Flor de loto
Capítulo 24
Advertencia: lemon en este capítulo, si no te gusta por favor abstente de leer.
No sabía exactamente por qué, pero en ese preciso instante tenía esa extraña sensación de sentirse como una mujer.
Sus mejillas se ruborizaron al pensar en eso, aunque no era posible saber si la causa yacía en el enojo o la vergüenza.
Una mujer. Sonaba bastante gracioso. Pero si no quería compararse a sí mismo con una delicada fémina… ¿por qué estaba haciendo eso? ¿Por qué se alistaba, maquillaba, vestía, como si fuera una muchachita virgen que estaba a punto de casarse?
Negó con la cabeza repetidas veces, intentando sacarse esa vergonzosa comparación de sus pensamientos.
Mientras hacía tal acción brusca, se escuchó una baja exclamación de sorpresa. Dicha interjección provino de la esclava que en ese momento le estaba aplicando kohl a los ojos del príncipe. Ante tal movimiento del egipcio, estuvo muy cerca de arruinar el maquillaje que tanto le había costado colocar. De hecho, por muy pocos centímetros, se salvó de no manchar el lado izquierdo del rostro del ojirubí con aquel tinte negro.
No pudo evitar suspirar con alivio al ver que no había hecho tal daño. No quería ni pensar en lo que le sobrevendría si manchaba el perfecto rostro del egipcio.
El príncipe no pareció notar el predicamento de la esclava. Su atención estaba en el espejo que se encontraba frente a él. Joyas, oro, kohl y sus mejores ropas.
Solo era una cena, como muchas otras que ya había tenido al lado del emperador.
¿Por qué se empeñaba tanto en lucir bien?
Muchas cosas habían cambiado, lo admitía. Estaba enamorado del ojiazul, y se lo había hecho saber en un momento que definitivamente pudo haber sido otro y mejor. Pero el punto era, que lo aceptaba. Finalmente aceptaba lo que sentía y no se avergonzaba de sentirlo.
¿Pero qué tenía que ver eso con tomarse más de una hora para arreglarse?
-Yami, sino sales en este instante, iré a cenar yo solo- La voz del emperador se escuchó por detrás de la puerta.
Rodó los ojos ante la amenaza del castaño. Esta era la quinta vez que el romano le repetía lo mismo.
Pero aún no estaba listo.
-¿No puedes tenerme un poco de paciencia?- respondió.
-¿Paciencia? He estado más de una hora aquí esperándote- Suspiró, mientras intentaba arreglar un mechón rubio que simplemente se negaba a acomodarse.
Está bien, quizás él estaba tardando más de lo debido. Quizás no debió de pedirle a la esclava que le quitara el kohl y se lo volviera a poner porque a su parecer no había quedado como debía hacer, cuando en realidad estaba más que perfecto. Y tal vez, y solo tal vez, no debió de repetir eso dos veces más.
Cabía también la posibilidad de que tardó demasiado eligiendo qué prenda ponerse. De hecho, se probó casi toda la ropa que tenía. Seto lo mataría si supiera que le costó decidir algo tan simple como qué color de cinturón debía de tener el faldellín.
Y ni siquiera se atrevía a mencionar el asunto con las joyas. Ninguna se veía bien. Demasiado vistosas, demasiado simples. No combinaban con lo demás, o combinaban tanto que se veía monótono.
Ahora que lo pensaba, quizás Seto sí había sido bastante paciente.
Suspiró con resignación. Aún no se veía como quería verse. Pero si Seto tanto insistía, tendría que soportarlo.
-Está bien, como quieras- cedió, levantándose del asiento.
La esclava, cuando vio esto, estuvo muy cerca de suspirar con alivio. Finalmente, ese egipcio perfeccionista estaba caminando fuera de aquel lugar. Ahora podría calmar sus nervios.
Yami abrió la puerta, encontrándose con el romano, quien en ese momento le daba la espalda.
-Tus deseos son órdenes, emperador- susurró con sarcasmo el ojirubí.
Observó al castaño mientras éste se daba la vuelta. Notó de inmediato cómo los ojos azules del romano se clavaban en su figura.
Lo sabía, no se veía bien. El semblante extraño del castaño le decía todo.
Pero se mantuvo en silencio, mirando la imagen del ojiazul. Le alegró bastante ver que toda la sangre había desparecido. Ciertamente aquella sustancia roja no lo hacía sentirse cómodo, aunque fuera la sangre de aquel que planeó asesinarlo. Aunque no iba a negar que sentía bastante alivio de saber que ya podía sentirse más seguro.
Procuró enfocarse en las vestimentas del romano. Como siempre, la toga estaba presente. Una prenda con bordados púrpura.
Su atención subió entonces hasta el rostro del emperador.
No pudo evitar suspirar con algo cercano a la admiración. El romano era verdaderamente guapo, sobre todo cuando mostraba ese semblante embobado.
Alzó una ceja, cuando finalmente se dio cuenta de que el ojiazul no lo miraba con desaprobación. De hecho, parecía ser todo lo contrario. Sonrió levemente, sintiendo un extraño cosquilleo en su estómago.
Le complacía ser digno de la atención del castaño. Quizás por eso era que quería verse lo mejor que pudiera esa noche.
Aunque a su parecer, un simple faldellín con un una tela de seda roja que lo sostenía, unas sandalias simples, aretes, pulseras de oro tanto en las muñecas como en los antebrazos, kohl y dos collares: uno de oro y rubíes y el medallón que el ojiazul le había comprado; no eran la gran cosa.
-Finalmente has decidido aparecer- se mofó de pronto el castaño, saliendo de su previo estupor ante la preciosa vista que era Yami.
-No tienes paciencia, emperador- afirmó el ojirubí, mientras caminaba hacia el más alto. Cuando estuvo cerca del otro, se puso en puntillas y juntó sus labios con los del romano.
-He tenido más paciencia de la que pensé que poseía- profirió el castaño cuando se hubieron separado. El más bajo solo sonrió ligeramente, antes de apartarse del ojiazul.
-¿Nos vamos?- preguntó, mientras tomaba la mano del castaño con la suya. No pensaba estar alejado por completo del romano. Después de tantos días en los que había reinado un ambiente tenso entre ambos, finalmente tenía la oportunidad de estar tranquilo junto al emperador. Era como quitarse un gran peso de encima. Y quería aprovechar la situación al máximo.
Un leve jalón a su mano le hizo dar el primer paso. Un esclavo se encargó de abrir la gran puerta de la habitación, dejando ver más allá los desolados pasillos, apenas iluminados con la luz de las lámparas de aceite.
-Estoy seguro de que aún no conozco ni la mitad de este lugar- afirmó el ojirubí. –Es tanto el lujo…- murmuró luego, mirando sus alrededores con admiración. Por alguna razón, sentía la necesidad de mirar cada detalle de aquel lugar… como si fuera la última vez.
Suspiró con cierta tristeza. No podía escapar de aquel pensamiento.
-¿Volveré a Egipto, Seto?- preguntó, mientras alzaba la mirada y la posaba sobre el rostro de perfil del ojiazul.
-Lo harás… mañana mismo si es posible- fue la respuesta.
Un nudo pareció formarse en la garganta del egipcio. Ya lo había dicho, y no se arrepentía aún. No quería volver. Quería quedarse ahí.
Sin embargo, ahora entendía que era lo mejor. Además, él tenía un deber que cumplir como el príncipe heredero.
-Tendré tiempo suficiente de armar el rompecabezas. El viaje es muy largo… al menos tendré algo con qué entretenerme- afirmó. Decir esas palabras le causó un significativo dolor. Pero estaba tomando la mejor decisión. Quizás no aquella que lo haría más feliz, pero la mejor de todas maneras.
-Has cedido. Pensé que tendría que atarte a un caballo para obligarte a volver- comentó el ojiazul. Su semblante de pronto se notaba demasiado serio.
El egipcio rió por unos segundos.
-Ahora entiendo que solo buscas protegerme. Agradezco tus intenciones y quiero cumplirlas. Además, no quiero que corra más sangre por mi causa- profirió. Sí, ¿qué más podía pedir ahora? Su familia estaría a salvo, y él volvería a donde pertenecía.
No entendía entonces por qué de pronto pequeñas gotas de agua se acumularon en sus ojos.
Pero no las dejó caer. Si lo hacía, arruinaría el kohl que tanto había costado colocar.
Si lloraba... si lloraba simplemente no podría irse. Si dejaba escapar lo que verdaderamente sentía se aferraría al ojiazul y no lo dejaría ir.
-"El amor tendrá que marchitarse algún día. No puedo sentir esto para siempre"- intentó convencerse, aunque sus mismos pensamientos parecían contradecirse. No era lógico pensar que lo que sentía podría extinguirse fácilmente.
Quizás sí era débil. Por haber caído tan bajo. El amor no era asunto de príncipes ni faraones. El deber era lo único que debía importar.
-¿Estás bien?- Solo entonces se dio cuenta de que se había detenido. Y al estar su mano entrelazada con la del ojiazul, éste también se vio obligado a detenerse.
Se negó a mirar al castaño. A cambio de tal acción, separó su mano de la del otro.
Dolía, dolía demasiado. El nudo en su garganta se apretaba de tal forma, que estaba sofocándolo. Sus ojos ardían ante la imposibilidad de derramar lágrimas.
No podía ser fuerte, no cuando sabía que estaba pronto a perder todo aquello que pensó que jamás obtendría.
Una mano en su mentón lo obligó a mostrarle el rostro al romano.
Se atrevió a juntar sus ojos con los del castaño. Quizás porque quería averiguar si el ojiazul sufría como él lo hacía.
Sin embargo, el semblante del castaño se mostraba neutral. Como siempre, el emperador lograba ocultar sus emociones a la perfección.
-Yami, ¿qué sucede?- Pero la preocupación fue clara en su voz.
Enojo. Eso fue lo que el egipcio sintió. ¿No estaba más que clara la razón de su comportamiento? ¿Acaso no podía el ojiazul entender lo mucho que esto le dolía? ¿No aceptaba aún que había amor de por medio?
Pero en lugar de gritar, o golpear cualquier cosa que estuviera cerca, se encontró a sí mismo abrazando con fuerza al castaño. Su rostro se escondía en el pecho del más alto. No había lágrimas. Porque si lloraba arruinaría el maquillaje en sus ojos.
Sus piernas cedieron ante tantas emociones. Lentamente el ojirubí se dejó caer. Lo que terminó abrazando, fueron las piernas del romano.
De rodillas se negaba a alejarse. No le importaba si ahí su posición era inferior. Le parecía mejor que ser un faraón atado al deber. Pero no podía ser egoísta. Esta era su carga. No podía renunciar a ella.
El ojiazul se limitó a mirar al joven. Era obvio que el hecho de volver lo estaba afectando.
Aún no entendía por qué aquel bello ser lo ponía a él como prioridad. No podía asimilar qué era lo que había hecho para ganarse tal privilegio. Para ser él con quien el ojirubí quería quedarse.
Se agachó ligeramente, logrando alejar al joven de sus piernas.
Pero no lo soltó por completo. Al contrario, lo alzó, cargándolo en sus brazos.
Los frágiles brazos del menor se enredaron en su cuello. Fue ahí también donde el egipcio escondió su rostro.
La sensación del sedoso cabello del príncipe contra su mejilla lo acompañó por lo que restaba del camino.
No lo mostraba, pero por supuesto que la situación también le afectaba. No quería dejar ir al ojirubí, pero era lo mejor.
Quizás el joven se mostraba triste ahora, pero lo olvidaría fácilmente cuando estuviera de nuevo al lado de su familia.
Se negaba a creer que era tan importante para el egipcio. Yami le había dicho que lo amaba, pero aún se negaba a creer eso.
No había hecho nada, absolutamente nada, para merecer una emoción como esa de parte del bello joven.
De cierta manera, se arrepentía de haber permitido que el egipcio llegara ahí. Si tan solo hubiera hecho lo más lógico, no se encontraría ahora en un dilema como este.
Al menos iría a la guerra. Eso le ayudaría bastante a olvidarse del joven que ahora cargaba en brazos. No podía distraerse en una guerra. A diferencia de su padre, él siempre se había caracterizado por ser un participante activo en las batallas. El ámbito militar siempre había sido casi un pasatiempo para él, más que un deber.
Aunque claro, la guerra llegaría a su fin; y tendría que enfrentar el llegar a una habitación donde Yami ya no estaría. A un palacio donde ya no existiría aquel perfume que emanaba del egipcio.
Pero ya lo olvidaría. Con Kisara lo había hecho, no creía que fuera diferente con Yami.
Aunque lo quisiera a él mucho más.
Aún no estaba dispuesto a aceptar que quizás el amor era un posible nombre que podría atribuírsele a lo que sentía por el ojirubí. Además, ya no tenía caso seguir enredándose con asuntos como ese.
Yami volvería a Egipto al día siguiente. Era lo mejor para él.
El espacioso comedor lo sacó de sus divagaciones. Caminó hacia el triclinum, y con el cuidado que no sabía que poseía, sentó a Yami en uno de los asientos.
El príncipe alzó la mirada y le dirigió una pequeña sonrisa. Toda emoción negativa pareció haber desaparecido. Aunque era fácil encontrar resignación en el rostro del ojirubí. La muerte de su padre, el tener que dejar aquel lugar, no quería lidiar con esos temas por el momento. Tan solo quería aprovechar el tiempo que le quedaba junto al ojiazul.
Por esa noche, solo eran ellos dos. Por esa noche todo estaría bien.
-Seto- llamó al ojiazul, mientras éste tomaba asiento a su lado. Cuando los ojos del romano estuvieron enfocados en él, habló nuevamente. -¿Podría comer algo ligero? ¿Quizás solo unas frutas?- preguntó. A pesar de que estaba propuesto a olvidar sus problemas por esa noche, su subconsciente parecía aferrarse a las tumultuosas emociones que había sentido ese día. No creía poder comer algo muy elaborado.
El emperador siguió observándolo por unos pocos segundos, antes de dirigir su atención a un esclavo que esperaba pacientemente la orden de su amo.
-Ya lo escuchaste- habló. Su voz pareció devolverle al esclavo su movilidad, quien asintió y se retiró a traer la comida que había sido ordenada.
-Seto, me refería solo…-
-Tampoco me apetece algo elaborado- le interrumpió el ojiazul.
El semblante del ojirubí pareció decaer.
-Lo siento, te he causado muchos problemas-
-No me victimices. No era yo el que dormía entre serpientes- afirmó el castaño. Su apetito era casi inexistente, no por el hecho de haber matado a alguien. Esa era la menor de sus preocupaciones. Lo que le molestaba, era pensar en que esa sería la última noche en la que tendría la oportunidad de ver a Yami. Aunque bien sabía que estaba haciendo lo mejor para el egipcio, sin lugar a dudas no estaba tomando la mejor decisión para él mismo. –Aunque noto que las serpientes no te desagradan- agregó, señalando con la mirada el brazalete en forma de serpiente que se enredaba en el antebrazo del egipcio.
-Uadyet(1) es la protectora de los faraones. Esas serpientes, por el contrario, son criaturas de Apofis- explicó el ojirubí. Aunque fue bastante claro que el romano no conocía de dioses egipcios; su solo semblante lo delataba. –Inculto- susurró el egipcio, con humor.
Por primera vez, el ojiazul no pareció enojarse con las 'bromas' del príncipe.
-Te escuché claramente- advirtió.
Yami sonrió cuando notó que el romano solamente le seguía el juego. Le complacía bastante notar los pequeños cambios en el carácter del castaño. Y le alegraba saber que él era la causa de esos cambios.
-Tienes que admitir que es cierto- afirmó.
-Ustedes los egipcios tienen… muchos más de cien dioses. Me basta con saber que adoran a las pulgas- profirió, notándose bastante complacido cuando miró el semblante de completa indignación del egipcio.
-Para tu información, yo no adoro a ninguna pulga- contradijo, mientras se acostaba sobre su espalda en su asiento. De reojo notó que dos esclavos colocaban la comida sobre la mesa, pero su atención no dejó de enfocarse en el castaño.
-No es muy educado acostarse de esa forma- informó el ojiazul, cambiando el tema.
-Lo he hecho antes y nunca te has quejado- afirmó.
El romano se limitó a rodar los ojos y a enfocar su atención en la comida. Al menos Yami parecía haber salido de su depresión momentánea, algo bueno ciertamente; pues no le gustaba ver al joven triste.
Tomó una uva del ramo de mediano tamaño que estaba sobre la bandeja más cercana. Mientras masticaba la fruta, notó que los ojos de Yami se encontraban sobre él, examinándolo cuidadosamente.
-¿Te interesa el arte de llevarse la comida a la boca?- preguntó.
-No. Es solo que tenía entendido que los romanos comían uvas de otra forma- contestó el más joven.
-Pensé que la boca era vital en el proceso alimenticio-
-Seto, no me refiero a eso. Si sostienes el ramo completo sobre mi rostro, podría explicarte a lo que me refiero- informó el ojirubí.
Hubo unos segundos de silencio. Pero pronto el castaño pareció ceder, pues tomó con su mano el ramo de uvas, y lo acercó al rostro del menor.
Yami alzó su cabeza unos pocos milímetros, atrapando con facilidad una uva en su boca. Con un leve jalón, la desprendió del racimo.
El egipcio no lo supo en ese momento, pero su acción se transformó en una imagen tremendamente sensual a los ojos del ojiazul, quien de hecho tuvo que hacer un esfuerzo por no saltar encima del menor. Por supuesto que en más de una ocasión había tenido pensamientos de índole sexual que lo involucraban a él y a Yami; pero estaba decidido a respetar la virginidad del príncipe. Si bien, mientras el joven estuviera allí podía hacer lo que quisiera con él, pensaba que ya lo había lastimado bastante.
Después podría quitarse la frustración con un esclavo o alguna prostituta.
Respiró profundamente, intentando alejar la imagen de un Yami sonrojado y gimiente que de pronto había inundado su vista.
-Si querías que te diera de comer, pudiste haberlo dicho- afirmó.
-Solo estaba ejemplificando. Además, no pareció molestarte darme de comer. Ese semblante embobado tuyo vale más que oro. Aunque no quiero imaginar en qué estabas pensando- respondió el ojirubí, de manera burlesca. –Pero debo admitir que me complace saber que una acción tan simple como esa de mi parte, te hace reaccionar de esa forma- profirió, sonriendo de manera casi picaresca.
El ojiazul rodó los ojos. Quizás Yami era virgen, pero definitivamente no era muy inocente.
Aunque… eso no era malo.
-Estás equivocado- afirmó, ganándose el interés del menor. –Los romanos no comemos uvas de esa forma- agregó, aparentemente ignorando el último comentario del egipcio. –Lo hacemos de esta forma…- Mientras dijo eso, desprendió una uva del racimo. Lentamente, llevó la uva a su destino.
Miró complacido el semblante confundido de Yami, cuando la uva tocó sus labios. El príncipe abrió su boca con aparente precaución. No era difícil adivinar que había algo detrás de la acción del romano.
Apenas estuvo la fruta redonda dentro de su boca, el ojiazul acercó su rostro al del menor.
Yami solo pudo abrir sus ojos en impresión, cuando sus labios fueron atrapados por los del castaño. ¿Acaso el ojiazul pretendía ahogarlo? ¡Tenía una fruta dentro de su boca!
Selló firmemente sus labios, negándose por lo tanto a corresponder el beso. De hecho, colocó sus manos en los hombros del romano, intentando alejarlo.
Pero el castaño, aún besando al menor, tomó sus brazos y los sostuvo con fuerza contra el asiento del triclinum. Ante tal acción, terminó sobre el joven, con sus rodillas a cada costado del egipcio.
Mordió el labio del menor con sorpresiva fiereza, logrando que el príncipe abriera finalmente su boca en un quejido silencioso. Se dio el gusto de probar la boca del menor por pocos segundos, para después darse a la tarea de buscar con su lengua la uva. Sin ayuda del joven que se encontraba prácticamente paralizado debajo suyo, consiguió pasar la fruta a su boca.
Fue entonces, cuando se separó del menor.
El egipcio se quedó donde estaba, respirando profundamente pues había estado conteniendo el aliento desde que inició el beso. Sus mejillas se sonrojaron, cuando finalmente entendió la situación.
Eso había sido… completamente extraño, pero íntimo y sensual al mismo tiempo.
-Seto… eres un pervertido- dijo en apenas un susurro, pues aún respiraba con dificultad.
-Solo estaba ejemplificando- profirió el ojiazul.
-Casi me ahogas. Estaba acostado de espaldas por si no lo notaste- se quejó.
-Eso es fácil de arreglar- aseguró el castaño, mientras llevaba una nueva uva a su boca.
Yami se mostró confundido.
-¿Qué quieres de…?- No pudo continuar, puesto que de un solo jalón a su brazo, el romano lo obligó a sentarse. Y apenas tuvo tiempo de dejar escapar una pequeña exclamación, antes de que sus labios fueran capturados nuevamente. Nuevamente, la sorpresa fue grande, no solo por el cambio de posición, sino por el hecho de que el ojiazul se mostraba muy… cercano físicamente, por falta de una mejor palabra para describir su presente comportamiento.
Aunque cuando lo pensó bien, llegó a la conclusión de que lo que sucedía no era malo. Al contrario, era una situación que debía aprovechar. Sobre todo después de haber sido ignorado por tantos días.
De hecho, viéndolo desde ese punto de vista, Seto le debía atención.
Con ese pensamiento en mente, comenzó a corresponder el beso. Colocó sus brazos alrededor del cuello del ojiazul y cerró sus ojos. Se sonrojó cuando, ante la invitación del castaño, abrió su boca; pues ahora sabía lo que seguiría.
No le avergonzara que Seto le diera de comer de esa forma. Solamente le parecía algo tan íntimo, que hacía que un extraño calor se albergara en su pecho.
Recibió la uva en su boca con timidez, mientras que el calor aumentaba al punto de que sentía que estaba de vuelta en Egipto. Lo que sucedía lo hacía sentir avergonzado, pero complacido al mismo tiempo. Quería separarse, pero al mismo tiempo no le molestaría quedarse así para siempre.
Era perfecto. En su mente no podía existir otro pensamiento. Lo que sucedía era perfecto. Casi como un sueño del que no se quiere despertar.
Gimió levemente, mordiendo involuntariamente la uva.
El beso se tiñó con el sabor dulce de la fruta púrpura.
El romano pareció querer probar más de aquel sabor, puesto que tomó el labio inferior del egipcio entre sus dientes, arrancándole un nuevo gemido al menor, quien parecía haberse derretido entre los brazos del ojiazul.
Su cuerpo entero temblaba con las nuevas sensaciones. Nunca había estado tan cerca de alguien, compartiendo un beso con sabor a uvas del viñedo más fértil. Jamás había sentido ese anhelo de estar en los brazos de alguien; ese deseo de permitir que ese alguien hiciera lo que quisiera con él.
Se sentía como un gatito indefenso en los brazos del castaño. Seto podía hacer lo que quisiera y él no opondría resistencia. Porque bien sabía, que el romano jamás haría algo que pudiera lastimarlo.
Finalmente, fue el ojiazul quien se separó. El egipcio terminó entonces de degustar la uva, mientras mantenía la mirada fija en aquellos ojos azules que amaba.
Las mariposas revolotearon en su estómago cuando pensó en aquella realidad de la que no podía escapar. La realidad de que se había enamorado.
-Seto…- Quiso decirle al romano lo que sentía por segunda vez, pero el repentino sonido de lo que parecía ser música inundó el lugar.
La confusión fue grande.
Pero entonces, el sonido de alguien aclarándose la garganta lo obligó a mirar hacia la entrada del lugar.
El hermano del emperador, Mokuba, estaba de pie allí, sonriendo de forma avergonzada.
-Perdón por interrumpir. Espero que no les moleste un poco de música- profirió.
-Imagino que Claudia vendrá esta noche- afirmó el ojiazul, haciendo que miles de colores pasaran por las mejillas de su hermano.
-Bueno… sí… va a venir… pero eso no tiene nada que ver con la música, sabes… porque… ehh- intentó explicar sin éxito.
-No traerías músicos aquí para escucharlos tú solo, Mokuba- afirmó el castaño. -La música no nos molesta- agregó.
-Genial… estaremos en el triclinum frente al jardín… así que… me retiro y lamento si los interrumpí-
El egipcio se mantuvo en silencio mientras hablaron ambos hermanos. Sin embargo, una idea se había formado en su mente. Una idea que lo había hecho sonrojar profusamente, pero que quería llevarla a la práctica.
-Mokuba- llamó al chico, obteniendo de inmediato la atención de éste. –Si no tienes ningún inconveniente… ¿podrías pedirles que toquen música egipcia? No tiene que ser por mucho tiempo solo…- se detuvo, no sabiendo cómo continuar. Se sentía avergonzado por lo que pensaba hacer. Pero quería hacerlo.
-De hecho, Yami, me parece una excelente idea. Un cambio de ambiente no vendría mal. ¡Gracias, jamás se me habría ocurrido!- exclamó, perdiéndose detrás de la enorme puerta.
-¿Dije algo tan bueno?- preguntó el ojirubí, mientras parpadeaba confundido.
-Cualquier cosa que lo ayude a impresionar a esa joven es algo bueno para él- afirmó el ojiazul.
-Ya veo- susurró el menor.
-Así que… ¿música egipcia?- interrogó el castaño, con cierta sospecha tiñendo su voz.
-Sí… no tiene nada de malo… es solo que… es decir…- balbuceó de forma avergonzada.
Para su suerte, la música cambió en ese momento. Fue fácil reconocer que la melodía era similar a aquellas que se escuchaban en Egipto. Como gran parte de la música proveniente de la tierra del Nilo, la sensualidad se mostraba en cada nota.
Una sensualidad, que él quería aprovechar.
La vergüenza y el nerviosismo seguían allí presentes. Pero aún quería hacerlo.
Quería repetir lo que había hecho aquella primera noche. Esa noche en la que había visto por primera vez al emperador romano. Deseaba revivir aquel momento. Volver al inicio para repetir todo, una y otra vez. Así no tendría que irse. De esa forma podría quedarse en Roma para siempre.
Se puso en pie, notando que el ojiazul observaba cada uno de sus movimientos.
Se transmitió a sí mismo palabras de confianza, y caminó hasta estar a una distancia segura de la mesa y los asientos. Lo último que quería era golpear accidentalmente alguno de ellos.
Antes fue humillante. Ahora, era algo que quería hacer. Por el emperador.
Alzó la mirada, y juntó sus ojos con los del romano.
Así lo había hecho aquella noche.
-En tu honor- Mas no fue burla.
Esta vez no había nadie. El esclavo que estaba inmóvil en una esquina, no representaba a alguien de importancia. No había entonces nadie más que el ojiazul.
En esta ocasión no fue burla. Porque en ese momento, quería bailar para el romano; solo para él.
Su cuerpo se movió al ritmo de la música. Con timidez y lentitud al principio. Era difícil recordar todos los pasos que le habían enseñado. Intentaba con tanto empeño recordarlos, que descuidaba sus acciones.
No estaba haciéndolo bien.
Por un momento, pensó en desistir. Estaba tan nervioso que no podía recordar cómo bailar.
Volvió a enfocar su mirada en el ojiazul. Pensaba que encontraría desagrado en el semblante del castaño. Pero en cambio, el romano lo miraba como si estuviera admirando una joya preciosa.
Sus ojos se humedecieron. No podía desistir ahora.
No tenía que seguir los pasos de otra persona. Solo debía ser él mismo.
Finalmente, sus movimientos se notaron más seguros, y la música pareció fusionarse con dichos movimientos. Sus caderas se movían según el ritmo de la melodía. Los brazaletes en sus muñecas emitían un ruido metálico cada vez que movía los brazos. Mantenía los ojos cerrados, pues era más sencillo concentrarse de esa forma.
Daba cortos pasos, mientras movía las caderas de lado a lado, deteniendo ese movimiento cada vez que la melodía hacía una pausa. Al mismo tiempo, sus muñecas y manos hacían pequeños movimientos circulares.
El romano miraba aquella preciosa escena con incredulidad. Nunca pensó que volvería a tener el placer de mirar a Yami bailar.
Pero, por todos los dioses, Yami no tenía idea de lo que estaba causando con tan solo ese sensual movimiento de caderas. Si seguía tentándolo de esa forma no podría contenerse más.
Y por si eso fuera poco, el egipcio se dio la vuelta, dándole al ojiazul una hermosa vista de su retaguardia, que se movía sensualmente al compás de la música. Esa sola imagen lograba hacer flaquear la poca fuerza de voluntad que le quedaba.
¿Estaba Yami haciendo eso a propósito? ¿O era tan inocente que no sabía lo que algo así podría causarle a un hombre que había estado en ayunas por muchos días?
Por si fuera poco, el joven comenzó a mover las caderas de atrás hacia adelante, mientras enredaba una de sus manos en su cabello y abría ligeramente su boca.
Había soportado verlo bailar una vez, se había contenido cuando lo miró salir de aquella piscina, reprendió sus deseos aquel día en la terma, se negó a ceder cuando tuvo al joven en su cumpleaños dormido a su lado en el triclinium. Pero esto, esto simplemente era demasiado.
El bello príncipe estaba bailando para él. Solo ese pensamiento bastaba para encender la llama del deseo. Lo provocaba, como una presa a un león. Y era más intenso aquel llamado, porque era Yami quien lo emitía. Ese mismo joven que se había apropiado de sus pensamientos, y… se atrevería a confesar, apropiado de su corazón; de aquel palpitante fardo de sentimientos de cuya presencia jamás se había apercibido. O quizás, fue Yami quien le concedió emociones a ese órgano, que antes solo conocía el significado de los latidos para la sobrevivencia.
No podía quitar la mirada de ese cuerpo, de la piel bronceada adornada con oro. Esas caderas con ese suave toque femenino, pero que no podrían pertenecer a nadie más que a ese joven de ojos carmesí.
No pudo evitarlo. El sentimiento que se presentó dentro de sí fue el de la incontrolable lujuria.
Quería a Yami, necesitaba a Yami.
Se puso en pie, dispuesto a obtener lo que deseaba.
Cuando estuvo cerca del joven lo abrazó por detrás, sosteniéndolo por la cintura.
Para su sorpresa, Yami no se sobresaltó. De hecho, siguió bailando sensualmente, rozando con su nalga aquella parte de la anatomía del ojiazul que comenzaba a despertar. El romano hizo un gran esfuerzo por no expresar con su voz la fuerte sensación de placer que aquel roce le transmitió.
Acercó su boca a la oreja del más bajo.
-¿Tienes alguna idea de lo que estás causando?- preguntó, en un susurro que hizo que el cuerpo del ojirubí temblara.
El egipcio finalmente abrió sus ojos; respirando agitadamente debido al baile, y a que el cuerpo del ojiazul contra el suyo le transmitía un calor sofocante.
-Quería hacer que me desearas… y creo que lo he logrado- respondió también en un susurro.
Se dio la vuelta. El castaño se lo permitió pero no dejó de rodear con sus brazos la pequeña cintura del príncipe.
El egipcio se aferró al cuello del más alto. Acercó su rostro, como si fuera a besar al romano. Pero se detuvo a tan solo pocos milímetros. Sus caderas aún se movían, aunque con cada segundo lo hacían con más lentitud.
-Quiero darte lo único que puedo ofrecer. Que seas tú el primero que me poseyó. Y yo… yo quiero llevar tu recuerdo siempre dentro de mí- profirió, su voz quebrándose debido a las muchas emociones que destellaba. Sus labios temblaron levemente, y el aire tibio de su boca tocó delicadamente la mejilla del ojiazul. –Quiero entregarte mi virginidad-
Esas últimas palabras parecieron cortar la respiración del castaño. Había respetado la virginidad del joven, porque sabía que era algo preciado para él. Y ahora… ese joven se la estaba entregando.
De entre todo lo malo que había hecho, ¿qué fue lo que hizo para merecer lo que ahora Yami quería entregarle?
-Jamás pensé… que podría haber comparación entre un príncipe y una tierra llena de riquezas- susurró, ganándose una atenta mirada por parte de Yami.
No estaba acostumbrado a hablar de forma tan abierta. Quizás era la incredulidad de tener a alguien tan perfecto frente a él, la que lo obligaba a decir lo que pensaba.
-Estaba equivocado- Esas dos palabras fueron casi inaudibles, pero las lágrimas que se acumularon en los ojos del egipcio fueron la prueba de que el ojirubí las había escuchado.
-Te amo, Seto. No miento cuando digo lo que siente mi corazón- murmuró. –Quiero ser completamente tuyo. Hazme el amor- pidió. No mencionó la palabra 'sexo', puesto que el vocablo le pareció de poco significado; y un encuentro meramente físico no podía describir la presente situación.
-No creo que podamos llegar a una cama- afirmó el ojiazul, con cierto humor en su voz.
El egipcio sonrió ante esas palabras, que claramente eran verdaderas.
-No importa. Hagámoslo en el suelo, contra la pared… donde sea- profirió. Daba igual el lugar, pues lo único que parecía importante era la persona que se encontraba frente a él.
Como respuesta, recibió los labios del castaño contra los suyos, en un beso desesperado. Sus respiraciones se escuchaban agitadas, mientras que las lenguas de ambos danzaban al ritmo de la música que aún se escuchaba. El ojirubí subió sus manos hasta enredarlas en el cabello del romano. Mientras tanto, el ojiazul trazaba con sus dedos caminos por toda la espalda bronceada del más bajo.
Los pequeños gemidos que se escuchaban provenían de Yami. Su mente estaba inundada de sensaciones que jamás había experimentado. Y ese calor desconocido, solo parecía conducirlo cada vez más por un camino sin retorno. Quería que el romano tocara todo su cuerpo. Porque solo ese toque parecía apagar el ardor que se extendía por toda su piel. Era el anhelo de pertenecerle a esa persona. Y la pasión era la que lo movía a corresponder de manera necesitada un beso que días atrás pudo haber sido solo una caricia inocente.
Todos sus sentidos parecían estar agudizados. El sonido de la música y de la respiración del castaño encendía aún más la llama en sus adentros, los sensuales toques que estaba recibiendo lo obligaban a expresarse en gemidos. Y el sabor a uva que aún podía percibirse en aquel beso, sumado a la fragancia varonil del ojiazul que mezclaba el sándalo con un aroma tan exquisito que no ponía ponerle un nombre; hacían que su mente se sumiera en una vorágine de fuertes emociones.
Se separaron pocos milímetros, solo para volver a besarse pocos segundos después.
El egipcio cedió fácilmente, cuando el romano comenzó a guiarlo hacia atrás, empujándolo levemente.
Solo se detuvo cuando sus piernas chocaron contra uno de los asientos.
El ojiazul terminó el beso, para que Yami pudiera acostarse sobre el asiento. Era verdaderamente positivo que aquellos asientos fueran similares a una cama.
Cuando el menor estuvo acostado, el castaño se colocó sobre él, en la misma posición en la que había estado cuando había compartido con el joven una uva.
Había encontrado una forma bastante buena de comer. Y ahora, tenía otra en mente.
Con su mano derecha tomó de la bandeja una uva. Luego, la acercó a la boca del menor.
-La mitad es tuya- ofreció.
El menor obedeció, mordiendo aquella fruta redonda apenas ésta tocó sus labios. Esa acción, por supuesto, fue más sensual de lo debido.
El romano se inclinó entonces, entreteniéndose besando el cuello del ojirubí y sacándole gemidos de esa forma.
Pero el gemido más alto se escuchó cuando las primeras gotas del jugo de la uva cayeron sobre el abdomen del menor.
-Se… Seto… ¿qué haces?- preguntó de forma desorientada el jadeante joven.
-Preparando mi cena- fue la respuesta, que hizo que un sonrojo aún más profundo se mostraba en las ya sonrosadas mejillas del ojirubí. Sentía vergüenza ante la situación, pero al mismo tiempo mucha expectativa.
-Ah… Seto- un nuevo gemido, cuando la uva comenzó a transitar por todo su pecho, dejando caminos de jugo a su paso.
El ojiazul continuó con sus acciones en el cuello y pecho del egipcio. Definitivamente, por la reacción del joven ante tan simples caricias, era un hecho que no mintió cuando afirmó ser virgen. Esa confirmación, hizo que todo su ser ardiera.
Cuando la uva se desintegró por todo el pecho del príncipe, otra tomó su lugar. El ojirubí abrió obedientemente su boca, mordiendo poco menos de la mitad de la fruta.
Su respiración seguía agitada, mientras miraba con ojos entrecerrados al techo.
De repente, arqueó su espalda, cuando una fuerte sensación inundó sus sentidos.
-¡Seto! Ah, Seto…- gimió. La uva estaba ahora una de sus tetillas, haciendo pequeños círculos alrededor de ella. Cuando la fruta se dirigió hacia la otra, tembló y dejó escapar un gemido más bajo.
Cerró los ojos, intentando calmar las miles de emociones que poblaban su mente. Todo lo que sentía era nuevo para él. Y le gustaba, tan solo la uva que resbalaba por su piel le traía sensaciones que jamás pensó que existían.
Seto podía hacer lo que quisiera con él. No tenía la suficiente fuerza de voluntad como para oponerse. Además, ni siquiera pensaría en oponerse. Era vergonzoso, sí; pero le gustaba.
-¡Seto qué…!- aquello fue una exclamación y no un gemido, cuando un líquido cayó en cantidad considerable sobre su pecho, bañando toda su piel.
Fue solo hasta que se miró el cuerpo y olió aquella sustancia, que supo que era vino.
Arrugó el semblante. Había evitado el vino a toda costa y ahora lo tenía regado en todo su torso.
-Odio el vino- se quejó. –Límpialo, Seto- ordenó luego.
-¿Es una orden?- preguntó el ojiazul, enfocando la mirada en los ojos carmesí.
-Es solo una sugerencia de cumplimiento obligatorio- respondió, sonriendo ligeramente. Se sentía tan bien ahora que no podía recordar un momento en el que hubiera estado mejor.
Gimió complacido, conteniendo la respiración por varios segundos, cuando la lengua del romano comenzó a recorrer su abdomen, limpiando el rastro de vino y uva que había quedado sobre su piel. Abrió su boca y tomó una bocanada de aire, cuando la atención del castaño se centró en su ombligo.
El ojiazul vació la pequeña cavidad, que había quedado llena de vino. Se entretuvo en esa zona, puesto que al escuchar los gemidos de Yami, fue obvio saber que aquella era una zona sensible. Saboreó todo rastro de vino, metiendo y sacando su lengua. El sabor del vino, junto con el de la piel bronceada del príncipe era simplemente adictivo.
Subió al pecho del menor, y ésta vez, fue su lengua en la tetilla del menor la que le arrancó otro gemido al menor.
Normalmente no solía detenerse a estimular a su pareja antes del sexo. De hecho, era la primera vez que hacía algo como eso. En otra ocasión, quizás jamás hubiera siquiera pensado en hacer algo parecido. Pero ahora, lo único que parecía importar era Yami, y esos exquisitos gemiditos que dejaba escapar cuando era estimulado de esa forma. Su objetivo parecía ser el de hacer sentir a Yami un placer que nunca se había molestado en dar a nadie. Y además, quería recorrer cada parte del cuerpo del egipcio. Quería marcar al joven como suyo. La piel del príncipe era una tierra desconocida que quería conquistar. Un cuerpo que valía más que todo el oro egipcio.
Y ahora lo confirmaba. Simplemente no podía tener suficiente de ese cuerpo.
-Se… Seto… esp… espera, Seto- pidió de pronto el ojirubí, colocando sus manos sobre los hombros del ojiazul.
El romano se alejó de la hermosa piel bronceada, y miró expectante al sonrojado joven, quien se convirtió en un saco de nervios cuando notó que se había ganado la atención del castaño.
No tenía idea de lo que estaba haciendo. Ni siquiera sabía cómo diablos debía hacer lo que quería hacer.
Pero quería intentarlo. No iba solamente a ser el que recibía.
-Este… yo… el sexo… el sexo oral es cuando usas la boca… ahí… ¿cierto?- preguntó. La situación era la más vergonzosa de su vida, pero aún así, tenía la determinación necesaria para continuar.
El ojiazul se limitó a alzar una ceja.
-Sí- fue su respuesta. Normalmente hubiera respondido con algún sarcasmo, pero ahora lo único que quería era devorar el cuerpo frente a él. Así que entre más rápido silenciara a Yami, menos tiempo tardaría en cumplir con su objetivo.
Pero su respuesta hizo que hasta las orejas del egipcio se tiñeran de un rojo pronunciado.
-Sé… dijiste que eso no es bien visto aquí… pero… no soy romano así que… ¿puedo intentarlo?- Realmente no tenía ni idea en qué se estaba metiendo. Simplemente quería hacer algo para complacer al ojiazul. No tenía planeado ser una parte completamente pasiva en aquel acto. Quería experimentar, pues esta era la única oportunidad que tendría.
El romano se mantuvo en silencio, ya que la propuesta del menor lo había dejado sin habla. La sola idea de imaginar la boca de Yami sobre su intimidad bastaba para hacer que una tremenda corriente atravesara cada parte de su cuerpo.
Sí, el sexo oral no era un tema que se viera con buenos ojos. La desaprobación iba dirigida por sobre todo a aquel que daba el sexo oral; no tanto así con el que lo recibía. Así que por supuesto que él ya había recibido una estimulación de ese tipo, y bien sabía, que el sexo oral jamás sería bueno si la persona que lo daba era inexperta.
Así que, aunque por una parte el solo pensamiento era demasiado tentador, no estaba seguro de si Yami estaba listo para algo así.
Sin embargo, no quería ser él quien quitara esa mirada determinada del rostro del ojirubí.
Maldición, Yami podía pasar de ser sumamente sensual en un minuto, a exageradamente adorable en otro. En ese momento, no podría negarle ninguna petición al menor.
Por esa razón, se puso en pie. Con un simple movimiento de su mano, el esclavo que estaba cerca se acercó. Pareció entender la orden silenciosa, puesto que sus manos fueron directo a la toga del romano.
Por supuesto que necesitaba ayuda para quitarse esa estorbosa prenda. No había forma de quitársela él solo, y no creía que Yami pudiera hacerlo. Era muy obvio que el joven no estaba familiarizado con… prendas que cubrían todo el cuerpo, considerando que el ojirubí siempre andaba por allí casi desnudo. No que estuviera quejándose. A decir verdad, podría construirle un monumento al excelso egipcio que inventó esos faldellines.
-De aquí en adelante yo me encargo- Las palabras del príncipe, quien ahora se encontraba de pie frente a él, lo sorprendieron.
Notó entonces que la toga había desaparecido, y ahora solo vestía una túnica.
Pero los labios del egipcio sobre los suyos lo distrajeron.
Yami se separó después de pocos segundos, mostrando una sonrisa sensual.
-Te notas confiado- comentó el ojiazul.
-A decir verdad no tengo idea de lo que estoy haciendo- respondió el más bajo, mientras reía nerviosamente. Acercó su rostro a la oreja del castaño. –Pero aún así, espero complacerte, Mi Señor-
Las últimas palabras del joven, sumadas a la respiración tibia del menor que acarició su oreja; bastaron para que un escalofrío recorriera su espalda. Yami lograba provocar extrañas reacciones en él. Pero claro, después de todo, era Yami la persona más hermosa y tentadora que había conocido.
El pequeño príncipe se concentró en el cuello del romano. Estaba decido a complacer al ojiazul. Sí, no tenía ni una pizca de experiencia y jamás había hecho algo remotamente parecido, pero no estaba dispuesto a dejar que Seto fuero el único que tuviera el control. Aunque el solo toque del castaño lo hiciera temblar, tenía un orgullo que mantener.
Los besos y mordiscos que recibía el ojiazul por parte del joven lo tentaban; pero era el sonido que Yami hacía, que rondaba entre pequeños gemidos y el sonido involuntario que proviene de una persona que saborea algo exquisito, la causa de que quisiera lanzar a Yami contra la pared más cercana y hacerlo suyo de una vez por todas.
Pero por más que quisiera, debía tener paciencia. Yami era virgen, y lo demostraba con sus acciones. Cuando intentó quitarle la túnica, pudo sentir cómo las manos del ojirubí temblaban ligeramente.
Quizás en otra ocasión habría sentido fastidio. Esta vez, sin embargo, se limitó a ayudarle a su compañero, quitándose él mismo la prenda.
-Lo siento…- murmuró el ojirubí. La inseguridad había caído en su mente como el agua que se regaba de un balde. Y ahora, que podía admirar el torso perfectamente formado del romano, los nervios aumentaron.
Quizás esto no fue una buena idea. Quizás debía limitarse a ser el sumiso en ese acto.
Cerró sus ojos, cuando el ojiazul lo besó. Fue una caricia suave y dulce, que logró calmar un poco sus nervios.
Sabía bien que Seto había estado con muchas personas antes que él. Y también sabía, que jamás podría competir con todas ellas, puesto que su falta de experiencia no le permitiría complacer realmente al romano.
Sin embargo, quería participar activamente. Tan solo quería mostrarle al emperador con sus acciones lo mucho que lo amaba. Seto no le creía cuando lo expresaba en palabras, por eso, tal vez podría demostrárselo con acciones.
Su mano trazó de manera insegura un camino por el pecho del ojiazul. Bajó hasta su abdomen y se detuvo allí, trazando con su dedo pequeños círculos alrededor del ombligo del más alto.
Interrumpió el beso que compartía con el castaño. La inseguridad volvió, pero procuró ignorarla. Y en cambio así, se atrevió a aventurarse nuevamente al pecho del ojiazul, ésta vez con su lengua.
Pudo sentir cómo el abdomen del romano se contraía contra sus dedos, y tomó eso como una señal de que no estaba haciéndolo del todo mal. Con la recién obtenida confianza, se aventuró a prestarle atención a una de las tetillas del ojiazul, haciendo círculos sobre ella con su lengua, mientras que ahora trazaba con dos de sus dedos, la línea vertical de vello que comenzaba unos milímetros por debajo de la cintura del castaño.
Su objetivo era complacer al emperador, pero curiosamente, el solo hecho de tocar la piel del otro atraía a su propio cuerpo un calor casi insoportable.
Se sentía también avergonzado, porque sabía bien que, aunque no lo hubiera comprobado aún con sus ojos, el ojiazul se encontraba desnudo.
Pero… esto era lo que quería. Llegar a la profunda intimidad con el castaño. Transmitirle todo lo que sentía con sus acciones.
Sonrió para sí, cuando al morder la piel del pecho del ojiazul, pudo escuchar un leve suspiro proveniente de éste.
Realmente no era tan difícil, sentía que ahora podía avanzar.
Bajó un poco más sus dedos, mientras que un profundo sonrojo tomaba posesión de sus mejillas. Aún sentía timidez ante tal situación, pero tenía la confianza suficiente. Pues debía admitir que se sentía maravilloso poder ser él quien hiciera temblar y suspirar al emperador.
Apenas rozó sus dedos con la intimidad del ojiazul, y ganó un fuerte escalofrío por parte de éste.
Río de manera inocente.
-¿Te gusta, Seto?- preguntó, olvidando la vergüenza. Después de todo, no era como si el castaño tuviera algo que él no. No debía por lo tanto de mostrarse tan avergonzado.
-Cierra la boca- murmuró el ojiazul. Estaba haciendo un gran esfuerzo por no lanzar al menor contra el suelo y tomarlo de una vez por todas. Nunca le había sucedido antes, pero el solo toque del ojirubí se sentí como fuego.
-Pero si cierro la boca no podré hacerte lo que tengo planeado- profirió con la misma inocencia el menor.
Lentamente, se arrodilló. La ansiedad comenzó a hacerse presente, pero procuró ignorarla. No podía ser tan difícil. Podía hacerlo bien.
No se dio cuenta de que había cerrado los ojos hasta que los abrió de nuevo. Aún sentía timidez de mirar la desnudez de su compañero.
Sin embargo, se atrevió finalmente a mirar.
Lo que sintió a continuación, fue casi terror. El nerviosismo creció, y la vergüenza lo embargó por completo. Retiró la mirada, sintiendo sus mejillas arder en fuego. No podía hacerlo, no tenía nada de experiencia y… jamás esperó que la erección del ojiazul fuera tan grande. No sabía qué hacer, por dónde comenzar. Ni siquiera tenía idea de cómo debía hacerlo.
-¿Estás bien?- la pregunta lo sobresaltó. Miró hacia arriba, encontrando sus ojos con los azules del romano. –Yami, no tienes que hacerlo si no quieres- aseguró el ojiazul.
El egipcio sonrió ligeramente. Cómo le gustaba que recibir esa comprensión de parte del castaño. A pesar de su carácter, el ojiazul era tan gentil con él, que hacía que su corazón que se agitara y latiera rápidamente.
-Quiero hacerlo- afirmó. Miles de emociones construyeron hogar en un extraño vacío que se había formado en su estómago. Fueron acaparando todo aquello que había estado presente en su mente, incluyendo el nerviosismo. La inseguridad de pronto fue reemplazada por un sentimiento que era quizás el más puro que jamás había sentido.
Y no pudo evitar sonreír, al apercibir que aquello no era más que sus sentimientos hacia el ojiazul.
Su mano aún temblaba cuando se atrevió a moverla, hasta el objetivo el cual era el miembro del castaño.
Dejó escapar el aire que no sabía que contenía, cuando su solo toque provocó un nuevo escalofrío en el romano.
Recibir esas reacciones, le daban la confianza necesaria para continuar.
Se acercó lentamente, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba.
Fue solo un pequeño lamido, lo que provocó que las manos del ojiazul se enredaran en el cabello rebelde del príncipe y que los jadeos producto de la excitación comenzaran a hacerse notar.
Yami rió ligeramente, sintiéndose complacido ante las reacciones del castaño.
Cerró los ojos, mientras lamía toda la extensión del miembro cuya base sujetaba con su mano. Se permitió a sí mismo jugar con su lengua, llevándola en todas direcciones a lo largo de la intimidad de su emperador, mientras gemía complacido cada vez que escuchaba los jadeos que el ojiazul desesperadamente intentaba ocultar.
Poder provocar esas sensaciones, ser él quien hiciera temblar al castaño. No podía pedir más en ese momento.
La vergüenza se había esfumado. Solo quedaba el deseo y ese amor que había comenzado a nacer desde aquella noche en la que bailó por primera vez ante la mirada del emperador.
Quería pensar que habían nacido destinados el uno para el otro. Aunque el concepto se escuchara delirante; pero solo el destino podría explicar, el por qué no podía conceder la idea de vivir una vida alejada de la persona, a la que en ese momento le estaba dedicando el más inmaculado placer.
Se atrevió a ir un paso más allá, abriendo su boca y recibiendo dentro de ella la mayor parte que pudo de la extensión del miembro del castaño.
Pero fue demasiado. De inmediato retiró el rostro y liberó su boca, cuando su garganta se contrajo en un reflejo nauseoso, que lo obligó a toser y le aguó los ojos.
De inmediato alzó la mirada, esperando encontrar fastidio o desaprobación. Sin embargo, no había nada parecido en el semblante del otro.
-Hazlo con calma- fueron las palabras del ojiazul, que provocaron un profundo sonrojo en el egipcio. Al menos el romano estaba siendo bastante comprensivo.
Aunque esto no lo hacía sentirse del todo bien. Quería hacerlo como lo haría alguien con experiencia. No quería recibir instrucciones como si fuera un inocente niño.
Con aquella decisión firme en su mente, se atrevió a intentarlo de nuevo, ésta vez procurando prestar atención a sus propios límites. Para su decepción, no pudo seguir más allá de poco menos de la mitad de la erección del ojiazul.
Cerró los ojos, y colocó la mano que tenía libre contra el muslo del más alto, para así comenzar un vaivén lento. No sabía qué debía hacer, por ello se limitó a aprovechar la poca movilidad que tenía su lengua, mientras chupaba y succionaba la gruesa intimidad, procurando en la medida de lo posible no utilizar los dientes.
Pronto, los jadeos del ojiazul y el sensual movimiento que ocurría dentro de su ocupada boca, le provocaron un fuerte torrente de deleite que lo obligó a gemir constantemente, originando sin saberlo vibraciones que tan solo aumentaron las sensaciones de profundo placer que ya recorrían todo el cuerpo del castaño.
Definitivamente Yami no tenía experiencia alguna. Sus movimientos rayaban en lo torpe y sus dientes rozaban en constantes ocasiones la piel erecta, tanto así que en otra ocasión y con otra persona, habría perdido por completo el deseo de continuar.
Pero por todos los dioses de Roma y Egipto, esta calificaba como la mejor felación que había recibido. La cálida boca de Yami a su alrededor lo apretaba de tal forma que las pulsaciones de su miembro se volvían casi enloquecedoras, y las vibraciones que producían los musicales gemidos del ojirubí bastaban para hacer que todo su cuerpo temblara de manera incontrolable.
Quizás era por ser Yami, o tal vez era esa preciosa inocencia e inexperiencia que poseía.
No supo desde cuándo, solo supo que ahora mantenía la cabeza del menor quieta entre sus manos, mientras que era él quien movía las caderas para insertar su miembro en aquella maravillosa cavidad, teniendo cuidado de no atragantar al príncipe, quien aún dejaba escapar aquellos hermosos gemidos.
Y al mirar al arrodillado egipcio, se encontró con dos entrecerrados ojos carmesí, que lo miraban atentamente. Esos rubíes reflejaban tantas emociones que era imposible discernir una de ellas.
Era demasiado, solo aquellos ojos provocaron que se acercara al límite.
Liberó la boca del menor, cuya respiración se convirtió en cortos jadeos, cuando intentó recuperar todo el aire que no sabía que había perdido.
De un solo movimiento tomó al egipcio por debajo de las axilas y lo levantó, llevándolo hasta el asiento y acostándolo de espaldas allí, de tal forma que sus piernas a partir de los muslos quedaran suspendidas.
El príncipe solamente le dedicó una sonrisa. Sin embargo, sus mejillas ardieron en calor cuando sintió las manos del ojiazul colocarse sobre su faldellín. Solo pudo cerrar los ojos mientras que aquella prenda era removida, dejándolo descubierto y a merced del castaño.
El romano se tomó varios segundos para admirar aquella obra de arte que era el cuerpo del egipcio. La piel bañada por el sol del desierto, la preciosa desnudez de aquel cuerpo, el movimiento constante del pecho ante la respiración y el bello semblante avergonzado de quien al parecer no conocía aún lo perfecto de toda su figura.
Yami era verdaderamente hermoso. El joven no tenía que avergonzarse de nada, pues todo detalle en él había sido esculpido por manos de artista. La misma Venus estaría celosa de tal belleza.
Y entonces, sus ojos azules encontraron sobre el pecho del delgado cuerpo, entre un collar de oro y rubíes, aquel medallón que él le había obsequiado.
Fue demasiado.
Iba a tomar ese cuerpo para sí, una y otra vez hasta que estuviera satisfecho.
Y selló ese pensamiento al besar al menor, mientras que con su mano levantada hacía un simple gesto.
Cuando se separó de los labios del ojirubí, miró al lado para encontrarse con el esclavo, quien había entendido la orden silenciosa por segunda vez.
En las manos de aquel esclavo, se encontraba una pequeña botella de vidrio.
Centró la mirada en Yami, quien observaba al esclavo con cierta inseguridad.
El ojirubí imaginaba que sería aquel ser quien lo prepararía para lo que venía. Y aunque aquello no tenía nada de malo, extrañamente el pensamiento de ser tocado por primera vez ahí por un esclavo, no era reconfortante en lo absoluto.
Sin embargo, miró con sorpresa cómo el romano tomaba la botella en su mano, mientras que el esclavo se inclinaba en forma de reverencia, antes de regresar a su puesto.
La confusión le siguió a esto.
-¿No iba él a prepararme?- preguntó.
El castaño miró a Yami, notando lo lindo que se veía cuando mostraba esa confusión en su semblante.
-Has perdido la razón si piensas que permitiré que alguien más te toque- fue la respuesta.
El alivio no se hizo esperar en el egipcio. Quería que fuera Seto el único que lo tocara.
Su corazón volvió a acelerarse, cuando el ojiazul le alzó una pierna, y la colocó contra su hombro. Fue claro que lo hizo con el objetivo de facilitarse el acceso a la pequeña y virgen entrada del menor.
No pudo completar otra acción más que la de cerrar los ojos. Hacía un esfuerzo por pedirle a su cuerpo que se relajara, pues estaba claro que lo que vendría a continuación iba a doler.
Finalmente, iba a entregar su virginidad. Nunca pensó que sucedería de esa forma. Pero jamás vaticinó que se vería obligado a venir a Roma. Y por sobre todo, nunca imaginó que pudiera caer en un pozo sin fondo, que no era más que un amor cuya extensión no parecía tener límite.
Sonrió ligeramente. No había mejor momento que éste para entregarse a esa persona. No podía imaginar un mejor escenario.
Suspiró profundamente, mientras que sus manos sostuvieron con fuerza la tela que recubría aquel pequeño sofá, cuando el primer dedo bañado en aceite llegó a sus adentros. No dolió, pero el choque de emociones que embargó su cuerpo bastó para que una lágrima cayera de sus ojos cerrados.
-"Te amo"- Su mente liberó junto con la lágrima todos esos sentimientos. Nunca pensó que llegaría a sentir algo como eso. Siempre razonó que las emociones debían de ser controladas, y jamás expresadas. Así lo habían criado, pues era así como debía comportarse un rey egipcio.
Pero ahora que conocía el poder de un simple sentimiento, se negaba a dejarlo ir. Ahora no creía que algo tan prodigioso debiera ser ignorado.
Cuando el segundo dedo estuvo en sus adentros, la sensación de dolor se manifestó en una ligera incomodidad que crecía cada vez que el ojiazul movía ambos dedos dentro del egipcio.
El príncipe abrió los ojos, aunque no por completo, permitiéndoles permanecer entrecerrados. Centró la mirada en el rostro del romano, encontrando por ese medio que la mirada del ojiazul también se encontraba sobre él.
Y pudo jurar, que aquello que se reflejaba en los ojos del emperador era una emoción que correspondía a las suyas.
Mas tuvo que cerrar los ojos nuevamente, al tiempo que su garganta dejaba escapar un gemido prolongado, cuando de pronto, el movimiento de los dedos dentro de sí provocó algún roce que le acarreó un placer que jamás imaginó que existía. Ante tal sensación deliciosa, arqueó la espalda. Sin saberlo, le estaba regalando una preciosa e inigualable vista al ojiazul, quien por primera vez, se dedicaba a buscar el placer de su compañero, algo que nunca había hecho en sus pasadas relaciones.
Pues la cultura romana dictaba que en el sexo, la complacencia del activo era la única que debía buscarse. Un hombre activo no debía, por lo tanto, preocuparse por transmitirle placer a su pareja.
¿Pero quién no buscaría hacer gemir a ese príncipe? Hacerlo temblar y arquearse de placer. De pronto, eso era lo único que parecía importante.
Por eso volvió a mover sus dedos, de tal forma que al meterlos volviera a rozar aquel punto.
La espalda del ojirubí se arqueó de nuevo, y el gemido volvió a escapar de los delgados labios rosa. La coherencia abandonaba la mente del egipcio con cada toque especial en sus adentros.
El dolor finalmente se hizo presente, cuando un tercer dedo se unió a los demás. El príncipe se limitó a morderse el labio, mientras enfocaba la mirada al techo y procuraba relajarse.
El primer quejido escapó cuando los dedos comenzaron a moverse dentro de él, abriéndose espacio y distendiendo el estrecho y virgen canal.
-¿Te duele?- Escuchó la pregunta y solo pudo asentir, mientras suspiraba en un intento por olvidar la molestia. –Relájate-
-Eso intento- afirmó, mientras apretaba con sus manos la tela del asiento.
Un repentino gemido escapó de la boca del egipcio y resonó por todo el lugar. A éste, le siguieron otros gemiditos constantes. La espalda del menor se arqueaba una y otra vez. Y un adorable sonrojo se dejó ver en las mejillas del ojirubí.
Seto había comenzado a masturbarlo lentamente, llevando su mano por toda la extensión de su miembro semi-erecto, mientras que seguía preparándolo con sus dedos.
El placer que producía el ser tocado de esa forma, sobrepasó al dolor. Las ardientes caricias que recibía lo ayudaron a relajarse.
Se encontró a sí mismo gimiendo el nombre del ojiazul, una y otra vez, mientras movía la cabeza de lado a lado. Nadie lo había tocado de esa manera antes; todo lo que estaba sintiendo era nuevo para él, y aún no sabía cómo sobrellevar esas sensaciones.
Un bajo quejido escapó de su boca cuando repentinamente el castaño detuvo sus acciones. Pero la tensión creció en pocos segundos, cuando se apercibió de lo que sucedería seguidamente. Solo pudo mirar al techo, notando de reojo que el ojiazul untaba su miembro con el aceite.
Tragó fuerte. Esto iba a doler.
Pero no era solo el dolor lo que le asustaba, sino el hecho de que, finalmente, iba a perder su virginidad.
No era que estuviera dudando. Ya había decidido que le entregaría su primera vez a Seto. Era el simple hecho de que no sabía qué esperar. De que en ese momento, no tenía control alguno de la situación.
Empero, confiaba plenamente en el romano.
Suspiró con nerviosismo cuando el ojiazul le sostuvo las piernas, abriéndolas para buscar una posición cómoda para iniciar con el acto sexual. Su pecho subía y bajaba con cada bocanada de aire que tomaba. Y sus manos se aferraban con fuerza al asiento.
-Si vas a retractarte, ahora es el momento- escuchó decir al romano.
Rió de manera nerviosa, mientras llevaba su mirada de un punto del techo a otro. Tembló ligeramente, cuando sintió la erección del ojiazul posicionarse contra su entrada.
Volvió a reír disimuladamente, en un esfuerzo por calmar su acelerado corazón y por convencerse de que podía continuar con aquello.
-Eso sería cruel de mi parte, ¿no crees?- preguntó. –Puedes seguir… estoy bien- afirmó después de pocos segundos.
Esta respuesta pareció convencer al ojiazul de que Yami había tomado su decisión. Quería asegurarse de que el egipcio verdaderamente quisiera continuar. Pues aunque lo único que quería en ese momento era hacer suyo al menor, aún respetaba la virginidad del príncipe.
Pero ahora, podía continuar.
Lo último que deseaba era lastimar al joven. Por ello, se aseguró de ir despacio, insertando su miembro dentro de aquel canal estrecho con asombrosa lentitud, considerando que sus adentros ardían por poseer de una vez por todas al ojirubí.
El grito de dolor de Yami no tardó en escucharse. El pequeño cuerpo del menor se tensó desde el primer momento, habiendo sido penetrado apenas por la punta de la erección del ojiazul. Los ojos carmesí se cerraron instintivamente, y los dientes blancos del egipcio mordieron el labio inferior con considerable presión.
Imaginó que dolería, pero jamás imaginó que el dolor sería tanto.
El romano por su parte, solamente suspiró con cierto humor; debido tanto a la tremenda estrechez del egipcio, como al hecho de que Yami gritó como una mujer al ser desflorada. No quedaba duda de que el príncipe era virgen; un estrecho y lindo muchachito virgen, claramente.
Se atrevió a continuar penetrando al menor, insertando unos centímetros más de su miembro.
Esta vez, además de los quejidos del príncipe, sus brazos fueron sostenidos con fuerza por las manos del ojirubí, en cuya expresión era notable el dolor.
-Duele… Seto, detente, me duele- pidió el egipcio, dejando escapar lo que parecían ser llantos sin lágrimas. Sentía como si su cuerpo entero se estuviera partiendo en dos. El dolor se mezclaba con un ardor que quemaba sus entrañas.
Si esto era el sexo, no le gustaba en lo absoluto.
Y debido a que el cuerpo del menor se tensó aún más, la estrechez en su interior se volvió casi insoportable.
-Yami, tienes que relajarte- pidió el ojiazul. La presión que Yami ejercía sobre su erección ya no era tan placentera como en un principio.
-No me pidas que me relaje, ¡no me ves que me duele!- exclamó el egipcio, quien aparentemente estaba al borde de la histeria. Claro, solo Yami podía tener ese tipo de reacciones durante el sexo.
El romano se permitió a sí mismo rodar los ojos. El principito era verdaderamente obstinado.
-Y a mí también me duele, así que relájate- ordenó.
-Es tu culpa por tenerla tan grande- se quejó el menor, mientras suspiraba, obligándose a sí mismo a relajarse.
Pero el ejercicio de respiración no ayudaba en lo más mínimo. El dolor era tanto, que no parecía posible liberar la tensión.
El romano decidió tomar el asunto en sus manos. Para ello, se inclinó y besó con fiereza al menor, quien permitió que un gemido de sorpresa escapara de su garganta ante la repentina caricia. Sin embargo, se dejó llevar, abriendo su boca y permitiendo que su lengua se juntara con la del otro. Sin siquiera notarlo, durante el beso su cuerpo se fue relajando.
Cuando la tensión ya no fue tanta, el ojiazul continuó con la penetración, ganándose un gemido adolorido del egipcio que fue acallado por el beso que compartían. El príncipe se limitó entonces a expresar su dolor sosteniendo con fuerza los hombros del castaño y marcando con sus uñas la piel del romano. Si bien el dolor disminuyó cuando su cuerpo se relajó, aún sentía que su ser entero se partía en dos. Y aunque ahora podría aguantar, solo esperaba que el dolor no estuviera presente durante todo el acto sexual.
El emperador se alejó del rostro del ojirubí, irguiéndose y rodeando su cintura con las piernas de Yami. Al estar en posición, sacó pocos centímetros de su intimidad, para luego volver a penetrar al menor por completo. A pesar de que la primera embestida fue lenta, el quejido no se hizo esperar y el dolor recorrió la espina dorsal del príncipe, quien procuraba mantener los ojos cerrados, en un esfuerzo por alejar la fuerte sensación de ardor que le causaba ser llenado a tal extremo.
La segunda, tercera, cuarta y quinta embestida le produjo el mismo dolor. No entendía por qué a las personas parecía gustarles el sexo. Dolía demasiado.
Fue a partir de la sexta embestida, que no pudo controlarse. Las primeras lágrimas brotaron de sus ojos cerrados y resbalaron por los costados de su rostro. Hacía lo posible por tragarse los gritos que quería dejar escapar.
-¿Te sigue doliendo?- No pudo contestar con palabras esa pregunta, así que se limitó a asentir profusamente. –Creo que será mejor detenernos…-
-¡No!- exclamó el ojirubí, abriendo sus ojos y centrando la mirada en el castaño. –Estoy bien… no… no duele tanto… solo…- se detuvo, pues estaba hablando sin coherencia alguna. -Te agradezco que pienses en mi bienestar, pero puedo soportarlo. Estoy seguro que el dolor irá disminuyendo- afirmó entonces.
Siempre confió en el romano, pero éste seguía demostrándole que nunca lo lastimaría. El solo hecho de pensar en que el ojiazul verdaderamente estaba dispuesto a renunciar al placer para extinguir su dolor, hacía que su cabeza diera vueltas y que las mariposas en su estómago despertaran. Ahora sabía por qué se había enamorado.
Las lentas embestidas siguieron causándole dolor, pero esta vez procuró enfocar toda su atención en los ojos azules del romano.
Sonrió ligeramente, mientras notaba los rayos de placer y éxtasis que comenzaban a formarse en aquellos ojos. Conocía bien al castaño. Sabía que la paciencia no era una de sus virtudes. Y sin embargo, para con él, el ojiazul mostraba un temple sosegado. Eso lo hacía sentir sumamente especial. Se sentía como un niño que buscaba cuidados, y esos cuidados los encontraba en los brazos de un hombre, quien a los ojos de los demás era un malhumorado y arrogante emperador.
Salió de sus pensamientos, para encontrar que había tenido razón. El dolor fue disminuyendo, y ahora era mínimo. Y a cambio de dolor, los movimientos de la hombría del romano dentro de él causaban una agradable fricción, que provocaba una sensación placentera, la cual lo obligaba a emitir pequeños sonidos desde su garganta.
-Seto… hazlo más rápido- pidió, pues imaginaba que aquella maravillosa sensación aumentaría conforme a las embestidas.
Y le complació, tanto física como mentalmente, comprobar que su teoría era correcta. Cuando el ritmo aumentó, los sonidos silenciosos que morían en su garganta se convirtieron en gemidos. El dolor había casi sucumbido y solo quedaba el placer que le daba quien ahora era su amante.
El ojiazul miraba el rostro del egipcio, sintiéndose complacido de ver las facciones del menor contorsionadas por el placer y de observar esa dulce boca que se abría y cerraba constantemente.
-Ah… mmn… por… por favor…- Las palabras, que parecían incoherencias provenientes de una mente nublada por el sexo, escapaban de los delgados labios del ojirubí, quien apretaba con sus manos la tela del asiento con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.
-¿Por favor, qué?- preguntó el ojiazul, con la poca coherencia que le quedaba. Yami era simplemente perfecto, estrecho y cálido en sus adentros. Y esos gemidos, sumados a ese precioso cuerpo adolescente, convertían al egipcio en el mejor amante que había tenido.
Pero no, si lo pensaba bien, aún con la mente nublada por el placer, llegaba a la conclusión de que Yami no era un simple amante más en la lista.
-Más… ¡ahh!... más, Seto… por favor, no te detengas… ah…- Las sensaciones que experimentaba eran completamente nuevas para él. No sabía cómo debía reaccionar, pero los gemidos y súplicas abandonaban su boca de manera involuntaria.
El romano aumentó el ritmo de las embestidas, sacándole más gemidos y ahora gritos al egipcio. No sabía si Yami estaba siendo tan ruidoso por ser su primera vez o porque esa sería de ahora en adelante su forma de comportarse durante el sexo. Cualquiera fuere la opción correcta, no le molestaba en absoluto que el ojirubí se deshiciera en gimoteos delante de él.
Realmente era mejor de lo que imaginó. Solo mirar ese pequeño cuerpo que temblaba, y las lágrimas de éxtasis que corrían por el rostro del menor…. Verdaderamente, todo era perfecto en esa situación. Aún la música que se seguía escuchando ayudaba a crear un ambiente perfecto.
-Abre los ojos- pidió, haciendo un esfuerzo para que su voz no le fallara. Yami simplemente se sentía exquisito.
El príncipe intentó obedecer, sin embargo, a la siguiente embestida sus ojos se cerraron automáticamente.
-No puedo- afirmó, mientras movía la cabeza de lado a lado.
-Abre los ojos- insistió el ojiazul.
Por unos momentos, lo único que se escuchó fueron las exclamaciones ruidosas, bañadas con el delirio que provocaba el contacto sexual, ese mismo que estaba rompiendo y llevándose la virginidad del cuerpo bronceado de quien gemía.
Mas después de esos segundos, los ojos carmesí volvieron a abrirse, y su dueño procuró fijar la mirada en la persona con quien compartía aquella enloquecedora fricción.
El castaño sostuvo de pronto la pierna izquierda del ojirubí. Mientras seguía embistiendo, flexionó aquella extremidad, hasta que el pie del príncipe estuvo apoyado contra su pecho. Aquella posición, le permitió profundizar la penetración y agudizar las sensaciones que recibía su pareja. Y la prueba de ello, se fundamentó en la reacción de Yami, quien se arqueó lo más que podía en esa posición, y comenzó a llamar al romano entre sus gemidos.
El nombre del ojiazul salía una y otra vez de los labios rosa del príncipe. El egipcio lo repetía cada vez que el romano lo llenaba completamente, llegando a los más profundo de su ser. El sudor comenzaba a resbalar por la frente del pasivo joven, cuyos ojos se enfocaban en los del emperador.
El azul de aquellos iris de pronto era demasiado hermoso como para ser ignorado. El ojirubí no podía hacer más que admirar los ojos de la persona que ahora le entregaba ese placer inigualable.
-"Lo amo"- La afirmación cruzó por su mente, mientras los gemidos se escuchaban junto al sonido de las caderas del castaño chocando contra su piel en un vaivén que alcanzaba la perfección.
Las lágrimas que habían dejado de existir momentos atrás, cayeron ahora, expresando cada una la emoción fuerte, que causaba el saber que se estaba al lado de la persona correcta. Simplemente no se podía imaginar un mejor momento que ese. Sabía que jamás podría sentir lo mismo con otra persona.
-"Lo amo"- La afirmación era tan simple, mas sus razones eran complicadas. Lo único que sabía, era que había nacido para acompañar al ojiazul. Ya fuera el destino, o cualquier otra palabra que indicara una vida ya trazada, su propósito iba más allá que el de velar por el bienestar de una nación. Si estaba allí ahora, si respiraba, era solamente para cuidar del corazón de esa persona.
-"Lo amo"- Lo confesó una tercera vez, y se dejó perder en las sensaciones que su cuerpo estaba recibiendo; en el placer que surcaba por todo su ser.
Mientras seguía mirando los ojos azules, abría y cerraba su boca en melodiosos gemidos. Su cuerpo temblaba ante las embestidas y las oleadas de éxtasis que estas acarreaban.
Pero tales movimientos se detuvieron de pronto, haciendo que su garganta emitiera un sonido de inconformidad. No quería detenerse ahora.
El castaño retiró la pierna del egipcio de su pecho. Cuando lo hizo, tomó al joven de la cintura, levantándolo del asiento. Como parte de un reflejo, el príncipe se sostuvo con sus brazos del cuello del ojiazul. El adolescente no pudo evitar reír cuando en un rápido movimiento, se encontró alzado, con sus piernas y brazos enredados alrededor del cuerpo del romano para evitar caer. El castaño, por su parte, lo sostenía de las nalgas.
Y ahí, de pie el ojiazul con el príncipe en brazos, volvió a embestirlo, subiendo y bajando el cuerpo del adolescente mientras movía las caderas para ayudarse con la penetración. Era una gran ventaja que el cuerpo del príncipe fuera ligero.
El ojirubí acomodó la cabeza sobre el hombro del emperador, y ahí comenzó a gemir y ronronear complacido. La penetración era ahora menos profunda, sin embargo, la sensación que le transmitía era deliciosa. Y ello, junto con la cercanía que ahora compartía con el castaño, le traía un sentimiento de protección. Se sentía pequeño allí, en los fuertes brazos del romano, permitiendo que fuera él quien tomara el control y estableciera el ritmo.
Realmente, ser pasivo no era malo en lo absoluto. Sentir cómo el grueso miembro del ojiazul embestía en sus adentros, derretirse completamente en los brazos del romano. No podía imaginar algo mejor.
Después de unas cuantas embestidas más, el castaño volvió a acostar al menor sobre el asiento, esta vez de medio lado, con las piernas cerradas una sobre la otra. Y no tardó en penetrarlo nuevamente, suspirando cuando la estrechez del ojirubí se volvió mayor debido a la nueva posición.
El egipcio, por su parte, siseó ante el nuevo contacto. Fue apenas una punzada de dolor lo que sintió, antes de que el placer volviera con el doble de fuerza e intensidad. Ante las considerablemente rápidas embestidas que estaba recibiendo, no pudo más que deshacerse en gemidos y gritos.
-Seto… ah… vas… muy rápido- No estaba reclamando, de hecho, la aumentada fricción estaba a punto de llevarse el poco razonamiento que aún poseía.
-No que creas… que iré más despacio solo porque eras virgen- afirmó el castaño. Estaba completamente embriagado con el precioso cuerpo del adolescente. Ahora no podía pensar en otra cosa que no fuera probar una y otra vez el dulce y apretado canal del menor, hasta alcanzar la completa satisfacción. No sabía si podría detenerse ahora aunque Yami se lo pidiera.
-Más… ahh… Seto…- Sin embargo, los gemidos del príncipe dejaban en claro que él también disfrutaba de la situación.
Con ojos entrecerrados, el egipcio miró al ojiazul. Sonrió al ver el semblante de verdadero éxtasis del castaño. Le complacía de sobremanera ser él quien le entregara tanto placer al romano.
Volvió la mirada a un lado, enfocando su atención en una de las paredes, mientras que sus manos apresaban el asiento. Sus gemidos seguían constantes; dependiendo de la fuerza de las embestidas eran gemidos altos o bajos. Su cuerpo temblaba aún, y sus ojos se humedecían cada vez que una ola de placer lo golpeaba.
Por segunda vez, el romano hizo una pausa, sacando completamente su miembro de las entrañas del adolescente.
El menor se acostó sobre su espalda, para poder mirar mejor al ojiazul y transmitir así su pregunta silenciosa.
-Empújate hacia atrás- le dijo el castaño.
Obedeció de inmediato, dejando a sus pies un espacio libre donde el ojiazul procedió a arrodillarse, abandonando la posición de pie.
El romano no tardó mucho tiempo en abrirle de nuevo las piernas y penetrarlo, arrancándole al egipcio un pequeño grito de verdadero placer.
Una protectora calidez se albergó en el pecho del menor. De pronto, aquellos ojos del azul más puro estaban a pocos centímetros de distancia.
Los labios del romano sobre los suyos acallaron sus gemidos constantes, permaneciendo solamente el sonido del acto sexual, de la piel chocando contra piel, y el de la música que acompañaba cada embestida.
Las piernas del príncipe se sostuvieron contra la cintura del castaño. Sus delgados brazos se refugiaron en la espalda del romano. Y las pequeñas manos del adolescente se dieron a la tarea de acariciar la extensión entera de aquella piel sudorosa, atreviéndose luego ambas a bajar hasta las nalgas del ojiazul.
Definitivamente, aquella posición le gustaba, no solo por el profundo placer que le provocaba, sino porque podía estar cerca del emperador. De hecho, cuando el beso hubo terminando, pudo escuchar la respiración agitaba del castaño contra su oreja. Además, el abdomen del ojiazul rozaba contra su miembro con cada embestida, transmitiéndole una sensación maravillosa, que lo obligaba a gemir aún más alto.
Entre esos gemidos, le pidió al romano que aumentara el ritmo de las embestidas, queriendo sentir más al castaño dentro de él.
Finalmente le pertenecía. Su cuerpo le pertenecía al ojiazul. Su virginidad había sido entregada.
Cerró los ojos con fuerza, mientras abría la boca lo más que podía, cuando la fricción contra su miembro y contra sus adentros se volvió insoportable.
-Se… Seto… ah… Seto… creo… yo… ¡voy a…!- intentó decir, en medio del éxtasis que lo inundaba. Intentó mantenerse en control, pero cuando sintió la mano del ojiazul sobre su miembro, masturbándolo con rapidez, perdió la poca cordura que le quedaba.
Con un grito que estuvo cerca de hacer retumbar las paredes, alcanzó el clímax, bañando con su semilla tanto su abdomen como el de su pareja.
Al suceder esto, sus músculos se contrajeron alrededor del romano, quien tan solo después de un par de embestidas más, terminó viniéndose dentro del egipcio, dejando escapar un profundo suspiro y el nombre de su amante en un susurro.
Por unos momentos, ambos se mantuvieron quietos y en silencio, intentando recuperar el aire que habían perdido.
Sin embargo, el temblor en el cuerpo del príncipe se intensificó de repente, y algo que parecían ser sollozos escaparon de su boca.
Y cuando el castaño enfocó la mirada en el rostro de Yami, le sorprendió (y, aunque no quisiera admitirlo, le atemorizó) ver las lágrimas que caían de aquellos preciosos ojos carmesí. ¿Lo había lastimado? ¿Se arrepentía el egipcio de lo que habían hecho?
-Yami…-
-Te amo- La afirmación calló cualquier palabra que hubiera pretendido escapar. Solo pudo mirar incrédulo al egipcio, en cuyos ojos irradiaba una emoción tan fuerte, que no se atrevía a ponerle nombre.
Si bien Yami ya le había dicho aquello antes, su semblante ahora bastaba para hacerlo quedarse sin habla.
-Te amo- repitió el adolescente, su voz cercana a la desesperación. -¡Te amo!- exclamó, mientras se cubría el rostro con las manos. –Por tu culpa no puedo pensar en regresar. Siempre me hablaron del amor como algo estúpido y entonces llegaste tú. ¡Es tu culpa que haya caído tan bajo! ¡Soy débil por tu culpa! Un príncipe no debe ser egoísta… y sin embargo, soy egoísta porque te quiero solo para mí- dijo lo último en apenas un susurro.
Se descubrió el rostro y centró sus ojos llorosos en el romano. Esto no era propio de él, pero sentía la necesidad de desahogarse; de decir lo que sentía. Ahora que le había entregado todo lo que tenía al ojiazul, no podía callar.
-Soy un idiota… desearía ser fuerte como tú- murmuró.
Aún era fácil encontrar rastros de sorpresa en el rostro del castaño. Nunca pensó que Yami se sintiera de esa forma. Y aunque aún le costaba creer que el ojirubí lo amara, admitía que las palabras del menor se escuchaban sinceras.
Sus ojos se suavizaron levemente cuando puso atención a las últimas palabras del adolescente. El pequeño príncipe no tenía idea de lo equivocado que estaba.
Alzó con sus brazos al menor, conservando aún su miembro dentro de aquel hermoso cuerpo. Así, el egipcio terminó sentado en sus piernas.
Con una mano, se encargó de limpiar las lágrimas del ojirubí.
No era él una persona que hablara directamente de sus sentimientos. Pero el semblante entristecido del menor, junto con ese pequeño sonrojo que mostraban sus mejillas, lo obligaron a hablar.
-Estás equivocado. No soy tan fuerte como crees- afirmó. –Tengo una debilidad- admitió luego de pocos segundos.
Yami alzó la mirada, centrándola en el romano. ¿Una debilidad? ¿El emperador de Roma? Realmente eso no le parecía realista.
-No juegues conmigo- pidió el egipcio, retirando la mirada hacia una de las paredes cercanas.
-Me conoces mejor que eso- afirmó el ojiazul. No iba a mentirle al príncipe, ni tampoco diría cosas tan vergonzosas si no fueran verdaderas. Iba después de todo, a perder gran parte de su orgullo con lo que diría a continuación. –Mi debilidad… posee un extravagante cabello y ojos carmesí-
La información fue absorbida con lentitud por la mente del príncipe. Entre tanto, sus ojos iban abriéndose debido a la impresión e incredulidad.
Se atrevió a devolver su mirada a los ojos del romano. Su corazón en ese momento latía a tanta velocidad, que podría asegurar que el sonido de esos latidos se escuchaba por todo el lugar.
-¿Yo? ¿Tu debilidad soy yo?- preguntó. Había escuchado mal, estaba seguro de que el ojiazul no hablaba enserio.
-No creo que exista nadie más que encaje con esa descripción- afirmó el romano, notándose molesto ante sus propias declaraciones. Su ego estaba siendo fuertemente acribillado.
-¿Yo?- Rodó los ojos. El ojirubí parecía no captar aún la afirmación de que, en efecto, él era el punto débil del emperador. Aunque realmente, las pruebas sobraban… después de todo, el ojiazul ya había asesinado a un importante ciudadano frente a todo el Senado, por el hecho de que no podía concebir el pensamiento de que alguien que hubiera lastimado al egipcio continuara con vida.
-No me hagas repetirlo, ya me rebajé bastante- profirió.
Yami sonrió, mientras recostaba su cabeza contra el hombro del emperador.
-Me acabas de hacer muy feliz- afirmó.
-Te escuchas como un adolescente atravesando la pubertad- se mofó el ojiazul.
El príncipe rió por lo bajo.
-Por si no lo has notado, majestad, soy un adolescente- dijo, mientras cerraba los ojos y sucumbía ante el cansancio. No podía imaginar nada mejor que quedarse dormido en los brazos del romano. Y más ahora, que se sentía bastante satisfecho, y no solo físicamente. Si bien, había perdido algo preciado para él esa noche, había ganado mucho más. El sentimiento de pertenecerle a Seto, bastaba para hacerle sentir completo.
Por ello, no le fue difícil caer rendido ante el sueño.
-Y el más obstinado que he conocido- afirmó el ojiazul, mientras escuchaba cómo la respiración del menor se profundizaba, indicando que el ojirubí había caído en los brazos de Somnus(2).
Claramente, no pensaba quedarse ahí toda la noche. Así que tarde o temprano tendría que dirigirse a su habitación. Además, las piernas ya comenzaban a entumecérsele.
Por lo tanto, ahora solo quedaba una pregunta.
¿Cómo rayos iba a hacerle para levantarse sin tener que lanzar a Yami al piso?
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(1)Uadyet: la diosa protectora del faraón, normalmente representada como una cobra.
(2)Somnus: el equivalente romano de Hipnos, que según la mitología griega es el dios del sueño y padre de Morfeo.
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Magi: ya sé, ya sé. POR QUE CARAJOS TE TARDASTE TANTO PEDAZO DE DESGRACIADA….! Ejem, lo bueno es que volví, no? O.o Y les traje como compensación un gigantesco capítulo de cerca de 15000 palabras (el más largo que he escrito!) con lemon incluido. De todas formas, proseguiré con una rápida explicación que fundamenta mi ausencia, verán: Navidad, regalos, reuniones, Año Nuevo, el cumpleaños de mi queridísima madre, me tuve que pelear con los ineptos del área administrativa de la universidad (laaarga historia), tuve que hacer la respectiva entrega de mis documentos de comprobación de estudios y soltería al Estado para efectos de mi pensión, así que ya se imaginan las filas que tuve que hacer, la inspiración se me lanzó de un edificio y murió trágicamente, y he pasado noches muuuuy agotadoras con Seth (ya se imaginan de dónde salió el nombre xD). Es un Pomerania… cachorro, así que molesta igual que un bebé recién nacido -.- Y esa es la breve explicación. Por cierto, este cuatrimestre… es decir, esta semana, comienzo a llevar dos carreras al mismo tiempo; así que imagino que estaré el doble de ocupada (por qué rayos insisto en complicarme la existencia? T.T), pero prometo estar al pendiente con mis fics.
Ahora sí, pasando al tema que nos concierne, el fic. Y más específicamente, lo que todos esperaban: el lemon. Me tomó dos años escribir este lemon, literalmente xD Lo empecé desde hace semanas. Y es que, a decir verdad, el lemon no es mi fuerte. Antes, no tenía problema en escribir uno… pero ahora como que tiendo a evadirlo O.o Fuck! ¿Me estaré haciendo vieja? Pero si ni siquiera he llegado a los veinte! xD El punto es, que no soy buena para el lemon, pero espero, ruego, pido e imploro a los dioses (y soy agnóstica!) que éste haya quedado mejor que el anterior. Me esforcé muchísimo para que quedara lo mejor posible.
Pero bueno, de verdad espero que la tardanza haya valido la pena n.n Ahora que terminé con el lemon, veo la luz al final del túnel con este fic. Solo falta atar los últimos cabos, Kisara, Minerva, la guerra, Yami se va o Yami se queda, entre otros pequeños detalles… y se acabó T.T
Pasando a otro tema, si quieren hacerse una idea de la música que bailó nuestro prechocho Yamito caramelo, pueden escuchar la canción Marco Polo de Loreena McKennitt. La pueden encontrar en YouTube.
Agradecimientos a Patty-MTK, Atami no Tsuki, Rita, Azula1991, bella-rosalinda, Clauditaw Asakura Potter, Kimiyu, Natsuhi-san, Alekey Phantomhive por sus reviews! Espero que les haya gustado es capítulo n.n
Para quienes leen Mente frágil, les pido paciencia. Ahora que terminé con este capítulo me enfocaré en ese fic.
Ahora sí, me despido.
Ja ne!
