Flor de loto
Capítulo 19
Cuando abrió sus ojos, las náuseas y el dolor de cabeza que había sentido en los días anteriores volvieron a hacerse presentes. Pero debía admitir, que a pesar de tales molestias, se sentía ligeramente mejor.
Aunque sin dudas, aún no estaba completamente saludable.
Parpadeó un par de veces, ajustando su mirada a la claridad de un nuevo día.
Mientras hacía esto, obligó a su mente a recordar lo sucedido el día anterior. Por unos momentos, una nube de niebla pareció ser todo lo que recordaba.
Poco a poco y mientras miraba con cuidado el techo, fragmentos de lo que había pasado comenzaron a tocar la puerta de sus pensamientos. Uno por uno le mostraban recuerdos que sinceramente no le agradaron en lo absoluto. Al parecer, y como ya era costumbre, gracias a sus estúpidos comentarios y acciones había hecho enojar por enésima vez al emperador. Recordaba claramente cómo le había casi rogado al romano que no lo dejara; pero a pesar de su insistencia, Seto había salido de la habitación.
Después de eso, no podía recordar nada más.
Sus ojos se alejaron del techo, y en cambio miraron hacia los lados. Y más específicamente, hacia el lado donde siempre dormía el gobernante.
Para su gran desilusión, notó que el ojiazul no se veía por ninguna parte.
Era Mokuba quien estaba sentado al otro lado de la cama. El chico parecía estar completamente sumido en su lectura. En sus manos sostenía algunos papiros, los cuales iba alternando cada cierto tiempo.
Esperó por algunos minutos, no queriendo interrumpir la concentración del menor.
Sin embargo, la necesidad de saber dónde estaba el emperador lo obligó a hacerse notar.
-Mokuba- llamó al chico, quien de inmediato apartó la mirada de los papiros. Sus ojos grisáceos se encontraron pronto con los carmesí del egipcio.
-Yami, ¿cómo te sientes?- preguntó el menor.
-Mejor… supongo- fue la respuesta. -¿Dónde está Seto?- interrogó.
Mokuba suspiró y rió al mismo tiempo. Siempre era lo mismo. A Yami solo parecía importarle su hermano.
-Tan solo está siendo un buen político- afirmó. Tenía una clara idea de que lo su hermano iba a hacer, por eso, había respondido de esa forma.
Volvió entonces a enfocarse en su lectura. Poesía, su género de literatura favorito.
–Te levantaste algo tarde, por cierto. Se acerca el atardecer- anunció luego.
Yami miró hacia la ventana más cercana, notando que de hecho, el cielo estaba cerca de recibir el atardecer. Pero no le dio mucha importancia a ese asunto. No era ese un tema relevante en su mente.
-Está enojado conmigo, ¿cierto?- preguntó, su ánimo decayendo. El dolor de cabeza aumentó, pero hizo lo posible por ignorarlo.
Por segunda vez, Mokuba dejó de leer. En esta ocasión, su semblante se notó genuinamente confundido.
-¿Por qué estaría enojado?- interrogó. –Un morbus comitialis no es razón de enojo. No fue tu culpa después de todo- aseguró. Yami miró al chico, notándose confundido.
-¿Morbus comitialis?- preguntó. Quiso sentarse en ese momento, pero al final prefirió no hacerlo. No creía tener aún la fuerza necesaria para levantarse.
-Olvídalo. Simplemente no es tu culpa y Seto no está enojado contigo. Tan solo está cumpliendo con sus deberes y me ha dejado a mí a cargo de cuidarte- explicó.
Yami de inmediato frunció el ceño.
-No soy un niño para necesitar cuidados todo el día- afirmó sin poder evitarlo.
Mokuba rió por unos segundos. Al parecer el orgullo del egipcio había hablado.
-Lo sé. Pero si no me quedo aquí cuidándote Seto me matará- comentó, mirando de reojo cómo el ojirubí se cruzaba de brazos.
-Puedes decirle a tu hermano que deje de tratarme como un bebé- insistió el joven. –Me siento mejor, no necesito tantos cuidados- agregó.
-Me alegra saber que tu salud está mejorando- afirmó el chico, sonriendo abiertamente. Yami sonrió ligeramente como respuesta. Él también estaba alegre por la leve mejoría que su salud estaba presentando.
Pero ahora, debía admitir que había un pequeño detalle que le incomodaba.
-Necesito un baño- dijo. Habían pasado varios días desde la última vez que se había bañado. Su cuerpo ya le pedía casi a gritos un poco de aseo. El día anterior había pensado tomarse su merecido baño, pero debido a todo el lío que él mismo había causado, aquello no había sido llevado a cabo. Al menos, parecía ser que el emperador no estaba enojado con lo ocurrido. Ese detalle, le transmitía un gran sentimiento de alivio.
-Los esclavos te ayudarán. No creo que estés en condiciones de bañarte sin ayuda- escuchó que el chico le decía.
Suspiró. Mokuba sonaba cada vez más como Seto.
Sin embargo, con mucha resignación, asintió.
0000
De todos los deberes que tenía como emperador, ese era el que más detestaba. No por el deber en sí, sino por lo que éste conllevaba.
Sinceramente, como persona proveniente de una familia noble, no le gustaba mezclarse con la plebe. Así que caminar en medio de aquel lugar lleno de personas de baja clase no era su mejor idea de diversión. De hecho, el solo caminar ya era una humillación grande.
Podía usar un caballo como transporte claro, pero en ocasiones como esa, tenía que mostrar un poco de humildad. Por supuesto, eso no significaba que caminaría por rumbos como ese sin protección alguna. Normalmente, cuando visitaba el Foro, llevaba tres o cuatro guardias. En esta ocasión, en cambio, lo acompañaban ocho soldados; todos portando sus armaduras y armas. Él, por el contrario, vestía con una simple toga blanca.
Después de todo, para adentrarse a lugares tan horrendos como ese, no se pondría sus mejores ropas.
-¡Abran paso!- escuchó que uno de los soldados gritaba. La gente se apartaba tan pronto notaban su presencia.
Enfocaba su mirada al frente, ignorando todo lo que sucedía a los alrededores. No tenía que preocuparse por mantener alta la guardia cuando tenía a otras personas que hicieran eso por él.
Su mente se enfocó entonces en cierto joven de ojos carmesí. A decir verdad, no había querido dejar al egipcio nuevamente. Aunque claro, Mokuba estaba con él así que Yami no estaría solo. Pero de todas formas, debía admitir que se sentiría más tranquilo si estuviera él con el joven.
Pero los deberes debían cumplirse. Y había algunos que no podían esperar.
Un ejemplo de ellos era el presente.
-Señor, hemos llegado- al escuchar esto notó que de hecho ya habían llegado.
Miró a la persona que se encontraba a varios pasos de distancia. Un hombre de tal vez cuarenta años y de cabello castaño lo miraba con sorpresa, mientras sostenía la puerta de su… humilde casa.
-Emperador- susurró el hombre, notándose ahora confundido. –Es un honor… ¿a qué debo su…?-
-Eres Sextus Lartius Cilo, ¿o me equivoco?- interrumpió, utilizando su típico tono de voz firme.
-Ese soy- afirmó el hombre. Hubo silencio por un par de segundos.
-¿Y bien? ¿Me dejarás pasar?- interrogó con cierto sarcasmo.
El hombre de inmediato se hizo a un lado, dejando espacio para permitir que el ojiazul entrara.
-Por supuesto. Disculpe mi falta de cortesía- se disculpó. Sus ojos cafés aún estaban llenos de incredulidad.
El gobernante rodó los ojos, mientras entraba al lugar, que sobra decir era una pocilga comparado con su lujoso palacio. Se cruzó de brazos, mirando los alrededores.
Sus ojos se enfocaron pronto en una mesa que estaba cerca. Allí, al parecer, comían sentados.
-No tiene que pedir disculpas. De todas formas no espero mucho de un plebeyo- habló.
El hombre, ante el comentario, guardó silencio por unos segundos. Pero pronto, decidió olvidar el obvio insulto.
Caminó unos tres pasos, su mirada enfocada siempre en el gobernante, quien le daba la espalda.
-Señor, no entiendo a qué debo el honor de su visita- afirmó, pensando bien antes de pronunciar las palabras. No deseaba decir algo indebido. Su mirada se mantuvo sobre la espalda del ojiazul. De todas las personas, jamás esperó encontrar al emperador frente a la puerta de su casa.
-Te has postulado para el cargo de tribuno, ¿no es así?- interrogó el ojiazul, decidiendo ir directo al punto. Después de todo, quería terminar con eso rápido.
-Así es- contestó el hombre.
El ojiazul se dio la vuelta, encarando al de mayor edad. Dio dos pasos y se detuvo.
-He escuchado que eres sumamente respetado entre tus semejantes- comentó el gobernante. –Así que he decidido garantizarte ese cargo- agregó.
El semblante del hombre se notó profundamente sorprendido. No había esperado escuchar algo como eso.
-Pero eso significaría que… manipulará las votaciones- dijo en apenas un susurro, mirando al suelo con incredulidad.
-Puedo comprar cuantos votos desee… a tu favor por cierto. Siempre y cuando aceptes no meterte en asuntos o propuestas hechas por mí- propuso el ojiazul. Lo que hacía era tan solo parte de una estrategia política. El tribuno podía ejercer el veto en el Senado, aún en contra de reformas hechas por él. No iba a permitir que los plebeyos fueran un obstáculo.
Además, ya había hecho cosas semejantes antes. Con el Senado por ejemplo. En medio de su locura, su padre había ordenado la muerte de la tercera parte del Senado. Cada unos de los senadores fueron obligados a presentarse en la arena de combate en el anfiteatro. Y allí, ante la mirada de miles de personas, se había soltado a las bestias. Tigres y leones habían despellejado a cada hombre.
Esto lo sabía bien, pues él había estado presente.
Así que cuando se convirtió en emperador, se dio a la tarea de buscar hombres para reunir esa tercera parte que faltaba. Hombres que claramente, estarían siempre a su favor.
Por eso, de hecho, era que varios senadores no estaban opuestos a su decisión con respecto a Egipto.
Y ahora, que el cargo de tribuno debía ser renovado, se aseguraría de que el hombre que ejerciera ese puesto fuera alguien quien siempre se mantuviera a su favor.
Dictadura disfrazada podría llamarse.
-Tan solo quiero ser la voz de la plebe. No me opondré a nada de lo que usted diga, señor. Eso puedo asegurárselo- afirmó el hombre, cediendo a la propuesta. –De hecho, cada palabra que usted diga la respaldaré- agregó.
El ojiazul asintió, complacido. De su ropa, sacó una bolsa negra, que contenía una considerable cantidad de denarios. Terminó así por entregársela al hombre, quien no pudo más que sonreír abiertamente al notar el dinero.
-Entonces el cargo será suyo- afirmó el emperador.
000
Llevó el pedazo de carne a su boca. Por fin, el médico había permitido que comiera alimentos más elaborados.
Debido a que su estómago había estado muy sensible esos días, su dieta había consistido en simple pan, granos y frutas. Pero al fin eso quedaba en el pasado.
Estaba feliz, eso era obvio. El médico se había mostrado casi aliviado ante su mejoría, algo que él tomó como una buena señal.
Tal vez los dioses habían decidido que su tiempo de morir no era ese. Claro, no estaba completamente saludable aún. Pero una mejoría era una mejoría. Y si las cosas seguían así, muy pronto podría caminar de nuevo.
Sí, aún no podía hacerlo. Cuando intentó ponerse en pie para ir a bañarse, sus piernas se negaron a responderle. Para su dicha, había caído sobre la cama y no sobre el suelo. Había entonces necesitado la ayuda de los esclavos para cumplir con la simple tarea de brindarle aseo a su cuerpo.
Suspiró, antes de comer otro trozo de carne. Estaba sentado sobre la cama, apoyando su espalda contra las almohadas.
Debía admitir que se sentía solo.
Mokuba había ido a bañarse, y el médico había salido del lugar minutos atrás. Ahora, tan solo los esclavos lo acompañaban.
Aunque de seguro Mokuba volvería en cualquier momento. Pues el chico había ingresado al baño tan pronto llegó el médico.
Miró la bandeja en su regazo. Al menos ya podía comer solo.
Sonrió ligeramente. A decir verdad, no le molestaría que Seto le diera de comer nuevamente. Al principio había sido humillante, pero ahora no le desagradaba tanto la idea.
Suspiró de nuevo. ¿Dónde estaba Seto? No lo había visto en todo el día.
Ni siquiera se dio cuenta de que su rostro mostró un puchero en ese momento.
Era injusto. Quería estar con Seto, ahora.
Lo extrañaba, no podía negarlo.
Se mordió el labio. El día anterior, su mente le había dicho que lo que sentía hacia el ojiazul era amor.
Pero analizando tal pensamiento, no podía más que llegar a la conclusión de que una afirmación como esa era estúpida. No amaba al emperador. Claro que no. Lo apreciaba solamente. Le gustaba estar cerca de él.
El amor era una palabra mayor, en la que no quería siquiera pensar.
No era amor, tan solo cariño y aprecio.
Amor no era. Jamás.
-No es amor…- susurró, intentando convencerse.
-Tal vez sea odio- Saltó de inmediato al escuchar esto. De hecho, la bandeja en su regazo estuvo a punto de caer.
Miró a su izquierda, encontrándose con ojos azules que lo miraban con diversión. Suspiró, intentando calmar su acelerado corazón.
-No hagas eso- habló. Había estado tan concentrado en sus pensamientos que no había notado que el gobernante había llegado. Aunque claramente, estaba muy complacido de ver al ojiazul después de tanta espera. -¿Y has dicho odio?- preguntó. Sus ojos se apartaron de la imagen del castaño, y se centraron en una de las decoradas paredes. –Yo no odio a nadie… nunca lo he hecho- afirmó.
-Mientes y lo sabes- comentó el ojiazul, sentándose sobre la cama y perdiendo su mirada en una de las paredes al igual que Yami.
El egipcio sonrió. El castaño y él tenían una extraña forma de iniciar las conversaciones. Nada de 'buenos días', '¿cómo estás?', '¿qué tal tu día?', ni trivialidades como esas. Ni siquiera un beso como saludo.
Ambos eran diferentes pero iguales al mismo tiempo.
-No miento, Seto- afirmó el ojirubí. Al menos ya tenía en claro que el romano no estaba enfadado con él.
El gobernante recostó su espalda contra las almohadas, mientras que una de sus piernas estaba doblada con la rodilla en forma ascendente y el pie sobre la cama. Su brazo derecho además, sostenía esa rodilla. Y su otra pierna, caía levemente de la cama. Una posición relajada, que el ojiazul no siempre tomaba.
Yami sonrió al notar esa posición. Le gustaba saber que el emperador se sentía cómodo con su presencia.
-¿No me odias a mí?- Pero la sonrisa del egipcio se evaporó al escuchar esto. Frunció el ceño, no entendiendo el objetivo de aquella interrogante.
-¿Por qué lo haría?- preguntó, ligeramente confundido.
-Te separé de tu familia y de tu pueblo. Te obligué a venir a Roma. Te he golpeado en más de una ocasión. Te he alzado la voz. ¿Necesito darte otra razón?- habló con sarcasmo el ojiazul. Hubo silencio por unos segundos.
Yami miró hacia las sábanas. En cierto modo, Seto estaba en lo cierto. De todas las personas, el ojiazul debería ser a quien más odiara.
Y sinceramente, ya lo había intentado. Había intentado odiarlo, solo para descubrir que por más que lo intentara, no podía hacerlo.
-Duermo en una cama. En tu cama. En ningún momento me has hecho sentir como un esclavo, a pesar de que estoy aquí para servirte. Has respetado mi virginidad. Te detienes a considerar lo que yo pienso. Le das importancia a mis opiniones. Me has defendido. Hiciste algo especial para mi cumpleaños. Y ahora que he estado mal de salud me has cuidado de sobremanera. ¿Necesito darte otra razón del por qué no puedo pensar siquiera en odiarte?- respondió, con suma seriedad.
-No sabía que fuera tan benévolo- murmuró el ojiazul. –O tal vez tú me has tenido demasiada paciencia- agregó. Yami rió ligeramente ante esto.
-Tal vez- afirmó, cerrando sus ojos por unos momentos. De manera inconsciente su mano tomó el medallón que el gobernante le había comprado. Nunca se lo quitaba, solo para bañarse. –Pero a decir verdad… tienes un lado benévolo. Aunque no lo muestras muy a menudo- comentó.
Nuevamente, el silencio inundó el lugar.
Con una simple señal de su mano, el egipcio logró que un esclavo se acercara.
Le dio la bandeja, deseando estar más cómodo. Además, ya había comido suficiente.
-Hice mal- De inmediato enfocó su mirada en el castaño. La sorpresa comenzó a inundarlo. ¿Estaba el ojiazul admitiendo que había cometido un error?
–Lo que sucedió ayer. No debí enojarme por algo tan estúpido- continuó el castaño. Era difícil pronunciar esas palabras. Pero curiosamente, sentía la necesidad de hacerlo.
-Seto…- susurró el egipcio, no sabiendo qué más decir. Las palabras del gobernante lo habían dejado completamente paralizado. Jamás había esperado escuchar algo como eso. Algo que en ese momento le pareció una… disculpa.
Sin poder evitarlo, tomó fuerzas y logró acercarse al ojiazul. Terminó entonces recostado contra el pecho del castaño.
Debía admitir que las palabras del romano, aunque escasas, le habían producido alegría. No sabía por qué, pero se sentía feliz.
De hecho, sintió ganas de derramar lágrimas, pero se contuvo.
Eso le hizo recordar el día anterior. No había podido evitar llorar. Había sollozado, pues deseaba dejar salir toda la inseguridad que sentía; la sorpresa y el temor. Todo lo que había contenido lo había dejado escapar al fin.
Pero sobretodo, había llorado por el pensamiento que su mente le había traído. El pensamiento que de que tal vez estaba enamorado del ojiazul.
La verdad era que no deseaba amarlo. ¿Para qué? De todas formas los sentimientos como esos jamás serían correspondidos. Era tonto ahogarse en sus propias emociones. El aprecio en cambio, tan solo conllevaba ligero cariño y preocupación. Nada profundo; nada que pudiera herirlo.
Pero por los dioses, con cada día que pasaba, notaba un cambio en Seto. Un cambio que él había provocado. Un cambio bueno.
No podía evitar querer al ojiazul cada día más.
Inconscientemente, tomó partes de la toga del romano entre sus manos.
No le gustaba admitir que sentía miedo.
Pero ahora, debía confesarlo. Sentía miedo de querer al emperador. Miedo de que ese afecto se convirtiera en algo más.
Empero, por más que lo intentara…
-No puedo odiarte. Lo he intentado… pero no puedo- susurró, terminando por decir su pensamiento en voz alta. –Cuando decidí venir a Roma… te odié… Es verdad, mentí cuando dije que no he odiado nunca. Te odié antes de siquiera verte en persona… te odié como nunca he odiado a nadie, por separarme de mi familia y de mi pueblo. Y cuando llegué aquí y te vi… sentí rabia… y te odié aún más. Y luego… de pronto el odio había desaparecido- comentó, cerrando sus ojos fuertemente. Había intentado no darle importancia al odio que sentía. Lo había escondido, para evitar hacer algo estúpido. Y de pronto, cuando se atrevió a volver a revisar ese sentimiento, se dio cuenta de que había desaparecido.
De pronto, se encontró sentado sobre el regazo del ojiazul. Su rostro estaba cerca del rostro del romano, quizás demasiado cerca. Y cuando sus ojos se encontraron con los del gobernante, su ser entero pareció rendirse ahí mismo.
-No eres lo que esperaba- susurró. No le gustaba hablar abiertamente de lo que sentía o pensaba, pero ahora no podía, ni quería, callar.
Además, podía ver tantas emociones en los ojos azules del romano, que no quería parar. Quería descifrar esas emociones, las cuales el castaño intentaba esconder.
-Ésta es la primera vez que te miro de cerca. A pesar de que hemos estado así en más de una ocasión- afirmó el castaño. La verdad era que necesitaba ser sincero con Yami, porque había visto el rostro del joven lleno de lágrimas secas el día anterior. Porque le había dolido. Había sentido casi como si el corazón se le partiera a la mitad cuando vio esas lágrimas.
Por los dioses, haría cualquier cosa por no ver otra vez esas gotas de sal resbalando por las tersas mejillas del egipcio.
Tragó antes de decir lo siguiente. Pues no era sencillo ser tan abierto, ni mucho menos dirigirle un cumplido a alguien.
-Eres… hermoso- afirmó en apenas un susurro. Lo había dicho. Y lo más curioso, es que no se sentía humillado. De hecho, interpretó esas palabras como un logro. Pues no mentía. Yami era bello, más bello que cualquier otro. Más bello que Venus. Y ahora, verlo así, recuperándose… no había palabras para describir el alivio que sentía.
Quizás ese mismo alivio, era el que le obligaba a hablar.
-Seto…- Por segunda vez, el joven susurró el nombre del ojiazul. Sentía que en cualquier momento su corazón dejaría de latir. No podía haber escuchado a Seto llamarlo hermoso. Simplemente no era posible. Sí, el castaño había insinuado antes que él era bien parecido. Pero escucharlo decir eso abiertamente… no parecía real.
Y por ser tan irreal, fue tan maravilloso.
Sus brazos se enredaron alrededor de los hombros del romano. Sus labios besaban insistentemente el cuello del ojiazul. No se sentía enfermo ya. Sentía que había recuperado las fuerzas que había perdido. No iba a morir, por supuesto que no. Ahora estaba más vivo que nunca.
Alejó un poco su rostro, para que así, sus ojos pudieran centrarse en las facciones del romano.
Un ligero tinte rojizo inundó sus mejillas, cuando pensó en lo guapo que era el castaño.
Inconscientemente, se fue acercando al ojiazul. ¿Cuándo había sido la última vez que ambos habían compartido un beso? Realmente no lo recordaba. Quizás antes de que todo este asunto de su salud se presentara.
Era mucho tiempo.
Fue él quien inició el beso, aunque el ojiazul no lo rechazó en lo más mínimo. Todo lo contrario, rodeó la cintura del egipcio con sus brazos, atrayendo aquel delicado cuerpo hacia el suyo. Fue entonces cuando notó, lo bien que cabía Yami en sus brazos. Como si aquel espacio estuviera reservado solo para él.
El príncipe cerró sus ojos, mientras dejaba escapar un leve gemido que entremezclaba el alivio y la aprobación. Había extrañado besar al romano de esa forma.
Justo cuando comenzaba a perderse en las sensaciones de que aquel beso, una exclamación resonó por el lugar.
-¡No estoy mirando!-
Yami se sobresaltó; se separó de inmediato del castaño, y volvió su mirada hacia atrás. La vergüenza comenzó a introducirse en su mente, cuando miró al hermano del emperador caminando hacia la puerta mientras se cubría los ojos con las manos.
Había olvidado por completo que Mokuba había decidido bañarse en la terma que estaba en la habitación del emperador, con el objetivo de no alejarse mucho de Yami.
–Lo lamento, ya no los interrumpo- insistió el menor, mientras aceleraba el paso hacia la salida. –¡Me alegra saber que ya estás bien, Yami!- exclamó, antes de finalmente alcanzar la puerta.
El silencio le siguió a todo aquello. El egipcio mientras tanto, no cabía en la vergüenza. Primero que nada, la posición en la que se encontraba era más que comprometedora, sentado en el regazo del ojiazul, con los brazos abrazando firmemente el cuello del gobernante.
-Al menos cumplió con lo que me dijo respecto a no dejarte solo- finalmente, el castaño habló. Aunque claro, éste no parecía estar apenado en lo más mínimo.
-Lo olvidé por completo- susurró el ojirubí, aún avergonzado.
-¿Soy tanta distracción para ti, acaso?- preguntó con burla el castaño, mientras alzaba una ceja.
Yami volvió su mirada molesta hacia el ojiazul.
-No te creas tanto- le dijo, mientras se cruzaba de brazos. Sin embargo, su aparente molestia cesó en unos segundos. Su semblante se relajó considerablemente, y una ligera sonrisa apareció en su rostro.
Se recostó contra el ojiazul. Su cabeza descansaba ahora contra el cuello del romano.
-Por cierto, gracias por haberme cuidado estos días. Me siento mejor ahora. Creo que estaré bien-
-¿Y se supone que esa es una noticia buena o mala?- preguntó con humor el castaño.
-¡Seto!- exclamó el menor de ambos, casi con reproche. Pero no dijo nada más. Tan solo se mantuvo en esa cómoda posición. Cerró sus ojos, y se concentró en percibir la varonil fragancia propia del romano.
Se sentía realmente protegido ahí, en los brazos del ojiazul. Sentía un sentimiento de pertenencia, como si él hubiera sido hecho para estar cerca del castaño.
Y aunque quizás no se atrevería a decirlo en voz alta, se sentía… en casa.
Daría lo que fuera por quedarse así para siempre.
000
Magi: POR FAVOR NO ME MATEN! Ya sé que supuestamente el lemon venía en el siguiente capítulo pero… pero… pero!... tendrá que esperar uno o dos capítulo más… En un review me dijeron que quizás era muy pronto para el lemon, dado que Yami apenas está comenzando a recuperarse. Y después de analizarlo, me di cuenta de que es verdad.
¡Así que no me maten! El lemon vendrá, lo prometo! Solo lo atrasaré un poco. Además, no solo leen mi fic por el lemon… ¿o sí? O.o
Bueno, pasando a otro tema. Me parece que no hay aclaraciones para este capítulo.
Agradecimientos a Mitsuki Asakura, niko-chan, Yami224, Azula1991, Atami no Tsuki, Akia-Usagi, angelegipcio, Kimiyu, Carmin Diethel por sus reviews!
Hasta la próxima!
Ja ne!
