Flor de loto

Capítulo 23

Sus pensamientos de pronto no podían dejar de enfocarse en Yami. Sabía que debía sacárselo de la mente si planeaba prestar atención a lo que los senadores tuvieran que decir. Aunque imaginaba que no dirían nada de importancia. Sin embargo, existía un tema que debía ser discutido.

No le extrañaría que el Senado supiera ya acerca de la rebelión.

Y aún así, aún sabiendo que su prioridad debía de ser la militar, no podía sacarse a Yami de la mente. Algo simplemente no estaba bien. ¿Un mal presentimiento? No, realmente no creía en tales cosas. Suponía entonces que sentía cierto rencor hacia sus últimas acciones. Quizás no debió de ser tan frío con el joven. Tal vez, debió tratarlo de manera distinta.

Después de todo, había decidido que Yami regresaría a Egipto.

Era esa decisión la que parecía afectarlo, aunque sabía que era la mejor si quería que el príncipe estuviera a salvo.

O, quién sabe, quizás simplemente quería hacer a un lado a ese joven que había logrado acercarse tanto. Lo mismo había hecho con Kisara.

Porque, muy dentro de sí, debía de admitir que no quería que Yami se fuera. Pero al mismo tiempo, no podía tolerar el pensamiento de lo que sucedería consigo mismo si Yami se quedaba.

No iba a decir que no lo amaba, porque ni siquiera conocía el amor para empezar. Sería bastante injusto negar ahora algo que realmente no conocía del todo.

Recordó la confesión del egipcio. El ojirubí se había escuchado tan seguro de sus palabras. Pero no podía creer semejante cosa. No después de todo lo que le había hecho al joven.

Aun así, sabía que no importara lo que hiciera, Yami jamás lo odiaría. Quizás la única forma de ganarse el odio del menor sería lastimando a su familia. Pero jamás se atrevería a hacer tal cosa, sabiendo el daño que esto le causaría al egipcio.

¿Era eso amor?

No lo sabía. Empero, ya no importaba.

Ya no importaba.

000

Salió de la lujosa casa, esperando a que los esclavos alistaran su litera.

Miró a su esposo, el cual estaba muy ocupado hablando con otro senador. Ambos se preparaban para ir a reunirse con el resto del Senado, y con el emperador.

Ella, por su parte, iba a la ciudad. Sus amistades nobles la habían invitado a acompañarlos a una obra en el teatro.

Por eso, estaba ahí ahora, vistiendo finas ropas y mirando a su esposo preparar su caballo.

Y, no sabía por qué, pero un sentimiento de sofocación inundaba su pecho.

Con el emperador no quería nada más que sexo. Sin embargo, no podía dejar de pensar en él… y en el príncipe.

Sabía que un asunto como ese no era de su incumbencia. Aun así, sus pensamientos parecían ir en contra de la razón.

A sus ojos era obvio que había algo profundo entre el egipcio y el gobernante. Aunque el ojiazul se empeñara en negarlo. Seto era igual o más obstinado que ella. Por esa razón, ella podía leer a la perfección las acciones del castaño.

Y sin embargo, la historia acabaría sin siquiera empezar a escribirse. Qué triste tragedia. Imaginaba que el emperador sufriría bastante. Pero no era su asunto. Aunque ella hubiera pasado por algo similar, y no quisiera que nadie más sufriera como ella lo hizo.

No era su asunto.

Además, imaginaba que ya era demasiado tarde.

Conocía bien la impaciencia de aquel senador. Ya debía ser demasiado tarde.

¿Por qué dolía pensar eso? No lo tenía en claro.

Era mejor así. El dolor desaparecería tarde o temprano. Tomarías meses y quizás años, pero tenía que desaparecer.

Ella aún no había encontrado la fórmula mágica para hacerlo desaparecer. Pero el emperador era más fuerte que cualquiera. Lo superaría, tal vez en pocos meses.

Y aunque ese pensamiento parecía convincente, aquella sofocación no se iba.

Cerró los ojos, mientras suspiraba con resignación.

La consciencia. Aún tenía consciencia. No sabía hasta qué punto era bueno saber que aún tenía algo de humanidad en ella, detrás de toda esa codicia y arrogancia.

Pero la consciencia siempre llevaba a las personas a hacer cosas estúpidas, de las que quizás se arrepentirán en futuros cercanos. Aunque, ciertamente, cualquier opción era un camino que llevaba indudablemente al arrepentimiento y hasta la culpa. No era su asunto. Pero desgraciadamente ella estaba enterada. Desgraciadamente, aún había restos de la persona que lloró lágrimas de sangre cuando descubrió que lo que más amaba le había sido arrebatado.

Esa persona aún seguía ahí, muy dentro. Y en ese momento, le pedía que hiciera algo muy tonto.

Era increíble, el hecho de que lo que esa persona le pedía, parecía extrañamente lógico.

Esto no tendría un buen resultado.

-Y son mis mejores ropas- murmuró, su voz siendo marcada por el humor.

Miró nuevamente a su esposo, quien había descuidado temporalmente su caballo negro debido a la conversación que entablaba.

Se arrepentiría de esto. Pero por el momento, parecía ser la mejor opción.

Y corrió hacia el caballo. Se subió a él con admirable velocidad, considerando que llevaba puesto un vestido.

De inmediato, la atención de su esposo se dirigió hacia ella.

-¿Minerva, qué estás haciendo?- preguntó de manera apresurada, con obvia sorpresa e incredulidad.

Pero la aludida no contestó. En cambio, con un simple movimiento a las riendas, logró que el caballo comenzara a galopar a gran velocidad.

-¡Minerva! ¡Minerva!- Los gritos de su esposo se perdieron a la distancia, mientras que los sorprendidos transeúntes se lanzaban a los lados para evitar un certero golpe.

El viento despeinó los cabellos que habían tardado horas en ser arreglados. Solo ese sonido de la brisa y el las patas del caballo parecían escucharse.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió extraña libertad. Esa misma que había sentido cuando era una simple plebeya. Esa que jamás encontraría entre las paredes de la casa de un noble.

Era como librarse de una maldición.

Para su dicha, su casa no estaba lejos de la villa del emperador. Maniobró perfectamente las riendas, guiando fielmente al caballo.

-Y han pasado años desde la última vez que monté un caballo- susurró, mientras sonreía.

000

Después de mirar una última vez al durmiente joven y a las víboras que se arrastraban por encima de las sábanas, decidió que lo más seguro era salir de ahí. Lo menos que quería era que alguien entrara y lo viera con las manos sobre la masa.

Hasta ahora, todo parecía ir bien. Con un simple movimiento del menor, todo acabaría.

Y así, recibiría su paga.

Realmente no sentía culpa. Estaba cansado de servirle a esa gente. Esto era lo menos que merecían esos intolerables nobles.

Abrió la puerta, suspirando con alivio al ver que no había nadie cerca.

Caminó varios pasos.

-Debería de estar comiendo con los demás. Hasta ahora veo un esclavo que reniegue de la hora del almuerzo- Aquellas palabras lo dejaron paralizado.

Se dio la vuelta, encontrándose con nadie más que el hermano del emperador.

Tragó fuerte. Solo esperaba que el chico no lo hubiera visto salir de la habitación. Aunque eso era casi imposible, pues se había cerciorado de que no hubiera nadie cuando se propuso a salir.

Sintió alivio ante esto. El chico no lo había visto. No podía haberlo visto.

-Lo lamento, joven. Estaba terminando con una de mis tareas y el tiempo se me escapó de las manos- explicó, intentado sonar convincente.

-¿Trabajo antes de comida? Jamás he visto un esclavo con costumbres tan extrañas- afirmó el menor. Pero luego, una sonrisa se formó en sus facciones. –Es bueno saber que aún los esclavos pueden tomarse en serio su trabajo. Continué con su camino. No voy a atrasarlo más, o sino no podrá comer- profirió.

El otro asintió de inmediato.

-Como orden, joven- susurró, antes de proseguir con su camino, murmurando maldiciones entre dientes.

Mokuba se mantuvo ahí por unos momentos.

Sus ojos grises se enfocaron en la enorme puerta que estaba a su lado izquierdo. La habitación de su hermano, donde era obvio que se encontraba Yami en ese momento.

Suspiró, colocando una mano sobre la puerta, listo para abrirla.

Sin embargo, negó con la cabeza.

Y retiró su mano.

Era mejor no entrometerse.

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Tan pronto se bajó del caballo e intentó entrar a la villa del emperador, dos guardias le cerraron el paso.

La frustración se abrió camino en su mente.

-Déjenme pasar- ordenó con voz firme.

-Lo sentimos, pero nadie puede entrar a menos que se nos haya informado antes de su llegada por el emperador o su hermano- afirmó uno de los guardias.

-¡No tengo tiempo para esto!- exclamó, intentando abrirse paso, solo para que uno de los hombres la empujara con fuerza, haciéndola casi caer al suelo.

-¡Como se atreven! ¿Acaso no tienen idea de quién soy?- preguntó, indignada.

-Una mujer con ropas de noble. Eso no nos dice nada- afirmó el segundo soldado.

La frustración creció en el pecho de la mujer. No había robado el caballo de su esposo, desarreglado su costoso peinado y montado con un vestido que claramente no hacía la experiencia de la monta agradable para que este par de imbéciles le bloquearan el paso.

-Si no me dejan pasar, el príncipe egipcio va a morir. Y cuando el emperador sepa que yo intenté evitarlo y que ustedes se opusieron, reclamará sus cabezas en bandeja de plata- amenazó. Para su alivio, esto pareció atemorizar a los guardias.

-¿Está diciendo que nosotros dejamos pasar a un enemigo…?-

-¡Eso no importa! ¡Si no me dejan pasar no podrán escapar las consecuencias!- exclamó, casi con desesperación.

Ambos hombres se miraron por unos segundos.

-Acompáñala. Asegúrate de que no haga algo en perjuicio del príncipe- le dijo uno al otro, quien asintió.

Minerva suspiró con alivio, cuando finalmente le fue permitido el paso.

-¿Dónde está la habitación del emperador?- Sabía que el egipcio podría estar en cualquier parte. Sin embargo, le parecía más lógico buscar primero en la habitación.

Había estado ahí antes, pero aquel lugar era tan amplio, que jamás recordaría el camino.

-Sígame- pidió el guardia.

-¡Solo apresúrese!- exclamó. Esperaba no llegar demasiado tarde.

El camino parecía eterno. Ese lugar era simplemente gigantesco. Pasillos y más pasillos. Puertas que no dirigían a la habitación que buscaba. Jardines, estatuas, mosaicos, pinturas. Todo era lujo y más lujos.

Pero por más que avanzaba, parecía que esa travesía no acabaría en un tiempo cercano.

¿Por qué estaba haciendo esto? No tenía una respuesta completamente clara. Jamás había hecho algo así. Y ciertamente, nunca pensó que lo haría por ese príncipe.

Aunque quizás, no era realmente por ese egipcio. Tal vez no intentaba salvarlo, sino evitarle el mismo dolor que ella padeció al emperador.

¿Por qué? Por más que le diera vueltas al asunto en su mente, no podía encontrar una respuesta convincente.

No supo cuánto tiempo pasó. Pareció eterno, pero imaginaba que no pasaba de los pocos minutos.

Fue entonces cuando finalmente, el guardia le señaló una puerta.

Sin pensarlo dos veces, la abrió y entró apresuradamente.

Buscó con la mirada al príncipe. Pronto, lo entró en la cama, envuelto entre las sábanas.

Se acercó a él.

Pero se detuvo en seco, al notar lo que yacía sobre la cama donde dormía el príncipe. Tres víboras negras, que no dejaban de arrastrarse sobre las sábanas.

Su primera reacción, fue la de acercarse con cautela. Aunque al escuchar el repentino siseo bullicioso, supo que las serpientes se habían percatado de su presencia.

No planeaba intentar despertar al ojirubí. Si el joven se movía aunque fuera un poco, tendría más riesgo de ser mordido.

Aunque no tenía idea de si eso ya había sucedido. Quizás sí había llegado tarde.

Se acercó un poco más, notando cómo las tres serpientes parecían tomar una posición ofensiva, estirándose las tres a una altura intimidante.

No tenía idea de qué hacer para poder acercarse más sin ser detectada por los reptiles.

Y entonces, notó que el egipcio comenzaba a moverse, al parecer estando cerca de despertar. Y aunque esto ponía en riesgo al joven, llamó la completa atención de las serpientes, quienes parecieron olvidarse por completo de su presencia.

Era ahora o nunca.

Tomó la esquina de las sábanas con manos temblorosas, y empujó con fuerza, logrando que tanto las sábanas como las serpientes cayeran al suelo, al otro lado de la cama.

De inmediato, el guardia que la había acompañado desenfundó su espada, y comenzó a matar a las víboras una por una. Le costó trabajo, pues las serpientes eran considerablemente rápidas. Pero al estar enredadas entre las sábanas, su velocidad se veía reducida.

Suspiró con alivio. Esperaba haber llegado a tiempo.

-Mm… ¿qué…?- la pregunta la hizo mirar al egipcio, quien se tallaba un ojo. Pero pronto, el semblante del ojirubí estuvo alerta, cuando enfocó su atención en Minerva. –¿Qué haces aquí?- preguntó con frialdad.

La mujer suspiró. Yami parecía estar bien.

-Acabo de salvarte, príncipe-

-¿Salvarme, de qué estás…?- Sus palabras se extinguieron cuando sus ojos notaron el desorden que había a un lado de la cama, en el suelo. Pero el terror se presentó en ellos cuando miró a las víboras muertas. –Apofis…- susurró, el nombre a aquel dios temible.-¿Quién hizo…?- intentó preguntar.

-Sé quién lo hizo. Y ya que veo que estás a salvo, iré a informarle al emperador- informó la mujer, antes de caminar hacia la salida.

-¿Qué? ¡Espera!- exclamó el ojirubí. Aún sentía incredulidad. De hecho, se preguntaba a sí mismo si estaba soñando.

Miró a las serpientes.

Si Minerva no hubiera… él quizás ya habría sido mordido.

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.

¿Por qué? ¿Por qué sucedía de nuevo?

¿Cuándo lo dejarían tranquilo?

¿Hasta cuándo?

-¿Yami, qué sucedió?- La voz de Mokuba lo hizo mirar hacia la entrada de la habitación.

-¿Cuándo terminará esto?- fue la respuesta del ojirubí. Aún le costaba creer lo que había sucedido. Minerva…. ¿por qué? Y… ¿serpientes? ¿Qué más faltaba ahora?

Miró hacia la cama, que ahora no tenía sábanas.

Dolía saberlo. Pero Seto tenía razón. Ahora entendía lo que el ojiazul pretendía con mandarlo de vuelta a Egipto. Quería que estuviera a salvo. Eso era todo. La prioridad del romano era esa.

Sonrió de manera agridulce.

-¿Yami?- Alzó la mirada, enfocándola en el hermano del emperador. -¿Estás bien?-

-Seto me quiere- susurró, estando cerca de derramar lágrimas. Pero se contuvo.

Ahora sabía, que el ojiazul solo pensaba en lo que era mejor para él.

-Yami…- murmuró el chico, mirando con tristeza las emociones que se proyectaban en el rostro del príncipe.

Resignación, había resignación en la mirada carmesí. Como si el egipcio se estuviera dando por vencido en algo.

No supo qué más hacer, sino abrazar al príncipe.

000

-¡Emperador!- Al mirar hacia donde creía que provenía aquel llamado, la incredulidad inundó sus facciones.

Había esperado a cualquiera. Considerando que había una amenaza de rebelión no le extrañaría que algún soldado lo llamara con urgencia.

Pero jamás esperó ver a Minerva, con el cabello desarreglado y montando un caballo negro. Ni siquiera sabía que una mujer noble podía ser capaz de montar un caballo. No sabía si la imagen le causaba humor, o extraña preocupación. Sobre todo, considerando la urgencia que se presentaba en la voz de la mujer. No conocía esa faceta de Minerva.

Los guardias que estaban junto a él, acompañándolo a la entrada de la Curia Hostilia, de inmediato le cerraron el paso a la mujer.

-Déjenla pasar- ordenó el ojiazul, mirando cómo la ojiverde se bajaba del caballo sin problema alguno. Definitivamente no había esperado ver jamás algo como eso.

-Emperador- repitió la mujer, mientras avanzaba caminando hacia el castaño.

-Jamás esperé ver algo como esto- intentó mofarse el ojiazul, aunque su tono voz falló, siendo la burla reemplazaba por la expectativa.

-No sabes cuánto te arrepentirás de intentar burlarte de mi condición. No creas que estoy contenta. Este peinado valía oro- afirmó la mujer, con obvia molestia. –Pero supongo que seré yo la que me divierta al ver tu rostro cuando te diga lo que hice… que por cierto, tiene que ver con tu amado principito- sonrió ampliamente, cuando miró cómo el semblante del ojiazul cambiaba a uno lleno de sorpresa, que pronto, se transformó en enojo.

El castaño tomó con fuerza el brazo de la mujer, atrayéndola hacia él. Le importaba muy poco estar en público. Minerva había mencionado a Yami. Era eso suficiente como para hacerle olvidar un detalle tan insignificante.

-¿Qué hiciste ahora?- preguntó, entre dientes, acercando su rostro al de la más baja.

-No debes enojarte, mi querido emperador. Tu príncipe está bien, gracias a mí- Estas palabras, tan solo aumentaron el enojo del ojiazul.

-¡Piensas que creeré algo como eso!- exclamó, mientras ejercía más fuerza sobre su agarre en el brazo de la mujer.

La ojiverde dejó escapar un quejido, cuando tanta presión comenzó a lastimarla. Definitivamente, nadie podía siquiera mencionar a ese egipcio sin obtener una reacción violenta por parte del emperador.

Cierta tristeza comenzó a hacerse paso, pero la ignoró.

-Lo has dejado descuidado otra vez, emperador. ¿Piensas que una oportunidad como esa sería desaprovechaba?- Esas palabras, hicieron un camino por el que transitó la inseguridad hacia la mente del ojiazul. De hecho, podría jurar que un extraño temor también acompañó a la inseguridad. Casi el mismo que había sentido cuando Yami enfermó después de comer aquellos hongos.

Pero Yami estaba bien. Nada le había sucedido. ¿Cierto?

-Reforcé la seguridad…-

-Afuera de tu palacio. No vi que hubiera guardias cuidando tu habitación- afirmó la mujer.

El ojiazul abrió sus ojos en impresión.

-¡Qué has hecho, Minerva!- exclamó, perdiendo la paciencia. Tenía que saber cómo estaba Yami.

-Salvé al príncipe. Él está bien. Ahora, si fueras tan amable de soltarme- pidió, mientras intentaba liberar su brazo.

El castaño la soltó fácilmente. Aún no creía lo que estaba escuchando. ¿Otra vez? ¿De nuevo la vida de Yami había estado en riesgo?

-Cómo…-

-Serpientes. Un método bastante eficaz. Pero ya no debes preocuparte por eso- afirmó la ojiverde.

Aunque jamás había confiado en Minerva, sus palabras lograron brindarle un poco de tranquilidad.

-No entiendo por qué harías algo como esto…-

-Tengo consciencia, emperador. Lastimosamente la tengo. Aunque no esperes que vuelva a hacer algo como esto… te aseguro que no volverá a suceder- profirió.

Hubo silencio por algunos segundos. Fue en ese momento, que el ojiazul notó que había muchos ojos que miraban la escena con atención.

Pero no le importó.

-¿Quién es el responsable? Si sabías que esto sucedería es porque conoces al responsable-

La mujer sonrió.

-Sí sé quién es el responsable. Y te daré su nombre. Pero antes…- Después de esas palabras hubo dos segundos de silencio. Luego, se escuchó un fuerte ruido. Y por último, los susurros y exclamaciones sorprendidas de los presentes finalizaron la acción de la mujer, quien había alzado la mano, y con ella le había dado una fuerte cachetada al ojiazul.

-Eso es de parte del príncipe. Porque imagino que jamás se atrevió a hacerlo, a pesar de que lo merecías. Es por ser un frío bastardo, que ni siquiera puede mantener seguro a la persona que más quiere. Por tu maldito orgullo, que estaba dispuesto a dejar morir a esa persona. No lo mereces. No mereces que alguien se preocupe por ti- afirmó la ojiverde. Aunque realmente, no solo le hablaba al ojiazul. Le hablaba también a sí misma.

El dolor fue grande. Finalmente, se atrevería a hablar con la verdad. Se atrevía a aceptar la verdad.

Ella no merecía ningún tipo de amor. Por eso había perdido a esa persona. Porque simplemente no lo merecía.

-No lo dejes ir. Aún tienes oportunidad. Procura no terminar como yo- susurró, mientras se daba la vuelta.

Se subió al caballo.

-Servius el senador es el responsable- Después de decir eso, hizo que el caballo comenzara a galopar, abriéndose paso entre la gente que se había acercado a observar la escena.

Hubo un silencio prolongado. El ojiazul se limitaba a ver hacia el suelo, mientras apretaba los puños.

Finalmente sabía quién le había hecho daño a Yami. Finalmente, podría vengarse.

Por fin podría matarlo con sus propias manos.

Alzó la mirada. Su semblante encerraba tal furia, que muchos de los presentes dieron pasos hacia atrás debido al temor.

Se acercó a uno de sus soldados, quien de hecho tragó fuerte, esperando lo peor.

Cerró fuertemente los ojos, cuando el ojiazul alzó la mano.

Un sonido metálico se escuchó. El soldado abrió sus ojos, sintiéndose ahora confundido.

Miró cómo el emperador entraba a la Curia Hostilia, cargando la daga que antes había estado guardada en un estuche adherido a su cinturón.

Y suspiró con alivio, cuando supo que estaba a salvo.

Mientras tanto, el ojiazul caminaba por el pasillo que lo llevaría a aquel lugar donde estaban los senadores. El enojo y la furia parecían cegarlo por segundos.

Nadie podía tocar a Yami y salirse con la suya. Y ahora que conocía el nombre del responsable, se aseguraría de cumplir con esas palabras.

Se ganó la completa atención de los senadores tan pronto entró al lugar. Pudo ver que había inseguridad en muchos de ellos, quizás porque notaron su semblante asesino.

-¡Servius!- exclamó, ejerciendo más fuerza sobre el mango de la daga.

Estuvo muy cerca de reír, cuando miró cómo los demás senadores hacían casi empujado a aquel hombre, quien se acercó con pasos sumamente inseguros. De hecho, pudo notar que había un ligero temblor en sus manos.

Solo eso bastó para confirmarle que Minerva no había mentido.

-Me parece que tienes algo que decirme- habló, con suma frialdad. No deseaba más que bañarse en la sangre de ese hombre, pero esperaría. Solo quería infundirle temor.

-Si me dis… disculpa, no sé a qué se… se refiere- contestó, casi tartamudeando.

-¿Cuántas veces he dicho aquí que ninguno de ustedes debe de siquiera hablar del príncipe egipcio? Pero tú fuiste tan lejos como para intentar asesinarlo- afirmó. Varias exclamaciones sorprendidas inundaron el lugar.

-¡No le deseo ningún mal a ese príncipe! ¡No preste oídos a los rumores insensatos!- exclamó, con desesperación. No había esperado este resultado. Había esperado que el egipcio ya estuviera muerto. Jamás pensó que terminaría de esta forma.

Sus ojos celestes, miraron con terror cómo el ojiazul se acercaba.

-Por… por favor cré… créame cuando digo que yo no soy el responsable- suplicó.

-Te atreves a desafiarme y después recurres a las súplicas. Patético- pronunció el castaño. –Por lo menos atrévete a enfrentar la muerte como un hombre- profirió, mientras seguía acercándose.

-¿Muerte? No, por favor, no me mate. No es necesario… hay otras formas de…- Sus palabras se detuvieron en seco, cuando la daga penetró en su estómago. Pronto, el objeto filoso salió de sus entrañas, solo para volver a clavarse unos centímetros más arriba.

La sangre comenzó a acumularse en su garganta, cuando recibió la tercera puñalada. Brotó de su boca, resbalando por su barbilla.

Los presentes veían como horror cómo su emperador apuñalaba una y otra vez el cuerpo del senador. Era como si la historia se repitiera. El ojiazul era ciertamente similar a su padre en muchos aspectos.

Pero nadie intentó detenerlo. El castaño ya había advertido que nadie tenía derecho de entrometerse en el asunto con el príncipe egipcio. Ese hombre se lo había buscado.

Veinte, treinta, o quizás cincuenta. No supo cuántas veces apuñaló al hombre. Solo supo que con cada herida, descargaba su furia y frustración. Finalmente estaba destruyendo el cuerpo de la persona que había lastimado a Yami. El pensamiento era simplemente liberador.

Se detuvo cuando comenzó a sentir cansancio. De hecho, el sudor corría por su frente.

Empujó el cuerpo que había estado recostado sobre él. Éste, cayó pesadamente al suelo.

Alzó entonces la mirada.

-Esto es una muestra de lo que le sucederá a aquel que intente oponerse a mí- pronunció en voz alta.

Después de esas palabras, se dio la vuelta.

No pensaba quedarse ahí. La reunión de ese día sería cancelada.

Ahora solo necesitaba ver a Yami y comprobar que estaba bien.

000

Miraba al vacío, mientras escuchaba a la brisa mover las hojas del árbol contra el cual estaba recostada.

Había encontrado un lugar bastante bello. Verde, todo era verde.

Sus lágrimas servirían para conservar ese color verde. El suelo las absorbería y así se mantendría vivo.

Pero ella… ella sentía que a su vida se le había escapado el sentido.

Las palabras que le había dicho al emperador iban dirigidas también a ella misma.

La verdad que había en ellas le trajo una tristeza sofocante. Su corazón parecía hundirse en un río de desesperación y desaliento. El respirar de pronto no parecía necesario. El vivir parecía un castigo. ¿Para qué seguir si ya había perdido todo? No podría encontrar jamás lo que buscaba entre el lujo y las riquezas. Pues lo que buscaba iba más allá del oro y la plata.

Era su culpa. Lo merecía.

Pero aún dolía. Daría todo lo que tenía para traer a esa persona de vuelta.

Sin embargo, nada de lo que pudiera dar sería un buen objeto de intercambio para con la muerte.

La única forma de acabar con este castigo, era unirse a esa persona.

Pero para ello…

Bajó la mirada, centrando sus ojos en la espada que tenía en la mano. La espada de su esposo, que siempre cargaba amarrada a su caballo.

Realmente no sabía cómo había llegado hasta ahí; hasta ese punto donde ya nada parecía importante.

De verdad esperaba que el emperador tuviera mejor suerte que ella.

Alzó el arma filosa, y colocó la punta contra su pecho.

En todo ese tiempo, las lágrimas no dejaban de caer, regando inadvertidas aquel jardín sin dueño.

Y mientras tanto, el collar que colgaba de su cuello, aquel el cual portaba un humilde anillo, brillaba a la luz del atardecer.

000

Cuando entró a la habitación, sintió un enorme alivio al ver a Yami ahí, despierto y en buenas condiciones. A su lado estaba Mokuba, hablándole en un aparente intento por tranquilizarlo. Y es que era fácil darse cuenta, al ver el semblante del ojirubí, que el joven se sentía atemorizado.

Pero ya no debía sentirse así. Porque había acabo.

El primero en notar su presencia fue Mokuba. Y cuando Yami notó que la atención del chico estaba en la entrada de la habitación, dirigió sus bellos ojos carmesí hacia ese mismo punto.

Sus ojos se abrieron en impresión al ver al emperador ahí.

No notó que el ojiazul estaba cubierto de sangre. Solo le importó saber que estaba ahí, sonriéndole tan ligeramente que no cualquier lograría ver el gesto.

Sonrió, mientras las lágrimas se acumulaban en sus ojos. Era la primera vez que veía al castaño sonreír.

-Seto- se puso en pie, sintiendo que la fuerza le faltaba. Pero no era debido a que estaba débil, sino a que las mariposas que revoloteaban en su estómago lo hacían sentir nervioso.

Sin embargo, no quería más que estar en los brazos del ojiazul.

Por eso corrió hacia él. Por eso se lanzó a sus brazos y se aferró a su cuello.

Se olvidó del orgullo y soltó el llanto, cuando sintió cómo los brazos del castaño se aferraban a su cintura.

Por primera vez, el ojiazul lo abrazaba. Y era lo mejor que había sentido.

-Hermano- Mokuba habló en voz baja, pues no quería interrumpir el momento. Cuando miró los ojos de su hermano, sintió profunda alegría, al ver la tranquilidad que había en ellos. –Estoy casi seguro de saber quién fue el responsable de poner las serpientes en la cama- afirmó. Quizás no había visto al esclavo salir de la habitación, pero era obvio que no podía haber aparecido por arte de magia. La única explicación, era que hubiera salido de aquel lugar. –Ya le pedí a los guardias que lo apresaran. ¿Qué quieres que haga con él?- preguntó.

-No quiero que siga respirando- fue la respuesta.

El menor asintió. Sin decir nada más, salió del lugar.

-¿Seto? ¿Esto es…?- Finalmente, Yami se percató de la presencia de la sangre. Pasó sus dedos sobre la toga, mirándolos después para comprobar que la mancha roja se había pasado a ellos.

-La sangre del responsable- afirmó el ojiazul, sorprendiendo al menor.

El ojirubí iba a decir algo, pero optó por quedarse callado. Sentía escalofríos al pensar que Seto había matado a alguien. Y lo peor, era que lo había hecho por él.

Quizás, sí era mejor que regresara a Egipto.

Suspiró. Se paró de puntillas y le dio un corto beso al romano. Después de eso, volvió a esconder su rostro en el cuello del ojiazul.

Cerró fuertemente sus ojos, haciendo que las últimas lágrimas cayeran.

La verdad era que nada lo haría más feliz que quedarse ahí para siempre.

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Magi: POR FIN! ALELUYA! LO HE TERMINADO! No tienen idea de lo genial que se sintió cuando escribí la parte en la que Minerva le da una cachetada a Seto. ¡Se lo tenía bien merecido! xD Pero bueno, finalmente le he dado término al problema principal. Es un hecho, falta poco para que este fic se termine T.T

Ya arreglé los problemas, de los que les hablé en mi otro fic, con mi portátil. Me compré una nueva! n.n Touchsmart tm2, es portátil y tablet al mismo tiempo así que es perfecta para tomar apuntes en la universidad y el teclado es súper cómodo para escribir. Así que estoy bastante conforme. Solo espero que la HP no me falle esta vez (la última portátil que tuve de esta marca no sirvió ni para un carajo XD).

Pasando al tema que nos concierne. Resumiendo, Apofis era en la mitología egipcia una serpiente que representaba el mal. El tipo de serpiente que casi muerde a mi Yamito… la cobra no es una opción puesto que los egipcios la veneraban. Aunque realmente no sé si le temían O.o De todas formas, las cobras representaban a Ra, no a Apofis. Pero dejémoslo como que son mambas negras (importadas de Africa xD). Por eso mencioné que eran rápidas. Esas eran las que tenía en la mente mientras escribía. Pero déjenme decirles que no soy herpetóloga, así que puede ser disparatado que estas sean las serpientes del fic.

Agradecimientos a niko-chan, Rita, Natsuhi-san, Patty-MTK, Mitsuki Asakura, Azula1991, Kimiyu, bella-rosalinda, angelegipcio, Atami no Tsuki, Menthis Isis Gea por sus reviews! Espero que les haya gustado este capítulo n.n

Nos vemos

Ja ne!