comenzó a sentir enojo.
-Por lo que veo te divertiste anoche, hermano- habló, su voz completamente fría. Cuando él quería, podía actuar exactamente igual que su hermano.
-No empieces, Mokuba- contestó el castaño, negándose a mirar al chico. En cambio, su mirada estaba perdida sobre el suelo.
-Y mientras tú te divertías, yo estaba cuidando de Yami. De hecho, me desperté dos veces en la madrugada para asegurarme de que Yami estuviera respirando- afirmó el menor, ignorando lo dicho por su hermano.
-Nadie te pidió que lo hicieras- murmuró el ojiazul.
-Tal vez yo sí sé apreciar lo que Yami ha hecho-
-¡Yami no ha hecho nada!- exclamó el gobernante.
-Ha hecho lo suficiente. Tan solo haber logrado hacer que te enamoraras de él es…-
-¡Ya te dije que eso no es verdad!- interrumpió el castaño, completamente furioso. Pero claro, esto ni siquiera inmutó al menor.
-¿Sabes qué? Olvídalo. No tengo tiempo para lidiar con esto- afirmó el chico, levantando ligeramente los brazos en señal casi de enojo. –Solo vine porque Yami me lo pidió. Quiere verte- informó.
-No tengo intenciones de verlo a él- contestó el ojiazul. Mokuba suspiró. Esa había sido la respuesta que había esperado.
Se dio la vuelta, dispuesto a retirarse. Sabía bien que podría pasar ahí todo el día intentando convencer a su hermano, y aún así no lograría nada.
-Fueron los hongos. Según lo que dijo el médico, Yami sufrirá mucho. Y es muy posible que muera- afirmó, dándole la espalda al ojiazul. -Es injusto que le hagas esto. No lo merece. Al menos podrías buscar al responsable y darle un poco de justicia a este asunto- profirió luego, antes de salir de ahí, a paso acelerado.
El silencio que inundó el lugar luego fue prolongado. Después de unos momentos, el esclavo por fin terminó de colocarle la toga al ojiazul, quien de inmediato caminó fuera de la habitación.
Debía admitir que su hermano tenía razón en un asunto. Un asunto que debía resolver.
Al salir del lugar, se encontró casi de frente con un guardia.
-Trae a Minerva- ordenó de inmediato.
-¿Minerva, señor?- preguntó el hombre con ligera confusión.
-La esposa de Octavio, el senador- aclaró el gobernante. El hombre asintió ésta vez.
-Como ordene- respondió, alejándose luego, dispuesto a cumplir la orden del ojiazul.
El castaño se quedó ahí por unos momentos. Mokuba había tenido razón en un asunto. Debía encontrar al responsable. Una ofensa como esa no podía quedar impune.
Minerva, después de todo, había llevado a Yami a la bacanal.
No sería extraño si esa mujer estaba involucrada nuevamente.
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Mokuba no había regresado con Yami de inmediato. De hecho, no lo hizo en todo el día. Pues sabía que el egipcio preguntaría de inmediato por el emperador. Y ya no tenía más excusas para explicar por qué el ojiazul se negaba a verlo. No quería alterar al joven. Eso era lo que Yami menos necesitaba.
Deseaba arreglar todo ese asunto, pero no sabía cómo. Era horrible tener que ser un simple espectador, pero ya no sabía cómo hablarle a su hermano para que éste entendiera. Había pensado durante todo el día en diferentes opciones para arreglar aquello, pero ninguna se mostraba efectiva.
Al menos la noche ya había caído, así que Yami de seguro estaría durmiendo.
Suspiró, entrando a la habitación, la cual estaba tenuemente iluminada por lámparas de aceite.
Sus ojos se centraron de inmediato en el joven que descansaba sobre la cama. Tal y como lo había pensado, Yami ya dormía. Se sintió mal de pronto, por haber dejado al joven solo durante todo el día. Pero no había tenido opción. Y es que a decir verdad, Yami ya se había ganado parte de su aprecio. Por eso era que se estaba preocupando tanto por el egipcio.
Pronto, notó al hombre que estaba cerca de la cama, al parecer guardando varios objetos en un pequeño baúl. Por lo visto, el hombre estaba a punto de irse.
Lo reconoció casi de inmediato, era el médico.
-¿Cómo siguió Yami?- interrogó.
-No puedo decir que haya mejorado en lo absoluto. Vomitó mucho y no pudo comer nada en todo el día- contestó el hombre.
El chico suspiró, su semblante decayendo.
-¿Y cómo reaccionó a…?- preguntó entonces, deteniéndose cuando no supo cómo continuar. Pero el médico pareció entender la pregunta.
-No muy bien. No mostró reacción alguna. Pero era fácil ver la tristeza en sus ojos- afirmó el hombre.
Mokuba asintió, sintiéndose ahora peor. Claro, Yami no mostraría alegría después de recibir casi una sentencia de muerte. Pero era muy obvio que el joven tampoco se pondría a llorar. Yami no parecía ser el tipo de persona que lloraba fácilmente.
-¿Considera necesario que me quede con él esta noche?- interrogó.
-No es necesario. Además, si algo sucediera, los esclavos darán aviso- contestó el médico, mirando a los tres esclavos que estaban cerca. –Preguntó mucho por el emperador- agregó luego, casi en un susurro.
-¿Enserio?- preguntó el menor, sintiendo casi culpa. El médico asintió.
-Creo que le preocupó más preguntar por el emperador que aceptar que comió hongos venenosos- comentó.
El menor sonrió de manera amarga. No era justo que aquello estuviera sucediendo. Definitivamente, el egipcio tenía un corazón noble. Y al parecer, el ojirubí también sentía algo por su hermano.
Era bello pensarlo realmente, que el príncipe correspondiera los sentimientos del gobernante. Pero la realidad no se mostraba alentadora en lo absoluto.
-Me retiro, joven- anunció el médico.
El menor asintió. Y por unos segundos, miró al durmiente egipcio.
Era difícil aceptar, que ahora solo quedaban dos opciones. Dos únicos desenlaces.
Yami vivía y se recuperaba, o simplemente… moría.
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El sonido de alguien al tocar la puerta resonó por el lugar. Pronto le dio permiso a la persona para que entrara.
En ese momento, había regresado nuevamente a aquella habitación en la que había dormido la noche anterior. Durante el día se había encargado de cumplir con varios deberes, que para su alivio no tenían relación alguna con el Senado. Lo último que quería era ver a los senadores ahora. No necesitaba más razones para enojarse.
-Señor, Minerva está aquí. Disculpe que haya tardado tanto pero la dama no se encontraba en su casa- explicó el guardia.
-Déjala pasar- ordenó el ojiazul, su semblante tornándose completamente serio. No estaba deseoso de hablar con aquella mujer, pero quería encontrar al responsable de haber puesto aquellos hongos en la copa de Yami.
-¿Querías verme?- Al escuchar la voz de Minerva se dio la vuelta. Como siempre, la mujer se mostraba altanera.
-Supongo que ya estás enterada- habló al fin.
-¿Enterada de qué asunto?- preguntó la mujer. El ojiazul rodó los ojos, molesto. –Emperador, no puedo leer tu mente- afirmó con un tono sarcástico, sonriendo además casi con burla.
-Procura no volver a utilizar ese tono de voz para dirigirte a mí, Minerva- ordenó el ojiazul, su semblante mostrándose levemente amenazante.
-Como ordenes- cedió la mujer, cruzándose de brazos. -¿A cuál asunto te refieres?- interrogó entonces, con un poco más de 'gentileza'.
-Me refiero a lo que sucedió con el príncipe egipcio- profirió el gobernante.
-¿Así que me obligaste a venir hasta aquí solo para hablarme de ese joven? Ya es de noche, emperador, no es tiempo para hablar de los repentinos desmayos del príncipe- comentó la mujer. Una sonrisa llena de picardía se formó entonces en sus labios. –Porque bien sabes que podríamos repetir lo de aquella noche- afirmó, acercándose al gobernante y estirando su brazo, con la intención de dejar que su mano tocara la mejilla del ojiazul.
Sin embargo, el castaño tomó ese brazo con fuerza, no permitiéndole a la mujer avanzar más.
-Basta de juegos- susurró, mostrando profunda seriedad en su voz.
-¿No estás de humor para el sexo? Por Venus, ¿a qué se debe este cambio tan drástico?- preguntó la mujer, fingiendo sorpresa. –No me digas que piensas conformarte solo con ese príncipe- profirió, notando cómo el enojo del ojiazul crecía. Sabía bien que si continuaba, podría verse en serios problemas. Pero a decir verdad, quería comprobar algo. –Aunque pensándolo bien no creo que ese sea el caso. Después de todo sé que aún no has tocado a ese joven de manera sexual. ¿A qué se debe, emperador? ¿Tan horrible es el cuerpo de ese egipcio? Porque para que una persona no te cause deseo, debe ser una persona verdaderamente desagradable-
-¡Ya basta!- exclamó de pronto el gobernante, dándole una fuerte sacudida a la mujer. Después de eso, tomó con considerable fuerza su mentón. De hecho, Minerva mostró una mueca casi de dolor. –No tienes permitido hablar así de Yami- murmuró el ojiazul, acercando su rostro al de la mujer con cada palabra que decía. –Será mejor que uses esa lengua para algo mejor que insultar a Yami, Minerva. O me aseguraré de que la pierdas- amenazó.
La mujer se mantuvo en silencio por algunos momentos. Había comprobado ya lo que había notado desde el día anterior. Aparentemente, el emperador hacía lo que fuera por defender a ese príncipe. Tal como el día anterior, había llamado al joven por su nombre. Además, podía notar claramente cómo los ojos del castaño habían cambiado de tono, a un azul tan amenazante que haría temblar a cualquiera.
Ya había visto al gobernante enojarse, pero casi nunca de esa forma. La conclusión entonces era obvia. Al parecer, había un estrecho lazo de cariño entre el emperador y el egipcio.
Normalmente, se hubiera burlado de cosas como esas. De hecho, eso era lo que quería hacer. Pero no pudo evitar recordar cierto momento años atrás. Y para su molestia, rastros de tristeza y culpa comenzaron a brotar en su mente.
Porque, ¿para qué negarlo? Si ese era el caso, y el gobernante de verdad quería al egipcio, no podía más que sentir… celos.
-Suéltame- pidió la mujer.
-Mas te vale dejar de lado tus burlas- volvió a amenazar el ojiazul, soltando al fin tanto el mentón como el brazo de Minerva.
-Está bien. Si quieres hablar del príncipe, adelante. Estoy escuchando- cedió.
-¿Tuviste algo que ver?- preguntó, decidiendo ir directo al punto.
Esta vez, la mujer pareció genuinamente confundida.
-¿Algo que ver en qué?- interrogó.
-Los hongos que el príncipe comió eran venenosos- explicó el ojiazul.
-Pensé que tan solo se había desmayado… tal vez por el cansancio- susurró la mujer, notándose sorprendida. Después del desmayo del príncipe, el banquete había sido suspendido. Así que claramente, todos los invitados se enteraron de lo que había sucedido. Mas nadie le dio mayor importancia al asunto, pues pensaron que el joven tan solo había estado agotado.
-¿Tuviste algo que ver?- volvió a preguntar el emperador.
-¡Por supuesto que no!- exclamó de inmediato la mujer, casi ofendida. –Sí, admito que lo llevé a la bacanal. Pero no intentaría matarlo. No tengo razón para hacer algo así- se defendió.
Hubo silencio por unos pocos momentos. El ojiazul no podía negar que las palabras de Minerva parecían ser sinceras. Pero aquella mujer era como una víbora, completamente engañosa.
-¿Y sí tuviste razón para llevarlo a la bacanal?- preguntó, incrédulo aún.
-Quería tenerte entre mis piernas- contestó la mujer. –Y valió la pena, debo admitir. Pero mi intención no era más que esa. No tengo razón para desear su muerte- afirmó.
-Eso es difícil de creer, considerando que ayer no te mostraste nada agradable con el príncipe- insistió el castaño.
-Es divertido hacerlo enojar, eso es todo- profirió la mujer. –No tuve nada que ver. Y puedes seguir preguntándome durante toda la noche y mi respuesta siempre será la misma. No soy tan estúpida como para dañar una valiosa posesión del emperador- comentó.
-Si ese es el caso, ¿tienes por lo menos una idea de quién puede ser el responsable?- preguntó el ojiazul. Por el momento, le daría a la mujer el beneficio de la duda. Solo esperaba no estar cometiendo un error.
-No. No sé de nadie que pueda haberse atrevido a hacer algo así- afirmó la mujer. Aunque bien sabía que tres senadores podían ser los culpables, pero no iba a decirlo. Lo que menos quería era tener a esos hombres como enemigos. Aquí lo más importante, eran sus propios intereses.
-Por lo visto solo perdí mi tiempo. Sal de aquí- ordenó el ojiazul.
-Como quieras- habló la mujer, dándose la vuelta y caminando hacia la salida.
Pero entonces, un detalle le vino a la mente.
-¿No deberías de estar con él?- interrogó.
-Ese no es tu asunto- respondió de inmediato el castaño, a la defensiva.
-Tan solo pensé que si estabas tan preocupado por ese egipcio, por lo menos te rebajarías lo suficiente como para cuidarlo durante la noche- explicó la mujer. –No vaya a ser que tu querido príncipe sufra y tú no estés ahí para consolarlo- agregó.
A decir verdad le causaba casi molestia que después de ver el obvio cariño que el gobernante sentía por ese joven, notara que el ojiazul no quería siquiera acercársele. ¿No se suponía que en momentos como ese el egipcio necesitaría de él?
Nuevamente, un recuerdo inundó su mente. Y la tristeza pareció crecer. Pero también el enojo hacia el castaño. Para ser el emperador de Roma, el ojiazul no era el más inteligente. Pues si de verdad no pensaba acercarse al egipcio mientras éste estaba mal, por el solo hecho de que su orgullo no se lo permitía, era entonces una persona realmente estúpida.
-Sal de aquí, Minerva- ordenó de nuevo el ojiazul.
La mujer sonrió. El emperador parecía querer cambiar el tema. Al parecer, ella estaba en lo cierto.
-Es curioso. Cuando ese joven estaba bien, no te importaba mostrar interés y hasta aprecio por él. Pero ahora que está mal, no quieres ni acercártele. ¿Tienes miedo acaso de que ésta situación te haga ver vulnerable? Porque eso es lo que yo entiendo aquí, que no quieres estar al lado del joven en su enfermedad porque eso te haría ver demasiado preocupado y atento a las necesidades del egipcio. Y eso es sinónimo de debilidad, ¿no es así, emperador?- preguntó. –Porque no es lo mismo estar al lado de una persona cuando ésta está bien, que estar a su lado cuando está casi muriendo. Pues solo en ese momento se comprueba si de verdad la quieres o no- afirmó.
-No sé de qué hablas- murmuró el gobernante, cerrando los puños.
-Emperador, no tiene caso negarlo. Creo de entre todas las mujeres yo soy la que más te conoce. Y ayer cuando defendiste al príncipe, pude notar claramente el sentimiento de sobreprotección que le dirigías al joven. Tus mismos ojos tomaron un tono más oscuro y amenazante. Normalmente solo te muestras así cuando alguien ha lastimado a tu hermano- explicó la mujer, mirando con suma seriedad al gobernante. Curiosamente, no había rastros de burla ni diversión en aquellos ojos verdes.
-No digas tonterías, Minerva- ordenó el ojiazul.
-¿Niegas la verdad?- preguntó la mujer. –No estoy diciendo que estés enamorado del egipcio. Es más, creo que ni siquiera eres capaz de sentir algo como el amor-
-¿Y tú sí eres capaz?- interrogó con burla el castaño.
-No. Tú y yo somos más parecidos de lo que crees, emperador. Por eso sé que no puedes sentir amor. Y si llegaras a sentirlo simplemente lo negarías, al punto de que pronto te convencerías a ti mismo de que esa emoción no puede ser… Pero creo que sabes de lo que hablo… ¿Amaste una vez, no es así? Amaste a esa joven… Kisara. Es muy lamentable que ni aún con su muerte hayas cambiado. Ni siquiera te afectó. O tal vez solo conjeturo al pensar que había amor ahí- afirmó la mujer, notando el semblante de repente asesino que mostró el ojiazul cuando mencionó ese nombre. Solo por eso, decidió olvidar ese tema. Estaba claro que ese asunto era delicado. –Pero sea como sea, te preocupas por ese joven. Podría decirse que hasta sientes mucho aprecio por él-
-Esas son mentiras- interrumpió el ojiazul, su semblante notándose cada vez más enfurecido. La sola mención de Kisara bastaba para que su mente explotara en furia.
-Te empeñas en negarlo. Pero mi señor, ¿acaso no ves que así solo te lastimas a ti mismo y al joven a quien quieres?- preguntó la mujer. Hubo silencio. Minerva sonrió, no con burla ni sarcasmo, sino con una mezcla de tristeza y entendimiento, emociones que casi nunca mostraba. Y es que aquel recuerdo la había inundado con más fuerza. -Ve con él. Pues no hay manera de saber cuándo los dioses lo apartarán de tu lado. Y créeme, lidiar con la culpa y con el pensamiento de lo que pudo ser es algo casi intolerable… Ya lo has vivido, o eso me parece. Pero ahora te lo confirmo con mis palabras- expresó.
-No voy a hacer eso- murmuró el gobernante. Al parecer, las palabras de Minerva le habían afectado de alguna forma.
-Pero quieres hacerlo. Dime algo, emperador. ¿Qué es más grande, la voluntad o el orgullo?- preguntó la mujer.
-¡Ya basta con tus estupideces, Minerva!- Por fin, el ojiazul no pudo controlar más su enojo. Y es que estaba furioso, por la simple razón de que su mente había concluido que las palabras de Minerva eran completamente ciertas. Pero no quería aceptarlo. –No sé qué es lo que pretendes, pero es suficiente. Sal de aquí- ordenó, dándole ahora la espalda a la mujer y concentrándose en mirar la noche que ya se presentaba a través de un balcón cercano.
-Como usted ordene- aceptó la mujer, caminando de inmediato fuera del lugar. -Sigue viviendo como hasta ahora. Una vida solitaria y vacía, que podría cambiar drásticamente si tan solo aceptaras la verdad y te olvidaras del maldito orgullo- habló de nuevo, antes de desaparecer de ahí.
El emperador se quedó dónde estaba, escuchando los pasos de la mujer al alejarse. Sinceramente, estaba sorprendido. Nunca había visto aquella faceta de Minerva. Por primera vez, la mujer había parecido vulnerable al hablar. Su solo semblante carecía del orgullo y arrogancia que tanto la caracterizaba. Podía jurar que Minerva sabía bien de lo que estaba hablando. Era casi como si ella hubiera experimentado algo así.
Y tal vez eso, tan solo ese detalle, fue el que le hizo reflexionar sobre las palabras dichas por la mujer.
Minerva tenía razón, no podía negarlo. Tenía toda la razón y eso le enfurecía.
Sí, podía ser que no estuviera enamorado de Yami. Pero sí se preocupaba por el joven y… sí lo apreciaba, mucho realmente. Eso tenía que admitirlo.
Y por último, por supuesto que quería estar al lado del egipcio en ese momento. Durante todo el día su mente le había pedido que fuera a ver a Yami, aunque fuera por un minuto solamente. Quería estar al pendiente del estado de salud del joven. Estar ahí cuando el médico llegara a darle algún tratamiento.
Porque, tal y como había dicho Minerva, no había forma de saber cuándo los dioses apartarían al joven de su lado.
Y… si Yami moría en ese momento, ¿sentiría él culpa? La respuesta era una sola. Por supuesto que sí.
Ante este pensamiento, no dudó en comenzar a caminar, casi con furia.
Su mente estaba dividida ahora. Había una voz que le decía que caminara, no, corriera hacia donde estaba Yami. Y había otra voz que con frialdad le decía que se alejara lo más que pudiera del egipcio. Que no se humillara a sí mismo al ir con el joven y aceptar que se preocupaba de sobremanera por él. Que no mostrara debilidad alguna.
Pero él solo siguió caminando. Había una solución para aquel dilema. Una única solución que en ese momento le pareció la correcta.
Y se dirigió hacia ella.
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Procuró caminar con rapidez, queriendo salir de aquel lugar lo antes posible.
Sinceramente, se arrepentía de haberle hablado de esa forma al emperador, mostrando tanta debilidad y honestidad.
Pero al haberse enterado de que el ojiazul estaba empeñado en negar lo sentía por el egipcio, no pudo más que recordar su propio pasado, cuando ella misma había negado algo parecido. Y tenía presente cómo había terminado todo, gracias a su orgullo. Por eso, no podía soportar saber que algo similar estaba sucediendo.
Simplemente no podía aceptar que el gobernante estuviera cometiendo el mismo error que ella había cometido.
No había mentido cuando le dijo al emperador que ambos eran parecidos. La única diferencia, es que el ojiazul aún estaba a tiempo.
Ella, en cambio, había llegado demasiado tarde.
-Lo lamento- murmuró la joven, de tal vez quince años. Sus ojos verdes se enfocaban en el joven que yacía sobre una cama.
-No te disculpes. No es algo digno de tu carácter- respondió el joven, cuyo aspecto se notaba enfermizo. –Al menos ya tienes a un hombre que podrá darte todos esos lujos que querías. Yo nunca hubiera podido darte algo parecido- afirmó.
-No me importa ya eso. Los lujos me son indiferentes ahora. Solo te quiero a ti… no te vayas, no me dejes-
-Solo los dioses pueden decidir eso- profirió el joven. Alzó su mano, mostrando un anillo de simple hierro. –Esto es tuyo. No se compara al anillo de compromiso que ahora tienes. Pero pensaba dártelo el día que te casaras conmigo. Algo que claramente ya no sucederá, pues hace dos años que te casaste con ese joven de alta clase. Pero de todas formas quiero que lo tengas- afirmó.
Su mano se dirigió a un collar de plata que tenía alrededor de su cuello. Pronto, pudo sentir el dije de éste. Era aquel anillo de hierro.
Con la otra mano, se secó un par de lágrimas que habían insistido en caer.
Con mucho esfuerzo, volvió a mostrar su semblante altanero. No iba a dejar que el pasado siguiera afectándola. No pensaba mostrarse débil. Su carácter siempre había sido orgulloso y arrogante, y así seguiría siendo.
Ahora solo le quedaba ese anillo. Lo demás… ya estaba en el pasado.
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Entró al lugar, preguntándose una y otra vez si lo que hacía era lo mejor. Nuevamente, parte de su mente le contestaba con un largo y estruendoso 'sí', mientras que la otra parte de sus pensamientos criticaba lo que hacía.
Pero ya no había vuelta atrás. Mientras se dirigía hacia allí había tenido el tiempo suficiente para cambiar de opinión. Y eso no había sucedido. Ahora debía de enfrentar su decisión.
Caminó entonces, sabiendo bien adonde debía llegar. El lugar estaba oscuro, iluminado apenas por un par de lámparas de aceite que se encontraban en dos mesas pequeñas que estaban cerca. Pero a decir verdad, aún aunque no hubiera una fuente de luz, podría caminar sin problemas en ese lugar. Pues lo conocía ya de memoria. Era quizás la habitación que mejor conocía de todo el palacio.
Era su habitación. Y allí, ahora frente a él, se encontraba su cama.
Y en su cama, alguien dormía.
No supo realmente por qué, pero su corazón se aceleró al ver la silueta del joven que descansaba envuelto entre las sábanas.
Una emoción comenzó a crecer en su pecho. ¿Era acaso alivio o felicidad lo que sentía? ¿Una mezcla de ambas, quizás? No estaba en claro. Lo que sí notó, fue que finalmente el dilema que había en su mente desapareció. Aquellas voces mentales que le proponían opciones opuestas se esfumaron, sin dejar un solo rastro. Por fin, pudo sentir tranquilidad.
La sola presencia de Yami le traía emociones extrañas sin lugar a dudas.
-¿Desea que le ayude a quitarse la toga, señor?- A pesar de la pregunta, el gobernante siguió mirando al egipcio. Era ya muy obvio que quien había hecho esa pregunta era un esclavo. Asintió entonces, notando cómo el esclavo comenzaba de inmediato con su labor.
No pasó mucho tiempo antes de que la incómoda vestimenta desapareciera. Ahora su única vestimenta era una ligera túnica.
Por unos segundos, dudó en si debía dormir al lado de Yami. ¿Por qué dudó? No lo sabía realmente. Tal vez porque no deseaba hacer nada que pudiera dañar su orgullo. Pero de nuevo, el solo hecho de estar ahí, ya era un enorme golpe a su soberbia. Ya no podía hacer nada, estaba ahí y eso ya había comprobado que se preocupaba por el egipcio.
Su orgullo ya estaba en el suelo de todas formas. Lo sabía bien, estaba mostrando debilidad.
Quizás ya era tarde. Reflexionó esto. Quizás ya no podía hacer nada por evitar… dejar de mostrarse débil en cualquier asunto que involucrara a Yami. Tal vez Yami ya era tan importante para él como su hermano, a quien había cuidado desde el día en que nació. Era difícil creerlo, pero no era algo imposible.
Por fin se acostó en la cama, sus ojos siempre centrados en el egipcio, quien estaba durmiendo de medio lado, su rostro de frente al romano.
Las lámparas de aceite lo iluminaban tenuemente, revelando las facciones de aquel joven. Nadie podía negar la belleza de aquel adolescente. Sí, una notoria palidez inundaba aquel rostro, pero no le restaba hermosura al mismo.
Yami era precioso. Y no solo físicamente. De hecho, era difícil decidir si la personalidad del joven era más bella que su físico o viceversa. Todo era simplemente… perfecto en aquel príncipe.
Los egipcios lo habían dicho con claridad, que aquel joven podría equipararse a los dioses. Pero nunca pensó que esa afirmación pudiera ser cierta, hasta que él mismo miró al príncipe.
Debía admitir que era casi reconfortante estar tan cerca del joven nuevamente, mirando ese bello rostro y oliendo aquel característico perfume que cubría al ojirubí. Sinceramente, ya era casi un adicto a esa fragancia dulce pero exótica, suave pero perceptible. Un aroma ya propio del egipcio.
Además, era un verdadero alivio notar cómo el joven respiraba tranquilamente, como si nada estuviera afectándole.
Se acostó sobre su espalda, esperando a que el sueño llegara.
Aunque de seguro no pasaría una buena noche. Mokuba le había dicho que él se había despertado dos veces para comprobar que Yami estuviera bien.
Y si Mokuba lo había hecho tan solo dos veces, él de seguro lo haría en más de diez ocasiones.
Pero aún así, debía admitir que se sentía más tranquilo ahora que la noche anterior. Aunque estuviera mostrando debilidad, su mente parecía estar casi en paz absoluta.
Por unos momentos, miró al egipcio, sintiendo esa tranquilidad y disimulada alegría que no acostumbraba sentir a menudo.
Era ya algo definitivo, la sola presencia de Yami le traía emociones extrañas. Y no quería que eso acabara.
Porque había mentido cuando intentó convencerse de que no le importaba lo que le sucediera al príncipe.
Las palabras de Minerva resonaron en su mente. Aquella mujer le había hablado de alguien… Kisara, la joven quien años atrás fue su prometida. El tema le era difícil de tratar, eso no lo negaría. El recuerdo de esa joven aún lo perseguía en muchas formas. Todos pensaban que Kisara había muerto, pero solo él sabía la verdad. Empero, procuraba no pensar en eso.
Sin embargo, había algo que sí tenía en claro; que lo que sentía por Yami no se comparaba en lo absoluto con la compasión y hasta lástima que había sentido por esa joven. No había forma de comparar ambos sentimientos.
Pues la verdad era una sola. Sentía que si Yami moría, el mundo entero se acabaría.
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Magi: ce fini con este capitulo n.n Muchísimas gracias a todos por sus reviews y su apoyo! No puedo creer que solo esté a tres reviews de los 200! Nunca pensé que recuperaría los reviews tan rápido. Me alegra saber lo mucho que les gusta este fic n.n
Como habrán notado, agregué algo importante a este capítulo. Creo que es el cambio más drástico que le he agregado al fic. Introducí a Kisara. Tenía planeado hablar de ella en capítulos futuros pero viendo bien la trama, creo que es mejor hablar de ella desde ahora. Y sí, es la Kisara del anime. Quiero enfocarme ahora en traer personajes de la serie al fic. Así que tal vez aparezcan más rostros conocidos xD
Aclaraciones! El hongo que utilizaron para dejar medio muerto a Yami fue el Amanita phalloides n.n Es un hongo que es muy parecido a otras especies que sí son comestibles, así que es fácil confundirlo, además de que su sabor no es malo. Hay muchas versiones de cómo murió el emperador romano Claudio, una de ellas es que murió envenenado después de comer estos hongos. De hecho, en Roma era sumamente común envenenar a los enemigos. Nerón, por ejemplo, tenía su propio envenenador personal.
Sobre mi otro fic, Mente frágil. No lo he olvidado, es solo que no he tenido tiempo de escribir el siguiente capítulo. He estado estudiando(hoy tuve el primer examen T.T), sin mencionar las mil tareas que tengo que hacer. Pero espero actualizarlo pronto.
Agradecimientos a DaffnezzitaxD, yoyuki88, niko-chan, Azula1991, Atami no Tsuki, Mitsuki Asakura, Yami224, Patty-MTK, noemicita01, angelegipcio por sus reviews!
Me despido
Ja ne!
