Flor de loto
Capítulo 18
Cuando el médico dijo que Yami probablemente presentaría un ataque de morbus comitialis, supo de inmediato que la situación iría empeorando. Que con cada día que pasara el estado del egipcio se notaría aún más afectado.
Y ahora, que tres días habían pasado, la situación no hacía más que confirmar lo que de antemano había sabido.
Era el quinto día desde que el egipcio había comido aquellos hongos. Pero ahora aquel que había sido un joven completamente saludable se reducía a un simple ser casi moribundo. Era casi imposible comparar al Yami que había conocido por primera vez noches atrás, con el Yami que ahora tenía al lado. Simplemente, no parecía ser la misma persona.
Qué ironía, tan solo días atrás, Yami había bromeado con lo que ahora estaba sucediendo. Como simple burla le había pedido a él que le diera de comer.
Y en ese momento, el egipcio estaba tan mal que hasta necesitaba que alguien le ayudara a ingerir bocado.
Extrañamente, en esos días había comenzado a sentir casi una sobreprotección para con el príncipe. No permitía que nadie, ni siquiera el médico, tocara a Yami. Esto quería decir, que a los esclavos les era prohibido siquiera atreverse a mirar al ojirubí. Por ende, no eran ellos quienes ayudaban al joven a comer.
Yami había bromeado con algo que irónicamente se había convertido en una realidad.
Era humillante realmente. Un duro golpe a su arrogancia. Pero no quería que fuera un esclavo quien le diera de comer a Yami.
El pedazo de pan que había en su mano se encontró de pronto con los labios del egipcio, quien al sentir la comida allí, abrió su boca. Sus ojos se mantenían cerrados, mientras que su cabeza permanecía recostada contra el hombro del ojiazul.
Se sentía humillado, profundamente humillado. No le gustaba que alguien le dieran de comer. No era él un bebé para necesitar de los demás en algo tan simple como alimentarse.
Sí, sabía bien que en esa habitación había dos orgullos heridos. Estaba claro que el gobernante no estaba disfrutando de lo que hacía. De hecho, el ojiazul ya se lo había recordado en varias ocasiones.
-Puedo… comer solo- susurró, después de haber masticado y tragado el pedazo de pan. Se negó aún a abrir los ojos. Se sentía pésimo. No podía siquiera moverse por su cuenta. Ya había comprobado además que no podía caminar.
-Por supuesto- murmuró el castaño con sumo sarcasmo y casi molestia. Era como la quinta vez que el egipcio insistía con eso. Estaba claro que el ojirubí no estaba cómodo con esa situación.
-Es… enserio- volvió a hablar el egipcio en apenas un susurro. Se sentía tan débil que ni siquiera podía alzar la voz.
-Cierra la boca, Yami- ordenó el emperador, callando de inmediato al ojirubí, quien hubiera rodado los ojos si estos no estuvieran cerrados. ¿Por qué el gobernante insistía en darle órdenes? No le gustaba que le dieran órdenes.
Nuevamente, sintió cómo otro pedazo de pan se acercó a sus labios. Sonrió mentalmente, sintiéndose de humor para vengarse del ojiazul.
Esta vez, se negó a abrir su boca.
-¿Qué esperas?- preguntó con muy poca amabilidad el castaño. La presente situación lo ponía de mal humor. De hecho, cualquier cosa que hiriera su orgullo lo hacía enojar.
-Pero Seto… me dijiste que cerrara… la boca- susurró el joven, casi con inocencia. Escuchó al ojiazul gruñir con molestia y no pudo evitar sonreír abiertamente. Le gustaba hacer enojar al castaño. Siempre y cuando el enojo fuera pasajero, claro.
-Sabes bien a lo que me refería- afirmó el ojiazul, mirando al egipcio, quien seguía recostado contra su hombro. –Sigue fastidiando y dejaré que te mueras de hambre- agregó. La situación era molesta, y Yami no estaba ayudando en absoluto. Aunque debía admitir, que muy dentro de su mente había alivio. Al menos Yami aún estaba de humor para fastidiarlo.
-No lo… harías- habló el joven, nuevamente en un susurro. El ojiazul simplemente rodó los ojos esta vez.
-Come- ordenó.
Un gemido de molestia escapó del egipcio, quien obedeció, terminando así con la pequeña discusión. Sinceramente, ya no tenía ganas de seguir con sus bromas. Una ola de náuseas lo había inundado así que ahora se sentía aún peor.
A decir verdad ni siquiera tenía hambre, pero sabía bien que necesitaba alimentarse.
Con pereza, que en realidad era debilidad, masticó el pan, haciendo un gran esfuerzo por tragarlo. Era una tortura comer cuando no sentía hambre.
Pero no podía más que sentirse aliviado y casi alegre. Le complacía recibir tantos cuidados por parte del ojiazul. Realmente no había esperado tanto.
Y en esos días, en los cuales el gobernante no lo había dejado, aquella desconocida emoción que había empezado a sentir desde el día de su cumpleaños parecía haber crecido tres o cuatro veces más. Aún no sabía qué era exactamente esa emoción. Pero le gustaba. Era cálida y reconfortante. Como una voz que le aseguraba que mientras estuviera cerca de Seto, nada malo podría pasar.
Deseaba saber qué era lo que sentía. Pero por el momento, no tenía fuerzas ni para pensar claramente.
Así que en cambio, siguió comiendo. Desde el día anterior no había podido hacerlo por su cuenta. Se había sorprendido claro, cuando el ojiazul comenzó a ayudarle a comer. Había sentido una mezcla de humillación y alegría.
El emperador no era el tipo de persona que expresaba en palabras lo que sentía. En cambio, lo hacía en acciones. Y el hecho de que le diera de comer a él, ya era una clara muestra de la preocupación y el aprecio que el castaño sentía.
Finalmente, logró comer un poco más de la mitad de lo que había en la bandeja, antes de que su estómago se negara a recibir más comida. Un gran avance, pues el día anterior no había podido comer siquiera la mitad.
-No puedo… comer más- susurró. Como respuesta, el ojiazul le entregó la bandeja a un esclavo, quien había estado cerca de ahí durante todo ese tiempo.
No pensaba obligar a Yami a comer más. Aunque sin lugar a dudas, el joven necesitaba más alimento. Después de todo, ya comenzaba a verse más delgado, aún más de lo que ya era. Pero aún así, forzar al egipcio a comer sería peor. Con lo sensible que estaba el estómago del ojirubí, más comida sería sinónimo de vómito.
-Necesito… bañarme- murmuró el joven. La última vez que se había bañado había sido dos días atrás, cuando su cuerpo aún parecía responder. Sabía bien que ahora, si quería darse un baño, debía de hacerlo con ayuda. Pero no importaba; había esclavos de sobra.
-¿Para que termines ahogándote?- interrogó el castaño. Aquella extraña sobreprotección que sentía hacia Yami creció en ese momento. El egipcio no podía hacer nada por su cuenta. Bañarse por lo tanto, no representaría más que un inminente peligro.
-Un esclavo puede… ayudar- afirmó el joven, abriendo con esfuerzo los ojos. Aunque finalmente, éstos se mantuvieron entrecerrados.
-Un esclavo no ayudará en lo absoluto- insistió el ojiazul. Aún ahora, se negaba a confiarle el bienestar de Yami a un simple esclavo. Por Júpiter, ni siquiera deseaba que alguien que no fuera él tocara al egipcio. Yami era suyo, nadie más tenía derecho de ponerle un solo dedo encima. Quería asegurarse de que el joven estuviera a salvo. Y la única manera de hacer eso era cuidar él mismo del príncipe. Aunque eso significara tener que ayudar al egipcio en todo, hasta ayudarlo a bañarse.
Momento, ¿qué había sido exactamente ese pensamiento? Por supuesto que no iba a ayudar al joven a bañarse. Suficiente humillación había pasado ya cuando había aceptado darle de comer al ojirubí.
Perfecto, entonces Yami tenía razón. Un esclavo sería quien lo ayudaría a bañarse.
Pero un esclavo era torpe. Jamás podría cuidar del egipcio de la manera apropiada.
Qué enorme dilema había ahora en su mente.
-No puedo bañarme… sin ayuda, Seto- insistió el ojirubí. Era muy humillante tener que aceptar que necesitaba ayuda para cumplir con tareas tan básicas como el bañarse.
Sabía bien que cada día su salud empeoraba. Pero con mucho esfuerzo intentaba no pensar en eso. El futuro no se veía positivo, pero no quería ver un negativo presente.
Además, en esos días el emperador y él parecían haberse hecho más cercanos. Así no todo estaba tan mal.
Se encontró de pronto contra las sábanas. Su cabeza ya no estaba recostada sobre el hombro del ojiazul, sino sobre una almohada.
Con mucha confusión, dirigió su entrecerrada mirada al castaño.
Y aún en su estado, sus mejillas lograron enrojecerse profundamente.
Miró hacia cualquier otra dirección, procurando solamente no mirar al ojiazul. Se sentía realmente avergonzado. El solo hecho de ver al gobernante quitándose sus vestimentas era suficiente para hacerle sentir casi timidez.
No entendía el por qué de la presente acción del castaño, pero la vergüenza no le permitió preguntar.
Claro, hasta que sintió cómo el ojiazul tomaba parte de su faldellín, que era su única prenda, y se disponía a quitársela.
De inmediato y como simple reflejo, sostuvo su vestimenta con la poca fuerza que aún le quedaba.
-No tienes nada que yo no tenga, Yami- escuchó que el ojiazul le decía.
Aún ahora se negaba a mirarlo, y en cambio centraba sus ojos en la pared más cercana. El sonrojo aún estaba presente, al igual que la confusión.
-¿Para qué…?- intentó preguntar.
-¿Dijiste que querías darte un baño, o escuché mal?- respondió con sarcasmo el gobernante.
-Sí, pero…- murmuró el joven.
-Y también dijiste que necesitabas ayuda. ¿O me equivoco?- interrumpió el castaño. Yami asintió levemente.
-Sí, pero…- volvió a decir.
-Pero nada. Desgraciadamente no hay ser más inepto que un esclavo. Y esa ineptitud, junto con tu falta de razonamiento tan solo producirá un desastre- afirmó el ojiazul.
Por fin, el ojirubí lo miró, procurando centrar su atención en los ojos azules del romano. La molestia e indignación lo inundó después del último comentario del castaño.
-¿Estás diciendo que soy un tonto?- preguntó, elevando lo más que pudo su tono de voz. Pero lastimosamente, lo único que se escuchó fue un susurro.
-Iba a decir un estúpido con exceso de pudor, pero supongo que con tonto es suficiente- fue la respuesta, que tan solo logró aumentar su indignación. Procuró olvidarse de lo mal que se sentía, para poder enfocarse en responder con algo que tuviera sentido.
-Al menos yo no soy un nudista- afirmó el ojirubí, cruzándose de brazos con esfuerzo.
-Claro que no. No eres tú quien se bañó desnudo en una terma pública al segundo día de…-
-Bueno, se supone que aquí solo vives tú y Mokuba. Así que a esa terma no puedes llamarla pública- interrumpió el joven, su voz sonando ahora casi rasposa, pues seguía intentando dejar de hablar en susurros.
-Para tu información, aquí hay guardias, esclavos, y muchas más personas. Podría pasarme todo el día nombrándolas- afirmó el ojiazul. ¿Por qué Yami era tan necio?
-Dijiste que tengo exceso de pudor, ¿y ahora dices que soy un nudista?- interrogó el ojirubí.
-Exactamente- respondió el romano. Yami rodó los ojos.
-Cállate y báñame- ordenó.
-¿Esa fue una orden?- preguntó el ojiazul, notándose molesto ahora.
-Una petición solamente- contestó el egipcio, fingiendo inocencia. Y haciendo un lado la vergüenza, llevó sus manos a su faldellín. El castaño se había alejado cuando aquella discusión dio inicio, así que ahora, nadie más que él mismo sostenía la única prenda que lo cubría. –Y no te atrevas a mirar, pervertido- le dijo al ojiazul, quien rodó los ojos y se cruzó de brazos.
Aquel comentario había venido del mismo joven que se había quitado su vestimenta frente a él tan solo días atrás. En aquel día en el cual había caído a la terma con su costosa ropa.
Ahora que lo meditaba, Yami era realmente molesto. Cómo lo había aguantado todos esos días no tenía idea. Pero lo más sorprendente, era el hecho de que no le molestaba en lo absoluto seguir soportándolo. De hecho, pensar en vivir sin Yami ahora era… un panorama negativo, muy negativo.
-Listo- escuchó que el joven decía. Pero no fue eso lo que le comunicó que el joven se había quitado el faldellín, sino el hecho de que dicha prenda había chocado contra su rostro, antes de caer al suelo.
Podría jurar que su rostro ahora estaba rojo de furia. ¿Cuántas heridas más a su orgullo soportaría?
Escuchó una leve risa y miró al egipcio. Estaba realmente molesto. No. Estaba furioso. Aquello ya había sido demasiado. Aunque fuera una broma.
Yami estaba enfermo, debía actuar como tal y dejar esos juegos estúpidos. El egipcio simplemente tenía que dejar de acercarse tanto a su corazón. Porque no iba a negarlo, el hecho de que había sentido ganas de tomar una almohada y lanzársela al joven, siguiéndole el juego. Pero no podía hacer eso. Si lo hacía, ¿adónde quedaría su orgullo?
-¡Suficiente!- exclamó, sobresaltando al egipcio, quien no había esperado una reacción como esa. Sus ojos carmesí se encontraron con los fríos azules. -¡Puedes pedirle ayuda a un esclavo, porque yo no pienso seguir soportándote!- afirmó a gritos el castaño, tomando su túnica y poniéndosela con rapidez.
-Pero… Seto…- intentó decir el ojirubí. No entendía qué había hecho mal. Tan solo había sido una broma, nada más que eso. Pues estaba casi desesperado por olvidar su débil estado, el dolor y las náuseas que le aquejaban. Tan solo esa había sido su intención. Olvidarse de que esos días podrían ser los últimos en su vida. –Seto… no te vayas- pidió, al ver al castaño darse la vuelta, quedando de espaldas a él. No le importaba si rogar de esa forma lo hacía ver débil. No quería estar solo, no ahora que estaba en ese estado.
-Cállate Yami. Solo… cierra la boca- murmuró el ojiazul. Estaba enojado. Enojado porque deseaba volver a la cama y abrazar a Yami como si el mañana no existiera. Enojado porque quería cuidar del joven y darle todo lo que necesitara, cualquier cosa que pidiera. Enojado, porque el aprecio y cariño que sentía estaba dirigido tan solo al egipcio.
Y con cada día que pasaba, todo eso crecía. Era casi… atemorizante.
-Seto, lo siento- insistió el ojirubí. Estaba rogando, sabía que rogaba. Pero qué importaba el orgullo ahora, tan solo quería estar con la persona a la que amaba.
Un momento… ¿amaba? ¿Él… sentía amor? ¿Y hacia… Seto? Las extrañas emociones que sentía, ¿eran parte de lo que se conoce como amor?
Un gran nudo apareció en su garganta.
Con pesar miró cómo el emperador salía de la habitación.
Y si el dolor antes había sido fuerte, ahora fue insoportable.
¿Estaba enamorado acaso?
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-¡Por qué sigue vivo!- exclamó el hombre, sus ojos celestes fijos en los negros del otro, quien simplemente se alzó de hombros.
-Pueden pasar muchos días- fue la respuesta. –Pero debería de estar complacido, sabiendo que ese egipcio está sufriendo- afirmó.
-¡No podré dormir tranquilo hasta que sepa que ese maldito príncipe está muerto!- gritó el hombre, completamente furioso. Sí, sabía bien que los hongos que había comido el joven no lo matarían de inmediato, pero ya no aguantaba más. Necesitaba que el egipcio muriera para poder estar tranquilo. –Me complace saber que está sufriendo, pero creo que ya es hora de que ese joven abandone este mundo- comentó.
-De verdad odia a ese joven- murmuró el otro, con cierta sorpresa reflejada en su voz.
-Vas a terminar el trabajo por el que te pagué- ordenó el del ojos celeste, acercándose amenazante al otro hombre, quien no se inmutó en lo absoluto. Ya estaba acostumbrado a tratar con clientes insatisfechos.
-Si me permite decirlo, señor. Yo terminé el trabajo. Usted me dijo que pusiera esos hongos en la copa del joven y eso hice- explicó, cruzándose de brazos. –Si quiere que haga algo más, con dinero puede pagarlo- afirmó, sonriendo con codicia.
El senador pareció meditar esas palabras, casi midiéndolas en una balanza para ver cuál opción era la más conveniente.
-Cinco días. Si ese joven no ha muerto en cinco días, volveremos a vernos aquí- decidió. Su tranquilidad mental valía en ese momento más que el dinero. Y solo con la muerte de ese joven conseguiría estar en paz.
-Como usted desee- aceptó el hombre. –Me retiro, tengo otros asuntos que resolver- anunció luego.
Y sin siquiera esperar a que el senador contestara, caminó fuera de aquel callejón.
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Después de caminar sin rumbo fijo, había terminado ahí, en una de las bancas que estaban en aquel jardín. Sin embargo, no le prestó atención a las hermosas estatuas de mármol que había allí, ni mucho menos a las flores. En cambio, mantenía la mirada enfocada en el suelo.
Se sentía realmente culpable por lo que había hecho. Pero al mismo tiempo, sentía que eso era lo mejor.
Por un lado, Yami estaba enfermo y no necesitaba estar lidiando con situaciones como esa. Pero por otro lado, y desde un punto de vista egoísta, él estaba más cómodo así, alejado de aquello que le hacía sentir tan débil.
Estaba claro ya que se arrepentía de su decisión. De haber permitido que el joven de ojos carmesí llegara ahí.
Si los egipcios estaba tan desesperados por conservar su autonomía, tan solo hubiera pensado en otra manera de arreglar aquel asunto.
Aunque pensándolo bien, si no hubiera sido por Yami, simplemente habría utilizado la fuerza. Un par de legiones se habrían ocupado de Egipto. Y si el faraón se oponía a entregarse a Roma, moriría junto con toda su familia.
Se habría ahorrado muchos problemas si tan solo hubiera hecho eso desde el principio.
Pero claro, jamás habría conocido a Yami.
Era confuso. Deseaba no haber aceptado que el egipcio llegara ahí, pero al mismo tiempo parecía haber sido la mejor decisión que había tomado en su vida.
-Emperador- Alzó de inmediato la mirada. Por unos segundos apenas, pensó que tal vez quien lo había llamado era Yami. Pero al meditarlo bien, negó el pensamiento. Yami ni siquiera podía caminar.
Al pensar en eso, no pudo más que sentir culpa nuevamente.
Miró a la persona ahí, notando cómo el viento le movía ligeramente sus sueltos cabellos, y aquella túnica blanca con la estola celeste.
-Claudia- habló, al reconocer a la hermosa joven. -¿Dónde está Mokuba?- preguntó. Si la joven estaba ahí, era porque de seguro su hermano la había invitado. Por eso, le extrañaba verla sola.
-Tuvo que ir a resolver un asunto. Volverá en cualquier momento- contestó la menor, con cierta timidez. Siempre que hablaba con el emperador, aunque fuera un simple saludo, se ponía nerviosa.
El ojiazul se mantuvo en silencio. No deseaba hablar con nadie en ese momento. Pero no iba a ser descortés con aquella joven. Después de todo, estaba claro que ella era la futura esposa de su hermano.
-Perdone que me entrometa, pero algo parece molestarle- afirmó la menor.
El castaño suspiró. Quería darle una respuesta poco amable a la joven. Algo que le hiciera entender que no debía de meterse en sus asuntos. Pero en cambio, se conformó con decir algo completamente diferente.
-Siéntate- pidió, mirando el espacio vacío a su derecha.
La joven asintió de inmediato, y después de dar unos tres pasos tomó asiento al lado del gobernante.
Hubo silencio entonces. Tan solo el viento se escuchaba. Movía las ramas y las hojas, creando un sonido relajante. Y el color del cielo no hacía más que ayudar con aquel bello paisaje, mostrando tonos amarillos y anaranjados.
Al parecer, el atardecer estaba aconteciendo.
-El orgullo es un gran obstáculo- susurró la joven. Podía imaginar lo que sucedía con el ojiazul. Después de todo, Mokuba le había dicho que ahora él se estaba encargando de los deberes del gobernante pues éste había decidido permanecer con Yami todo el tiempo.
Y si ahora el castaño estaba ahí, era claro que se debía a algún problema que había tenido con el egipcio.
-No te permite hacer lo que tu corazón demanda. Lo sé por experiencia- afirmó. –Antes de conocer a Mokuba, yo era muy orgullosa… y tan solo era una niña- confesó la joven, ganándose al fin la atención del ojiazul, quien la miró, sin decir una palabra. –Cuando lo conocí… bueno, no quería aceptar lo que de pronto comenzaba a sentir. Me hacía sentir… débil. No me gustaba en lo absoluto, pero al mismo tiempo, estaba fascinada- explicó, sonriendo ligeramente.
Al mirar al ojiazul, encontró reconocimiento en sus ojos. Al menos ahora sabía que sus palabras sí describían la presente situación del gobernante.
-No permitas que algo tan tonto como el orgullo te haga perder lo que más quieres. A toda Roma le puedes mostrar tu lado frío y orgulloso. Pero al príncipe… ¿él es muy cercano, cierto? Si es así, entonces él no merece recibir el trato que toda Roma recibe. Él no es uno más del montón- afirmó, mirando ahora sus manos, las cuales se apretaban una contra la otra debido al nerviosismo. Esperaba no haber hecho enojar al emperador con sus palabras. Tan solo quería ayudar.
El ojiazul miró hacia el frente, sus ojos perdiéndose entre las estatuas y los arbustos.
-¿En qué me convertirá…?- comenzó a preguntar. Claudia lo miró expectante. -¿… una pelea de almohadas?- finalizó. Por algo tan simple como eso se había enojado. Ahora que lo meditaba bien, Yami no había hecho nada malo. Quien tenía la culpa era él, nadie más.
-En un humano- fue la respuesta. Una respuesta que sin dudas captó la atención del castaño. –Más allá de las influencias, la riqueza y la posición social, eres tan solo un humano. No tiene nada de malo comportarse como uno de vez en cuando- afirmó.
Nuevamente, el ojiazul miró al frente. Debía admitir, que ahora quería volver con Yami. Aunque a decir verdad, eso era lo que había querido desde que salió de su habitación.
Por supuesto, más situaciones como esa de seguro se presentarían. Pero intentaría que no tuvieran el mismo resultado.
-Claudia ya volví… ¿Seto?- Sus ojos azules se encontraron con los grisáceos de su hermano. Era fácil notar la sorpresa que inundaba al joven. -¿Qué haces aquí? ¿Y Yami?- preguntó, ahora con confusión.
El gobernante no contestó por unos momentos. En cambio, se puso en pie.
-Mokuba llegó, ya no hago nada aquí- afirmó, mirando a la joven rubia.
La menor asintió, sonriendo ampliamente al entender el verdadero significado de aquellas palabras.
-Gracias por hacerme compañía- agradeció. El ojiazul tan solo asintió. A decir verdad, quería llegar a su habitación pronto.
Así que sin decir otra palabra, se alejó.
-¿Me perdí de algo?- preguntó Mokuba. Claudia rió ligeramente.
-No. Solo estábamos hablando- contestó la joven. -¿Sabes algo? Aquí, en esta misma banca fue donde hablé con el príncipe días atrás- informó. El chico sonrió, sentándose al lado de la menor, en el mismo lugar en el que había estado sentado su hermano.
-Por cierto, antes de que tuviera que irme me hablaste de tu hermana- afirmó el chico.
-Sí. Después de tanto tiempo pude volver a verla- comentó la joven.
-¿Cómo es ella? ¿Se parece a ti?- preguntó curioso. Ni Seto ni él conocían a la hermano de Claudia, pues desde muy niña había sido escogida para ser una vestal.
-Sus ojos son celestes, a diferencia de los míos- explicó. Pareció recordar algo en ese momento. –Pero creo que el emperador ya la ha visto- afirmó.
-¿Enserio? ¿Dónde?- preguntó el menor.
-Ella me dijo que había visto al príncipe y al emperador días atrás. De hecho, habló con el príncipe. Y según sé le dio una rama de olivo- profirió. El chico asintió.
-¿La verás de nuevo?- interrogó. La joven se alzó de hombros.
-No lo sé- respondió. Colocó su cabeza sobre el hombro de Mokuba, dejando ver cierta tristeza en su mirada. Pero una leve sonrisa se formó en sus labios cuando sintió un brazo del chico enredándose alrededor de su cintura. –Me dijo que tu hermano tiene suerte- agregó.
El joven sonrió. Obviamente, la menor se refería a Yami.
-Mucha suerte- susurró.
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Cuando entró a la habitación, creyó que el silencio lo recibiría. O tal vez un Yami que insistía en disculparse por algo que no había hecho. A decir verdad, muchas cosas podía esperar.
Pero ciertamente, no había esperado encontrar a Yami en aquel estado. Ni muchos menos había esperado encontrarlo en el suelo, mientras que un esclavo intentaba ayudarlo, sosteniéndole la cabeza para que no se golpeara.
Era muy obvio lo que estaba sucediendo. Ya el médico lo había advertido.
En ese momento, el egipcio estaba teniendo un morbus comitialis.
Se acercó de inmediato, la preocupación haciéndose obvia.
-Ya llamamos al médico- habló el esclavo. El ojiazul asintió. Se arrodilló luego cerca del esclavo.
-Yo me encargo- afirmó. El joven asintió, alejándose un poco para que el castaño pudiera sostener la cabeza del egipcio.
Cuando sostuvo al ojirubí con firmeza, el ojiazul no pudo más que mirar lo que le estaba sucediendo al cuerpo del príncipe. Por unos segundos notó que el joven vestía nuevamente con un faldellín. De seguro le había pedido ayuda a los esclavos para volver a vestirse poco antes de tener ese ataque. Se concentró entonces en mirar aquella extraña reacción que mostraba el cuerpo del ojirubí. Sus piernas se movían frenéticamente y sus brazos temblaban sin parar. Sus ojos estaban completamente abiertos, y la expresión en su rostro parecía adolorida. Y… ¿eran esas lágrimas secas?
La culpa comenzó a hacerse paso en él. ¿Había llorado Yami antes de que aquel extraño ataque lo invadiera? Pero Yami no era de las personas que lloraban con facilidad.
Por los dioses, no quería ver de nuevo lágrimas en el rostro del joven.
No pudo pensar en esto por mucho tiempo, pues un sonido lo trajo de nuevo a la realidad. Parecía el de alguien al… ahogarse.
De inmediato y como simple reflejo, movió la cabeza del joven a medio lado.
Para su sorpresa, algo que parecía ser vómito comenzó a salir de la boca del egipcio.
La culpa entonces creció. ¿Fue él quien causó ese ataque en el joven? Si no hubiera dejado solo al ojirubí, éste no se habría alterado. Y tal vez, sino se hubiera alterado, no estaría teniendo aquel horrible ataque.
Pero fuera como fuera, si él hubiera estado con el egipcio, éste no se habría caído de la cama. Tan solo esperaba que el joven no se hubiera golpeado demasiado fuerte.
Por fin, después de un tiempo que pareció ser una eternidad, el cuerpo de Yami dejó de moverse. Al parecer, el joven estaba ahora inconsciente, pues había cerrado los ojos.
-Señor, me han dicho que el joven ya tuvo el primer ataque de morbus comitialis- Alzó la mirada al escuchar esto. Ahí estaba el médico, mirando a Yami con cierto temor. Después de todo, se creía que un ataque como esos era un mal augurio.
Asintió después de unos segundos.
-Se cayó de la cama- anunció.
El médico sintió ganas de enfatizar que por eso había dicho que lo mejor era atar al joven, pero optó por no decir algo como eso. Lo que menos quería era recibir gritos.
-Voy a asegurarme de que no se haya golpeado- afirmó entonces. –Lo mejor será volver a acostarlo sobre la cama- agregó. Miró luego cómo el ojiazul se levantaba con el egipcio en brazos, y caminaba hacia la cama.
Un esclavo se acercó, trayendo en su mano un paño. Cuando el ojirubí estuvo acostado sobre las sábanas, acercó el objeto al rostro del joven, limpiando los rastros de vómito que habían quedado ahí.
Y fue en ese momento, cuando alguien tocó a la puerta.
-Adelante- habló el ojiazul, negándose a apartar su vista del egipcio. Observó cómo el médico revisaba la cabeza del joven, buscando algún golpe. No pudo evitar sentir sobreprotección en ese momento. No le gustaba que nadie más tocara a Yami.
Al parecer, el egipcio no era el único posesivo ahí.
-Señor, ha llegado una carta para el príncipe- escuchó que le decían. Se dio la vuelta, encontrándose con un hombre de mediana edad, de simple cabello negro y ojos del mismo tono. En su mano derecha sostenía lo que parecía ser un papiro. –Está escrita en egipcio, pero si desea saber de qué se trata puedo traducirla- ofreció.
El ojiazul tan solo asintió. A decir verdad, no estaba siquiera poniendo atención a lo que el hombre decía. Toda su mente parecía estar concentrada en Yami y en lo que acababa de acontecer.
Se dio la vuelta de nuevo, queriendo ver al egipcio. No le dio importancia a lo que el hombre estaba leyendo. Ahora su única preocupación era Yami.
Claro, eso fue hasta que unas palabras captaron finalmente su atención.
-Para informarle que su padre, el faraón Akunumkanon ha dejado este mundo para comenzar con su viaje hacia la vida al lado de los dioses- De todo lo que el hombre dijo, tan solo eso escuchó.
Así que era cierto. El padre de Yami había muerto.
-Déjalo… donde sea- ordenó, refiriéndose al papiro.
-Como ordene- aceptó el hombre, caminando hacia la mesita más cercana y colocando la carta ahí.
El emperador siguió mirando a Yami. ¿Cuánto más debía de sufrir ese egipcio? Sabía bien que esa noticia sería un duro golpe para el joven. Por el momento, no iba a decirle nada sobre eso a Yami. Si el príncipe lograba recuperarse, no tendría más opción. Pero ahora el ojirubí no necesitaba más drama.
-Parece que no hay golpes- escuchó que el médico decía. Pero a decir verdad no le prestó mucha atención a esas palabras. Estaba muy ocupado analizando la nueva noticia.
Era injusto; injusto que Yami perdiera a su padre de esa forma, y que ni siquiera pudiera pasar los días de luto que su cultura demandaba. Era injusto que después de una simple comida la salud del joven decayera de esa forma. Pero sobretodo, carecía de justicia el hecho de que gracias a él, la vida del ojirubí se estuviera desmoronando. Si el príncipe no hubiera venido a Roma, estaría bien ahora, simplemente guardando los días de luto. Su salud sería perfecta.
Pensándolo bien, el único culpable de todo lo que le estaba sucediendo a Yami, era él.
Y tenía que admitir que aceptar eso… dolía. Porque, ya no quería negarlo más, su único deseo era que el ojirubí estuviera bien, de salud y emocionalmente.
Tan solo quería que el joven fuera… feliz. Todo se reducía a eso.
Pero entonces, venía una gran interrogante.
¿Era él capaz de hacer feliz a Yami?
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Magi: volví con Flor de loto n.n Ya era hora O.o
Respecto a lo que le dijo Claudia a Seto sobre ser un simple humano, hace un tiempo me dijeron que los emperadores romanos eran considerados dioses. Según sé, las opiniones de los romanos estaban dividas respecto a esto. No soy historiadora, así que puede no ser cierto. He leído que sí existió un culto imperial, pero que también había romanos que ridiculizaban la idea de que el emperador fuera un dios viviente. En general, los mismos emperadores evitaban autoproclamarse dioses. Un título que se le daba al emperador era 'primer ciudadano', una forma de decir 'el primero entre iguales'. Con esto me parece que se evitaba venerar como deidad al emperador. Pero como dije, la opinión sobre el tema estaba dividida. Pero obviamente, los emperadores sí recibían enorme respeto.
Agradecimientos a Mitsuki Asakura, Yami224, niko-chan, Azula1991, Ritzud Alid, REIMY-CHAN, Akia-Usagi, Patty-MTK, Atami no Tsuki (consideré tu opinión y creo que tienes razón. Todavía no diré nada abiertamente ya que hay personas que están leyendo el fic por primera vez. No quiero decirles lo que seguirá n.n Además, quiero retrasar mi muerte, porque de seguro me asesinarán cuando lo anuncie xD) por sus reviews!
Hasta la próxima
Ja ne
