Flor de loto

Capítulo 21

El silencio que reinaba en el lugar no le permitía comer a gusto. Eso, sin mencionar que había perdido el apetito desde minutos atrás.

Se concentraba entonces en mirar hacia la pared más cercana y veía de reojo las acciones del ojiazul, quien tampoco parecía tener mucho apetito. De hecho, parecía estar perdido en sus pensamientos. Lo único que le había visto tomar era el vino, que se encontraba dentro de una copa de oro.

Decidió dejar de admirar la pared y permitió que sus ojos carmesí se concentraran de lleno en la mano vendada del romano.

-¿Qué le sucedió a tu mano?- se atrevió a preguntar, rompiendo con el incómodo silencio.

-No has comido nada- Rodó los ojos cuando recibió una respuesta muy diferente a la que esperaba.

-No tengo hambre. Solo quiero saber qué le pasó a tu mano- insistió. No se daría por vencido tan fácilmente.

Hubo silencio por unos momentos. El gobernante pareció concentrar su atención en los hermosos mosaicos del piso, que mostraban coloridas imágenes que tan solo demostraban lujo y riqueza.

Un suspiro de aparente resignación escapó de su boca. Un gesto, que extrañó al egipcio.

-¿Seto?-

-Ofrecí una ofrenda de sangre a uno de mis dioses. No es nada grave- afirmó el castaño.

El ojirubí dejó escapar un suspiro de alivio. Aunque no tenía en claro si se sentía aliviado por saber la razón detrás de la mano vendada del romano, o por el hecho de que el ojiazul finalmente le contestó.

Sin embargo, el alivio duró poco. La situación aún se le hacía tensa. Sabía claramente que algo le estaba ocultando el castaño. Y realmente, no pensaba que fuera algo bueno.

-¿Qué sucede? Has estado actuando extraño desde hace días- Al fin, decidió volver a insistir con ese tema. –Y me atrevo a decir que todo esto tiene algo que ver conmigo. Me has estado ignorando todos estos días- agregó, sentándose en su asiento. Aquella posición que utilizaban los romanos para comer todavía se le hacía incómoda.

El romano no dio palabra. Sabía bien que no podía retrasar más el asunto, pero no sabía cómo empezar.

Aunque bueno, si lo pensaba detenidamente, estaba claro que lo más importante para Yami era su familia. Así que imaginaba que después de informarle al joven acerca de la muerte de su padre, no tendría que dar más explicaciones. A Yami ciertamente no le interesaría saber que se iría a la guerra.

No quería admitirlo, pero muy dentro de sí, sentía casi envidia por aquellos afortunados egipcios que siempre ocuparían el primer lugar en la vida del ojirubí.

¿Pero qué podía esperar? Yami había llegado a Roma por obligación. El príncipe tan solo estaba cumpliendo con su deber.

Él era el idiota, que se había dejado embelesar.

Se permitió a sí mismo sonreír con ironía. ¿Estaba aceptando acaso aquello que se había empeñado en negar? ¿Que quizás el joven que estaba a su lado, mirándolo con tanta confusión que era casi adorable, ocupaba gran parte de un corazón que nunca pensó que poseía?

-Seto, ¿qué sucede?- insistió el menor.

El ojiazul finalmente lo miró a los ojos. Estaba claro que el príncipe no desistiría esta vez. Y ya conocía ese lado obstinado del ojirubí. El egipcio seguiría preguntándole hasta el cansancio.

De todas formas, no era esta una situación de la pudiera escapar.

Quién lo diría. Él era el emperador de Roma. Había hecho cosas crueles en su vida. Había asesinado, planeado guerras en las que morían miles de personas. Y sin embargo, le costaba decirle a Yami algo tan simple, y que tenía tan poco significado para él. La muerte del faraón no le afectaba en nada. Al contrario, era una gran oportunidad, que estaba desaprovechando intencionalmente.

Retiró la mirada de la de Yami, y sacó de entre sus ropas un papiro.

No podía retrasar más algo que era inevitable.

-Es para ti- afirmó, mientras le ofrecía aquel objeto al egipcio.

La inseguridad se apoderó de inmediato de cada uno de los sentidos del príncipe. Estaba claro, que lo que fuera que estuviera escrito en ese papiro, no era algo bueno. El solo semblante del romano bastaba para confirmárselo.

Por su mente pasaron miles de posibilidades. Y si el emperador había rechazado… no, no podía ser. Nada malo había ocurrido entre ambos. Pero entonces, ¿por qué el ojiazul lo había ignorado estos días?

Le costó trabajo desenrollar el papiro, puesto que sus manos temblaban. Su corazón latía tan fuerte, que no le extrañaría si de pronto se salía de su pecho.

Estaba a punto de recibir malas noticias. Lo sabía bien.

Cuando finalmente logró extender el papel, notó que el mensaje estaba escrito en egipcio. Sintió alivio y al mismo tiempo tensión. Eso comprobaba, que aquella nota provenía de Egipto y no de Roma.

Y comenzó a leer.

El romano, mientras tanto, centraba su atención en la pared más cercana. No quería ver el semblante del egipcio. No quería ver su reacción.

Pero sí pudo escuchar el sonido incesante del papiro, que era producido por el temblor en las manos del ojirubí, y que con cada segundo se intensificaba.

Sí pudo escuchar aquel primer y único sollozo.

Pudo escuchar claramente, los pasos acelerados de Yami.

Y supo entonces que estaba solo. Y comprobó esto cuando miró el asiento que poco tiempo atrás había ocupado el egipcio. Estaba vacío.

El alivio y la zozobra acudieron.

Finalmente, se quitaba un peso de encima.

Pero al mismo tiempo, había esperado secretamente que el bello ojirubí buscara consuelo en sus brazos. Había esperado sentir aquel frágil cuerpo aferrándose al suyo.

Empero, ¿a quién quería engañar? Sin importar cuán fuerte lo abrazara el egipcio, él se negaría a abrazarlo de vuelta. No importaba cuánto sufrimiento se reflejara en las facciones del menor, él jamás le daría palabras de consuelo. Porque era estúpido. Porque rebajarse a ese nivel solo era una muestra de debilidad.

Yami no merecía ese tipo de tratos, pero no podía ofrecerle más.

Y por esa razón…

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-Te notas extrañamente alegre hoy, Senador- profirió la mujer, mientras llevaba con su mano una uva a su boca.

Había notado el cambiado carácter del hombre desde que lo había visto llegar, pero no había comentado al respecto ya que su esposo estaba presente. Pero ahora que se había retirado por unos momentos, su curiosidad había vuelto.

Aunque imaginaba a qué se debía el comportamiento del otro.

-¿Puedes imaginarte siquiera… todo lo que haríamos con ese oro egipcio?- interrogó el hombre, la codicia asomándose en cada palabra.

La mujer sonrió. No se había equivocado. Pero después de todo, en este asunto no había margen de error.

Centró su atención en una de las muchas lámparas de aceite que estaban cerca, iluminando aquel lujoso salón. Su casa era una de las más lujosas de Roma. Su esposo poseía incontables riquezas.

Ella había conocido la miseria. La pobreza nunca se vestía con hermosos mosaicos y paredes decoradas exquisitamente.

Pero ahora, tenía esclavos a su servicio y comida digna de un rey.

Aunque en ocasiones, eso se volvía rutinario.

-Así que finalmente has hecho desaparecer a ese príncipe- susurró. Un asunto como ese le debería resultar indiferente. No le afectaba en nada.

-Aún no. Pero mañana todo acabará-

Pero aún así, sus sentimientos no parecieron mantenerse neutrales.

Ella había amado, muchos años atrás. Y los dioses le habían arrebatado a quien había amado.

No importaba cuantas riquezas poseyera ahora, ni aún el hecho de que su esposo era un político importante, ni tampoco que ahora estuviera al mismo nivel social del mismísimo emperador. Siempre existía una especie de vacío. Aunque lo ocultaba detrás de su arrogante comportamiento.

El emperador y ella tenían varias similitudes. Mañana, se agregaría una más a la lista.

Ella por su parte, se limitaría a ser una espectadora.

Pues no todos los finales estaban destinados a ser felices.

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Cuando abrió la puerta y entró a su habitación, no esperaba ver algo bueno. La sola reacción de Yami había dejado en claro que las cosas irían de mal en peor.

Aún así, fue bastante duro mirar al joven, arrodillado en el suelo, con cientos de piezas de oro rodeándolo. Sabía ya lo que representaba aquello. El ojirubí había desarmado aquel rompecabezas en forma de pirámide invertida.

El egipcio no estaba llorando, pero era fácil notar su condición de tristeza y pérdida.

Por unos momentos, dudó en lo que debía hacer luego. Pero cuando lo meditó bien, supo que acercarse, o siquiera hablarle a Yami estaba fuera de discusión. Iba a respetar el aparente estado de duelo del menor. Era su pérdida, y no podía meterse con eso. Aunque aún tenía algo más que decirle, esperaría hasta que el joven se encontrara más calmado.

Decidió entonces ir a darse un baño. Había tenido un día bastante agitado. No le vendría mal un relajador baño de agua caliente.

Procuró atravesar la habitación sin tener que acercarse demasiado al egipcio, quien ni siquiera se movió al escuchar sus pasos. El joven parecía estar perdido en otro mundo.

Pero no esperaba más. Ya sabía lo importante que era para Yami su familia. A diferencia de él, el príncipe parecía haber tenido un buen padre. Era bastante lógico que actuara de esa forma.

Tan pronto entró al baño, un esclavo se acercó, con el objetivo de quitarle la estorbosa toga. Cuando esa tarea fue cumplida, fue sencillo quitarse la túnica que vestía por debajo de la toga.

Mientras entraba al agua, sus pensamientos seguían dirigiéndose a Yami. Aún tenía algo más que decirle. Y basándose en el presente estado del egipcio, imaginaba que le parecerían excelentes noticias. De hecho, estaba casi seguro de que la decisión que había tomado haría feliz al menor.

Sí, quizás podía hacer feliz a Yami después de todo.

Se sentó contra una de las orillas de la terma, la cual tenía un asiento de piedra a todo su largo. El agua caliente al golpear su piel le transmitía un plácido sentimiento de relajación. Su mano le ardía, pero era fácil ignorar aquello.

Cerró los ojos e intentó descansar por un momento, aunque su mente se empeñaba en impedirle hacer tal cosa. Pero debía de aprovechar esta situación. En cuatro días ya no tendría comodidades como esa.

En realidad, no le preocupaba ni le ponía nervioso el saber que iría a la guerra. Aquello era solamente un deber más con el que debía cumplir. Lo que sí le preocupaba, eran las personas que dejaba atrás en una ciudad que quizás dejaría de ser segura. Mokuba, claro, encabezaba la lista.

Si bien confiaba en que un intento tan patético de rebelión como el actual sería fácil de extinguir, no podía asegurar algo que solo conocían los dioses. Además, los rebeldes habían acabado por completo con dos de sus legiones. Pero a su parecer, no eran más que perros que seguían a su líder. Era tan fácil como cortar la cabeza, para que el cuerpo dejara de moverse.

Escuchó de pronto pasos en aquella habitación. Pero descartó abrir los ojos, pues pensó que quizás era algún esclavo. En ocasiones, aquellos objetos parecían ser más una molestia que unos simples servidores.

Sin embargo, supo que no podía ser un esclavo, cuando escuchó el sonido del agua. Alguien había entrado a la terma.

Abrió entonces sus ojos, sus sentidos agudizándose.

Pero el estado de alerta despareció, para ser reemplazado por la incredulidad y sorpresa, cuando miró a la persona que menos esperaba ver en esos momentos.

Observó al joven avanzar hacia él, casi con desesperación. Intentó leer la expresión del menor, pero no pudo entender una sola de las muchas emociones que mostraba aquel rostro.

Y entonces, un pequeño cuerpo se aferró al suyo con fuerza.

El delicioso aroma que se esparció por el lugar, no le dejó dudas de que era Yami quien lo abrazaba.

Jamás pensó que aquello que había esperado se hiciera realidad. De hecho, no entendía por qué el egipcio buscaría consuelo en él, si imaginaba que el joven ya sabía que no recibiría nada de su parte.

Pero al menor no pareció importarle no recibir ninguna muestra de comprensión de parte del ojiazul. Simplemente, se mantuvo abrazado al castaño.

Sabía bien que jamás escucharía alguna palabra de entendimiento provenir del romano. Era bastante obvio que el emperador no lo abrazaría. Sin embargo, el solo hecho de estar cerca de él, bastaba para calmar el dolor de su pérdida. La sola presencia del castaño, apagaba la llama del desconsuelo. Estar así, en esa posición, hacía que la muerte de su padre no doliera tanto.

Había salido del comedor tan pronto leyó aquel mensaje, no porque quisiera alejarse del ojiazul. Simplemente, sintió la necesidad de estar solo unos momentos.

Pero cuando escuchó al romano entrar a la habitación, sintió una profunda necesidad de acercársele.

Era obvia para él la razón de sus acciones.

Lo amaba… lo amaba tanto…

No seguiría negándolo. Lo que sentía hacia el emperador era algo sumamente fuerte.

La muerte de su padre lo entristecía, pero sabía que todo estaría bien mientras Seto estuviera a su lado.

-Yami, hay algo más que debo decirte- Las palabras del ojiazul le transmitieron temor. No quería más malas noticias.

Pero de todas formas, asintió contra el pecho del castaño.

Hubo silencio por varios segundos, hasta el punto en el que el príncipe pensó que el romano se había arrepentido.

Sin embargo, la voz del emperador refutó su pensamiento.

-Hay una rebelión en el sur. Varias legiones han llegado tan lejos como para declarar a su propio emperador- profirió el gobernante. De inmediato, sintió cómo el menor ejercía fuerza en su agarre.

Los hermosos ojos carmesí del egipcio se encontraron con los azules suyos.

-¿Qué quieres decir?- preguntó, con obvia inseguridad. Esto no parecía ser bueno en lo absoluto.

El ojiazul procuró concentrar su atención en la pared más cercana y no en esos ojos. Quizás ahora Yami interpretaría la situación como algo malo, pero pronto, sería todo lo contrario.

-En cuatro días iré a la guerra-

La noticia parecía caerle al egipcio como un balde de agua fría. Había pensado tan solo minutos atrás que mientras Seto estuviera a su lado todo estaría bien… ¿y ahora resulta que el romano se iría? ¿Y a una guerra?

¿Cómo sabría que nada malo iba a sucederle? ¿Cómo sabría si iba a regresar del todo?

-Pero… ¿por cuánto tiempo?- preguntó. Quería preguntar muchísimas otras cosas, pero fue eso lo único que pudo pronunciar.

-No lo sé. Días, meses… o quién sabe, quizás años-

-¿Años? No es justo. No puedes dejarme aquí- finalmente, dejó escapar lo que sentía en quejas y lágrimas. Sí, había hecho un enorme esfuerzo por no llorar cuando supo lo de su padre, pero esto era demasiado. ¿Cómo podría vivir tranquilo, sin saber si el ojiazul estaba bien? ¿Cómo podría dormir, comer… cómo haría tales cosas?

-No voy a dejarte aquí, Yami- sentenció el castaño. Había llegado la hora de hacerle saber a Yami la decisión que había tomado.

La felicidad y seguridad del ojirubí no estaba en Roma. La familia del egipcio siempre estaría en primer lugar.

Por eso, había tomado una decisión.

Era lo único que podía hacer para darle felicidad al menor.

-¿A qué te refieres?- interrogó el joven. No entendía absolutamente nada. ¿Por qué de pronto todo se desplomó de esa forma? -¿Seto?- insistió, cuando miró el semblante del ojiazul. Estaba claro que el romano no estaba contento con lo que pensaba decir. Y eso, solo le causaba más inseguridad.

-Roma jamás será un lugar seguro para ti. Aún cuando acabe esta estúpida rebelión. Ya han intentado envenenarte… solo los dioses saben qué intentarán después- explicó el castaño. No quería seguir, pero ya había tomado una decisión.

-Seto, no entiendo qué quieres decirme- susurró el menor. Sus lágrimas se habían detenido, pero la angustia no. Su corazón latía rápidamente.

Se permitió a sí mismo cerrar sus ojos cuando el ojiazul lo besó. Pero el miedo se apoderó de él cuando sintió todas las emociones que conllevaba aquella caricia. Quizás el castaño no transmitía lo que sentía mediante palabras, pero él ya lo conocía lo suficiente como para leer sus acciones.

Y pudo jurar, que sintió verdadero tormento y opresión en ese beso. Fue tan fuerte, que tuvo que separarse de manera brusca.

Cuando miró el semblante del romano, pudo casi afirmar que había algún tipo de emoción negativa allí. Pero el ojiazul aún podía esconder sus emociones detrás de una expresión neutral. No pudo entonces distinguir qué era lo que veía.

-Te juro, por mis dioses, que mientras yo o alguno de mi familia esté al frente de este imperio, ningún daño le sobrevendrá, ni a ti, ni a tu familia, ni a tu pueblo-

Los ojos del egipcio se abrieron en gran impresión al escuchar aquello.

La incredulidad lo golpeó con fuerza. No podía ser cierto lo que estaba escuchando.

-Quieres decir… que…- murmuró. Las lágrimas, esta vez de alegría, comenzaron a brotar de sus ojos.

Y estalló en júbilo, cuando el miró al emperador asentir.

Se olvidó de la compostura, y en cambio se aferró al cuello del ojiazul, mientras repetía una y otra vez palabras de agradecimiento. Y entre esas palabras, reía y lloraba al mismo tiempo.

Había conseguido uno de sus mayores anhelos. Más años de libertad para su pueblo. Entendía perfectamente que un acuerdo de ese tipo no era permanente. Nadie podía afirmar que si en treinta años, un nuevo emperador, ajeno a la familia del ojiazul, tomaba el poder, respetaría un acuerdo que no le concernía.

Pero había llegado ahí a abogar por más años de libertad. No una eternidad, solamente más años. Y lo había conseguido.

Ahora sabía, que se había enamorado de la persona correcta. Sabía que quería pasar el resto de su vida a su lado.

-Tienes ahora algo bueno que informarle a tu pueblo. Puedo asegurar que estarán gozosos de tener a su príncipe de vuelta-

Sus acciones se detuvieron en seco. ¿Qué había dicho el emperador?

-¿De vuelta?- preguntó, sintiendo cómo la alegría del momento se derrumbaba.

-Vas a volver a Egipto- Finalmente lo había dicho. Aquella difícil decisión que había tomado.

Pero era mejor así. Yami estaría a salvo. En Roma, había demasiado peligro. No pensaba arriesgar la seguridad del menor por un deseo egoísta.

Además, solo quería hacer feliz al ojirubí. Y esta era la única forma de lograrlo.

Para Yami, su familia siempre estaría en primer lugar.

Esos egipcios… no sabían lo afortunados que eran.

Sin embargo, la confusión se presentó, cuando escuchó varios sollozos escapar de aquel frágil cuerpo. Y cuando miró el semblante del menor, no pudo entender por qué había tanta tristeza y no felicidad.

Lo siguiente que supo, fue que el egipcio se había alejado. Lo miró atravesar la terma y salir de ella; escuchó los apresurados pasos y el agua que caía incesante del cuerpo mojado del príncipe, el cual apenas estaba cubierto por un faldellín blanco.

¿Qué había sucedido? No había esperado una reacción como esa. Se supone que Yami estaría feliz.

Porque era su familia quien lo hacía verdaderamente feliz, ¿cierto?

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Magi: nuevo capítulo, nuevo drama xD Me parece que se está acercando el final n.n No es seguro todavía, pero según lo que tengo planeado, no falta mucho para cerrar el telón.

Lo había dicho en mi otro fic, Mente frágil, pero igual lo digo aquí. Voy a seguir actualizando cualquier día, no necesariamente los lunes. Intentaré hacerlo los lunes, pero si no puedo (como hoy, por ejemplo), actualizaré cualquier día de la semana.

Pasando a otro tema, creo que en el capítulo pasado, no especifiqué que Marte era el dios de la guerra.

Aclarando las dudas de los reviews. Yami dice que se siente en casa, por estar cerca de Seto. Creo que en este capítulo eso quedó claro, pero igual lo menciono para que no queden dudas n.n La canción de la que les hablé ya está subida en mi skydrive, la dirección está en mi perfil. Sobre el video que me dedicaron, en youtube lo pueden buscan como "seto kaiba's telephone (yamixseto)" y ahí sale. El tiempo que va a durar la guerra… ni idea xD Ya veremos qué sucederá n.n Y me parece que eso sería todo.

Agradecimientos a Rita, yoyuki88, Natsuhi-san, niko-chan, Elsa Agabo, Azula1991, Mitsuki Asakura, Kira Lilei, Atami no Tsuki, Nickte Lawliet, angelegipcio por sus reviews! Espero que les haya gustado este capítulo n.n

Nos vemos

Ja ne!