Flor de loto
Capítulo 17
Cuando Mokuba entró a la habitación, esperaba encontrar a Yami; solo a Yami. Dormido aún o despierto, quejándose de dolor o sintiéndose mejor. Sinceramente, había esperado muchas cosas. Una larga lista de ellas. Pero en esa lista no figuraba el nombre de cierta persona. Pues era una persona que jamás estaría allí.
Por eso, la sorpresa lo golpeó con fuerza cuando miró hacia la cama, y notó a alguien más ahí, aparte de Yami.
Al principio, su primera reacción fue de completa incredulidad. De hecho, se preguntó a sí mismo si estaba viendo con claridad. Tal vez su imaginación había tomado el control de sus ojos.
Pero entonces, aquella persona que estaba en la cama al lado de Yami se movió, al parecer notando su presencia.
Y así, se encontró con los ojos azules de su hermano.
Abrió su boca para decir algo, pero la cerró al no salir palabra. En cambio, se quedó mirando a su hermano como si éste fuera una extraña aparición. De inmediato notó el semblante del castaño. Era muy obvio que el ojiazul había pasado una muy mal noche. Al menos las ojeras debajo de los ojos del gobernante le decían eso.
-¿Qué estás haciendo aquí?- Por fin, pudo hablar. Pero en medio de su sorpresa, solo eso pudo preguntar.
El ojiazul alzó una ceja.
-Ésta es mi habitación- afirmó aquello que era obvio.
-Eso ya lo sé… pero… estás aquí- habló el chico. –Aquí… estás aquí- repitió. Aún no podía creer lo que estaba viendo. El día anterior, su hermano le había dejado en claro que no pensaba acercarse a Yami… y ahora estaba ahí, en la cama con el egipcio.
-¿Si de verdad estoy aquí en dónde más puedo estar?- preguntó el castaño. El menor parpadeó confundido. No había entendido esa pregunta. Su mente no estaba en condiciones de procesar información complicada.
-¡Estás aquí con Yami!- exclamó, la alegría haciéndose presente.
-Baja la voz, Mokuba- ordenó el ojiazul, mirando al joven que descansaba a su lado.
El chico también miró al egipcio. Sonrió ampliamente al notar la posición del ojirubí. El joven se encontraba durmiendo sobre el pecho del ojiazul. Con su brazo derecho rodeaba la cintura del gobernante, mientras que su mano izquierda sostenía parte de la túnica del castaño.
Al parecer, aún mientras dormía, aquel joven era posesivo.
Y, obviamente, su hermano se abstenía de abrazar o tocar al joven de alguna manera que demostrara afecto. Pero sinceramente, ya estaba más que aliviado por el solo hecho de que el ojiazul estuviera ahí. No sabía qué excusa le daría a Yami ese día si el castaño volvía a negarse a verlo.
-Le traje a Yami un poco de fruta. Ayer no comió nada- anunció, recordando al fin que tenía una bandeja en sus manos. –Y de seguro el médico vendrá en cualquier momento- dijo luego, recibiendo solamente un asentimiento como respuesta.
Procuró no preguntarle a su hermano por qué había cambiado de decisión con respecto a Yami. Lo que menos quería era que el ojiazul se enfureciera nuevamente. Tenía curiosidad claro, pero logró ignorarla. Lo importante ahora era que el egipcio no estaría solo.
Un leve gemido le hizo volver a centrar sus ojos en Yami. Al parecer el joven estaba despertando.
Un gran bostezo escapó de los labios del príncipe, mientras que, aun estando sobre el ojiazul, estiró levemente su cuerpo. Sus ojos se abrieron al fin.
-¿Dejarás por fin de usarme como almohada?- preguntó el castaño, su semblante mostrándose serio. Ahora que Yami estaba despertando, parte de su mente volvió a gritarle que se alejara.
-Hermano, eso es descortés- advirtió el chico, mirando al ojiazul casi con desaprobación.
-Descortés es que alguien duerma sobre ti- afirmó el castaño. Luego, le lanzó una mirada molesta a Yami. Pero dicha molestia se evaporó de inmediato cuando notó exactamente el estado del egipcio.
Yami… tan solo estaba ahí. Sus ojos estaban abiertos, y se enfocaban en los del castaño. Pero el joven parecía estar perdido en otro mundo. Además era muy fácil notar que había dolor en sus ojos.
Siguió mirando al ojirubí, no sabiendo realmente qué hacer. No había esperado que el egipcio estuviera tan mal.
-Se… to- susurró el joven. Su voz apenas se escuchaba.
Pero entonces, una leve sonrisa se formó en los labios del príncipe.
-Te ves… terrible- afirmó el ojirubí, dejando escapar una risa que más bien pareció un quejido.
-Pues tú no te ves como un dios en este momento- respondió el ojiazul, intentando que la preocupación no se notara en su voz. Yami estaba mal, ya no había duda de eso.
-¿No dormiste? Tienes… ojeras- continuó el joven, ignorando el comentario del castaño.
El gobernante rodó los ojos. Por supuesto que tenía ojeras. Había pasado una pésima noche.
Había imaginado que se despertaría más de diez veces para asegurarse de que Yami estuviera bien. Y no había estado equivocado. Fueron catorce las veces en las que se despertó.
-Creo que es mejor que me retire- afirmó de pronto Mokuba. Podía notar claramente que su hermano no estaba del todo cómodo con su presencia. No resentía esto, pues sabía bien que el ojiazul estaba haciendo un gran esfuerzo con tan solo estar ahí.
Caminó entonces hasta estar cerca de la cama. Le ofreció luego la bandeja al castaño, quien la tomó en su mano.
Yami pareció notar la acción, pues por fin se alejó del gobernante, recostándose ahora sobre la cama. Sabía bien que debía de tan siquiera saludar a Mokuba. Pero la verdad era que no quería hablar mucho. Aún no lo había expresado abiertamente, pero sentía un dolor casi insoportable en su abdomen. Por eso le había hablado al castaño de manera pausada, para evitar que el dolor se reflejara en sus palabras. Y además de eso, tenía escalofríos.
Ocultó su rostro contra la almohada, mientras que se disculpaba mentalmente con el chico por su falta de cortesía.
Al menos, algo bueno había en todo eso. Que ahora Seto estaba ahí. El día anterior había desaparecido. Por unos momentos, había pensado que tal vez el ojiazul estaría disgustado con él. Pero ahora que el castaño estaba a su lado, estaba convencido de que el emperador simplemente había tenido mucho trabajo el día anterior.
-Ahora sí, puedes dejar contenerte- escuchó que el ojiazul decía. Alzó la mirada, intentando nuevamente esconder el dolor que sentía. Notó entonces que Mokuba ya se había ido, y que la bandeja que el chico había tenido estaba ahora en el regazo del castaño.
-¿Qué?- preguntó, tragándose a como pudo un gemido de dolor que quiso escapar.
El ojiazul rodó los ojos, casi molesto.
-Estás sintiendo dolor, Yami. Si quieres expresarlo, adelante- afirmó.
-¿De qué hablas? No me duele nada…- Apenas dijo aquello, no pudo detener el quejido que salió de su boca. –Está bien… lo admito, me duele mucho- confesó, llevando su mano hasta su abdomen. Hubiera deseado no admitir algo como eso, pero no pudo evitarlo. Aunque claro, eso no significaba que iba a llorar o a quejarse de dolor como un niño. Por supuesto que no. No deseaba verse tan débil frente al gobernante.
-El médico debe venir en poco tiempo- afirmó el ojiazul.
Yami tan solo sonrió. Sabía bien que aquella era la extraña forma en la que el castaño intentaba consolarlo, por decirlo de alguna forma. Una forma nada típica, pero propia del gobernante.
-Debes comer- habló de nuevo el emperador, mirando la bandeja que tenía en sus brazos. Ante esto, Yami dejó escapar un gemido molesto, mezclado claramente con el dolor que aún sentía.
-No tengo hambre, Seto- afirmó. Sí, el día anterior no había podido comer nada, pero aún ahora el hambre no se había hecho presente. Toda su mente parecía estar enfocada en el dolor.
-No te pregunté si tenías hambre- dijo el ojiazul, su mirada enfriándose considerablemente. Obviamente, esa mirada no dejaba opción para más necedades.
Yami rodó los ojos. No podía evitar sentirse molesto ante aquel comentario. Aunque sabía bien que aquella era una, de nuevo extraña, manera en la que el castaño mostraba que se preocupaba por él. Un lindo detalle, por supuesto, sobretodo de parte del ojiazul. Pero fuera como fuera, aquello había sido casi una orden, y a él no le gustaba que le dieran órdenes.
Sin embargo, y teniendo presente el firme pensamiento de no hacer enojar al castaño, asintió de muy mala gana.
-Está bien, voy a comer. Pero con una… condición- afirmó, deteniéndose antes de pronunciar la última palabra pues nuevamente el dolor se hizo presente. Sonrió, tan seductivamente como pudo en su estado. –Estoy enfermo, Seto. No puedo comer sin ayuda- explicó, fingiendo casi un puchero. Aún estando así, sentía ganas de burlarse un poco del ojiazul. Después de todo, sus burlas eran tan solo una manera de decirle al gobernante que lo apreciaba. -¿Me das tú de comer?- propuso, poniendo su mejor mirada inocente, pero fallando miserablemente cuando dejó ver en cambio una expresión de dolor.
Sinceramente, le parecía humillante que alguien se atreviera a darle de comer como si él fuera un niño o un bebé. Así que obviamente, tan solo estaba bromeando.
-En tus sueños- afirmó el ojiazul. Por unos momentos, pensó en simplemente lanzarle la bandeja al ojirubí. Pero pronto optó por no hacer eso. Después de todo, el joven aún se encontraba acostado. -¿Qué esperas para sentarte?- preguntó entonces. Sentía mucho alivio, debía admitirlo. Pues si bien Yami estaba quejándose de dolor, al menos aún tenía ánimo para las burlas.
-Eres muy amable, emperador. Lo digo enserio- afirmó el joven, rodando los ojos. A decir verdad, se sentía mucho mejor que el día anterior. No físicamente, sino mentalmente. Tener al gobernante cerca lo hacía casi olvidarse de lo mal que en realidad estaba. Por los dioses, el mismo médico le había dicho que era posible que muriera.
Suspiró, intentando con esfuerzo sentarse. No quería pensar en eso. No iba a morir, no podía morir. Su pueblo entero contaba con él, sin mencionar el hecho de que no quería apartarse del emperador.
No iba a morir…
De pronto, una exclamación de dolor escapó de sus labios. Pronto, se encontró nuevamente acostado sobre la cama. No había podido sentarse.
Su semblante ensombreció. No podía negarlo, estaba muy mal, y sabía bien que empeoraría.
De hecho, hasta entonces se dio cuenta de que había empezado a sudar. Aunque era un sudor frío.
De nuevo intentó sentarse, sabiendo de antemano que se había ganado la atención del gobernante. Podía sentir los ojos azules del romano sobre él.
Pero por segunda vez volvió a caer. Suspiró, con una mezcla de molestia y temor. Si no podía sentarse siquiera, estaba casi seguro de que no podía caminar. Y si no podía caminar, su salud sin dudas estaba empeorando rápidamente. Y aquel era apenas el segundo día.
Pronto sin embargo, su mente entera se llenó de profunda sorpresa. De hecho, todos sus pensamientos parecieron abandonarlo.
Miró al ojiazul, notando en el proceso al esclavo que estaba ahora cerca, y quien sostenía la bandeja con frutas. Nuevamente, sus ojos se enfocaron en el romano.
Sintió los brazos del castaño alrededor de su cintura. Una ligera fuerza lo levantó, logrando con facilidad que por fin pudiera sentarse sobre la cama.
Seto lo había ayudado a sentarse.
Pero eso no fue lo que le sorprendió, sino el hecho de que un brazo del ojiazul se había quedado alrededor de su cintura. Por ende, ahora él estaba recostado contra costado del romano. Algo bueno, claro. Primero, porque el castaño le estaba permitiendo estar tan cerca. Segundo, porque si alguien no lo continuaba sosteniendo, sabía que volvería a caer.
Notó entonces que el esclavo volvió a darle la bandeja al ojiazul, colocándola en el regazo del gobernante, y teniendo cuidado en no hacer caer ninguno de sus contenidos. Después de todo, un error como ese, significaba un doloroso castigo.
-Come- ordenó el castaño.
Por unos segundos, Yami le dirigió una mirada molesta. No le gustaba que le dieran órdenes.
Empero, no pasó mucho tiempo antes de que el joven obedeciera.
Con su mano izquierda, la cual temblaba ligeramente, logró tomar en un débil agarre una uva. Para su dicha aquella comida era ligera. Definitivamente, su estómago no podría soportar comida muy elaborada. Y no deseaba vomitar más de lo necesario.
Y con más de lo necesario se refería al tratamiento que iba a recibir durante esos días. El médico le había explicado todo con claridad. Al parecer, una parte del tratamiento consistía en hacerle tomar agua con sal y luego obligarle a vomitar. Obviamente, esa información no le había agradado en lo más mínimo. El día anterior había vomitado bastante. Ya no quería volver a hacerlo.
Pero bueno, al menos ésta vez, Seto iba a estar a su lado.
Llevó la fruta hasta su boca, masticándola luego. Mientras lo hacía, colocó su cabeza sobre el hombro del ojiazul.
Si Seto estaba ahí, no importaba nada más.
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Como la mujer de alta clase que era, siempre que salía a la ciudad lo hacía en una litera. Llamar la atención era algo que le encantaba hacer.
Así que en ese momento, tan solo iba recostada, disfrutando del cómodo viaje. De vez en cuando, sus ojos verdes se enfocaban en las calles. Muecas de asco aparecían en su rostro cada vez que veía a alguna persona de baja clase.
Empero, en una de esas ocasiones en las que dirigía su mirada hacia afuera, se encontró con un caballo que estaba sumamente cerca. Al ver quien lo montaba, no pudo más que mostrar un semblante cubierto de fastidio. Era Servius, el senador.
-Senador- saludó sin embargo, al ver que el hombre allí la miraba.
-Minerva- habló el hombre, sus ojos celestes centrados en los de la mujer. –Baja de ahí. Tenemos que hablar- ordenó, su semblante completamente serio.
Pero la mujer tan solo negó con la cabeza.
-Lo que tengas que decirme será de importancia, estoy segura. Nadie más debe escucharnos. Pero mi casa está cerca- ofreció. Conociendo a aquel hombre, de seguro iba a hablarle acerca del príncipe, o mejor dicho, de lo que le había hecho al príncipe. Pues a su parecer, ya estaba claro que ese hombre y los otros dos senadores eran los responsables.
-Una mujer me invita a su casa. Minerva, tan solo quiero hablar, nada más- habló el hombre, con humor.
La mujer rió, aunque una parte de su risa fue fingida. A decir verdad, el comentario no le había causado gracia.
-Y eso es lo que haremos, hablar solamente, pero en privado- afirmó, dirigiendo su vista al frente.
-No tengo tiempo que perder, Minerva- le dijo el hombre. –Baja de ahí- ordenó nuevamente.
-Si rehúsas mi invitación, al menos espera a que lleguemos a una zona donde no haya muchas personas- insistió la mujer.
-Minerva, si no bajas de ahí tendré que obligarte- amenazó el hombre. La mujer rodó los ojos, harta de tanta insistencia. Pero no deseaba tener problemas con aquel hombre, así que tuvo que obedecer.
-¡Alto!- les ordenó a los esclavos que llevaban la litera. Estos de inmediato se detuvieron.
Cuando miró el suelo, mostró asco de inmediato. No quería ensuciarse sus costosas vestimentas. Además, era humillante bajarse y caminar como una simple plebeya. Ella, a diferencia de muchas mujeres, tenía una reputación que mantener.
Se bajó sin embargo, procurando mostrar un semblante orgulloso en todo momento.
Notó que el senador hizo lo mismo.
-Sígueme- ordenó el hombre, comenzando a caminar.
Minerva suspiró con molestia, pero obedeció. ¿Adónde pensaba llevarla ese hombre?
Caminó sintiendo suma repugnancia, y a más de una persona le habló con insultos cuando sin darse cuenta rozaban con ella o la empujaban.
Pero para su alivio, pronto se encontró en lo que parecía ser una especie de callejón. No había nadie allí. Al parecer, el senador ya conocía bien aquel lugar.
-¿Y bien?- preguntó, desesperada por volver a la comodidad de su litera.
-Escuché que ayer el emperador te mandó a llamar- comenzó el hombre.
-Así es- afirmó la mujer. Ya sabía bien de qué quería hablar el senador. Y claramente, el asunto concernía al príncipe egipcio. Era algo obvio realmente. Después de todo, no había ningún otro asunto del que ambos pudieran hablar.
-¿Por qué razón?- interrogó.
-Tan solo quería saber si yo había tenido algo que ver con respecto a lo sucedido con el príncipe- contestó. –Al parecer alguien cambió los hongos en la copa del joven por venenosos- agregó, notando de inmediato el semblante casi triunfal del hombre.
-¿Así que el príncipe ese está mal?- preguntó de manera despectiva, dirigida claramente hacia el joven de ojos carmesí. Al parecer, el hombre no podía hablar de Yami sin insultarlo al menos con su tono de voz.
-Creí que ya lo sabías- afirmó la mujer, fingiendo confusión. - Pues eres tú el responsable- acusó luego.
El semblante del hombre ensombreció.
-No voy a negar eso. De hecho, ahora me siento casi como un héroe- comentó, sonriendo con maldad. Pero entonces, la sonrisa se apagó. –No te atreviste a acusarme con el emperador, ¿verdad, Minerva?- preguntó en tono de amenaza.
-Pero senador, jamás haría eso- afirmó de inmediato la mujer. –No es mi asunto. Y no me interesa lo que suceda con ese príncipe- le dijo. –Pero te lo advierto, estás jugando con fuego. Si el emperador se entera de que fuiste tú el causante del estado de ese egipcio, reclamará tu cabeza. Claro, no sin antes asegurarse de darte una muerte humillante o bien, dolorosa- advirtió.
-No se va a enterar. Además, pronto ese egipcio morirá y al fin podré olvidarme de todo este maldito asunto- comentó. -Y conociendo al emperador, ni siquiera le dará gran importancia a la muerte de ese príncipe. Un compañero sexual menos solamente- expresó con seguridad. –He visto muchos jóvenes que poseen más belleza que ese egipcio. A decir verdad ni siquiera sé qué tiene ese joven de atractivo- afirmó.
-Desgraciadamente, ya es certero que de por medio hay algo que va mucho más allá de un simple físico, senador. No actuaste a tiempo, y ahora ya es tarde- le dijo la mujer.
-¿Qué quieres decir con eso?- preguntó el hombre, intentando esconder su confusión, pero fracasando.
Minerva negó con la cabeza.
-Nada importante. Si eso es todo lo que querías decirme, me retiro-anunció la mujer.
-Hazlo, ya me harté de tus desvaríos- afirmó el hombre.
La mujer se dio la vuelta, comenzando a caminar de vuelta a su litera.
-Pero senador, no son desvaríos. Lastimosamente nuestro emperador se ha enamorado de ese joven- susurró entonces, asegurándose de que el hombre no la escuchara.
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-Podría pedirle al Senado aprobar la celebración del Triunfo, señor- habló el hombre, quien vestía con uniforme militar, exceptuando la coraza y la grebas. Ese tipo de protección no era necesaria en esos momentos.
-Y qué mejor manera de seguir ganando el agrado del Roma… una clara prueba de que Marte está a favor del emperador- profirió otro hombre, quien vestía con las mismas vestimentas rojizas. –Y claro, no olvidemos que el ejército también necesita saber que su líder sigue ahí. Lo último que necesitamos es una rebelión dentro de nuestras propias milicias- agregó, cruzándose de brazos.
-¿Cuántas legiones?- preguntó el ojiazul, su semblante denotando meditación. Parecía contemplar cuidadosamente el asunto en su mente.
-Siete, tal vez ocho. Cuántas más, mejor. Como puede ver, no hay forma de negar las ganancias que vendrán-
-Eso está claro- afirmó el gobernante. La decisión que tomaría era lógica, pero no podía decir que estaba del todo satisfecho con ella. Sí, los deberes eran deberes. Pero su vida personal estaba bastante complicada en ese momento. Sin embargo, si algo había aprendido, era que su posición estaba por encima de cualquier otra situación. Ante todo, él era un líder; debía de actuar como tal. –Dies undecimus ante Kalendas Iulias(1). Ese día- pronunció luego.
Fue en ese momento, cuando el sonido de pasos apresurados se escuchó.
Pronto, un joven de largos cabellos negros entró al lugar, buscando erráticamente a alguien. Cuando sus ojos grises se enfocaron en el emperador, su nerviosismo pareció aumentar.
-¿Mokuba, qué sucede?- preguntó de inmediato el ojiazul. Tenía la certeza de que la preocupación que mostraba su hermano tenía que ver con Yami. No pudo evitar que por esa razón su misma mente comenzara a agitarse.
-Es Yami- Solo eso tuvo que decir.
-Terminamos con éste asunto- afirmó pronto el castaño, mirando a ambos hombres uniformados, quienes asintieron de inmediato. No tenían nada que reclamar después de todo.
El ojiazul no esperó más, solo salió del lugar al lado de su hermano.
Lo que había acontecido minutos atrás había sido una reunión con dos de los generales del ejército.
Sí, eso significaba que había dejado a Yami. No podía tampoco olvidarse de sus deberes. Pero claro, se había asegurado de que Mokuba se quedara cuidando al joven. Al menor no pareció molestarle estar con Yami, y había accedido a quedarse acompañándolo fácilmente. Aunque claro, fue el egipcio quien no pareció contento. No por quedarse con Mokuba, sino porque al parecer, no quería que el emperador se fuera. Al final, sin embargo, había aceptado de mala gana.
Pero ahora, admitía que tal vez hubiera sido mejor acceder a las necedades del príncipe.
Por supuesto, intentaba no mostrarse demasiado preocupado. Pero bien sabía que fallaba miserablemente. Pues caminaba a paso considerablemente acelerado y su solo semblante destellaba exagerada frialdad, cosa que sucedía siempre que estaba preocupado.
Si alguien se cruzaba en su camino ahora, no viviría para contarlo.
Lo único que quería, era llegar donde estaba Yami lo antes posible. Era curioso realmente, que el día anterior no quisiera siquiera acercase al joven, y que ahora estuviera casi corriendo para llegar adonde él estaba. Al parecer, su decisión iba a ser permanente. Pues aún ahora, parte de su mente insistía en que se alejara lo más que pudiera del ojirubí. Pero con firmeza ignoraba ese pensamiento.
-¿Qué fue lo que sucedió exactamente, Mokuba?- le preguntó al chico, quien caminaba a su lado.
-No estoy seguro. De pronto Yami comenzó a hablarle a alguien, a quien me parece que llamó Yugi, en un idioma que no entendí. Supongo que en egipcio- respondió el menor, notándose sumamente preocupado. –El médico ya debe de estar con él. Pedí que lo llamaran antes de venir a avisarte- agregó.
El gobernante asintió, mirando al frente. Por fin, estaban llegando a su habitación. De hecho, ya podía ver la puerta de ésta.
Procuró quitarse de la mente todo el asunto referente a lo militar. Al menos Mokuba había llegado cuando él había terminado de resolver todos los temas pertinentes. Así que realmente, el chico no había interrumpido.
Se concentró entonces en Yami. Definitivamente, el egipcio le estaba causando más problemas y dolores de cabeza de los necesarios. Normalmente, se hubiera enojado por esto. Pero ahora no podía culpar a Yami por lo que estaba sucediendo.
Pues aún insistía en que uno de los culpables, era él mismo. No había tomado las debidas precauciones, y ese había sido el resultado. En ese caso, Yami era tan solo una víctima.
Salió de sus pensamientos, cuando miró la puerta de su habitación abrirse. De ella salió el médico, notándose casi… resignado.
-¿Qué sucedió?- preguntó de inmediato, su preocupación aumentando. Siguió caminando, hasta estar a una distancia razonable de aquel hombre.
-Lo esperado. El joven está empeorando- contestó el médico, intentando evadir los ojos del gobernante. –Está empeorando y tan solo es el segundo día. Creo que todo esto terminará en poco tiempo-
-¿A qué se refiere?- Esta vez fue Mokuba quien habló.
-Lo que sucedió es normal para alguien en el estado del joven. Tuvo una alucinación- explicó el hombre.
-¿Pero qué quiso decir cuando mencionó que todo terminará?- insistió el chico, notando de reojo el semblante de su hermano. Para cualquiera, el ojiazul parecería serio. Pero para él, era muy obvio que el gobernante estaba a punto de ahorcar al médico si éste se atrevía a dar malas noticias.
-No quise decir que morirá. Es una posibilidad pero… - intentó explicar el médico.
Mokuba cerró los ojos. Conocía bien a su hermano. El ojiazul estaba a punto de alzar la voz.
En cualquier momento…
-¡Y lo dice tan tranquilamente!- Por fin, tal como había predicho el menor, una exclamación escapó del gobernante. -¿Por qué en lugar de estar hablando no hace algo por ayudarlo?- preguntó, su mirada fría dándole casi escalofríos al médico.
-Pero señor, he hecho todo lo que está a mi alcance. Ya hice que el joven tomara agua con sal y la vomitara para limpiar su estómago. Ya le di el tratamiento a base de cardo mariano. He hecho todo lo posible- afirmó el hombre.
-Espero que sea así. Porque si Yami muere, me aseguraré de que usted no viva por mucho más tiempo- amenazó el ojiazul, completamente enfurecido. El solo pensar que Yami estaba mal y que ya no había nada más que hacer por él lo hacía sentir furioso; y aunque le costara admitirlo, impotente.
-Hermano, tranquilízate- intentó decir Mokuba. Pero fue ignorado por completo.
-Ya me escuchó- sentenció el castaño.
El menor suspiró, notando el semblante casi aterrado del médico. El hombre pareció tragar fuerte antes de decir lo siguiente.
-Lamento decir esto, pero es mi deber mantenerlo informado. Será mejor que desde esta noche el joven se mantenga atado a la cama- informó, intentando con mucho esfuerzo ignorar la aparente sentencia de muerte que el emperador le había dado. Ya estaba acostumbrado realmente. Cuando Mokuba enfermaba, era la misma historia. Del gobernante ya había recibido numerosas amenazas y gritos.
-¿Atado?- preguntó el castaño, con incredulidad.
-Sí. Es probable que pronto comience a tener morbus comitialis (2). Y lo que menos necesita es golpearse mientras eso suceda. Sobre todo en la cabeza- explicó.
-¿Se refiere a ese ataque raro que tuvo el legislador Sextus y que provocó que los comicios fueran interrumpidos? (3)- preguntó Mokuba.
El médico asintió.
-Exactamente. Como ya he visto casos como éste, sé lo que se puede esperar. Un morbus comitialis ocurrió en todos esos casos- afirmó.
-¿Y esas personas lograron recuperarse?- preguntó Mokuba, casi con esperanza. El médico volvió a asentir.
-He visto tres casos como éste. Uno de ellos logró recuperarse- contestó.
El menor suspiró con alivio. Esa respuesta era alentadora. Al menos de verdad existía la posibilidad de que Yami se recuperara.
-No pienso atar a Yami como si fuera un animal- afirmó de pronto el ojiazul, notándose de nuevo enfurecido.
-Pero señor, acercarse a una persona que tiene morbus comitialis no traerá nada bueno- dijo el hombre. -Pero si no desea atarlo, los esclavos pueden ayudar- insistió.
-Creencias sin sentido- habló el gobernante. Ahora que había decidido acercarse a Yami, no pensaba dejarlo solo de nuevo. Y si acercarse a él en medio de un ataque de ese tipo era un mal presagio, pues que así fuera. –No pienso permitir que los esclavos se encarguen del bienestar del príncipe- agregó. Jamás podría confiarle el bienestar de Yami a un simple esclavo.
-Es su decisión, señor. Pero debe de procurar que el joven no se golpee en ningún momento. Ya está lo suficientemente débil, no necesita nada más- afirmó el hombre. El ojiazul simplemente asintió. –Me retiro. Mañana volveré a ver cómo ha seguido el joven y a continuar con el tratamiento- anunció.
-Adelante- dio permiso el castaño.
El hombre se alejó de inmediato.
Mokuba lo miró irse por unos momentos. Luego, su mirada se enfocó en su hermano. Era muy fácil notar la preocupación en los ojos azules del gobernante.
-Yami va a recuperarse- afirmó, intentando convencer a su hermano y a sí mismo. A decir verdad, no estaba seguro de lo que sucedería.
Miró entonces cómo el castaño entraba a la habitación sin decir nada más. Suspiró entonces. Cuando su hermano estaba preocupado por algún asunto, normalmente se mostraba de mal humor.
No quería ni imaginar lo que sucedería si Yami moría. Ahora el mismo emperador estaba demostrando lo mucho que apreciaba al joven. Y si moría…
Negó con la cabeza. No debía de pensar de esa forma. Solo los dioses podían decidir el futuro del egipcio.
Caminó entonces, entrando a la habitación.
De inmediato notó a su hermano, su toga había desaparecido y en cambio vestía una túnica. Estaba sentado en la cama y miraba hacia su derecha. Al dar unos cuantos pasos más, se dio cuenta de que el ojiazul miraba a Yami, quien ya estaba profundamente dormido. Pero lo que le llamó la atención, fue ver el profundo cariño que irradiaba la mirada del castaño. Algo que no se veía todos los días. Lastimosamente, al lado de ese cariño, podían notarse rastros de lo que parecía ser tristeza.
Su semblante decayó. No era justo que cosas como esas sucedieran.
-No tengo compromisos importantes en los próximos días. Tan solo los típicos deberes- habló de repente el gobernante, su mirada manteniéndose fija aún en Yami. –Estoy seguro de que puedes encargarte de ellos por mí, Mokuba- afirmó.
El chico lo miró, completamente sorprendido.
-¿Quieres decir que piensas quedarte aquí cuidando de Yami? ¿No piensas salir siquiera a comer?- preguntó, incrédulo.
-Los esclavos pueden traer la comida. No necesito salir para eso- contestó el ojiazul. Sí, había tomado una nueva decisión. Iba a permanecer con Yami día y noche. No pensaba atar al joven a la cama, ni mucho menos confiarles a los esclavos el bienestar del egipcio.
Claro, hacer algo como eso comprobaría que quería de sobremanera al egipcio. Su orgullo se vería fuertemente afectado. Pero le importaba muy poco el orgullo ahora. Tan solo quería estar con Yami.
-Está bien, hermano. Yo me encargaré de todo- afirmó el chico, sonriendo ligeramente. –Me retiro- anunció luego.
El ojiazul simplemente asintió. Su atención seguía aún sobre Yami.
Mokuba volvió a sonreír. Era un gran cambio el que Yami había traído; un cambio bueno sin lugar a dudas.
Tan solo esperaba que todo aquello no acabara pronto.
El ojiazul apenas notó que su hermano se había ido. Lo único que parecía importante ahora era el joven que dormía profundamente.
Se acostó, mirando ahora hacia el techo. Aquella noche iba a ser muy larga. Se preguntaba cuántas veces se despertaría ésta vez, tan solo para asegurarse de que Yami estuviera bien. Seguramente más veces que la noche anterior.
Dejó que el sueño llegara, lo cual fue difícil, pues parte de su mente le decía que se quedara despierto para cerciorarse de que nada malo le sucediera al egipcio. Pero si planeaba cuidar del joven, debía de procurar descansar para así levantarse con fuerzas al día siguiente.
Un pensamiento lo inundó. Ahora lo sabía, había sido una verdadera estupidez pensar siquiera en mantenerse alejado del egipcio. Y lo admitía, se sentía culpable por haberse acostado con aquel esclavo mientras Yami estaba ahí, casi muriendo.
Si no hubiera sido por Minerva, sabía bien que aún no se habría dignado a acercarse a Yami. Quien lo hubiera dicho, que aquella mujer sería quien lograría convencerlo. Ni aún Mokuba lo había logrado. Pero al haber escuchado las palabras de la mujer y el tono en el que habían sido dichas, no pudo más que pensar que Minerva sabía bien de lo que hablaba, como si ella misma hubiera vivido algo similar. Eso al parecer, fue lo que marcó una diferencia.
Por unos breves segundos, su mente se centró en otro tema del que había hablado Minerva. Kisara.
Suspiró ante eso. Tarde o temprano debía enfrentar ese asunto. Kisara no renunciaría tan fácilmente. Quizás ya habían pasado años desde la última vez que tuvo algún tipo de comunicación con ella. Pero en la última carta que había recibido de la joven, podía leerse entre líneas su determinación.
-Si se atreve a hablar… si vuelve a insistir… no tendré más opción que callarla para siempre- murmuró, con lo que pareció ser frustración. –Roma no necesita saber esto- agregó.
Intentó hacer todo ese lío a un lado. No era ese el principal y presente asunto. Si llegaba el momento, se encargaría de eso. Por ahora, dejaría de perder el tiempo pensando en esa situación.
Había después de todo otro asunto que le molestaba. Debía de hacer pagar al responsable de lo sucedido con Yami. No importaba cómo, pero iba a encontrar al culpable.
Aunque por el momento, se enfocaría en cuidar del egipcio. Cuando todo… terminara, se encargaría de lo demás.
Por fin, el sueño fue llegando. Cerró los ojos, dejándose llevar a la inconsciencia.
Pero antes de caer en ella, pudo sentir cómo alguien se acomodaba en su pecho. Los cabellos sedosos de la persona tocaron su barbilla. Y además, un muy conocido perfume inundó sus sentidos.
Solo una persona que conocía desprendía aquel olor tan exquisito.
Yami.
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(1)Día undécimo antes del primero de julio… en palabras simples 21 de junio n.n
(2) Morbus comitialis: Enfermedad de los comicios. Nombre que los romanos le dieron a la epilepsia. A un ataque de convulsiones específicamente. Así que cuando el médico dijo que Yami va a tener morbus comitialis, quiso decir que va a tener convulsiones.
(3) En Roma si algún legislador tenía un ataque de convulsiones en medio de algún comicio, éste se suspendía de inmediato. Por esa razón, los romanos le llamaron a la epilepsia 'la enfermedad de los comicios'.
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Magi: Konnichiwa minna-san! He regresado. Estos días he estado demasiado ocupada estudiando para los exámenes T.T Todavía me queda uno más. Esto es de nunca acabar Y.Y pero estoy feliz! No puedo creer que haya recuperado los reviews tan rápido! Muchísimas gracias a todos y todas por su apoyo! n.n No puedo creer que por un momento llegué a pensar en borrar mi cuenta. Hubiera sido el error más grande. Amo escribir, y seguiré haciéndole ;)
Bueno, enfocándome en el fic. Como ven, ya voy desarrollando un poco el tema de Kisara. Creo que hice mejor agregándolo antes. Me parece que en los siguientes capítulos habría sido muy tarde. En fin, por ahora no quiero revelar detalles sobre eso ;p
Aclaraciones, según lo que he leído, la intoxicación por Amanita phalloides produce dolor abdominal, alucinaciones y convulsiones (si no es así culpen a Wikipedia xD). Sobre el tratamiento, el cardo mariano ayuda a proteger el hígadoy sirve también como tratamiento para la intoxicación por amanita phalloides(este tipo de hongo ataca al hígado). Además, tomar agua con sal y vomitar luego, es una forma de hacer un lavado de estómago.
Por cierto, Marte era el dios romano de la guerra.
Agradecimientos a Mitsuki Asakura, Akia-Usagi, DaffnezzitaxD, niko-chan, yoyuki88, Azula1991, Atami no Tsuki, Ritzud Alid por sus reviews! Nos acercamos adonde nos habíamos quedado… eso me recuerdo que tengo que sacar tiempo para terminar el lemon T.T No soy buena escribiendo lemon, así que lo estoy haciendo poco a poco para ver si puedo mejorarlo. Así, aunque me vuelva a salir mal, al menos sé que hice mi mejor esfuerzo xD
Eso es todo por ahora.
Nos leemos pronto
Ja ne!
