Flor de loto
Capítulo 25
¿Qué era lo que estaba sucediéndole? ¿Cuál era la razón que yacía detrás de la enrevesada situación?
No podía creerse a sí mismo. Su misma mente traicionaba el ritual que por muchos años había sido una norma inviolable.
Después de lo sucedido la noche anterior con Yami, había logrado dormir con tranquilidad por primera vez en muchos días. Había triunfado en conciliar el sueño sin preocupaciones. Y todo, por la sola razón de que estaba convencido, de que ahora que finalmente se había adueñado de la virginidad del príncipe, sería sumamente sencillo dejarlo ir.
Sonaba egoísta y quizás desalmado, pero en cierto rincón de su mente, había creído firmemente que su extraño interés por el joven egipcio radicaba en razones meramente físicas. Realmente había pensado que una vez que tuviera intimidad con el ojirubí, su interés por él se desvanecería, tal y como lo había hecho con cada una de las relaciones que había mantenido en el pasado.
Sí, Yami era diferente a todas esas personas con las que estuvo en algún momento; pero jamás creyó que la diferencia fuera tan grande.
Pues no había perdido el mínimo interés en el adolescente desnudo que dormía acomodado entre las sábanas. De hecho, era el egipcio su punto principal de interés en ese momento. Simplemente no podía dejar de admirar aquel cuerpo que buscaba refugio involuntario en la calidez de las sábanas; ni mucho menos podía ignorar el precioso rostro, ligeramente manchado con el kohl que no fue removido la noche anterior.
Yami había caído en un profundo sueño del que fue imposible sacarlo. No había tenido más opción que cargarlo desde el comedor hasta el dormitorio. Y aunque por un momento había pensado en simplemente dejar al adolescente durmiendo en el comedor, poco después vaticinó que si hacía tal cosa, se quedaría sordo de tanto escuchar los reclamos del obstinado príncipe esa mañana.
Finalmente se atrevió a retirar la mirada del joven durmiente. Posó la vista sobre la pared más cercana, mientras que las gotas de agua resbalaban por su cabello mojado y caían sobre las sábanas.
Estaba sentado sobre la cama. Después de darse un merecido baño y tomarse el tiempo para verse presentable, se había dado el lujo de sentarse a examinar un poco más aquello que aún le parecía irreal.
Yami seguía siendo hermoso. Y eso, era lo irreal.
Lo que significaba, que no solo era la lujuria la que lo atraía hacia el príncipe.
¿Amor, quizás? Ya se había preguntado eso varias veces.
Considerando de forma hipotética que fuera el amor la causa; ¿era posible que una emoción tan ridícula y vergonzosa causara aquel aferramiento tan… confuso, que sentía hacia el egipcio? ¿Podría un sentimiento así, hacer que comenzara a dudar de su propia decisión de dejar ir al ojirubí? No que fuera a retractarse claro, su orgullo era más importante que un inservible sentimiento.
O al menos, se aferraba a esa idea.
Un ligero movimiento que hizo el príncipe logró que la atención del ojiazul volviera a enfocarse sobre ese cuerpo, envuelto como un pequeño capullo entre las sábanas. Los sonidos de los ligeros ronquidos que el egipcio dejaba escapar entre sus sueños, creaban una melodía jamás antes escuchada. Solo Yami podía hacer que algo tan molesto como los ronquidos se escuchara como música a los oídos del romano.
-¿Enamorado, no?- se preguntó a sí mismo el castaño. -La sola pregunta se escucha irracional- agregó, sintiéndose decepcionado de sí mismo por siquiera considerar una opción como esa.
¿Adónde quedaría su orgullo si aceptaba que había caído tan bajo como para sentir una emoción, que hasta los mismos poetas trataban como 'una locura´?
Ciertamente, ya se había rebajado lo suficiente al decirle a Yami que él era su debilidad. Quizás fue el ambiente del momento el que le obligó a confesar algo así.
No había mentido, eso sí lo aceptaba. Si alguien siquiera miraba a Yami con malas intenciones, mandaría a crucificar a ese alguien de inmediato. Pues nadie lastimaría de nuevo al egipcio, no mientras él pudiera evitarlo.
Así que viéndolo desde un punto de vista torcido a su favor, cabía la posibilidad de que Yami estuviera desprotegido si volvía a Egipto. Tal vez estaría más seguro si se quedaba…
No. No estaba cuestionando su decisión. Yami no estaba a salvo en Roma. Era mejor para él volver.
Esto iba mal. De verdad había pensado que no tendría problema en dejar ir al egipcio ahora que su virginidad le pertenecía.
-Mmm… ¿Seto?- El susurro proveniente del príncipe, hizo saber al ojiazul que estaba despertando. Algo bastante sorpresivo, pues después de lo sucedido la noche anterior, no le extrañaría que Yami durmiera el día entero.
Miró el parpadeo de los ojos carmesí, los cuales intentaban ajustarse a la claridad que el nuevo día regalaba. El pequeño cuerpo se estiró, buscando borrar todo rastro de cansancio y sueño. Fue así, como una exclamación y un siseo escapó de los labios del egipcio.
-Duele- se quejó el joven, mientras de forma involuntaria, llevaba su mano a la zona de donde provino el dolor. Se sonrojó, al recordar lo que había sucedido la noche anterior. Había estado tan cerca de Seto; y ahora le pertenecía a él. El solo pensar en esa realidad le traía un sentimiento inigualable.
-Puedo llamar al médico- ofreció el ojiazul, su mirada permaneciendo enfocada en el suelo. Ya había tomado su decisión. Yami regresaría ese día a Egipto.
-No… sería vergonzoso- afirmó el adolescente, quien claramente, parecía no tener idea de lo que planeaba el castaño. –Por cierto… ¿cómo llegué aquí?- preguntó, mirando bien sus alrededores. Si mal no recordaba, Seto y él habían… bueno, el punto era que lo último que recordaba antes de haber sucumbido al sueño, fue estar en el comedor.
-Tuve la pesada tarea de cargarte. Aunque pensándolo bien, hubiera sido más fácil dejarte durmiendo en el comedor- profirió el ojiazul. A pesar de la situación, no podía evitar querer hacer enojar al joven. Aunque sabía que tendría que sacar aquel tema en algún momento. Ciertamente no podía quedarse allí todo el día.
-Seto, si me hubiera despertado en el comedor, no me quedaría más opción que golpearte- afirmó el ojirubí.
El ojiazul se limitó a suavizar su semblante, manteniendo la mirada siempre sobre el suelo. Extrañaría de sobremanera los comentarios del egipcio. Extrañaría todo de él.
Si bien ya había mantenido relaciones con el adolescente, sentía que aún no lo había conocido del todo. Desearía poder darse el tiempo para hacerlo. Pero no sería egoísta.
El silencio sepulcral que se extendió durante los siguientes segundos, logró hacer que el egipcio notara finalmente la mirada baja del romano. Aquel detalle era curioso, por no decir extraordinariamente sorprendente, pues el ojiazul no bajaba la mirada, ante nada. Y menos, mostrando un semblante tan… indescriptible.
-¿Seto?- preguntó, confundido. Intentó sentarse y lo logró con dificultad, haciendo un gran esfuerzo por no expresar el ardor que sintió al moverse.
Fue en esa posición, donde pudo observar con más claridad al ojiazul. Su rostro fue capturado por la preocupación, cuando notó lo serio que estaba el castaño, casi como si algo estuviera molestándolo. ¿Había hecho algo mal? Pero si acababa de despertar…
¿O quizás la causa yacía en la noche anterior? ¿No fue lo suficientemente bueno para el romano acaso?
No, no podía ser eso. Es decir, no creía que fuera eso. Conocía bien a Seto, si no hubiera sido suficientemente bueno se lo habría dicho de frente desde la noche anterior.
O quizás no conocía realmente al ojiazul.
-¿Sucede algo?- insistió, pues el silencio del romano comenzaba a sofocarlo. No había esperado iniciar el día de esta forma. El nerviosismo comenzaba a presentarse, al igual que la desilusión. Había creído que todos los problemas entre ellos ya se habían arreglado.
-Debes alistarte- Finalmente, aquellas dos palabras se escucharon. Pero no trajeron nada más que confusión a su mente.
-¿Alistarme? ¿Hay algo especial hoy?- preguntó, notando cómo ante su pregunta, el romano apretaba los puños.
-Hoy volverás a Egipto. Confío en que no lo has olvidado- profirió el ojiazul.
La afirmación cayó como la lluvia sobre una tierra inundada. Las palabras parecieron ser una maldición que encerró al ojirubí, quien solo pudo quedarse paralizado, mirando incrédulo al castaño.
Después de lo que había sucedido… el emperador aún estaba firme en su decisión.
-Pero Seto…- intentó decir algo, lo que fuera para convencer al ojiazul. Pues no quería volver, no ahora que sabía que su felicidad estaba ahí.
-¿O vas a ser egoísta y dejarás toda tu carga sobre los hombros de tu hermano? Tiene… ¿trece años?- La pregunta calló cualquier queja que pretendía escapar. El ojirubí solo pudo mirar al emperador, casi con reproche.
Era injusto que mencionara a su hermano. No tenía derecho de hacerlo. Ni mucho menos tenía derecho de llamarlo egoísta. Todo lo que había hecho lo hizo por los demás y no por sí mismo. Nunca le importó su propio bienestar. Y ahora… ahora que finalmente comenzaba a soñar con lo que era bueno para él… ¿le decían egoísta?
-Sacrifiqué todo lo que tenía. Mi propia libertad. Lo di todo por mi pueblo. ¿Crees que si fuera egoísta habría venido aquí? Mi hermano era quien debía venir… yo tomé su lugar-
-Y ahora recuperarás lo que perdiste- interrumpió el romano, mientras se ponía en pie. No quería seguir hablando del tema. Por más que quisiera que Yami se quedara, ya había tomado una decisión. Y no iba a retractarse. El príncipe estaría mejor con su familia y su pueblo.
-Seto…-
-Anoche aceptaste regresar- afirmó el ojiazul.
Yami suspiró, buscando cualquier razonamiento que pudiera ayudarlo a convencer al romano. No quería irse.
Aunque tampoco podía negar que si insistía en quedarse, quizás sí estaría siendo egoísta con Yugi. Dejarle su carga a su hermano, solo porque encontró su felicidad. ¿Era egoísmo? Desde que había nacido había vivido conforme a las expectativas de los demás, nunca tuvo la oportunidad de ser él mismo, pues debía de seguir el comportamiento fijado para el príncipe heredero. No podía expresar lo que sentía, ni siquiera tenía permitido sonreír en ciertas ocasiones.
No quería seguir viviendo de esa forma. Estaba cansado de aparentar. Y aunque su familia era su tesoro, su corazón ahora albergaba un sentimiento que era más precioso que todo el oro y las joyas. No quería dejar ir aquello que era tan precioso para él. No después de lo que había sucedido la noche anterior.
-No quiero regresar- Quizás cruzó los límites cuando habló con tanta firmeza, casi ordenándole al emperador.
No quería ser egoísta, pero el deseo de quedarse parecía sobrepasar cualquier otro pensamiento.
-No pregunté si querías o no regresar. He tomado mi decisión, y no irás en contra de ella- Las palabras del ojiazul estaban teñidas de enojo. ¿Por qué tenía Yami que complicar más el asunto? Estaba haciendo lo mejor para él, ¿acaso no podía ver eso? Odiaba la necedad de ese príncipe. El joven tenía la obligación de obedecerlo.
-Y yo he tomado también mi decisión. No voy a regresar- insistió el ojirubí, mientras que, ignorando el dolor, salía de entre las sábanas y se ponía en pie. –Siempre he hecho lo que los demás quieren que haga. Eso se acabó- afirmó. No podía creer que estuviera hablando de esa forma, considerando que ya conocía el carácter que tenía el romano. Hablarle de esa forma, y contradecirlo, no daría un buen resultado.
Y ese resultado comenzó a notarse, cuando el emperador se dio la vuelta abruptamente, mostrándole al egipcio sus ojos inundados por la rabia incontrolable.
-¡Aquí se hace lo que yo diga!- exclamó. Había olvidado completamente que era Yami quien estaba frente a él. Lo único que parecía importar era que alguien se negaba a obedecer sus órdenes.
-Y yo ya no recibo órdenes de ningún romano- Las palabras del egipcio parecieron acabar con el poco autocontrol que le quedaba al ojiazul.
Yami solo miró a un lado, esperando el golpe, cuando el castaño alzó su mano.
Pero dicha mano no se movió más. Mientras respiraba de manera agitada, el romano luchaba por no golpear a Yami. Si bien estaba furioso con él, se negaba a lastimarlo físicamente. Y aunque su mente parecía implorarle que callara al egipcio de un solo golpe, su corazón se oponía firmemente.
-Golpéame si así lo deseas. Golpéame hasta que no pueda moverme. Eso no hará que deje de amarte- susurró el ojirubí, manteniendo la mirada sobre la pared más cercana. Ahora, no iba a callarse más. Aunque cruzara los límites, esta vez iba a enfrentarse al ojiazul. Siempre había aceptado con la mirada baja lo que el castaño dijera u opinara. Pero eso había acabado.
-¿Amor? ¡Amor! ¿Por qué insistes en mencionar esa palabra?- Sonrió, mientras cerraba los ojos por unos momentos. ¿Aún no entendía? Ya le había dicho muchas veces al ojiazul que lo amaba. ¿Aún no le creía?
-¿Cuándo aceptarás que es amor lo que siento por ti? ¿Cuántas veces tendré que repetirlo, Seto?- preguntó, atreviéndose a mirar a los ojos al castaño. Para su sorpresa, la mano que había estado a punto de golpearlo, había sido bajada.
-No tienes de idea de lo estúpido que te escuchas diciendo eso- afirmó el romano. No podía aceptarlo. No había hecho nada para merecerlo; nada para merecer a Yami.
-Por supuesto que es estúpido. El amor es estúpido. ¡Solo mira lo que me obliga a hacer! Mi familia era todo para mí…-
-Si eran todo para ti… ¡vuelve con ellos!-
-¿No lo entiendes? ¡Tú eres todo para mí ahora! Por eso no puedo volver…- Silencio. Fue el silencio lo que le siguió a esas palabras.
El ojiazul se negaba completamente a creer en las palabras de Yami. Solo era necedad del egipcio, nada más que eso. Y no estaba dispuesto a escuchar más.
Por eso, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida de la habitación. No iba a seguir prestándole atención a los berrinches del príncipe. El joven no tenía más opción que obedecer sus palabras.
-¿No significó nada lo de anoche?- La repentina pregunta lo obligó a detener sus pasos. Esa era una sucia jugada. La sola pregunta, buscaba que la respuesta fuera una mentira. Pues jamás le diría a Yami la verdad, porque si lo hacía, no podría dejarlo ir.
No podía decirle al joven lo que había significado el apropiarse de su preciosa virginidad. Jamás le diría que se sentía el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra, por haber sido el primero en escuchar sus dulces gemidos. No le diría que la imagen de su rostro sonrojado y de sus ojos llorosos se quedaría grabada en su mente por el resto de sus días. Y por sobre todo, no confesaría que por primera vez, más que un acto físico, el sexo se había transformado en una unión que llegaba a lo espiritual. Fue como si hubiera podido tocar el alma de Yami con sus manos.
Pero no podía expresar tales disparates. La verdad era que quería que el egipcio se quedara, pero si lo hacía, Yami estaría desprotegido. Él podría intentar protegerlo. ¿Pero hasta cuándo? Ya le habían hecho daño, y él había estado cerca cuando lo lastimaron. Y sin embargo, no había podido hacer nada. Cuando el joven comió los hongos, él había estado a su lado. Y no hizo nada. No pudo protegerlo. Y luego… fue Minerva quien lo protegió, cuando debió de ser él quien estuviera allí.
¿Cuánto tiempo pasaría hasta que volviera a suceder algo así? No podía permitirlo.
Ahora, tenía finalmente la oportunidad de proteger al ojirubí. Y esta vez no iba a fallar. Aunque tuviera que ganarse a cambio el odio del egipcio. Iba a callar toda necedad de una vez por todas.
-Lo de anoche… fue solo sexo, Yami. Algo físico, sin significado- Era la primera vez que decir una mentira le dolió, al punto casi de la sofocación. Quizás porque sabía lo mucho que sus palabras lastimarían al príncipe. Pero era mejor así; si lo lastimaba, el regresar a Egipto sería la primera opción del ojirubí.
-¿Qué?- La palabra fue corta, pero fue posible escuchar cómo la voz del egipcio se quebraba. Las crueles palabras del ojiazul comenzaron a hacer eco en su mente, repitiéndose una y otra vez hasta que comenzó a sentir nauseas. –Pero… te di mi virginidad- susurró. El nudo en su garganta se apretó, al punto de que le fue difícil respirar.
Seto no tenía idea del dolor que sintió al escuchar esas palabras. Si el ojiazul lo hubiera golpeaba momentos atrás, el dolor habría sido mucho menor. Su virginidad era algo preciado para él, y creía que el emperador lo sabía. Y ahora, ¿simplemente decía que había sido otra noche de sexo?
-¿Y eso qué? No eres el primer virgen con el que he estado- afirmó el ojiazul. Las palabras parecieron hacer cortes profundos en su lengua. Y no sorprendía, puesto que esas palabras eran como cuchillos.
Nunca pensó que sería tan horriblemente doloroso y difícil lastimar a alguien, considerando que sus comentarios hacia los demás casi siempre eran hirientes.
De hecho, la mentira se podía escuchar entre sus dientes. Y por un momento creyó que Yami no caería en esas palabras engañosas.
Pero cuando miró por encima del hombro, y vio el semblante destrozado del hermoso egipcio, supo que la mentira fue tomada como verdad.
Solo un comentario más, y Yami no lo pensaría dos veces para regresar a Egipto. Solo una frase, y podría finalmente proteger al príncipe.
Solo una mentira más.
-Y definitivamente no es el mejor sexo que he tenido- Sabía que eso lo lastimaría, pues había sido fácil notar el esfuerzo que había hecho Yami por complacerlo la noche anterior. Si solo supiera que no tenía que siquiera intentarlo; el solo hecho de ser él, bastaba para que algo tan mundano como el sexo se tornara en una experiencia inolvidable.
Qué gran mentira había pronunciado. La más grande de todas.
-Como puedes ver, no puedo corresponder lo que sea que sientes por mí. Para mí siempre fuiste una prostituta. Si te traté alguna vez con 'amabilidad', fue porque estoy consciente que más allá de prostituta también eres un príncipe. Pero ahora que ya tuve sexo contigo, no tengo ningún interés en seguir soportándote- afirmó. -Espero que ya te hayas ido cuando regrese- Eso fue lo último que dijo, antes de salir de la habitación, azotando la puerta mientras ignoraba el profundo dolor que se había originado en su pecho.
El príncipe, por su parte, se sentó sobre la cama y se mantuvo quieto, mientras contemplaba el vacío. Su cuerpo había comenzado a temblar desde hacía unos momentos, y ahora que estaba solo, el temblor se había intensificado.
Se dejó caer de pronto sobre la cama, terminando acostado, y aún mirando el vacío.
-Mentira- susurró la palabra.
Le había dolido; le había dolido de sobremanera. Le dolía más que cuando estuvo enfermo por el veneno de los hongos. Le dolía más que todos los golpes físicos que ya había recibido del emperador.
-Es mentira- repitió, la mirada aún enfocada en ninguna parte. Parecía estar perdido en otro mundo. O quizás, simplemente no podía admitir todo lo que había escuchado.
Con el cuerpo aún temblando, hizo un esfuerzo por levantarse.
De pronto quería bañarse; necesitaba bañarse.
De repente quería limpiar la esencia del romano, que aún llevaba dentro. Deseaba borrar sus caricias y sus besos.
Ignorando el ardor que sentía entre las piernas al caminar, se obligó a sí mismo a avanzar, hasta llegar a la terma, donde el agua curadora lo esperaba. Aquel líquido cristalino que era el único dispuesto a abrazarlo.
No importaba nada más que esa agua. Sus alrededores no tenían su atención.
Fue su pie derecho el primero que entró al agua, seguido poco después del izquierdo. Bajó las escaleras de piedra, para que así su cuerpo quedara sumergido hasta la cintura.
Y un ataque de debilidad pareció caer sobre él, puesto que después de un mareo que nubló su visión, se encontró a sí mismo sentado en una de las gradas. El vacío aún seguía siendo su campo de visión, y la mente aún hacía un esfuerzo por mantenerse en blanco.
Pero sentía que algo le faltaba. Sentía que algo se había ido y que no regresaría. El ardor era la pista que conducía al nombre de lo que había perdido.
Su virginidad siempre la había atesorado. Y ahora, la había entregado ciegamente. Su maldito corazón enamorado era el responsable. Ese mismo órgano que estaba hecho pedazos. El amor era un sentimiento fuerte, mas el desamor era más intenso y sofocante.
Aún no entendía por qué. Si la noche anterior había visto en la mirada de Seto sentimientos que correspondían los suyos. ¿Fue su mente la que creó tal visión?
Un primer sollozo escapó de sus labios. Un sollozo tardío, pero que no perdonaría una ausencia.
No quería llorar, pero dolía demasiado. No quería ser débil, pero ya lo era por haberse dejado engañar.
-Quiero ir a casa- susurró entre los llantos. Ahora, solo quería olvidar lo que había vivido allí. Y no tenía dónde más ir, que a su hogar, con su familia.
Debía de alistarse rápido e irse en cuanto pudiera. Lo que menos quería era que el ojiazul se arrepintiera de su decisión.
Sonrió débilmente. Era curioso este sentimiento. Quizás por eso era que le habían hablado de él como una locura.
No podía odiar al emperador, ni tampoco se atrevía a guardarle rencor.
A pesar de todas esas palabras hirientes, aún lo amaba.
Y eso, era lo que más dolía.
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-¡Buenos días, hermano!- exclamó el chico, sonriendo abiertamente. La noche anterior había sido una de las mejores de su vida. Por supuesto, su felicidad yacía en el gran paso que había dado en su relación con Claudia. Finalmente se había atrevido a besarla, y lo mejor, es que ella le había correspondido.
Así que nada podría acabar con su buen humor. Ni siquiera el semblante asesino de su hermano.
Un momento…
-¿Seto, está todo bien?- preguntó. Además del semblante del ojiazul, éste había entrado al comedor azotando la puerta de tal forma, que estuvo a punto de traérsela abajo. Y ahora, el castaño miraba el triclinium como si este estuviera maldecido. –El desayuno está servido- dijo el chico lo primero que se le vino a la mente. Se sentía intimidado. Su propio hermano podía ser atemorizante en ocasiones.
El castaño solo se mantuvo ahí de pie. Había olvidado exactamente dónde había tenido relaciones con Yami la noche anterior. Así que ahora que miraba aquella habitación, no podía más que sentir profunda furia.
Pero su enojo no iba dirigido al egipcio, sino hacia sí mismo. Se odiaba a sí mismo por haber dicho todas esas estupideces que claramente lastimaron al príncipe. ¿No se suponía que quería protegerlo?
-Seto…- La voz de Mokuba se escuchó lejana. Lo único que parecía importar era el maldito triclinium.
No debió de haberle arrebatado la virginidad al príncipe. Yami ya había aceptado regresar. Pero él, estúpidamente, se había dejado llevar por ese cuerpo perfecto. Y ahora, el ojirubí creía que lo único que había querido de él era sexo, cuando aquello era una completa mentira.
Pues si bien el sexo había sido simplemente maravilloso, lo que quería de Yami era su presencia. Su compañía al otro lado de la cama todas las noches, su perfume, y su sonrisa. Eso era todo. Solo quería que el joven estuviera allí.
Pero lastimosamente, lo que quería no podía cumplirse.
La rabia creció de tal forma, que la vista pareció nublársele por unos segundos. Lo siguiente que supo, fue que se había acercado, y que ante la sorprendida mirada de Mokuba, había lanzado al suelo todo lo que estaba sobre la mesa.
El sonido estruendoso de las bandejas y copas precipitándose contra el suelo se expandió por todo el lugar. El vino y el agua mojaron sus sandalias. Toda la comida terminó esparcida por la habitación.
No pudo quedarse por más tiempo en ese lugar. Debía de preparar todo para el regreso de Yami a Egipto. No tenía tiempo de desayunar, y ni siquiera tenía hambre. Además, ya ni siquiera había comida sobre la mesa. Y ciertamente, no quería permanecer ahí, donde la imagen de Yami saltaba a su mente cada vez que recordaba lo que habían hecho en ese lugar la noche anterior.
Así que, ante la mirada atónita de Mokuba, salió del lugar, tan rápido como había entrado.
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Magi: wueno, he aquí la actualización. Recibo tomatazos, lechugazos, cebollazos, pepinazos (si quieren pueden mandarme ensaladas enteras, soy vegetariana, amo las verduras! xD) naranjazos, piñazos, y si pueden lanzarme dinerazos se los agradecería xD Ejem, bueno, he aquí el nuevo capítulo. Como siempre, estos dos agarrados de los moños
Pero bueno, me alegra que les haya gustado el lemon. Me maté escribiéndolo, enserio O.o Es bueno ver que mi esfuerzo rindió frutos n.n Sobre el mpreg, en este fic no va a haber. Ya tengo planeado todo lo que falta en esta historia, y agregarle mpreg complicaría las cosas
Agradecimientos a rosalind, ruka27, niko-chan (no me quedó muy clara tu idea, pero mientras no sea una especie de MarySue, supongo que no tengo problema, yo me quedo con setoxyami n.n), Natsuhi-san, Azula1991, Clauditaw Asakura Potter, Patty-MTK, Rita, Kimiyu, bella-rosalinda, Atami no Tsuki por sus reviews en el capítulo anterior! n.n
Sobre Mente frágil, ya escribí la mitad del capítulo. Intentaré terminarlo para mañana pero hoy debo reunirme con unos compañeros de la universidad para un trabajo de investigación, así que no sé cuánto tardaremos. Pero haré mi mayor esfuerzo por terminar y publicar el capítulo para esta semana.
Eso sería todo por el momento.
Ja ne!
