Flor de loto

Capítulo 22

Cuando estuvo dispuesto a salir de la habitación, dirigió por unos segundos su mirada al silencioso egipcio.

El ojirubí estaba aún acostado, con las sábanas cubriéndole todo el cuerpo. Pero no dormía. Sus ojos estaban abiertos y miraban al vacío. El menor parecía estar perdido en sus pensamientos.

Yami no le había dirigido la palabra desde la noche anterior. Y él simplemente había ignorado ese hecho. Por supuesto que no entendía la extraña actitud del joven, pero la idea de preguntar no le había cruzado por la mente.

Quizás el joven actuaba de esa forma debido a la muerte de su padre.

Realmente no creía que la idea de regresar a Egipto le causara tristeza al ojirubí. El solo pensamiento parecía irracional e ilógico.

Pero si Yami no quería hablar, él no iba a obligarlo.

Caminó, unos cinco pasos, cuando la voz del joven finalmente se escuchó.

-Si muero hoy, ¿llorarías?- La pregunta logró tomarlo por sorpresa. Y aunque intentó esconderla supo que Yami la había notado.

-Tus ocurrencias me desconciertan- habló, negándose a mirar al menor. ¿Por qué utilizaba Yami un tema tan desagradable como el de la muerte? ¿Acaso sabía lo mucho que le afectaba siquiera pensar en algo como eso? Dioses, la solo idea de lastimar al egipcio ya lo atormentaba lo suficiente.

Pero pensándolo bien, ¿cuál era la respuesta a esa pregunta?

Realmente no tenía que darle muchas vueltas al asunto, para saber que un hecho como ese afectaría profundamente toda su vida. Ni siquiera quería imaginar, lo doloroso que sería perder a Yami.

Sí, iba a perderlo de todas formas, pero sabiendo que el joven estaría bien al lado de su familia.

-¿Llorarías?- insistió el menor, quien aún se encontraba acostado, enredado entre las sábanas de fina tela.

-¿Llorar? Nunca he llorado. Y ciertamente, nunca lloraré por nada ni por nadie- afirmó. No recordaba la última vez que había llorado, al punto de que terminó convenciéndose de que nunca lo había hecho.

Pero eso no quería decir, que nunca hubiera llorado en sus adentros.

Lo había hecho, cuando pensó que perdería a Yami días atrás. Cuando miró el deplorable estado de salud del menor. Mientras lo cuidaba, mientras le daba de comer, mientras lo miraba dormir. Había llorado tantas veces que ya no podía contarlas.

Simplemente, lloraba sin lágrimas.

-Imaginé que esa sería la respuesta. Aunque admito que escucharla me lastima- profirió el menor. Sonrió con cierta tristeza, antes de decir lo siguiente. -¿Sabes que haría yo si murieras?- preguntó.

-Probablemente te sentirías tan libre que bailarás desnudo por toda Roma- murmuró el emperador, casi con humor. Casi.

-¿Tan poca confianza tienes en mí? ¿O tanto te has convencido de que nadie más que Mokuba te aprecia?- interrogó en voz bajo el egipcio. Suspiró, cerrando los ojos por varios segundos. –Si quieres que regrese a Egipto, lo haré. Si tienes que ir a la guerra, nadie te detendrá. Pero debes saber… que si no regresas yo lo sabré. ¿Y sabes que sucederá entonces? ¿Sabes que haría yo si murieras?- Hizo una pausa, que fue cubierta por el silencio. –Te seguiría-

La afirmación, además de tomar desprevenido al ojiazul, lo dejó completamente congelado. ¿Qué había querido decir Yami con esas palabras? ¿Bromeaba acaso? No podía creer que el egipcio estuviera hablando de quitarse la vida, por el simple hecho de que no podía seguir viviendo si él no lo hacía.

-Deja de decir estupideces-

-Pero es la verdad- insistió el menor.

-Te conozco lo suficiente para saber que no tomarías una salida tan cobarde. Además, estás exagerando. No creo ser tan importante para ti como lo haces ver ahora- afirmó el ojiazul. ¿Por qué seguía escuchando aquellas falsedades? ¿Por qué simplemente no salía de allí y se concentraba en sus deberes? Quizás porque cierta parte de su consciencia, le decía que Yami estaba hablando con la verdad, por más insólita que se escuchara.

-¿De verdad no tienes idea? Creo que entonces no me conoces tan bien como piensas- afirmó el egipcio. Su corazón comenzó a latir rápidamente, y sintió extraños revoloteos en el estómago. Pues sabía bien lo que debía decir luego.

-Te amo, es tan simple y complejo como eso- finalmente, lo había confesado. Ahora lo sabía, sabía que se había enamorado. Ya no perdía nada con decirlo, además, iba a regresar a Egipto. No quería irse sin haber expresado antes esa emoción que sentía.

Miró al ojiazul, quien en ese momento le daba la espalda. Fue fácil notar, que su confesión había dejado paralizado al romano.

Los ojos azules del gobernante se centraban en la puerta, como si esta fuera una gran narradora de poesía.

No podía creer lo que había escuchado. ¿Cómo podía Yami decirle algo así a alguien como él?

Era una historia que volvía a repetirse. Solo que ésta vez, no era su tímida Kisara quien insistía con ese cuento cliché del amor.

Sintió enojo de pronto. No lo había pensado antes, pero Yami era sumamente parecido a Kisara. Los dos insistían en permanecer a su lado. Ambos parecían preocuparse más por él que por ellos mismos.

Y a ambos, él los había hecho a un lado. Kisara se encontraba lejos, y Yami regresaría a Egipto.

Era la misma historia.

-Esa es la mentira más absurda que haya escuchado- Después de decir eso, salió de la habitación, azotando la puerta tras de sí.

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-¿Qué debo hacer?- preguntó el joven. La placa que colgaba de su cuello indicaba que era un esclavo. Y el nombre de familia que estaba inscrito en ella, junto con la ya conocida frase: "tenemene fucia et revo cameadomnum et viventium in aracallisti"(1), delataba que pertenecía al emperador.

-Tu tarea es muy sencillo. Solo debes colocar esto…- afirmó el hombre, deteniendo sus palabras al entregarle una cesta de mediano tamaño al joven. –Cerca del príncipe- prosiguió, sonriendo calculadoramente. –Aunque te aconsejo hacerlo preferiblemente cuando esté dormido. Así habrá más posibles de que logres el cometido- agregó.

-Eso será fácil. Últimamente el príncipe se levanta hasta poco antes del atardecer-

-Imagino que el emperador no le concede descanso en las noches- habló el hombre, riendo durante varios segundos.

-Es difícil de creer, pero el emperador aún no le ha tocado sexualmente. El egipcio sigue siendo virgen, según afirma él, claro. Personalmente, yo no creo en algo tan disparatado- afirmó, recibiendo una mirada sorprendida.

-Eso es imposible-

-Créame, yo estoy en esa habitación todas las noches. Ahí hay más drama que romance. El emperador ha sido bastante paciente con ese egipcio. Normalmente, alguien tan insolente ya habría perdido la cabeza- comentó.

-Estoy genuinamente sorprendido. Nunca he escuchado hablar del emperador como una persona paciente. Pero que mal, si hubiera sabido antes que el famoso príncipe es virgen, quizás habría planeado algo diferente. Es un desperdicio que un joven tan bello muera virgen- profirió, negando con la cabeza un par de veces. –Pero ahora, necesito mi paga. Asegúrate de que ese egipcio muera antes del anochecer. Si haces lo que te pedí y ese joven no muere, entonces usa esto- explicó, mientras sacaba algo de entre su túnica.

La pequeña daga brilló cuando la luz del sol cayó sobre su superficie.

-Este será el último recurso. Después de todo, no queremos que termines cubierto de sangre- afirmó el hombre, riendo luego.

-¿Y cuándo recibiré mi parte?- preguntó el joven.

-Tan pronto hayas cumplido. Te aseguro que con esto podrás comprar tu libertad, y te sobrará-

El esclavo sonrió. Eso era lo que más anhelaba: libertad. Y haría lo que fuera para conseguirla.

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Desde que salió del palacio, no había dejado de pensar en Yami. Y específicamente, en lo último que le había dicho.

No quería creer una afirmación como esa. Pero no podía evitar pensar que algo así le daba sentido al extraño comportamiento del egipcio. Eso explicaría, por qué el joven no se mostraba contento de regresar a Egipto.

Aún así, le costaba creerlo. Aunque imaginaba que no era algo imposible, puesto que ya antes alguien más había afirmado amarlo.

Kisara… Por unos momentos, su atención se centró en esa joven. No podía imaginar cómo estaría ahora. Aunque realmente y muy dentro de sí, esperaba que estuviera bien.

Kisara no solo había sido su prometida, sino también la persona más cercana a él además de Mokuba. Si había algo que podía afirmar, es que Kisara fue la mujer a la que más quiso y apreció. Era casi como una hermana menor.

Se lo había dicho una vez a la joven, cuando apenas eran niños, que jamás podría pensar en casarse con alguien que no fuera ella. Tenerla como prometida y pensar en ella como una esposa no había sido un tortuoso pensamiento en lo absoluto.

¿Qué más podía pedir? Su prometida era hermosa y gentil, de buenos sentimientos y con un corazón más grande que todo el imperio. Lograba entenderlo a la perfección. A veces hasta lograba leerle sus pensamientos.

Pero no todo era para siempre.

Quizás era un hipócrita cuando decía que su padre se había dejado llevar por una profecía estúpida. Tal vez mentía cuando decía que los oráculos no eran más que engaños griegos.

Su padre había perdido todo sentido de tranquilidad, después de escuchar su futuro en un oráculo. Luchó incansablemente contra ese destino, el cual finalmente fue ineludible.

Él no supo la razón de las acciones de su padre hasta el día en que lo asesinó. No había planeado hacer tal cosa. Pero cuando el hombre amenazó la vida de Mokuba, supo que no había otra salida.

Pero… quién lo diría. Él también había ido a uno de esos lugares, con la intención de burlarse de la estupidez de su padre. Al final, a él también le habían pronosticado su futuro. Y aunque no quiso al principio creer tales cosas, cuando miró cómo los hechos respaldaban lo que le habían predicho, procuró mantenerse alejado de cualquier riesgo.

Eso significaba, mantenerse alejado de Kisara.

La joven nunca entendió su cambio de actitud, y él no se tomó la molestia de explicarle.

La había lastimado, eso lo sabía bien. La joven no había hecho nada para merecer tratos como esos. De hecho, fue él quien tuvo la culpa. Él provocó todo aquello.

Las últimas palabras que le dirigió Kisara, aquella quien antes había afirmado amarlo, fueron palabras de rencor y resentimiento.

-"Te has convertido en un monstruo"- Claro, ¿cómo olvidar esas palabras?

Pero él las había provocado.

-"Espero que te quede claro. Si alguien se entera de esto… te mataré a ti y a ese bastardo con mis propias manos, ¿escuchaste?"-

Nunca amó a Kisara. La quería y apreciaba, solamente eso. Pero jamás quiso lastimarla.

-Debí matarlo cuando tuve la oportunidad- murmuró. Sí, si hubiera tenido el coraje de eliminar el problema personalmente, no habría tenido a que mandar a Kisara lejos, en algo que se asimilaba a un exilio permanente.

No quería cometer el mismo error con Yami. No iba a lastimarlo más.

Porque Kisara había tenido la razón.

Él era un monstruo.

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Después de esperar, supo que finalmente, la habitación del emperador estaba vacía, excepto por el durmiente egipcio. A esa hora, a los esclavos se les permitía dejar su puesto para ir a comer. Restos de comida claro. Solo los nobles podían degustar exquisitos platillos.

Pero al menos, eso le daba suficiente tiempo como para cumplir la tarea que le habían encargado.

No podía esperar para recibir finalmente la libertad. Nadie llevaba ahí el control de cuánto ganaban los esclavos por los pocos trabajos remunerados que hacían. Así que nadie sospecharía cuando mostrara el dinero para pagar su libertad.

Se acercó a la cama, con la cesta firmemente atrapada entre sus brazos. Sus ojos café se centraron en la figura del príncipe, quien descansaba sin saber lo que estaba a punto de suceder.

Era irónico, desde aquel momento en el que el egipcio comió los hongos envenenados, la seguridad en el palacio se había reforzado. Nadie podía entrar sin dar explícitas razones o sin autorización del emperador o de su hermano.

Sin embargo, a los esclavos no se les daba importancia. Quizás nadie esperaría que uno de ellos fuera a causar daños.

Sabía bien que lo que hacía era arriesgado. Si el emperador lo descubría, moriría de forma lenta y dolorosa. Pero el riesgo valía la pena.

Además, lo que tenía que hacer era fácil. Solo abrir la cesta y dejar caer su contenido sobre las sábanas.

Miró una vez más al joven. Su cabello desordenado, sus ojos cerrados. Y esa expresión, que curiosamente no denotaba tranquilidad, sino algo que podría asociarse con tristeza. Quién sabe, de seguro el ojirubí había peleado de nuevo con el emperador. Eso ya se había convertido en una rutina para ambos.

El egipcio estaba completamente inconsciente de sus alrededores. Tal vez, si el príncipe tenía suerte, moriría mientras dormía.

Abrió la cesta, escuchando cómo los insistentes siseos aumentaban.

Una solo mordida de una de esas serpientes bastaría para matar a varias personas en solo minutos.

¿Y… qué tal tres de ellas?

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(1) Según sé, en las placas que se le colocaban a los esclavos estaba inscrita esta frase. Traducida significa: detenedme si escapo y devolvedme a mi dueño

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Magi: sí, sé que está corto. Pero no he tenido tiempo de sentarme a escribir con tranquilidad. Si no lo dejaba ahí, no podría publicarlo hoy. Y ya llevo bastante sin actualizar así que era necesario actualizar n.n

Así que, como pueden ver, Yami está cerca del RIP xD Um no sé ustedes, pero a mí me agradaría ser una de esas serpientes para recorrer todo el cuerpito de mi sexy… ejem, por favor olviden lo que dije, se me salió mi lado fangirl xD

Aclaraciones. Los oráculos son lugares de adivinación. Fueron más conocidos en Grecia, pero también los hubo en Roma. ¿De dónde creen que sacó Nerón la histeria? O.o

Los esclavos romanos podían convertirse en libertos de varias formas, una de ellas era comprando su libertad. Sé que a los esclavos se les pagaba (en pocas ocasiones claro), por ciertos servicios, entre ellas ser el intermediario de su dueño… realmente no estoy muy enterada de ese asunto pero sé que lo leí en alguna parte xD

Según sé(insisto en que no soy historiadora), es cierto que lo emperadores romanos eran bastante patéticos a la hora de los combates. En su mayoría, se quedaban mirando la batalla desde lejos. Pero sí hubo algunos que participaron activamente en el campo de batalla. Julio César es el ejemplo más conocido, pero sobretodo algunos emperadores de la época imperial, por ahí de los años 200 al 400 DC. Aunque claro, cuando un emperador iba al frente de batalla, llevaba consigo a toda la guardia pretoriana. Así que era prácticamente lo mismo quedarse viendo a estar en medio. Igual estaban bien protegidos xD Con razón fueron pocos los emperadores que murieron en la batalla (el emperador Decio encabezando la lista).

Pero claro, eso fue en la Roma real… en la de mi fic (insisto en que esto no es una novela histórica… es pura ficción u.u Así que si ven un celular por ahí o un Lamborghini transitando por las calles de la antigua Roma… ya saben por qué n.n), quien sabe, tal vez lastime un poco (o mucho más de un poco) a Setito n.n Ya saben lo mucho que me gusta hacerlos sufrir… sobre todo a Yami lindo (este capítulo lo comprueba, no? n-nU).

Sobre las piezas del rompecabezas, la idea era hacer una figura retórica ahí, es decir hacer ver la situación como Seto la veía independientemente de cuántas piezas eran en realidad; pero para evitar confusiones lo cambié por 'cientos' n.n

Y lo que muchos me han estado preguntando… ¿final triste, final feliz? Pues… ¡no les diré! U.U Aunque a este ritmo… quizás un Yami parapléjico xDD

Sobre Mente frágil. Mucho tiempo sin actualizar. Ténganme paciencia, hago lo que puedo. Me han dejado demasiados trabajos en la universidad. No puedo esperar a que termine el cuatrimestre, ya me cansé T.T

Agradecimientos a niko-chan, Yami224, yoyuki88, Rita, Azula1991, Mitsuki Asakura, angelegipcio, Elsa Agabo, Natsuhi-san, Atami no Tsuki por sus reviews! Espero que les haya gustado este capítulo n.n

Ja ne!